lunes, 4 de diciembre de 2017

COMO SI...

Dice verdad aquello que dice sombra. Se lee y se escribe para atravesar esas sombras y descubrir la verdad. ¿Cabría decir que se habla para el mismo fin? O es más correcto decir que se lee y se escribe porque solo hablando, tal y como lo hacemos hoy, no hay manera de advertir la sombra que producimos y de descubrir la verdad que oculta. Se lee y se escribe porque no se puede hablar sin producir ruido, mucho ruido. Un ruido que es ya insoportable. Esas primeras palabras son del poeta Paul Celan que escritas después de Autchwits tal vez como epitafio, se pueden leer hoy como puesta al día de un relato - el del ideal del ciudadano liberal, autónomo, capaz de persuadir y dejarse persuadir, en fin, capaz de dialogar - que en su afán por hacerse realidad desde su publicación hasta hoy en su fase digital, lo que ha conseguido es convertirse en la pesadilla verbal que ahora padecemos. Uno de cuyos efectos invisibles es, por supuesto, la imposibilidad de aceptar por los lectores actuales la interpelación que, cara a cara sin intermediarios, les hace el Señor de la Mancha, como ya mencioné en la entrada anterior. Sin embargo, si nos atenemos al reloj de la historia el relato ideal del ciudadano liberal, que fue imaginado para acabar con todos los absolutismos, y el del Señor de la Mancha, que lo fue para poner en cuarentena - o si se quiere ponerle delante al la Triste Figura - a los posibles excesos o desvíos de ese gesto político necesario, fueron contemporáneos. Dicho con otras palabras, nacieron al mismo tiempo la forma política por excelencia del aburrimiento porque lo es también del deber de civilidad, la democracia, y su antídoto en forma de entretenimiento y comprensión, la novela. Lo que ello significó fue que ambos nos pusieron ante el dilema de hacernos adultos o mayores de edad de una vez por todas. Ni más ni menos. Teniendo en cuenta que tanto el deber de civilidad como la lectura y la escritura no se pueden imponer, sino que son un gesto de cortesía, sea por ello que están más ausentes que nunca en muchas de las conversaciones faltas de educación de las redes sociales y, por tanto, en las formas de percepción de los ciudadanos de la clase media global, perfectamente alfabetizados, y principales propietarios y consumidores de las mismas. La pegunta es, ¿a que se debe, si nos atenemos a la manera de percibir que tienen hoy los herederos digitales de aquel ayer democrático y quijotesco, el que parezca un antigualla de museo, en el caso del deber de civilidad, y un mono de feria, en el caso del Señor de la Mancha? ¿Es que la era digital, creyendo ir hacia adelante, nos ha metido de coz y hoz en una época de regresión a la “vida salvaje” de los Monarcas Absolutos? 

Tal vez hay que ser demasiado humano para cumplir con ese deber de civilidad que exige la democracia y para leer las peripecias del de la Triste Figura y su fiel escudero, pero no intentarlo cada día “como si...” si ello fuera realmente alcanzable, abandonándonos a los cantos de sirena de las multitasking de las redes sociales, es casi seguro que nos hará volver a la selva absolutista, lugar donde los animales salvajes, antes que los internautas de las redes sociales o los jugadores de ordenador, llevan haciendo tareas diversas para sobrevivir desde siempre. Lo que quiero decir, es que no intentar existir como buen ciudadano y buen lector y escritor  “como si...” fuera posible hacerlo, siendo fieles así a la tradición de su fundación original y, por tanto, adquiriendo el compromiso de su desarrollo y evolución como imagen o huella de nuestro paso por el mundo, no intentarlo, digo, por el hecho de que no puede ser como lo imaginamos, tal y como nos lo impone ahora las redes sociales, nos convertirá paulatinamente, no en dioses como podríamos suponer sobre las pantallas, - si podemos ser dioses, porque conformarnos con menos -, sino en menos que humanos. Que es otra manera de nombrar a la minoría de edad donde siempre pretenden que permanezcamos todos los Absolutismos, incluido el del Yo. Y es que Yo Absoluto cuando se expresa es para decir sí o sí, jamas como si...

sábado, 2 de diciembre de 2017

ACTITUD 3S

Que no es otra que la de caminar en silencio y a solas, para alcanzar la sabiduría. Es lo que nos propone el escritor frances David Le Breton en la siguiente entrevista.

viernes, 1 de diciembre de 2017

LOS MOHINES DE SIEMPRE

Luego le dije lo de la singularidad lectora, viendo que se escudaba en infinidad de mohines disculpatorios referidos a su falta de preparación en estos menesteres. Otra vez, pensé en voz baja, los mohines agresivos de siempre frente a la lectura, frente a lo difícil y lo complejo, froten a lo que no se sabe y que son un reflejo en el rostro de que se acepta. Fue como si me amenazara diciéndome sin decir, como sigas por ahí te muerdo. ¿De qué trabajas?, le pregunté. Soy profesora de instituto, me contestó, no me dijo que daba clases a tercero de ESO, que era por lo que yo le había preguntado. No quien era, que vaya usted a saber, sino como se ganaba el sueldo cada mes. Profesores de ESO hay muchos, le dije, pero autores del Quijote sólo hay uno, así como cada lectura es única e irrepetible aunque transitiva, pues tiene vocación de hacer comunidad con otras lecturas. Uff, uff, volvió a tirar de los mohines amenazadores y demás repertorio de la comunicación no verbal, que siempre acaban reivindicando quienes no saben expresar sus sentimientos con palabras. Se acercaba el momento de hacer una digresión típicamente quijotesca. Así que con permiso del moderador le dije que, a mí entender, nos habían convocado a compartir lo que nos había hecho sentir la lectura del ingenioso hidalgo de la Mancha, es decir, que sentimientos te han producido - utilicé con toda la intención la segunda persona - independientemente que puedas estar de acuerdo o no con eso, o que tú pienses otra cosa al respecto, o si podemos llegar a un principio de acuerdo por la vía negativa: a lo que no nos han convocado es a no decir palabra alguna sobre lo que nos ha parecido la lectura de esta novela. Nos resultaría inimaginable llegar aquí esta tarde y que nadie, incluido el moderador, abriera la boca durante las dos horas que está previsto que dure el encuentro. Queda claro, le dije, que esta tarde venimos aquí a hablar algo de algo que tiene que ver con la lectura que hayamos hecho. Eso es lo que llamo el pacto previo entre los lectores. Y ese hablar algo de algo solo se puede hacer con palabras. Para decirlo de una manera abreviada, la lectura y la escritura son las artes de la palabra, como la pintura son de los colores y la música de los sonidos. No en balde en el lento proceso de democratización de la cultura lo que se ha generalizado son los clubs de lectura en las bibliotecas, no existiendo en paralelo y con similar extensión clubs de pintura (como hemos visto tal o cual cuadro) o clubs de música (como hemos oído tal o cual sinfonía). En las artes, digamos no verbales, sigue predominando un acendrado elitismo antidemocrático, que nos lleva a pensar que para decir algo de ellas se ha de ser un profesional o un experto, al contrario que en la literatura de la que creemos - quizá por efecto óptico deformante de que todos hemos sido alfabetizados mecánicamente durante nuestra escolarización en las habilidades lectoescritoras - que puede hablar cualquiera de cualquier relato que lea de cualquier manera. Entonces, ¿es licito hoy leer el Quijote como si fuera un mono de feria - ya que la extravagancias del personaje así nos lo facilita, cuidé de aclararme - que llega para divertirnos, incluso emocionarnos, en nuestra jaula dorada? ¿Lo es - y es donde quiero que pongas toda tu atención - aprovechando esa dualidad de las palabras, en tanto que se utiliza el mismo signo para decir lo que es inane como lo excelente? Lo que probablemente haya hecho posible la democratización de las palabras, sin darnos cuenta, es que al mismo tiempo, y debido a su uso arbitrario e indiscriminado, haya metido al lenguaje común humano en un proceso, espero que no sea irreversible, de corrupción o corrosión, que afecta también a nuestro carácter o forma de ser. Que el proceso de corrupción del lenguaje, hasta llegar al punto de que solo sea un gruñido animal, que lleva adherido la democratización de las palabras sea algo inevitable, solo depende de cómo nos comportemos los seres hablantes en nuestra condición de lectores frente a las obras de la literatura que fueron creadas al margen de esa influencia corruptora. Que fueron creadas como un acto de belleza necesario, entendiendo la belleza en un sentido amplio no sujeta a los cánones clásicos, y su necesidad entendida en cuanto que es algo que le falta a la vida y que solo puede obtenerse por vía de la imaginación creativa. Si leemos el Quijote y las demás obras literarias como lo que son, acontecimientos narrativos que se cuelan en nuestras enjauladas vidas sin nuestro permiso explícito, no para liberarnos, pues eso no es asunto de la literatura sino de la política de la polis, sino para recordarnos nuestra condición de habitantes de la caverna platónica, ya que, en definitiva, leer es recordar, y recordar es pensar sobre lo que nos ha sucedido y sobre lo que no nos sucederá nunca, si leemos así, le dije, sucederá que habremos librado a las palabras de su corrupción irreversible, y a nuestro rostro de los mohines malhumorados de siempre frente a lo difícil y lo complejo. Y así el valor y el coraje necesarios para llevar cabo todo ello, nos volverán a parecer palabras acordes y en sintonía con lo que le es propio y apropiado a nuestra heroicidad moderna. Al final, sucederá que al leer así habremos escrito el primer capítulo del relato de nuestra vida, es decir, al leer así empezaremos a ser alguien. 

jueves, 30 de noviembre de 2017

YO ABSOLUTO, TÚ LOCO

Como era de esperar el multiperspectivismo y la relativización nihilista del humor de don Quijote y su escudero Sancho Panza iban a ofender a los lectores de esa clase media global en la que todos estamos más o menos estabulados, que anhelando constituirse en Todo, sin saber muy bien por qué, se atreven a leer las peripecias de esos dos benditos. La tragedia democrática, ya lo hemos comentado, es la ignorancia de los tipos normales que la pueblan, ignorancia de la que, por otro lado, se enorgullecen muchos de ellos, a saber, su incapacidad para persuadir y dejarse persuadir en un diálogo continuo, pues no otra cosa es la democracia, la educación y la lectura en sentido amplio. Ese trípode efímero, frágil e imperfecto sobre donde pretenden que se aguanten la totalidad de sus anhelos, a costa de querer trasformarlo en algo inmutable, robusto y exacto. O en palabras de Arendt, es su incapacidad de pensar, que dio lugar ayer a la banalidad del mal y que hoy produce la banalidad del bien, la que convoca hoy como ayer a los demás totalitarismos públicos y privados. Entre los que destaca, por su apabullante dominación en el estadio actual de la modernidad, el totalitarismo del Yo, unidad y principio fundacional de esa clase media global a que me refiero.

Si el héroe griego Ulises está demasiado lejos de nuestra modernidad y el héroe romano Eneas parece su fundador, Don Quijote representa más bien el principio de su acabamiento. Los tres salen un día de sus casas y los tres vuelven. Pero mientras Ulises vuelve extremadamente ligero de equipaje para recuperar lo suyo y a los suyos, y Eneas vuelve para fundar el embrión de lo será el Imperio Romano, matriz de todos los imperios posteriores, Don Quijote sencillamente vuelve a su casa para morir. Y ese acabamiento de poder constituirse en el Todo, es lo que disloca la mirada de los lectores modernos que, repito, incomprensiblemente se acercan a las aventuras del Señor de la Mancha o de la triste figura. Cuando para satisfacer tales anhelos totales es mucho mejor que frecuenten cualquiera de los otros dos héroes antiguos, preferentemente, tal y como yo percibo el totalitarismo del Ególatra de Hoy, a Ulises, por lo lejos que les cae. El cine de Hollywood ya se encarga de adobarlo y ofrecérselo en bandeja de plata, evitando las salpicaduras indeseables. 

Y es que la lectura de los textos originales de los tres héroes le plantean inconvenientes a este buen señor actual que tiene en propiedad un Yo tan Campanudo. El de Itaca ya que su desprendimiento de todo es lo que permite al fin poner rumbo hacia su destino. El de Roma por ser un “mandao” a servicio del emperador Augusto. Y el de la Mancha porque le anuncia la muerte como destino final de toda peripecia humana. Ninguno de los tres les sirven como ejemplo al Yo moderno. Sin embargo, el Señor de la Mancha o el de la Triste figura, todavía le es útil para revalidar - esta debe ser quizá la razón de que lo lea - el estatuto de su normalidad ególatra. Le sirve para ocultar todo lo que de patológico y peligroso hay en esa legitimidad normal. Pues no hay nada más consolador para quien anhela hacer de su Yo el Todo, que tener a mano un Tú Loco. En la modernidad la lucha no es ya entre los mortales contra los inmortales, como en el caso de Ulises, o del Imperio contra los barbaros que lo quieran destruir como en el caso de Eneas, en la modernidad la lucha es entre el Yo Absoluto y el Tu Loco. Sin embargo, si he podido observar que el Yo Absoluto frente al Señor de la Mancha muestra signos de debilidad que no preveía, pero de los que no es del todo consciente. 

Don Quijote consigue que, tanto los lectores aficionados como los profesionales, se pongan la mano en la sotabarba y reconozcan delante de sus iguales que se emocionan. En el fondo, es que son unos sentimentales. En el caso de los lectores que he denominado aficionados, y que normalmente coinciden en los clubs de lectura, la cosa no va a más que los mohines de siempre. En el caso de los que he llamado profesionales, véase profesores de instituto o universidad, críticos culturales y articulistas varios, la confesión de esa primera emoción es la disculpa para desplegar el Todo de sus conocimientos profesionales. Respecto a estos segundos poco se puede hacer, son los que, al fin y al cabo, más hacen gala de un Yo Absoluto absolutamente irreductible, valga la redundancia. En cuanto a los lectores aficionados del Quijote, si me parece atisbar, en esa debilidad que muestran, una oportunidad para iniciar el asalto a su fortaleza inexpugnable. Confiesan que se enternecen, se encariñan con las peripecias del Señor de la Mancha y su escudero, incluso algunos, supongo que por deformación profesional, quieren proteger con su lectura el estado mental que les trasmite el de la triste figura. Como los lectores aficionados no tienen los recursos retóricos y sofistas de los lectores profesionales, los hace muy vulnerables ante las preguntas inopinadas que le puedan surgir a su lado. Por ejemplo, ¿no te parece que Don Quijote tiene lo que tú anhelas tener y nunca has conseguido, a saber, un relato propio? ¿No has caído en la cuenta que sus aparentes delirios no son otra cosas que la manera que siempre han tenido los que piensan por sí mismos, los de relato propio, para huir de la normalidad vigente que, está sí, es una cosa y una casa de locos, pues ahí no cabe relato propio alguno, sino lo que es más propio de los gallineros? ¿No has pensado que Don Quijote, en la obertura de la modernidad, de la que tú has acabado convirtiéndole en Monarca Absoluto, vuelve a casa para morir pero, sobre todo, para recordarte - a falta de dioses que como a Ulises y Eneas se lo recordaban permanentemente - que también eres mortal? Es curioso y reconfortante comprobar que cuando alguna de estas preguntas les rozan, los lectores aficionados del Quijote comienzan a desplegar todas sus habilidades relativas a la comunicación no verbal, descargando, al final, poco antes de acabar la sesión de lectura, la responsabilidad de sus carencias en el sistema educativo. Si oyen, entonces, que salir al mundo con un sistema bajo una axila y con el virtuosismo propio de los expertos o de los que se entrenan mucho bajo la otra, no es lo mismo que salir con un relato propio, y, si cuando oyen eso, los mohines habituales de escándalo fallan en su función inmediata de defensa, es que una grieta se ha abierto en la muralla de su Yo Absoluto, Sólo queda saber como acertar para que el caballo de Troya, que por ella se cuele,  no cause demasiados estragos en el patrimonio ególatra de sus moradores sitiados, para que su fanatismo reactivo se convierta en un impulso individual y colectivo de resistencia creativa. Si eso aconteciera, entonces la aventura de Don Quijote y Sancho Panza, y por extensión la de sus predecesores griego y romano, adquirirá en el siglo XXI toda la plenitud de su sentido. A la que no podríamos  por menos de estar agradecidos.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

ULISES Y/O ENEAS

El que quiere volver a casa después de la batalla y no tiene mapa porque lo ha dejado dentro del cabello de Troya. O al que le encargan después de la misma batalla dibujar el mapa del nuevo Imperio, de la Nueva nación, del clan, en fin, de la familia. El que tiene una visión. O el que tiene una misión. El que piensa en escenas, imágenes, metáforas y relatos. O el que piensa en categorías. El que piensa que el mar es una representación del alma. O el que piensa el mar como un espacio para la construcción de autopistas de navegación. El que se compromete con las preguntas de lo complejo. El que busca la respuesta a costa de la simplificación de todo y de todos. El impulso creativo o el impulso reactivo. La democracia o la tiranía. Leer hoy las peripecias de Ulises y Eneas no es otra cosa que comprobar como nos leen ellas a nosotros mientras vivimos, aunque creamos equivocadamente que somos autosuficientes en la lectura de nuestras vidas. O dicho de otra manera, leer hoy a Ulises es comprobar la falsedad que acompaña a la pálida ambición que preside la lectura del Eneas moderno. 

Indudablemente mucho más atractiva la figura de Ulises, tal vez fuera por ello que Joyce escribió la versión moderna del héroe griego, encarnada en la vida de Leopold Bloom paseando durante un día por la ciudad de Dublín. Nadie, sin embargo, le ha parecido relevante hacer lo propio con la figura del héroe romano. Me refiero a nadie que haya querido actualizar el sentido heroico de semejante encargo, presumiblemente porque ya no es posible hacerlo. Bloom, visto así, sería el último héroe antiguo, antes del cataclismo final. Sin embargo, la misión por encargo de Eneas no se diferencia de lo que hacemos cada día el común de los mortales. Lo que ocurre es que hoy los planes del Emperador ya no son tan visibles ni tan fácilmente cartografiables como en la época de Augusto. También porque hoy las dos peripecias no pueden narrarse por separado. Cualquier personaje que quiera dar cuenta de lo que ha quedado después de las grandes catástrofes de 1945, debe incorporar, al mismo tiempo, la determinación que conforma el carácter de Ulises y la sumisión a la virtud imperial (o del paradigma dominante actual) que marca el destino de Eneas. Pues el héroe moderno, si se le puede llamar así, se ha transformado en un monstruo con dos cabezas, que también tiene su representación en la antigüedad clásica, y se llama Jano. 


¿Cómo se construye y se mantiene un Imperio, cualquier Imperio? Como hace el narrador mercenario de la Eneida, peripecia de Eneas mediante: llenando el mapa del territorio imperial de datos de todo tipo, dando así sentimiento absoluto de verdad incuestionable. ¿Cómo se construye un individuo? Como hace Ulises en su periplo hacia Itaca: desprendiéndose de esos datos, o de esa roña, acumulada en su corazón y en su mirada. ¿Cómo se hace uno Ulises sin dejar del todo de ser Eneas? Sería la pregunta para el ególatra moderno, que tanto miedo tiene a la muerte y sus emisarios. ¿Debería ser leída la peripecia de Eneas, al hilo de los acontecimientos del presente, como una posterioridad anterior y la de Ulises como una anterioridad posterior? ¿O ya está bien la lectura que hagamos, siguiendo los pasos y ritmos tal y como nos los ofrece la cronología histórica, a saber, Ulises más antiguo y más lejano y más incomprensible para nosotros que, para entendernos, el colega Eneas, que parece así uno de los nuestros?

martes, 28 de noviembre de 2017

ENMIENDA A NUESTRA INMORTALIDAD

Como nos enseña Sócrates con sus diálogos, una de las razones de renovación creativa de nuestra prosa habitual es defendernos de los sofistas, que siempre quieren ganar nuestra confianza diciéndonos que somos inmortales y merecedores de todas las glorias divinas. Los diálogos de Sócrates nos enseñan a ser mortales, o dicho en plan administrativo para que siente mejor, a poner enmiendas a nuestra inmortalidad habitual, lo cual, a pesar de nuestras ensoñaciones y delirios, no ha dejado ser vigente desde entonces. Sin embargo, cuando vi a Duarte alejarse para ver la última instalación que tenía anotada en su guia, de nada me sirvió el optimismo renovador del sabio griego, pues me entró de repente una sensación de nada o de vacío, como si ahora fuese el mundo el que se hubiera derrumbado y aquel contenedor de mercancías que tenía enfrente fuera su última imagen, lo que también significaba su imposible recuperación. Probablemente, pensé, este fuera el postrer mensaje del arte contemporáneo: que ya no hay mundo en el que acogerse, pues la mayoría somos víctimas de nuestras máscaras, siendo el contenedor la última máscara o la síntesis de todas las máscaras con que hemos ocultado nuestra condición de seres mortales. En fin, que todo es nada y vacío, y algún claro del bosque, si aún perdura en uno el impulso invisible de la búsqueda, donde encontrarse de forma provisional con este tipo de supervivientes. Me pareció una imagen aceptable, esta del claro del bosque, para discernir sobre las veleidades que me habían salido al paso en la visita a Documenta. Se podría resumir como una danza continua de máscaras fuera de cualquier ritualización carnavalesca, entretejida o salpimentada con algún claro del bosque donde todavía era posible tener algún criterio del mundo. Y de nada valía enfadarme por la falta de Exaltación Vertical que todo aquello respiraba - y que sin saber por qué yo estaba reclamando desde que vi por primera vez el Parlamento de los libros prohibidos -, por la vulgaridad horizontal a que me sometían la mayoría de las instalaciones - y que tampoco sin saber por qué, si exceptuo esa nostalgia por lo divino, me acompañaba desde el principio. Pues de nada valía, al fin me dije, esa nostalgia por las grandes creaciones del pasado en beneficio y gloria de una divinidad que se ha ido para siempre. El mundo en el que vivía con Duarte y con todos los que nos acompañaron en los dos días de vista en Kassel era, ni más ni menos, como lo mostraba Documenta. Humano demasiado humano. ¿Era ese exceso de humanidad lo que lo había derrumbado ante mis sentidos? ¿Ese exceso de humanidad, o ausencia total de divinidad, era sinónimo de la nada y el vacío? Entonces, ¿son los claros del bosque las catedrales actuales de esta apabullante humanidad? 

Por lo demás, la actitud creativa frente a nuestra prosa, frente a la renovación en el uso de nuestras palabras, es decir, el ser capaces de conversar de otra manera que la habitual (profesional, familiar, social,...) es relativamente asequible para todo quien se lo proponga, pues además de ser lo único que tenemos y nos constituye, es lo único en realidad que intensifica el sentimiento de estar vivo. Y es que lo que nos pasa a los de la clase media urbana occidental acomodada, o a los llamase como se quiera, no tiene ninguna relevancia si nos comparamos con lo que les ocurre a los habitantes en otros lugares del planeta: lo nuestro es la mascarada del progreso occidental, encuadrada en los sistemas de los nuevos sofistas y alentada por el virtuosismo u optimización de los expertos. Sofistas y expertos que, estos sí, renuevan de forma constante su lenguaje de persuasión. ¿Hasta cuándo seguiremos saliendo al mundo como consumidores en  semejantes pesebres? ¿Parece ser el único destino que nos han reservado, por mucho que experimentemos cada día que nuestra naturaleza humana no es sistémica, sino contradictoria, ni es virtuosa, sino defectuosa e inacabada? Somos perfectamente imperfectos y limitados y mortales, valgan todas las paradojas que quepa imaginar. De otra manera, debemos salir al mundo para aprender a relacionarnos con todas ellas. Lo demás es autoengaño. Y así como nadie es capaz a de engañar a un otro de forma ilimitada, uno mismo tampoco se puede engañar a sí mismo sin que hagas pagar a los otros las consecuencias de semejante insolencia, y cuyos efectos más notorios se hacen notar en los estragos que se dan en la polis. ¿Vamos a seguir educando a nuestros descendientes en ese fracaso: un mundo de perfección y progreso que no existe, porque sencillamente no es posible. Cuando hoy alguien habla de revolución, ¿no te parece que esta hablando de aburrimiento? No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compense con la garantía de morir de aburrimiento, no dejó como legado los tumultos de Mayo del 68, que parece quiere volver, ante la ausencia de la imaginación adulta, con su jolgorio de patio de colegio.

Ya en el tren que nos llevaba a Frankfurt de Meno, Duarte me dio a leer las notas que había tomado sobre su vista a la última instalación, mientras yo me quedé cuidando las alforjas sentado en la cafetería de la estación, contemplando a los espectadores que hacían fila delante del contenedor de mercancías, a través del cual bajarían a la instalación de la haima. Dicen así: 

“Temprano levantados y preparándonos para el viaje, de nuevo un café con panecillo al lado de la estación y vamos a buscar una taquilla para dejar las alforjas, no hay, todos los huecos llenos, dice la señora. Bueno. Aún así me voy a buscar la última instantánea a la Tofufabrik, un recinto abandonado ya en zona fabril, al lado de una gasolinera, muy alternativo. Dentro una primera visión emite unas imágenes de una familia japonesa de vacaciones quizás, dos niños en la playa recogiendo conchas. Se ven con dificultad las imágenes. En la sala del costado dos filas de butacas miran una gran pantalla, donde se ve una mano pasar las hojas de un cómic, según avanzan hablan de un manga, y las imágenes son algo desgarradoras, cortes de miembros, amputaciones de partes, exhibición de órganos sexuales, etc…. Y la voz que traduce, que no sabe cómo dibujó aquello, que no puede seguir viéndolo,… y se cierra el cuento y aparece un japonés con un parche cuadrado en el ojo izquierdo que habla con otro que parece tumbado agonizante, y hasta aquí mi interés, ¿más allá quizás el horror, aún más?”.

lunes, 27 de noviembre de 2017

¿QUÉ LE SUCEDE A LA HUMANIDAD?

Me pareció pertinente hacerme la pregunta en el día que íbamos a dejar Kassel, después de haber visitado durante los dos días anteriores las instalaciones y obras de los artistas que habían acudido a la llamada de Documenta, y que de las maneras y formas más diversas, habían ocupado los museos, jardines, rincones, calles y plazas de la ciudad alemana. Y la pertinencia de la pregunta no obedecía a un ejercicio de reflexión metafísica, muy al contrario me pareció una pregunta honesta, en el sentido de que era la única pregunta que, después de todo lo que había visto, oido y tocado, podía hacer y hacerme sin caer en el autoengaño duradero o como forma de permanente de estar en el mundo. La pregunta me vino a la cabeza, en parte, a partir de un hecho fortuito que ya he mencionado en anteriores entradas. La anécdota tiene que ver con, como ya dije, con la cola que un grupo de personas estaba haciendo delante de un contenedor de esos que llevan los camiones o trenes de mercancías, ubicado en medio de la plaza de la estación de ferrocarril de Kassel. Si en la entrada que he mencionado desarrollé el sentido que yo le podía dar a esa presencia junto con la haima que había en el subsuelo, días después el contenedor solo fue el motivo espoleador de la pregunta con que inicio la entrada de hoy. Y no es contradictorio pensarlo, a mi modo de entender, pues en el primer caso respondí a una posible explicación, digamos, de carácter sincrónico: el instante en el que yo miraba al contenedor y el contenedor mi miraba a mí y el que hacer con ese intercambio de miradas. Mientras que en el segundo respondía a una imagen que sintetizaba el carácter diacrónico del significado de Documenta y del arte contemporáneo en el momento actual de la humanidad occidental, al menos. Pues una vez que abandoné Documenta se me fue echando encima, durante los días sucesivos que iba montado sobre la bici, el principio de la realidad, a saber, que a la mayoría de los visitantes de este tipo de eventos, por no decir a todos, que forman parte de eso que más o menos difusamente se conoce con el nombre de clase media urbana acomodada, no nos ocurra nada relevante si comparamos nuestras vidas con las de quienes viven en otros lugares del planeta, aunque lo que nos debiera ocurrir no queremos afrontarlo, decisión a que nos ha llevado, como el pez que se muerde la cola, nuestro propio estilo de vida. Me estoy refiriendo a esa otra visión que me devolvió la imagen de la fila delante del contenedor de mercancías - mientras esperaba sentado en una cafetería a Duarte, que había ido a ver la última instalación que había apuntado en la guía de Documenta ya - y que tuvo que ver con la precariedad de nuestras existencias: allí alineados de forma ordenada, esperando para entrar en un espacio donde normalmente se transportan las mercancías que producimos, ¿unos tipos cualesquiera creían ser los espectadores de algún tipo de enigma? ¿O simplemente era su curiosidad morbosa lo que les animaba a traspasar el umbral de tan sorprendente como estrafalaria entrada, al igual que seguro habían hecho en el túnel de los monstruos en las atracciones de feria populares? ¿Tenían conciencia de que al esperar esa fila y dar el paso de introducirse dentro del contenedor, se estaban convirtiendo ellos en una mercancía más y al mismo tiempo peor, pues la decisión había sido consciente y consentida? Una precariedad que va ligada, o tiene que ver, antes que con el aburrimiento y su antídoto constante en la permanente búsqueda del jolgorio, como nos hacen creer, con la negación de lo que realmente somos y que la imagen me trasmitió de manera tan inequívoca como inaplazable: nuestra única misión en la vida deber ser aprender a ser mortales, y así hacérselo aprender a nuestros herederos.