martes, 21 de noviembre de 2017

TODO LO SÓLIDO SE DESVANECE EN EL ALMA

O en el aire, como dijo Marx según nos recuerda en su libro homólogo  Marshall Berman. Dice así: 
Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros mismos y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Los entornos y las experiencias modernas atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Traigo a colación este párrafo del libro de Berman porque me parece que acierta a describir el estado de ánimo o mental de cualquier lector que hoy se ponga a leer el diálogo que mantiene Sócrates con Cebes y Simmias, a propósito de la teoría armónica del alma. Es como si ellos y nosotros dijéramos que todo lo que captan nuestros sentidos, incluso cuando ya no lo hacen, tiene que estar archivado an algún sitio que creemos seguir viendo: en el aire. Son las palabras de Cebes y Simmias salidas de unos cuerpos que parecen antecedentes de los cuerpos y palabras modernos, caracterizados por tener una psicología sin alma, como esos zombis que apuntabas en tu escrito, alicaídos e incapaces de coger verticalidad, que se mueven mecánicamente, como la realidad que conforman, arrastrando los pies a ras de tierra. Cuerpos y palabras que sólo levantan el vuelo sí, como les dictan sus coachings, se entrenan sin parar hasta alcanzar la forma ideal, mediante la que arrastran también al alma (mente la llaman ellos), pues la entienden como una mera función del cuerpo, a través de esos intercambios psíquicos tan publicitados por los entrenadores de la llamada autoayuda. Si quieres, tú puedes. No te pongas limites. Son cuerpos y palabras que buscan la victoria antes que el entendimiento, o que piensan sobre todo que en la victoria se encuentra la última palabra. Y es contra esa victoria, de unos argumentos sobre otros, contra lo que están las argumentaciones de Sócrates durante todo el diálogo del Fedon. 


Si te fijas la decisión de Marx de enviar al aire todo lo que se desvanece, que como buen materialista es todo, está basada, al igual que los argumentos de Cebes y Simmias, en la filosofía natural. Es decir, en que solo existe lo que se ve, es medible y contable. Y también lo que es contiguo, como la noche lo es del día, o el invierno lo es del otoño y este del verano, o el cielo lo es de la tierra, o, en fin, la mente lo es del cuerpo. Contigüidad que, como nos enseñan las argumentaciones de Sócrates, no es sinónimo de consecuencia. Ya que esta consecuencia viene determinada, eso es lo que sospecha Sócrates, por la necesidad de vencer en el diálogo, como ya he dicho, antes que por la firme convicción de la veracidad de sus argumentaciones, de que la verdad radique ahí y solo ahí, es decir, en lo que uno cree o piensa. Pues es esa una convicción totalizadora y omnisciente que es impropia de la condición humana, que se caracteriza, como ya he dicho en otras ocasiones, porque siempre hay algo que no conocemos y, sobre todo, algo que no conoceremos nunca. Ese algo que aunque nos lo quiera imponer el deseo inaplazable e insaciable del cuerpo, como también dice Sócrates, solo podemos aspirar a recordar y a trasmitir, pues es invisible e inmaterial, nunca, por tanto, puedo ser un mero epifenómeno del mecanicismo funcional del cuerpo ya que entonces sería perfectamente inteligible. Eso es a lo que se puede llamar alma o también imaginación. Que se caracteriza por estar en el cuerpo y fuera del cuerpo a la vez, en la medida que no se hace eco de su mecanicismo funcional, que pertenece por entero al mundo heredado y nunca a la vida en propiedad, que solo se puede comunicar como algo ficticio nunca como algo tangible o noticiable. Es por lo que de cualquier diálogo, entiende Sócrates, no se puede salir ni humillado ni vencido, ni laureado como vencedor, sino más inteligente y sensible que se entró, es decir, más sabio. Esa es la diferencia entre el debate dialógico frente al dialéctico, a saber, que de las diferencias, lagunas, tensiones, etc., que puedan surgir entre los que participan pueda surgir algún tipo de beneficio que repercuta en su inteligencia y sensibilidad. En el logro de su sabiduría.

lunes, 20 de noviembre de 2017

HIPOTAXIS Y ENSALADA

“Atrae por la voz que nos acuna y por la belleza de las imágenes de colores, que se mezclan entre sí como cuando aliñas la ensalada la sal, aceite y vinagre uno encima de otro sin eliminarse el sabor ni el color, sumando y no restando”. Así escribe Duarte en un momento de su diario, que tiene que ver, más o menos, con la llegada a la Nueva Galeria, poco después de haber dejado a nuestras espaldas la instalación del contenedor y la haima itinerante. Lo traigo a colación porque me parece una imagen de lo más acertada para poder moverse con algo de soltura por los vericuetos de Documenta y, por extensión, del arte llamado contemporáneo. Duarte que es una excelente cocinera, y lo que ha hecho ha sido llevar a la cocina el asunto, porque, imagino, que intuye es el lugar más alejado - más lejos seguro que todo lo que se pueda leer o ver  sobre arte contemporáneo antes de viajar a Kassel - desde el que poder tener una perspectiva suficientemente amplia que le permita enfrentarse a los fragmentos y dislocaciones en que se aloja la necesidad imperecedera que tenemos los seres humanos, desde las pinturas de las cuevas de Chauvet por mencionar las más antiguas obras de arte reconocidas, de representar como sea y como podamos la angustia que nos produce la realidad que nos rodea. Si como dijo alguien el cocinar hizo al cuerpo del hombre, es decir, creo el espacio de la cocina, fue desde este lugar desde donde se pergeñó el estudio de pintura y escultura, la habitación de lectura y escritura, el auditorio de los conciertos, en fin, los lugares de la creación del alma, que así se vio sujeta de forma permanente a una ubicación itinerante y su consiguiente modelación de lo que siempre ha significado: el atributo esencial del ser humano. Luego como intuye Duarte acertadamente algún tipo de aliño hay tener preparado, o dicho de otra manera, algo hay que imaginar para digerir esta ensalada que es, en definitiva, este trajín entre la cocina y los diferentes lugares de creación en que se encuentra inmerso el venir y el devenir humano. Rafael Sanchez Ferlosio lo denomina hipotaxis, “Se trata de construir la frase y el periodo en tres dimensiones, es decir, lineal y lateral cuando el concepto lo requiere”. Queda claro que la suya es un tipo de prosa cuya tercera dimensión permite comunicar pensamientos complejos. 


Una vez que he llegado hasta aquí, y dentro del marco inspirador de Documenta 14, yo también quisiera proponer una instalación resumen, o de examen final de la visita a Kassel (y por extensión, a toda experiencia artística, como dice Sanchez Ferlosio, en tres dimensiones) que tendría forma de aliño y serviría para unir estas dos palabras que han salido en el escrito, a saber, la ensalada y la hipotaxis. Existe la suficiente distancia entre ellas, mucho más arriesgada que las distancias virtuales a través de las que damos varias vueltas al mundo cada día, como para iniciar un viaje que sea un acto creativo humano de un tercer espacio entre la ensalada y la hipotaxis, que tendría los atributos propios de esa esencialidad humana que he mencionado y que no son otros que los que dan forma a nuestra intimidad, dicha también, el alma. O la forma de un claro del bosque, al decir de María Zambrano, donde poder pensar lo que hemos sentido en ese itinerario, en fin, donde padecer y gozar de nuestra trascendencia, lo cual sería un alivio darnos cuenta que eso nos diferenciaría a todos de las diversas mascotas que también acompañaron a sus dueños en su deambular por las calles de Documenta. Un viaje en el que deberíamos aprender a aderezar, por una parte, la linealidad de los movimientos previsibles a que estamos acostumbrados en nuestra vida cotidiana, que suelen corresponder con la mecánica de relojería de lo que llamamos realidad - tal y como mencioné en el escrito del otro día -, y que no desaparecen por el hecho de estar transitando por la muestra de arte contemporáneo más importante del mundo, y, por otros, los movimientos o distorsiones de todo tipo propios de  la lateralidad que acompaña a aquella linealidad sin que la mayoría de las veces nos demos cuenta. Únicamente nos alertamos de su existencia, tal vez, por esos escasos momentos de perplejidad que a veces se nos escapan en público, desobedeciendo el mandato de los organizadores de la muestra, que aseguran que allí solo hay ideas o conceptos - aunque tampoco aclaran el qué, pues hay una gran diferencia entre ellos a la hora de mover tanto el cerebro como el corazón - que disuaden antes que alientan nuestras emociones en cualquiera de sus niveles de manifestación. Conviene advertir que la complejidad que de todo ello pareciera desprenderse, tiene que ver más con el desconocimiento, debido a la falta de hábito de viajar así y con tales alforjas, que con las escarpaduras que nos podamos encontrar durante el recorrido.  

viernes, 17 de noviembre de 2017

POEMA, de Rafael Argullol

“Tiene que pasar toda una vida
para poder, por fin, intuir
que la verdadera obra maestra,
aquella que justifica los años transcurridos,
es la realización del bien.
Cualquier acto anterior, cualquier esfuerzo
queda empalidecido por este acontecimiento,
una herida de luz en el cuerpo de la tiniebla.
Antes de ese instante -vanidosos, falsos-
nos creemos poseedores de derechos:
hemos sido elegidos para saquear la existencia.
Así caminamos de infierno en infierno,
siempre ávidos de atesorar nuevos errores.
Hasta que, revelada la verdad,
sentimos que solo somos poseedores de un deber.
Y ese deber nos guía al paraíso.”

Y yo me pregunto bajo el palio efímero de las obras que se exhiben en Documenta 14, y acosado por la falta de bondad que el hombre-masa inyecta hoy en el mundo, ¿cual de aquellas obras puede llegar a ser una obra maestra, si como dice Northron Frye “una obra maestra es aquella cuya visión del mundo es más vasta que la del mejor de sus lectores.” O espectadores. ¿Donde está hoy esa individuación que haga posible ese bien que alude el poema de Argullol?

jueves, 16 de noviembre de 2017

LA CUARTA PARED

Cuantos de esos que van cada fin de semana a su itinerario artístico cultural, entre Documenta y Documenta, o entre bienal o bienal, o entre antológica y antológica, no cubren su miedo existencial, que les hace constreñir su vida entre las tres paredes de marras - seguridad, bienestar y paz - con los eslóganes que se derivan del supermercado de las muletillas artísticas asociadas a los ismos heredados del reciente pasado como testamento. Por eso me resultó sorprendente e inesperado oír como el amigo de F le confesaba que él no podía vivir, como hacía F, sin estar lejos de su familia y del aprisco - esto lo digo yo - que forman aquellas tres paredes. No podía vivir sin tener que restringir o constreñir o reprimir o acotar - F me dijo que ninguna de las acepciones le satisfacía - su propia vida a las limitaciones que le imponían ese espacio y el testamento familiar heredado. No podía vivir, para entendernos, sin tener enfrente la cuarta pared. Lo contrario que M o C - amigos también de F - que para no reconocer su miedo paralizante les gustaba entretener sus vidas con los efectos especiales provenientes de la ruptura de esa cuarta pared. Decían así que su vida era más participativa. Recordando esta conversación que mantuve en su día con mi amigo F, y recordando también las palabras de quienes el otro día  mencionaba mientras abandonaban la estación de las vías muertas donde estaba la haima itinerante, o recordando al señor de todo es relativo tumbado en el parlamento de los cuerpos del primer día de la visita Documenta, o leyendo el diario de Duarte, en fin, recordándome a mí mismo, recordé aquello, que estérilmente he repetido en el club de lecturas la biblioteca - una instalación más al fin y al cabo -, de que cuando reflexionamos sin juicios previos y doctrinas, sin la mochila a la espalda, con el alma flotante y a la vez segura, aparece la llave que abre las puertas de los jardines mentales y pensar se convierte en una de la formas de la felicidad. Pues de eso es de lo que se trata, vayamos donde vayamos o estemos donde estemos. 

Caminando despacio llegamos a la Neu Neu Galeri (Nueva central de correos) y como dice Duarte en su diario, “allí una explosión de ideas y colores, formas, una gran cortina de cabezas de reno, reivindica el derecho a la caza ancestral, por el placer o por la necesidad, no lo he entendido. La sala de lectura, casi me pasa desapercibida, quizás sea porque ya no hay lecturas, representa un hábito extinguido, y eso hay que salvaguardarlo, el arte lo hace.” 
El caso es que desde las primeras vanguardias vivimos expuestos a una permanente explosión de ideas y colores, invitándonos así, como nunca antes había ocurrido, a que pongamos toda la confianza de que seamos capaces en nuestra imaginación. Y, sin embargo, no está tan claro que esa explosión de creatividad que, sin duda, ocurrió en la primera mitad del siglo pasado, haya ido acompañada de una mayor y mejor capacidad imaginativa de quienes visitamos con asiduidad los espacios donde se exponen sus correspondientes relatos explosivos de ideas y colores, como dice Duarte. Más bien, al contrario, pienso que la ruptura de la cuarta pared por parte de los creadores contemporáneos ha sido el gran obstáculo del desarrollo de la imaginación en el presente, pues, como ya he dicho, quienes son los más firmes consumidores de esta decisión rupturista son los que viven más encerrados entre sus tres paredes habituales, que son, repito, seguridad, bienestar y paz. 

En verdad la relación de estos emparedados con el arte no es diferente a la que tienen con su vida, a saber, no para que todo pueda ser mejor sino para que todo inequívocamente más cómodo entre sus tres preciadas paredes. Romper la cuarta pared hoy significa, por ejemplo, dejar de ir al cine o el teatro entre otros, obligando que sea el cine o el teatro quienes acudan a alguna de tus pantallas ante la que estás tú solo. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL TAO ES EL OTRO Y LO OTRO

Las alegrías y las preocupaciones de nuestras vidas están ahí disponibles y son perfectamente previsibles. Lo que quiero decir es que no están pensadas para que ocurran tragedias, ni que haya nunca sombras acechantes ni palabras o siluetas misteriosas. Más bien funcionan como lo hace un mecanismo de relojería, y podría continuar así indefinidamente de igual forma, pues pareciera que de los propietarios de esas vidas hubiera desaparecido todo vestigio de conciencia, voluntad, esfuerzo, dolor o placer. 

Estas palabras pudieran parecer el arranque de cualquier distopía adscrita al género de la ciencia ficción, pero a mí me parece que es el relato dominante en la actualidad real, es decir, el relato que hace que cada mañana millones de seres humanos se levanten de la cama para ir al trabajo, a sabiendas de la colosal humillación que esto supone desde el primer día que lo hicieron. Estoy hablando del relato que se conoce como el self made man, o el hombre hecho a sí mismo, al fin, sin intermediarios. Digo esto porque me parece conveniente tener claro que cualquier otro relato, provenga de la más remota antigüedad o de la más rabiosa actualidad, que quiera tener algún tipo de presencia en el mundo de hoy se tiene que ver las caras con este tipo de lectores, que también se creen hechos a sí mismos y que son quienes cortan el bacalao en el ámbito de la industria editorial. O dicho con otras palabras, el self made men trata de parecerse denodadamente a su relato, o lo que es lo mismo convertir su relato en el único relato. Este es a mi entender el principal obstáculo que tiene el Tao, la Odisea o la Biblia, y en general cualquier otro relato, para abrirse un hueco sin tener que convertirse en el espejo donde se refleje la sensibilidad campanuda tipo Dorian Grey de nuestro héroe que se cree hecho a sí mismo. 

Simplemente con que el self made man entendiera el alcance real y la utilidad de su relato, a saber, únicamente le da para ganarse la vida, y que el vacío que entonces se le aparece no es sinónimo de la nada, ni de miedo, sino de todo lo que no es y no podrá ser nunca, lo cual le es negado como propiedad o conquista privada por mucho que haga intercambios psíquicos sobornando a su psicólogo de cabecera, cierto, pero que el misterio que anuncia el Tao se lo ofrece como el campo propicio y apropiado a su imaginación ilimitada, es decir, a su creatividad, simplemente con que entendiera esto, digo, entonces en ese horizonte vacío y lleno de todos lo temores aparecería el Tao, la Odisea, la Biblia, y cualquier otro relato, como las condiciones de posibilidad para ganarse su vida. Para ser alguien, que es lo que todo mortal anhela en silencio. Pues todos esos relatos están ahí no para infundir miedo, sino para que el self made man se dé cuenta, y tome buena nota, de su incompetencia frente a algo tan natural que llama inapropiadamente vacío, cuando en realidad, repito, como dice el Tao, debería llamar misterio. 

Recordemos el primer capítulo del Tao que, como en toda buena narración, queda sugerido todo lo que vendrá a continuación, y que, también, parece escrito ayer mismo para que lo lea hoy nuestro apresurado y acojonado self made man, antes de salir de casa para dirigirse a la oficina. Un acojonado ser humano actual perfectamente alfabetizado e informado, que con lo que ha llovido desde que lo escribió Lao Tse, parece mentira, se cree hecho a sí mismo porque exclusivamente está acostumbrado encontrar emoción en lo diferente, lo individual y lo excepcional, cerrando lo ojos para la nobleza y la hondura del estado anímico que se esconden en la normalidad democrática de lo que todo el mundo hace, siente y piensa. En fin, el Tao, como toda gran obra, está siempre entre el run run sabelotodo de nuestro presente, porque los histéricos e inconfesables temores que acompañan, como la uña a la carne, a nuestra arrogante manera de ser: hechos a nosotros mismos, no pueden impedir que suceda siempre. Oigamos con atención, al hilo de ese run run cotidiano, esas primera palabras.

“El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao.
El nombre que se le puede dar no es su verdadero nombre.
Sin nombre es el principio del universo; y con nombre, es la madre de todas las cosas.
Desde el no-ser comprendemos su esencia; y desde el ser, solo vemos su apariencia.
Ambas cosas, ser y no ser, tienen el mismo origen aunque distinto nombre.
Su identidad es el misterio.
Y en ese misterio se halla la puerta de toda maravilla.”

Nada que temer, por tanto, acojonado e incompetente self made man. Sin embargo, lo tienes todo por imaginar, tío, si estás cerca del Tao, que no eres tú mismo, sino el Otro y lo Otro.

martes, 14 de noviembre de 2017

EL PELIGRO DE NO PENSAR

Pensar de forma crítica es una empresa peligrosa para quien piensa, pues erosiona todo lo establecido de una forma rígida e inamovible, pero no hacerlo es más peligroso aún. Lo es, por decirlo así, porque es donde se aloja el verdadero peligro para todos. Lo que no sé, entonces, es si ese no pensar tiene que ver y hasta donde con esa frase tan frívola que muchos repiten sin cesar, a saber, hay que vivir peligrosamente. Y tampoco tengo claro hasta qué punto a ello viene colaborando desde su fundación el arte contemporáneo, con esa voluntad de fusión de la vida con el arte, y viceversa, extirpando del resultado final, sea éste el que sea, la pregunta que lleva asociada a la distancia estética a que me refería ayer: ¿es bello el contenedor por donde entré a la instalación de la haima? ¿Lo es ésta en su vocación itinerante? Porque si en Documenta han desaparecido las condiciones donde se pueden dar respuesta a esas preguntas, o dicho de otra manera, si en Documenta no se puede pensar, cabría decir que Documenta, siguiendo las palabras con que he comenzado este escrito, es un sitio de máximo peligro. Y, sin embargo, la mayoría de los visitantes deambulaban por el itinerario indicado por los organizadores mostrando un semblante de felicidad que aparentemente hacía impensable cualquier cosa que no fuera su bienestar y seguridad. Ni siquiera los momentos de alta aglomeración, que sin duda los hubo y en varias ocasiones durante nuestro recorrido, me hicieron temer lo que sí me lo producen aglomeraciones humanas semejantes en número pero vinculadas a contextos diferentes, digamos, de tipo deportivo o reivindicativo. Documenta además de trasmitir seguridad y bienestar, era un lugar pacífico. ¿Era esto lo que se pretendía por parte de la organización? Pues seguridad, bienestar y paz son las tres paredes establecidas dentro de las cuales vivimos los ciudadanos occidentales y donde no se puede pensar libremente - al decir pensar libremente me refiero a esa manera de tratar con la herencia recibida sin estar condicionada por testamento alguno que acabe necesariamente en ismo - sin que ese pensamiento produzca algún tipo de erosión en alguna de ellas o en las tres paredes, con el consiguiente temor de que se derrumbe el edificio. El verdadero peligro surge entonces cuando frente a ese temor no hay un reconocimiento honesto por parte de quien lo sufre, sino una reacción violenta contra quien se supone que se lo ha producido, el que piensa sin ismos asociados, que a partir de ese momento se convierte de forma constante en una amenaza contra la fortaleza de las tres paredes. Yo pienso que gran parte del arte actual subsiste o tiene éxito bajo los auspicios de esta doble hipocresía, cuyos propietarios son su mejor clientela. Una, la de creer y hacer creer a sus vástagos la inutilidad o esterilidad del hecho de pensar en nombre de la seguridad, el bienestar y la paz. Dos, trasladar el peligro que esa abdicación lleva asociada a quien sí decide pensar sin ismos obligatorios. Y esto que digo no creo que empañe o haga palidecer la enorme creatividad que la humanidad occidental desplegó durante los primeros sesenta o setenta años del siglo XX, acompañada, como todo el mundo sabe, de inusitadas e impensables cotas de barbarie. Lo que queda en suspenso, como una de las más terribles sospechas heredadas, es saber si la una dio origen a la otra, y viceversa. Lo que si pienso, aunque obviamente no lo pueda demostrar, es que parte del agotamiento creativo actual tiene que ver con la influencia velada de aquella sospecha que sin darnos cuenta hemos heredado en el siglo XXI. Así en la vida como en el arte. O al revés. Ante este panorama, ¿Documenta es o mejor representa, antes que una olla de ideas en ebullición de quienes exponen y se exponen, una válvula de escape de todos aquellos miedos emparedados de quienes miramos y nos miramos? ¿O son las dos cosas, olla de ideas en ebullición y válvulas de escape, al mismo tiempo, sin que el artista, sigamos llamándolo así a la usanza original del siglo XIX, o el espectador puedan discernir quien salva a quien de sus obsesiones y temores?¿Es Documenta, en un mundo horizontal y sin trascendencia, un antídoto contra el envenenamiento del pensamiento a que esa ausencia de verticalidad y de trascendencia nos ha llevado? ¿También una forma de advertencia que nos recuerda que somos infelices porque no hemos aprendido a pensar dentro de esa horizontalidad sin trascendencia, en que nos metió esa osadía de anular la diferencia entre vida y arte, que es lo mismo que anular la distancia estética,  y de la que Duchamp y su Fuente fueron los inventores? ¿No será que el pensar va ligado y estimulado por un forma de misterio frente a la existencia, que no puede prescindir de una verticalidad hacia donde elevarse? De otra manera, ¿no será que pensar libremente y sin ismos, para entendernos, no puede hacerse a ras de tierra?

lunes, 13 de noviembre de 2017

DISTANCIA ESTÉTICA

Al salir del andén de las vías muertas no lo hicimos, volviendo sobre nuestros pasos, a través del contenedor por el que habíamos entrado desde la plaza que está justamente arriba, sino que los organizadores sugerían salir al exterior sencillamente siguiendo el curso de las vías muertas. Nuestro siguiente destino era la Nueva Galería instalada en lo que anteriormente fue una central de correos. De nuevo Documenta se colaba donde sus más firmes seguidores juran y perjuran que no debe estar, si seguimos su catecismo de lo último del arte actual al que pretende acoger quinquenalmente y que recuerdo es: nada de museos, nada de paredes, en fin, nada que recuerde la separación del arte y de la vida mediante sofisticadas distancias estéticas hechas por sofisticados artistas que nada tienen que ver con la sensibilidad y la vida de las personas que acuden a la llamada de eventos como Documenta. Y, sin embargo, esas mismas personan que parecieran defender, o al menos agradecer, que cuando miran la televisión o van al cine el último cartelito de los títulos de crédito sea el eslogan preferido de los vanguardistas: basado en hechos reales, o cuando participan en las actividades sociales o familiares parecieran defender, o al menos agradecer, que nadie rompa el guión de lo que los ha reunido allí y que recuerdo es: la celebración de verse otra vez juntos que es lo mismo que la celebración de la felicidad, esas mismas personas, digo, llegado el momento de ponerse delante de una obra contemporánea parecieran comportarse de un manera inapropiada para la ocasión. Es como si faltasen deliberadamente al reglamento del evento que los ha convocado. Lo que no les impide cuando acuden a eventos como Documenta, defender al mismo tiempo una relación muy querida, y que está conseguida a base de eliminar esa distancia estética que he aludido, entre basado en hechos reales y la celebración de la felicidad que emana por el hecho de estar una vez más todos juntos. Pareciera que así se hubiera cumplido él sueño de los vanguardistas de unir arte y vida, vida y política, eliminando los intermediarios que son los que a parte de ser expertos en crear problemas donde no los hay siempre acaban por llevarse una comisión por semejante incompetencia. Es decir, eliminado a los artistas y a los políticos. Sin embargo, aunque el sueño de los artistas vanguardistas a muchos les gusta creer que se ha cumplido, por el solo hecho de que se celebren acontecimientos como Documenta, no siendo yo quien participe de esas creencias, en el caso de las personas a quien se dirigen no dejan esperar que se manifiesten las rupturas o las grietas en su forma de percibir o sentir.


Efectivamente, cuando nos dirigíamos a la Nueva Galeria, Duarte reclamó mi atención respecto a una conversación que mantenía un grupo de cuatro personas, entre treinta y cuarenta años, que delante de nosotros y en voz más bien alta se preguntaban, medio en broma medio en serio, si lo que acababan de ver y contemplar desde que entraron por el contenedor hasta que salieron al exterior siguiendo el curso de las vías muertas, era o no era arte. Y eso que todo lo que habíamos visto, digamos, estaba dentro del ámbito que dibujaba sin alteraciones remarcables el basado en hechos reales y la celebración de la felicidad por estar juntos. Dicho de otra manera, esas cuatro personas, que por supuesto hacían ostentación sin tapujos de sus teléfonos móviles y su voluntad expresa de estar conectados con otros que no eran quienes en ese momento felizmente les acompañaban, estaban pidiendo o necesitando algo pareció a esa distancia estética a la que me he referido, y que al parecer el contenedor y la instalación de la haima itinerante se la negaban. Cierto era que lo basado en hechos reales se lo proporcionaba su conexión permanente a través de su teléfono móvil y que la celebración de la felicidad les venía del hecho de estar juntos aunque cada uno a lo suyo, se escucharan mas o menos, lo cual no restaba importancia, a mi entender, a la pregunta que en el seno de esas invariables vitales surgió, pues de una u otra manera todos se sintieron interpelados. Una interpelación que yo no la imagino como la habían pensado los organizadores o los artistas de la instalación y, por extensión, los creadores de las otras instalaciones que habíamos visto y las que todavía nos quedaban por ver, en la más conspicua tradición vanguardística, a saber, que la pregunta ¿es arte?, como dice Jose Luis Pardo al respecto, “es una pregunta equivocada pues (que no la hacemos nosotros, sino la capa de prejuicios ancestrales que todavía arrastramos con nuestra mirada, y que es preciso deshacerse de todos ellos para entender la obra) o, al contrario, que la intención de la obra es justamente que no podamos responderla.” Como si en el fondo preguntar si el contenedor y la haima son arte es como si fueran preguntas sin respuesta. Pardo apunta que el fin último de este tipo de interrogantes, que son herederas de la que planteó Duchamp cuando mostró su Fuente hace ahora cien años, “no es plantear ese problema (como hace el Arte Moderno) ni resolverlo (como hace la Estética Moderna) sino disolverlo definitivamente.” Es decir que no se hagan preguntas ni dentro ni fuera de eventos como Documenta, que quedaría así reducida a menos que un partido de fútbol.