viernes, 31 de mayo de 2019

PRE-SENTIMIENTOS

UNO. La inquietud de la existencia al preocupase por cuidar su propia existencia, desvinculada de cualquier causalidad histórica, es el motivo fundacional de la comprensión filosofía y literaria (Agustin de Hipona y Heidegger). Ese cuidado originario significa la conciencia del ser en la existencia, en el continuo tiempo-espacio. La mayor preocupación del ser es el estar ahí. La existencia se revela como cuidado del propio ser, a través de la procuración, de la cura, el ansiar la vida y la subsistencia en el presente y el futuro.
DOS. La vida se presenta al hombre como un enigma que pide ser comprendido en el hecho mismo de cuidarla. 
TRES. La vida se presenta al hombre como un reto para pasar ese rato que, al fin y al cabo, es lo que es la vida entre dos nadas impenetrables y, por tanto, incognoscibles.
CUATRO. En fin, ¿vale la pena vivir sin tener una relación con algo infinito, sin interesarse por una posibilidad eterna y divina? (Carl Jung creía honestamente que no)

Sea como fuere, el narrador de “La ciudad en invierno”, novela de Elvira Navarro, aspira a contar esa dimensión de exterioridad, a saber, cuidar el enigma de la existencia de Clara, que justamente comienza en el momento que el narrador decide ponerse a contar. Aspira a contar cuidando (no protegiendo, pre-sintiendo) esa primera vez fuera del tiempo del tic tac, o mejor dicho, antes de que la vida de Clara entre en el tiempo propio y apropiado de las historias, donde los cuidadores serán ya otros. Talmente, sus padres y profesores y, como no, nosotros como los lectores atentos de sus peripecias. A quienes, no hay que olvidar, nos resulta literalmente imposible no experimentar ese periplo inicial de Clara como un conjunto de historias en su trato inaugural con el mundo. Así nos han educado y así lo hemos interiorizado. Es decir, hemos aprendido a escuchar y contar historias, no ha cuidar de ellas. Correlato cabal de ese otro relato que impele a preocupados por aprender a hacer cosas y no tanto a expresar lo que sentimos con esas cosas que hacemos y con lo que las cosas hacen con nosotros. Dicho de otra manera, solo aprendemos la acepción transitiva del verbo procurar (intentar conseguir algo o alguna cosa para un fin), ni se nos pasa por la cabeza la acepción intransitiva mas radical (ocuparse del lado invisible e indeterminado de la vida del otro, que es, a la larga, la mejor forma de ocuparse de la vida de uno mismo). Pues una cosa es el cuidado de la vida de Clara, y otra el cuidado de los “primeros pasos” de esa vida, no en la sociedad donde nace, sino en el mundo que hereda. 

jueves, 30 de mayo de 2019

ELECCIÓN

Su vida continuaba igual que siempre, sin embargo el no poder obligar a todos los demás a imitarla le suponía un rotundo y continuó fracaso. Fueron las palabras que alcanzó a oír MG a uno de los parroquianos, que se acodaba en la barra de la taberna del castillo a esas primeras horas de la mañana. Poco después entró en la cantina el cronista local con una pegatina pegada en la solapa de su gabardina verde. En ella se leía algo sobre la dignidad de las otras razas y los otros sexos. Cuando el cantinero le preguntó cómo estaban las cosas en la ciudad vieja, el cronista oficial contestó que todo estaba en orden, era por eso que se había animado a dar un paseo alrededor del castillo, la armonía ciudadana y el día resplandeciente le invitaban al movimiento, dijo a continuación. Al cantinero le pareció una respuesta de aliño  y quiso saber, así se lo preguntó al cronista local, si había visto a alguien del castillo paseando por las calles de la ciudad en un día como el anterior, en el que todo el mundo iba y venía con la intención de renovar el consistorio. El cronista oficial se giró sobre sí mismo y se encaró hacia los que estaban sentados en las mesas, que únicamente eran MG y media docena de parroquianos entre los asiduos y los que estaban de paso. El cronista local enfatizó el tono de voz, al mismo tiempo que se ajustó la gabardina a la altura de la pegatina que tenia pegada a la solapa, como para subrayar que lo que dijo y lo que decía la leyenda de la pegatina no eran del todo palabras extrañas entre sí. Lo que dijo fue que los Amigos del Castillo no hacía falta que bajaran a la ciudad pues el interior del castillo era un ámbito elector en si mismo. Desde su fundación, los antiguos dueños fueron electores del emperador de Europa, atributo, que no privilegio, que han conservado los herederos de la fortaleza debido a los servicios de lealtad prestados desde entonces. El cantinero no pareció molestarse porque el cronista local le hubiera dado la espalda, en parte porque estaba de acuerdo con lo que dijo y en parte porque pudo ver reflejados en un gran espejo, colocado enfrente de la barra de la cantina, la gesticulación de su cara y los movimientos de sus manos mientras lo hizo. Sin embargo, a MG no dejo de sorprenderse al hilo de las palabras del cronista local, aún más si cabía, pues con la pegatina pegada en la solapa de su gabardina verde el cronista local parecía empeñado en tratar de relacionarla con algo que MG no alcanzaba a discernir si estaba en la ciudad o, más bien, en el interior del castillo. También, pensó MG, que la reivindicación de los derechos civiles de la minoría negra y los otros sexos fuera semejante en su común estatuto de aislamiento al que demandaban los Amigos del Castillo para la fortaleza que custodiaban. Ese consenso de aislamiento respecto al resto de la ciudad, como la minoría negra respecto a la mayoría blanca, como los otros sexos frente al sexo dominante, marcaba también los límites de la disidencia actual en la ciudad, que hacía todo lo posible por hacerse oír con el único fin de obtener el estatuto de reconocimiento y virtud necesarios para poder llevar acabo los propósitos de influencia y regeneración que tenían los planes de sus programas. En la ciudad había unos derechos y, al parecer, en el interior del castillo había otros, pues nadie podía entrar ni pertenecer al castillo sin cumplir con ellos, mientras que a la ciudad pertenecía todo el que pagara sus impuestos y cumpliera las normas formales escritas. No obstante, también formaba parte de la realidad que el castillo pertenecía al término municipal de la ciudad, sin que se pudiera decir que a todas horas pertenecía a la ciudad. Quienes eran los subsidiarios y quienes los predominantes era algo que él como cronista local de la ciudad, dijo mirando cara a cara al cantinero como buscando su complicidad, no se atrevía a discernir todavía. Lo que sí tenía claro, dijo para acabar, era que sería arriesgado romper ese tácito consenso entre dos formas electorales que representaban a su vez dos maneras diferentes de entender la lealtad y la tradición de la que venimos. El cronista oficial de la ciudad pagó el café que se había tomado y salió de la cantina, enfilando sus pasos a la cuesta que lo llevaría a la entrada del castillo. MG esperó unos minutos hasta que el cronista tomara una ventaja, que no le impidiera perderlo de vista. Poco antes de llegar se fijó, al igual que había hecho el cronista local, que los Amigos del Castillo había renovado las banderas oficiales que ondeaban sin parar a capricho de un viento no siempre agresivo pero si insistente.

miércoles, 29 de mayo de 2019

ADANISMO XXI

Creerás, fíjate bien, que con lo que llamas tu derrota en las urnas tu futuro también ha sido derrotado. Sin embargo, esta asociación estaba construida con anterioridad en tu cabeza. Todavía me acuerdo cuando te oí decir en voz alta, a punto de cumplir los cincuenta, la alegría que sentías al volver a tener veinte años. De repente, el giro de los acontecimientos te hizo creer que podías torcerle el brazo al tiempo y a tu tiempo. Ese fue el verdadero inicio del sentimiento de tu derrota y de la decepción que te embarga. Hay una cita de Primo Levi que siempre se entromete sin que te des cuenta, creo yo que de forma impertinente, en tus días y los hechos que los acompañan, entre otros, los de la política de los políticos y su aburrimiento adjunto: “los mejores eran siempre los primeros en caer, sobrevivir implica acallar la dignidad y apagar la luz de la conciencia.” Lo debió pensar, así quiero imaginármelo, mirando hacia atrás cuando abandonó el campo de concentración nazi donde estuvo recluido, no lleno de ira sino de un sentimiento de culpa que, al no poder quitárselo de encima, lo llevó al suicido muchos años después. Pienso que esa culpa abrumadora, no tanto el sufrimiento propio y ajeno, lo forzó a decepcionarse antes de tiempo. Tan enorme sentimiento necesitaba una expiación, un relato, vivir la experiencia de una historia, y le puso un titulo, el que correspondía al silencio de la dignidad y el apagón de la conciencia ajena: “si esto es un hombre”. Todo ello le proporcionaron lucidez, pero, al fin y al cabo, no el consuelo urgente que igualmente necesitaba. El sentimiento de culpa era tan grande que acabó siendo único y no dejó hueco a otros sentimientos ni oportunidad para que pudiera expresarse, es decir, al arrinconarlos los transformó así en pre-sentimientos, que fueron a mi entender los que de verdad llevaron a que Levi se quitara la vida más de cuarenta años después de abandonar el campo de concentración nazi. En tu caso, digámoslo rápido, no tienes derecho a la decepción, al menos tal y como la expresó Levi, si no ejerces el deber de explicar en qué consisten tus ilusiones en una sociedad o comunidad que, antes de ponerle un calificativo, si podemos estar de acuerdo en que no es la sociedad o comunidad concentraccionaria de la que fue liberado Levi. Sé que la expresión democrática no te gusta porque no recoge los parámetros de perfección y exactitud en los que crees y te gustaría vivir. Pero hemos de convenir, empero, que quienes sobrevivimos en una sociedad imperfecta como la del presente no sea exactamente porque acallamos nuestra dignidad y apagamos nuestra conciencia, como sé que piensas y estás tentado, si no lo has hecho ya, a predicar a los cuatros vientos. Dicho con otras palabras, estás convencido que la derrota en las urnas es debida a ese silencio y a ese apagón de la mayoría que, a tu entender, son como zombis o muertos vivientes o, en fin, supervivientes. Indeseables supervivientes. Hay algo que te emparenta con Levi y que es eso que llamo, la confianza adanista, que anticipa antes de tiempo la decepción respecto a todo lo que viene después de la primera vez, de cualquier primera vez. En fin, después de los primeros veinte años, que es cuando acontecen las primeras veces más significativas en la vida de los seres humanos. Levi sintió culpa por seguir vivo después del horror de una experiencia, que trascendió lo personal y que también fue la primera vez en la historia de la humanidad. Tu no muestras igual sentimiento de culpa, más bien lo que dejas ver es indignación y resentimiento, ante una derrota adanista que es solo tuya, pues no va más allá del círculo de tus pares. La derrota de Adán, cuando Dios lo expulsa del paraíso terrenal, es la victoria de la vida tal y como la conocemos, también de la barbarie que siempre la acompaña, pues se genera en la no aceptación de aquella primera derrota, es decir, en la decepción anticipada de una vida humana que tiene todo por vivir justo donde le corresponde, fuera del paraíso. Lo que separa la culpa de Levi de tu indignación es la magnitud de la catástrofe en términos de vidas humanas, no el fracaso de la confianza adanista que os une ocultamente a los dos, y que se mantiene impertérrito. Levi no supo o no quiso asimilar tanta barbarie producida en los campos de concentración nazi, tu, según dices, te resulta imposible convivir con tanta estulticia salida de las urnas. Hay, en ambas actitudes y aptitudes, una confianza adánica en volver a donde nos expulsaron que, aparte de fundar un idea de justicia, justiciera antes que justa, no contempla la barbarie y la estulticia en su programa de retorno al paraíso. Déjame, para acabar, que te confiese un presentimiento que me aparece fuera de todo relato aceptable, fuera de toda conciencia explícita, como si caminara por un terreno no conquistado por ninguna codicia o maldad humana, y que surge de esta visión adánica que, a mi entender, compartes con Levi, es este, que una urna y un horno crematorio se están mirando cara a cara y compruebo que tienen algo que decirse.  

martes, 28 de mayo de 2019

MIGUEL MIHURA

“La obra de Mihura va de menos a mucho más. Y conforme crece el jolgorio en escena, y se acrecienta el carrusel de situaciones y personajes vodevilescos, y en la medida en que crece el extraordinario ingenio verbal y –ojo- poético de Mihura, más se va cerrando el foco en Dionisio y Paula, en la amargura y en el drama que puede suponer tener que renunciar a una existencia ideal e idílicamente pimpante y dichosa.
Absurdo, todo el que se quiera, pero, al mismo tiempo, se filtra desde fuera del escenario la sombra inclemente de un realismo atroz, el que supone el diagnóstico pesimista e implacable de la vida burguesa y reglada, comprometida y aburrida, cuajada de rituales y obligaciones que a todos nos acecha y nos engulle. En ella reside, nos viene a decir Mihura, el verdadero absurdo.”

lunes, 27 de mayo de 2019

COSAS XXI

Dejo esta cita de Michel Onfray, sacada de su libro “La razón del gourmet”. Dice así: “El misterio de un menú, al menos en parte, reside en su poética, lo que el título vela, desvela, oculta, muestra, deja adivinar o suponer acerca de las operaciones que permitieron el pasaje del producto natural a su presentación cultural.”  Si nos fijamos con atención ahí podemos detectar cosas que se comen, cosas que se usan y cosas que se miran. Hasta aquí a todos los comensales nos sería fácil situarnos, alrededor de la mesa que compartimos, dentro del eje visible y determinado, según el nuevo mapa que ya he mencionado en anteriores entradas. Luego están las formas en que el tiempo se pega a esas cosas y a las almas de quien las comen, las usan y las miran. Y si esas miradas son muy “pesadas”, o no, y si sabemos por qué nos “pesan”, o no, y la “forma” que adquiere ese “peso”, o no. Es por ello que si ajustamos más la lente de nuestra atención nos tendremos que enfrentar con la frase que inicia la cita: el misterio de un menú..., pues nos coloca directamente en el eje invisible e indeterminado de aquel mapa. ¿Cual es el misterio de un menú? Fijémonos, a continuación, que el narrador de la cita no ha dicho suspense, ha dicho misterio. ¿Cual es la diferencia entre suspense y misterio? Para decirlo rápido, suspense es lo que acompaña a cada movimiento de los productos de la receta hasta que se consigue el plato deseado. Sigue, para entendernos, la plantilla del desarrollo de una novela policiaca a la búsqueda del asesino. El cocinero se comporta, así, como un detective, alguien que es, al fin y al cabo, uno de los nuestros. Si me atengo a la tradición vaticana, misterio es,  “te damos las gracias Dios Nuestro Señor por los alimentos que a continuación vamos a ingerir....” Locución que presidió el arranque de cualquier comida o cena familiar hasta hace menos de cien años. Lo que aparece, al final del misterio, no es uno mismo, sino alguien o algo que es sin remedio más grande que uno mismo. Alguien o algo que excede a los comensales y frente a lo cual nada de lo visible o determinado les sirve al tratar de abordarlo. Entonces, en el presente secularizado, ¿dónde colocamos el misterio de un menú dentro de una comida o cena familiar? ¿Ha desaparecido de nuestras vidas, como la idea tradicional de comida o cena familiar, o más bien no sabemos dónde colocar tanto la idea de familia como la de misterio? Si han desaparecido, ¿que hemos perdido y que hemos ganado a cambio? Si no sabemos dónde colocarlos, ¿tenemos algo que aprender, pues necesitamos que las cosas que se comen y las cosas que se usan conserven su estatuto diferenciado de las cosas que se miran, que les damos una proyección en el infinito que siempre nos supera? O más bien, ¿nos resulta indiferente y lo que tenemos delante solo son cosas, que únicamente consumimos, y que no tienen más misterio que el suspense (léase el nerviosismo) de cuando consumiremos la siguiente. En fin, ¿vivimos delante y entre cosas que funcionan como capítulos de una serie inacabable de consumo, entendida como aglutinadora (léase régimen digital) del comer, usar y mirar esas cosas donde sea, cómo sea y junto a quien sea? Visto así, ¿en qué nos hemos convertido? ¿Se puede vivir como seres humanos solo con ese suspense, que es algo parecido a un ataque de nervios ininterrumpido? En una época como la nuestra de máxima adoración tecnológica, es pertinente la pregunta, ¿podemos vivir sin estar vinculados a una idea de infinito inalcanzable por esa misma adoración tecnología?

sábado, 25 de mayo de 2019

MARY McCARTHY

“Reduciendo el argumento a un esquema muy básico, en El oasis se  cuenta la historia del intento llevado a cabo en los años cuarenta del siglo pasado por una serie de personas deseosas de crear en las montañas de Nueva Inglaterra un núcleo social capaz de hacer verosímil la posibilidad de vivir (o sea, llevar una existencia plenamente humana y que llegase más allá de la pura supervivencia vegetativa) en un mundo que ya empezaba a sumergirse en los horrores de La Bomba. Es decir, es el planteamiento, desarrollo y muerte de una utopía con un trasfondo algo milenarista porque la Guerra Fría estaba ya alcanzando su apogeo y la chulesca exhibición del músculo nuclear  por parte de las grandes potencias era una representación muy próxima y verosímil del fin del  mundo.”

viernes, 24 de mayo de 2019

ASCESIS XXI

El tiempo, dice María Zambrano en su último libro publicado Notas de un método, se nos aparece como la relatividad mediadora entre dos absolutos: el absoluto que se le da a todo ser humano y el absoluto que todo ser humano lleva en su propia condición. El primer absoluto sería la idea de paraíso y el segundo nuestra convicción de que el ser humano tiene pleno derecho a habitarlo. Los otros se lo deben. Es por ello que ese tiempo relativizador no sería otra cosa que la historia universal de la infamia que los unos han cometido y cometen sobre los otros. Es también, en justo correlato, la historia universal del odio que los otros sienten por los unos. Infamia y odio, victimario y víctima, es la sustancia de las relaciones de poder de una cultura como la occidental que vive básicamente en guerra permanente consigo misma atrapada en ese insidioso mapa de dualidades,  y viceversa: hombre-mujer, viejo-joven, guapo-feo, gobierno-oposición, derecha-izquierda, blanco-negro, burgués-proletario, cristiano-árabe, etc., que no dejamos de practicar en nombre del gran absoluto, como no, de la Justicia mas justiciera que restañe la infamia universal. Lo cual, dada su constitutiva falsedad, hace imposible que cada cual elabore los verdaderos sentimientos frente a esa violencia hecha de infamia y odio porque en el estatuto impuesto al verdugo y a la víctima se eclipsó cualquier posibilidad de comprensión de la misma con más precisión y significado. De otra manera, no se acabó imponiendo la idea del renunciamiento kantiano del que habla el pensador alemán en la crítica de razón pura, a saber, la cosa en sí (los absolutos) nos está vedada como seres humanos, ya sea para conocerla como para habitarla, por la sencilla razón de que los humanos no podemos habitar los absolutos que forman parte del mundo propio y apropiado de los dioses, la sensación de abismo y la producción de sufrimiento subsiguiente que ahí padecemos y hacemos padecer cada vez que lo intentamos, nos lo impide. Este vértigo aparece muy pronto en la vida de un ser humano, entre los seis o los diez años (lo que antes se llamaba un incipiente uso de razón), y tiene que ver con la conciencia de la muerte. La democracia y la educación para la democracia son dos metáforas o intuiciones que le plantan cara a ese culto fanático  a los absolutos, poniéndose a servicio de la idea de su renunciamiento humano o ascesis. Sin embargo, los más de doscientos años después de la muerte de Kant, han servido para dar cuenta de la infausta decisión de seguir aspirando a los absolutos tiempo relativo humano mediante, lo que ha dado lugar, al fin y al cabo, al capítulo más sangrante y oneroso de la historia universal de la infamia mencionada. Antes que Kant Spinoza abrió el camino cuando pensó a dios fuera de ámbito de la jerarquía religiosa y lo colocó en el ámbito de la filosofía. Después de Kant, los peores lectores de Marx volvieron a convertir la política en una secuela secularizada de aquella jerarquizada religión, es decir, volvieron a pensar con horizontes de inteligibilidad y legitimidad vinculados a términos absolutos (Progreso del pueblo mediante el Yo Visionario en lugar de Dios mediante el Hijo hecho hombre y el Espíritu Santo). El pensamiento, colonizado por una tecnología cada vez a más sofisticada, comenzó a hacerse peligroso para el propio sujeto pensante y los otros miembros de su especie, con final espantoso hace ochenta años por todos sabido. En la actualidad, para acabar de adobarlo, el Progreso del pueblo mediante el Yo Visionario se ha convertido en un acción sin tiempo. Es decir, gracias al régimen digital imperante, el “Yo es Progreso y Pueblo de forma indistinta a una tecla verdadera pegado” ha dejado de mediar relativamente entre los dos absolutos de Zambrano. Cualquier tipo con un dispositivo en la mano aislado dentro de la burbuja informativa que domina, ha hecho así la cabal síntesis hegeliana entre el absoluto que se le da a todo ser humano y el absoluto que todo ser humano lleva en su condición. No me extraña que se indignen cada vez alguien les lleva la contraria. Cualquier día pasarán a la acción definitiva y nos exterminaran.

jueves, 23 de mayo de 2019

FIEBRE

No lo había pensado hasta aquel día en que se lo escuchó a un tertuliano a primera hora de la mañana. Cuando MG se colocó los auriculares del móvil, justo antes de iniciar su subida matinal al castillo para dar la vuelta al camino de ronda del mismo, lo primero que escuchó fue al tertuliano mencionado decir que se había levantado con 38 de fiebre pero que no había que preocuparse, pues la fiebre en los seres humanos constituía siempre un acontecimiento singular como lo era el granizo o la nieve en el comportamiento de la naturaleza. La tertulia, por tanto, continuaba según el guión previsto, a saber, el problema de la atención entre humanos dentro del régimen digital dominante. Quizá impulsado por lo que acababa de escuchar, MG se tocó la frente y creyó notar que la tenía un poco caliente, pero no hizo caso, influenciado igualmente por la respuesta del tertuliano a sus 38 de fiebre, así que continuó andando hasta la cantina del castillo donde pensó se tomaría el primer café de la mañana. Nada más entrar le pareció que la cantina también estaba afectaba por un acontecimiento singular. Se volvió a tocar la frente y comprobó que la tenía más caliente que la vez anterior, hacía tan solo unos minutos. Entonces se preguntó hasta qué punto la singularidad de su fiebre tenía que ver, o no, con la singularidad de los comentarios de los parroquianos en el momento en el que MG entró en la cantina. Creyó oír que lo que estos comentaban versaba sobre el rumor que se había extendido en la ciudad respecto a la entrada, la noche anterior, de media docena de tanques en el castillo, sin que nada ni nadie hubiera ofrecido resistencia. Le dio la impresión de que el cantinero se esforzaba, sin conseguirlo del todo, en tratar de desmentir semejantes habladurías, que formaban parte de la conspiración que desde hacía tiempo se estaban urdiendo contra los Amigos del Castillo. La propia extrañeza que le produjo oír, por boca del cantinero, la palabra conspiración le hizo sospechar de su agudeza auditiva. A medida que escuchaba la conversación, la cabeza se le fue nublando con una serie de figuras y manchas que le impedían fijar la atención en las diferentes conversaciones que los parroquianos y el cantinero iban tejiendo. Lo de la conspiración del cantinero acabó por atravesársele con un clavo en medio del cerebro, obstaculizando la elaboración de asociaciones con lo que decían los otros, que siempre iban al rebufo de la voz cantante del propio cantinero. MG se tocó de nuevo la frente y notó que estaba más caliente que la segunda vez y mucho más que la primera. Todo ese calentamiento se producía al mismo tiempo que otro acontecimiento singular, los escalofríos que se iban apoderando del resto de su organismo, sobre todo en la espalda y de una forma rara en las axilas. Cogió su taza de café y se apartó a un rincón de la cantina para no oír tan de cerca las palabras de los parroquianos, que continuaban su intento, al menos sus gestos así lo atestiguaban más que sus palabras que las oía lejanas y confusas, de sonsacarle al cantinero si lo de los tanques era cierto y cual era el verdadero alcance de aquella invasión. Entre escalofríos y entre sudores MG logró recordar una antigua leyenda del castillo, que hablaba de la reunión que mantuvieron hace años un grupo de caballeros pertenecientes a una cofradía secular para tratar de asuntos relacionados con la seguridad del país. Para tal fin hicieron proteger los alrededores del castillo con una compañía de tanques, que impidió el acceso a los paseantes durante el tiempo que duró la reunión. Al final, cada cual, tanques incluidos, se fue por donde había venido y no se volvió a hablar del asunto. De repente, MG tuvo un ataque de tos y le pareció que había expulsado algo que se fue a depositar a los pies de uno de los parroquianos que se encontraban más rezagados respecto al, por decirlo así, núcleo duro de la conversación, que protagonizaba las respuestas evasivas del cantinero respecto a las insistentes preguntas de los parroquianos. Hacia su interior, sin embargo, lo que le ocurrió, al mismo tiempo que expectoraba ese algo no identificado, fue que se le enrollaron alrededor del clavo, como una boa, algunas de las palabras que le había oído al tertuliano mientras caminaba hacia la cantina. Lo que en el clavo de su cerebro se enrolló para quedarse allí fue, más o menos, que el siglo XX había sido el del enfrentamiento a sangre y fuego de las identidades, y que esa herencia hacía muy difícil el desarrollo de la atención a otra cosa que no fuera la pertenencia de cada cual, adscrita como la uña lo está al dedo, a lo que se conoce como una manera de ser o de sentir los colores. Esta apostilla futbolística que usó el tertuliano para rematar su intervención, MG notó que le apretó el clavo de su cerebro de una forma más ostensible, tratando de competir con ese algo que había expulsado mediante el ataque de tos y que seguía allí tirado en el suelo sin que nadie, de forma milagrosa, lo hubiera pisado todavía.

miércoles, 22 de mayo de 2019

CENICIENTA

Había días en los que de MG se apoderaba el síndrome de Cenicienta, y era entonces cuando se preguntaba si quién demonios habitaba realmente dentro del castillo era una mujer dormida, esperando que él entrase y decidiera besar sin pedirle permiso con la única excusa de despertarla. Era esta una de las historias infantiles que no abandonaba a MG, al igual que aquella pregunta que le hizo a su madre el día que cumplió cinco años, mamá, ¿que es más un día entero o hasta que pase la primavera? Fue así que el último día que se sintió poseído por el síndrome de cenicienta se topó, además, con el monje habitual hablando excepcionalmente  por teléfono, cuando todo le pareció que podía ser distinto. El castillo dejó de aparecer, al darle la vuelta, la fortaleza militar habitual. Quiso encuadrarlo bajo la influencia de esos recuerdos infantiles, para ver si su misterio se le mostraba de manera diferente. Ponerlo al alcance de la belleza de aquella inocencia, no le parecía un método desechable. Pretendía con ello hacer del castillo un espacio intermedio entre entre su aspecto pétreo que lo situaba en el pasado y este presente de MG que le daba la vuelta cada día. Había algo de víctima en ese pasado, que desde la cantina no dejaba de afianzarse de cara a los parroquianos y a los vecinos de la ciudad, que le impedía verse también como victimario. Todo el mundo comentaba en la cantina y en la ciudad que en su interior había ocurrido, a su entender, cosas inconfesables. Debido a ello MG pensaba que este podría ser el motivo principal porque no permitían la entrada a extraños a las instalaciones mas interiores, aunque lo inconfesable también pudiera ser que no había nada que confesar. Las visitas programadas estaban calculadas para que cumplieran a rajatabla este fin: adentrarse en el castillo con un guía hasta las puertas de la residencia de sus guardianes: los Amigos del Castillo. Lo que se pretendía con esta forma de organizar las visitas era reproducir (esto era lo que el guía contaba a los visitantes) la estrategia defensiva que inauguró este tipo de fortificaciones, en un momento histórico, siglo XVII, en el que la concepción de la guerra estaba cambiando radicalmente y para siempre. Cuando escuchó en la cantina del castillo, en concreto por boca del cantinero, estos cambios en la relación del interior del castillo con su exterioridad, MG comprendió que algo se estaba moviendo entre los Amigos del Castillo. Entre el día que abrieron el camino de ronda para que los paseantes pudieran dar la vuelta al perímetro de sus murallas y el día que se organizó la primera vista guiada al interior del castillo, con las condiciones descritas por el cantinero, habían pasado cinco años. MG pensó que las vueltas alrededor del castillo que cada día atraía a un mayor número de paseantes, tanto de la ciudad de abajo como de otras ciudades lejanas, habían producido el efecto bíblico de Jericó, no previsto ni deseado en absoluto por los Amigos de Castillo. Las murallas podían llegar a derrumbarse si no hacían algo para impedirlo. De resultas de semejante amenaza surgió, al entender de más de algún parroquiano de la cantina tal y como lo escuchó MG, la organización de las visitas guiadas y controladas al primer interior del castillo. Así fue como lo denominaba el díptico que el guía entregaba a los visitantes  No le cabía ninguna duda, que con esa decisión los Amigos del Castillo consiguieron un nuevo equilibrio entre la popular exterioridad y la misteriosa interioridad de la fortaleza, que duraría otros tantos siglos. Por tanto, pensó MG, de nada valía insistir en empujar por este camino. Las nuevas murallas estaban pensadas para durar más allá de sus propios cimientos fundacionales. Tenían, por decirlo así, un nuevo aura de permanencia y pertinencia. Fuera por ello, tal vez, que la imaginación de MG se vio impregnada de ese nuevo estatuto del castillo, lo que le impulsó a mirarlo con otros ojos en su vuelta diaria por el camino de ronda. Con ojos que lo pudieran ver como un espacio intermedio entre lo que fue y lo que los Amigos del Castillo querían convertirlo. Entre ese artificio y la naturaleza que lo rodea. Para ello dejarse llevar por el síndrome de Cenicienta podría ayudarle a aproximarse al misterio del castillo, sorteando la vigilancia escrupulosa de aquellos.   

martes, 21 de mayo de 2019

PALABRAS XXI

Uno. Fíjate que el trato con las palabras, a estas alturas de la andadura de la humanidad, se produce mediante las tres acciones siguientes: creer lo que dicen las palabras, comprobar lo que dicen las palabras y leer lo que dicen las palabras. Dicho de otra manera, el trato con las palabras se produce a través de la religión, la ciencia y la literatura. Te lo digo así, como si hiciera un acto diseccionador de  nuestra manera de tratar con las palabras (al igual que un profesor de anatomía disecciona las partes del cuerpo humano, para mostrar a sus alumnos de que estamos hechos los seres humanos al otro lado de la piel), pero en realidad esas tres formas de tratar con las palabras se conjugan de forma conjunta en nuestra forma de hablar habitual, únicamente los distingue nuestra experiencia. 
Dos. Por otro lado fíjate cómo todo el mundo acepta con la Fe del carbonero (no mediante la razón científica) el postulado de la ciencia que dice, por ejemplo, que la tierra se mueve, aunque nuestro sentido común nos dice, pues así verdaderamente es como lo sentimos, que la tierra está quieta, que lo que se mueve es el sol y la luna. Esta en la naturaleza del ser humano ir más allá de lo que decide que es el sentido común, es decir, de lo inmediato, lo cual genera por una parte progreso y por otra inestabilidad constante. Y eso es así ya sea en los asuntos científicos, como en los asuntos sociales o políticos, como en los asuntos de nuestra intimidad: los sentimientos. Es decir, está en la naturaleza del ser humano resquebrajar lo inmediato y ver lo que lo inmediato oculta, ver las falsedades con que nos cubrimos para vivir cada día. 

Tres. Entonces, si está en tu naturaleza rasgar el velo de las falsedades que te ocultan cada día, ¿por qué mediante esa experiencia no consigues discernir el trato que tienes con las palabras? ¿Por qué cuando lees, a veces parece que crees en lo que has leído, a veces parece que quieres comprobar lo hay fuera de lo que has leído a ver si concuerda con ello? En fin, ¿por qué cuando, al querer leer más allá de la literalidad o inmediatez del texto, a veces te sales de su campo narrativo, a veces te enrocas más si cabe alrededor de tus falsedades?

miércoles, 15 de mayo de 2019

RICHARD STERN

La novela “Las hijas de otros hombres”, de Richard Stern 
tiene un impecable look sesentero que incluye la magnífica, ágil y sugestiva escritura, fiel reflejo del decenio. Merrywether tiene esposa y cuatro hijos, y, naturalmente, el romance con su alumna Cynthia Ryder incide en su vida familiar. Él es consciente de que no desea romper la relación con Sarah, su esposa, ni que aquella afecte a sus hijos, sobre todo a los dos pequeños, pero el deterioro, como el de la polilla en la madera, es innegable y avanza despacio pero implacablemente. No quiere dañar, pero el daño es inevitable. La descripción de este deterioro es una obra maestra de penetración y agudeza, graduada paso a paso con agudeza y sugerencia. Si en la primera mitad el “nuevo” amor del profesor y Cynthia domina el relato, en la segunda éste se bifurca entre el “viejo amor” por Sarah y la pasión por Cynthia. Paso a paso, en su esposa aparece por fin el odio acumulado, y en él, sumido en una inconsciente satisfacción, el miedo y la inseguridad que le siega la hierba bajo los pies. La realidad exige su tributo y la duda se introduce de manera irremisible en la vida de todos. El divorcio es el encuentro con lo inevitable, pero también con sus consecuencias.”

martes, 14 de mayo de 2019

LAS MUERTAS

No he sido capaz de “sobreponerme” a un sentimiento que al final ha acabado por adueñarse de mi experiencia lectora de “Las muertas”, novela de Jorge Ibargüengoitia: el narrador se ha tomado su trabajo en serio solo para hacer cumplir el imperativo de su voluntad, es decir, para querer hacer lo que hace pero sin verse condicionado u obligado a tener que querer o amar lo que ha acabado haciendo. Lo que ha hecho lo ha hecho con autoridad y de forma brillante, pero esa falta de amor a su obra lo coloca en un plano distinto que, para entendernos, el del narrador de “Muertes de perro”, o el de “Carpas para la Wehrmacht” o el de “El pentateuco de Isaac”, tres experiencias lectoras recientes con tres voces irónicas, caricaturescas incluso, que tratan sobre asuntos reales con personajes imaginarios de similar brutalidad a la que hay en “Las muertas”. Me acuerdo de Picasso como un ejemplo, en el campo visual, de esto que digo, pues nunca amó a las señoritas de Avignon, más bien distorsionó por decisión exclusiva de su voluntad una escena muchas veces pintada antes. Hay artistas que no aman a sus obras. Usan el lenguaje como un fin en sí mismo, no como una herramienta o medio a servicio de la necesidad de contar que, como el amor, está por encima de su voluntad. Nótese el impulso creativo que emparenta a ambas acciones, enamorarse y narrar, buscando al otro y lo otro. El imperativo de la voluntad solo busca realizarse a sí misma. 
Las primeras palabras de “Las muertas” delatan a su narrador en esa firme voluntad para usar el lenguaje como fin en sí mismo y, al mismo tiempo, en la falta de la necesidad de contar que trasmite. “Es posible imaginarlos...”, pero si no te gusta así, lector, tengo veinte posibilidades más para imaginarlos (de repente, así me lo hace saber a punto de acabar, cuando me recuerda que vuelva al capítulo 1). La plasticidad del lenguaje es ilimitada siempre que no haya un mundo al que tener que dar forma, sino solo para distorsionar el que ya existe. ¿Para ver lo que esconde? Eso hay contarlo, no basta con quitarle la máscara y ponerle encima la del lenguaje como fin en sí mismo. Me digo todo todo esto en voz alta para comprender por qué debo ser, y cómo, otro lector y con qué otro aliento ante este tipo de narradores, más interesados que apasionados con su obra. El caso es que, ahora que lo pienso, la prosa del autor mexicano me recuerda mucho a la de Borges, cuya obra leí hace años con verdadero deleite. 

lunes, 13 de mayo de 2019

MAPA XXI

Los puntos cardinales que propongo no sustituyen a los puntos cardinales espacio temporales del mapa tradicional: norte-sur, este-oeste, arriba-abajo, dentro-fuera, centro-periferia, antes y después, principio y final, pues la Naturaleza de la Vida sigue inspirándonos, a pesar del acoso a que se ve sometida por la Historia del Progreso Tecnológico, una forma de estar y caminar por el mundo, ya sea solos o de la mano. Los nuevos puntos cardinales que propongo han estado siempre ahí, lo que ocurre es que esa Historia del Progreso, cuya etapa más tecnológica nos toca vivir, no los ha considerado necesarios para que cumplamos y tengamos éxito en las funciones y las metas que nos tiene encomendadas, a saber, progresar materialmente hacia adelante y deprisa de forma contumaz y constante. Es por ello que los hemos acabado olvidando, son estos: 
Visible-Invisible, Determinado-Indeterminado. 
Nos orientan en algo fundamental, a pensar fuera de la Normalidad que nos impone, sin piedad, el afán incansable de novedad y progreso de ese paradigma tecno moderno; a pensar que hay cosas del pasado (remoto y reciente) que no las hemos pensado todavía, como dicen los filósofos, pues hemos pasado tercamente y a toda velocidad por encima de ellas; a pensar que hay cosas que permanecen y suceden siempre dentro o al lado o encima o debajo de nosotros, llenas de misterio y de imposible comprensión, pero que están a la espera que les otorguemos un sentido; a pensar que aparte de ser funcionarios que cumplen con éxito una función, tenemos un carácter o un alma que necesita alimentarse de todas aquellas cosas a la espera no pensadas todavía. ¿Cómo se explica, sino, la permanencia y la pertinencia misma de la vida humana, sin que se haya producido el gran naufragio con lo que le lleva cayendo encima?
Siempre tengo a la mano estas dos citas de Borges, para cuando me pierdo, que es con mucha frecuencia, al tratar con estos oscuros y escurridizos asuntos, ahí os las dejo:
“La rosa es sin por qué, el arte sucede.”
“Nada se edifica sobre la piedra, todo se edifica sobre la arena, pero hay que edificar como si fuera piedra la arena.”

viernes, 10 de mayo de 2019

EL MONJE

Se lo encontraba cada día MG en su itinerario alrededor del castillo. Algo y delgado como un junco, de aspecto unos días nórdico y otros eslavo, siempre con un zurrón colgado en el hombro derecho como un pastor aunque sin rebaño al vista, que a MG le pareció, la primera vez que lo vio, que escondía un misterio similar al que guarda celosamente la reina de Inglaterra en el pequeño bolso con que siempre se presenta en los actos oficiales. Las luces ilustradas de antaño apostaron por el brillo de la higiene corporal, pero metieron en las sombras que nunca creyeron producir la suciedad del alma, llamando a ese ocultamiento un acto legítimo de libertad. Dicho de otra manera, pensó MG al cruzarse un día más con su compañero de paseo, nos duchamos todos los días, pero las palabras que salen por la boca emiten un hedor nauseabundo sin que nos percatemos de ello, en nombre de la libertad de expresión, al decir de sus hablantes. Son palabras, siguió andando MG con tristeza, desbocadas y abyectas, desbarradas y ajumadas, palabras, en fin, huecas, hirientes, troleras, quejicosas y malolientes. Siempre tienen voluntad de combate y de victoria frente a las otras palabras, no les importa que sea mediante la suciedad verbal de esa libertad de expresión y a costa del arrumbamiento de cualquier atisbo de diálogo. La banalidad ambiente que estas palabras producen es el precio que hay que pagar (algo así como los muertos en accidentes de tráfico, dice MG al ver alejarse al que parece junco un día más), y con lo que hay que tratar cada día, por esa falta de higiene respecto al modo que tiene de tratar la enfática libertad de expresión aquello que no es capaz de ver. A lo que hay que añadir la indignación por su acomodo. Tal vez por eso el monje, así lo llama MG, sea un ejemplo cabal, en el sentido amplio del término, de lo que es un hombre moderno al fin limpio. Mira todo lo que se va encontrando, MG no puede evitar verse ya incluido en las consecuencias desconocidas de esa mirada, con una intención de querer atrapar lo permanente, que al mismo MG le evoca a su hermano del cuadro romántico mirando el mar con la paciencia propia de estar ante lo ilimitado. Su aspecto de higiene corporal y anímica no le evita trasmitir un aura de melancolía, que se alimenta de ese hábito diario de dar una o dos vueltas al camino de ronda del castillo. Al principio de cruzarse con el monje, MG notó que esquivaba su mirada. Tuvieron que pasar dos o tres semanas hasta que las miradas de ambos se cruzaron y una semana más hasta que surgió la primera sonrisa entre ambos. En la cantina del castillo nadie sabía nada del monje, por allí no había pasado nadie con esas características. Ninguno de los parroquianos lo había visto subir hacia el castillo, aunque según MG esto no era garantía de nada pues al cambio de ronda se puede acceder desde diferentes lugares desde la ciudad de abajo. Con las primeras palabras que intercambió con el monje, algunos días después de aquella primera sonrisa, MG se dio cuenta de que no era de la ciudad de bajo, también que su falta de indignación trasmitían una falta de acomodo, eran unas palabras que venían de lo que no se veía. ¿Venían, por tanto, del interior del castillo? ¿O su dueño era un forastero más forastero que lo eran los vecinos de aquella respecto al castillo? Podría ser un ángel, pensó MG, de esos que los de la cantina tienen necesidad de ver en sus conversaciones, aunque digan que hace ya demasiado tiempo que se han ido? Bien es verdad que se fueron por abandono de un tipo de convicción que los parroquianos de la cantina habían venido practicando respecto a la vida interior del castillo, pero, ¿eso quiere decir que no hay otros tipos de convicciones y de acceso al universo angelical y, por tanto, al interior del castillo? ¿Es el monje un enviado de los Amigos del Castillo, un portero que tiene la llave de acceso por la puerta de servicio? Pero, ¿cual es la puerta de servicio? Todo el mundo dice que solo hay una puerta de acceso, y todo lo el mundo sabe, al menos los parroquianos que MG ha tratado en la cantina, que esa puerta no es de libre acceso para los que viven en la ciudad de abajo y, menos aún, para los forasteros.

jueves, 9 de mayo de 2019

MATERNIDAD XXI

¿Crees que lo que habita en tus entrañas es fundamento de todo o es más bien una creación, entre otras, de esas fuerzas que te exceden? Hubo, y debe seguir habiéndola, una forma de entender la maternidad no vinculada al poder exterior, ni al poder del yo interior. Sino es inexplicable la permanencia y pertinencia de la especie humana sobre la faz de la tierra. ¿Todo lo que piensas es lo que está ahí en tus adentros, o lo de ahí adentro también te piensa aún sin haber nacido? En fin, déjame que me ponga a tu lado para visualizar juntos el abanico de las nuevas sensibilidades sobre este asunto, pues no son necesariamente sólo tuyas ni te afectan únicamente a ti. Los óvulos, por ejemplo, algo tan objetivamente femenino en su materialidad microscópica, ocupa otro lugar y pertenencia cuando, al igual que el cerebro, los vemos fuera de su función mecánica, abordar o dejarse abordar por un espermatozoide. Los óvulos forman parte de tu vida que se encarna en tu cuerpo, sin duda, pero los efectos de su manipulación, dentro o fuera de la tradición, se vierten sobre el mundo, que es una herencia de todos y no se remite a ese mecánica aludida. Que todo es trajín, visible e invisible determinado e indeterminado, al mismo tiempo, puede quedar, enteramente, dentro de la tradición, ahí tenemos la historia de nuestras abuelas, pongamos, por irnos muy atrás en el tiempo para coger suficiente perspectiva. O puede quedar, parcialmente digo yo, fuera de la tradición. Así tenemos: la congelación de los óvulos porque sus dueñas saben que no llegarán a tiempo de la fecundación, debido a otras preocupaciones que fundamentalmente tienen que ver con su protagonismo consciente y deseado en el mundo laboral; el surgimiento de empresas que están dispuestas a congelar gratis los óvulos de sus empleadas como medida de conciliación social, sin que esa emergencia altere el ánimo de una evidencia hace tiempo endémica: un déficit de guarderías, que no da continuación a esa conciliación laboral puesta en marcha por la congelación de los óvulos, o el otro correlato del que dan cuenta cuenta los odios e inquinas que siguen prevaleciendo entre los progenitores a la hora de dirimir la custodia de los hijos, una vez legalizadlo su divorcio; los embarazos deseados con los óvulos donados por otras mujeres; los embarazos deseados de mujeres que comparten su vida sentimental con otras mujeres. Etc. Para que no sea solo un taller de manipulación, sino que siga siendo el principio del acto fundacional de la creación de una vida, los encuentros de los óvulos femeninos y los espermatozoides masculinos no deberían dejar de reconocerse del todo en la tradición de donde proceden. No sería deseable que les ocurriese, en su afán por la novedad sin límites, lo que a los artistas vanguardistas que dejan de crear y se dedican a manipular todo lo que se mueve a su lado confundiendo, así, el arte con la vida. Debido a la misma obsesión por lo nuevo, aunque en dirección contraria, la manipulación de los óvulos podría acabar confundiendo la vida con el arte. No puedes reivindicar la manipulación de los óvulos, en nombre de la igualdad y la justicia social, y, al mismo tiempo, no tener en cuenta la tradición de la mímesis.

miércoles, 8 de mayo de 2019

LOS TINDER

“Entremezclados en un flujo narrativo que surge como un poderoso chorro continuo,  van apareciendo rasgos superestructurales  (las leyes del mercado, las imposiciones de la genética, las corrientes sociales, la precariedad laboral, etc) que conforman  y determinan unas vidas inmersas en la vieja pelea entre el deseo y la realidad. Y si dar noticia de un desamor nunca ha sido fácil ni grato, crear  a su alrededor un ámbito de significación inteligible (lo que la crítica de antes llamaba un universo narrativo) es una ambición  hercúlea que Patricio Pron ha resuelto con  brillantez y acierto porque, por encima de  todo, su novela es una apasionante tentativa encontrar un lenguaje capaz de dar cuenta de una realidad exterior que se está conformando ahora, o para decirlo más directamente, cómo dar noticia de que está surgiendo un mundo nuevo y que no puede ser reflejado mediante las técnicas narrativas de antes. Nada menos.”

martes, 7 de mayo de 2019

ANUNCIO

El día que lo oyó por primera vez fue en la cantina del castillo. MG acababa de salir de una convalecencia gripal y ese mismos día era el que reanudaba su costumbre matinal de dar la vuelta al castillo. Fue el cantinero quien le dijo a él y a otros parroquianos, como para prevenirles de algo que MG no supo discernir, que el cartel que habían colocado en las inmediaciones de la entrada del castillo formaba parte de la campaña publicitaria que llevaba a cabo por la región una empresa que se dedicaba a servir comidas a domicilio. El cartel anunciador era de grandes dimensiones y en su composición hecha de figuras humanas en pleno movimiento, digamos muy atareadas o que se las veía que iban de bólido, destacaba una frase que le hacía todos los honores al misterio que rodeaba el silencio que provenía de la fortaleza y a sus albaceas, los Amigos del Castillo. Decía así: “todo lo bueno de la comida entregada a domicilio con todo lo bueno de no hablar con la gente.” La empresa, según dijo el cantinero, se había instalado en alguno de los pueblos de la bahía, que se divisaba con toda nitidez desde el camino de ronda del castillo los días que soplaba el viento norte. Cuando MG, después de subir la cuesta que lo llevaba al inicio del camino de ronda, poco antes de iniciar su itinerario, se fijó con el cartel que había mencionado el cantinero aquella mañana, se acercó un poco más para observar los detalles. Fue entonces cuando advirtió que, en la parte baja del cartel de la empresa de comida a domicilio, alguien había escrito, a modo de réplica y con los caracteres de la letra germánica en color rojo, otra frase que decía lo siguiente: “hace cinco siglos que la idea del Yo domina el mundo; ya es hora de que tomemos otro camino.” De repente, MG notó una transfiguración en la imagen que tenía del castillo, a partir de aquel cartel que anunciaba algo ajeno a lo que la misma fortaleza venía ocultando a cal y canto desde hacía tanto tiempo. Lo primero que pensó MG, mientras daba ya los primeros pasos por el camino de ronda, fue que el cantinero tenía órdenes expresas, provenientes del interior del castillo, de contar la historia mediante la cual hacía responsable del cartel anunciador a la empresa de comida a domicilio, y a la la réplica en rojo, digamos, a un defensor de la conversación bajo el régimen digital dominante que quiere prescindir de esa habilidad comunicadora que nos ha hecho lo que somos y nos ha hecho llegar a donde nos encontramos. ¿El cartel lo había colocado la empresa de comida a domicilio con permiso remunerado de los Amigos del Castillo? O más bien, ¿los Amigos del Castillo habían ofrecido gratuitamente la situación estratégica del castillo para que las nuevas empresas emergentes pudieran llevar a cabo su labor propagandística? La réplica escrita en rojo, continuó con sus cábalas MG mientras seguía haciendo su itinerario por el camino de ronda, bien la podía haber escrito el cantinero o el trabajador que se encargaba de las labores de mantenimiento del castillo. ¿Con ese juego pretendían los Amigos del Castillo distraer la atención de los caminantes que cada día daban la vuelta alrededor de sus murallas? ¿O a quien pretendían distraer, verdaderamente, era a las autoridades municipales, que pagaban el mantenimiento de ese camino fuera de murallas de acuerdo a un convenio firmado hace años con los Amigos del Castillo? ¿Era el cartel un contrafuerte de urgencia para apuntalar unas murallas que se resistían a su desmoronamiento? Dos galgos no habituales acompañados de su dueña, igualmente estilizada como una estatua de Giacometti, se cruzaron en el camino con MG en el momento en que éste se atrevió a calificar, para sus adentros, como un atentado simbólico la presencia del cartel de la empresa de comida a domicilio aquella mañana en las inmediaciones de la entrada del castillo. No había manera, al verlos juntos, de que pudiera remitirse a algún tipo de continuidad, tal y como hacían los carteles sobre la flora y la fama que las autoridades municipales han colocado a lo largo del camino de ronda. El cartel de la empresa de comida a domicilio parecía apuntar contra la tristeza y el cansancio qué emanaban del interior del castillo, y éste, como un antiguo convento medieval, parecía repeler cualquier presencia que viniera del exterior. Un atentado que cumplía sus funciones, fuera quienes fuesen sus instigadores, con efectos boomerang para ambas partes. La cercanía de esos mensajes tan antitéticos, el de la sombría y pétrea presencia del castillo y el de la liviandad optimista del cartel, no le hacía a MG augurar nada bueno. Se empujaban mutuamente, uno parecía tratar de alejar al otro, y viceversa. ¿Quien podría estar interesado en semejante enconamiento? ¿Los Amigos del castillo o la empresa de comida a domicilio? No podía discernir MG, a través de semejantes disfraces, el encono y la deriva que pudiera haber detrás. Poco antes de acabar su vuelta al camino de ronda pensó en preguntarle al cantinero, si sabía cuánto tiempo iba a durar la campaña publicitaria de la empresa de comida a domicilio, ahí arriba. 

lunes, 6 de mayo de 2019

INTUICIÓN SENSIBLE

Subrayo lo de intuición sensible, para recalcar que no he dicho certeza exacta. Ahí va: hay una parte de tu vida que no la es de tu ego, y que habita fuera del tiempo donde ese se encuentra. Por eso tus intuiciones son completamente inútiles, lo que hace que tus certezas sean frecuentemente impertinentes. Sin embargo, si la exactitud de tus certezas es siempre pertinente consigue que la sensibilidad de tus intuiciones sea inexistente. Es es lo que te pasa con el miedo, que a medida que pasa el tiempo es en ti creciente, pero siempre lo ahuyentas con operaciones de aliño estético exactas, aunque tengan un trasfondo diabólico. Para ti lo importante es la novedad, porque crees (no sé de donde lo sacas) que lo nuevo es lo mismo que lo bello y envuelto el conjunto con la vitola de lo joven, todo opuesto, como no, a lo antiguo y lo feo y lo viejo, fuente única para ti de todos los males, sobre todo, al comprobar que la vida tiene como único fin acercarse a la muerte. La madre de todos los males. Por ello no hay cosa que más te lleve los demonios, permíteme este tuteo, que oír las palabras del filósofo cuando te dice que al segundo después de haber nacido ya eras demasiado viejo, lo cual es lo mismo que decir que te pongas como te pongas, y lo que te pongas y donde te expongas, has sido un viejo todo lo que llevas de vida. Para salir de ese destino angustiante solo te fijas en las formas de las personas y las cosas, así mantienes a raya al miedo dentro de esa emoción primaria, que surge, más o menos, dos o tres segundos después del primer llanto, poco antes del primero cuento. Así consigues que el miedo nunca llegue a ser un verdadero sentimiento adulto. Para entendernos, así sigues teniendo miedo al hombre del saco o al lobo feroz, como epitomes de todos los miedos infantiles. Solo se trata de que el hombre del saco vista a la última moda y que el lobo se disfrace de cordero, para que tu miedo se transforme en confiada y pueril alegría. 

viernes, 3 de mayo de 2019

FRACASO XXI

Si alguien me habla hoy de fracaso lo dejo todo y le propongo pensar sobre ello en su compañía. No hay mejor asunto para dejarse llevar por los raros caminos que indefectiblemente nos llevan a ese colosal y estimulante abismo. Lo hacemos cada día, pero dejándonos acompañar de un lacerante y explícito silencio. Pensar en compañía no para averiguar la manera de no fracasar, que es lo mismo que ponerse a pensar para tener éxito. Yo estoy hablando de pensar sobre el fracaso para aprender a ser feliz, que no es lo mismo que tener éxito. De lo que se trata, por tanto, es de aprender a fracasar mejor, aprendiendo, así, a pensar como toda felicidad que sea de este mundo se merece. Todo lo anterior es una manera de “disparar” contra esas tres corazas de la autoayuda actual (el pesimista, el optimista o el realista) con que se protege el ego encumbrado moderno, en su afán por no enfrentarse con el fracaso que supone la idea de progreso que lo encumbra, esa religión que no es otra cosa que tratar de obtener el mayor éxito posible en un tiempo y lugar que no son de este mundo. Religión de la que el ego encumbrado moderno es un fanático militante y predicador.

jueves, 2 de mayo de 2019

MÚSICA Y PALABRAS

“Nunca se convence a Nadie de Nada. Pero hay que seguir repitiendo, aunque siempre sea en vano. Sólo se puede convencer a quien es Alguien. A quien es Nadie no hay forma de persuadirle de Algo, pues lo único que opone, no es lo que tiene que es Nada, sino Resistencia Reactiva (nunca Creativa), que, después de repetir y repetir, suele adquirir la forma de la cara pétrea tras la que se oculta lo que esconde ese Nadie, a saber, resentimiento, desprecio, mala educación, en fin, estupidez y miseria sin límites, que salpica sin piedad a quien ingenuamente ha insistido e insistido e insistido en su afán persuasivo y de convencimiento.” (Rafael Sánchez Ferlosio)
No deberíamos olvidar que todas las palabras tienen su música. Igualmente no deberíamos olvidar lo que de suyo es el nacimiento, empezar a oír antes que ver, ni que lo opuesto a la muerte no es la vida sino el nacimiento, ese dejar de oír. No deberíamos olvidar, en fin, que nuestra primera relación espiritual con el mundo es a través del canto y del cuento. Ahí se encuentran concentradas todas sus tonalidades que luego podremos desarrollar, o no, mediante el uso que hagamos de las palabras en nuestra relación con el mundo. Las resumo en tres, para entendernos, aunque sólo las hace discernibles la experiencia que cada cual tenga con las propias palabras.
1 Tono alto acompañado de una exigencia máxima, que reservo para la poesía y la literatura. Deben ser el tono y la exigencia de un club de lectura, si los lectores quieren obtener algún beneficio del esfuerzo empleado en su lectura y de su disposición inequívoca a compartirlo con los otros lectores.
2 Tono medio acompañado de una exigencia que se transfigura con el paso del tiempo en rutina, que reservo a los ámbitos familiares, amicales y profesionales. 
3 Tono bajo acompañado de una rutina que se transfigura en violencia extrema por mor del régimen digital vigente, que reservo a los ámbitos que hoy sustituyen al circo romano, principalmente el fútbol, donde el mete-gol mete-gol sustituye al mátalos-mátalos.
Algunos ilusos, entre los que me encuentro, pensamos, puesto que la alianza del canto y el cuento es patrimonio común de nuestra forma occidental de acceder al mundo, que la democratización de la lectura a través de los clubs de lectura iba a suponer, por parte del lector, la toma de plena conciencia de la existencia de esos tres tonos mencionados. Lo que supondría, otra ilusión más, saber en cada momento el uso que cada cual estaba haciendo de las palabras según el ámbito en que se encontrara. La causa de que no se cumpla este ideal, como apunta Guelbenzu, es precisamente la ruptura del ideal mismo, a saber, la incorporación en cuerpo (pero no con el alma que requiere cada relato) a los clubs de lectura, u otros ámbitos afines, o en solitario, de nuevos lectores y lectoras, que no tienen que demostrar habilidades lectoras previas (ni tan siquiera haber sido alfabetizados, lo cual se oculta con no decir ni pio en los encuentros lectores, “yo vengo de oyente”). De otra manera, para participar en una actividad eminentemente espiritual como es compartir la lectura, es suficiente con hacer acto de presencia corporal. No pasaría nada si en estos club de lectura se propusiesen lecturas acordes con ese tipo de presencia lectora. Pero no, algunos organizadores, entre los que me incluyo, se empeñan en proponer lecturas de postín y raigambre literario, supongo que con la insulsa idea de pretender que aquello que desune la ignorancia de los más lo una la exclusiva voluntad de los menos. Llegados aquí no puedo por menos, para no tirar la toalla, que remitirme a la cita de Sanchez Ferlosio con que inicié este escrito. No por nada en especial, sino por el convencimiento de que parte de la verdad de la existencia humana se encuentra en el uso que hagan de las palabras sus dueños, y que estas tienen su música y su sentido insustituible en el canto y el cuento primordiales del nacimiento. Si esa música y ese sentido dejarán de sonar y señalar antes de tiempo, sería como incorporar anticipadamente la muerte a la vida. O lo que tú has comentado alguna vez, sería lo propio y apropiado de los muertos vivientes. Esta es la sensación que tengo cuando te hago comentarios sobre el tono bajo (edulcorado con tono medio y, en los más pretenciosos, con tono alto) mediante el que hoy se comunican muchos de los seres hablantes que nos acompañan o encontramos en el rodar de nuestra vida cotidiana.