miércoles, 22 de marzo de 2017

COMUNICACIÓN ENTRE ALMAS

Desde el Paleolítico, por poner una fecha reciente, las voces de alerta sobre lo que somos han corrido en paralelo a las voces de seguridad que nos acunan en lo que queremos ser. Lo que ha ocurrido, también desde el Paleolitico, es que nosotros siempre nos interesa más poner el oído a las segundas y hacer como que las segundas ni siquiera han sido pronunciadas, es decir, llegamos a creer que no han existido nunca. El diablo se hace fuerte en estos huecos que dejan esas advertencias a fuerza de no hacerles caso, y desde ahí dispara sus dardos envenenados. No tiene manías. Y lo mismo apunta a lo pequeño que a lo grande, a lo trivial que a lo fundamental, apunta a todo. Apunta a la familia convirtiéndola así en el primer y más sutil campo de concentración creado por la imaginación humana, lo cual tiene que ver con esa falta de conversación que siempre ha habido entre padres e hijos. Ayer por la imposición de los primeros, hoy por la de los segundos. El caso es que nunca fuimos capaces de encontrar un tiempo sincrónico dónde poder dialogar, al margen del tiempo diacrónico y de garantizada incomprensión que nos impone la determinación histórica de nuestras respectivas edades. Para entendernos, un tiempo donde unos no sean los padres y los otros no sean los hijos. Colín Smith es lo que pide, a mi entender - casi en forma de súplica, a punto de entrar en la mayoría de edad - en sus últimas palabras de "La soledad del corredor de fondo". Unos seres de razón y de palabra, como somos los humanos, se supone que venimos al mundo para esto. ¿A qué otra cosa, sino?

Para que el diablo de los hijos se haya colado en el mundo de los padres, han tenido estos que abrirle la puerta antes con su desidia y su falta de atención. Cierto que desde que nacieron nunca les ha faltado de nada, podemos objetar, aunque tampoco les ha faltado, no lo olvidemos, los remordimientos y la culpa con que sutilmente, en las familias modernas y tolerantes todo se hace sutilmente, se han rebozado los unos con los otros. Ayer la máxima intolerancia, hoy la extrema permisividad. En estas estamos. Tal vez convenga que empecemos a pensar, contra todo lo que creíamos hasta ahora, que no se trata ni de la una, ni de la otra. Que no es en el campo moral normativo, o de los manoseados valores, dónde se debe dilucidar la comunicación entre padres e hijos y entre los seres humanos en general. Que padres e hijos son dos categorías necesarias para la perpetuación y mantenimiento de la especie, pero incompetentes para hacer posible la comunicación inaplazable - valga la nueva paradoja a la que nos debemos enfrentar - entre ellos. Una comunicación que solo se da entre almas, o entre conciencias, o llámenlo como quieran, pero nunca entre categorías que remiren, sin remedio, a un orden, una jerarquía. En fin, al poder. Pues no debemos olvidar que la comunicación no es un instrumento, como lo puede ser un martillo o un ordenador o una red social, es, sobre todo, un acto de creación. O lo que es lo mismo, un acto genuinamente humano. Ver en el otro.  

martes, 21 de marzo de 2017

LA OTRA HISTORIA

Cuando el otro día concluí el escrito sobre mi lectura del cuento de Alan Sillitoe, "La soledad del corredor de fondo", con la frase: "pero esa es otra historia", referida a la manera en que el protagonista y narrador, Collin Smith, da por concluida la suya, me entró una duda razonable de que esa otra historia por mi aludida estaba dentro, o tenía que ver, con el final que elige Smith para su despedida. Escribir no es un acto libre, pensé a continuación, es un acto responsable de quién escribe y de quién lee. Es así que mis maestros me enseñaron que un relato nunca comienza por la primera línea ni acaba con la última. Si hubiera que comenzar por la primera línea, nadie podría escribir, ¿por dónde empezar? ¿de dónde sacar fuerzas suficientes? Si tuviéramos que acabar con la última frase, nadie sabría cuál es, ¿dónde poner el punto final? ¿de dónde sacar esa capacidad de autocontrol? Un relato comienza siempre antes de haber empezado o después de haber terminado, siempre va adelantado o retrasado con respecto a sí mismo, sin que nadie - y menos que nadie quien lo escribe - sepa que ha comenzado o que ha acabado. 

Con estos vaivenes en la cabeza he decidido volver a leer el final del cuento de Sillitoe pues, en la primera lectura, me quedó un resto de misterio perturbador en las últimas palabras de Colín Smith que continua ahí, si cabe más acrecentado todavía, cuando me pongo a escribir de nuevo. Pues en la actividad lectora se inmiscuye de forma constante una necesidad mucho más perentoria e inaplazable: la de ser absolutamente pertinentes en nuestras vidas, acomodando ese forma de hablar, como si de una herramienta se tratara, a esa necesidad. Las palabras de Smith dicen así:
"En el ínterin (como dice en un par de libros que he leído desde entonces, unos libros inútiles, sin embargo, porque los dos terminaban bien y no me enseñaron nada de nada) voy a darle este relato a un compinche mío y le diré que si, la poli me vuelve a coger intente que salga en un libro o en algo así, porque me gustaría muchísimo ver la cara que pone el director cuando lea esto si lo lee, claro, que no creo que lo haga; y aunque lo leyese me parece que no sabría de que se trata. Y si no me cogen, el fulano al que le daré este relato no me venderá jamás, ha vivido en nuestra calle desde que yo recuerdo, y es mi amigo. Lo sé seguro".

¿Son estas la ultimas palabras del cuento? No cabe ninguna duda, pues no hay más. Pero, ¿son las últimas palabras de Smith? Esto ya no está tan claro. ¿Por qué las ha dejado para el final del cuento, justo después de obligar al lector a tener que escuchar todas las fanfarronadas que dice sobre su inmediato futuro de delincuente y tal. ¿Qué quiere dejar claro ante el lector, qué va a ser delincuente o qué quiere que le escuche, o saber cómo lo haya escuchado? Pues ese a quien va a entregar su relato es precisamente alguien que no le venderá jamás, ya que es su amigo. Amistad y escucha son dos palabras que Smith une con énfasis en su aparente despedida, pero que tienen vocación de continuidad más allá del campo tipográfico del cuento. Dos palabras que entroncan, o remiten, con lo realmente importante, con lo que ha aprendido a lo largo de relato, que no es otra cosa que la identidad de su carácter y, por tanto, de su destino cuando salga del reformatorio - se dedique entonces a asaltar bancos o a trabajar de estibador en el puerto de Londres -. Colín Smith ha decidido quedar adscrito a la soledad que acompaña a todo corredor de fondo que renuncia a las mieles del éxito y de la fama. Es esa decisión - hecha ya soledad en marcha - que toma a punto de cruzar la meta y a punto de cumplir 18 años la que justifica sus palabras en la última página del cuento, que no son, sin embargo, sus últimas palabras. La intención de que su relato sea leído por un lector que sabe que no lo traicionará jamás, es decir, que será leal a sus palabras, esté o no de acuerdo con ellas, abre el espacio de la conversación entre un adulto y alguien que está a punto de serlo, entre dos soledades que están dispuestas a correr juntas, no surfeando en la superficie de lo real, sino bajando hasta el fondo de sus asuntos.

lunes, 20 de marzo de 2017

LLAMADA

Días más tarde de la presentación del libro me llamó por teléfono. No sé dónde lo logró, pero tampoco quise hacer de mi derecho a la privacidad un casus belli. Me interesaba más oír, al fin, la voz de aquel individuo que, en la concentración me había perdonado la vida con su mirada y en la presentación de mi libro lo había comprado sin abrir la  boca en el turno de presuntas. Sentía curiosidad por oír su voz para comprobar si con ella rubricaba lo que me hicieron sentir aquella mirada furibunda en medio de la calle y su silencio posterior en la librería. Que no había ido a la concentración ni a la librería por iniciativa propia. Que al ir a la una y la otra no había tenido intenciones ni buenas ni malas. Que lo había hecho cumpliendo algún tipo de consigna, tácita o explícita, de su entorno de iguales. Tengo para mí que desde que Hannah Arendt diagnosticó la banalidad del mal más grande conocido del mundo, abrió la puerta para reflexionar y hacer visible su alcance sobre los males llamados pequeños, que son los que dan cobertura al enorme sufrimiento que también forma parte de nuestras apacibles vidas diarias dentro del publicitado bienestar. Y que para infringirlo a los demás no hace falta tener ningún motivo, ni tener fuertes convicciones, ni corazones fríos y crueles, ni intenciones malévolas. Basta simplemente con negarse a ser persona, es decir, querer ser únicamente un don nadie o uno del montón. Negarse a reconciliar la increíble mediocridad y miserabilidad del ser humano, hechas de resentimiento y melancolía, con sus consecuencias. Tal vez exista algo que se encuentre, y sea ahí donde hay que buscar, entre el sentido de la culpa por nuestros actos, del que nos hemos desprendido por sus efectos paralizantes, y la falta absoluta de discernimiento sobre nuestros actos que hemos consentido que ocupe su lugar. 

Intentar comprender no significa estar contra un lado u otro de la trinchera, respondí a las palabras acusatorias de quien me llamó por teléfono, al poco de ponerme al habla con él. Ahora me perdonaba vida porque, según su opinión, en mi libro maltrataba al pueblo judío al intentar comprender los argumentos de Spinoza. Le dije también, que desde Sócrates y Platón entendemos que el pensamiento es el diálogo silencioso que el alma tiene consigo misma. Al renunciar a ser una persona, o querer ser únicamente un don nadie o uno del montón, lo propio de nuestra sociedad de masas - le puntualicé, tratando de traer la conversación al tiempo presente - el sujeto en cuestión renuncia a una de sus capacidades más valiosas y definitorias: la capacidad de pensar por sí mismo. Y como consecuencia de dejar de pensar por sí mismo deja de discernir, también por si mismo, lo que está bien de lo que está mal, lo que es bello de lo que es feo, lo que se ha de decir de lo que se ha de callar, todo lo cual lo coloca potencialmente ante la posibilidad de cometer cualquier atropello y barbaridad. Cualquier hombre y mujer, digamos, normal y corriente, son capaces, en la sociedad de masas y de las nuevas tecnologías de hoy, de hacer del mal y del bien, de lo bello y de lo feo, de lo que tiene que decir y de lo que ha de callar, algo banal e indistinto y, por tanto, perfectamente intercambiable. No está muy alejado - insistí - de la forma del comportamiento individual y social que tuvieron nuestros antepasados europeos ante los acontecimientos de los años treinta, de lo que no nos exime que las condiciones sociales y políticas sean hoy, afortunadamente, muy otras. Arendt nos advirtió que el mal no puede ser banal y radical al mismo tiempo. El mal es una realidad extrema, pero nunca radical. Puede ser, es de hecho, algo perfectamente normal y normalizado en la vida cotidiana que llevamos.

viernes, 17 de marzo de 2017

PRESENTACIÓN

Todo iba bien después de unas semanas de desasosiego. Mi madre había superado, al fin, la crisis que le surgió después de la operación de rodilla. Un contratiempo que, paradójicamente, no tenía que ver con la prótesis que se le había desplazado - ese fue el motivo de la operación - hasta afectarle hueso, ni con las dificultades para caminar que pudiera tener, habida en cuenta de que llevaba en silla de ruedas seis meses a la espera de que le dieran hora en el quirófano, sino con sus pulmones y, por proximidad, con el marcapasos que le colocaron hace un par de años para darle alegría a un corazón que empezaba a dar las primeras señales de tristeza. Lo de la proximidad es algo que se me ha ocurrido a mí, para disponer de algún relato al que atenerme respecto a la enfermedad de mi madre. La vida en un hospital alcanza, contra todo pronóstico, el grado cero de la narratividad. El cuerpo de los enfermos, como en ningún otro lugar, se hace cosa u objeto a servicio de los cálculos algorítmicos de todo el utillaje electrónico y digital al que lo conectan. Y ríase usted, al salir de allí, de la deshumanización del último capitalismo financiero. Como todo iba bien, decía, me fui dando un paseo hasta la librería donde aquella tarde presentaba mi último libro. Un ensayo novelado, una novela ensayada - dejo al lector que lo catalogue a su gusto o de acuerdo con sus intereses - sobre Spinoza a propósito de sus relaciones con Liebnitz. Lo que me despertó la curiosidad en estos autores fue el darme cuenta de la diferente distancia que manejaban en sus reflexiones, a la hora de situar la figura de Dios. Y como esa distancia en una sociedad moderna como la nuestra, oficialmente laica, ha quedado reducida a cero - como la narratividad en el hospital donde atendieron a mi madre -, lo que para mí es la principal fuente de preocupación, dado el peligro inherente y funesto que esa reducción arrastra. Pues es una modernidad que solo se ocupa ingenuamente del progreso, habiendo dejado, por obsoleto, el uso del retrovisor en sus desplazamientos.

Cual fue mi sorpresa, antes de comenzar la presentación de mi libro, cuando descubrí entre los asistentes al acto a quien, en la concentración de la semana anterior en la plaza del ayuntamiento, mi miró con cara de perdonarme la vida. Al revés, sin embargo, no puedo asegurar que él me reconociese como quien iba metida en el coche, entorpeciendo el movimiento de la marea humana. Como es habitual en este tipo de actos, el dueño de la librería hizo la presentación de quien había escrito el libro con todo tipo de parabienes, a continuación yo expliqué de forma resumida cuales habían sido los argumentos que me habían animado a escribirlo, que fundamentalmente se ciñieron a lo que dije antes sobre la distancia de Dios en el campo reflexivo de los dos autores en cuestión, y por último el turno consabido de ruegos y preguntas por parte del público asistente. He de reconocer que la presencia de aquel sujeto, que en ese momento allí sentado, con las manos cruzadas sobre su regazo, parecía un ciudadano ejemplar, cambió en parte el guión de lo que pensaba decir. Así reservé una cita de la Ética de Spinoza, que tenía previsto decirla como obertura de la exposición, para el cierre o conclusión, inmediatamente antes de que comenzase él turno de ruegos y preguntas entre los asistentes. Ingenuamente pensé, no sé a cuento de qué, que de su reacción al oírla podría deducir si me había reconocido o no. La cita del autor holandés dice así:  
"Es propio de la naturaleza de la razón percibir las cosas desde una cierta perspectiva de eternidad. En efecto, es propio de la naturaleza de la razón considerar las cosas como necesarias, y no como contingentes. La razón percibe esa necesidad de las cosas verdaderamente, es decir, tal como es en sí. Ahora bien: esta necesidad de las cosas es la necesidad misma de la naturaleza eterna de Dios; luego es propio de la naturaleza de la razón considerar las cosas desde esa perspectiva de eternidad. Añádase que los fundamentos de la razón son nociones que explican lo que es común a todas las cosas, y que no explican la esencia de ninguna cosa singular; por ello, deben ser concebidos sin referencia alguna al tiempo, sino desde una cierta perspectiva de eternidad".

Durante el turno de ruegos y preguntas, el sujeto del que yo esperaba sus palabras no abrió la boca. Escuchó con aparente atención todas y cada una de las intervenciones, y antes de abandonar la librería me di cuenta que compró mi libro. Luego salió a la calle con él cogido entre el antebrazo y el costado izquierdo, de la misma manera como llevamos habitualmente, cuando paseamos, nuestro diario de cabecera. 

jueves, 16 de marzo de 2017

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO, cuento de Alan Sillitoe

"Fíjese, esto es lo que he visto". O mejor dicho, "escúcheme bien: soy así y digo estas cosas". Me encuentro indeciso sobre como empezar lo que quiero contarle. Acabo de leer la historia de un chico de 17 años, Colín Smith, que decide no ganar la carrera de campo a través en la que participa, lo que arruina su futuro inmediato y, tal vez, el que le quede de vida. ¿Por qué quiere que yo le escuche? Si ha decidido contar su historia es porque desea que alguien le escuche, además lo repite varias veces a lo largo del relato. Sin embargo, no tengo tan claro que sea a un tipo como yo, que puedo ser su abuelo, a quien desea dirigir sus palabras ¿A qué lector se dirige entonces, Colín Smith, cuando decide contar sus peripecias? Tal y como se expresa y en el momento que elige para expresarse, desde su presente, me parece que si busca un lector adulto. No busca un lector de su edad (o que finja tener su edad), en un acto genuino de camaradería entre colegas. No me da la impresión que se encuentre en ese estado anímico, digamos, insustancial, tan habitual en el mundo de los adolescentes. Su presente desde donde cuenta tiene algo de trascendente, aunque no sé si Colín Smith es consciente de ello. Es un tipo de trascendencia que supongo le viene motivada por el hecho histórico de que se encuentra a un año de la mayoría de edad, en la que las reglas del juego son radicalmente otras. Es muy probable que se de cuenta de que la carrera de campo a través en la que se encuentra metido es, al mismo tiempo, el fin de algo que conoce muy bien y el principio de un mundo totalmente desconocido para él. Por eso sus palabras suenan a recuento y a búsqueda. Convengamos que no quiere dirigirse a sus camaradas pero, ¿qué tipo de lector adulto, de entre los que no quieren fingir que todavía son jóvenes, estaría dispuesto a escuchar a Colin Smith? ¿Quien es capaz de abandonar la gravedad que otorga el estrado de la categoría de padre o de profesor o de director de reformatorio o de policía o de psicólogo de familia, y se disponga a escuchar sus palabras? O es que pensamos que ahí instalados, y casi seguro que integrados, ¿es el mejor sitio para escuchar el sentido de lo que ellas nos cuentan? Como lector adulto que no quiere fingir que es joven todavía o que desea prescindir de esa gravedad categoríal aludida, ¿se puede tratar de tu a tu a un menor de edad, a punto de dejar de serlo, dentro de la ficción narrativa? Cómo si no está basado en hechos reales, es decir, si no tenemos la oportunidad de experimentarlo en la vida real, pues ésta solo nos deja hacer de adulto-joven o de adulto-grave. Sea por ello, ¿no es esa falta de sintonía directa con lo real, lo que convierte al cuento de Sillitoe en un "auténtica" pieza de ficción? De repente, todo nuestro resentimiento y melancolía acuñados en años de vida adulta, tan dados a elevarnos a las alturas para analizar lo que pasa, sin que esa arrogancia nos haga saber nunca lo que nos pasa con lo que pasa, tan dados a lo macro y general, de repente, digo, nos tenemos que enfrentar a lo micro y concreto: como se "jode" la vida un chaval se 17 años. Pues nadie ha sido capaz de enseñarle que la libertad consiste en hacer lo que está permitido por la ley, porque si consintiera en hacer lo que está prohibido (como Colín Smith alardea), todos querrían tener ese derecho y no habría libertad. Montesquieu dixit.

Reconozco que con mis últimas palabras me he vuelto a aupar a alguno de los estrados categoriales mencionados. Reconozco que, con esa decisión, he roto el pacto que como lector había establecido con Colín Smith como narrador. Pero éste al decidir convertirse en un delincuente nada más abandonar el reformatorio - una posibilidad entre otras muchas, teniendo en cuenta las vueltas que puede dar la vida incluso para un joven de clase obrera que vive en un barrio de Nottingham con su madre viuda, el amante de esta y sus tres hermanos pequeños - ¿no ha dado el primer paso de la ruptura? ¿Es importante decirle ese futurible al lector en el momento presente que comparten? ¿No hubiera sido más interesante que, para seguir dentro del pacto en el presente con el lector, le sacara una mayor partido al dolor intenso que le produce renunciar a ganar la carrera para no darle gusto al director del reformatorio? Es decir, hacer visible en la ficción lo que no se puede ver en la vida, el dolor inherente que siente Colín Smith al no aceptar el éxito deportivo y quedarse aislado con la soledad del mejor corredor de fondo. Entendida - en ese momento seria cuando el lector descubre porque ha decidido ponerse a contar y a escribir - como metáfora de la vida adulta que ha elegido. En la cual estar fuera de la ley no significa ser más libre, o vaya usted a saber. Pero esa sería otra historia.

miércoles, 15 de marzo de 2017

CONCENTRACIÓN

 El caso fue que lo había oído por la radio durante toda la semana: el miércoles había una concentración en la plaza del ayuntamiento. Lo apunté en mi agenda y en la pizarra que tenemos en la cocina para recordar lo que hace falta reponer en el frigorífico. Con la nota de la pizarra pretendía contrarrestar el más que probable olvido de la nota en mi agenda, dado el barullo que siempre hay dentro mi bolso. Con las prisas no me di cuenta del barullo de anotaciones que suelen quedar impresas en la pizarra. Al fin y al cabo en mi bolso yo solo meto la mano, pero en la pizarra de la cocina apunta sus cosas toda la familia. Lo que si supe desde el principio es que no podría añadirme a la concentración, pues tenía que ir a visitar a mi madre al hospital donde la acababan de operar del estómago. 

Cuando sonó el teléfono de la oficina, diciéndome que me madre había empeorado de forma repentina, dejé la mesa de mi despacho tal y como estaba, y salí precipitadamente. Al arrancar el coche lo único que me vino a la cabeza fue como llegar lo antes posible al lado de mi madre. El camino más corto era el que pasaba por la plaza del ayuntamiento. Solo cuando llegué a uno de los bulevares, caí en la cuenta de dónde me había metido. Una riada humana procedente de las diferentes calles adyacentes rodeó mi coche en un santiamén. Traté de abrirme camino poco a poco, pero únicamente conseguí avanzar unos cincuenta metros. Los gritos iban en aumento acompasados con el movimiento de todo tipo de banderas. Las miradas de los manifestantes se enfocaban hacia el destino final, que no era otro que la plaza del ayuntamiento. Bajé el cristal de la ventana del coche tratando de que alguien entendiera mi situación y alertara a los demás para que me dejaran paso. Total son unos pocos metros, que con buena voluntad por parte de todos me permitiría salir del atasco y llegar al lado de mi madre - pensé para mis adentros mientras trataba con los gestos de las manos que me hicieran caso. En vano. Resignado dejé caer los brazos desde el volante hasta mi regazo. No habían pasado ni dos minutos, cuando vi que alguien me increpaba delante del coche como si me perdonara la vida. Ciertamente la lógica de todos los que gritaban fuera del coche hacía palidecer la del silencio de lo que le sucedía a mi madre enferma en el hospital. Era, para que me entienda, algo parecido a la relación que mantienen las noticias de la primera página de los periódicos con las de la última que lo cierra. No tienen nada que ver pero van juntas, dando cobijo a todas las demás que están dentro. Pero los ojos de quienes las leen, que en no pocas ocasiones nos hacen tan ciegos, casi siempre acaban sintiéndose enamorados de los cantos de las sirenas y de sus bocas pintadas.

martes, 14 de marzo de 2017

CRÓNICAS DEL RÍO ODER 15

EN LA CATEDRAL DE BERLÍN: LA CÚPULA

Las guías para turistas despistados, o con ganas de que los sorprendan, a veces proporciona experiencias inesperadas. Fue el caso que después de bajar a cripta y de la experiencia de los Refugiados en la catedral de Berlín, subí a la cúpula. Esta forma vertical mediante la que la imaginación del ciclista choca abruptamente con la otra forma horizontal en la que habitualmente pedalea y vive. No es fácil. Como leer, es aceptar que hay que saltar sobre un abismo que media entre dónde está el relato y donde se encuentra el lector. En el caso de la catedral de Berlín, el abismo sería entre lo que cuentan, y se cuentan, su cúpula y su cripta, testigos de una cosmovosión del mundo ya inexistente, y el relato de la vida cotidiana del ciclista.

Como en toda catedral, la cúpula de la de Berlín apunta hacia el cielo, a mayor gloria eterna de Dios, sustentada sobre una cripta donde reposan eternamente los promotores de aquella y los verdaderos delegados de Aquel en la tierra. En este caso, en la cripta se encuentran las tumbas de la mayoría de los miembros de la familia de los Hollenzolen, dinastía dominante en Alemania durante muchos siglos. Los suficientes como para hacerse merecedores de ese lugar único en los fundamentos de la catedral de la capital alemana. Los turistas que acudimos al reclamo de la catedral cumplimos obedientemente los preceptos que el espectáculo nos impone, pero no dejo de preguntarme, ¿somos así de disciplinados con nuestra imaginación mientras hacemos el recorrido de la cripta a la cúpula? ¿O seguimos enrocados y enconados en nuestra manera arbitraria y fragmentada de imaginar, que pretendiendo llegar a todas partes no acaba por llegar a ninguna? ¿Qué pensamos mientras deambulamos entre las tumbas monárquicas e imperiales de la cripta? ¿Sólo son tumbas con sus correspondientes inscripciones? ¿Qué avizoraremos cuando damos vueltas a la cúpula? ¿Solo son edificios que dibujan la línea actual del cielo sobre Berlín? Traté de fijarme en que medida los que me acompañaban en la visita a la cripta captaban lo que no se esperaban. Tarea estéril, pues todo el mundo parecía que no esperaba nada, si tenía en cuenta la urgencia por captar instantáneas con sus cámaras. En esas estaba cuando me llamó la atención un señor de mediana edad al que le faltaba el brazo derecho. Si me trasmitió, digo yo que por causa de su minusvalía, que su mirada se fijaba de manera diferente a de los demás turistas. El hecho de que no pudiera hacer fotos con soltura le permitía, digamos, ir más suelto imaginativamente hablando. Se notaba en los movimientos de la cabeza para enfocar lo que atraía, y, sobre todo, en que para él los detalles lo eran todo. Todavía en la cripta, por ejemplo, después de ver la primera tumba casi todos los visitantes siguieron la flecha indicativa del recorrido echando una mirada sobre las restantes como algo ya visto. El manco, sin embargo, se fijó con atención en la inscripción que proporcionaba los datos biográficos de quién estaba allí enterrado y en la forma que estaba sellada la tapa del sarcófago. Esta última preocupación me pareció la más significativa por la ambigüedad que denotaba. Me dio la impresión de que no le era suficiente con las palabras y números de la inscripción, con su aspecto exterior de mero signo. Quería cerciorarse de que quien se suponía estaba allí dentro, estaba realmente allí dentro. Para lo cual el sellado del sarcófago era una prueba irrefutable. A mi entender determinaba la tensión que existía entre los restos de dentro y los de fuera. El diálogo, para entendernos, entre aquellos muertos y estos vivos. Todo lo cual daba al traste con la intención historicista de los relatores de la cripta, esa que pretendía transformar en reliquia intransitiva, es decir, sin presente alguno, los cuerpos de aquellos monarcas y sus familias. ¿De que le sirve a un republicano actual saber que allí se encuentran los restos más notables de su pasado imperial y monárquico? Pienso que el manco buscaba una respuesta en otra dirección que la meramente estadística. No me estoy refiriendo a alguna extravagancia artística de esas que se han puesto ahora de moda, algo así como hacer de la cripta un lugar para un perfomance relacionada con el espíritu de la película de los muertos vivientes. No. Pienso que su actitud tenía que ver más bien con el padecimiento de la trascendencia que afecta a todo ser humano sensible. Lo deduje no por su conducta misteriosa, sino por contraste con la trasparencia con que mostraban los visitantes la suya que, sin llegar a ser de la fatuidad de los que suelen visitar el museo del Holocausto, al lado de la puerta de Brandeburgo, si adolecía de la curiosidad necesaria que los sacara de su condición de turistas saltimbanquis, cuya percepción de sí mismos se debe asemejar bastante a la de un edificio itinerante pero vacío, ora en la cripta, ora en la cúpula, ora en el museo de Pérgamo, ora en el museo municipal, etc. Respecto a esa trascendencia habitual, el manco había empezado como dios manda, bajando al Hades, que en la catedral de Berlín podía estar representada con acierto en su cripta. Desde que me fijé en su conducta respecto a los sarcófagos de la dinastía imperial alemana, no lo perdí de vista. Cuando decidió abandonar la cripta subió las escaleras y se dirigió a las que llevaban a la cúpula. Seguí sus pasos de cerca sin demasiada precaución por que se diera cuenta de que iba detrás, pues lo veía totalmente absorto en lo suyo. De repente, se cruzó por medio un tumulto inesperado de turistas y fue entonces cuando lo dejé de ver. Cuando me dispuse a subir las escaleras de la cúpula mire hacia los primeros escalones y no detecté el mínimo atisbo de su presencia. Volví al vestíbulo de la catedral a ver si estaba entre los Refugiados. Tampoco. Después de todo, no era descabellado pensar que en su imaginación los Refugiados se hubieran dado cita entre los sarcófagos. Di al manco por perdido y me dispuse a subir a la cúpula. Desde los primeros escalones, en el interior de algunos de los edificios vacíos que subían comenzaron a oírse los gemidos provenientes de alguna de sus articulaciones, como si estuvieran cerrando una puerta a lo lejos. A medida que la escalera se estrechaba y se empinaba, yo diría que a partes iguales, empecé a notar los silbidos que el aire producía al colarse por sus grietas. A esas alturas los edificios vacíos continuaban igual de vacíos, pero habían ensanchado el volumen, hasta el punto de tener dificultades para adaptarse al hueco de la escalera, que se había convertido en la silueta de una concha de caracol. Una vez arriba, cuando llevaba dos vueltas alrededor de la cúpula, me volví a encontrar al manco con una actitud que en nada había cambiado respecto a la de la cripta. Miraba como hipnotizado la línea del cielo berlinés. Con disimulo me puse a su lado para tratar de averiguar cual era el centro o el motivo de su mirada. Lo edificios vacíos daban vueltas alrededor de la cúpula y cuando se cansaban, o ya habían hecho las fotos y selfies pertinentes, iniciaban el descenso. Mientras estuvieron ahí arriba desaparecieron los gemidos de las articulaciones interiores y las corrientes de aire como si dieran golpes a una puerta abierta. Por su parte, el manco se paró en seco y enfocó su mirada hacia la zona del Reichstag, la Torre de la Victoria y el Tiergarten. El día era despejado, lo que permitía distinguir con nitidez el perfil de los primeros y la mancha verde del hermoso parque berlinés. Auspiciado por esa claridad me vinieron a la memoria las palabras que dijo Joseph Roth, a propósito del Reichstag, en un artículo publicado en el Frankfurter Zeitung el 30 de mayo de 1924:

"El parlamentarismo alemán disfruta de una ubicación poética. Solo la Konigsplatz separa al Reichstag de la verde lírica pastoril del Tiergarten. Al hombre apolítico le resulta difícil renunciar al hermoso día de mayo en que el nuevo Parlamento Alemán celebra su primera sesión.

El impresionante edificio cumple treinta años el próximo mes de diciembre. Durante tres décadas ha irritado a la gente con buen gusto e ideas democráticas. En la entrada se halla la dedicatoria: Dem deutschen Volke (Al pueblo alemán). Pero en su cúpula, a setenta y cinco metros de altura sobre el nivel de la calle, se alza, ancha e imponente, la corona de oro, una carga que no guarda proporción alguna con la cúpula y desmiente el lema de la dedicatoria.

Quien no lo sepa creerá que la entrada principal del edificio es la entrada principal. Quien no lo sepa creerá que esa espléndida fachada con las seis columnas corintias de gran tamaño tiene la finalidad de recibir a los representantes del pueblo con cierta pompa, sí, pero no con menos dignidad. Las grandes puertas siempre están cerradas. Solo se abrieron una sola vez en tiempos de la república (cuando el entierro de Rathenau). La ambición de las seis columnas corintias es en vano. La fachada principal es un lujo inútil. La parte anterior del Reichstag da la impresión de ser una vasta mansión cuyos propietarios se han ido de viaje. La juventud alemana juega descalza en la escalera. Un policía uniformado de verde crece como una palmera ornamental: un verde solitario entre la blancura y la aridez de tanta piedra".


El manco siguió con la mirada extasiada unos minutos mas, apoyándose levemente en la balaustrada de la cúpula. Como si no quisiera perder de vista el movimiento de sus señorías entrando y saliendo en la sala de plenos del parlamento, flanqueados por las cuatro estatuas de bronce de otros tantos emperadores alemanes, que intentaban verificar el perfecto estado de revista de los representantes del pueblo para la función que les había sido encomendada. "Una sala de plenos grave, oscura y revestida de una madera marrón, dispone de unas tribunas inhóspitas y estrechas que acogen de mala gana al público y a la prensa y limitan sus movimientos. Hoy, día de la sesión inaugural, están abarrotadas desde las dos de la tarde. Los ujieres aguzan la vista por la solemnidad de la ocasión. Los reporteros encargados de los ecos de sociedad rondan por los pasillos para cubrir la llegada de Ludendorff. No faltan los curiosos interesados en la política y los curiosos interesados en lo vulgar". El manco parecía estar, más que ninguno de los que daban vueltas en lo algo de la cúpula de la catedral, más que yo mismo incluso, al lado de Joseph Roth en el Berlín de los años treinta. No voy a decir resentimiento, pues la edad que aparentaba se lo impedía, pero si una extraña melancolía por aquello que la barbarie se llevó por delante me daba la impresión que lo mantenía en pie atado a su quietud momentánea. Y es que la línea del cielo que se dibuja desde la cúpula de la catedral de Berlín no ha variado sustancialmente desde entonces. Ni las aportaciones de Norman Foster a la cúpula del Reischtag sustituyendo a la corona de oro, ni la esplendorosa estación central de tren, ni las otras edificaciones surgidas desde 1945, impiden ver la montaña de escombros, hoy convertida en un hermoso parque municipal, donde descansa el Berlín que describió Roth y con el que tal vez sueña la mirada embelesada del manco