lunes, 23 de octubre de 2017

LO IRREPETIBLE

Dice Cesar Aira en su libro “Continuación de ideas diversas”: 
Al arte más extremadamente experimental (por ejemplo un ballet que consista nada más que en arrancarle una por una las hojas a una planta), el que exhibe su originalidad con el descaro provocador del absurdo y lo gratuito, se lo ve, no sin razón, como producto del capricho individual, del juego de las formas practicado en la intimidad de la voluntad artística, desinteresado de la realidad histórica en la que vive su autor. Y sin embargo esa exacerbación de la originalidad actúa exactamente del mismo modo que la válvula que hace histórica a la Historia. Una vez que se lo ha hecho ya no se lo puede volver a hacer. Lo vuelve irrepetible porque su esencia y su existencia es la irrepetibilidad, y no tiene otra cosa. Igual que los hechos que suceden en el tiempo.”

Me parece oportuno iniciar esta entrada con la cita de Aira, porque su asociación o sincronicidad con la cita de Marcel con que concluí la entrada anterior, aparecen ante el visitante de Documenta como dos muletas de las convendría no separarme durante el tiempo que dure el recorrido y, me atrevería a decir, durante lo que dure mi existencia. Son dos muletas recomendables para el alma - no confundir ni transformar en muletillas - como los expertos en ergonomía recomiendan para el cuerpo usar bastones en las excursiones que hagamos ya sea en el campo o en la ciudad. Aunque mucho me temo que la obediencia de que hacemos gala a la hora de cumplir las múltiples recomendaciones que se nos ofrecen sobre los asuntos que tengan que ver con el cuidado del cuerpo, muestra al mismo tiempo, y con el mismo impulso, la indiferencia que respecto a las recomendaciones del alma nos llegan del ámbito de las artes o de lo creativo. Puede que todo tenga que ver con la idea moderna de equiparar alma con mente y mente como una derivación mecanicista que nos advierte de las necesidades del cuerpo, lo cual quiere decir que si el cuerpo está atendido lo está igualmente la mente. Y o hay que preocuparse de más. Sin embargo, si te fijas con detenimiento resulta difícil adentrarse tanto en la cita de Martel como en la de Aira, en el templo de alambre de Duarte, en el parlamento de los cuerpos del hombre relativista, o en los maniquíes guillotinados en que me fijé, con el instrumento cuerpo-mente como única desbrozadora para averiguar que esconden al otro lado de lo que exhiben. Son textos e imágenes cuya lectura y mirada yo experimento desde una emocionalidad profunda, lejos de la inmediatez que sugiere o propone la relación mecánica cuerpo-mente. Es esa una forma de sentir mediante la que me doy cuenta, sin disfraces ni disimulos, de lo que me afecta y de lo que me excede. Lo que quiero decir es que el mecanicismo cuerpo-mente nunca molestará la seguridad que exige su propietario. Nunca lo situará, como si hace esa emocionalidad profunda o alma, en la zona intermedia entre su condición de ser mortal y la inmortalidad que anhela, entre la conciencia de su irrelevancia individual en el universo y el universo mismo, entre el sentido de lo uno y el significado de lo otro. El alma, frente al sentir de andar por casa propio del mecanicismo cuerpo-mente, como si de cualquier otro artefacto se tratara, es el sentir por excelencia y a la vez, frente al conocimiento práctico, o a ras de tierra, de que toda causa tiene un efecto y todo problema una solución, el alma es el conocimiento por excelencia. 

Ya en la segunda planta de Fridericiarum me topé, pues seguía bajo la influencia del vídeo del hombrecillo golpeándose contra una pared, con otra instalación también hecha con soporte vídeo. De nuevo esa emocionalidad  profunda y de nuevo no supe a qué atenerme. Lo único verdadero era que lo que salía en la pantalla me trasmitía una fuerza inahabitual desde su absoluta inconcrección. Por el cartel explicativo supe que se trataba de una vista panorámica de la ciudad de Beirut. Su presencia y ubicación eran de lo más tradicional: sobre una pared blanca, sin nada a su alrededor, una pantalla de unas 42 pulgadas, como si de un cuadro habitual se tratara, registraba los distintos cambios de tonalidad, que, en su particular lucha,  la luz y la obscuridad proyectaban sobre los tejados y cúpulas la ciudad de Beirut. De lo que si me apercibí, mientras estuve mirando la instalación, fue que no se trataba de un espectáculo convencional, para entendernos, de luz y sonido. El combate entre luz y obscuridad no se libraba sobre superficie de plasma de la pantalla, sino probablemente dentro de mi, sin que yo lo supiera de forma consciente. Traté de preguntar a Duarte que le parecía, pero ya no estaba a mi lado. Al parecer, le atrajeron más unas miniaturas escultóricas, que estaban expuestas al otro lado de la pared donde se encontraba la pantalla de Beirut, y que a mí me evocaron, cuando las tuve delante, a las esculturas de Giacometti. Allí colocadas en el rincón de la sala, no pude evitar mover mi imaginación, antes que por los cuerpos que representaban, por los suspiros que los sostenían en pie. Suspiros irrepetibles, como dice Aira, pero al mismo tiempo eternos. 

viernes, 20 de octubre de 2017

LA BELLEZA TRADICIONAL

Mientras voy escribiendo esta crónica, no puedo evitar que me acompañe la sensación más sobresaliente que acabé teniendo de mi visita a la Documenta de Kassel, que no fue otra que la saturación en la percepción de imágenes. Todas, sin excepción, reclamaban la atención del espectador, ya que todas, amparándose en el derecho que emana de la libertad absoluta de sus autores, me interpelaban, como no podía ser de otra manera, como si su propuesta estética contuviera la última imagen de la que, a su vez, saliera también la última palabra. Esta es, conviene no olvidarlo, la esencia de lo que se conoce como vanguardia, a saber, la construcción del mundo como una sola Instalación Artística, en la que vida y arte, realidad y ficción alcancen al fin la síntesis universal de autorealización. Ni que decir tiene que no andan muy lejos de conseguirlo, aunque no de la forma que aquellos añejos vanguardistas de principios del siglo XX soñaron. Pues la instalación artística universal ya está en marcha, de la que se puede discutir si Documenta 14 es un eslabón más o su lado más crítico, mediante la acción del marketing para las masas y la cultura de la distracción. Todo ello, tampoco hay que insistir demasiado, está construyendo una sociedad que adora la docilidad, el infantilismo y la apatía como virtudes cardinales. Y, sin embargo - aquí radica la perplejidad del presente - todavía es habitable porque de forma misteriosa eso que tradicionalmente llamamos belleza, en la mayoría de los casos de forma inconsciente, sigue salvando al mundo de los monos racionales y de los abismos de su propia racionalidad. Es por ello que esa insistencia en querer ser la última imagen y la última palabra, es incómodo de ver o de prestarle mi atención con la disposición e intensidad que pretendo. Y ello a pesar de que Vila-Matas ya me lo había advertido en el arranque de su novela, Kassel no invita a la lógica. Dice así: “Cuando más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo es calificativo. Pero, ¿a quien le importa esto?” Todo parece indicar que la famosa frase “con la iglesia hemos topado”, que tantas veces hemos utilizado como forma de hacer explícita nuestra impotencia ante la inmovilidad de lo que creemos que debería moverse, debemos empezar a cambiarla, en la sociedad secularizada en que vivimos, por la de “con la indiferencia total del personal hemos topado”, que es lo mismo que decir “¿a quien le importa esto? Sin embargo, hemos de convenir que la iglesia, o las iglesias, no son lo mismo que la indiferencia total humana. Hay un grieta entre ellas, una grieta nunca existente hasta ahora, que es donde la belleza tradicional juega en la actualidad su carta de salvación, digámoslo así, de la humanidad de los monos racionales. 

Visto así, entonces, Documenta 14 ya no es la última imagen de nada, sino el primer lamento de algo. Documenta 14 pudiera ser esa gran grieta, desde donde la belleza tradicional nos llama y nos interpela desde siempre, como lo ha hecho siempre y para lo que lo ha hecho siempre, a saber, para salvarnos de nosotros mismos. Y lo debe seguir haciendo con razonable éxito, es decir, haciendo fracasar, una y otra vez como el hombrecillo del vídeo que he descrito en la entrada anterior, el intento de estampanarnos contra la pared hasta hacernos añicos irrecuperables, incluso en cualquier planta moderna de desperdicios. ¿Es este el secreto de Documenta  14, su capacidad de transmutar momentos temporales de modo que se abran a la eternidad que habita en ellos? ¿Es eso lo que experimentó Duarte con el templo del alambre o el espectador relativista en el parlamento de los cuerpos o yo mismo delante de los maniquíes decapitados? Como dice J. F. Marcel en su libro “Vindicación del arte en la época del artificio”, “Una cosa parece cierta: si hemos de recuperar la fe en este mundo, debemos recobrar la voluntad de ver la realidad de la belleza como una cualidad fundamental del universo, además del misterio que esa misma realidad encierra. Necesitamos reconocer el orden del ser que el pensamiento moderno se ha empeñado (infructuosamente) en hacernos creer que no existe: el orden positivamente religioso de los sueños y del espíritu.”

jueves, 19 de octubre de 2017

EXPRESIÓN O COMUNICACIÓN

El tipo que se golpeaba una y otra vez contra una pared, ¿nos estaba comunicando sobre algo o más bien nos estaba expresando algo? Quietud y silencio por mi parte, y por parte de quienes tenía en ese momento a mi alrededor, Duarte incluida, delante de una pantalla donde alguien no paraba de moverse y hablar de una forma recurrente y violenta. El vídeo tenía una estética original, como si hubiera sido filmado en la época de Melies o de los hermanos Lumiére, lo cual convertía a aquella sala oscura en una barraca y a sus visitantes en una copia provisional de aquellos primeros espectadores boquiabiertos ante la llegada del tren a la estación de ferrocarril o ante la salida de los obreros de la fábrica o ante la llegada de un ser humano a la luna. Asistíamos también a la reproducción original de la inversión que se produjo en la relación con las imágenes tradicionales de la pintura, y de las imágenes en general, a partir de la aparición de la cámara. Tal vez por eso en ese momento que estaba viendo a ese hombre golpearse contra la pared, entendí la respuesta que le di a Duarte, cuando en el tren que nos llevaba a Kassel me preguntó con una solemnidad en ella desacostumbrada, que era lo que yo esperaba encontrar en la Documenta 14. Y recordé entonces, allí dentro de la barraca, que le respondí que lo más me interesaba ver eran las instalaciones en soporte vídeo. ¿Por qué?, me pregunto Duarte. Pues honestamente, no sé por qué, tal vez cuando me meta en el “barullo” artístico o como se llame eso que llaman arte actual o contemporáneo, me aclare un poco más, le respondí.  

En la forma tradicional de mirar las obras de arte se produce, por así decirlo, un corredor entre el que mira y la obra en cuestión. En un extremo de este corredor la obra de arte - pintura, escultura - permanece bajo la influencia de la quitad y el silencio; en el opuesto el espectador es quien habla y se mueve hacia la obra. Con la aparición de la cámara y de la reproduccion de las obras de arte, tal y como lo definió Walter Benjamin en su ensayo, “la obra de arte en la época de su reproducción técnica”, la dinámica de lo que había ocurrido en ese corredor durante miles de años da un giro de radical y no siempre consecuente: es la obra la que habla y se mueve hacia el espectador, y es el éste quien se queda quieto, produciéndose una nueva manera de medir y sentir el tiempo, diferente al de la velocidad de la luz. También modifica la línea divisoria, como estamos viendo en el momento presente, entre expresión y comunicación. Ante aquellas instalación, que reproducía los rudimentos de la aparición de la cámara en la escena de lo artístico, todo lo que habíamos visto antes de ella, de repente, me pareció arte tradicional. Habrían pasado escasamente poco más de media hora y los maniquíes guillotinados estaban ahí, dentro de la misma tradición escultórica que todas las esculturas antiguas o de la Edad Media o de la Edad moderna, que, en museos o al aire libre tanto da, había contemplado en mi vida. Pues a todas las vi con el prisma primero del corredor que he aludido: en un extremo ellas quietas y en silencio y en el otro yo dando vuelta a su alrededor murmurando en voz baja o dialogando con mi acompañante sobre lo que nos parecían. Sin embargo, en la sala oscura, llena a rebosar, nadie movía un músculo ni abría la boca, mientras el hombrecillo de la pantalla no dejaba de hablar cada vez que se acercaba a la pared para estampanarse contra ella. 

Esta última instalación de la primera planta del Fridericiarum antes de subir a la segunda, previa visita al WC, digamos que me produjo un bajón a cuenta de esa confusión que he mencionado antes entre expresión y comunicación, que introduce la aparición de la cámara en el ámbito de lo creativo. Ya se ha hecho habitual mencionar en los diferentes foros donde se habla y discute sobre la vigencia del arte - en una época en la que, debido al uso masivo de las cámaras, se ha extendido la divulgación y contagio de artificios tan urgentes como banales e innecesarios, más allá del ombligo de quien los divulga - la sospecha, en relación con esta epidemia artificiosa, de que muchas de las construcciones intelectuales actuales, y lo que estábamos viendo en Documenta 14 lo eran sin duda, se levantan a partir del autoengaño personal, es decir, de la falta de honradez y de humildad, lo que a su vez es fuente de una gran dosis de nihilismo. Todo lo cual, e independiente del adobo con que se presente en sociedad - y no hay que olvidar que los adobos no están ausentes de lo que es la esencia que constituye a Documenta - es un atributo muy propio del ser humano tardomoderno, o de esta última etapa de la modernidad, pongamos, a partir de 1945. Un ser humano que por otro lado nunca dice que lo ha hace mal o que se equivoca - a lo que no es ajeno, a mi entender, esa combinación letal de la libertad total en el uso de la palabra y de la indiferencia absoluta respecto a la responsabilidad a la hora de prestar su atención a lo que le rodea, que parece ser el santo y seña de lo actual - y si lo hace, a continuación declara solemnemente que en cualquier caso se hubiera merecido acertar o hacerlo bien, dada la  alta estima que tiene de sí mismo o dada su hombría de bien, o su valía, etc. La sospecha, en fin, de que más de cien años después de que la aparición de la cámara introdujera el giro mencionado en el corredor tradicional de ver y ser visto, éste se haya convertido, por mor de esa afición al autoengaño, en un verdadero nido de ciegos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

LIBERTAD E INDIFERENCIA

Poco antes de abandonar la primera planta del Fridericiarum nos topamos - esta es otra de las características de Documenta: no es que vayas a ver tal o cual obra, sencillamente la obra o la instalación, que todavía no se como llamarlas, salen a tú encuentro. De repente, voy caminando siguiendo la flecha que indica WC y oigo unos extraños ruidos detrás de una cortina negra. Me paro y dudo. Sigo el imperativo de mi necesidad biológica o me aguanto y miro lo que hay detrás de la cortina. Fue un dilema que nunca me había pasado, al menos con la intensidad que ocurrió. Si en el límite de mi vejiga tengo que ir a mear, tengo que ir a mear, todo lo demás puede esperar esos dos o tres minutos que puede durar el evento mingitorio. Así había sido hasta ese momento. Sin embargo, en esta ocasión decidí que lo que no podía esperar, a riesgo de que ocurriera lo peor sobre mis pantalones, era comprobar que o quien producía esos extraños ruidos detrás de la cortina negra. Si algo produce Documenta, una vez que estás allí metido y has decidido no irte, pongamos, después de dar un par de vueltas por el Partenón de los libros, es una extraña sensación de sed de sentido, que sólo puedes aplacar, nunca saciar, de vez en cuando. Véase el caso Duarte con el templo del alambre o el relativista con el parlamento de los cuerpos o yo mismo con los maniquíes decapitados. Lo demás es transitar por un “desierto” a la espera de que salga en tu ayuda algún oasis - como aparecen los vendedores de refrescos en la playa o en las carreras populares - donde descansar de la aridez de la indiferencia, y poder tomarte un sorbo de agua o de cerveza, según los oasis. Al decir indiferencia no puedo dejar de recordar lo que la produce, pues su entrelazado es lo que hace posible que ocurran, en la modernidad ilustrada a la que pertenecemos, eventos como Documenta. Me estoy refiriendo a la libertad absoluta con que cada visitante deambula dentro de éste laberinto de símbolos y signos, de arte y artificios, que Documenta es, al fin y al cabo. Aunque parezca mentira, este tipo de reflexiones nunca se me habían ocurrido en las diferentes visitas que he hecho a lo largo de mi vida a los museos convencionales. La libertad y la indiferencia son dos hijas legítimas de la democracia moderna, que en su madurez o decadencia, ha engendrado un hijo bastardo de padre desconocido, el nihilismo. Aunque quizá era algo que llevaba en sus entrañas desde su nacimiento, solo era cuestión de esperar al fertilizador oportuno en el momento preciso.

El caso fue que demoré por unos instantes mi vista al WC y Duarte y yo nos dirigimos hacia la sala de la cortina negra, detrás de la cual se oían los ruidos extraños que he aludido. El efecto del impacto de aquel artificio no se hizo esperar: en soporte vídeo, la primera instalación que veíamos desde que entramos en el Fridericiarum, un individuo de espaldas al espectador se estampanaba voluntariamente, pues nada ni nadie había a la vista que hiciese pensar lo contrario, contra una pared que lo rebotaba hacia atrás, desde donde volvía a coger impulso para repetir la operación. Una y otra vez, una otra vez. Ciertamente el artificio se encargaba de representar lo que el espectador veía, pero lo que pudiera tener de creativo, lo que no se veía, la fuerza oculta - pues existía y la percibimos al unísono Duarte y yo - que lo impulsaba a hacer ese acto de forma intermitente, ese era lo propiamente artístico  que producía la repetición. ¿De donde venía y donde se alojaba esa fuerza? ¿Podía asegurar, metido en aquella sala oscura, que todo provenía de la mente y del cuerpo del protagonista? No sabía de donde venía todo aquello, pero me parecía demasiado artificioso aceptar que no había más que lo que se veía en la pantalla. Duarte tampoco estaba muy convencida de que el artefacto fuera solo un artificio. Aunque su boca abierta durante los primeros segundos parecía decir lo contrario. Yo sé que esa manera reaccionar tan suya ante lo que le afecta, es un indicador de algo que ella ha visto o sentido y a lo que yo no he llegado todavía. Quedaba por ver si lo haría explícito, o se quedaría oculto en sus adentros.

martes, 17 de octubre de 2017

VIVIMOS SOBRE DOS FRACASOS

Lo que quizá nos cuesta más a los espectadores y ciudadanos actuales es aceptar que tanto el arte contemporáneo, tal y como lo vemos hoy enlatado - ya sea en Documenta, o en los museos de arte contemporáneo que toda ciudad que se precie ofrece al visitante como la joya de la corona del conjunto de su propuesta cultural -, así como la política democrática del bien estar, tal y como la experimentamos cada día, son los dos el fruto o el resultado o lo que vino después de sendos y colosales fracasos. Uno, la unión de una forma indisoluble del arte a la vida, o la vida como el mejor y único arte, rompiendo así con uno de los logros más importantes de la ilustración, a saber, la autonomía que el arte y el artista (y el intelectual) habían obtenido respecto a los avatares propios de la vida, y dos, la creencia, como correlato de lo anterior y viceversa, en la construcción de una sociedad sin clases y sin Estado, libre de todas las explotaciones y excrecencias indeseables y propias de la sociedad burguesa a la que se pretendía derrotar y hacer desaparecer para siempre. Dos fracasos que son los mismos, como ya he dicho en otras entradas, que ensangrentaron el continente europeo como nunca antes se había visto mediante la traca final del final de fiesta de tales utopías: los grandes desastres de 1945. Resumiendo, lo que más nos cuesta aceptar es que vivimos sobre los escombros heredados de dos gigantescos fracasos, lo que convierte a todos los negocios mentales que okupan nuestra cabeza y nuestro corazón en hijos bastardos de aquellos, destinados, uno a uno y todos en conjunto, a tener similar destino, si no hacemos nada para remediarlo. Lo sabemos, pero no podemos dejar de escupir en lo que otrora fue el ágora de la polis, y al igual que los perros cagan en las aceras de las ciudades, la ración de malestar que semejante parálisis o ensimismamiento nos produce cada día. De repente, la caca del animal y el malestar de su amo adquieren una inopinada sincronicidad acausal que, a la espera de otras explicaciones más convincentes, puede servir para dotar de imagen y latido al paso indignado de nuestros días actuales.

Abandonamos del parlamento de los cuerpos con más sensación de extrañeza que la nos produjo nada más entrar en su recinto. Duarte hizo un movimiento con los hombros que me trasmitió algo de la impotencia que sentía ante lo que tenía delante.  Luego, en el restaurante donde cenábamos al acabar el día, me confesó que no sabía si el sentimiento lo podía llamar impotencia o más bien decepción, ya que después de la experiencia con el templo de alambre pensaba que ya estaba metida de lleno en Documenta 14, que aquello de ella con la estantería y los rollos de alambre iría en aumento al ponerse delante de las instalaciones venideras. En el caso del hombre del relativismo solo puedo decir que lo dejamos en la misma posición que lo habíamos encontrado, lo cual me hizo pensar que a lo mejor había encontrado el punto inmóvil, que T. S. Eliot llamó la danza en su poema clásico. Me daba la impresión que la fuerza que lo mantenía allí tumbado le había disuelto, vete tú a saber donde, toda clasificación, toda contingencia, todas las propiedades no esenciales, hasta quedarse solo con las fuerzas que en sus choques y entrelazamientos producen el mundo fenoménico.  En mi caso era una extrañeza que no venía de la irrupción de lo extraño en mi rutina diaria, como condición de posibilidad para adentrarme en esa totalidad ignota que me rodea. Nada de eso. Muy al contrario, fue una extrañeza que me remitió a lo que menciono en el párrafo con que he iniciado este escrito. Una extrañeza que es intimidación ante la vuelta de los ecos de aquellos dos fracasos con una violencia inesperada, más en la política que en el arte, que al fin y al cabo sigue sumiso dentro de los museos municipales, esos lugares donde nunca quiso entrar y a los le repelía pertenecer. Me intimida en la medida que su sombra alcance, y contagie de lo peor, tanto a la democracia como sistema de convivencia colectiva, que acepta todas las ideas o visiones del mundo pero, al mismo tiempo, impide que una de ellas se imponga a las otras, como a la fuerza de lo creativo que cada individuo lleva dentro, que lo conecta de forma única e irrepetible a todo lo real desconocido.

lunes, 16 de octubre de 2017

SIGNIFICAR O DECORAR

¿En qué medida el Parlamento de los cuerpos es significativo, es decir, en qué medida busca una explicación del mundo actual, o, por el contrario, es un mero objeto decorativo fruto de la ocurrencia de su autor? Una explicación del mundo que trate de poner orden en el caos exterior que nos amenaza. O una acción decorativa que haga de su bienestar algo más bonito o glamouroso o menos aburrido, si ello es posible, al menos, en esta edición de Documenta,  vista así como una pasarela de los grandes encuentros anuales de la moda, ya sea en Paris, Milán, Nueva York, etc, o como un evento excepcional dentro del calendario de eventos que programan cada año los estados y sus aliados económicos culturales. El dilema aparece de nuevo, mejor dicho, se hace más evidente en su hiriente encarnadura, porque irse no se ha ido nunca, pues me acompaña siempre. ¿Estoy frente a un nuevo capricho de lo moderno, en su afán estéril por vencer a la muerte, o, por el contrario, estoy, delante de ese parlamento de los cuerpos, que pudiera sugerir un parlamento donde están ausente las almas? De otra manera, ¿estoy ante un parlamento inane,  lo más parecido a un rebaño de cabras o una manada de lobos, si me dejo llevar por lo que esconden cada cuerpo que observo, ahí tumbados sobre esos escaños como tumbonas o hamacas, con una satisfacción similar a la que exhiben los grandes depredadores después de una jornada de caza? O que, tal vez, transitar por Documenta sea eso, experimentar que el mundo, al menos el occidental, no tiene arreglo desde el punto de vista de su tradición, pues hace tiempo, al menos hace ya ciento setenta años (fecha de publicación del manifiesto comunista de Karl Marx) desde que los hombres, las mujeres se apuntarían más tarde, decidieron ser los protagonistas absolutos de la Historia, rompiendo así con la tradición aristotélica al respecto. El estagirita dejó claro en sus escritos que la circunstancia de que los hechos se produjeran uno detrás de otro, es decir, tuvieran contigüidad, no quería decir que fueran consecuentes, es decir, que el posterior fuera la causa del anterior que se convertía así en su efecto inevitable. Fueran las que fueran ese tipo de relaciones, no eran fijas ni predeterminadas, ya que se daban siempre en el ámbito de la ficción o de la imaginación de cada individuo, no en el de los fenómenos o hechos. Lo que hizo Marx, bajando la filosofía del espíritu de Hegel a la tierra, fue decretar que esos hechos o fenómenos ocurrían siempre en el ámbito de lo real y a eso le puso un nombre, un gran nombre propio y con mayúsculas: HISTORIA. Así el que domina la historia, no solo se convierte en su principal protagonista, sino que de paso domina el MUNDO, también con todas las mayúsculas, que deja de esta manera de ser un mundo heredado y particular para convertirse en un mundo de propiedad colectiva. En esas estamos. Es un mundo en el que conviven la realidad y la ficción, las propias historias se confunden con la HISTORIA, y las noticias falsas con las verdaderas, en el que lo pequeño o irrelevante se equipara a lo más grande en su total relevancia, o en el que la vida humana contingente se cree con derecho de superponerse a lo permanente y eterno del mundo, en fin, un mundo en el que a la hora de su representación el arte se confunde con el artificio. 

A pocos kilómetros de Kassel, la bienal de Venecia incidía sobre lo mismo con la propuesta del británico Damien Hirst. Lo cuenta así un cronista, Alejandro Gándara, que se ha dado una vuelta por la ciudad de los canales. “La historia de la exposición va de un barco cargado con todos los tesoros de un rey que, camino de un nuevo reino, se fue a pique. La exposición muestra todos los tesoros recuperados tras años de investigación y de inmersión en el mar. Bien, uno acaba descubriendo que es todo falso. Ni existió el rey, ni el barco, ni los tesoros, ni el naufragio. Pero allí están las piezas, gigantescas, preciosas, delicadas y en definitiva asombrosas. El asunto ha costado 70 millones de libras. Dicho de otro modo: Hirst ha recolectado esa enorme cantidad de dinero para demostrar lo fácil que es persuadir de una historia falsa y, ya de paso, poner en la picota a una narrativa, la de la Historia, que quiere hacerse pasar por ciencia, cuando en realidad es mitología. De hecho, en cuanto tal relato es lo que sustituye cronológicamente al mito.”


Volviendo a Kassel y a Documenta 14, ¿el parlamento de los cuerpos era una advertencia contra la actual desidia con que se vive en Europa la democracia representativa? ¿O era más bien una representación de su acabamiento, siendo los cuerpos que oKupaban (con K mayúscula) de forma masiva los escaños tumbona, una avanzadilla y una representación del nuevo populismo twit de las redes sociales, que se postula así como la alternativa indiscutible al roñoso y anquilosado parlamentarismo elitista? El hombre del relativismo no parecía tener preocupación alguna respecto a estas disquisiciones, más bien disfrutaba de su escaño tumbona sumergido en lo que estuviera oyendo a través de sus auriculares. Duarte, afectada por el choque o desconcierto que aquellos cuerpos y aquellos escaños le producían, si lo comparaba con la impresión que acababa de tener con el templo de alambre, más que conmoverse con la instalación, se movía de forma inquieta entre los diferentes escaños tumbonas, a ver si las distintas formas que adoptaba su cuerpo al sentarse en ellos, repercutían con alguna sensación desconocida en algún pliegue de su alma. Viéndola moverse así, no se me ocurrió otra cosa que decirle, como medida de urgencia para calmar la incipiente ansiedad que observé reflejada en su rostro, que, ante el estado de las instalaciones que nos ofrece Documenta, menos mal que nosotros los españoles tenemos en nuestra tradición narrativa a dos personajes fundamentales - dos instalaciones en sí mismas, según el lenguaje de la muestra de Kassel - que en su momento dejaron sus experiencias por escrito. Me refiero, le dije, a Don Quijote y a Max Estrella. Si lo piensas bien, insistí, es un alivio y una ventaja, para seguir nuestro itinerario por los caminos a donde nos quiera llevar Documenta 14.

domingo, 15 de octubre de 2017

WHATSAPP Y EL CONOCIMIENTO

Por fin WhatsApp vale para algo más que para intercambiar datos y algoritmos de impacto inmediato, onomatopeyas, palabras, fotos y vídeos de dudosa comicidad, o de comicidad urgente. Por fin WhatsApp le da alojo al conocimiento que se imparte en la educación.