La cosa fue que dejé pendiente en la anterior entrada comentar la visita a la casa natal de Goethe y, entre medias, tuve que asistir a la tertulia mensual sobre la lectura del Quijote. Semejante entrecruzamiento me produjo una conmoción parecida a esas que de vez en cuando se abalanzan sobre mi sin previo aviso, y que tienen que ver con la cercanía que tienen las cosas o experiencias más disímiles. En primer lugar, me pregunté, porque relaciono dos personajes con tan poco en común, pues Goethe es un personaje histórico y el Quijote es un personaje de ficción, y, en segundo lugar, porqué lo hago precisamente en este momento. Tal vez porque sea uno de esos momentos, como nunca antes, en el que la realidad trata de comerse a la ficción y quedarse con todo el pastel de la vida. También porque tengo la impresión de que Goethe es el gran quijote alemán y don Quijote es el gran goethe español. Y porque me voy convenciendo, a base de mirar con atención por aquí y por allá, que uno y el otro, Goethe y Don Quijote, representan dos maneras de mirar el mundo mas próximas y cómplices de lo que normalmente los académicos desde sus estrados nos tratan de hacer creer. Por decirlo con otras palabras, si en Goethe cabía el mundo de su época en Quijote cabe el mundo de todas las épocas. Dos caballeros no solo andantes, pues tanto el uno como el otro hicieron sus viajes a lo largo y ancho de la geografía que les vio nacer, sino, y sobre todo, dos caballeros pensantes. Dos caballeros andantes que supieron poner su pensamiento en marcha, porque de lo contrario la vida se nos escapa en su implacable tic tac histórico hacia la tumba. Por eso las palabras con que comienza el Quijote, “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme..., equiparan el sentimiento que debió tener Goethe cuando desde un lugar de Hesse (estado alemán al que hoy pertenece Frankfurt de Meno) un día decidió convertirse en el más grande hombre de letras alemán y, como don Quijote, en el último y verdadero hombre universal que caminó sobre la tierra. Cuando se lo digo así a Duarte me suena un tanto campanudo, como subido de tono y bastante desenfocado, como si fuera algo que no tuviera que ver con nosotros. Entonces, ¿por qué vamos a la casa natal de Goethe?, me preguntó de inmediato Duarte. No supe contestarle otra cosa que porque esta ahí, porque en la guía que nos han dado en la oficina de turismo dice que vale la pena visitarla, aunque los alrededores están en obras. Me miró con aire de condescendencia y simplemente dijo, vamos. Luego, según íbamos caminando por entre las calles estrechas de Frankfurt, me vino a la cabeza lo que dije en su día en la tertulia del Quijote, ¿por qué un día sale Alonso Quijano de su casa y se lanza al mundo? Ítem más, dije, ¿por qué salimos nosotros cada mañana de casa después del colosal esfuerzo de levantarnos de la cama, habiendo tratado durante la noche con el insensato mundo de los sueños, para volver a aparentar que somos cuerdos entre los otros? Cuando llegamos a la puerta de entrada de la casa natal de Goethe, me fue fácil imaginarlo salir un día de donde había sido educado por su padre - un abogado y consejero imperial que se retiró de la vida pública y educó a sus hijos él mismo - bajo la máxima de no perder el tiempo en lo más mínimo, y lanzarse a conquistar las cimas del conocimiento humano de su tiempo. A quienes visitan la casa natal de Goethe, como los que leen el Quijote, los veo aburridos, o quizá sería más correcto decir distantes. Deambulan por las habitaciones que en su día ocupó el gran bardo alemán con el escepticismo de quién sabe que eso es imposible, sin hacer nada porque aquel día coincida con su día de hoy. Perezosos, como suelen ser estos visitantes de ocasión, prefieren seguir los consejos de la guía que explica a mi lado la vida y obra de Goethe a un puñado de turistas que previamente han concertado la visita por el precio de 10 €, tal y como indicaba en la taquilla donde se sacaban los billetes. Así Goethe, lo mismo que el Quijote, quedan tranquilos sin que nadie los moleste, como metidos en una urna, bailando una vez más con los sucesos que les tocó en suerte en aquellos días lejanos en que vivieron. Y del lado del presente también gozan de su saber estar, sin que nadie los moleste, los que escuchan las palabras solícitas y ordenadas de la guía, una señorita en este caso que da la impresión de llevar repitiendo la misma letanía un buen puñado de veces, pero que, y esto es una de los aspectos de su carácter profesional que más valoro, parece que es la primera vez que lo expresa, dado la fe y el entusiasmo que pone en la puesta en escena. La voluntad de afirmación del sujeto moderno obliga a este tipo de cirugías en el trato con el tiempo y con los que vivieron en otros tiempos. Probablemente de ahí surja el aburrimiento a que me refería antes. Lo vi con cierta claridad, pues esa férrea voluntad de afirmación aludida produce mediante sus turbulencias más oscuridad que su contrario, en el momento en que uno de los participantes en la visita guiada interrumpió a la guía entusiasta por el procedimiento de alzar la mano y, una vez que aquella le otorgó la palabra, el voluntarioso de hierro no se le ocurrió decir otra cosa que lo del carácter universal del magisterio de Goethe era hoy del todo falto de interés. La señorita de la repetición entusiasta selló su rostro con un apretón disimulado de los labios, que le duró el tiempo suficiente como para, ignorando las palabras que acababa de oír, poder seguir haciendo su trabajo que, por otro lado, al estar fundamentado en repetir siempre lo mismo conseguía enlazar, hasta hacer un ámbito temporal único, aquel tiempo de Goethe con nuestro tiempo de la visita. Sin embargo, le dije después a Duarte, tuvieron que ser la torpes e inoportunas palabras afirmativas del voluntarioso de hierro de marras las que me despertaran de la modorra en que, sin darme cuenta, me había metido yo solito. Lo que al final no me quedó claro, después de tener que aguantar la avalanchas agonista del voluntarioso de hierro, fue si lo hizo porque a la realidad actual le sobran ficciones históricas como, en definitiva, no dejaba de ser lo que nos estaba contando la guía. Duarte me lo aclaró de forma expeditiva, este tipo se ha apuntado a la visita guiada porque es lo que lo que le indica la guía, no porque tenga interés en saber algo de Goethe. Lo que a él le interesa es poder disponer de lo que se le ofrece, tal y como se lo cuenta el relato romo de la guía, que no deja de ser un catálogo de las ofertas municipal en el instante de quien la visita.
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miércoles, 28 de marzo de 2018
miércoles, 21 de marzo de 2018
LA PASIÓN DE LO IMPOSIBLE
No hay día que la pasión de lo imposible - que vendida a las masas europeas empobrecidas y analfabetas de hace ochenta años como el salvoconducto que les daría la entrada al paraíso y los salvarían al fin de la muerte, y que por contra estuvo a punto de hacer desaparecer la hermosa y brillante civilización occidental para siempre - aparezca ante mi en alguna de las versiones caricaturescas a las que ha cogido el hábito de entregarse la clase media de nuestros pecados plenamente alfabetizada y solventemente adinerada, reclamando ahora a través de los diferentes eventos en los que asiduamente participa y de los canales digitales a los que tienen acceso las deudas impagables de antaño. Esta, por decirlo así, aparición diaria, que adquiere diferentes enfoques, tonos y musicalidades según el lugar donde me encuentre, ha ido arrinconando en mi conciencia, sin hacer que desparezca del todo, un leve optimismo que aún conservo desde los años en que estuve estudiando en la universidad. Ese pequeño rescoldo hace que no tire la toalla y que no me entregue, yo también, a ese infierno apasionado de lo igual o lo que es lo mismo, a esa aversión a lo distinto, en que ha caído la clase media de nuestros pecados, y en el que, contra todas las previsiones ilustradas, se puede entrar y pertenecer con pleno derecho al margen de lo que uno sepa o tenga. El peligro, otra vez, es grande, sin duda, porque siempre lo hay cuando se vuelve a tratar de vender la pasión de lo imposible, tal vez la más homicida y cruel de las pasiones que puedan apoderarse del corazón humano. Pero no quiero decir que esto se ha acabado, ni mucho menos que estoy acabado. Los viajes por el continente europeo, incluso por donde todo saltó todo por los aires, tienen éste raro aliciente, que te permiten conducirte por los presentimientos no por las convicciones de los sentimientos feroces. Y Frankfurt de Meno en Alemania, como Estrasburgo en Francia, hoy representan y, a mi entender, se levantan sobre esa capacidad de presentir, que de forma invisible ponen freno al impulso de dejarnos llevar por los más fútiles y enconados sentimientos de antaño. Podría asegurar, por ejemplo, que la humildad o la compasión (entendida como verdadero reconocimiento del otro) antes que sentirlos en toda su plenitud y recabar los beneficios que comportan, presiento, en un momento u otro, que deberían irrumpir en nuestra vida. Y es así porque también presiento que eso no será fácil ni de una forma directa o literal, sino que, para entendernos y aunque parezca una paradoja, se tendrán que abrir paso a codazos. Pues no puedo dejar de olvidar que la pasión por lo imposible, como he dicho al principio, esta empeñada en los últimos años en apoderarse de todos los días y sus noches. Sin embargo, no atisbo en el presentir una manera oculta o disimulada de no tener sentimientos, o de reprimirlos ante los demás, lo que quiero decir, saliendo al paso de quienes ya me han afeado o arruinado esta forma de argumentar, es que no veo un gesto de involución, muy al contrario me parece el verdadero gesto de avance. Valga decir, también, de verdadero progreso, por utilizar la tan manoseada palabreja que tanto les gusta llevar como vitola a quienes me afean y arruinan lo que digo. La pasión imposible, como ya nos advirtió el austero Kant, es lo propio de los niños y de los adolescentes, y de los primeros años de la juventud. Lo propio de quienes creyendo encontrase en los comienzos y fundamentos del origen del mundo, están en franca y enfebrecida minoría de edad.
Mientras las parejas de recién casados en la sede del ayuntamiento de Frankfurt, se hacían las fotos pertinentes en la plaza según iban saliendo después de haber cumplido dentro con todos los protocolos y firmas al uso, cambiando de fondo y de protagonistas, de encuadre y tono en las sonrisas del rostro de quienes posaban, menos los novios que no perdían su obligada sonrisa, Duarte le dio un nuevo repaso a la guía de la ciudad. Sin previo aviso, ni siquiera un leve tirón del brazo como es habitual en su proverbial discreción, gritó de tal manera que algunas de las comitivas casamenteras se dieron la vuelta todos al unísono, ¡Goethe!, nos falta visitar la casa natal de Goethe en Frankfurt.
martes, 20 de marzo de 2018
INSUSTANCIALIDAD TRASCENDENTE
Bajo este brillo superficial del éxito logrado, que trasmite la renovada iglesia de San Pablo en una sala de eventos, subyace el correlato de la geología digital que aguanta, vete tú a saber durante cuánto tiempo, a la desesperación optimista de los nuevos feligreses, que pertenecen a la cofradía de la clase media de nuestros pecados. Estos nuevos espacios, creados donde antes se celebraba el culto religioso y pagano, propician con su diseño confortable la experiencia fundamental de esa clase digital, a saber, ser espectadores de las calamidades que ocurren en otros países y al mismo tiempo la renovación intermitente de su voluntarismo, prestado como si hubieran estado en el lugar de los hechos. Se que al poner esto por escrito me enfrento a lo que no tiene solución, pero al hacerlo no sé si traiciono esa convicción o por el contrario en el propio acto de la escritura vislumbró un horizonte de esperanza. Cabe también pensar, esa fue la imagen que me asaltó al salir de la Iglesia de San Pablo y que le trasmití de inmediato a Duarte, que esa transformación en un centro de eventos sea la postrera y más beneficiosa utilización que se le puede dar a un lugar donde se han imaginado todos los imposibles que pueden salir de la mente humana. ¿Un evento es el mejor dique contra todas esas desmesuras de antaño y, por qué no, contra las de hogaño? ¿También la solución a lo que no lo tiene: la nostalgia por no poder vivirlas, y que aqueja a la clase media de nuestros pecados mediante esa optimista desesperación con que se enmascara? Quizá la esperanza a la que me refería antes tenga que ver con el propio acto de la escritura, que consigue atisbar en el evento un acto de identidad similar al que pudieron tener nuestros antepasados con la naturaleza. Un puñado de eventos, como un rebaño de ovejas o unos cientos de hectáreas, es algo que está ahí y no tiene otra providencia que darnos de comer y hacernos pasar el rato, me contestó Duarte a las preguntas que había hecho más o menos en voz alta. Pues tampoco me parecía adecuado ni respetuoso interpelarla de forma directa, sino conversar con ese tono peripatético fundado sobre preguntas y respuestas no necesariamente consecuentes ni contiguas. Imaginé que la respuesta comparativa de tono agrícola y medieval que me ofreció Duarte, tuvo que ver con la imagen que nos brindó la plaza del ayuntamiento de Frankfurt de Meno, a la que llegamos cuando el sol había vuelto a salir con toda la fuerza y esplendor propios de la mitad del día. Las comitivas de las diferentes bodas que ese día - era sábado casamentero - entraban y salían en el hermoso edificio municipal a cumplir con el protocolo de su unión civil lo hacían entre medias, o dando la vuelta a su alrededor, de los diferentes puestos de frutas y verduras, y demás productos de venta, que desde los tiempos medievales se dan cita con los clientes compradores en las principales plazas de muchos pueblos y ciudades de Europa. Ahí los tienes, me dijo de repente Duarte cogiéndome del brazo, dos eventos de los de toda la vida compartiendo un espacio común, también de toda la vida. La pasión por lo imposible que, como epítome europeo, representó en muchas ocasiones a lo largo de su historia la iglesia de San Pablo, quedaba hoy diluida bajo el significado de los eventos que allí puedan celebrarse. Este es el caso de la entrega del Premio de La Paz del Comercio Alemán durante la Feria del Libro de Frankfurt, como ya dije en una entrada anterior. Que sea la paz la que de forma y reclamo a uno de los eventos que se organizan dentro del evento literario de mayor importancia del continente europeo, y que sea la antigua iglesia de San Pablo la que da acogida a todo ello, me ayuda a llevar con más dignidad y comprensión, ahora que lo pienso con más detenimiento después de oír lo que Duarte me leyó en la guía de la ciudad respecto al uso que le dan las autoridades municipales de Frankfurt a la hermosa iglesia Paulina, el fracaso de las promesas de lo imposible que no dejo de oír, y que a buen seguro sonaron con estrépito en sus púlpitos y tribunas antes de su destrucción casi total en la segunda gran guerra mundial. O dicho con otras palabras, es la desactivación de lo imposible (aunque aún no de sus promesas) que propicia la figura insustancial del evento en si, pero trascendente al mismo tiempo para nuestras vidas medias, que no mediocres, de ciudadanos europeos medios, uno de los mayores logros junto con el euro - otro singular evento insustancialmente trascendente en marcha - del nuevo orden continental.
lunes, 19 de marzo de 2018
LA IGLESIA DE SAN PABLO
Ahora todo tiende al descrédito, la frustración, el resentimiento y el odio, como corresponde a una sociedad cada vez más agonista, cuyas dinámicas de atención siguen el ritmo sincopado de las redes sociales. Sin embargo, hubo un tiempo no muy lejano en el que también fue determinante el nivel de desarrollo que habían adquirido las comunicaciones (telégrafo, ferrocarril) en el contexto de la primera revolución industrial, cuando, al contrario que hoy, todo estaba contagiado por la ilusión de acabar definitivamente con los privilegios de la restauración del antiguo régimen absolutista, posterior a la Revolución Francesa, e instaurar los derechos propiamente democráticos que aquella inspiraron. De igual manera que en la actualidad Frankfurt de Meno es la capital del nuevo orden financiero y económico europeo, en la revolución de 1848 también tuvo el privilegio y honor de ser la sede del primer parlamento alemán que aprobó una constitución en la que se vislumbraba la unión de todos los reinos y principados alemanes de estirpe feudal, con la intención explícita de formar el estado moderno Alemán tal y como hoy lo conocemos. La iniciativa no prosperó en esos años, pero si quedó fijado como símbolo del parlamentarismo moderno, tanto alemán como europeo, el lugar donde todo ese colosal empeño se intentó llevar a cabo: la iglesia de San Pablo. Esta iglesia protestante se empezó a construir con forma oval en 1789 y se terminó en 1833. Su forma centralizada y de cúpula hizo que fuera elegida como el lugar de encuentro del Parlamento de Fráncfort, con los propósitos que he dicho anteriormente. En la Segunda Guerra Mundial, la iglesia fue destruida casi en su totalidad junto con muchos edificios del distrito de Innenstadt. Como un tributo a su simbolismo con el comienzo de la libertad en Alemania, fue el primer edificio de Fráncfort del Meno en ser reconstruido después de la guerra mundial y reinaugurado en el centenario del Parlamento de Fráncfort, en 1948. Debido a las restricciones con los costos, el interior fue alterado de forma drástica. Con esta nueva configuración no siguió usándose más como una iglesia, sino que sirvió como un centro para exposiciones y eventos. El acontecimiento más conocido que tiene lugar en este edificio es el Premio de La Paz del Comercio Alemán durante la Feria del Libro de Frankfurt.
¿Que podía hacer en un momento como éste, en el que Duarte acaba de leerme lo que la guía, que nos habían dado en la oficina de información y turismo, decía del edificio que tenía delante? De momento, y de manera más urgente, tratar de ponernos a salvo de la lluvia que volvía a arreciar, puesto que la protección del gran paraguas bajo el que nos encontrábamos era ya insuficiente. Entrar dentro del recinto de la Iglesia de San Pablo parecía lo más lógico, parecía, digamos, el acto contiguo y consecuente del de leer la guía turística, más aún si tenemos en cuenta que yo le había pedido a Duarte que hiciera la lectura delante de la Iglesia, para poder ver al mismo tiempo la arquitectura del edificio. Meteorológicamente hablando, no hacerlo era además una sandez enorme de gigante, que Duarte con mucha delicadeza me advirtió nada más acabar la lectura de la guía como le había pedido. Yo, a cambio, solo podía agradecérselo aguantando el paraguas y tratar que ni ella ni la guía fueran alcanzadas por las gotas de agua, que cada vez de forma más violenta caían sobre nosotros. Tener animadversión a algo, ya me ha pasado en varias ocasiones, me deja paralizado. Yo tengo verdadera repulsión a los cuentos que nos cuentan desde la atalaya de la Historia. Ya no incomprensible, pues he renunciado a seguir empeñado en tal esfuerzo, sino que me parece sencillamente repugnante que caigamos una y otra vez bajo el palio de su influencia. Y me produce animadversión porque sabemos lo que hacemos, aunque nos guste jugar al juego de esos jóvenes mimados y consentidos que saben perfectamente que la culpa es suya, que no deberían haber jugado a ese juego a ningún precio, pero que luego nos harán creer que, cuando todo haya sido incontroladamente transformado, ellos habrán olvidado su culpa y seguirán comportándose como antes lo hacían en el escenario antiguo. Una de las concomitancias que tiene la época en que vivimos, y que nosotros mismos representábamos con acierto mirando la iglesia de San Pablo bajo la lluvia, y lo que allí sucedió hace ya ciento setenta años es que los avances tecnológicos forman parte decisiva, hoy como ayer, de los Acelerones Históricos a los que tanto los de ayer como los de hoy nos sometimos voluntariamente. En que medida las consecuencias de aquellos polvos levantados de forma estrepitosa con la ayuda del ferrocarril y el telégrafo tienen que ver con estos lodos de la época digital después de innumerables catástrofes y éxitos hemos llegado, en la que cualquier innovación tecnológica es vendida por la empresa en cuestión como el destino inexorable al que se dirige, que no es el sector económico que representa, sino la humanidad toda, es algo de lo que nadie quiere hacerse cargo. Es como si, de repente, la contigüidad y la consecuencia entre los diferentes hechos históricos, coordenadas de las que siempre se han vanagloriado los defensores del historicismo como motor excluyente del mundo, no sirviera ahora para explicar la deriva en que nos encontramos. Esta animadversión solo se ve compensada por un resurgir en mi de una serie de virtudes anticuadas, que yo expresamente no llegué a practicar en mis años anteriores, pero que mi madre no dejó de recomendarme como manera más fiable de andar por el mundo. Cabe destacar la que es matriz de todas las demás, a saber, seguir el camino que el azar y el destino nos han marcado. Únicamente añadir por mi parte, el derecho irrenunciable, dentro de ese camino, a luchar contra lo que es más fuerte que uno mismo. No es una contradicción, sino la única garantía que tenemos de que el camino que recorramos tenga que ver verdaderamente con lo que encontremos y que el destino sea la consecuencia de la derrota digna en esa lucha tan impar como desigual, no el resultado de haber sido vencidos sin haber luchado.
viernes, 16 de marzo de 2018
EL COMEDOR DE COMERZBANK
Mientras me he ido convenciéndo que las barbaridades genocidas del siglo XX acabaron con la ideal griego de humanidad, de educación y de diálogo, dejándonos a sus herederos huérfanos para siempre, he seguido yendo a los lugares de los hechos donde se produjeron aquellas barbaridades no para saber más de ellas, que ya tengo suficiente información, sino para ver cómo se colocan frente a su orfandad quienes las visitan. Y compruebo, desolado, que miran lo que les muestran como un objeto extraño procedente de otro planeta, que ni siquiera es el de los simios. No se trata de un cambio de escenario, y mucho menos de ocio o turismo, sino de una extensión del programa de nuestra vida cotidiana hacia la obtención, el día de la visita, de una experiencia sensible de los conocimientos teóricos o informativos que hayamos podido adquirir previamente sobre el objeto de la visita, ya sea una exposición sobre Auschwitz (como la que hice en diciembre pasado en Madrid), un memorial dentro de un campo de concentración y extermino (como el de Mautthusen), un pueblo mártir de esos que asesinaron a todos sus vecinos (como Oloron sur Glane, en Francia),etc. Esa experiencia sensible de lo que ya sabemos por vía teórica o informativa solo se puede conseguir desde el lado de la vida, es decir, mediante la creación y el pensamiento, nunca desde el lado del tic tac histórico, empírico y noticiable, que es el lado de la muerte, es decir, el lado de lo que empieza y acaba, de lo de ayer que ya no vale para hoy, en fin, el lado que nos conduce de forma inevitable a la muerte. No se trata de espantarse o de poner cara de palo, como he visto que hacían los visitantes en los lugares de los hechos, sino de aprender que la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda, que se retroalimentan de forma permanente en el tiempo que dura nuestra existencia. Ahora que lo he puesto por escrito pienso que quizá tuviera razón Duarte cuando me comentó, después de decírselo a ella verbalmente y un tanto a trompicones, que con mis palabras estuviera descargándome de un sentimiento de culpa por visitar el lugar de los hechos de lo único que ha sobrevivido a aquellas ominosas catástrofes, el manejo del dinero. Pues, efectivamente, habíamos llegado a golpe de pedal y de lluvia al corazón de Mainhattan. Y lo extraño o paradójico es que me sentía, por decirlo así, a salvo de todo eso que he escrito al principio y que de alguna manera me lleva persiguiendo desde los primeros años de mi madurez, en los que me desprendí, como no podía ser de otra manera si había decidido iniciar mi vida adulta, de toda la pirotécnica romántica y adscribirme a la aburrida pero irremplazable forma de ser y actuar democrática. A diferencia del paseo por la isla de los rascacielos neoyorkino - donde el sentimiento que abraza al visitante es el de algo que se ha salido de madre y, al no poder verterse en el mar, se abalanza, como un alud de nieve en las grandes montañas, sobre el enjambre de paseantes que, como él, a todas las horas del día y la noche van y vienen zigzagueando por las diferentes calles y avenidas de la gran manzana - los primeros pasos que nos adentraron en Mainhattan fueron de sosiego y seguridad. Creo que grité, ¡estamos salvados!, corriendo el riesgo de que Duarte me reprendiera para calmar los efectos de su proverbial timidez. No lo hizo, simplemente me dio un ligero tirón del brazo y con una leve sonrisa en los labios nos fuimos metiendo entre las calles que comunicaban a unos edificios con otros. Puedo decir que, casi sin darnos cuenta, nos habíamos colocado en el corazón del único poder genuino de la nueva Europa realmente existente - la que emerge de las ruinas y escombros de 1945 -, el poder económico. Tal vez parecezca desagradable que vuelva a tratar con el dinero de esta manera, digamos, tan contraria a su mera función instrumental. Pero ya dije que el euro me parece algo más que una moneda y el banco central europeo es lo más parecido a un catedral laica. Sería deseable que, para los que ya usan la moneda común con absoluta normalidad, significara algo más que su mero valor de cambio. Si ese plus simbólico del dinero, que para la generación de mis padres significó una válvula de escape de la escasez o la pobreza, para quienes ahora vivimos debería significar un dique contra cualquier tentación de volver a las andadas, las mismas que llevaron al continente europeo a los desastres que vengo recordando. Por ello me hubiera gustado que mis padres y mis amigos me hubieran visto pasear por las calles de Mainhattan, dando testimonio de lo que de forma silenciosa pienso, pero que nunca les haré saber que lo hago. Quizá si hiciera público estas reflexiones, al contacto directo con toda la contaminación acústica y verbal que hoy existe, quedarían de inmediato pulverizadas por efecto de la toxicidad corrosiva del ambiente. Me basta con intuir que con lo que a veces les comento al respecto, sobre todo a mis amigos pues mis padres ya no están para estos trotes, puedan deducir lo que pienso. Cuando llegamos enfrente del edificio del Comerzbank, uno de los más altos del complejo de rascacielos de Mainhattan como corresponde a la categoría que representa ser el banco más grande de Alemania, Duarte observó que un grupo de personas salía de los bajos del edificio con un aire más distendido de lo que habíamos ido viendo durante el rato que llevábamos paseando. Miró a través de los ventanales y observó, no sin sorpresa, que se trataba del comedor de los trabajadores del gran banco alemán. A la sorpresa por el descubrimiento le añadimos el hambre que empezaba a apretar, lo que dio con nuestros cuerpos en el interior del comedor preguntando si podíamos comer aunque no fuéramos trabajadores de la entidad bancaria, lo cual no hacía falta recalcarlo dadas las pintas que llevábamos de cicloturistas en la etapa final de su viaje. Así lo entendió la persona que amablemente nos atendió y a continuación extendió sus dos manos hacia el gran amplitud del comedor como diciéndonos: sírvanse ustedes mismos. Así lo hicimos sin demora, pues se trataba de un self service, disponiéndonos a vivir la experiencia de comer donde lo hacían cada día los trabajadores mejor pagados de todo el continente europeo. Lo cual me lo sopló Duarte al oído, como sintiendo vergüenza de que la pudieran escuchar, pero satisfecha por poder decirlo, una vez que nos sentamos alrededor de la mesa que elegimos con nuestras bandejas llenas de lo que nos íbamos a comer, de la forma mas gustosa que de ninguna de las maneras habíamos podido imaginar cuando nos pusimos a pasear por las calles de Mainhattan.
jueves, 15 de marzo de 2018
LA CATEDRAL DEL €URO
La clase media de nuestros pecados no puede ser romántica, únicamente puede ser, si quiere seguir estando en el medio de los dos extremos, democrática. Convendría que entendiéramos que somos los herederos y albaceas de un mundo desencantado, precisamente, por los excesos y desvaríos históricos de los extremos hace ya casi ochenta años. Lo que quiero resaltar es que no pertenecemos a un mundo que recientemente haya estrenado su inocencia. Un mundo donde imaginamos nuestra vida en su seno, proyectada en el horizonte del destino que tuvieron personajes inventados y personas de carne y hueso que nos precedieron en su existencia. Ello quiere decir que no podemos tener una experiencia directa de la realidad, pues siempre nos acometem imágenes que vienen desde fuera y otras que son producidas por nuestra imaginación. Dicho de otra manera, aunque lo deseamos tanto como los dioses que anhelamos ser, no podemos poner a cero el cronómetro de la historia y sentirnos los primeros narradores de la creación del universo. No obstante, en lo que respecta al lado material o crematístico de nuestra vida algo hemos avanzado. La ciudad de Frankfurt de Meno (o Main) representa, a mi entender, ese lento avance por el carril desencantado de la democracia. Y dentro de ella, la catedral del Euro o sede del Banco Central Europeo, fue la primera visita que hicimos nada más llegar y descansar del ajetreo del viaje desde Ausburgo. Duarte me había propuesto días antes que la primera visita fuera a la casa natal de Goethe, una de las cimas de la cultura alemana y europea. La convencí, bueno lo más exacto será decir que se dejó convencer, pues se sentía poco dispuesta, digamos, a pelear por la prioridad de la visita a la casa del bardo alemán, dado que la elección del hotel que hizo la noche anterior nos había obligado a pedalear y andar bajo la lluvia durante más rato del que ella había previsto. Vamos que le daba lo mismo por donde empezáramos el recorrido por Frankfurt, ya que, además, era la segunda vez que visitábamos la ciudad a orillas del Meno, lo cual, como decía ayer, nos permitía acompasar mejor los relatos que cada uno pudiera haberse imaginado. Por lo que yo insistí en visitar primero la catedral del euro y acabar con la casa natal de Goethe, fue porque me parece que representan el capítulo último (que no es lo mismo que el último capítulo) y primero de una hipotética historia de Europa, y porque toda buena lectura de una historia no empieza siempre por el principio, sino en el medio (in media res), que es donde yo colocaría la creación última del Banco Central Europeo en relación a la larga y tortuosa historia del continente también europeo. Una de las cosas que lo diferencian de las otras entidades financieras de Frankfurt es que no forma parte del conclomerado de rascacielos que allí se conoce como Mainhattan, en alusión evidente a su hermano mayor que vive en la ciudad de Nueva York. La catedral del Euro vive aparte, bastante separada de aquel y, si no recuerdo mal, ocupa un lugar en la orilla opuesta del Meno a donde se encuentra Mainhattan. Y me parece un decisión acertada porque el euro es algo más que una moneda y el banco algo más que una entidad financiera. El euro del Banco Central Europeo forman en conjunto un signo y un símbolo. Por decirlo así, un espacio y un tiempo propiamente europeo. El primer espacio y tiempo continental que dan cobijo y representación a casi 500 millones de europeos y europeas. Teniendo en cuanta nuestra tradición genocida y guerracivilista, me parece el mayor éxito político, económico y social desde que se acabó la ominosa época de los grandes desastres de 1945. Según nos acercábamos pedaleando al magno edificio la lluvia volvió a hacer acto de presencia. No se que estaría pensando Duarte en ese momento, para mi significaba algo así como un acto de reconciliación o un pacto definitivo de no agresión con quien, durante mucho tiempo de mi vida, he tenido una relación de realimentación mutua entre el ansia que sentía por poseer el dinero y el rechazo que me producía esa posibilidad. Desde niño me habían informado que la pobreza en una desgracia pero al mismo tiempo era un honor. El mejor honor que le cabe a un desposeído, si va ligado, como la uña a la carne, a la honradez. El honor y la honradez de ser pobre fue una vitola que muchos de mis familiares más cercanos lucieron con orgullo durante buena parte de su vida. Sin embargo, a medida que se iban enriqueciendo mis padres solo se hicieron cargo de trasmitirnos a mi hermana y a mi la última parte del eslogan. Ser pobres y honrados no me pareció que fuera, con el paso de los años, tanto un honor como un amuleto victimista que siempre lanzaban contra quienes hacían hincapié en su bienestar creciente, (por supuesto, honestamente ganado) no siempre con mala fe, sino para reconocer el esfuerzo de mis padres por superarse y sacar a la familia adelante. Sea como fuere a ellos les venía bien ese punto medio que habían acabado ocupando, en parte por su denodado esfuerzo y en parte por esa nostalgia quejica, que a la larga fue la matriz de la clase media de nuestros pecados de hoy en día. Me había hecho a la idea, a medida que nos acercábamos al Banco Centra Europeo, que el edifico dada su importancia institucional tendría una parte que podría recibir la visita de los ciudadanos que lo deseáramos, durante la cual tendríamos la oportunidad de conocer con detalle los fundamentos y la historia de la moneda única europea. Nada fue como me lo imaginé. Ni había ese lugar visitable dentro del monumental edificio, una especie de tronco de pirámide ligeramente retorcido sobre el eje de su altura. Sencillamente me pidieron mi acreditación - monetaria intérprete yo - que justificara mi visita. Al no disponer de ella, me invitaron cortésmente a abandonar el edificio. Probablemente, pensé no sin ironía, es que los signos y los símbolos de los tiempos que vivimos en Europa, a diferencia de otras épocas más extremosas y beligerantes, busquen la discreción como mejor manera de hacerse realmente significativos en las vidas de los ciudadanos europeos.
miércoles, 14 de marzo de 2018
ULTIMO DÍA EN AUSBURGO
¿Qué hacemos este último día en Ausburgo?, le pregunté a Duarte. Tal vez influenciado por las dinámicas de atención que nos impone, aislándonos, la burbuja de las redes sociales, la pregunta en el fondo era una manera de sugerir un cambio de mirada. El paso de la mirada rápida a la mirada lenta. No se trataba tanto de caminar mas despacio, como de caminar junto a uno mismo en busca de uno mismo. Siempre que viajo, sobre todo si es la primer vez que lo hago al lugar o la ciudad en cuestión, lo suelo hacer con una mirada panorámica de esas que utilizan en las películas para construir las escenas de transición. Todavía nos queda por ver, al final de Maximilianstrasse, adosadas una a la otra, la iglesia de San Ullrich, protestante, severa y estoica en su decoración pero impresionante y, detrás en el patio de la derecha, la iglesia de San Afra, de altura impresionante como muchas de las que hemos visitado del Renacimiento Alemán, llena de dorados y decoraciones recargadas, muchos recuerdos de Jesus y sus amigos, contestó Duarte. Me sorprende lo difícil que me resulta recordar que hay en cada una de las iglesias que hemos visitado, solo retengo que lo que algunas destacan por lo que contienen o contenían después de los bombardeos, o como están de conservadas, pero su visita me parece de obligado cumplimiento, pues pienso que en su interior se encuentra, pueda o no yo captar el misterio o la extrañeza que tengan - pienso para mi después de oír las palabras de Duarte -, tanto la Historia con mayúsculas (o la sucesión de los datos) como el espacio y el tiempo, o como la memoria. A mi, en el fondo, nunca me ha gustado la primera vez que he visitado una ciudad o un lugar. Lo que realmente me gusta es recordarlo después con la intensidad suficiente como para que me provoque la necesidad de volver a visitarlo una segunda y una tercera vez. A sabiendas de que la ciudad de la primera vez, de ahí que a pesar de su inutilidad lo perentorio de su necesidad, y, sobre todo, el viajero o turista, ya no existen en las visitas siguientes. También nos queda, continuo diciéndome Duarte, visitar el museo Romano que hay detrás del palacio residencia de los Fugger (este espléndido recinto no admitía vistas turísticas) y el edificio del ayuntamiento donde se encuentra, por decirlo así, la joya de La Corona imperial, la Sala Dorada o Golden Hall, una sala inmensa, que diera acogida a Kaiseres y Könings y que hoy mayormente acoge visitantes como nosotros, que le dejan un dinerito al conserje - dice Duarte señalando el párrafo de la guía que lleva entre las manos. Las 2,6 toneladas de oro con la que están bañados los estucos y maderas han tenido que costar mucho, y, sobre todo, lo que tiene que costar es limpiar esos techos tan altos, se deja ir Duarte arropada por su lado empírico que tanto le complace. Casi parece una catedral pero para rituales páganos y políticos, por ello ahora también dan conciertos y conferencias, cierra la guía y me anima a seguir sus pasos. Si me preguntaran que es para mi lo más difícil en el viaje de la primera vez a una ciudad o un sitio diría que vencer la tentación de abandonarlo, de dejarlo y volverme a casa. Todo se me aparece demasiado abierto y vacío, como ocurre con la vida, y no siempre he podido tejer un relato alrededor del itinerario que he diseñado que me permita enfrentarme a ese desconsuelo. Llegado a este extremo lo que digo y deseo es que en casa como en ningún sitio. Es por ello que reclamo la mirada lenta, pues es la mejor garantía de no hacer lo que no debo. La mirada lenta me permite alejarme de las disyuntivas que con tanta frecuencia, bien por parte de quienes me acompañan bien incluso por mí mismo, surgen en los viajes, respecto a lo que vamos viendo o a lo que hacemos con lo que vamos viendo. Sencillamente me parece imposible imaginar una refutación total a lo que oigo, me conformo con oír lo que dicen. Sin embargo, no todos los que me suelen acompañar en los viajes lo entienden así. Quieren vencer poniendo el orador las mayúsculas y el punto final sobre el asunto que se discuta o, en su defecto por incompetencia, hacerles pagar cara su derrota a quienes le han hecho pasar por ese doloroso trance. Con lo que más se dan este tipo de situaciones, suele ser a cuenta de las referencias históricas o geográficas y del patrimonio artístico o arquitectónico que nos encontremos en el itinerario que hayamos hecho, y cuando más se dan es en los momentos de descanso alrededor de una mesa, algo, por otra parte, perfectamente comprensible. Son momentos que favorece a los espíritus cerrados, que dan la imagen de ser más abiertos y sociables que nadie, y perjudica a los espíritus abiertos, que aparecen ante los otros como unos huraños irreductibles. Por eso deduzco que no soy un buen viajero, ni siempre un entusiasta turista. Sé que, en el primer caso, nunca estaré preparado cuando la realidad de un giro sorprendente, pues nunca seré capaz de estar en lugar de los hechos cuando los hechos estén sucediendo. Y sé también que me cuesta encontrar mi enfoque, mi tono y la música que hagan ponerme en marcha, mediante la construcción de una imagen que me impulse a salir de viaje hacia el lugar de los hechos, cuando los hechos haga suficiente tiempo que han pasado. ¿Por donde empezamos?, me preguntó Duarte, yo de algunas cosas que te he enumerado puedo pasar sin verlas, o verlas un poco por encima, pero por lo que me llevaría un disgusto es si no visitáramos la Sala Dorada o Golden Hall, me habló Duarte en tono de súplica encarecida. No fue una mala sugerencia, pues no me introducía en el laberinto de tener o no que refutarla. A mi desde niño, el oro me ha trasmitido la confianza de estar fuera como si estuviera en casa.
martes, 13 de marzo de 2018
BERTOLT BRECHT
Vale decir, en el lado opuesto a Fugger dentro del espectro moral y estético, que el otro hijo ilustre de la ciudad de Ausburgo es Bertolt Brecht. Brecht representa como nadie la figura del intelectual comprometido con la causa de la libertad de los oprimidos del mundo. No en balde todas sus obras están absolutamente ligadas a razones políticas e históricas y tienen un sobresaliente desarrollo estético. En realidad, en Brecht se encuentran siempre unidos el fondo y la forma, la estética y los ideales. Tal vez me haya precipitado en resaltar la oposición entre Fugger y Brecht, pues si me atengo a lo que he dicho en otros escritos sobre el banquero los dos cabrían perfectamente dentro del calificativo filántropo. Pues como dice el filósofo Plotino, no hay que exigir cosas iguales a cosas desiguales o dar o exigir lo mismo a quienes son distintos. El descubrimiento de la casa natal de Brecht fue posterior al de la visita que hicimos a la Fuggerei y al palacio residencia de los Fugger en la calle de Maximiliano. También es distinta la experiencia respecto a la vida y obra de los dos personajes. Antes de mi llegada a Ausburgo, de Jacobo Fugger prácticamente no sabía nada, más allá de un leve recuerdo de cuando estudié en la universidad la coronación imperial de Carlos V que fue cuando me enteré que estuvo financiada por el banquero bávaro. Sin embargo, respecto a la vida y las obras teatrales de Brecht puedo decir que me habían acompañado durante mi educación sentimental, a la que aquellas sin duda colaboraron con su visión dialéctica del teatro. Dicho con otras palabras, Brecht junto con Marx fueron los que me enseñaron, uno en las salas de teatro y el otro en las aulas universitarias, que el enfrentamiento dialéctico de los contrarios es el motor que mueve la historia hasta su destino final, que no es otro que el triunfo del virtuoso grupo elegido para protagonizar tal momento glorioso y definitivo. No obstante, cuando estuve delante de la casa natal de Brecht me di cuenta de la necesidad que tenemos de consolarnos con cualquier dato. Pues si nos detuviéramos un rato a desarrollarlo, haciéndolo pasar de dato empírico a intuición del alma comprobaríamos lo desnudos que seguimos estando debajo del manto dialéctico de los opuestos que Brecht se encargó de resaltar sobre los escenarios. Podría decirse que la presencia de Brecht es en Ausburgo inversamente proporcional a su fama e influencia en el mundo contemporáneo, al contrario, se podría insistir maliciosamente, que lo que le ocurre a Fugger. Lo que yo tuve fue, sin embargo, la impresión sino contraria al menos algo más ajustada a la manera en que ha evolucionado el mundo desde entonces, tanto desde la época de Fugger como de la de Brecht. Lo cierto es que los banqueros son quienes marcan en la actualidad la tendencia o la inclinación prioritaria de una buena parte de la vida de quienes forman parte de eso que vengo llamando, tanto con sorna como con ternura a partes iguales, la clase media de nuestros pecados. Mientras que el simbolismo del teatro dialéctico ha quedado incluido dentro de ese cajón de sastre con que hoy se denominan los actos sociales, me refiero a los eventos, y que sería, a mi modo de entender, la segunda prioridad vital de aquella clase media de nuestros pecados. La cual, cuando el ansia de los medios de comunicación obliga a sus miembros a hacer una confesión pública de sus preferencias, invariablemente suelen responder, sin ningún tipo de sonrojo, en sentido inverso al orden que he mencionado. Y es que la necesidad de tranquilidad y consuelo, que todos necesitamos respecto a lo que realmente nos está sucediendo, nos obliga a estas operaciones de maquillaje que nos permita llevar con mejor ánimo lo que de otra manera sería insoportable. Una de las ventajas de poner esas experiencias por escrito - suelo repetir a mis amigos y conocidos, más a los segundos que a los primeros que ya no tienen ninguna fe en lo que les digo - es que uno se vuelve más consciente de las transformaciones a las que está sometido en ese trajín constante que es mantenerse con vida. Son transformaciones que uno presiente y que, sin poder o querer evitar, acaba creando de forma natural, pero que luego se niega y niega a los otros cuando se trata de obtener su reconocimiento, ya que éste no puede estar desligado de dar una imagen propia vinculada a la paz y la esperanza. O a la libertad y la igualdad. Llegados aquí es cuando veo de forma más clara - tal vez sea porque lo estoy poniendo por escrito - la vigencia de las enseñanzas de Fugger y Brecht, aunque invertidas respecto a la manera e intensidad con que entraron en mi vida. También me ayuda a comprender, con más tino, muchas de las formas de hablar o puestas en escena a que me tienen acostumbrados algunos, por no decir todos, de los miembros de la clase media de nuestros pecados, pues la herencia recibida de parte de quienes cogieron el testigo de Fugger y Brecht no puede ser, en su dislocada mezcla o combinación, más endiablada, a saber, su desencantamiento del mundo. O sea que, a cambio de recibir la única cosa igual que se puede dar a quienes somos de naturaleza desigual, el dinero, ha roto, al instaurar la medianía y la horizontalidad, el encantamiento que desde siempre nos habita producido la verticalidad como manera de alcanzar algún día la excelencia y la eternidad. Estamos, por tanto, desencantados de la elección que hemos hecho de nuestra propia mirada al cambiar esas coordenadas, que es la que, al fin y al cabo, ha construido el mundo que nos desencanta, valga la redundancia. Y lo peor de todo es no nos permitimos, así nos aspen, pensar y volver al estilo (no copiar) de cómo lo hicieron los antiguos creyentes de las religiones históricas. Volver a instalarnos bajo la influencia de aquellas coordenadas. Tenemos la vista cansada de tanto mirar el mundo en que vivimos y hemos perdido al óptico de cabecera. Mal augurio.
jueves, 8 de marzo de 2018
UN BANQUERO EUROPEO
El dinero antes que saciar nuestra codicia nos libera de la extremosidad de nuestra crueldad. Tampoco la elimina, sencillamente la hace más llevadera a quienes tenemos al lado. Jacobo Fugger en esto también fue pionero. Wikipedia dice : En 1498 se casó con Sibylle Artzt, hija de un distinguido patricio de Augsburgo. Tras las nupcias la familia recibió un largamente esperado lugar en el consejo de Augsburgo, que hasta entonces se les había denegado, pues los Fugger sólo llevaban tres generaciones en la ciudad. Cuatro años después de la boda, Jakob Fugger le compró a su joven esposa las joyas del tesoro de Borgoña por la enorme cantidad de 40.000 florines. No se sabe si Sibylle fue feliz. Lo que es seguro es que Jakob pasó mucho tiempo en su Kontor y en viajes de negocios y por lo tanto pasó poco tiempo con ella, lo que trató de compensar mediante caros y sofisticados regalos. Sybille no tuvo hijos con él, y siete semanas después de la muerte de Jakob se casó con Konrad Rehlinger. Queda claro la vigencia de la conducta de los ricos y la fuente de ejemplaridad que igualmente se mantiene para los que no lo son nada, como en el siglo XVI, o no lo son tanto, como ocurre en el siglo XXI. Por eso la mejor manera de acercarme a un rico actual, que siempre me produce sonrojo y bastante incomodidad será por ello que no lo he hecho nunca, es hacerlo a través del fundador de ese apelativo, el Rico. El saber que se lo habían puesto sus convecinos de Ausburgo, los mismos que no tenían nada, también me ayuda a aproximarme con menos precaución a la extraña complicidad entre la codicia como motor fundamental de la humanidad, que ningún sistema educativo podrá eliminar nunca, y la caridad (valga también decir solidaridad, pues en estos asuntos, como en todos los demás, la visión secular de la vida sigue los pasos de su pariente más cercano, la visión religiosa, que es de donde procede) como freno precario de aquel motor que tiende al desenfreno. Digo esto porque hoy es absolutamente imposible hablar de los ricos con quienes forman la clase media de nuestros pecados, ya que lo impide la penuria espiritual que, como una hidra, les ha crecido a muchos de sus más instalados socios, al mismo tiempo que ha desaparecido de su horizonte la falta de penuria material. Caballero andante don Dinero, cuando estás callado eres un misterio, pero en cuanto te pones a hablar y a discurrir de mano en mano eres un horror, sería la frase que mejor define el ayer y el hoy de esta dualidad perenne e irreconciliable entre ricos y pobres y, por contagio, entre todas las que han ido apareciendo bajo el palio de su influencia con el paso de los tiempos, una dualidad monetaria que ha hecho correr ríos de tinta y de sangre a partes iguales. Y es que poner bajo la intensa luz del día lo que es propio de la naturaleza oscura de la noche, hace que se produzcan efectos colaterales no deseados. Jacobo Fugger no es igual que cualquier banquero de cuyo nombre, vida y andanzas hoy lo ignoramos todo, es, más bien, el modelo de todos los banqueros que ahora existen: prestar o sobornar con dinero a todo lo que se mueve. Lo que ocurría en su época era que solo se movían los que tenían todo el poder, a saber, el Vaticano y el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Los que estaban quietos, sin nombre y sin dinero, únicamente lo bautizaron para los siglos de los siglos: el Rico. Si escuchas con atención la locución anterior tiene una música parecida a la de la mafia actual, pero tu y yo sabemos que no lo es. Cualquier intento de equiparar a Jacobo Fugger con un banquero contemporáneo, comete, a mi entender, el mismo desliz de apreciación que el que condena a Thomas Jefferson, redactor de la constitución norteamericana y de la declaración de independencia, porque tenia esclavos negros en su hacienda. Jacobo Fugger, como Jefferson y como todos los que con su hacer o pensar dan un giro al proceder de la actividad y del pensamiento humano, no pueden ser vistos como parte de lo que luego ese giro ha dado de si, para bien o para mal. La sensación que tuve paseando por la calle Maximiliano, donde se encuentra su palacio residencial, así como visitando su gran obra benéfica, la Fuggerei, fue la de que Jacobo Fugger fue un hombre eminente, si es que acepto como eminente, a pesar de todos sus defectos, el tipo de vida que yo llevo y que no quiero dejar de llevar. Me refiero al estilo de vida europeo, al que él le imprimió un giro y un carácter bajo cuya influencia aún hoy vivimos. Sin embargo, la penuria espiritual que padecemos y a la que me refería antes, no tiene que ver con el dinero sino con su pésima digestión una vez que lo tenemos. Y es que el dinero en manos de los pobres no es para hacernos ricos, sino para aupar nuestra dignidad, siempre oculta y maltrecha detrás del malestar de la escasez y la pobreza. Esto es algo que la clase media de nuestros pecados le cuesta entender y, pienso, que no entenderá nunca. Es que somos como nuestra codicia, que ha seguido el camino contrario a nuestra dignidad. Basta para comprobarlo que uno salga una noche a cenar con unos amigos, por mucho que me haya prometido no volver a hacerlo pues secretamente cada día que pasa me avergüenzo más y más de ellos, aunque nunca se lo haré saber de forma explosiva ni tan siquiera atenuada, prefiero explotar yo conmigo mismo, el caso es que, más pronto que tarde, alrededor de la mesa queda fijado el reparto de lo que se ha decir y lo que no, que normalmente viene determinado por la actualidad social o política, no por como en qué medida a cada cual le afecta eso o sus derivados. Ellos darán pábulo a las palabras de sus máscaras y las ajenas, porque en la conversación entre máscaras todo vale y todo vale lo mismo. Yo me tendré que callar las palabras que ocultan la falsedad de esas máscaras, ya sean las propias como las ajenas. Es un convenio injusto, que no tenía que haberse firmado tácitamente después de la democratización del dinero. No otra cosa es la falta de dignidad a que me vengo refiriendo. En la época de Jacobo Fugger, el Rico, había penuria material, pero de los asuntos espirituales estaban bien abastecidos, aunque nosotros, hundidos en una penuria espiritual como nunca antes en la historia de la humanidad, nos sigamos atreviendo a leerlo como el opio del pueblo.
miércoles, 7 de marzo de 2018
JACOBO FUGGER
El alma de la ciudad de Ausburgo sigue siendo la de un banquero y, al mismo tiempo, filántropo. Aunque la frase siempre se dice en ese orden, me resulta difícil deducir las proporciones, cuanto es más de banquero que de filántropo. O, ya que el apelativo filántropo es una etiqueta que también usan habitualmente los presentadores de algunos de los eventos actuales, me entra la sospecha de que, en el caso de los banqueros, al añadirle en su tarjeta de visita la palabra filántropo no sea igualmente una manera de blanquear su patrimonio, no necesariamente porque haya sido obtenido de manera ilícita, sino porque sea bochornosamente ingente. El caso es que Jacobo Fugger, el alma de Augusto a que me refiero, era conocido por sus conciudadanos de entonces, sin otros añadidos, como el Rico. Es de suponer que, dado la abismal diferencia de aquellos años entre los muy pobres (el 90% de la población) y los muy ricos, no tenía ningún sentido ponerle peros al apodo del tipo más influyente de la ciudad. Era el más rico y nada había que hacer, excepción hecha de algunas algaradas campesinas. Pues las penurias de los más pobres eran verdaderamente penurias, nada que ver con las penurias de los que no tienen penurias actuales. La biografía de Jacobo Fugger no deja lugar a dudas, fue uno de los banqueros fundacionales de la economía moderna europea, que entonces era como decir mundial. Así lo permite intuir en la actualidad la monumental fachada del edificio que fue su residencia y la de su familia, dado que no se puede visitar por dentro. Como no podía ser de otra manera, me viene, como si fuera un resfriado estacional, la tentación de relacionarme con el Rico de Ausburgo como si fuera un rico cualquiera de hoy en día. Incluso contraviniendo el sentimiento de satisfacción que tuve y que acompañó a una idea, que me surgieron ambos nada más visitar las casas sociales que construyó en la ciudad, la Fuggerei, y de la que ya he hablado en un anterior escrito: Jacobo Fugger es uno de los pioneros del bienestar actual que disfrutamos en el continente europeo. Al dejar expuesta tal aseveración, y eso es lo me consuela, lo único que pretendo es humanizar ese artificio que hemos construido y que tantas alegrías y quebraderos de cabeza nos ha dado, y lo seguirá haciendo. Estoy hablando del dinero. Y lo hago porque, así como la cultura y el arte tienen fijados sus procedencias históricas en los manuales correspondiente, el origen del dinero tal y como lo conocemos en la actualidad lo cubrimos, al menos en el ámbito de matriz católica, con un manto vergonzante. Siempre dispuestos a blanquear ese origen con cualquier concomitancia cultural o política. Creyendo que con esa ocultación liberamos al dinero que usamos cada día de su origen negro e inconfesable, por más que lo hayamos obtenido de la manera más legítima imaginable, trabajando por un salario. Supongo que el peso de la culpa, también de matriz católica, ayuda lo suyo en ello.
viernes, 2 de marzo de 2018
LA FUGGEREI
Hay que cambiar, nos dijo, sin mediar palabra alguna que tuviera que ver con el protocolo que de su oficio cualquier turista espera, el tipo que nos recibió en la recepción del hotel de Ausburg, el del traje brillante, los quevedos, la calva reluciente,...Lo normal es que en un encuentro de este tipo las palabras que se digan sean del mismo significado - a saber, ninguno - que tienen los buenos días o el hola que tal en el trato habitual con vecinos o compañeros de trabajo. Son palabras de cortesía o de buena vecindad, son gestos mediante los que le decimos a los otros que todo está en su sitio, que ellos están ahí y uno aquí, y que así nos acoplamos hasta el próximo encuentro. Del encuentro con un recepcionista de hotel no esperaba yo algo esencialmente distinto, no en balde forma parte de la misma rutina, si se quiere más infrecuente en el tiempo pero rutina al fin y al cabo, de la de encontrarte con un vecino o un compañero de trabajo. El caso es que, bien mirado, en estas salidas de tono o del incumplimiento del protocolo previsto, ya sea mediante la indignación del tipo de Nördlingen o de la expresión hay que cambiar con que se presentó el recepcionista del hotel de Ausburgo, la rutina salta por los aires, y soy yo el que se queda con cara de palo sin saber que hacer o decir, más allá de caer en los tópicos o generalidades al uso. Hay que cambiar de dirección o basta con cambiar de traje y de gafas, o tal vez sea suficiente con cambiar de peinado, en fin, Duarte me habló así, acercando su boca a mi oreja, como medida de protección propia y ajena contra su mejor sarcasmo, mientras el recepcionista se adelantó a nosotros para indicarnos el lugar donde podíamos dejar las bicis a resguardo de la climatología y de los pispas. Al final decidimos usar las bicicletas como medio de transporte, algo que siempre hacemos al llegar a las ciudades grandes o medianas, a pesar de que muchas de las calles de Ausburgo conservaban en su asfaltado el estilo adoquinado, lo cual hacía que el traqueteo de dar pedales repercutía en la cabeza, sobre todo en la de Duarte que al final de una jornada así se vio obligada a tomar algún tipo analgésico pues el dolor de cabeza se le hizo insoportable. Yo le contesté en voz baja, pero sin tener que acercarme a su oreja, lo que pienso respecto a la indignación, y que creo que ya lo he comentado. Esa algaravía sin contención hoy se ha constituido en moneda de cambio ante cualquier contratiempo por doméstico o insustancial que sea: es el aullido de temor y desconcierto no ante lo que pasa fuera del indignado, que en realidad ni pasa nada ni falta nada relevante, sino ante la nada interior por él experimentada como ausencia total de sentido. Lo cual, dije, es la refracción cabal que forma esa imagen tan habitual en nuestras vidas, que siempre me congela el alma cuando no tengo mas remedio que presenciarla o ser partícipe de ella, por ejemplo después de una cena de amigos, en la que alguno ha tratado infructuosamente de hablar de sí mismo y los demás le han respondido hablando de lo que comúnmente se entiende como hablar por hablar, que es la forma de hablar de lo humano y lo divino, pues, digo, cuando llega la hora de los adioses todo el mundillo masculino se dan las manos entre ellos, o ponen las mejillas si es el mundillo femenino o si los ósculos son entre los miembros de ambos mundillos o entramados, y compruebo con asombro que no es un adiós literal, sino un hasta pronto, o hasta la próxima, aunque no haya pasado nada ni falte nada y al mismo tiempo esté todo por pasar.
Después de que el recepcionista del traje brillante nos entregara las llaves del garaje de las bicis, nos dirigimos montados sobre ellas a la Fuggerei. Como decirlo, sin solución de continuidad pasamos del siglo XXI al siglo XVI a través de esta lugar que, insólito a mi modo de ver, es el primer espacio de casas protegidas del mundo, creado en el 1521 por el que llamaban el rico Jacob Fugger, a la sazón, banquero del emperador del Sacro imperio Romano Germánico, Carlos V. Digo insólito, pues tuve la impresión de que era el invento de Fugger quien me cogía de las solapas y me zarandeaba para que soltara todo lo que de impertinente llevara puesto. Lo que quiero decir es que cuando nos recibió, digamos, el aguacil de la particular fortaleza se me cayó el disfraz de turista, y el de europeo moderno y todos sus complementos. Por lo que en el recorrido que hice continuación tuve una sensación extraña de desnudez, frente a lo que se me echaba encima a cada paso. Que no era otra cosa que toda una urbanización residencial del siglo XVI con pleno derecho de usufructo en el siglo XXI - como lo oyes - , con casas adosadas (la visita incluye una casa modelo), alquiladas en su origen por una renta anual de 88 centavos, que tenían una administración común, una tienda y una enfermería propias. Incluso cuando, años más tarde, lo vieron muy mal en el 1940, los residentes de entonces decidieron construir un refugio antiaéreo, con una capacidad para 150 personas, donde también tenían cocinas, baños y dormitorios compartidos. En la actualidad lo han preparado como museo y se puede visitar. La muestra incluye fotografías, algunos elementos y utensilios de la época, como las caretas antigas, algún vídeo sobre la ciudad y sobre cómo se organizaron la noche del 25-26 de febrero de 1945, la noche de las bombas. En este bombardeo un 90% de Ausburgo fue destruida, causando miles de muertos. Sin embargo, en el recinto del Fuggerei sólo murió el portero o aguacil que custodiaba la entrada en aquellos años.
jueves, 1 de marzo de 2018
AUSBURGO
Mientras Duarte anotaba en su diario, cuando íbamos en tren camino de Ausburgo, que le había parecido inoportuno el enfado que había manifestado el señor que nos precedió en el pago de la factura del hotel de Nördlingen, con el que habíamos coincido también en el comedor a la hora del desayuno. No acabo de entender, escribió Duarte en su diario y que yo pude atisbar con el rabillo del ojo con su consentimiento, como se puede ser así. Noté desolación en sus palabras, pero lo que me extrañó fue que no pudo evitar decirlas, es decir, que de alguna manera le habían afectado oírlas en un ambiente distendido como se supone que es la música y el tono de los días vacacionales. La causa del enfado, según me dijo, era una nimiedad, una equivocación a la hora de generar la factura del hotel, o algo así. Con la desaparición de los serenos de las noches de las ciudades, desapareció también ese tono y esa música que yo he evocado en anteriores escritos. Y lo que ha venido a sustituirlo, de forma paulatina pero implacable, es esa indignación de la que se hace eco Duarte en su diario, que bien mirada no tiene razones visibles que la expliquen. Aunque, lejos de echar mano de la psicología, a mi me parece que algo puede detectarse en lo que tiene de simbólico la caída de las murallas de la ciudad medieval y el surgimiento de las murallas del Yo moderno, cuyo ejemplo más notorio es ese tipo, que se cree con derecho a montarle un pollo a la recepcionista del hotel donde se había hospedado por un error en la factura que le ha emitido. ¿Es la vanidad lo que corroe a estos tipos?, preguntó Duarte. Cuando una ha decidido dejar su ciudad durante unos días, le gustaría pasear por las calles, o entrar en los lugares que no son los que habitualmente transita, y no tener que oír estos ladridos semejantes a la ciudad donde vivo, me di cuenta que escribió a continuación en su diario. No es la vanidad lo que los distingue de quienes, digamos, vivían como lo hacían quienes ocupaban las ciudades medievales amuralladas de entonces. Lo que no han conocido es a los serenos, le contesté a Duarte. Ahora ese tipo, que se indigna igual que por lo de la factura, y que seguro lo hace también porque el sol sale por el este, o porque la luz del día surge de la oscuridad de la noche cuando le gustaría que fuera al revés, tiene un sereno dentro y las murallas delante de las narices. No solo ha cambiado la topología de la ciudad al abrirse al mundo, derrumbando las antiguas murallas, sino que ello ha obligado a que los tipos abiertos al mundo que ahora la ocupan tengan un punto de vista estrábico de lo todo lo que les rodea. ¿Hace ello perfectamente natural no salir de casa, o recorrer las calles de siempre en la ciudad de siempre? Más que indignación veo la costra y la roña que ha crecido entre lo que tipos como los del hotel aparenten ser y lo que realmente son, me dice Duarte sin que inmediatamente trate de ponerlo por escrito. Como si esa vanidad fracasada, de repente, se le hubiera aparecido como epítome o imagen que representara cabalmente, con el paso de los años, la razón de seguir existiendo de aquella ruta romántica en la que nos encontrábamos y la de todas las rutas que hoy atraviesan el mundo que llaman civilizado. A mi me parece, le dije a Duarte, que la indignación del tipo del hotel, y la de todos los tipos que la usan como marca de identidad en la actualidad, no solo se parece a un gruñido animal contra las amenazas de su exterior, sino también como una elemental llamada de auxilio humano. Se ahogan ahí dentro y no tienen otra manera de expresarlo. Por eso todos los barrios de las ciudades deberían tener un torreón de Daniel, desde donde cada noche nos recordaran cuando uno abandona su casa, una vez que se ha echado encima la obscuridad, para visitar a una amigo, bien por necesidad bien por mera razón de esparcimiento, lo que nuestra memoria amurallada ya no puede hacer.
Cuando llegamos a Ausburgo anochecía y lo primero que hice fue tratar de localizar el torreón de Daniel de la ciudad, y comprobar a que horas la voz del sereno advertía de su presencia y significación a quienes todavía anduviesen por la calle. Pero lo que nos encontramos fue la estación de ferrocarril en obras y los servicios metidos en unos barracones a las afueras de la estación. Ante el panorama dedicamos unos momentos para calcular nuestra orientación y nos dirigimos a la Koningplalz, donde estaba la oficina de información y turismo. Queríamos saber algo más sobre la reserva de la pensión que habíamos alquilado desde Nördlingen, pero no tenían lo que buscábamos, ni tampoco nos dieron referencia del sereno acusmático. Así que nos dirigimos hacia la pensión, pero no había nadie. Buscamos al lado, pero solo tenían hospedaje para una noche. Fue en internet, donde hicimos una nueva búsqueda. Al final, encontramos cama y ducha en la Jacobstrasse, en un conjunto de casas que se dice “Jacobs hof”. En la recepción un tipo especial, en el sentido de que no parece del gremio de los hoteleros, con un traje brillante que le queda grande, calvo, con gafas redondas que parecen unos quevedos y con una sonrisa suave, nos saluda y nos da las llaves. Al menos podremos dormir bajo techo, algo que ya empezaba a dudar que esa noche fuera posible.
miércoles, 28 de febrero de 2018
MANIERISMO
Ante las intenciones de dos cicloturistas como Duarte y un servidor, que pretendían dar pedales siguiendo su trazado, decididamente la ruta romántica de este año aparecía brumosa y desdibujada, tal y como le gustaba ver el mundo a aquellos pintores que colaboraron con su visión de la naturaleza a la difusión de la palabra romanticismo, que al día de hoy lo mismo vale para un roto que para un descosido. Sin embargo, el recuerdo de aquel viejo sereno de mi ciudad natal consiguió que volviera a lo esencial de la ruta, independientemente del tiempo atmosférico que me encontrara. Pues lo esencial de la ruta no se encontraba en otro sitio que en su momento fundacional, cuando aquellos jefes militares y civiles norteamericanos decidieron ofrecer a sus subordinados una vía de escape vacacional a las duras condiciones de vida de la postguerra. Fue entonces, cuando íbamos en tren de Nördlingen a Ausburgo dado que decidimos bajarnos de la bici hasta que llegaran tiempos atmosféricos más favorables, que la figura rotunda de aquel hombre con aspecto funeral me hizo ver en mí todo lo que llevaba puesto de espectral, y que, maliciosamente, había tratado de otorgarle a él con la pregunta que hice al final del anterior escrito. No es que yo sea un adicto a las redes de artificio actuales, más bien soy de la vieja escuela del espectáculo radiofónico primero y televisivo después, en la que cabía la posibilidad de decir basta e irte a tomar una caña al bar de la esquina o a darte un paseo a lo Robert Walser, fijándome en los detalles más nimios que me puediera encontrar en mi camino, subrayando una asociación imprevista que, de repente, pudiese surgir entre ellos, lo que más tarde quizá los elevara al rango de lo más importante para mí en ese día que parecía habían querido truncar aquellas ondas o aquella pantalla. Lo que hice al pasarme a mi el calificativo de espectral fue un acto de justicia hacia el sereno de mi ciudad natal y, por extension, hacia todos los serenos representados, quizá de forma inmejorable, por esa voz acusmática, que desde la torre de Daniel advertía de su presencia cada hora, para infundir temor o seguridad, según el caso de cada viandante, a quienes todavía andaban dentro o fuera de las murallas de Nördlingen. Lo espectral bien entendido estaba del lado de quienes, antes de ver con sus propios ojos el torreón de Daniel, ya le han hecho varías fotos con el ojo de su cámara, tal y como pude observar cuando nos acercamos por última vez a su base para confirmar, en el cartel que explicaba la historia del monumento, la leyenda de uno de los episodios que le ocurrió al sereno Daniel, y que le recomendó a Duarte la recepcionista de la oficina de turismo. Una historia que me hizo recordar la mía propia con el sereno de mi ciudad natal, pues la existencia de los espectros o fantasmas - aunque es un fenómeno mucho más presente, paradójicamente o no tanto según se mire, en nuestra época de intercambios digitales dominantes y cada vez más exclusivos, donde participamos de forma activa como nunca antes lo hemos hecho en nuestro propio mundo ilusorio - siempre han existido, aunque como ya he dicho cabía el apagón, cosa que ahora es de todo punto inimaginable. Ya que la modernidad espectral producida por la tecnología digital a la que se siente íntimamente asociada, como dice Martel, “con su insistencia en que nada posee verdadera sustancia, es lo que ha desencadenado este cambio”. Un cambio que determina el modo en que las cosas del mundo y las personas aparecen ante nosotros. Un cambio que de murallas del yo hacia afuera pareciera que salen a combatir llenos de furia los fantasmas (léase en la acepción de fantoches), pero que intramuros sospecho que se guarece el ser humano lleno del mido de siempre. Y es que Manierismo viene de “a la manera de...” Pero nuestros fantoches de hoy no se fijan en la maneras de hacer del sereno de estirpe medieval, sino en el exaltado de la bastilla francesa, quien antes de asaltar la prisión parisina seguro que a aquel lo había pasado por los cuchillas dentadas de su furia.
martes, 27 de febrero de 2018
EL SERENO DE NÖRDLINGEN
Lo que había entrado sin contención una vez que lo que de la torre de Daniel, como epítome central del alma humana, ha desaparecido junto con las murallas de la polis o ciudad moderna, ha sido la palabrería de los oportunistas o vendedores de crece pelo - siempre me ha gustado esta imagen asociada al viejo oeste americano. En fin, Platón llamó a esta patulea, que va y viene sin parar de un rincón a otro de la polis sin murallas y des-animada: los sofistas. Y es que todavía recuerdo la figura del sereno cerrando el día de la ciudad o dando la bienvenida a la noche, según como lo mirara mi estado de ánimo, es decir, serenando ese tránsito de la luz a la obscuridad pues es lo que más nos asusta, ya que es la representación diaria de nuestra propia mortalidad. Con ese aire funeral por un lado, yo siempre creí que era debido al uniforme que le obligaban a vestir que no se diferenciaba gran cosa del que llevaban los trabajadores de los cementerios, y la seguridad que transmitían sus pasos acompasados con el golpe seco del garrote que tenía como herramienta laboral, por otro, me conseguía trasmitir una imagen entre el más acá y el más allá cuando me cruzaba eventualmente en su camino. Seguramente era una imagen nada intencionada por su parte, esa de pertenecer a la clase de seres intermedios propios y apropiados a ese momento de transición, que todos los días experimentábamos calladamente quienes antes habitábamos las pequeñas ciudades. La experiencia yo siempre la viví en esos años de la mano de mis padres, antes de que abandonásemos la ciudad por razones, según me contaron el mismo día que cogimos el tren, de mejora y progreso. De vuelta a casa, principalmente en las tardes del buen tiempo - como decía mi madre - que, como no, coincidía con las tardes de primavera y verano. Para mi madre, como para casi todo el mundo, excepción hecha de los técnicos incipientes de la meteorología, las tardes de invierno y otoño pertenecían a lo que el resto del mundo coincidía era el mal tiempo. Una distinción que, cuando años más tarde le presté más y concentrada atención, me di cuenta que era el correlato a la transición de los días hacia las noches. Al llegar a la edad adulta empecé a pasar algunos días de vacaciones en mi vieja ciudad natal y provinciana. Entonces me gustaba salir sólo a dar un paseo por su parte monumental, para ver si me encontraba con aquella figura espectral del sereno. Yo entonces ya era un urbanita de la gran metrópoli, más que convencido lleno de contradicciones tópicas de esas que fui acumulando no se a ciencia cierta cómo ni donde, propias de quienes nos acostumbramos a ese papel de saltimbanqui por obligación. Lo de espectral que yo atribuía al sereno de mi ciudad natal, se me fijó en la memoria una vez que me fui y la distancia fue definiendo mi relación con ella, al tiempo que mi identidad se afianzaba alrededor de esa imagen espectacular que poco a poco también se fue apoderando de la gran ciudad donde mis padres habían decidido que continuásemos nuestras vida familiar. El día que lo vi, en mi primer viaje de vacaciones, noté un extraño giro, por decirlo así, en mi mirada que no me ha abandonado, creciendo incluso paulatinamente, hasta hoy mismo. ¿Quien era el espectro, el sereno o yo?, me pregunté mientras lo veía acercarse hacia mi, con su andar cansino, su voz cantarina y elegante y sus golpes de bastón acompasando sus pasos.
Al día siguiente el tiempo había vuelto a entrar en lluvia constante y abundante. Más un frío otoñal impropio de finales de verano. Así que decidimos neutralizar el trayecto hasta Augsburgo en tren, pues en esta ocasión teníamos la estación a cien metros del hotel. Poco antes dimos una última vuelta por las calles de Nördlingen y Duarte entró en la Oficina de turismo para pedir información. En ese momento fue cuando nos enteramos de que había sereno en la ciudad imperial, pero su voz, desde hacía unos años, se alzaba cada noche, ahora enlatada, desde el torreón de Daniel sobre el silencio de toda la ciudad, advirtiendo de su presencia a quienes se pudieran encontrar en ese momento más allá incluso de sus murallas.
lunes, 26 de febrero de 2018
EL TORREÓN DE DANIEL
Ya hace casi cien años que Proust dejó escrito que una imagen, de las múltiples que nos ofrece la vida, nos traía en realidad sensaciones o evocaciones múltiples y diferentes. Algo así fue lo que me paso a mi con el torreón de Daniel de Nördlingen. Lo primero que vi, nada más que Elvis nos dejó en la ciudad imperial de la ensaimada, fue la iglesia de San George anexa a la cual se encontraba el torreón que menciono, desde el cual, también fue lo primero que leí al pie de su imponente estructura, en la época imperial se llevaba a cabo el control de entrada y salida por las diferentes puestas de la ciudad, y la vigilancia cuando llegaba la noche. Apartándome de la idea de matriz historicista conocida como el continuo global de la imagen, las ciudades amuralladas, tal y como nos han llegado hasta el momento actual, son algo más que el testimonio renovado de una forma de concebir el urbanismo felizmente superado. Lo que quiero decir es que son algo más que una traza urbana. Paseando por una ciudad amurallada puedo tener una sensación de Libertad que es imposible rodando (es igual a que velocidad) por una autopista. Lo cual me ha hecho reflexionar sobre ese sentimiento, llegando a la conclusión de que no es un patrimonio asociado de forma exclusiva a los lugares abiertos ni a las sociedades modernas. Elvis, en su afán por ser amable y, también, por hacer su jornada laboral más llevadera, nos había hablado del torreón Daniel como uno de los atractivos, a parte de las murallas, que no debíamos dejar de visitar. Me resultó sorprendente que un hombre de aspecto tan indudablemente de hoy en día, hiciera incapié en esos detalles tan, digamos, antiguos. Cuando Duarte le preguntó el por qué de ese interés, Elvis vino a decir, según traducción de Duarte, que desde el torreón Daniel se hacía, para entendernos, la función de los antiguos serenos en España.
La mejor palabra que define al torreón de Daniel es “entre”, que es la que a su vez define ese sentimiento profundo que llamamos alma. Y es que el torreón de Daniel no dejé de verlo durante el recorrido que hicimos dando la vuelta completa a la muralla. Lo que lo convirtió ante mi mirada en el alma de Nördlingen. Probablemente las palabras de Elvis, debajo de esa coraza de entrañable perdonavidas, nos trataron de insinuar algo de esto. Algo, por otra parte, comprensible si tenemos en cuenta que las ciudades que han perdido sus murallas medievales han perdido, no quiero decir su alma porque yo no soy quien para hacer este tipo de prescripciones, pero si al menos el centro desde donde ella operaba. La caída de las murallas en nombre de la higiene que demandaba el Progreso abrió un horizonte de salud indudable, pero con el paso de los años se ha convertido, paradójicamente, en salud enfermiza, que probablemente no afecte en su peor morbosidad al cuerpo, pero si a eso que, repito, llamamos alma. Que se encuentra entre el sujeto y el objeto, el Yo y el Otro, entre el que habla y el que escucha, entre el sonido y el silencio, entre lo de afuera y lo de adentro, entre arriba y abajo, entre lo que se sabe y lo que se ignora, entre lo sólido y lo liquido, entre lo de allí y lo de aquí, entre la quietud y el movimiento, entre lo visible y lo invisible. Entre, es decir, Flotante. En su indiscutible y sólida robustez el torreón de Daniel me pareció mientras iba dando la vuelta a la corona amurallada, y si me atenía a la misión que le habían encomendado durante tantos siglos, un espacio y un tiempo flotante. Hay que subir 71 metros distribuidos en 8 plantas, escalón a escalón, para llegar a la cima del torreón de Daniel, y divisar los tejados de la ciudad, y más allá, los bordes que dejara hace miles de años el meteorito. Desde allí arriba puedo decir que divisaba todo, incluso localicé los campos de las dos batallas de la Guerra de los Treinta años que, como ya he dicho en otro escrito, allí tuvieron lugar.
viernes, 23 de febrero de 2018
NÖRDLINGEN
A vista de pájaro, que es como muestran las guías turísticas o wikipedia la imagen ideal de Nördlingen, que fue también la primera imagen que yo tuve de la ciudad bávara antes de iniciar el viaje, lo que se observa es una gran ensaimada rodeada de una irregular mancha verde, entre la que se atisban todo un conglomerado de edificios de diferentes alturas, ninguno de los cuales sobresale en demasía por encima del recinto amurallado. Escenario de dos batallas (la de 1634 y la de 1645) acontecidas durante la guerra de los Treinta Años, la antigua Ciudad Imperial de Nördlingen se encuentra a lo largo de la Ruta Romántica, en medio de un cráter de meteorito, caído hace 15 millones de años, cuya extensión es de casi 25 km de diámetro. Acompañado de la vista del pájaro y de este puñado de datos de wikipedia a las espaldas, inicié mi visita a Nördlingen. La lluvia, que nos acompañó durante todo el trayecto, daba la impresión de que no tenía intención de abandonarnos en lo que quedaba de día. Antes de despedirse, Elvis nos indicó, mejor dicho se lo indicó a Duarte, dos o tres sitios que no podíamos dejar de visitar y, como no, nos recomendó con particular entusiasmo la vuelta al anillo de la ciudad amurallada que se encontraba en perfecto estado de revista. Pienso que Elvis colaboró lo suyo a que mi mente se dedicara a su melancolía y mi cuerpo a su reposo, de cuyo acuerdo resultó que me desapareció la sensación de tristeza del día anterior. Cuando Elvis me dio la mano para despedirse, antes de subirse de nuevo al autobús, me dio la impresión que también su mente estaba en otro lado. A mi mente no le convenía, digámoslo así, verlo únicamente como un conductor de autobuses de servicio regular entre Würzburg y Fussen, principio y final de la ruta romántica. A mi mente le convenía verlo como un personaje inventado, no tanto para realzar el adjetivo romántico de la ruta, como para avivar mi disposición sobre ella una vez que me volviera a subir a la bicicleta. De esta manera, dada la complicidad que había tenido con Duarte a la hora de subirle y bajarle la bicicleta, también sería una fuente de interpretación del viaje, como lo habían sido antes en Roteburg el dueño de la pensión Elker o Robin de Tesalónica, que nos hizo de guía en nuestro viaje a Nuremberg. Una interpretación del viaje que lo es, sobre todo, de mi propia vida. Y es aquí donde yo veo la distinción entre tristeza y melancolía. En la falta, en el caso del origen de la primera, de ese horizonte de personajes inventados o de realidades que haya que imaginar sobre la marcha para que todo no sea solo la topografía que indican los mapas. Lo que hace, cuando eso no soy capaz de evitarlo, que se me acabe imponiendo la dureza intransigente de la realidad geográfica o humana - bien sea en forma de lluvia o de un puesta de sol acompañada de la salida de la luna llena por el lado contrario, bien sea en forma de las palabras tan amables como previsibles de la recepcionista del hotel o pensión donde nos hospedemos cada día - y el alejamiento, con peligro claro de desaparición, del mismo horizonte de eso que se llama mundo. Fue por ello que, a pesar de que la lluvia apretaba y el frío húmedo se hacía cada vez más inclemente que es cuando se mete en los huesos, me entró una alegría imprevista cuando Duarte me propuso dar la vuelta a la ensaimada, que coincidía con todo el recinto amurallado, a la sazón, como pudimos comprobar, perfectamente conservado. Así al menos paseamos bajo cubierto, como si fueran unos grandes soportales de una gran plaza porticada, me dijo Duarte para convencerme. Yo estaba a lo mío, disfrutando de esa alegría sobrevenida que iba a acompañar a la melancolía que había tomado el mando de mi ánimo, lo que debió hacer que las facciones de mi rostro mantuvieran un aspecto inexpresivo cuando Duarte me hizo la propuesta. Te apetece, o no, me dijo con insistencia, si no quieres venir yo doy la vuelta a la muralla y después quedamos donde me digas. Si, si vamos juntos, es lo que más me apetece en este momento, le respondí apresuradamente. Al subir al paseo de la muralla se adquiría una perspectiva general sobre la ciudad que, aunque me alejaba de los detalles, no rebajaba en absoluto su interés. Lo primero que me vino a la cabeza fue lo que no era capaz de ver, pues la trama urbana y de bosque que se había desarrollado extramuros lo ocultaba: el lugar exacto del campo de batalla donde se produjeron los dos enfrentamientos entre católicos y protestantes durante la Guerra de los Treinta Años del siglo XVII. Hay en esos treinta años de ese siglo un presentimiento oculto, y probablemente indescifrable, que tendría su ceremonia final en los treinta años del siglo XX. Un presentimiento de que en el siglo XVII creyéndose la civilización occidental en el inicio de su mejor momento de gloria, lo que estaba principiando era justamente lo contrario: una de las formas posibles de su acabamiento. Al final del recorrido no conseguí averiguar, aunque Duarte con su amabilidad traductora lo intento en diferentes ocasiones, la ubicación del campo o los campos de aquellas lejanas batallas del siglo XVII. Desistí de seguir intentándolo pues, dada la extensión de la trama urbana y de bosque que había crecido alrededor de las murallas, lo más probable es que sobre aquellos lugares de enfrentamiento cruel habrían levantado pisos o apartamientos o diseñado algunos de las zonas verdes que se divisaban, donde hoy vivirían o pasarían sus ratos de ocio apacibles contribuyentes alemanes. Opté por no marear más la perdiz y dejar las cosas como habían llegado hasta ahí. Pues, tal y como las veía desde el paseo amurallado, bajo esa cortina neblinosa que cubría toda la antigua ciudad imperial, pensé, no en la bondad y la justicia de los hombres como hacedoras de aquello, sino en algún tipo de milagro que, como todos los milagros, era de procedencia desconocida.
jueves, 22 de febrero de 2018
ELVIS
La tristeza a que me refería ayer, dicha como algo más físico que emotivo tal y como me sentí nada más que Duarte tomó la decisión de no pedalear ese día, anclaba sus raíces, según como lo pensé después, en un antiguo temor que he oído tiene todo viajero, a saber, el ponerse a viajar para no llegar. Los que así razonan no se refieren al no llegar físicamente, sino no hacerlo con la conciencia que, es bastante probable, se haya quedado enredada en su propio laberinto. La tristeza que, en ese momento, impremeditadamente se me había echado encima, tenía que ver tanto con el descanso que le iba a dar al cuerpo, como con la confusión en que se iba a meter mi mente. Una confusión mental que una vez se supiera ya libre de las molestias que no le iba a proporcionar un cuerpo en reposo, seguramente derivaría, como así sucedió, hacia ámbitos mas propios de la melancolía, en los que aparecerían las eternas disputas entre el espacio y el tiempo. Digo que en estos días de transición me da por ponerme melancólico, porque es lo único que se hacer. Es cuando ante un destino congelado en el horizonte, por decirlo de alguna manera, aparecen con más nitidez los perfiles de lo que sea eso que llamo, porque así lo llaman, mi carácter. Lo primero que me vino a la cabeza, estando como estaba de vacaciones en la estación del verano, fue pensar en el otoño. No del otoño por venir, ni del otoño anterior, ni de cualquier otro otoño, sino del otoño como ámbito intemporal, infinitamente más grande que cualquier espacio que pudiera yo ocupar montado sobre una bici. Lo curioso del asunto, ya me a pasado otras veces, es que no se me ocurre pensar en otra estación que no sea esa. Supongo que es esto tiene que ver el cuerpo en reposo que no lo debe estar tanto. Más allá de lo que pudiera imaginar con la mente, sentado tras los cristales de la cafetería donde esperábamos al autobús que nos llevaría a Nördlingen, lo indiscutible era que la lluvia caía a cántaros y el mercurio del termómetro que había a la entrada se había desplomado a menos de diez grados, lo cual, como es fácil deducir con esos datos, nos había metido de lleno en pleno invierno. Ni que decir tiene que la confusión en mi mente avanzaba, también la melancolía en detrimento de la tristeza primera. Después de detenernos en Dillingheim, “donde el conductor - como dice Duarte en su diario - a lo Elvis Presley, mano en micro, nos da 30 minutos para dar una vuelta. Bajamos a visitar las calles con casas triangulares, también rodeada de una muralla y con puertas que en su día se cerraban o se abrían a los extranjeros. Después de un breve paseo se llega a la plaza del Mercado, donde están preparando kioskos como si fuera un mercadillo medieval. Habrá que consultar que celebran. Luego entramos en la iglesia para saludar de nuevo a los amigos de Jesus, siempre estupendamente recogidos, en todas las posturas y texturas, piedra, lienzo, madera, o metal.” Al final llegamos a Nördlingen a media tarde. Elvis Presley no pudo evitar hacer un alarde de sus dores interpretativas. Se bajó del autobús de un salto, como hacía el camionero rockero de Memphis, y con esa seguridad que se sacan de no se sabe donde los camioneros o los rockeros, le sacó a Duarte la bicicleta del maletero. Como ella también es motera no anda escasa de esos ademanes que lucen los del mundillo, muy próximo, como todo el mundo sabe, al de Elvis. Yo desde la cera de enfrente observaba la escena, al lado de mi bicicleta que acababa de sacar del maletero, con el temor de que se pudiera liar una entre moteros, o entre rockeros, o entre camioneros. Vaya usted a saber. Ya en el hotel, Duarte me confesó que Elvis le había parecido un tipo muy divertido. Nada más me dijo eso, aunque yo trate de averiguar el por qué. Así que deduje que yo había incurrido en un error o distorsión prismática, seguramente inducido por la confusión en que me encontraba, entre un cuerpo varado y una mente sin interruptor a mano que le dijera basta. Este es el momento, ya me ha pasado en otras rutas cicloturistas, en que empieza a palidecer el ideal que tengo formado de este tipo excursiones. La verdad, he de confesar, es que no domino la poética del viaje llevada a la práctica. Como con el mar, que solo me gusta verlo desde la orilla, el viaje como más me atrae es leerlo escrito sobre un libro. Por ejemplo, me vino a la cabeza, mientras iba en el autobús, un pasaje que me fascina y que es el que abre el libro, Vértigo, del escritor alemán W. G. Sebald. Dice así, “A mediados de mayo de 1800, Napoleón cruzó el Gran San Bernardo con 36000 hombres, empresa que hasta aquel momento se había tenido casi por imposible (...) Uno de los pocos participantes de esta travesía legendaria de los Alpes que no acabaron en el anonimato fue Henri. Beyle”. No hace falta recordar que uno de los libros fundacionales de la cultura occidental es un libro que cuenta un viaje con una guerra de telón de fondo, La Odisea, y que Henri Beyle es el nombre verdadero de Sthendal, además de una gran novelista fue un excelente cronista de sus propios viajes. Bien mirado, pensé ante la ayuda inestimable que me habían proporcionado los grandes logros de mi memoria, no hubiera necesitado llegar hasta la ruta romántica para poder haber viajado a través de la ruta romántica. El enfoque, el tono, en fin, la música que me debería acompañar en este recorrido son atributos o asuntos que se tenían que dilucidar en el interior de mi conciencia, la cual, por mor de tener que disputarle el protagonismo al cuerpo y a la lluvia, me daba cuenta de que no andaba muy dispuesta a entregarse a semejantes refinamientos.
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