viernes, 13 de julio de 2018

EL ÚLTIMO DE LOS INJUSTOS

“Casi tres décadas después del estreno de Shoah, de su brutal impacto en el conocimiento de la naturaleza humana, de su titánico esfuerzo, de su impagable hazaña para nombrar lo innombrable y salvarnos del olvido, llega El último de los injustos, más de tres horas de indagación en una personalidad fundamental para entender la perversión de la solución final nazi. El título de la película, recuerda Lanzmann, es del propio Murmelstein, quien citando la obra de André Schwarz-Bart El último de los justos se llamó a sí mismo “el último de los injustos”.

jueves, 12 de julio de 2018

UNO, DOS Y TRES

“Así, Odiseo es conducido por inspiraciones siempre renovadas de Atenea. Así mantiene la epopeya una duplicidad peculiar. Toda acción debe ser considerada, al mismo tiempo, desde el punto de vista humano y desde el punto de vista divino. La escena de este drama se realiza en dos planos. Perseguimos constantemente el curso sub especie de las acciones y los proyectos humanos y el de los más altos poderes que rigen el mundo. Así aparece con claridad la limitación, la miopía y la dependencia de las acciones humanas en relación con decretos sobrehumanos e insondables. Los actores no pueden ver esta conexión tal como aparece a los ojos del poeta (...). Basta pensar en la epopeya cristiana medieval, escrita en lengua romance o germánica, en la cual no interviene fuerza alguna divina y todos los sucesos se desarrollan desde el punto de vista del acaecer subjetivo y de la actividad puramente humana.” ( Werner Jaeger, en Paideia)

Esta es nuestra verdadera herencia vital y narrativa. Hasta hoy que:

DOS
“En los últimos años han cambiado las tornas, y la realidad se pone al servicio de la virtualidad. No importa tanto vivir el momento como su repercusión en redes, y la alegría de recibir corazones, emojis y me gusta. ¿Quién no ansia ser querido, reafirmado por una panda de palmeros invisibles que jalean tus pasos, aunque se trate de un agasajo de cartón piedra? La adulación es un sucedáneo del Prozac, a pesar de sus efectos se­cundarios. Para muchos internautas, la conexión con el mundo a través de Facebook o Snapchat resulta uno de los momentos más placenteros del día. Familias que se comunican entre continentes, amigos que se siguen con delicia y envidia, jóvenes que se inspiran y se provocan. Luego están los exhibicionistas, las celebrities de la red que se convierten en personajes. El filósofo británico Julian Baggini, autor de La trampa del ego (Paidós), afirma que la identidad no se basa en la concepción de un yo inmutable, “sino en una idea coherente de la narrativa que cada uno de nosotros crea para sí mismo y los valores que la sustentan”. Los flujos de imágenes edulcoradas que desfilan por el escaparate de monerías que es Instagram evidencian –además de una gran cantidad de gente ociosa– que posar en la red no es sólo un entretenimiento sino un veleidoso modelo de vida.” (Joana Bonet, en El Boomerang)

TRES
¿Qué pintan esas películas u obras de arte (que ya no se hacen como las de antes) pero que se exhiben en las salas de cine o se presentan a los festivales o se muestran en los museos, espacios todos ellos de los de antes: salas de cine, festivales y museos, imaginados para una concepción de la representación de la vida a la vieja usanza cristiana medieval atravesada toda ella por la imaginería helenística? ¿No son productos (los que no se hacen como los de antes) concebidos con la mentalidad y la mirada instagramica del presente, cuyo espacio natural es uno y nada más que uno: las redes sociales? ¿Por qué sus autores se ufanan, desde el lado visible de sus existencias, de estar convencidos de que la vida no necesita representación para entenderla o aprehenderla, pero, desde el lado oculto, no pueden prescindir (aunque sea en forma de simulacro o apaño) de la vieja representación griega y cristiana medieval, y de sus espacios de exhibición, cuando pretenden llevar a cabo sus ensoñaciones creativas? ¡!Desclasados!!, los llamaría indignado Marx, pues aman tanto la vida burguesa realmente existente, como odian sus efectos depauperadores sobre el proletariado que solo ellos ven. Lo quieren cambiar todo sin privarse de nada, y menos de los focos mediáticos y de la alfombra roja. Al final, aquella pequeña burguesía y aquel lumen proletariado, a los que Marx despreciaba por no ser portadores de misión histórica alguna, han acabado formado parte de una amalgama o pastiche, según como se mire, que los sociólogos han denominado sin ponerle mucha imaginación al empeño, la clase media global. La mayoría de cuyos miembros no saben expresar (al menos en España) lo que sienten con lo que hacen o dicen, haciendo de sus garabatos públicos el alfabeto idóneo de sus mentes, al fin al cabo, ignorantes por darse más al dato y al signo (como cualquier gran mamífero), que al acto genuinamente humano de pensar significativamente. Desplegando mediante el alfabeto de esa animalidad humana, en una pizarra infinita como es internet y sus diferentes plataformas, los caprichos y veleidades de unos súper egos cansados y aburridos de ser de vidrio. Es evidente, que estos nuevos creadores que echan de comer a la clase media global no son revolucionarios, pues no pueden cambiar nada debido a su procedencia (en esto Marx sigue teniendo razón), más bien han mutado, por exigencias del guión digital, en terroristas simbólicos (a imitación de Duchamp y su fuente, el verdadero padre fundador de su estilo y su profundidad de campo, parafraseando a José Luis Pardo).

miércoles, 11 de julio de 2018

LA PROPIEDAD

“Pero para Hesíodo el mundo heroico pertenece a otro tiempo distinto y mejor que el actual, «la edad de hierro», que pinta en los Erga con colores tan sombríos. Nada es tan característico del sentimiento pesimista del pueblo trabajador como la historia de las cinco edades del mundo que empieza con los tiempos dorados, bajo el dominio de Cronos, y conduce gradualmente, en línea descendente, hasta el hundimiento del derecho, de la moral y de la felicidad humana en los duros tiempos actuales. En semejante ambiente no es posible que surja un puro ideal de educación humana, como ocurrió en los tiempos más afortunados de la vida noble. Tanto más importante es averiguar qué parte ha tomado el pueblo en el tesoro espiritual de la clase noble y en la elaboración de la cultura aristocrática para adoptarla y convertirla en una forma de educación adecuada al pueblo entero. “Campesino” no significa todavía «inculto». Incluso las ciudades de los tiempos antiguos, especialmente la metrópoli griega, son principalmente ciudades rurales y en su mayoría siguen siéndolo después. No existe todavía una civilización ni un módulo de pensamiento ciudadano que todo lo iguale, y aprisione sin piedad toda peculiaridad y toda originalidad. La vida espiritual más alta en el campo sale naturalmente de las capas superiores.”  Elena Vozmediano, profesora de dibujo de uno de los institutos de secundaria de Móstoles (provincia de Madrid), dio comienzo a sus vacaciones estivales en un estado de lamentable descomposición profesional. Lo cual le hizo sospechar, fue lo primero de lo que tuvo plena consciencia a las pocas horas de abandonar el restaurante donde celebró con sus compañeros la comida de fin de curso, que los dos meses que tenía por delante serían insuficientes para recuperar el mínimo de fuerzas necesario, que le permitieran encarar el curso siguiente con eso que se sigue llamando, inopinadamente, dignidad educativa. Siguiendo la estela de las palabras de Werner Jaeger, con que he comenzado este escrito, nuestra edad de hierro se da, contra todo pronóstico, en un limbo tecnológico que nos hace creer que nada pesa y que todo es posible. Por eso, la insoportable pesadez del ser docente y dolorido de Elena Vozmediano es todo un síntoma de la enfermedad que oculta el optimismo masivo de los tiempos actuales, digitalización mediante. ¿Ha vuelto a pintar?, le preguntó pactadamente la periodista de una revista educativa de tirada europea, que estaba haciendo un reportaje sobre cómo viven los profesores y maestros de los municipios españoles. O al menos esa era la disculpa oficial. De vez en cuando solo hago esbozos sobre alguna idea que me viene a la cabeza, pero para desarrollarlos necesito sacar de mi mente todo el barullo y el ruido, un compañero del claustro llama a todo eso roña, que se ha ido metiendo durante el curso, y en dos meses a penas tengo tiempo de sacudirme la fatiga física acumulada, no, no pinto nada desde hace seis años, los mismos que llevo en el instituto con mi plaza de profesora de dibujo en propiedad. Va a ir a algún sitio durante estos dos meses de vacaciones, le preguntó la cronista de la revista, no, no tengo ganas de ir a ningún sitio, me quedaré en casa, creo que es lo mejor para comenzar el curso en condiciones, respondió Vozmediano sin ningún signo de resentimiento, como si los esbozos de los que hablaba tuvieran que ver con la vigilante quietud que, al fin y al cabo, le proporcionaba saberse propietaria de su puesto de trabajo. No había necesidad de desarrollarlos, pues se confundirían con ella misma. Sin mencionar literalmente la palabra propiedad, la periodista, que hizo la entrevista además de a Elena Vozmediano a otros profesores de otros institutos y de otras disciplinas académicas, enfocó su reportaje sobre un asunto delicado pero, a su entender, fundamental, a saber, hasta donde y en qué medida el que el objetivo prioritario y único, al tiempo que inconfesable de manera abierta, que tienen todos los docentes de conseguir en propiedad la plaza de profesor en el lugar asignado, no está afectando a la parálisis que padece el gremio de la enseñanza frente los cambios de mentalidad y sensibilidad que se están produciendo en la sociedad, y que chocan una y otra vez contra los muros, o coraza de tortuga, con que se han blindado las aulas y los claustros de profesores. Las vías tradicionales de acceso al conocimiento, a la identidad y a la ciudadanía están cambiando drásticamente, subraya la periodista en su reportaje, y en el interior de escuelas e institutos (la periodista no se hace eco del estado de la universidad) parecen vivir un largo sueño de estancamiento dentro del cual nunca pasa nada reseñable que tenga que ver con el tumulto que se vive extramuros de escuelas e institutos. Y aun así los docentes, tal y como apunta Vozmediano, llegan deshechos al final de cada curso. El deseo de la propiedad, se pregunta la cronista en la parte final de su reportaje, ¿tiene la particularidad de cegar el destino de quienes aspiran a ella de una manera irreductible? ¿Es por ello - continúa en su particular interrogatorio - que después, en la defensa numantina de la plaza conseguida, al docente se le imponga, casi sin darse cuenta, el imperativo de que todo va bien porque todo lo hace bien, es decir, la retórica sin palabras y la indiferencia absoluta hacia lo que está ocurriendo en el exterior. En un momento de la entrevista Elena Vozmediano diagnostica con lucidez (tal vez como un primer efecto de sus deseadas vacaciones), ante las preguntas de la periodista, sobre cómo salir del atolladero en se encuentran unos docentes propietarios pero doloridos, muy doloridos, que la enseñanza debería quedar liberada de los vaivenes de la política partidista. Sugiere así Vozmediano un tímido intento de volver a pensar la educación como un ideal universal, del que no es ajena, comenta no sin cierta sorna en sus palabras la entrevistadora, la condición de artista enjaulada que oculta al lado del título de propiedad que luce cada vez con menor entusiasmo y convicción. Y es que, los ricos saben bien de esto, las propiedades son la mayor y peor carga, respectivamente, para saber el lugar y el modo que uno ocupa en el mundo. La diferencia con los tiempos de Homero o Hesiodo es que la enfermedad y la propiedad de Vozmediano y los docentes son reales en tanto en cuanto son visibles, pero los cambios que las acechan no son todavía del todo visibles y, sobre todo, son muy indeterminados. Per en ese ámbito, digamos inmaterial, no hay dioses que medien entre las debilidades y limitaciones de los mortales, como cuando entonces.

martes, 10 de julio de 2018

MIRARSE ESQUIANDO

Las razones por las que Arturo Egea llegó tarde a la práctica del esquí son todas de índole generacional. Por resumir, cuando estuvo estudiando lo que hoy se conoce como educación primaria no había actividades extra escolares. Ha sido dentro de la práctica de estas actividades donde han surgido, después de que se han normalizado y extendida su práctica a toda la población escolar, la mayor parte de las vocaciones deportivas y artísticas que hoy ya forman parte del paisaje cultural del país. Enseñar a nadar, a jugar al fútbol, etc, y, como no, enseñar a esquiar a niños y niñas de corta edad se ha impuesto como algo prioritario, incluso antes que enseñar a leer y escribir a esos mismos niños y niñas. El caso es que Arturo Egea aprendió a leer y escribir a la edad y según los cánones de la antigua usanza educativa, y se metió en la cuarentena sin haber aprendido a esquiar. Una usanza educativa que era una mezcla todavía del ideal griego y el pragmatismo católico. Werner Jaeger lo cuenta así. “Así, Odiseo es conducido por inspiraciones siempre renovadas de Atenea. Así mantiene la epopeya una duplicidad peculiar. Toda acción debe ser considerada, al mismo tiempo, desde el punto de vista humano y desde el punto de vista divino. La escena de este drama se realiza en dos planos (...). Basta pensar en la epopeya cristiana medieval, escrita en lengua romance o germánica, en la cual no interviene fuerza alguna divina y todos los sucesos se desarrollan desde el punto de vista del acaecer subjetivo y de la actividad puramente humana.” Esta es nuestra verdadera herencia vital y narrativa. Puesto el mundo en manos de los hombres y mujeres mortales por decisión voluntaria de un Dios que quiere estar siempre ausente, abandonado a su suerte a sus propias creaturas, puede ocurrir cualquier cosa. Como así ha sido en el mundo católico y en su versión secularizada moderna y contemporánea. Fue la mujer de Egea la que lo incitó a acompañarla a subir y bajar pendientes verdes, rojas o negras según la estación de esquí y el estado de ánimo de cada día al amanecer. La mujer de Egea era unos años más joven que él, los justos para que ya formara parte no de la siguiente generación sino de un mundo desconocido para aquel. Ese en el que averiguar el lugar que ocupas y el modo de estar en el mundo respectivamente significa, simplemente, acomodarse a la realidad objetiva en la que se cree previamente. Nada que ver con lo está más acostumbrado Egea, a saber, no tener miedo a preguntarse por las coordenadas dentro de las cuales enmarca donde vive e imagina: visible/invisible y determinado/indeterminado. La mínima posibilidad de sentir miedo, o presuponer en lugar de tener certezas, sobre las estrategias de supervivencia o de vida, las decisiones, la moral o la ética e incluso sobre el relato biográfico que cada cual hace de sí mismo, es algo inimaginable en el mundo nacido a partir de las actividades extra escolares. Así que a esa edad en la que los huesos empezaban a crujirle al levantarse de la cama, signo inequívoco de que continuaba vivo, Arturo Egea empezó a deslizarse por la nieve con el temor propio de poder romperse la crisma en cualquier momento. Su mujer puso toda la paciencia de que fue capaz para que el aprendizaje de su marido encima de las tablas de esquí progresara de la manera más armoniosa, teniendo en cuenta la proverbial torpeza del alumno. No quería cargar con la culpa de que tuviera un percance que fuera más allá de los usuales moratones en los glúteos o en la parte exterior de los muslos debido a las innumerables caídas que tenía. A la tercera temporada los moratones habían disminuido, pero el progreso no lo hacía en la misma proporción tan evidente. Lo cual podía ser debido a que Egea había conseguido, por decirlo así, un punto de equilibrio entre el afán de superar su torpeza y su miedo a partirse la crisma. Y ahí se había estancado. Carente de ese estímulo tan peculiar de los deudos de las extra escolares, que han colaborando a producir el catálogo más variado de neurosis (o enfermedades neuronales sin prescribir, como las denomina el filósofo coreano alemán Brung- Chul Han) que hoy padecen los nuevos miembros incorporados a la clase media occidental, Arturo Egea no entendía el empeño de su mujer y, sobre todo, el de los amigos que los acompañaban, en que si se esforzaba más conseguiría todo lo que se propusiera. Como si los esfuerzos y los propósitos, de forma mecánica, siempre fueran en la misma dirección. Es la misma asociación que hacen esos mecanicistas, muy vinculados por cierto al aspecto material de la existencia, que estudian la relación entre mente y cuerpo. Las actividades extraescolares también han colaborado lo suyo al fomento de ese mecanicismo, al centrarse en la promoción y enseñanza de particularidades pedagógicas, desligadas una a una de cualquier ideal universal de la educación. Al final de esa tercera temporada Egea se apuntó, junto a su mujer, a un curso de esquí que se organizaba en Los Alpes en el verano siguiente. Pretendía con ello no perder la ocasión de seguir practicando porque se hubiera acabado la temporada oficial de invierno. Lo que más le interesó fue que después de esquiar sobre la pista, tenía una clase teórica donde podía, mediante cámara interpuesta, verse esquiando. Se acordó, entonces, de las veces que había repetido a su mujer y a sus amigos que, a la hora de comentar un libro, trataran de verse leyendo. No era muy diferente a lo de verse esquiando, les decía. Pues si sobre la pantalla nos tenemos que fijar muy bien en lo que hacemos y decimos, es decir, en lo visible, sobre la página del libro nos tenemos que fijar en lo que no hacemos y no decimos habitualmente, es decir, en lo invisible, que también existe e influye mucho en lo que vemos. 

lunes, 9 de julio de 2018

MARCO AURELIO

”Si no es bueno, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas”

“Son las siete de la mañana, es noche cerrada y conduzco con prisa. Ha habido un accidente en la incorporación a la autopista. Todos los conductores nos ponemos nerviosos, avanzamos lentamente porque solo hay un carril disponible. En estas circunstancias un coche se me cruza y se pone delante de mí de malas maneras, sin activar el intermitente y sin tener espacio. Inmediatamente juro contra él y contra toda su estirpe. Me domina esa absurda agresividad tan propia de los conductores. Me veo a mí mismo desde fuera del coche: estoy solo, encolerizado, grito improperios contra alguien que no conozco ni conoceré jamás, gesticulo encolerizado, la cara cubierta de rabia. Por un instante soy consciente de que mi comportamiento no tiene sentido, pero la rabia me vence.”

jueves, 5 de julio de 2018

VISUALIZAR LO INVISIBLE

EInstituto Smithsoniano se ha propuesto ayudar a visibilizar la labor de mujeres relevantes en campos como la ciencia, el arte, la historia o la biología y, para ello, busca voluntarios que estén dispuestos a transcribir los diarios, las investigaciones, las fórmulas, los diagramas o las cartas que esas mujeres escribieron a lo largo de su vida profesional.
Todos los materiales están escaneados y disponibles en la página web de la institución. Cualquier persona puede acceder a ellos para consultarlos, pero el objetivo es que esos individuos se animen a transcribirlos.
No es necesario ningún conocimiento o experiencia previa. Solo voluntad y ganas de colaborar. Cualquier aportación es bienvenida, incluidas un par de líneas. Una vez hecha una primera transcripción, un segundo voluntario comprueba el trabajo realizado. Su tarea será la de dar el visto bueno o devolver el documento al estado anterior para que sean subsanados los fallos que hubiera encontrado.

miércoles, 4 de julio de 2018

ANÁBASIS

Aunque estaba más tranquilo que cuando lo vi hace tres meses, Fermín Pastrana había decidido pedir una excelencia en el instituto y de esta manera vivir el siguiente curso como un año sabático. No tenia del todo claro que la actitud de sus alumnos fuera a llevarlos a donde ellos pretendían ir. De otra manera, no sabía si lo que les había inculcado les servía para hacerse un carácter, o simplemente demostraba que sus dotes de persuasión servían únicamente para que aprobaran el curso con buena nota. Hasta ahora se consideraba un buen profesor de filosofía analítica o empírica. Me reconoció, sin embargo, que en los cursos de escritura creativa donde nos conocimos tuvo, por decirlo así, una crisis de fe en los fundamentos visibles de aquella. Pero lo solventó como suelen hacerlo los espíritus analíticos, mirando para otro lado cuando las preguntas que le interpelaban en los textos del curso no se ajustaban a la cajita donde guardaba sus ecuaciones demostrativas. No obstante, los enfados que se cogió, que fueron varios y sonados, en las discusiones que suscitaron los problemas narrativos del curso de creación literaria no se le olvidaron nunca, pasando a formar parte de su memoria. Reconoce también que siempre le han venido a la cabeza cada vez que las cuentas, ya fueran profesionales, familiares o sociales no le salían. Debido a ello, tal vez, que a partir de entonces de forma secreta se pusiera a volver a estudiar con más atención a los filósofos antiguos. Aquellos que inventaron el pensar y la filosofía occidental. Al hacerlo tenía la vaga intención de proponer al claustro del instituto la idea de organizar un seminario sobre el asunto. Pero al final no ha podido ser y por eso ha optado por al año sabático, en lugar de seguir resistiendo de la peor manera, indignándose y resabiándose. Fermín Pastrana, en contra de lo que estaba convencido al inicio de su carrera docente, piensa ahora después de releer a los filósofos clásicos que las redes sociales son incapaces de construir la paideia que esos anuncian, y que sigue siendo la herencia que hemos recibido, lo que somos, a pesar de que no le hagamos ningún caso. De nuevo, la voz penetrante de Jaeger nos lo recuerda “Ningún día se halla tan henchido de confusión humana que el poeta olvide observar cómo se levanta y se hunde el sol sobre los esfuerzos cotidianos, cómo sigue el reposo al trabajo y la lucha del día y cómo el sueño, que afloja los miembros, abraza a los mortales. Homero no es naturalista ni moralista. No se entrega a las experiencias caóticas de la vida sin tomar una posición ante ellas, ni las domina desde fuera. Las fuerzas morales son para él tan reales como las físicas. Comprende las pasiones humanas con mirada penetrante y objetiva. Conoce su fuerza elemental y demoníaca que, más fuerte que el hombre, lo arrastra. Pero, aunque su corriente desborde con frecuencia las márgenes, se halla, en último término, siempre contenida por un dique inconmovible. Los últimos límites de la ética son, para Homero, como para los griegos en general, leyes del ser, no convenciones del puro deber.” A parte la ausencia de jerarquización del conocimiento, la basura que movilizan  y el ruido que provocan, algo que ya estaba presente en la fisionomía de la manera de vivir anterior a que internet llegara, es la literalidad que produce en la forma de mirar de los alumnos la peor de las consecuencias de su uso masivo. Solo existe para ellos y de forma inmediata, dice Pastrana, lo que aparece en las pantallas de sus móviles, despreciando todo lo que hay de meditativo y oscuro en todo lo que se nos aparece, ya sea en la pantalla del móvil, en el cuarto de baño o en la gasolinera de la esquina. El móvil les da de comer sin necesidad de espera y un lugar donde acomodarse en el mundo, y eso para la mayoría de los profesores del claustro es la paideia moderna. Una forma de descanso para todos, ya que no se tienen que aguantar las caras de perro con que profesores y alumnos se saludan cada mañana todas las mañanas del curso. Los diez mil, tal y como lo cuenta Jenofonte en su obra Anábasis, vivieron su epopeya, en unas condiciones imposibles de imaginar por los profesores y alumnos actuales, como una paideia. Es decir, com una educación, una formación, una manera de pensar sin la cual nadie puede llegar a saber su lugar. Sobre esta epopeya quería haber organizado el seminario Pastrana en su instituto. Es decir, llegar a conocer en que se es bueno para dedicarse a ello en lugar de estar deseando constantemente el siguiente twit en la pantalla. Es esta una estructura, la de conocer en qué se es bueno, que solo es posible en un Estado que se haga cargo e imparta verdaderamente una educación, una paiseia. Los compañeros docentes de Fermín Pastrana han perdido este ideal educativo porque no existe política educativa alguna en una polis que, a todas luces, es inexistente. Solo hay mercado y mercancías, con dos piernas o con cuatro patas o sin extremidades de ningún tipo. Sobre tales escombros, ha crecido una terrible paradoja, todo parece funcionar mejor pero nadie sabe explicar por qué. Llegados hasta aquí, los más jóvenes, entre quienes por supuesto se encuentran los alumnos de Pastrana, están menos interesados en encontrarse a sí mismos que en encontrar la salida de esa paradoja, convertida así en un endiablado laberinto o en una trampa mortal. Depende de los casos y, sobre todo, del poder adquisitivo de sus mayores.