viernes, 19 de enero de 2018

LOS JUICIOS DE NUREMBERG

La sala 600 y otras salas adyacentes fueron el escenario de lo que ha pasado a la historia con el nombre de los juicios de Nuremberg. Consistieron, como no podía ser de otra manera, en sentar en el banquillo de los acusados a los responsables del genocidio nazi. Hubo varios juicios en función del cargo que ocupaban los acusados en el organigrama del tercer Reich. El más famoso, que lo vincula a la sala 600 del palacio justicia de Nuremberg donde se celebró, fue el juicio que sentó en el banquillo a los principales jerarcas del régimen nacional socialista. La sala 600 se ofrece hoy a la observación del visitante, siempre que no haya juicio en el momento que aquel haya decidido introducirse en el lugar donde tuvieron lugar aquellos hechos decisivos. Esta doble, digamos, utilidad de la sala 600 en el momento presente, me parece un notable acierto significativo. Pues si el mundo ya no puede ser el mismo después de que aquellos crímenes se colaran de manera irrevocable en las cosas que existen, como dijo Primo Levi, la forma de hacer justicia tampoco puede ser la misma. De nada vale insistir que se dictó sentencia y que todos y cada uno de los acusados cumplieron las penas que les impusieron. Unos la pena capital, otros largos años de cárcel. Algunos de los cuales, al abandonar el recinto penitenciario, publicaron las memorias que fueron dando forma durante los largos años de reclusión. Todo eso no deja de ser la manera que tienen, quienes escriben la Historia con Mayúsculas, de colocar en la casilla correspondiente de su calendario los hechos en el orden cronológico que han sucedido. Dándole así el sentido inmutable que han de ocupar por los siglos de los siglos. Pero la frase de Levi, pronunciada muchos años después de lo que él experimentó en Auchwitz, estaba destinada no a lo que allí sucedió, sino a las cosas y personas que existen siempre. Están destinada no al tiempo histórico, sino al tiempo del alma humana o a esa emocionalidad profunda donde debe hacerse sentir en cada uno de nosotros, nos demos cuenta o no de su presencia, lo que de manera irrevocable se instaló en el mundo para siempre a partir de aquellos crímenes horrendos. Y lo que hace que aquellos crímenes horrendos sigan presente entre nosotros hoy, como una presencia irrevocable y en cierta manera acusadora de lo que a partir de ellos dejó a las claras los verdaderos mimbres de nuestra gloriosa e imperiosa humanidad, es que en la sala 600 se celebren entre medias de los días de las visitas, digamos turísticas a falta de un nombre más adecuado para la ocasión, los juicios contra los crímenes habituales que hoy se cometen. Que la sombra de aquel juicio mundialmente famoso siga hoy presente en los juicios desconocidos que se celebran en el mismo lugar de entonces es, a mi entender, mucho más elocuente que la exposición que vi en Madrid sobre los crímenes del campo de concentración de Auschwitz. En ese sentido la sala 600 del palacio de justicia es el lugar donde la humanidad, entendida como sentimiento profundo que había unido de forma inequívoca a todos los que pertenecieron a esta especie hasta ese momento, perdió definitivamente la inocencia con que había vivido hasta entonces. Es el lugar histórico y es también el símbolo de esa pérdida, que hemos heredado los que seguimos formando parte, ya no de manera inequívoca, de esa especie que seguimos llamando humana. La tentación de olvidar, a hacer de aquellos sucesos algo solo alemán y de los años 30 y 40 del siglo XX, está muy presente en la actualidad. Y a ello colaboran, no digo que con malicia, exposiciones como la que vengo comentando. Lo cual no hace más que confirmar el vacío irremplazable y angustioso que significa esa pérdida a la que me he referido, que es otra manera de nombrar lo que significa el calificativo irrevocable que Levi utilizó para señalar la diferencia de aquellos crímenes, que se colaron entre las cosas que existen, respecto a otros crímenes habidos en otros momentos históricos anteriores. Tal vez, pensé, mientras estaba sentado en los bancos que ocuparon los periodistas que cubrieron toda la información con la que con todo lujo de detalles, un manual vigente de lo que es hoy la información de este tipo de eventos de ecos planetarios, como lo es el documental de Leni Reinfesntal en el campo de la publicidad y propaganda política, tal vez, digo, la humanidad siempre fue así, lo único que faltaba eran las condicionales técnicas que permitieran a sus protagonistas consumar su eterna aspiración de ser como dioses. De alcanzar su gloria divina. 


De aquellos juicios en la sala 600 cabe resaltar, por no ponerlo todo en el lado oscuro de nuestra condición humana, que fueron el germen de lo que con el paso de los años dio lugar a la creación del Tribunal Penal Internacional de manera permanente, por donde ya han pasado algunos de los que volvieron a emular aquellos horrendo crímenes. Lo cual confirma su carácter, no alemán ni histórico, sino humano, perfectamente humano, ya que pueden suceder en cualquier sitio, a cualquier escala y a cualquier hora.

jueves, 18 de enero de 2018

LA SALA 600

Durante mi reciente visita navideña a Madrid tuve ocasión de visitar la exposición “Auschwitz. No hace mucho. No tan lejos”. Inmejorablemente documentada, la muestra es un artificio didáctico para que, casi ochenta años después de los hechos, las nuevas generaciones puedan informarse y tomar buena nota de lo sucedido. La distancia, sin embargo, a pesar de ese no hace mucho y ese otro no tan lejos, entre los espectadores y lectores y los protagonistas de las fotografías y documentales es insalvable. ¿Cómo decirlo? Aquello fue una barbaridad inconmensurable, cierto, pero es algo que os ocurrió a vosotros y yo muestro mi comprensión por ello. Ahora bien, aquella fue vuestra época y ésta es la mía. De nuevo, mientras miraba a los animosos padres como trataban de explicar a sus mimados y consentidos hijos lo que de diversas maneras mostraban los diferentes documentos, me confirmaba en el lado de inutilidad que tenía todo aquel derroche de buena voluntad por parte de los unos, los organizadores, y de los otros, los adultos dentro de su papel didáctico. Los artificios didácticos - al fin y al cabo, no otra cosa es ésta exposición - tienen esta misión, confirmar a cada cual en su sitio, y bendecir todo lo que esa ubicación la hace posible. Respecto a los que iban por libre, es decir, sin vástagos, también me confirmaron, mirando la cara de palo que se les ponía delante de aquellos horrores, ni más ni menos que lo que tantas veces he levantado acta observando a los consumidores de pantallas, los pantallistas, a saber, que la hiperrealidad servida en bandeja de plata se convierte en algo inverosímil. Aquellos benditos miraban los hornos crematorios, para entendernos, como si fuesen hornos de cocer pan. La actitud cambiaba, sin embargo, cuando en lugar de imágenes explícitas el visitante se detenía a leer relatos alusivos a la experiencia concentracionaria (véase el texto adjunto de Primo Levi). Entonces se producía un leve cambio en el rictus del rostro - así lo comprobé con quien tenía a mi lado en ese momento - no tanto por la magnitud de los datos de la información, a todas luces nula, como por el misterio que aquel puñado de palabras, elegidas por los organizadores entre otras muchas del autor, para que tuviera el efecto de una imagen más, desplegaba de repente delante de quien las leía.  El texto de Levi dice así:
“Cuando los soldados sovieticos llegaron a la alambrada no nos saludaron ni nos sonrieron. Parecían oprimidos, más que por a compasió, por una inhibición desconcertada que les sellaba los labios y les clavaba los ojos a aquella escena lúgrube. Es la misma vergüenza que siente el hombre justo ante los crímenes cometidos por otros, el remordimiento que produce la existencia misma de esos crímenes y el que hayan sido introducidos de manera irrevocable en el mundo de las cosas que existen”.

Si las fotografías de los hornos crematorios, de las cámaras de gas, de los vagones donde llegaban los prisioneros, etc. producían en el espectador una sensación inevitable de alejamiento y de cínica autocomplacencia - como si dijeran: que bien, de la que me he librado por nacer en esta época - las palabras de Levi producían, en cambio, una desconcertante perplejidad ante lo que es difícil de entender y aprehender en las sucesivas lecturas que se hagan de su escrito. Por decirlo de otra manera, las fotos, los vídeos, los objetos, eran los datos algorítmicos, la prueba de cargo de aquellos horrendos crímenes, de los que dieron cuenta alguno de sus principales responsables en la sala 600 del palacio de justicia de Nuremberg. Los testimonios, digamos, verbales de la exposición, como el que adjunto de Primo Levi, son, a mi entender, el alma de la misma y son los que convierten a Auchwitz en algo más que un lugar geográfico y a lo que allí sucedió en algo más que un suceso histórico. Auchwitz, leído así, es la metodología perfectamente humana para convertir a los seres humanos en perfectamente inhumanos o animales. Eso no había sucedido nunca, ni debió suceder jamás. Si lo hizo, como así lo muestra la exposición, y si lo hizo en el centro más sofisticado de la cultura occidental y, por extensión, de la cultura planetaria, significa que lo humano y todo lo que de ese concepto se deriva, a partir de entonces, quedó estigmatizado por la desconfianza y la sospecha. Y, como no, por la banalidad del mal más abyecta. Y si no podemos confiar en lo humano, es decir, si no podemos confiar en nosotros mismos, ni en los otros, ¿qué hacer? ¿Qué mundo podemos imaginar para nuestros hijos a partir de semejante estigmatización? No fue ésta una pregunta que le preocupara a los padres con los que coincidí en la exposición, a tenor de las conversaciones y carcajadas que les oía mientras hablaban con sus herederos. 


En la sala 600 del palacio de Nuremberg me di cuenta, envuelto en su calculado silencio en el momento de la visita, delante de los bancos que ocuparon en su día los jerarcas nazis, que no era solo un espacio para el recuerdo de la celebración de la justicia americana, o justicia de los vencedores, como no pudo ser de otra manera si nos atenemos únicamente a los datos de Guerra históricos, sino que allí se fundó también todo del misterio oceánico que vino después de que los jueces pronunciaran las sentencias, y que sigue inscrito, como la herencia en la que nosotros seguimos chapoteando, en esas dos preguntas que formulado unas líneas más arriba, y que se pueden resumir en, ¿cómo alcanzar hoy la dignidad humana, estando nuestra humanidad ya para siempre bajo sospecha?

miércoles, 17 de enero de 2018

FASTOS IMPERIALES

¿En qué medida la diversidad de la vida, debido a nuestro distanciamiento paulatino de ella, la percibimos como una cacofonía estruendosa para el mar de hielo que llevamos dentro, como acertadamente señaló Kafka? ¿En qué medida ese mar de hielo que llevamos dentro, a su vez, es causa y efecto, al mismo tiempo, de aquel distanciamiento propio de la modernidad tecnocientífica? Son preguntas que me surgen después de volver a ver la película documental de Leni Riefenstahl, “el triunfo de la voluntad”. Es de difícil aceptación para la corrección política imperante, pero pienso que es la mejor carta de presentación para quienes se acercan a conocer Nuremberg desde el punto de vista de su pasado remoto y reciente, que es lo que habitualmente hacemos esos visitantes, también llamados turistas. ¿Qué es lo que hacen los departamentos de turismo municipales para hacer que todo el mundo ponga en su agenda la visita obligada a la ciudad que regentan? Dar a conocer, mediante las añagazas del discurso publicitario y propagandista, la mejor imagen de una ciudad, su ciudad, que no existe. Es una manera indirecta, a través de la ficción, de promocionarse los dirigentes en ese momento de la ciudad en cuestión. Si el espectador se fija con atención en las imágenes de Riefenstahl podrá visualizar el Nuremberg del primer Reich intacto, el del Sacro Imperio Romano Germánico, dando alojo y bienvenida a los dirigentes y seguidores del incipiente tercer Reich, antes de que la brutalidad destructiva de la Segunda Guerra Mundial acabara con todo. Pero para eso faltaban todavía diez años.  La cámara de Riefenstahl recorre de forma pausada por las calles y rincones de una ciudad que llevaba así, de forma inmutable, desde que Carlos V la visitó, alojándose en el castillo, hace más o menos cuatrocientos años. Los fastos y fanfarrias, como puede comprobar en la visita que hice al castillo Imperial, ligeramente aupado sobre una de las colinas que rodean la ciudad, eran muy parecidos a los que va mostrando el documental de Riefenstahl respecto a los preparativos del congreso anual del partido nacional socialista. Y es que cuatrocientos años no son nada contemplados desde una perspectiva imperial. El tiempo para los que se siente emperadores no transcurre, como no lo hace para lo dioses, a quienes quieren emular y sustituir así en los asuntos del cielo como en los de la tierra. Conocer el tiempo y el orden de las cosas y acomodarse a ellos, tal y como marcaba la herencia latina y griega de la que se sentía legitimo depositario, junto a un llamamiento a favor de una cautela escéptica, deberían de haber dado respuestas del primer Reich en el siglos que estuvo presente su tutela a lo largo y ancho del continente europeo. No hacerse cargo de ello fue la herencia que, a su vez, dejó a los siglos venideros. Siendo en el siglo XX, con su etapa de las grandes catástrofes de 1945, cuando se puso el punto final a tales desvaríos, sobre un cementerio de más de cien millones de muertos. ¿Cual es ese orden del Ser, del tiempo y de las cosas en los inicios del siglo XXI? ¿Qué significa hoy acomodarse a ellos? ¿Donde puede hacerse, para que se pueda dar la búsqueda humana irrenunciable de lo absoluto, es decir, de su emancipación?

martes, 16 de enero de 2018

TRANSBORDOS

Cuando se establece una red, ésta se puede considerar un individuo, aunque el carácter de dicho individuo se define por sus relaciones y no por unas cualidades o categorías estables a las que se adscribe como si fuera un socio preferente. Me gusta parafrasear estas palabras que leí en un libro que hablaba de la música oculta en los bosques, para tratar de comprender mejor la red ejemplar, no exenta por ello de defectos, que forman los ferrocarriles alemanes. Las rutas ciclistas diseñadas, a imitación de la Ruta Romántica bávara, después de la Segunda Guerra Mundial, creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, llevan aparejada de forma no explícita la alianza con el ferrocarril. Frente a las inclemencias del tiempo atmosférico que puedan surgir en el transcurso de la propia ruta, o ante los lugares de interés que se encuentren no tan lejos de la ruta ciclista como para pasar de largo, pero no tan cerca como para hacer el bucle a golpe de pedal, el uso del ferrocarril siempre ha sido el mejor y más fiel aliado que he tenido a mano. La red de ferrocarriles alemanes funciona como un individuo y su carácter se define por la manera en que se relaciona con sus usuarios, dándoles un servicio que les permita moverse con confianza a lo largo y ancho de su geografía. Esta definición, que parece tener más que ver con un anuncio publicitario, para alguien como yo, acostumbrado a la red de los ferrocarriles españoles, se ajusta con bastante precisión a lo que ahí ocurre cada día. Todo ha sido cuestión, no de la fe que yo pueda tener o no en el culto al orden del que presume el estilo de vida alemán, sino de haberlo comprobado empíricamente a lo largo de los últimos doce años. Una de las características de la red de ferrocarriles alemanes es la, digámoslo así, subred holística de transbordos que pone en relación unos destinos con otros. No era la línea recta lo que ponía en contacto Rothenburg con Nuremberg, como pudiera suponerse en una distancia tan corta, sino el nudo ferroviario de Ansbach donde teníamos que hacer transbordo, con un margen de unos cuatro minutos entre la llegada del tren de nuestro origen en Rothenburg y la salida del que nos llevaría a nuestro destino en la capital imperial de Nuremberg. 

En ese viaje que en definitiva es nuestra vida, tanto en lo que tiene de imaginario como en lo realmente emprendido, una de las cosas que no podemos comprender es lo mal que encajamos en ese itinerario  existencial y lo poco que reflexionamos sobre ello. Lo poco que le dedicamos a saber de ese viaje en el que estamos embarcados, porque tenemos la convicción de que hay una respuesta para todo lo que nos suceda. Ahí radica nuestro principal problema. Ante semejante e inopinado desajuste - ¡cómo nos puede suceder esto!, nosotros no queremos problemas, somos gente de paz - siempre pensamos que es provisional y que más pronto que tarde se acabará solucionando, pues ese es, repito, nuestro destino manifiesto. Por ello reaccionamos siempre de forma artificiosa (mediante artificios interpuestos) y reactiva (contra algo o alguien, al que culpamos de nuestro eventual extravío), y nunca de forma creativa (mediante imágenes que nos faltan) y holística (uniéndonos a lo otro y los otros). No creamos imágenes que nos ayuden a comprender aquel desajuste propio de nuestra naturaleza inacabada y mortal, sino que nos rodeamos de artificios perfectos que decoran nuestra naturaleza que, por supuesto, creemos que nos merecemos y que es inmortal. Son manías que desaparecen bajando y subiendo las bicis a los trenes, que nos dejan y nos recogen en los nudos ferroviarios de la red de ferrocarriles alemanes.


En la estación de Rothenburg no hay oficina abierta para comprar los billetes, así que en el andén Duarte se las tuvo que ver con las oficinas autómatas y automáticas. No tuvo suerte. Las máquinas no la entienden, pero hay un humano que la escucha blasfemar en arameo y se ofrece a echarle una mano. Es griego de Tesalónica, y se llama Robin. Habla mucho y habla de todo, habla sin parar. Nos dice, ya con el tren en marcha, que se encuentra de paso en Rothenburg trabajando en un restaurante, Mythos, haciendo la sustitución de un amigo. El vive y trabaja realmente en Passau, a orillas del Danubio, cerca de la frontera austriaca, a donde se dirige para pasar el fin de semana. Tendrá que hacer algún transbordo más que los dos que nos esperan a nosotros, pero no se le ve contrariado. Podía haber cogido el coche, le dice Duarte, a lo que Robin contesta que prefiere viajar así. El tiempo es una interpretación. Nos damos cuenta que hay mucho, pero que nosotros tenemos poco. Únicamente lo percibimos cuando a eso lo llamamos injusticia y lo convertimos en un problema. Me di cuenta de que Robin no tenía intención de hacerlo. Y es que los transbordos rompen, no solo la linealidad del espacio, sino, y mucho más importante, la consecuencia de quienes habitamos al tiempo. Antes de despedirnos en Nuremberg, donde Robin se disponía a hacer su tercer transbordo, nos dijo que cuando volviéramos a Rothenburg dos días después, nos pasáramos a cenar al restaurante donde él trabajaba. En los transbordos que explican la existencia de los nudos ferroviarios es donde se hace visible que somos en función de cómo nos comunicamos, no de lo que previamente hemos creído que somos. Si falla el transbordo falla la llegada al destino. Si falla la comunicación entre nosotros, nuestro destino ya no puede ser nunca más nosotros mismos.

lunes, 15 de enero de 2018

UN BUCLE

La antigua ciudad imperial del Sacro Imperio Germano Románico no forma parte propiamente de la ruta romántica. Le propuse a Duarte hacer este bucle en tren, abandonado durante dos días nuestro itinerario ciclista, por el interés simbólico que tiene la ciudad desde el punto de vista de la historia reciente. Más en concreto respecto a la historia del Tercer Reich Alemán. Además de ser una de las antiguas capitales imperiales del llamado Primer Reich, Nuremberg fue una de las ciudades que dieron su más firme apoyo a Hitler en su fulgurante ascensión al poder durante los años treinta del siglo pasado. Fuera tal vez por ello que aquel la eligió como sede oficial para la celebración anual del congreso del partido nacional socialista. Para hacerse una idea cabal de toda esta fanfarria nada mejor que echar un vistazo al documental, “el triunfo de la voluntad”, de Leni Riefenstahl, que Hitler le encargo filmar para celebrar y dar a conocer al mundo los fastos del congreso que he mencionado. Pero, sobre todo, es interesante ver el documental para poder discernir por cuenta propia cuanto tiene de apostolado de la ideología nací - como así lo entienden sus detractores - o cuanto de obra de arte - como así lo defendió siempre la misma Riefenstahl,  diciendo que ella se limitó a cumplir con el encargo que las autoridades nazis le hicieron. O más pertubador aún, es interesante ver “el triunfo de la voluntad” para poder comprobar por uno mismo si una pieza con un clara intencionalidad de propaganda política totalitaria puede ser, al mismo tiempo, una excelente obra de arte.

domingo, 14 de enero de 2018

GERMEN DEL HORROR

Guillermo del Toro: “La violencia espiritual, física y moral que la familia ejerce hacia el niño es el germen del horror”
El director mexicano gana el premio a la mejor dirección en los Globos de Oro por ‘La forma del agua’, historia de amor entre un ser anfibio y una limpiadora muda.

viernes, 12 de enero de 2018

LAS MURALLAS

Viajar es relacionarse con lo distinto, distante y desconocido. Con el vacío y con el silencio. Sin temer a sufrir en el encuentro con uno mismo. Viajar no deja de ser otra manera de aprender a mirar. No tanto en los mapas como en el mundo que a uno se le echa encima cuando se pone en marcha. Esta época es apocalíptica porque estamos destruyendo nuestra esencia humana, nuestra humanidad, y no tanto la naturaleza. Viajar es una manera de recuperarnos como seres humanos. Rothenburg de Tauber ofrece al recién llegado unas cuantas maravillas arquitectónicas en perfecto estado de revista, como no podía ser de otra manera al formar parte de la Ruta Romántica, epítome de la imagen que Alemania quiere dar al mundo como motor del proyecto de Unión Europea después de las grandes catástrofes de hace casi ochenta años. Destaco en primer lugar la plaza del mercado, en tanto en cuanto soy un fiel admirador de los espacios enormes y abiertos. Situada al final de la calle principal, cuya enorme pendiente nos obligó a descender de la bici, participa en su trazado de esa pendiente aunque ya más suavizada. Solo al final de la plaza deja el visitante de estar sometido al imperativo de la pendiente y entra en una zona ajardinada que le lleva a la zona amurallada de la ciudad. Entrando así en el segundo aspecto de interés que, a mi entender, ofrece la ciudad a la mirada de quien la visita por primera vez. Los recintos amurallados son, digámoslo así por adelantado, la joya de la corona de muchas de las ciudades que nos íbamos a encontrar en las siguientes etapas de esta ruta vacacional y romántica. Pudiera parecer una contradicción el que me atraigan los lugares amplios y abiertos de las ciudades lo mismo que sus recintos amurallados. Y seguramente lo sea. Aunque bien es verdad que al ponerme en ruta no intento tanto desprenderme de mis contradicciones como de los lugares comunes que también forman parte del contenido que llevo dentro de mis alforjas habituales. Las contradicciones me colocan en un lugar de apertura al aprendizaje de una nueva inocencia - para mi imprescindible en cualquier aventura que suponga salir o escapar de unos mismo - que no pueden proporcionarme los lugares comunes, debido a su propia naturaleza que tiende a la autocomplacencia ensimismada. Ir a algún sitio se puede asemejar mucho con la lectura de un libro betseller o de autoayuda. Ese tipo de  viajero (y el lector) buscan con ahínco, al hacer ese itinerario, encontrarse con lugares comunes y frases hechas que están asociadas desde siempre al destino (o al relato elegido). Para entendernos, uno no organiza una visita a Paris si no es para disfrutar de la ciudad de La Luz, como si la capital francesa fuese la única depositaria de tal beneficio atmosférico, o como si estuviese ausente de todas luces el lugar de procedencia del viajero, ni piensa que se relacionará con los parisinos fuera de la arrogancia y engreimiento que les caracteriza. Lo mismo con el ritmo de los africanos, la habilidad comerciante de los chinos, el talento disimulador de los asiáticos en general, la facilidad para el disimulo de los japoneses en particular, la obsesión con el orden de los alemanes, la pulcritud con que nos recibirán los suizos, la egolatría más grande que un zepelín que nos acompañará, si o si, en la vista a la pérfida Albión, lo cual puede ser compensado con la frivolidad de los italianos o el hedonismo de los brasileños, sin olvidar, por supuesto, que a los españoles les encanta orgullosos regodearse con la muerte y a los rusos el sentido de la fatalidad. En fin. Fue iniciativa de Duarte dar la vuelta al recinto amurallado de Rothenburg, pues según el mapa que le dieron en la oficina de turismo, y del que ya no se separó ni para dormir, permitía acceder a una visión de la ciudad inigualable. Lo cual puede sonar como una frase hecha, y sin duda así es su música, pero que no deja de tener si se pega el oído con tino y cuidado el aspecto desde el que poder abrirse al aprendizaje de esa ingenuidad o inocencia que he mencionado antes. Pasa lo mismo que el hecho de subir a lo alto de la catedral o de la iglesia de la ciudad o pueblo en cuestión dentro del plan de viaje, también intención prioritaria de Duarte nada más llegar. Desde allí la vista es única, no por ser la más alta, ya que es bastante frecuente que haya en la actualidad edificios civiles de mayor envergadura, sino por ser la única altura que durante cientos de años trató de conectar con el más allá, antes de que este más allá se convirtiera exclusivamente en un más acá como un asunto técnico y, por tanto, humano demasiado humano. En todo viaje hay lugares o espacios donde uno descubre de pronto que se quedaría, y hay lugares que sencillamente te conmueven de forma incomprensible desde un pasado remoto, donde están anclados sus fundamentos físicos que tienes delante. Contraviniendo o atravesando sin dificultad, en ambos casos, lo que en el momento que accedes a su seno te ata al presente, al que sabes que has de volver cuando los abandones. Es cuando el alma, o esa emocionalidad profunda que nos embarga, toma un protagonismo activo e imprevisto en el viaje, dictándole al cuerpo del viajero las notas pertinentes al pie de las página del itinerario que sobre el mapa ha diseñado.