A los pocos días de la aparición de la pedigüeña delante del monumento en recuerdo de los defensores del castillo, MG leyó en el periódico local, que cada mañana llegaba puntualmente a la cantina, una carta firmada por los Amigos del Castillo en la que se desentendían de todo el revuelo que había producido en la ciudad de abajo semejante episodio. Las palabras escritas desde dentro del castillo tuvieron el efecto de un tropiezo, seria exagerado decir encontronazo, pensó MG, con las palabras que se escribían o que los vecinos de la ciudad de abajo hablaban en su exterior. Y el resultado final de ese tropiezo pareció decantarse del lado de los Amigos del Castillo, que con su carta se apoderaron de nuevo de la verdad de la historia de la fortaleza, el derecho de cuya propiedad se disputaba desde hacía siglos con la ciudad de abajo. Todo lo que MG oyó en la cantina, a partir de la aparición de la carta en la prensa local, dejó de tener un tono, digamos, de noticia de actualidad y empezó a adquirir un aire de relato continuo como si estuviera contado, sin puntos y casi sin comas, desde el origen de la construcción del castillo hasta lo días del presente. La carta de los Amigos del Castillo consiguió devolver a la fortaleza ese aire de permanencia, que la aceleración propia de la historia en que vivían los vecinos de la ciudad de abajo trataban de arrebatarle, incorporándola a los vaivenes de la industria turística, mediante la cual los vecinos creían poder levantar el ánimo decadente de la ciudad de abajo. Antes de ir a dar la vuelta al camino de ronda, MG volvió a leer la carta de los Amigos del Castillo y, por primera vez en muchos meses, sintió una sensación de alivio, en el sentido de no estar caminando por los márgenes sino atravesando el mismo centro del misterio que envolvía la relación de aquella fortaleza con todo lo que la rodeaba. Notó, por ejemplo, que no le importaba tanto encontrarse con alguien en el camino, notó, en fin, que aquella carta, sin anunciar nada destacable a parte de su no implicación en el caso de la pedigüeña, le había devuelto una parte de la confianza que había perdido, y le había rebajado sus desdén de forma considerable. Poco antes de llegar al monumento a los defensores del castillo, se dio cuenta de que la pedigüeña volvía a estar en su sitio. Pero en esta ocasión no exactamente como pedigüeña, aunque sus vestimentas así la delataran, sino más bien como portera de algo o de alguien, que seguía sin estar definido. Sentada alrededor de una mesa junto al monumento, vendía flores a quien quisiera dejar testimonio de su paso y mostrar el recuerdo y el respeto de los defensores del castillo colocándolas al pie de aquel. Se detuvo unos instantes para observar la escena desde la distancia, y fue entonces cuando le vino a la memoria las palabras exactas de la carta de los Amigos del Castillo en la prensa local, en la que se desentendían del revuelo producido por la aparición de la pedigüeña al lado del monumento en recuerdo de los defensores del castillo, aunque, como lo atestiguaba lo que MG estaba observando en directo en el camino de ronda, no de la pedigüeña vendedora misma.
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viernes, 12 de julio de 2019
martes, 9 de julio de 2019
TÚNEL
La especulaciones no dejaron de cundir entre los vecinos de la ciudad de abajo, una vez que se corrió la voz de que una pedigüeña está sentada practicando su oficio en el monumento en honor de los defensores del castillo, que se encontraba ubicado en el camino de ronda del mismo. Un dato geográfico que, gracias a las habladurías, también muchos vecinos descubrieron su existencia por primera vez, después de tantos años viviendo en el mismo sitio. La ocasión la aprovechó el cronista local para escribir un titular en el periódico mediante el que sugería, solo sugería, la existencia de un túnel que comunicaba por debajo de la tierra las dependencias de los Amigos del Castillo con algún lugar desconocido de la ciudad. Era más que probable, decía con énfasis al final de su escrito, que la salida del túnel se encuentre en alguna propiedad privada. No se refería, no obstante, a la categoría que tenía tal propiedad en el catastro municipal, lo cual despertó aún más las suspicacias de los lectores. Aparentemente no había ninguna relación entre la pedigüeña y el túnel, al menos el artículo del periodista local no lo hacía, pero el hecho de que los dos acontecimientos coincidieran en el tiempo del calendario, disparó su relación en el tiempo de la imaginación de cada vecino, como el agujero que deja la extracción de una muela se relaciona con la muela misma en la boca de quien acaba de salir de la consulta del dentista que se la ha extraído. En este caso la muela ya no está, ni se la espera, pero la lengua no deja de explorar las irregularidades que la mutilación ha dejado a su paso, hasta el punto de que el paciente puede llegar a imaginar, todavía bajo los efectos de la anestesia, verse tragado hasta las profundidades de ese agujero en su afán desesperado por ver si la pieza dental se encontrara allí abajo. En el caso de la pedigüeña y el túnel, por razones similares pensó MG, lo que produjo fue una inmediata peregrinación del vecindario hacia el monumento en honor de los defensores del castillo, que alteró la habitual tranquilidad del camino de ronda. MG lo detectó por primera vez, cuando una mañana vio un número mayor de coches aparcados en las afueras del castillo. Primero le produjo la extrañeza propia de quien estaba acostumbrado a ver aquel descampado casi vacío, todo lo más solía haber dos o tres caravanas forasteras cuyos dueños habían subido hasta allí para pasar la noche. Luego se fijó en que de los coches se bajaban personas que no le resultaban del todo desconocidas, pues sus caras le resultaban familiares al haberla visto en las calles de la ciudad de abajo, incluso distinguió a alguna con la que había coincidido más de una mañana en la cantina del castillo. Por contra, sin embargo, desde que apareció el titular en el diario local, MG no había detectado movimiento alguno ni en la cantina ni en los mentideros de la ciudad de abajo, que justificara esa anormal algarabía en los extramuros del castillo. Cuando llegó al monumento a los defensores del castillo la pedigüeña no estaba, aunque lo que sí observó fue una pequeña cola de personas variopintas alineadas de una en una enfrente del monumento, respetando el lugar que venía ocupando la pedigüeña desde que se instaló allí. Al pasar cerca de la fila, MG oyó una voz que decía que el túnel se comunicaba directamente con el despacho del alcalde. MG soltó una carcajada que trató de amortiguar poniéndose las manos sobre la boca. No sabía qué tipo de anestesia había conducido a tantas personas hasta allí arriba, pero en ningún caso tenía la suficiente influencia sobre la imaginación de quien así había hablado como para evitar que siguiera diciendo las obviedades propias de quien está sobrio. Al oírle a nadie se le ocurrió romper la fila y hacer corrillos para comentar lo que habían escuchado. Indiferentes todos permanecieron perfectamente alineados mirando fijamente al monumento, como si de ahí hubiera de surgir la explicación que los mantenía allí tiesos como el propio monumento.
viernes, 5 de julio de 2019
PEDIGÜEÑA
En la última vuelta del camino de ronda del castillo, la que MG tenía apuntada en su mapa con el nombre de V17, se dio cuenta de que había una mujer pidiendo, de la misma manera que lo podía hacer, pensó, en la plaza del Ayuntamiento de la ciudad de abajo. Sentada en cuclillas, tenía a su lado una lata de hojalata, en la que antes había envasado atún en escabeche como así lo acreditaba la etiqueta aún visible, en la que, ante la sorpresa de MG, había un puñado diverso de monedas, sólo monedas. El sol todavía no apretaba, como era de esperar unas horas más tarde según los pronósticos meteorológicos, así que la señora no tenía abierta la sombrilla, que permanecía en posición vertical apoyada sobre una antiguo monumento a los antiguos caídos en combate por la defensa del castillo. Cuando llegó a donde estaba la pedigüeña, la palabra pobre que fue lo que primero le vino a la cabeza le pareció inadecuada y más propia de su vida interior que desconocía, le preguntó porque no se podía a pedir en la ciudad de abajo. Ella respondió de inmediato, y sin el menor atisbo de rencor, que porque allí pasaba desapercibida. Llevaba pidiendo más de seis meses y nadie le había echado una moneda. Al principio, debió ser por la novedad, los transeúntes giraban la cabeza al pasar, pero con el paso de los días ni eso. Me convertí en un mueble más de los que ornamentan la plaza. Por si cree en mis palabras, usted es la prueba más fehaciente de lo que atestiguan, siguió hablando la pedigüeña, pues ha pasado muchos días delante de donde me encontraba en la plaza del ayuntamiento de la ciudad de abajo y hoy es la primera ves que se fija en mi. Su cara nunca se me puede olvidar, pues siempre me miró de una forma diferente. Tiene permiso de los Amigos del Castillo para pedir limosna en esta parte del camino de ronda, fue lo único que se le ocurrió preguntar a MG. La pedigüeña no mostró sorpresa alguna, simplemente le dijo que si, que se lo habían concedido a condición de que se pusiera justo ahí, al lado del monumento a los caídos en la defensa del castillo. Y las monedas que hay en lata, MG quiso comprobar su procedencia antes de animarse a dejar su aportación. No piense que las he puesto ahí como reclamo, respondió la pedigüeña ya con cierto desparpajo fruto de la confianza que iba adquiriendo, son las ganancias de dos días que han depositado los conductores de esa carretera de al lado, y la señaló con el dedo índice. Lo que hacen es sencillo, aminoran la marcha y me lanzan las monedas desde el coche, yo entonces les agradezco su reconocimiento, primero, y su generosidad después alzando la mano, recojo las monedas y grito bote, como hacen los camareros en los bares. Todo esta forma de trabaja en la plaza del ayuntamiento era absolutamente impracticable, le dijo a MG, que todavía parecía no tener suficientes motivos para dejar sus monedas en la lata de atún de la pedigüeña.
jueves, 4 de julio de 2019
ATASCO
Cuando MG se dispuso a subir lo que el denominaba, en su particular mapa del camino de ronda del castillo, como la cuesta K7, divisó a lo lejos algo inaudito, al menos a esas horas tan tempranas de la mañana, una fila de paseantes en ambas direcciones que trataban de dejarse el paso sin conseguirlo. Divisó, en fin, un monumental atasco en el camino de ronda del castillo, más exactamente en la vuelta conocida en su mapa como V9, que lo llevó a compararlo con el atasco que, según las últimas noticias, se había formado en la subida al monte Everest, y del que era único testimonio una foto que había hecho un alpinista nepalí, que quedó atrapado entre el gentío que trataba de subir y bajar del techo del mundo. La foto, ni que decir tiene, había dado varias veces la vuelta al mundo en los últimos días, desde que su autor la dio a conocer por primera vez a un periódico de la ciudad de Nueva York. Las fortalezas inexpugnables, pensó MG, siempre son una fuente de creación del misterio que mantiene alerta de una forma desasosegada a los seres humanos. Paradójicamente los propios seres humanos siempre han tratado de auparse o conquistar las fuentes de tal misterio, mediante una fórmula combinatoria, que da carácter a los métodos empleados, y que se encuadraba entre la clara sencillez y el dogmatismo cortante, creyendo con ello que sin misterio el mundo era más habitable. ¿Que parte del mundo podían divisar desde la cima del Everest quienes formaban esas largas colas, tal y como mostraba la fotografía del alpinista nepalí, que no se pudiera ver desde cualquier otro lugar del planeta? Solo había una ilusión posible no ver toda la obra Dios, sino ver a Dios mismo, pero de eso hasta ahora no había habido ni foto ni noticia. Lo que más inquietó a MG de la noticia en el periódico neoyorkino fue la muerte de más de una docena de escaladores, que se habían despeñado o congelado en las últimas semanas debido a ese toma y daca de ver quien pasa primero, si el que está subiendo o el que está bajando. Lo que más le extrañó a MG, mientras se acercaba a las cordadas, digámoslo así, que aquella mañana habían decidido asaltar el misterio del castillo, fue comprobar que no había corrido la voz sobre tan inusual acontecimiento ni por los mentideros de la ciudad de abajo, ni en los corrillos de la cantina, ni en los tablones de propaganda del ayuntamiento o de las entidades ciudadanas. Nada. La propia aparición de las cordadas, aquella mañana dando la vuelta al camino de ronda del castillo, era en sí mismo un hecho misterioso. Lo que, a continuación, le vino a la cabeza a MG fue imaginar que todo aquel guirigay fuera el último intento publicitario, por parte de los Amigos del Castillo, de poner el misterio de su fortaleza en el mapa de las empresas turísticas, aprovechando el aniversario de la llegada del hombre a la luna. Ese intento de hacer coincidir la caída del velo misterioso de las grandes cimas naturales, el techo del Everest y la otra cara de la luna, con el reforzamiento del misterio de un castillo de procedencia medieval no dejó de resultarle apasionante en el momento que se juntaron en su mente. Luego le surgió la inquietud, al comprobar que aquel engrudo quería buscar autonomía fuera de donde había nacido no como una proyección psicológica de su propietario, sino como una imagen propia del mundo. A MG no le preocupaba, en el momento que tuviera que cruzarse con la horda de turistas, lo que pudiera haber de decadente en la conducta de los alpinistas del Everest o la de los astronautas del Apolo XIII. No había tal decadencia en los hechos humanos, lo que sí existía, había leído recientemente, eran grandes dosis de imaginación oculta tras esos trazos de objetividad aparentemente inamovibles. Mas bien lo que le preocupaba, cuánto se cruzase con la horda de turistas que venían a su encuentro, era averiguar cuántos elementos de la época en que se construyó el castillo liberarían aquellos paseantes al paso firme de su voluntad turística actual. Cuando llegó ese momento, pocos minutos después, MG no notó nada especial, bien es verdad que se tuvo que apartar unos metros del camino para que pudieran pasar todos. Lo que si percibió en el guía, que iba por delante y que se acercó a él para saludarle, fue, cuando le dio la mano, que su temperatura corporal era más baja de la normal. Estaba frío, pero observó que, respecto a tal anomalía, nadie tenía una actitud que hiciera sospechar algún tipo de alarma en el grupo.
martes, 2 de julio de 2019
ALUNIZAJE
Como en la ciudad de abajo había una exposición para celebrar el aniversario de la llegada del hombre a la luna, en la cantina del castillo, supuso MG, para no ser menos habían puesto el vídeo Apolo XIII, la película de Ron Howard que narra las peripecias para volver a casa de la tripulación de la nave espacial, una vez que no pueden alunizar debido a una avería técnica irreparable. Lo que vio MG, al entrar en la cantina, fue el principio de la escena en la que el capitán Lowell pide a la central de Houston que estabilice el módulo de alunizaje, que a la sazón se había convertido en su bote salvavidas para regresar a la tierra, de tal manera que la imagen del planeta azul quedara encuadrada dentro de la pequeña ventana del módulo. Con esa referencia tendría suficiente para guiarse en la vuelta a casa. La escena le volvió a conmover más, si cabe, que la primera vez que vio la película. Y más aún que cuando lo vio en directo a través de la rudimentaria manera de trasmitir las noticias en la televisión de entonces. La representación que había hecho Howard de la tierra, a ojos de los astronautas del Apolo XIII, le pareció inquietante. Se le ocurrió pensar que debía ser la misma sensación que debería tener el pez fuera del agua. Ese desdoblamiento le pareció a MG el más importante descubrimiento de estirpe no técnica (espiritual si se quiere). Quiso ver en la radicalidad de su acontecer, la imprevista e inopinada importancia que acompañaba a la intención del ayuntamiento al celebrar con tanto cuidado y dedicación la llegada del hombre a la luna. También los Amigos del Castillo, siempre muy atentos a los detalles que crecían a su alrededor, colaboraron con esa iniciativa municipal colocando una gran pancarta del evento en la entrada de la fortaleza. Cuando MG se fijó en la imagen que ocupaba todo el cartelón, al tenerla más de cerca, se dio cuenta que era la misma que acababa de presenciar en la cantina, con la diferencia de que en la ventana del módulo lunar no aparecía la tierra, sino una fotografía a todo color del castillo. También había oído, o leído en algún periódico, que un piloto de una compañía de aviación comercial europea había tratado de pujar por los ojos de Neil Armstrong el día que le hicieron la autopsia, con la intención según declaró de poder volver a ver lo que el astronauta norteamericano tenía guardado en su retina después del alunizaje que hizo aquel mes de julio de 1969. Mientras daba los primeros pasos por el camIno de ronda, MG juntó en su cabeza los cuatro acontecimientos, la película, la exposición de la ciudad de abajo, el cartelón de la entrada del castillo y la noticia del piloto aspirante a los ojos del primer astronauta que pisó la Luna, y creyó detectar en cada de uno de ellos una intencionalidad semejante. Luego cayó en la cuenta que desde entonces nadie había vuelto a poner un pie en la luna, y que la proverbial influencia que, desde siempre, el satélite tuvo sobre las fuerzas de la imaginación que habitaban la tierra, sospechaba que también habían desaparecido. Ahora aquel misterio que el lado oculto de la luna siempre inspiró a los poetas sus más febriles versos y a los correcaminos sus más dislocadas aventuras, le pareció que no estaba entre nosotros, aunque lo más más acertado sería decir, pensó, que probablemente fuera el botín que aquellos astronautas trajeron de su expedición, por lo que el misterio lunar pertenece ahora a la tierra. No como hasta ahora, que cualquiera podía acceder a él por mediación poética, sino que, al igual que aquel piloto que consiguió comprar los ojos de Neil Armstrong, forme parte de la propiedad privada de algún desconocido de los que acuden a las subastas públicas. Al acabar de dar la segunda vuelta al camino de ronda, MG observó que en las garitas de entrada al castillo, donde antaño hubo un centinela de carne y hueso, habían colocado, creyó ver en ello la colaboración entre ayuntamiento y Amigos del Castillo durante el tiempo que durara la exposición, dos muñecos cubiertos con las escafandras que utilizaron en su día los astronautas lunares.
viernes, 28 de junio de 2019
PATRULLA
Nada más entrar en la cantina, MG observó como dos coches de la guardia municipal se dirigieron precipitadamente, cuesta arriba, hacia la puerta de entrada del castillo. Debido a que no llevaban puestas las sirenas, la precipitación la percibió MG por la excesiva velocidad con que pasaron los vehículos en una zona que el ayuntamiento había numerado con el distintivo numérico 30, ya que cercanamente había dos guarderías y un área deportiva. Mientras vio como los coches policiales desaparecían en la curva tras la cual se accedía a la puerta del castillo, recordó la noticia que unos días antes había aparecido en el periódico local y de la cual nadie en la cantina había comentado nada, a pesar de que el diario iba de unas manos a otras de los parroquianos dejando sus huellas sobre las hojas de aquel. El titular de la noticia, publicada a cuatro columnas por el cronista oficial de la ciudad de abajo, decía que los Amigos de Castillo estaban buscando una nueva imagen corporativa (sic) que renovase la actual, acreditándolos así con mejor solvencia (sic) ante los vecinos y autoridades de la ciudad de abajo. El cronista oficial no tenía remilgos en alabar la imagen corporativa vigente del castillo, vinculada a un pasado glorioso, del que eran testigos indiscutibles las murallas. Hoy podían disfrutar de ellas (sic) los miles de visitantes de la ciudad, que suben cada día a practicar lo que desde la Oficina de turismo de la ciudad de abajo se denomina como “la vuelta al castillo”. MG podía dar fe de que semejante imagen corporativa no es que fuera anticuada, sino que sencillamente era falsa. Los visitantes que subían al castillo para dar la vuelta a sus murallas, que predicaba tan pomposamente la oficina de turismo, tenían que pedir antes un permiso que normalmente la misma oficina se lo negaba por no cumplir con los parámetros de seguridad que exigía la imagen corporativa vigente, que defendían con uñas y dientes los Amigos del Castillo. El que fuera la visita, sin sirena, de los dos coches de la policía municipal de la ciudad de abajo, el primer acontecimiento, relacionado con el castillo, que sucedió después de la noticia aparecida en el periódico local, le hizo pensar a MG que el cambio de imagen corporativa del castillo se iba a producir entre patrullas. La evolución que había experimentado el cuerpo de la policía municipal de la ciudad de abajo, sin dejar de ser una institución militar, era asombroso. De ser una institución temida por los vecinos, cuando en el castillo gobernaban sus antiguos dueños, a estar bendecida oficialmente por el apelativo de policía de proximidad había hecho que este cuerpo municipal, aunque sin dejar de aparecer en público uniformado y armado de los pies a la cabeza, pareciera el de un honesto y desinteresado benefactor. Lo contrario del cuerpo institucional de los Amigos del Castillo, que seguía férreamente adicto a la instrucción castrense a la que estaba fielmente alineada toda la herencia recibida. Era evidente que necesitaba otro cuerpo. El sueño de los Amigos del Castillo, pensó MG, era tener dos o tres cuerpos corporativos de los que poder disponer a voluntad, que les permitiera llenar el enorme vacío que se apodera del propio cuerpo de los albaceas al tener que administrar la herencia que habían recibido. A pesar de todas las trabas que ponían, MG creía que no debía ser fácil mantener la imagen corporativa llamada “amigo de ese castillo”. No olvidaba que, según dicen las cronistas de su historia, el castillo fue construido para defenderse de los enemigos de antaño al otro lado de la frontera, no para albergar un puñado de amigos de hoy en su interior. Construir una imagen corporativa es siempre para combatir a alguien, que previamente has definido como tu enemigo. El ejemplo más claro en el presente técnico económico son los equipos e fútbol y las corporaciones multinacionales. La corporeidad militar, por decirlo así, se han diluido entre ellos. Fue por ello que la presencia de la patrulla de la policía municipal no encajaba, a pesar de que el cronista oficial lo hubiera sugerido sibilinamente en su artículo, aquella mañana circulando a toda velocidad y sin sirena a la busca de la entrada en el castillo. Sin embargo, cuando MG empezó a dar la vuelta por el camino de ronda pudo ver a los coches policiales aparcados a las afueras y a dos de los policías haciendo guardia, como si estuvieran oficialmente de servicio de patrulla. Los otros dos policías habían desaparecido, por lo que MG supuso que deberían haber entrado dentro.
jueves, 20 de junio de 2019
SONAJERO
Como hacía una mañana espléndida, MG decidió ir directamente a dar su paseo por el camino de ronda, sin detenerse antes a tomar su café habitual en la cantina. En la toma de semejante decisión, a parte de dar satisfacción a la euforia que sentía de manera irresistible a esas horas tan tempranas, tuvo también su parte de responsabilidad la presunción de que hubiera muchos turistas dispuestos a hacer lo mismo, pensó MG. Cuando llegó arriba de la cuesta, antes de iniciar el paseo, prestó atención al aparcamiento de coches y observó que estaba vacío. Miró su reloj y le extrañó que todavía no hubiera movimiento de ningún tipo. Ni siquiera los habituales coches caravana que solían decidir pasar la noche allá arriba, dado que en la ciudad de abajo no había lugar para que pudieran aparcar ese tipo de vehículos. Nadie. A pesar de la extrañeza que semejante vacío le produjo, MG no se detuvo demasiado y se enfiló hacia la entrada del camino de ronda. No habían pasado ni diez minutos cuando oyó un fuerte ruido que, proveniente del interior del castillo, se asemejaba al tintineo de un sonajero. Notó también que al hilo de ese ruido las uñas del pie izquierdo parecían querer seguirle el compás. Era un cosquilleo que ya había sentido otras veces, sobre todo cuando montaba en bicicleta al principio de temporada, después de los meses de invierno. En el caso de la bici, lo que hacía MG era bajarse de ella y hacer estiramientos con el pie hasta que le desaparecía el cosquilleo. Cuando trato de hacer lo mismo, mientras estaba dando la vuelta al castillo, notó que el pie no le hacía caso, al contrario, en posición estática el pie izquierdo de MG adquirirá un mayor dinamismo buscando el acorde con el sonido (se puede decir que en ese momento ya no era un ruido) del interior del castillo. Si el fenómeno le hubiera sucedido a MG en décadas anteriores de la historia reciente, cuando aún le era posible poseer semejante entusiasmo, tanto a nivel individual como colectivo, y, sin embargo, ignorar sin propósito deliberado de evasión, las complejidades políticas y los terrores que, al fin y al cabo, han traído consigo, le hubiera parecido un presagio benéfico más del mundo en que entonces vivía. Pero las cosas habían cambiado lo suficiente como para intuir, en esa anomalía o imprecisión (MG no sabía cómo calificarlo) de su pie izquierdo la presencia de amenazas desconocidas. Ni a los parroquianos de la cantina ni a los vecinos de la ciudad de abajo les había oído comentar nada parecido. A excepción del dueño de la cantina y algún que otro parroquiano, que no disimulaban su acuerdo con la manera de gestionar que llevaban a cabo los Amigos del Castillo, los demás mostraban, cuando salía el tema en las conversaciones habituales, una prudencial preocupación que se diluía en indiferencia cuando la discusión quería ir hasta, por decirlo así, el tuétano del asunto, que coincidía con lo que aquellos hicieran o dejaran de hacer en el interior del castillo, y como ello pudiera afectar a las vidas y haciendas de quienes coexistían a las afueras de sus murallas. Pensó MG en descordarse la zapatilla izquierda, a ver si la causa de lo que sentía en el pie estaba allí dentro. El tinteneo le parecía, sin duda, que estaba localizado a la altura de las uñas, pero desistió de comprobarlo al darse cuenta de que estaba solo y no veía a nadie que estuviera cerca a la vista. En esa mañana no movería un dedo, nunca mejor dicho, sin la presencia de testigos. En el interior del castillo el sonajero no paraba su música tratando de llamar la atención, ahora si lo podía oír MG con claridad, de quien estuviera fuera o en sus alrededores. Como si alguien (¿quien?, se preguntó ansioso MG) lo hubiera avisado con antelación, ¿esa era la razón, por tanto, de que no hubiera nadie allí esa mañana tan soleada? La música de sonajero del interior del castillo y la entusiasta respuesta de las uñas de sus pies, ¿era la avanzadilla de esa amenaza que tanto se preconizaba desde hacía años y a la que nadie quería prestarle la atención que se merecía?
miércoles, 19 de junio de 2019
SOLITARIO
De repente, un día de los primeros de la primavera MG leyó, en el tablón de anuncios de la cantina del castillo, un anuncio en el que se permitía a los paseantes del camino de ronda ir acompañados de dos perros, firmaba la nota, como todas las notas que aparecían en ese tablón de anuncios, los Amigos del Castillo. Después de leer la nota MG pidió su habitual café con leche y se acodó en la barra de la cantina con la intención de escuchar algún comentario de los parroquianos, que hiciera alusión a esa autorización de poder pasear con dos perros. Después del incidente que hubo entre el perro de un tipo que, al parecer, estaba vinculado al interior del castillo y la perra de un paseante de la ciudad de abajo por cuestiones de celo animal, MG no había vuelto a escuchar comentario alguno relacionado con las presencia de los chuchos merodeando los alrededores del castillo. Muy al contrario, en su paseo diario alrededor del camino de ronda no volvió a ver ningún perro desde entonces. Lo que sí observó fue a más de un paseante con la correa de sujeción canina colgando de su cuello, pero ni antes ni después de encontrárselo en el camino de ronda logró MG detectar la presencia del animal que debería acompañar a quien llevaba la correa. Lo que si escuchó en los días siguientes fueron varios comentarios que venían de uno de los parroquianos respecto a la libertad de expresión a la que tenían derecho los perros y, por ende, todos los animales. Se acuerda de ello porque alguien que estaba cerca de MG le envió una señal inequívoca, a quien así se había manifestado a favor de los animales, llevándose la mano a su entrepierna al tiempo que apretaba el bulto que allí se encontraba. Tanto el animalista como el genitalista eran tipos que MG no conocía de nada. Cuando preguntó al camarero de la cantina, tampoco supo darle referencia alguna respecto si eran vecinos de la ciudad de abajo del castillo o sencillamente eran dos forasteros que pretendían llevar sus desacuerdos al interior del castillo, pues no se entendía, pensó MG, que estuvieran discutiendo de forma tan expresiva a esas horas de la mañana en un lugar como la cantina. El caso fue que esa misma mañana, cuando MG había andado más de la mitad del camino de ronda del castillo, se encontró de frente con un galgo, tal vez al entender de MG el perro con más elegancia y serenidad de su especie, que daba la impresión de no hacerse cargo de que algún ser humano lo pudiera estar esperando o buscando. Iba, pensó MG, como le gustaba imaginarse el futuro de los animales al ciudadano animalista que había escuchado en la cantina hacía tan solo unos minutos antes. Paseando como uno más, liberado del collar y el silbido de su amo. Cuando lo vio aparecer de pronto, en uno de los recodos del camino, MG se paró en seco como medida preventiva hasta que viera aparecer a quien, según la lógica dominante hasta esos momentos, debería acompañarlo. Pero no apareció nadie. El galgo siguió su camino hacia donde se encontraba MG que, ante la creciente sorpresa, decidió quedarse quieto. A pesar de que, hasta donde él conocía, los galgos se comportaban con los seres humanos siempre de forma pacifica. No habían pasado ni un minuto, cuando el perro pasó delante de él como un paseante más. MG giró la vista al recodo del camino, por ver si aparecía el dueño del chucho, pero no surgió nadie ni del camino ni de ninguno de los lugares adyacentes. Cuando el galgo se había alejado quince o veinte metros, escuchó algo parecido a un rumor articulado que se parecían a las palabras, que no supo distinguir si venía de su cerebro o del lado donde se encontraba en esos momentos el animal. Volvió a mirar con más atención a los arbustos por donde éste acababa de pasar, no siendo que el rumor o lo que fuera proviniera de detrás de su espesura. Nada. Tampoco el galgo se dio por aludido, y siguió su camino con una determinación que, MG tuvo que reconocerse así mismo, no había visto hasta ese momento en un perro, ni en ningún otro animal doméstico o salvaje. El mundo ya no se podría manipular como dejó constancia el genitalista en la cantina del castillo, pensó MG mientras reanudó su paseo.
miércoles, 5 de junio de 2019
PERSIANAS
Lo que vino a decir aquel hombre, que se movía en la misma dirección que MG en el camino de ronda del castillo, fue que los Amigos del Castillo habían bajado las persianas de las ventanas de la fortaleza para que fuera nos pareciera a todos que era de noche. Su obsesión por mantener inaccesible a la presencia de cualquier ser humano, ya fuera vecino de la ciudad de bajo o forastero, las dependencias internas de la fortaleza justificaba plenamente esa imagen que se le había ocurrido mientras caminaba, le dijo. Esta vez no iba acompañado de su perra, pues había muerto recientemente víctima de un infarto, según le diagnosticó el veterinario. Al principio no lo reconoció, pues el hecho de que fuera en su misma dirección lo desconcertó. Aquella voluntad férrea por negar el paso al interior del castillo a todo el que no llevará un permiso, cuya manera de obtenerlo se hacía más confusa y difícil en tanto en cuanto el interesado más insistía en tenerlo en su bolsillo, imponía, al entender de MG, una rutina en los paseos alrededor de la parte del castillo que si estaba autorizada. MG había observado, empezando por el mismo, que los que cada mañana subían la cuesta del castillo para dar una o dos o las vueltas que fuesen siguiendo la traza del camino de ronda autorizado, lo hacían siempre en la misma dirección y siempre daban el mismo número de vueltas. MG, observaba también, que semejante rutina no afectaba a la parada previa para tomar un café en la cantina del castillo. De hecho, solo había coincidido allí con dos o tres de los andarines habituales a esas horas de la mañana, entre estos no se encontraba el dueño de la perra muerta por infarto. Mientras seguía caminando a su lado dándole vueltas a la misteriosa frase que vinculaba la noche exterior con la bajada de las persianas interiores de las ventanas de la fortaleza por parte de los Amigos del Castillo, que acababa de escucharle sin que mediara ninguna provocación o interpelación por su parte, se acordó de la primera vez que lo había visto. Tuvo lugar la mañana en que se lo encontró en dirección opuesta a la que él iba (tal vez el desconcierto le surgió no porque no le acompañara la perra, pensó MG, sino porque se lo encontró de espaldas, caminando en su misma dirección, a un paso anormalmente lento en comparación con el que llevaban otros cambiantes, incluido el mismo, y mirando con una atención concienzuda hacia las ventanas de la fortaleza) tratando de zafarse de un gran perro en celo que procuraba, con esa determinación que solo posee el instinto de naturaleza libre de todo condicionamiento cultural o moral, apoderarse enteramente del cuerpo de su perra. En aquel entonces, recordó MG, el hombre de la perra le había comentado medio a trompicones, mientras trataba de mantener el equilibrio al lado del animal en el estrecho camino de ronda, que el dueño del perro que intentó montar a su perra era un tipo que entraba y salía del castillo sin permiso. MG dudó durante unos minutos si seguir el paso de su compañero de ronda aquella mañana o adelantarlo y continuar al ritmo que llevaba hasta que se topó con él. Optó por lo primero después de pedirle su consentimiento. Lo primero que le preguntó, pues MG entendió que no se oponía a su compañía porque quería mantener una conversación referida a lo que mantenía su atención de forma invariable desde que se puso a su lado, fue si tenía permiso para dar su cambio de dirección en el paseo por el camino de ronda, y si eso tenía que ver con el episodio de su perra, y si éste, a su vez, era causa de la muerte del animal. Únicamente le contestó que esa amenaza por parte de los Amigos del Castillo, bajar las persianas para hacernos creer que es de noche, solo puede ser interpretada como un claro indicio del estado de ruina en que se encuentra el castillo y, al mismo tiempo, una llamada indirecta para encontrar alguna forma de redención.
jueves, 30 de mayo de 2019
ELECCIÓN
Su vida continuaba igual que siempre, sin embargo el no poder obligar a todos los demás a imitarla le suponía un rotundo y continuó fracaso. Fueron las palabras que alcanzó a oír MG a uno de los parroquianos, que se acodaba en la barra de la taberna del castillo a esas primeras horas de la mañana. Poco después entró en la cantina el cronista local con una pegatina pegada en la solapa de su gabardina verde. En ella se leía algo sobre la dignidad de las otras razas y los otros sexos. Cuando el cantinero le preguntó cómo estaban las cosas en la ciudad vieja, el cronista oficial contestó que todo estaba en orden, era por eso que se había animado a dar un paseo alrededor del castillo, la armonía ciudadana y el día resplandeciente le invitaban al movimiento, dijo a continuación. Al cantinero le pareció una respuesta de aliño y quiso saber, así se lo preguntó al cronista local, si había visto a alguien del castillo paseando por las calles de la ciudad en un día como el anterior, en el que todo el mundo iba y venía con la intención de renovar el consistorio. El cronista oficial se giró sobre sí mismo y se encaró hacia los que estaban sentados en las mesas, que únicamente eran MG y media docena de parroquianos entre los asiduos y los que estaban de paso. El cronista local enfatizó el tono de voz, al mismo tiempo que se ajustó la gabardina a la altura de la pegatina que tenia pegada a la solapa, como para subrayar que lo que dijo y lo que decía la leyenda de la pegatina no eran del todo palabras extrañas entre sí. Lo que dijo fue que los Amigos del Castillo no hacía falta que bajaran a la ciudad pues el interior del castillo era un ámbito elector en si mismo. Desde su fundación, los antiguos dueños fueron electores del emperador de Europa, atributo, que no privilegio, que han conservado los herederos de la fortaleza debido a los servicios de lealtad prestados desde entonces. El cantinero no pareció molestarse porque el cronista local le hubiera dado la espalda, en parte porque estaba de acuerdo con lo que dijo y en parte porque pudo ver reflejados en un gran espejo, colocado enfrente de la barra de la cantina, la gesticulación de su cara y los movimientos de sus manos mientras lo hizo. Sin embargo, a MG no dejo de sorprenderse al hilo de las palabras del cronista local, aún más si cabía, pues con la pegatina pegada en la solapa de su gabardina verde el cronista local parecía empeñado en tratar de relacionarla con algo que MG no alcanzaba a discernir si estaba en la ciudad o, más bien, en el interior del castillo. También, pensó MG, que la reivindicación de los derechos civiles de la minoría negra y los otros sexos fuera semejante en su común estatuto de aislamiento al que demandaban los Amigos del Castillo para la fortaleza que custodiaban. Ese consenso de aislamiento respecto al resto de la ciudad, como la minoría negra respecto a la mayoría blanca, como los otros sexos frente al sexo dominante, marcaba también los límites de la disidencia actual en la ciudad, que hacía todo lo posible por hacerse oír con el único fin de obtener el estatuto de reconocimiento y virtud necesarios para poder llevar acabo los propósitos de influencia y regeneración que tenían los planes de sus programas. En la ciudad había unos derechos y, al parecer, en el interior del castillo había otros, pues nadie podía entrar ni pertenecer al castillo sin cumplir con ellos, mientras que a la ciudad pertenecía todo el que pagara sus impuestos y cumpliera las normas formales escritas. No obstante, también formaba parte de la realidad que el castillo pertenecía al término municipal de la ciudad, sin que se pudiera decir que a todas horas pertenecía a la ciudad. Quienes eran los subsidiarios y quienes los predominantes era algo que él como cronista local de la ciudad, dijo mirando cara a cara al cantinero como buscando su complicidad, no se atrevía a discernir todavía. Lo que sí tenía claro, dijo para acabar, era que sería arriesgado romper ese tácito consenso entre dos formas electorales que representaban a su vez dos maneras diferentes de entender la lealtad y la tradición de la que venimos. El cronista oficial de la ciudad pagó el café que se había tomado y salió de la cantina, enfilando sus pasos a la cuesta que lo llevaría a la entrada del castillo. MG esperó unos minutos hasta que el cronista tomara una ventaja, que no le impidiera perderlo de vista. Poco antes de llegar se fijó, al igual que había hecho el cronista local, que los Amigos del Castillo había renovado las banderas oficiales que ondeaban sin parar a capricho de un viento no siempre agresivo pero si insistente.
jueves, 23 de mayo de 2019
FIEBRE
No lo había pensado hasta aquel día en que se lo escuchó a un tertuliano a primera hora de la mañana. Cuando MG se colocó los auriculares del móvil, justo antes de iniciar su subida matinal al castillo para dar la vuelta al camino de ronda del mismo, lo primero que escuchó fue al tertuliano mencionado decir que se había levantado con 38 de fiebre pero que no había que preocuparse, pues la fiebre en los seres humanos constituía siempre un acontecimiento singular como lo era el granizo o la nieve en el comportamiento de la naturaleza. La tertulia, por tanto, continuaba según el guión previsto, a saber, el problema de la atención entre humanos dentro del régimen digital dominante. Quizá impulsado por lo que acababa de escuchar, MG se tocó la frente y creyó notar que la tenía un poco caliente, pero no hizo caso, influenciado igualmente por la respuesta del tertuliano a sus 38 de fiebre, así que continuó andando hasta la cantina del castillo donde pensó se tomaría el primer café de la mañana. Nada más entrar le pareció que la cantina también estaba afectaba por un acontecimiento singular. Se volvió a tocar la frente y comprobó que la tenía más caliente que la vez anterior, hacía tan solo unos minutos. Entonces se preguntó hasta qué punto la singularidad de su fiebre tenía que ver, o no, con la singularidad de los comentarios de los parroquianos en el momento en el que MG entró en la cantina. Creyó oír que lo que estos comentaban versaba sobre el rumor que se había extendido en la ciudad respecto a la entrada, la noche anterior, de media docena de tanques en el castillo, sin que nada ni nadie hubiera ofrecido resistencia. Le dio la impresión de que el cantinero se esforzaba, sin conseguirlo del todo, en tratar de desmentir semejantes habladurías, que formaban parte de la conspiración que desde hacía tiempo se estaban urdiendo contra los Amigos del Castillo. La propia extrañeza que le produjo oír, por boca del cantinero, la palabra conspiración le hizo sospechar de su agudeza auditiva. A medida que escuchaba la conversación, la cabeza se le fue nublando con una serie de figuras y manchas que le impedían fijar la atención en las diferentes conversaciones que los parroquianos y el cantinero iban tejiendo. Lo de la conspiración del cantinero acabó por atravesársele con un clavo en medio del cerebro, obstaculizando la elaboración de asociaciones con lo que decían los otros, que siempre iban al rebufo de la voz cantante del propio cantinero. MG se tocó de nuevo la frente y notó que estaba más caliente que la segunda vez y mucho más que la primera. Todo ese calentamiento se producía al mismo tiempo que otro acontecimiento singular, los escalofríos que se iban apoderando del resto de su organismo, sobre todo en la espalda y de una forma rara en las axilas. Cogió su taza de café y se apartó a un rincón de la cantina para no oír tan de cerca las palabras de los parroquianos, que continuaban su intento, al menos sus gestos así lo atestiguaban más que sus palabras que las oía lejanas y confusas, de sonsacarle al cantinero si lo de los tanques era cierto y cual era el verdadero alcance de aquella invasión. Entre escalofríos y entre sudores MG logró recordar una antigua leyenda del castillo, que hablaba de la reunión que mantuvieron hace años un grupo de caballeros pertenecientes a una cofradía secular para tratar de asuntos relacionados con la seguridad del país. Para tal fin hicieron proteger los alrededores del castillo con una compañía de tanques, que impidió el acceso a los paseantes durante el tiempo que duró la reunión. Al final, cada cual, tanques incluidos, se fue por donde había venido y no se volvió a hablar del asunto. De repente, MG tuvo un ataque de tos y le pareció que había expulsado algo que se fue a depositar a los pies de uno de los parroquianos que se encontraban más rezagados respecto al, por decirlo así, núcleo duro de la conversación, que protagonizaba las respuestas evasivas del cantinero respecto a las insistentes preguntas de los parroquianos. Hacia su interior, sin embargo, lo que le ocurrió, al mismo tiempo que expectoraba ese algo no identificado, fue que se le enrollaron alrededor del clavo, como una boa, algunas de las palabras que le había oído al tertuliano mientras caminaba hacia la cantina. Lo que en el clavo de su cerebro se enrolló para quedarse allí fue, más o menos, que el siglo XX había sido el del enfrentamiento a sangre y fuego de las identidades, y que esa herencia hacía muy difícil el desarrollo de la atención a otra cosa que no fuera la pertenencia de cada cual, adscrita como la uña lo está al dedo, a lo que se conoce como una manera de ser o de sentir los colores. Esta apostilla futbolística que usó el tertuliano para rematar su intervención, MG notó que le apretó el clavo de su cerebro de una forma más ostensible, tratando de competir con ese algo que había expulsado mediante el ataque de tos y que seguía allí tirado en el suelo sin que nadie, de forma milagrosa, lo hubiera pisado todavía.
miércoles, 22 de mayo de 2019
CENICIENTA
Había días en los que de MG se apoderaba el síndrome de Cenicienta, y era entonces cuando se preguntaba si quién demonios habitaba realmente dentro del castillo era una mujer dormida, esperando que él entrase y decidiera besar sin pedirle permiso con la única excusa de despertarla. Era esta una de las historias infantiles que no abandonaba a MG, al igual que aquella pregunta que le hizo a su madre el día que cumplió cinco años, mamá, ¿que es más un día entero o hasta que pase la primavera? Fue así que el último día que se sintió poseído por el síndrome de cenicienta se topó, además, con el monje habitual hablando excepcionalmente por teléfono, cuando todo le pareció que podía ser distinto. El castillo dejó de aparecer, al darle la vuelta, la fortaleza militar habitual. Quiso encuadrarlo bajo la influencia de esos recuerdos infantiles, para ver si su misterio se le mostraba de manera diferente. Ponerlo al alcance de la belleza de aquella inocencia, no le parecía un método desechable. Pretendía con ello hacer del castillo un espacio intermedio entre entre su aspecto pétreo que lo situaba en el pasado y este presente de MG que le daba la vuelta cada día. Había algo de víctima en ese pasado, que desde la cantina no dejaba de afianzarse de cara a los parroquianos y a los vecinos de la ciudad, que le impedía verse también como victimario. Todo el mundo comentaba en la cantina y en la ciudad que en su interior había ocurrido, a su entender, cosas inconfesables. Debido a ello MG pensaba que este podría ser el motivo principal porque no permitían la entrada a extraños a las instalaciones mas interiores, aunque lo inconfesable también pudiera ser que no había nada que confesar. Las visitas programadas estaban calculadas para que cumplieran a rajatabla este fin: adentrarse en el castillo con un guía hasta las puertas de la residencia de sus guardianes: los Amigos del Castillo. Lo que se pretendía con esta forma de organizar las visitas era reproducir (esto era lo que el guía contaba a los visitantes) la estrategia defensiva que inauguró este tipo de fortificaciones, en un momento histórico, siglo XVII, en el que la concepción de la guerra estaba cambiando radicalmente y para siempre. Cuando escuchó en la cantina del castillo, en concreto por boca del cantinero, estos cambios en la relación del interior del castillo con su exterioridad, MG comprendió que algo se estaba moviendo entre los Amigos del Castillo. Entre el día que abrieron el camino de ronda para que los paseantes pudieran dar la vuelta al perímetro de sus murallas y el día que se organizó la primera vista guiada al interior del castillo, con las condiciones descritas por el cantinero, habían pasado cinco años. MG pensó que las vueltas alrededor del castillo que cada día atraía a un mayor número de paseantes, tanto de la ciudad de abajo como de otras ciudades lejanas, habían producido el efecto bíblico de Jericó, no previsto ni deseado en absoluto por los Amigos de Castillo. Las murallas podían llegar a derrumbarse si no hacían algo para impedirlo. De resultas de semejante amenaza surgió, al entender de más de algún parroquiano de la cantina tal y como lo escuchó MG, la organización de las visitas guiadas y controladas al primer interior del castillo. Así fue como lo denominaba el díptico que el guía entregaba a los visitantes No le cabía ninguna duda, que con esa decisión los Amigos del Castillo consiguieron un nuevo equilibrio entre la popular exterioridad y la misteriosa interioridad de la fortaleza, que duraría otros tantos siglos. Por tanto, pensó MG, de nada valía insistir en empujar por este camino. Las nuevas murallas estaban pensadas para durar más allá de sus propios cimientos fundacionales. Tenían, por decirlo así, un nuevo aura de permanencia y pertinencia. Fuera por ello, tal vez, que la imaginación de MG se vio impregnada de ese nuevo estatuto del castillo, lo que le impulsó a mirarlo con otros ojos en su vuelta diaria por el camino de ronda. Con ojos que lo pudieran ver como un espacio intermedio entre lo que fue y lo que los Amigos del Castillo querían convertirlo. Entre ese artificio y la naturaleza que lo rodea. Para ello dejarse llevar por el síndrome de Cenicienta podría ayudarle a aproximarse al misterio del castillo, sorteando la vigilancia escrupulosa de aquellos.
viernes, 10 de mayo de 2019
EL MONJE
Se lo encontraba cada día MG en su itinerario alrededor del castillo. Algo y delgado como un junco, de aspecto unos días nórdico y otros eslavo, siempre con un zurrón colgado en el hombro derecho como un pastor aunque sin rebaño al vista, que a MG le pareció, la primera vez que lo vio, que escondía un misterio similar al que guarda celosamente la reina de Inglaterra en el pequeño bolso con que siempre se presenta en los actos oficiales. Las luces ilustradas de antaño apostaron por el brillo de la higiene corporal, pero metieron en las sombras que nunca creyeron producir la suciedad del alma, llamando a ese ocultamiento un acto legítimo de libertad. Dicho de otra manera, pensó MG al cruzarse un día más con su compañero de paseo, nos duchamos todos los días, pero las palabras que salen por la boca emiten un hedor nauseabundo sin que nos percatemos de ello, en nombre de la libertad de expresión, al decir de sus hablantes. Son palabras, siguió andando MG con tristeza, desbocadas y abyectas, desbarradas y ajumadas, palabras, en fin, huecas, hirientes, troleras, quejicosas y malolientes. Siempre tienen voluntad de combate y de victoria frente a las otras palabras, no les importa que sea mediante la suciedad verbal de esa libertad de expresión y a costa del arrumbamiento de cualquier atisbo de diálogo. La banalidad ambiente que estas palabras producen es el precio que hay que pagar (algo así como los muertos en accidentes de tráfico, dice MG al ver alejarse al que parece junco un día más), y con lo que hay que tratar cada día, por esa falta de higiene respecto al modo que tiene de tratar la enfática libertad de expresión aquello que no es capaz de ver. A lo que hay que añadir la indignación por su acomodo. Tal vez por eso el monje, así lo llama MG, sea un ejemplo cabal, en el sentido amplio del término, de lo que es un hombre moderno al fin limpio. Mira todo lo que se va encontrando, MG no puede evitar verse ya incluido en las consecuencias desconocidas de esa mirada, con una intención de querer atrapar lo permanente, que al mismo MG le evoca a su hermano del cuadro romántico mirando el mar con la paciencia propia de estar ante lo ilimitado. Su aspecto de higiene corporal y anímica no le evita trasmitir un aura de melancolía, que se alimenta de ese hábito diario de dar una o dos vueltas al camino de ronda del castillo. Al principio de cruzarse con el monje, MG notó que esquivaba su mirada. Tuvieron que pasar dos o tres semanas hasta que las miradas de ambos se cruzaron y una semana más hasta que surgió la primera sonrisa entre ambos. En la cantina del castillo nadie sabía nada del monje, por allí no había pasado nadie con esas características. Ninguno de los parroquianos lo había visto subir hacia el castillo, aunque según MG esto no era garantía de nada pues al cambio de ronda se puede acceder desde diferentes lugares desde la ciudad de abajo. Con las primeras palabras que intercambió con el monje, algunos días después de aquella primera sonrisa, MG se dio cuenta de que no era de la ciudad de bajo, también que su falta de indignación trasmitían una falta de acomodo, eran unas palabras que venían de lo que no se veía. ¿Venían, por tanto, del interior del castillo? ¿O su dueño era un forastero más forastero que lo eran los vecinos de aquella respecto al castillo? Podría ser un ángel, pensó MG, de esos que los de la cantina tienen necesidad de ver en sus conversaciones, aunque digan que hace ya demasiado tiempo que se han ido? Bien es verdad que se fueron por abandono de un tipo de convicción que los parroquianos de la cantina habían venido practicando respecto a la vida interior del castillo, pero, ¿eso quiere decir que no hay otros tipos de convicciones y de acceso al universo angelical y, por tanto, al interior del castillo? ¿Es el monje un enviado de los Amigos del Castillo, un portero que tiene la llave de acceso por la puerta de servicio? Pero, ¿cual es la puerta de servicio? Todo el mundo dice que solo hay una puerta de acceso, y todo lo el mundo sabe, al menos los parroquianos que MG ha tratado en la cantina, que esa puerta no es de libre acceso para los que viven en la ciudad de abajo y, menos aún, para los forasteros.
martes, 7 de mayo de 2019
ANUNCIO
El día que lo oyó por primera vez fue en la cantina del castillo. MG acababa de salir de una convalecencia gripal y ese mismos día era el que reanudaba su costumbre matinal de dar la vuelta al castillo. Fue el cantinero quien le dijo a él y a otros parroquianos, como para prevenirles de algo que MG no supo discernir, que el cartel que habían colocado en las inmediaciones de la entrada del castillo formaba parte de la campaña publicitaria que llevaba a cabo por la región una empresa que se dedicaba a servir comidas a domicilio. El cartel anunciador era de grandes dimensiones y en su composición hecha de figuras humanas en pleno movimiento, digamos muy atareadas o que se las veía que iban de bólido, destacaba una frase que le hacía todos los honores al misterio que rodeaba el silencio que provenía de la fortaleza y a sus albaceas, los Amigos del Castillo. Decía así: “todo lo bueno de la comida entregada a domicilio con todo lo bueno de no hablar con la gente.” La empresa, según dijo el cantinero, se había instalado en alguno de los pueblos de la bahía, que se divisaba con toda nitidez desde el camino de ronda del castillo los días que soplaba el viento norte. Cuando MG, después de subir la cuesta que lo llevaba al inicio del camino de ronda, poco antes de iniciar su itinerario, se fijó con el cartel que había mencionado el cantinero aquella mañana, se acercó un poco más para observar los detalles. Fue entonces cuando advirtió que, en la parte baja del cartel de la empresa de comida a domicilio, alguien había escrito, a modo de réplica y con los caracteres de la letra germánica en color rojo, otra frase que decía lo siguiente: “hace cinco siglos que la idea del Yo domina el mundo; ya es hora de que tomemos otro camino.” De repente, MG notó una transfiguración en la imagen que tenía del castillo, a partir de aquel cartel que anunciaba algo ajeno a lo que la misma fortaleza venía ocultando a cal y canto desde hacía tanto tiempo. Lo primero que pensó MG, mientras daba ya los primeros pasos por el camino de ronda, fue que el cantinero tenía órdenes expresas, provenientes del interior del castillo, de contar la historia mediante la cual hacía responsable del cartel anunciador a la empresa de comida a domicilio, y a la la réplica en rojo, digamos, a un defensor de la conversación bajo el régimen digital dominante que quiere prescindir de esa habilidad comunicadora que nos ha hecho lo que somos y nos ha hecho llegar a donde nos encontramos. ¿El cartel lo había colocado la empresa de comida a domicilio con permiso remunerado de los Amigos del Castillo? O más bien, ¿los Amigos del Castillo habían ofrecido gratuitamente la situación estratégica del castillo para que las nuevas empresas emergentes pudieran llevar a cabo su labor propagandística? La réplica escrita en rojo, continuó con sus cábalas MG mientras seguía haciendo su itinerario por el camino de ronda, bien la podía haber escrito el cantinero o el trabajador que se encargaba de las labores de mantenimiento del castillo. ¿Con ese juego pretendían los Amigos del Castillo distraer la atención de los caminantes que cada día daban la vuelta alrededor de sus murallas? ¿O a quien pretendían distraer, verdaderamente, era a las autoridades municipales, que pagaban el mantenimiento de ese camino fuera de murallas de acuerdo a un convenio firmado hace años con los Amigos del Castillo? ¿Era el cartel un contrafuerte de urgencia para apuntalar unas murallas que se resistían a su desmoronamiento? Dos galgos no habituales acompañados de su dueña, igualmente estilizada como una estatua de Giacometti, se cruzaron en el camino con MG en el momento en que éste se atrevió a calificar, para sus adentros, como un atentado simbólico la presencia del cartel de la empresa de comida a domicilio aquella mañana en las inmediaciones de la entrada del castillo. No había manera, al verlos juntos, de que pudiera remitirse a algún tipo de continuidad, tal y como hacían los carteles sobre la flora y la fama que las autoridades municipales han colocado a lo largo del camino de ronda. El cartel de la empresa de comida a domicilio parecía apuntar contra la tristeza y el cansancio qué emanaban del interior del castillo, y éste, como un antiguo convento medieval, parecía repeler cualquier presencia que viniera del exterior. Un atentado que cumplía sus funciones, fuera quienes fuesen sus instigadores, con efectos boomerang para ambas partes. La cercanía de esos mensajes tan antitéticos, el de la sombría y pétrea presencia del castillo y el de la liviandad optimista del cartel, no le hacía a MG augurar nada bueno. Se empujaban mutuamente, uno parecía tratar de alejar al otro, y viceversa. ¿Quien podría estar interesado en semejante enconamiento? ¿Los Amigos del castillo o la empresa de comida a domicilio? No podía discernir MG, a través de semejantes disfraces, el encono y la deriva que pudiera haber detrás. Poco antes de acabar su vuelta al camino de ronda pensó en preguntarle al cantinero, si sabía cuánto tiempo iba a durar la campaña publicitaria de la empresa de comida a domicilio, ahí arriba.
martes, 23 de abril de 2019
NIEBLA
Cuando MG llegó a la cantina del castillo la niebla lo tapaba todo. Fue uno de esos amaneceres de los primeros días de primavera en el que el invierno quiere volver por sus fueros. Lo que venía pensado también se le hizo un grumo en la mente. Notó que si quería dar la vuelta al castillo como cada mañana tendría que olvidarse del grumo y poner toda la atención en sus desfallecidos músculos, que parecían no responder como lo hacían habitualmente. Cuando llegó arriba, en el aparcamiento de las afueras del castillo había un autobús rodeado de personas. El grumo de la mente de MG pareció encontrar la razón para disolverse, y lo hizo. Antes de seguir caminando MG se puso a hacer estiramientos de sus músculos y, al mismo tiempo, observar en qué consistía aquella anomalía que significaba la presencia del autobús a esas horas tan tempranas de la mañana. En la cantina había oído alguna vez, en las conversaciones entre los parroquianos, sobre este tipo de vistas colectivas. Según ellos el autobús dejaba a sus ocupantes en el aparcamiento y más tarde, nunca a una hora prevista, alguien del castillo salía a darles la bienvenida. Por lo que les oyó, no tenían constancia de que el grupo entrara al castillo, había que generar demasiados permisos individuales algo que los Amigos del Castillo no consideraban viable. Esta última aseveración MG cree que se la escuchó decir de forma más detallada, un día, al dueño de la cantina, al hilo de una de estas visitas colectivas inesperadas. MG notó que tenía agarrotadas las pantorrillas, por lo que apoyó las piernas, primero la derecha y luego la izquierda, sobre uno de los bancos que había en el mirador delante de la entrada al castillo, y trató de desentumecerlas a base de forzar su posición en reposo. Mientras lo hacía miró de reojo al autobús, que empezó a estar rodeado por los ocupantes que poco a poco iban descendiendo. La niebla seguía contumaz, impidiendo a MG tener un vista más nítida de lo que estaba sucediendo a unos pocos metros de distancia de donde hacía sus ejercicios de estiramientos. Nadie parecía estar al frente de la expedición, ni siquiera se veía al conductor del autobús. Nadie, tampoco, salía del castillo a recibirlos. Todos lo que bajaron del autobús iban encapuchados debido el agüilla que destilaba la niebla en su persistencia, al menos eso es lo que pensó MG para introducir un elemento meteorológico de comprensión en la escena, lo que por su misma lógica le impedía distinguir la identidad de cada uno de ellos. Sin embargo, la lógica del fenómeno meteorológico de la niebla no le duró mucho a MG, o mejor dicho, le duró lo mismo que la lógica del desentumecimiento de sus pantorrillas. Quienes estaban ocultos debajo de las capuchas empezaron a dar vueltas alrededor del autobús. Al principio de forma desordenada pero al cabo de una par de vueltas el grupo, sin ninguna orden apreciable que viniese de fuera, se puso en fila de uno y continuó cumpliendo con su itinerario. A MG le vino a la cabeza esas cuadrillas de presos, que tantas veces había visto en el cine o la televisión, dando vueltas alrededor del patio de la prisión. Pensó que al igual que él había calentado los músculos, los “presidiarios” del autobús estaban habiendo lo propio, lo que le hizo prever que en breves minutos se pondrían en marcha para dar la vuelta al castillo. Como su imaginación necesitada dar sentido a lo que estaba presenciando, pensó que el paseo alrededor del castillo formaba parte de un programa de mejora de las condiciones carcelarias de los presos. Lo que tenía que decidir, si se confirmaban sus previsiones, era si les tomaba la delantera o esperaba a que ellos iniciaran la marcha, para a continuación ponerse él a cambiar a una distancia prudente. Esperó, al principio disimulando que seguía desentumeciendo sus pantorrillas, pero pasados unos minutos le pareció ridículo seguir con esa representación pues pensó que acabaría delatando sus verdaderas intenciones. Así que optó por derivar su disimulo hacia el panel informativo que había en el mirador a la entrada del castillo. Bajo tutela y mantenimiento del ayuntamiento de la ciudad, el panel era una gran fotografía panorámica en la que estaban resaltaros los principales accidentes geográficos que desde allí se divisaban, así como la ubicación de las pequeñas poblaciones que quedaban a la vista del observador. Al ponerse a mirar al panel informativo MG dio la espalda al autobús y al movimiento de los “presidiarios”, lo que le produjo un sentimiento de extrañeza nuevo. No supo entender si tenía que ver con la amenaza corporal o con la pérdida repentina de sensibilidad por no poder ver lo que estaba sucediendo detrás de donde se encontraba. De repente, pensó que si el asunto se acababa dilucidando como lo había imaginado, quien estaba fuera de lugar era el mismo insistiendo con quedarse allí quieto bajo de la niebla. Los “presidiarios”, dando vueltas alrededor del autobús en el aparcamiento fuera del castillo, estaban cumpliendo perfectamente la función encomendada por las autoridades carcelarias. Si seguía ahí, empeñado en que sucediera lo que no podía suceder, era él quien no estaba cumpliendo con la función que tenía encomendada que, como todas las mañanas, no era otra que dar su vuelta reglamentaria al castillo. Si seguía ahí aparentando hacer lo que no estaba haciendo, ni le correspondía hacer, al día siguiente en la cantina le podían decir que ya no tenía el permiso para dar vuelta al castillo.
martes, 16 de abril de 2019
TRISTEZA
Sin saber cómo a MG la tristeza le entró aquella mañana nada más abrir la ventana de su habitación, poco antes de salir de casa para llevar a cabo su vuelta al castillo. Al mismo tiempo, también entró por la misma ventana la luz, la poderosa luz de los primeros días primaverales, cuando todavía tenía reciente la raquítica luz del invierno y aun no había llegado la cegadora luz del verano. Pensó que a lo mejor la tristeza tuviera que ver con la dificultad que tiene el ser humano para adaptarse a ese diferencial de luz que, de repente y en pocos días, empieza a iluminar el mundo de una manera más extraña, si cabe. Mientras se fue acercando al castillo, después de tomar un café en la cantina, que era como el salvacunducto para poder dar la vuelta, MG recordó los primeros versos de “la tierra baldía” de T. E. Eliot.
“Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
el invierno nos mantenía calientes, cubriendo
tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
un poco de vida con tubérculos secos.”
El cantinero le advirtió, cuando fue a pagar su consumición, que la noche anterior había llovido con fuerza y que el camino de ronda estaba lleno de charcos de agua, por lo que no le cobró el café. Hoy, dijo, la vuelta por el camino de ronda es gratis, según me ha comunicado el portavoz de los Amigos del Castillo a primera hora de la mañana. MG le dio las gracias de forma rutinaria, como si comprendiera lo que el cantinero le había dicho, lo cual estaba lo más alejado de la realidad que le cupiera imaginar. Evidentemente aquella gratuidad inesperada era otro gesto primaveral que se sumaba, a partes iguales, a la luz y la tristeza con que había comenzado el día. En el primero recodo del camino notó la ausencia de la cuadrilla de jóvenes estudiantes de formación profesional que llevaban a cabo, durante todo el invierno, los trabajos de restauración del lienzo de muralla más próximo a la entrada principal. MG dedujo que, como había comenzado la Semana Santa, estarían de vacaciones. Al parecer, según le confesó en su momento a principios del invierno el profesor de los alumnos, esa parte de la muralla se había convertido en una preocupación urgente de los Amigos del Castillo, pues temían que por ahí se colara gente indeseable. Esas fueron las palabras exactas que utilizó el portavoz de aquellos, el día que lo llamó para comunicarle que había sido contratado para llevar a cabo las obras de restauración. MG preguntó al profesor donde había tenido la reunión y si tenía permiso para entrar y salir libremente del castillo. El profesor le contestó a lo primero que se reunieron en un reservado que tiene la cantina del castillo en la parte trasera; respecto a lo segundo le dijo que sus movimientos, como los de los alumnos, estaban limitados a los inmediatos alrededores del lienzo de la muralla que tenía que restaurar. MG notó en las palabras del profesor una total ausencia de extrañeza, lo cual se mantuvo así durante los meses siguientes hasta las vacaciones de Semana Santa. Le pagaban por ello y lo hacía de la mejor manera posible. Eso era todo, porque ahí estaba todo. Si los Amigos del Castillo tienen miedo de que por esta parte de la muralla pueda entrar gente indeseable e indeseada, le dijo una mañana el profesor a MG, lo lógico es que la arreglen de manera que el miedo desaparezca, yo haría lo mismo. Esa parte de la muralla cumplía una función de apoyo panóptico a los verdaderos muros que estaban más adentro y que no se veían desde el camino de ronda. MG notó que aquella luminosidad que gastaba el profesor restaurador de la muralla mediante la que hacía desparecer el aspecto sombrío con que se ocultaban los Amigos del Castillo en su interior, y a la que se había acostumbrado durante todo el invierno, le faltó en los primeros pasos del cambio de ronda en aquel día primaveral de la Semana Santa. Decidió tomarse el paseo con más calma, incluso se sentaría un rato a la vera del viaducto, antigua construcción para abastecer de agua a la guarnición del castillo. La tristeza que le embargaba era como la luz del sol que entró por la ventana de su habitación, va y viene, y no alumbró por igual a todas las plantas que tiene allí puestas, pues no todas están dispuestas a recibir esa luz al mismo tiempo. Algunas prefieren mantenerse ocultas detrás de su propia oscuridad, hasta la siguiente aparición de la luz.
martes, 9 de abril de 2019
MONUMENTO
La noche anterior había llovido mucho. MG se dio cuenta por la cantidad de agua acumulada en los baches del camino de ronda del castillo. Pensó en dejar de caminar, pero fue en ese momento cuando recibió un mensaje de uno de sus contactos, el cocinero. Así lo tenía localizado en su agenda. Era un tipo hecho a sí mismo. La frase hecha la utilizaba MG para referirse a algo menos viable que acompañaba a la biografía del cocinero, pero que no sabía cómo definir lo cual no dejaba de producirle un constante desconcierto. Lo conoció en una reunión externa de esas que organizaban Los Amigos del Castillo para promocionar su imagen de cuidadores de la fortaleza. Por aquel entonces no era todavía cocinero, sino que formaba parte de un grupo que se autodenominaba Cuerpos Libres y que se encargaban de las labores propias de cualquier organización de voluntarios adscrita a otra más grande, digamos, de un orden más interesado. Lo de cocinero vino después y hoy es el director del restaurante que tiene en su interior el castillo, para uso exclusivo de los miembros de la asociación que lo custodia y vigila para que cumpla en todo momento su función, que aunque nadie de la ciudad sepa muy bien cual es su presencia hace pensar que lo hace con plena eficiencia. A estas reuniones promocionales acudía mucha gente, aunque rara vez lo hacían los que ocupaban un lugar de responsabilidad en el funcionamiento de la ciudad. Por así decirlo, el castillo y la ciudad mantenían desde hacia años, después de unos inicios de convivencia nada halagüeños, una pactada indiferencia, dicen, como mejor garantía de aquella eficiencia de que se enorgullecían los Amigos del Castillo, y que la imagen de la ciudad también le convenía. La cual hacía, sin que hubiera intercambios de reproches, que la ciudad se encargara de los asuntos externos como el mantenimiento del camino de ronda y el aparcamiento de coches, y el castillo lo hiciera de los asuntos internos. Era un acuerdo tácito que se había ido trasmitiendo de generación en generación desde que se fijó la raya fronteriza. A partir de entonces el castillo se convirtió en el lugar desde donde se garantizaba la perdurabilidad de esta, que significaba también la suya propia. El mensaje que MG leyó en su dispositivo hacía mención a una fotografía adjunta, a la que el cocinero se refería como un objeto no identificado que acababa de descubrir en el entorno del castillo, la tarde anterior al momento mismo de enviarle el mensaje. Ciertamente, el objeto no identificado era una especie de monolito de cemento pintado de blanco, donde a duras penas se podían leer los nombres de quienes al parecer habían caído en combate en un guerra lejana, decía textualmente. No antigua, sino lejana. A MG le sorprendió no haberlo reconocido en sus vueltas diarias al Castillo, aunque lo que más le sorprendió fue la referencia de la inscripción a una guerra lejana teniendo en cuenta que oficialmente, según las memorias que guardan los Amigos de Castillo y de las que periódicamente van publicando breves sinopsis en los periódicos locales, el castillo nunca sufrió asedio alguno desde su fundación. Lo de antigua remitía, sin duda, a una estilo inequívoco de guerrear, pongamos, las guerras napoleónicas frente a la guerra del golfo pérsico, pero el calificativo de lejana le pareció que daba al monolito una imagen de elasticidad que cada cual podía visualizar primero y traducir su inscripción después a conveniencia. Tal vez ese fuera el motivo, pensó MG, que no recordara haber visto ningún monumento de tales características en el camino de ronda del castillo. El que sí lo hubiera observado el cocinero y que, además, hubiera tenido la necesidad de enviárselo a MG era un indicio, al entender de este, de que el interior y el exterior del castillo mantenían un oculto valor de inteligibilidad cuya clave debía estar en esa alusión a la lejanía. Es decir, no estaba en el castillo. Aunque empezó a llover con más fuerza, MG decidió continuar el camino, en parte por la curiosidad que le había despertado el mensaje del cocinero, pero, sobre todo, porque se le habría un veta de compresión del castillo que se daba cuenta no tenía a la mano, tal y como se había empeñado en creer desde el día en que le pidió al cocinero que lo invitara a comer al restaurante donde trabajaba y aquel le respondió, con la mayor naturalidad, que no tenía permiso para invitar al restaurante del castillo a vecinos censados en la ciudad. Lo cual se correspondía, término a término, con lo que no hace mucho oyó en la cantina a un parroquiano, al referirse al permiso que había que tener para entrar al castillo. No recuerda quien le respondió que quien entra en la cantina entra también en el interior del castillo, aunque sí sintió la misma invisibilidad respecto a lo que oyó que la que tuvo al acabar de dar la vuelta al castillo, sin haber localizado el monumento cuya foto le había enviado el cocinero.
jueves, 4 de abril de 2019
NIEVE
Solo hacia dos semanas que había comenzado la primavera y Aníbal Guevara comprobó con satisfacción, mientras daba la vuelta al castillo, que la nieve había vuelto a las montañas de enfrente. Estos últimos coletazos del invierno le gustaban porque experimentaba, al mismos tiempo, dos sentimientos como la despedida y la esperanza que, al igual que la vida y la muerte, tienden al desencuentro, es decir, cuando está uno no está el otro, y viceversa. Mientras eso sucedía en el exterior atmosférico, en los auriculares que llevaba colgados en las orejas llegaba la voz de una escritora y periodista que hablaba sobre la relación que nos esperaba con nuestras condición robótica, puesta en escena de forma irreversible y apabullante en la era digital en la que vivimos. Recientemente había publicado un libro sobre la maternidad y no creía en absoluto que las madres humanas pudieran llegar a parir algún día robots, como algunos devotos de la tecnología pronostican. Luego eso significa, decía, que los robots se hacen no nacen. Por lo tanto, están libres de lo propio de los seres que nacen que no es otra cosa que su condición de mortalidad junto a sus emisarios, a saber, enfermedades, contradicciones, intuiciones. Dicho de otra manera, un robot es una construcción tecnológica que proviene, como todas las construcciones, del azar y necesidad de la vida, pero no es la vida misma. Las construcciones que hace la vida no la agotan, son una parte de ella, la renuevan o la degradan pero nunca pueden apropiarse de ella. La historia de la vida no deja de dar testimonios de que cuando alguna de sus construcciones ha querido apropiarse de ella lo que realmente ha conseguido es iniciar el camino de su desaparición como tal construcción, dando paso a otras formas de imaginación y a otras construcciones. Si no fuera así, apuntaba la escritora, es que la vida ha renunciado a seguir viviendo lo cual no es propio de su naturaleza vital, valga toda la redundancia, aunque su creación tecnológica le indique el camino de la destrucción. Se destruye la construcción tecnología no la vida. Para entendernos, la vida no está constituida según la forma de pensar matemática, como le gustaba creer a Galileo. Más bien el mayor logro de la razón matemática o lógica, en fin, digital, es darse cuenta de que está rodeada de infinidad de cosas que puede ofrecer pero de las que nunca podrá saber nada, que no sea el mero saber instrumental con que las ofrece. Otra cosa es que al ser humano matemático le guste pensar que puede hacer cálculos sobre todo lo que le rodea y lo que le pueda acabar rodeando, sin darse cuenta de que esa forma de pensar le lleva a que sean los cálculos (vesiculares, por supuesto) los que se ceben sobre él. Fue la forma irónica con que acabó la entrevista la escritora y periodista, justo en el momento en que Aníbal Guevara caminaba en la vertical que le permitió divisar con nitidez la fortaleza que había en la raya fronteriza, antes de que un fajo de nubes alargada la tapara casi por completo. ¿Era deber del momento actual (o al menos, era un deber suyo) hacer un seguimiento de la veracidad de las afirmaciones de la escritora que acababa de oír?, pensó Guevara. Ciertamente, continuó dándole al magín ya sin los auriculares en las orejas, las distancias en el entorno del castillo se mantienen inalterables desde que lo construyeron en el siglo XVII, pero hay algo que a él las impide sentir con esa exactitud que pudiera sugerir su presencia. Dicho de otra manera, algo que no conseguía saber era que, a pesar de aquellas distancias y magnitudes inalterables, la presencia del castillo que las contenía no era la misma hoy que entonces. El mismo hecho de no saber si era la cantina quien daba permiso a sus parroquianos para poder dar la vuelta al castillo, era un indicador claro, aunque no preciso, de cómo estaban las cosas. La primavera había renovado, un año más, la esperanza que proporciona ver renacer a la naturaleza, pero intramuros del castillo no dejaba de crecer un grumo sombrío. A punto de acabar el camino de ronda vio cómo se disponía a dar su paseo el cronista oficial de la ciudad, dejándose acompañar, como no, por sus dos galgos. Guevara nunca había coincidió con él en la cantina, no sabía, por tanto, si tenía permiso para dar la vuelta al castillo o se lo otorgaba su profesión de cronista oficial. Este era otro ejemplo de distancia, digamos, domestica que Guevara notaba que se le escapaba y no dejaba de producirle malestar.
miércoles, 3 de abril de 2019
LLUVIA
Mientras Aníbal Guevara tomaba su café en la cantina, antes de subir a dar la vuelta al castillo, la lluvia hizo acto de presencia con una fuerza que no habían pronosticado los meteorólogos en sus diferentes apariciones en la pequeñas pantallas. El tiempo atmosférico y el tiempo electoral, pensó Guevara, cada vez son más impredecibles, lo cual debe significar que la naturaleza se ha vuelto a apoderar de la política. No le pareció impertinente esta conclusión, pensó, mejor que sea así a que sea la economía “la que parte el bacalao”, como dicen todos los expertos. Miró hacia la cuesta empinada y por encima de la puerta de entrada al castillo el cielo pintaba negro, muy negro. Los parroquianos, que había a esas horas de la mañana en la cantina, se habían apiñado alrededor de lo que decía la locutora de la televisión. Guevara decidió esperar a ver si escampaba, pues no había traído paraguas, sentándose en la mesa que quedaba como en la segunda fila de los espectadores televisivos, la totalidad de los cuales se apoyaban en la barra. La noticia de la televisión tenía que ver con un episodio de índole racista, esa fue la palabra que más utilizó la locutora mientras daba la noticia, que se había producido a las afueras de ese otro castillo que es La Casa Blanca, padre de todos los castillos y, también, residencia oficial en Washington del presidente de los Estados Unidos de América, gran jefe de la humanidad en Occidente. El camarero, incluso, que habitualmente no prestaba atención alguna a lo que aparecía en la televisión, estaba ensimismado con las palabras de la locutora. El asunto, como solía ocurrir en estos casos de un tiempo a esta parte, era de una importancia irrelevante, lo que realmente sí parecía tenerla era la forma y el tiempo que le estaban dedicando a su difusión urbe et orbi. Un indio iroqués, proveniente del Canadá según aseguraba la locutora, pretendía abrirse paso en dirección a las puertas del Castillo Presidencial Norteamericano, con el sonido de su tambor y las letras de sus canciones, en medio de un enfrentamiento verbal protagonizado entre un grupo de hebreos israelíes (afroamericanos que se declaran descendientes de las primeras tribus de Israel) y un grupo de jóvenes católicos blancos, que entre todos ocupaban por completo la Avenida de Pensilvania. A parte de la firme atención del camarero, Guevara observó entre los espectadores de la noticia al dueño del perro, que hacía unos días había intentado montar a la perra de un caminante, que había tenido que salir corriendo ante la impaciencia sexual del chucho. A Guevara no se le había olvidado, y eso fue lo que le renovó su extrañeza ante la presencia del tipo del perro en la cantina participando del ensimismamiento general frente a la pantalla televisiva, que cuando aquel día consiguió recuperar al perro no siguió su camino alrededor del castillo, como había imaginado Guevara, sino que se enfiló con una determinación, que no admitía dudas, hacia el camino que se dirigía al interior del castillo. ¿Era la cantina - se preguntó Guevara, mientras contemplaba caer la lluvia con intensidad a través del cristal - un lugar más a las afueras de la ciudad, o era un lugar adyacente del castillo aunque no declarado de forma oficial? ¿A quien había que reclamar esa pertenencia, al camarero o al dueño del perro o a quien fuera el presidente de los Amigos del Castillo? ¿Era la cantina un observatorio privilegiado de quienes subían y bajaban a dar su paseo por el camino de ronda del castillo? ¿O era una propiedad del castillo y quien en ella entra, de alguna manera entra también en el castillo?, aunque nadie puede hacerlo sin el permiso de los Amigos del Castillo. Este repertorio de interrogantes se lo sugirieron las imágenes que seguían saliendo por la televisión de la cantina, bajo la batuta de una locutora cada vez más entregada al espectáculo. Entre ellas Guevara se fijó en la determinación expresa que tenía el indio iroqués para abrirse paso entre los católicos y los hebreos israelitas, con la intención (ahora se veía claro) de llegar hasta la puerta del Castillo Presidencial. A parte de su tambor y sus canciones, de vez en cuando sacaba de su bolsillo un papel que blandía con energía al viento y que, según las palabras de la locutora, contenía el último acuerdo de la nación iroquesa con el hombre blanco que le daba derecho legítimo sobre sus tierras hoy usurpadas. Ninguno de los espectadores de la cantina mostró algún tipo de respuesta ante lo que estaban viendo, únicamente el camarero y el hombre del perro iniciaron con las manos unos ademanes de hostilidad hacia el indio iroqués, que pronto se tradujeron en palabras en voz del tipo, indio de mierda vuelve a la reserva, para ti no hay permiso que valga, tu no perteneces ya a ese Castillo Blanco. Cuando la cámara volvía a poner su foco sobre las disputas entre los católicos y los hebreos israelitas, el camarero y el hombre del perro callaban. Fuera de la cantina dejó de llover, aunque el cielo sobre la puerta de entrada al castillo no había perdido un ápice su negrura. Guevara decidió arriesgarse y, aunque no se olvidó de que no tenía paraguas, comenzó la subida para luego dar su vuelta habitual al camino de ronda.
viernes, 29 de marzo de 2019
JUICIO
Lo que no podía imaginar Aníbal Guevara es que su experiencia de dar una o dos vueltas al castillo cada mañana, tuviera que ver o pudiera alcanzar a las extravagancias propias de la justicia moderna. Como viéndolo desde el camino de ronda que lo circundaba, su imagen no dejaba de remitirle a un tiempo que ya no existía, pensaba que algo propio del tiempo actual, que él junto con los otros caminantes representaban a esa hora de la mañana, no podía producirse en sus alrededores. Al igual que cualquier actividad de ocio, parecía que caminar por donde lo hacía estaba libre de los avatares que la vida seguía teniendo allí abajo en la ciudad, o más cerca aún en la propia cantina donde tomaba café a veces. Además el castillo tenía su propia historia, que estaba fijada en los diferentes libros que se habían publicado al respecto, y no parecía que ello fuera a modificar la función lúdica y deportiva que ahora las autoridades competentes le habían otorgado en un tiempo en que la diferencia entre paz y guerra está más diluida que nunca. Sin embargo, Aníbal Guevara no creía del todo en esa imagen de cartón piedra que parecía transmitir la fortaleza. No en balde algunos directores de cine la eligieron como decorado de sus películas, así como, cuando llega el verano, los estudiantes de secundaria acampan entre sus murallas como una forma de despedir el curso fuera de las aulas donde había transcurrido. Aníbal Guevara estaba convencido, sin saber por qué, que el castillo continuaba siendo un organismo vivo, que proyectaba su influencia más allá de sus murallas sin saber, esto era lo que más lo inquietaba, cual era el verdadero alcance, aunque de ello no era ajeno aquella falta de distinción entre guerra y paz que vivimos en esta época de casi total tecnificación. El cantinero fue quien le contó a Guevara la historia que, a su vez, le había contado el cronista oficial de la ciudad, que suele dar la vuelta al castillo acompañado de dos galgos. Fue un juicio que se celebró en el interior del castillo no hace muchos años, el que acabó con esa imagen de cartón piedra con que se había cubierto el castillo ante el resto de los vecinos, que lo contemplaban sin distinción ni obstáculos desde la puerta de sus casas. Esta imagen a la que todos tenían acceso fue la que, al caérsele el velo de su falsedad, rompió la unanimidad y produjo a continuación las desavenencias que ahora atraviesan, de forma callada, la convivencia del vecindario. De repente, el castillo dejó de cumplir la función de tótem y las sospechas sobre lo que realmente ocultaba intramuros cundieron entre todas las conversaciones. El juicio de marras se hizo a puerta cerrada y en él se intentó dilucidar sobre la denuncia que uno de los trabajadores adscritos al mantenimiento de la fortaleza había puesto contra los Amigos del Castillo por incumplimiento de contrato. El denunciante había intentado en vano, antes de decidirse a ir a los tribunales, hablar con el presidente de los Amigos del Castillo, cuyo nombre era Kaplan, Ernesto Kaplan, un tipo de origen alemán o austriaco, la gente de la ciudad no se pone de acuerdo, que tiene a gala no dejarse ver con frecuencia. De hecho, hay muchos vecinos que si lo vieran por las calles de la ciudad no lo reconocerían. El caso fue que el trabajador, cansado de cumplir con todos los protocolos que le exigían en la puerta del castillo para tener la entrevista con Kaplan y no obtenerla, dicen, al menos fue en la cantina donde lo escuchó Guevara, que empezó a dar vueltas al castillo en señal de protesta. Guevara da fe que no lo ha visto todavía. Después del tiempo que ha pasado, nadie habla ni en la cantina ni en la calle de que en el juicio se haya cometido algún tipo de irregularidad, solo han traspasado las murallas las declaraciones finales de la abogada de oficio que representaba en ausencia al trabajador y que, más o menos, vinieron a decir que el representante de los Amigos del Castillo en el juicio había puesto el acento con demasiado dogmatismo en que prevaleciera la justicia, no tanto la bondad de lo que reclamaba su defendido.
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