viernes, 28 de octubre de 2022

EVA GALLUD

 escucho el crujido a mis pies

cristal sobre el que nunca dejo huella
en el espejo pulido del lago
compruebo si hay color en las mejillas
despliego la espalda sobre el vidrio
ya he aprendido a no tiritar
tan solo el miedo a la fiebre me impide
escapar a regiones más templadas.

RAQUEL LANSEROS

 


LUIS ROSALES


 

TIEMPO MUERTO O ENFERMO

 Luzdivina Cienfuegos, profesora de historia, suele ser cautelosa en sus apreciaciones, pero aquel día perdió los nervios y dijo que estaba harta de dar clase a alguien que no quiere aprender. Se lo dijo a su compañero, el profesor de ética Octavio Lavilla, después del último claustro, mientras tomaban el vermut en un bar cercano al instituto donde trabajaban. Estas salidas intempestivas no abandonaban el acomodo que le es tan querido al apresuramiento vital donde vive Luzdivina. A ella le gustaba calificarlas así, pero en el fondo es consciente que no pasan de ser una salida de tono momentánea. El canon revolucionario dice que los docentes se deberían lanzar a la calle a pedir un cambio radical en las costumbres educativas del país. Pero la realidad, que es tozuda como un buey y no entiende de modos y maneras revolucionarias, impone su inflexibilidad a los docentes, o mejor dicho, los docentes imponen su cobardía a la realidad.

El docente posmoderno, por llamarlo así, imita la imagen de dios creador. Antes del tiempo, se debió sentir aburrido y se puso a imaginar como crear un mundo, que a la larga ha sido nuestro mundo. Qué puedo hacer, no creo que la palabra imaginar estuviera a mi alcance, si antes de mi no ha habido nadie, en que creo si nada de lo que me rodea me interesa porque yo soy lo único que hay. Fue entonces cuando, sin saberlo, inventé la palabra ocurrencia. Y así, ocurrencia tras ocurrencia, a una por día, llegó al séptimo donde exhausto, tuve la última ocurrencia, descansar y desaparecer para siempre, dejando su obra a la intemperie o en manos de sus capataces, que no se que es peor. 


Luzdivina Cienfuegos dedujo que le pasaba algo parecido, cuando se despertó de la anterior pesadilla en la que ella ocupaba, contra todo pronóstico, un lugar de tiempo muerto en el desarrollo colateral de la escena. Con la única diferencia, respecto al Dios creador, que no puede desaparecer del todo, pues se tiene que buscar un sustituto y presentar en la ventanilla correspondiente los papeles oportunamente sellados, antes de empezar a disfrutar de sus intermitentes bajas laborales. Todo lo cual justifica ante su conciencia, según dice ella, los vaivenes de su crónica depresión.


miércoles, 26 de octubre de 2022

ROCIO ROJAS MARCOS


 

J. W. GOETHE

 PROMETEO (fragmento) 



ANA M. BUSTAMANTE

 


JOHN KEATS


 

CAMINO DE CUENCOS

https://www.instagram.com/p/CjnKmGgowHv/?igshid=MDJmNzVkMjY=

Mi ceramista de cabecera, Roser, ha publicado en su cuenta de Instagram lo siguiente, fotos incluidas en el link adjunto:

“50 años de la escuela de cerámica de la Bisbal. Un camino de cuencos que une la nueva sede, dotada de unas magnificas instalaciones, con la antigua sede en el convento de la Bisbal donde todo va a comenzar.

25000 alumnos han pasado durante estos años, y hoy lo celebramos con un camino de cuencos torneados por muchas personas, incluidos mis alumnos del Cívico de Porqueres durante el verano. A las 4 haremos el camino y brindaremos con Dolors Ros, que ha hecho que muchos de nosotros gozásemos del arte y el lenguaje ancestral y contemporáneo de la cerámica.”


Al leer el escrito con atención, me hago eco de ese camino que marcan los cuencos, y del gozo que los ceramistas han experimentado con el arte y el lenguaje ancestral y contemporáneo de la cerámica. Y es que todo el gozo (no confundir con la urgencia del placer) que se experimenta haciendo un camino, viene precedido de un ideal común de perfección del que se desprenden las particularidades donde se encarnan el entusiasmo, el movimiento y la luz que suele emerger de quienes se encuentran haciendo ese camino. La cerámica tiene un origen suficientemente ancestral como para iluminar el camino del ideal moderno en el momento actual, que ya no alberga la promesa del progreso infinito, ni de felicidad asegurada en el trato con los objetos de consumo cotidianos. Y es que nuestra alma occidental se ha quedado obsoleta (no quiero decir seca, todavía) en el rincón de las penas sin gloria de este gran supermercado que nos rodea, donde todos los objetos nos explican como somos y como debemos vivir. Incluso quienes deben vivir.


Desde el Extremo Oriente, Soetsu Yanagi, el filósofo japonés de la Escuela de Kioto, piensa - al tiempo que nos recuerda algo que los modernos occidentales parece que hemos olvidado: vida y creación son dos caras del mismo ímpetu existencial en el lugar que ocupemos en el mundo - que los objetos de la artesanía popular, elaborados por artesanos anónimos que trabajaban sin la consciencia creativa propia de los artistas con nombre y apellidos, están imbuidos de un encanto inefable, fundado unas veces en su sencillez y, otras, en su audacia.

miércoles, 19 de octubre de 2022

TERESA AJIRÓN


 

PRINCESAS

 ¿Por qué se acerca Caye, punto de vista de la película “Princesas”, a Zulema? ¿Por qué la puta freelance española, controladora absoluta de su trabajo (así nos la muestra, sin chulo a la vista, su director León de Aranoa, desde la primera escena de la película), se acerca a la puta emigrante dominicana, que trabaja a la intemperie como puede o la dejan, palizas incluidas? ¿Se acerca por solidaridad y tal, por redimir algún tipo de culpa, o como una forma de conocimiento que a Caye le despierta la presencia inesperada de Zulema en su vida? Vaya por delante que no supimos discernir en la tertulia, lo que ocultan esas preguntas sobre la peli. Y tampoco sé, mientras escribo, si esas preguntas y las siguientes son pertinentes o no.

Seria deseable que fuéramos capaces de sobreponernos al dogma de la ideología feminista, que denuncia el dicho de la ideología masculina: “una mujer sin un hombre que la ame es un ser incompleto, de forma que toda mujer acepta tácitamente el papel de objeto de deseo, y en más de una ocasión se contentan con las migas de cariño de tipos que luego les producen sonrojo. ¿Cómo pude enamorarme de ese gilipollas?” Digo sobreponernos no porque lo que el dogma feminista denuncia sea mentira, y el dogma masculino defiende sea verdad, o viceversa, sino porque a parte de ser los dogmas de esas ideologías, son también un misterio para quienes no militamos en ellas. Enamorarse sin previo aviso es y ha sido siempre un misterio, y la pregunta posterior, ¿como me pude enamorar de ese gilipollas?, también. Nadie se enamora o desenamora si lo razona dos veces, eso se llama un apaño de conveniencia. Para poder convivir con estos asuntos irracionales, la astucia de la razón ha hecho cómplice del amor a la palabra amistad. Y me parece bien. Son un misterio, decía, porque enamorarse y desenamorarse forman parte de un mito eterno, el mito del Amor, que existe antes que el logos le ponga los signos y los significados (vacíos o llenos) y antes que las ideologías feminista y masculina lo puedan utilizar en beneficio propio. Mito y Razón, Religión y Ciencia constituyen, en todo tiempo y lugar, partes inseparables de nuestra naturaleza humana. Grandes temas para conversar juntos. Así os lo propongo.


Sigamos con la peli. Caye, la prostituta española freelance de la película “Princesas” le dice, con su rostro más sincero, a su colega emigrante dominicana  Zulema: “a mí lo que más me gustaría es que me vayan a buscar a la salida del trabajo.” Pero también le dice, con su rostro más ambiguo, las palabras que ha oído a su madre: “existimos porque alguien piensa en nosotras, no al revés, como dijo no sé quién.” Una de las mejores enmiendas que he oído al “Pienso, luego existo” de René Descartes. 


Entonces me pregunto, ¿por qué es más prostitución entregar el cuerpo, pongamos, a las manos y las babas de uno que pasa por ahí, que entregar tu alma al diablo que llevas dentro? Porque en el cuerpo a cuerpo las manos y las babas se ven y se miden y tienen un precio, del que se hace cargo el logos económico político del momento, hay relaciones de poder. Así es la vida. Mientras que el alma entregándose al diablo no se ve, ni al alma ni al diablo, ni tiene precio, es pura espiritualidad. Así es el arte.


Sabemos de que está harta Zulema. Pero, ¿de que está harta Caye? ¿De qué no se le aparezca el príncipe azul a la salida del trabajo? Da la impresión que Caye no sabe qué es propiamente aquello que en ella se traduce lo que hace, en lo que cree. En todo caso, da la impresión que es algo distinto de lo que ella cree. Se encuentra, por así decirlo, en el punto ciego de sí  misma, y el espectador a su lado. Punto ciego que es muy habitual en la mirada de nuestra vida cotidiana. Parece que está ante lo más grande de si misma o ante lo más pequeño. ¿Un dilema que la tortura tanto como para justificar su conducta? Ser consciente de que se gana la vida como puta, como le confiesa de sopetón al que quiere que sea su novio, no es lo mismo que tener conciencia de ser puta. Eso pasa en todos los trabajos. Volvamos al principio. ¿La confusión entre ser puta y estar trabajando de puta es la razón del acercamiento de Caye a Zulema? Valdría preguntarse que Caye está en ese momento de su vida en que todas las sospechas se le echan encima respecto a la manida frase: conócete a ti misma. Y Zulema, por tanto, ¿es una compensación a tal carencia, de la que, repito, es consciente pero no tiene conciencia de su alcance en su vida actual? De ahí el final feliz solidario de la película: Caye le paga a Zulema el billete de vuelta a su país. Sin que todavía el príncipe azul haya ido a esperarla a la salida del trabajo. 


¿Ha sabido captar Leon de Aranoa, al filmar “Princesas”, la esencia de esas preguntas? Yo diría que no. Entonces, ¿que es lo me las sugieren? La belleza choni o barriobajera de la cara y el cuerpo de la actriz Candela Peña. Leon de Aranoa, a mi entender, no saca partido de ese diamante en bruto, no sabe mostrar lo que se dirime en el fondo del alma del personaje Caye: la pugna entre lo que le falta y le duele contra lo que posee y la soporta. A cambio saca a pasear la cámara por el ambiente del puterío callejero, dándole ese tono populista a su película, que es lo que verdaderamente le motiva.

jueves, 13 de octubre de 2022

ESTHER GIMÉNEZ

 ALBADA (fragmento)



CHARLES BAUDELAIRE


 

HABLAR, QUE PEREZA

 No se si esta expresión, hablar que pereza, que Casimiro Robles repite con frecuencia como un loro tiene que ver o es sinónima, yo creo que sí, de esta otra: pensar, que pereza. Cuando le respondo que forma parte de esa rancia tradición española, todavía hoy dominante incluso entre los sectores más progres, que no es otra que el anti-intelectualismo dominante o el que inventen ellos, etc., se refugia con gesto amenazante en la imagen de que es un tío campechano, al que le gustan las cosa claras y el dinero contante y sonante (esto es lo único que es cierto en su caso), para pasar a continuación a denostar a los intelectuales profesionales académicos, profesores, escritores etc. etc. de este país y del extranjero. Lo importante no es que no hables o que no pienses, sino en que te conviertes al actuar así. Cuando también le digo que milita con pasión en el anti-intelectualismo más rancio, lo hago mirándole a la cara y pienso en su propia incompetencia intelectual, no en la de aquellos, pues ha decidido no hablar, que pereza. Este el orden del asunto. Lo cual no tiene que ver con el uso estratégico del silencio. Lo que Casimiro Robles ha decidido de verdad al no hablar y no pensar, es convertirse intelectualmente en un incompetente. Con ademanes fantoches hace caso omiso de una relación insalvable de nuestra condición humana, a saber, que eso que sea nuestra inteligencia humana más básica esta íntima relacionada con nuestro uso cotidiano del lenguaje. En este sentido le digo que se ha convertido en un animal humano, que es menos que un animal como un gato o como un perro, animales intelectualmente incompetentes pues no tienen inteligencia humana, pero tienen el suficiente instinto como para anhelar y consumir solo lo necesario. Es decir, son más listos que Casimiro Robles. Un incompetente intelectual que no ha impedido o te ha alentado a convertirte en un caprichoso saltimbanqui, otro vínculo insalvable de tu singular naturaleza, que quiere anhelar siempre lo que no tiene. Algo a lo que no te resignas mientras tengas la cartera llena.


martes, 11 de octubre de 2022

CLARA SALAS


 

JORGE RIECHMANN

 


ROJOS

 La palabra Revolución está por todas partes porque la ha hecho suya la publicidad, en la misma proporción, diría yo, que ha ido creciendo la población de espectadores y lectores cansados ante esa marabunta propagandística. Y es que me huele que la omnipresencia de la una en el mercado está relacionada con el tedio inconsolable de los otros como consumidores. Habrá que investigar sobre el asunto. El Yo moderno y la palabra Revolución es un matrimonio de conveniencia que siempre acaba mal. No hay duda de que existe un amor efímero a primera vista, pero todos los intereses a cobrarse durante el resto de la vida a cuenta del enamorado original. ¿Por qué ha ocurrido y ocurre eso? ¿Tiene que ocurrir necesariamente así?

Pasa lo mismo con Santa Teresa de Ávila. Resulta que ahora la propaganda de la ideología “Yo también “ nos permite decir, a progres y reaccionarios, que era una mujer única e irrepetible: “los enamorados de Teresa son inagotables.” Cielo santo, no seré yo quien me niegue a quererla. Aquí le dejo mi amor.


Convengamos que el ser humano es una anomalía en la historia de la evolución, y que desde la muerte de Dios solo la ciencia se encarga de los casos normales dentro de esa anomalía, pero casi nadie se encarga de los casos raros. John Redd, el protagonista de la peli Rojos, que dirige Warren Beatty, es unos de esos casos raros. En la época de Santa Teresa de esos casos se ocupaba El Vaticano, por eso la hicieron doctora y santa. En la modernidad, con Dios ausente, se inventaron la palabra revolucionario para hacerse cargo de los casos raros. John Redd es el más auténtico de los revolucionarios raros del siglo XX, pues es el único norteamericano que está enterrado en el Kremlin. Fíjate. Y además cumplía con la imagen cabal de los dictados teóricos de Karl Marx, a saber, pertenecía a la sociedad urbana neoyorquina que pilotaba la República industrial norteamericana en plena emergencia. Es incomprensible que la intelectualidad europea tenga al “campesino” Che Guevara como icono verdadero de la revolución, a no ser que sea por la razón inconfesable de los propios intelectuales, a saber, que su imagen más conocida parece la viva reencarnación de Jesucristo, con lo cual enlazamos con Santa Teresa, pero es es otra historia.


Volvamos con John Reed. La película representa ese momento del amor efímero con el que la Gran Dama llamada Revolución embruja el alma de los humanos, como las sirenas griegas hicieron Ulises. Es ese lado mítico perdurable de la vida de Reed lo que la hace pertinente al espectador de hoy. Todo tiene que ver, como dijo Harold Bloom, con que los humanos no tenemos un lenguaje apropiado para relacionarnos con lo divino, que es nuestro deseo mas intimo, el de los nihilistas incluidos, al que no renunciaremos jamás. Ese es el ideal de perfección que nos unifica como partes de una humanidad común. El problema surge cuando, en la búsqueda de nuestra identidad individual, una de los caminos es convertir ese ideal común de perfección en la ideología totalitaria de unos pocos, en el ladrillo arrojadizo contra quienes hayan elegido otro camino en la búsqueda de su individualidad. El problema surge cuando la ideología mata al ideal. Así es nuestra biografía.


La fuerza que organiza la peli de “Rojos” no es otra cosa que la falta total de paciencia de John Redd (otra manera de lanzar ladrillos) en su diálogo con el ideal divino de perfección común. Santa Teresa tiene más paciencia y Job la tiene toda, por eso a estos se les llama santos y aquel revolucionario. Podemos deducir, por tanto, que un revolucionario moderno es un impaciente convulso, que no entiende lo que significa la locución de origen romántico: limitarse es extenderse. La historia que se nos muestra en “Rojos” es la de la impaciencia absoluta de un corazón en complicidad con una razón, que abdica de su misión ordenadora y otorgadora de sentido, y se pone a servicio de aquel. ¿No había esperanza suficiente en la joven democracia de los Estados Unidos de America de la segunda década del siglo XX, como para que John Redd se vea obligado a romper todos los equilibrios existentes y marchase a la Rusia zarista en busca del Equilibrio Definitivo en la Historia, a saber, la sociedad sin clases? No señor, John Reed entiende que no, y se va. Karl Marx lo habría suspendido como revolucionario. Redd cree que la revolución se puede dar en la tierra y no en el cielo. Por eso ama a Rusia como tierra prometida, sin haberla pisado nunca, como tierra no pisoteada todavía por la corrupción capitalista. Reed, sin darse cuenta se ha hecho anti marxista. Como Lenin y sus cuates. Se siente un hombre elegido, como Moises, y en su mente todo cuadra y está encuadrado. Rusia no es burguesa, ni industrial, ni urbana. En la Rusia zarista está todo por hacer, hay que ir allí. Es coherente, aunque sea solo un sueño. No hay nada más coherente que los sueños, incluso los sueños delirantes. Así lo representa la película. Y me parece acertado. Nosotros, los espectadores cansados y por cansar, ya lo sabemos, o creemos que lo sabemos, pero entonces Joh Reed no sabía todavía que esa decisión: dejar de trabajar y de pensar en la dirección y con el sentido necesarios para mantener el equilibrio de las cosas y las personas, significa iniciar la tenebrosa andadura cómplice con el mal absoluto. 


El diálogo del revolucionario Redd con la imagen de perfección divina le aleja del ámbito de la política, de lo posible, que es donde están jugando quienes le rodean en Nueva York. Sus compañeros del partido socialista norteamericano y su novia con sus reivindicaciones feministas. Dicho con otras palabras, Redd es un místico urbano, que de entrada no se tira al monte para hacer la revolución, ni está entre pucheros como Santa Teresa, sino entre despachos y reuniones. Redd se ha quedado sin cielo, pero ya no cree en la gran ciudad y sus vaivenes acelerados como lugar donde la revolución se pueda dar. O dicho con otras palabras, Redd no entiende que la tierra prometida sea una metáfora, sino un espacio geográfico con sus coordenadas, un lugar con su localización, diríamos ahora con el móbil en la mano. La oscuridad de la ideología comunista, que ocupa todo su corazón y todo su cerebro, ha desplazado la ilusionante luz original del ideal comunitario, y lo está dejando ciego. El espectador lo comprueba cuando Redd llega a Rusia, y se da cuenta que su libre albedrío, su capacidad de pensar por el mismo, está ahora tutelado por el Partido, como así se lo recuerdan sus camaradas en la escena que muestra la tensa y última reunión con ellos. Reed reacciona como lo que es, un pequeño burgués urbano metido a revolucionario, que diría la ortodoxia leninista. ¡Cómo se puede hacer la revolución sin la libertad de pensamiento individual!, insiste Reed ante sus camaradas. De eso se encarga el Partido, le responden estos sin despeinarse. Y así aparece ante Reed el moho de la burocracia bolchevique, y se inicia, como en una relación de causa y efecto, el calvario hasta la muerte final del héroe por enfermedad de tifus. Aunque todavía, antes de morir, puede abrazar a su novia Louise Bryant (una especie de Penélope impaciente, es decir, moderna), que en un alarde de amor revolucionario, lo digo sin ironía, ha conseguido superar todas los muros bolcheviques y meteorológicos, y presentarse en Rusia para salvar a su amado.

jueves, 6 de octubre de 2022

SELFIES Y ESTATUAS

Nos hemos acostumbrado a las caras sonrientes de los selfies, que manejan datos ilimitados en sus pantallas porque así los ha consagrado el paradigma digital en el que vivimos. De igual modo que nos hemos acostumbra a las estatuas de mirada vacía e inerte de la época griega por la inercia de nuestras visitas a los museos y las estampas turísticas. Pero tanto los selfies como las estatuas, son fruto de un malentendido. 

Platón escribió que los ojos de una estatua merecía los colores más bellos, ya que eran la parte más hermosa del cuerpo. Las estatuas supervivientes que Miguel Ángel contemplaba no fueron realmente así. Pero los digitales no esperamos que pase el tiempo, como griegos y renacentistas, y sean otros quienes tengan el malentendido. Frente a la expresión de la existencia compleja, diversa y contradictoria que nos ha tocado vivir preferimos crear y creernos el malentendido produciendo a mansalva la falsa coloración y la pureza irreal de los selfies, y, de paso, abrazando el paradigma de los datos ilimitados como nuestro ideal inmejorable.


Últimamente menciono con frecuencia la palabra paradigma, porque pienso que somos la primera generación de nuestra civilización occidental, qué con un fondo ilimitado de datos en sus dispositivos, no quiere ser consciente de que nuestras vidas discurren dentro de las coordenadas del paradigma digital dominante y que además no puede ser de otra manera, es decir, no podemos sobre vivir como especie fuera de las coordenadas de un paradigma, que siempre son contingentes, lo cual no quiere decir que como seres individuales no podamos ejercer nuestro libertad de pensar allá donde lo imaginemos, que siempre es perdurable y eterno. 


Sin embargo, Así lo practicaban sin saber leer ni escribir quienes vivían bajo el paradigma helénico, hebreo, romano  o cristiano, paradigmas de aquellas épocas y matrices todos ellos de nuestro paradigma laico digital actual. No sabían que era un paradigma pero vivían de acorde con el que les habia tocado en suerte. Resistiendo, no enfrentándose a las adversidades.

miércoles, 5 de octubre de 2022

ROSA CHACEL

 REINA ARTEMISA (fragmento)



GIOVANNI QUESSEPS

 CANCIÓN DEL QUE PARTE (fragmento)



LUIS ANTONIO DE VILLENA


 

ALEJANDRO V. BELLIDO


 

BEAUTIFUL GIRLS

 Después de haber conversado con mis colegas de tertulia sobre esta película, vale decir que se vive hacia delante y se entiende hacia atrás. O que limitarse es extenderse. Todas estas acciones: vivir, entender, limitarse, extenderse, tienen cabida entre las idas y venidas, los dimes y los diretes de los protagonistas principales de Beautiful girls, que, aparentemente, no son las guapas chicas que anuncia el título, sino los chicos torpes y brutos que las acompañan. La vida abierta al mundo. Y los celos de la ideología replegada sobre sí misma, reclamando que hay de lo suyo desde la mochila que cada espectador lleva a sus espaldas.

A lo que iba, el personaje principal de la peli, Willie Conway, un muchacho joven de 29 años, regresa a su casa natal en una pequeña ciudad con el objetivo de ir a una reunión de ex alumnos de su antiguo colegio de secundaria. Y empieza el lío. Los ex alumnos ya son otra cosa, es decir, están en otro tiempo aunque quieran celebrar que siguen jugando vestidos con pantalones cortos en el instituto, y la presencia de Willie lo que irá haciendo es recordárselo. Como dijo L, por sí mismos son incapaces de cambiar la flecha de su destino. Troncos, pronto haréis 30 años, y hace 15 que dejasteis las aulas de secundaria. ¡Que queréis celebrar! Willie no lo dice así, claro está, el mismo no lo sabe todavía, nadie celebra lo que no comprende. Pero es lo que todos acaban aprendiendo ante el espectador y ante sus chicas, que hace tiempo viven y sienten el mundo fuera del patio de recreo del instituto. Es esa actitud de espera lo que justifica el título de la peli. La peli es, por tanto, una lección de la espera necesaria que hay que tener ante el aprendizaje ajeno y, como no, ante el propio. Willie vive en Nueva York, tiene su sensibilidad creativa activa, digámoslo así, pues toca el piano, lo que le pone delante de una perspectiva diferente ante ese aprendizaje que también tendrá que hacer, junto a sus colegas de instituto que son los que quitan la nieve en el pueblo. A R le frustró (sic) ver a Willie como un artista, que pierde el tiempo volviendo a su pueblo y regresando a Nueva York de la mano de su novia burguesa, acreditada abogada en la ciudad de los rascacielos.


Ese aprendizaje busca una forma, como toda formulación  abstracta. Esa forma puede ser un manual de autoayuda o un novela de iniciación. O, faltaría más, un conjunto de protocolos sociales e ideológicos (los celos de la mochila). Ted Damme, el director de la peli, elige la narrativa del cine para mostrarnos, con claridad y sin aspavientos, ese tránsito oscuro, violento, doloroso y contradictorio que supone caminar desde el mundo juvenil de los puros instintos al mundo adulto de los significados ambiguos. Resalto tres momentos de este tránsito,  y la presencia de un hada madrina en medio del lío, que se lo facilita y mucho al protagonista principal. 


El primer momento es el que representa el dicho que el aprendizaje con sangre entra; me refiero a la paliza que le dan a Tommy 'Birdman' Rowland, que al entender acertado de M es provocada por el propio Birdman, ya que él mismo es incapaz de dejar de meter su pito donde no debe, como le recuerda el marido de la propietaria de ese lugar donde no debe, antes de darle la paliza con la ayuda de sus amigotes. El segundo momento es el que representa la conversación que Willie mantiene con Andera, una belleza sorpresa venida de Chicago, prima del propietario del bar de cabecera de los colegas de Willie, mediante la que Willie comprende que una mujer es algo más que un agujero donde meter su pito. El tercer momento es cuando Paul Kirkwood, al que ha dejado su novia vegetariana por un carnicero, hace valer su sentido del humor ante Willie, y se despide diciéndole que vuelva cuando quiera, “ya sabes que aquí nada cambia, solo el paso de las estaciones.” El hada madrina lo representa Marty, una adorable adolescente de trece años, que hace ver a Willie que una cosa es la mujer de sus sueños en el futuro de los 18 años de Marty, y otra muy distinta la mujer abogada de su vida hoy, con la que vuelve de regreso a Nueva York.