miércoles, 22 de junio de 2016

LA DISCONTINUIDAD DE LA VIDA

“Experimentamos la vida como un continuo y sólo una vez que declina, una vez que se vuelve pasado, vemos las discontinuidades. El pasado, si existe, es sobre todo espacio vacío, grandes extensiones de nada en las cuales flotan personas y acontecimientos significativos. Así era Nigeria para mí: algo mayormente olvidado salvo por algunas cosas que recordaba con una intensidad desmedida. Cosas que se habían solidificado en mi mente a fuerza de  reiteración: ciertas caras, ciertas conversaciones que, tomadas en conjunto, representaban una versión segura del pasado que yo venía construyendo desde 1992. Pero había otro sentimiento de las cosas pasadas, una irrupción. El reencuentro repentino en el presente con algo o alguien largo tiempo olvidados, una parte de mí que había relegado a la infancia y a África”.

Esto que dice Julius antes de encontrase con una antigua amiga de su infancia nigeriana, Moji Kasali, me lleva a pensar si ya habéis digerido, y cómo, la anécdota del niño que ataba las cosas de su casa para que no se fueran, ya que había perdido a su madre. Y si no la queréis digerir, por qué. Y si se os ha atragantado, también, por qué. Julius también sufre con sus pérdidas: su novia Nadège, el profesor Saito, su abuela... Y la palabra dolor aparece con frecuencia en lo que dice mientras pasea. Parece fácil restañar ese sufrimiento, pero no lo es. Sobre todo si somos adultos educados bajo los auspicios de una concepción del tiempo lineal y teleológico: el hoy es antes del ayer y previo al mañana, y todo eso esta unido por un hilo invisible de finalidad hacia algún sitio de plenitud. El paseo le confirma a Julius la ruptura irreversible de esa visión, sustanciada en su caso por la profesión de psiquiatra, mediante la cual los males de sus pacientes son perfectamente localizables y, por tanto, de una u otra manera solucionables. Fijaros lo que le preocupa de su profesión cuando vuelve de Bruselas: que ha vulnerado un pacto no escrito, disfrutando las cuatro semanas enteras de sus vacaciones. Solo eso significa ahora para él ser psiquiatra. Rota esa continuidad, fuera ya de la protección de la cuatros paredes del hospital Julius se ha convertido en un hombre, digamos, sin atributos. Y su conducta no es muy diferente a la del niño para imaginar su pasado. Es decir, para recordar su futuro.

A nadie se le ocurre hablar así, digamos, en una reunión social, por miedo a que lo califiquen cuanto menos de extraviado. Pero ninguno de los presentes en esa supuesta reunión podrá asegurar que presenció la creación divina, ni tampoco la evolución de las especies. Dos productos de la imaginación humana que justifican y defienden, cada una a su manera, la continuidad de los hechos de la vida y su finalidad. La religiosa y la científica. Creación ex nihilo. Observación detallada etapa por etapa y contrastación rigurosa de datos. Mirada de dios. Mirada del hombre. El primero un ser perfecto dueño de una obra imperfecta. El segundo un ser imperfecto iluso aspirante a una obra perfecta. ¿Existe una fe duradera y una razón suficiente que nos hagan ser capaces de confiar en ellos?

Me imagino a Julius razonando así a mi lado, mientras paseamos juntos pensando en nuestras pérdidas irreparables. Tanto la visión religiosa como la científica, al fin y al cabo, solo persiguen la felicidad para el ser humano. Una en el cielo, la otra en la tierra. Esa indudable estafa es la que mejor responde a la pregunta anterior. Solo nos quedan, por tanto, los restos del naufragio. Y la mirada fragmentada del paseante sobre esos pecios, con todo el pasado por detrás. Y la habilidad costurera del niño, con todo el futuro por delante. Deambulando, enredándose uno en el otro, dentro de la sopa de signos e incertidumbres del presente, en la Ciudad abierta.

Julius lo dice de esta forma tan hermosamente precisa en su ambigüedad: “Ahora de pie en una pequeña farmacia - me refiero a la escena en que trata de sacar dinero de una cajero automático para pagar a Parrish, el contable de sus impuestos, y reconoce que se le ha olvidado el número del código de su tarjeta - situada en la esquina de Water Street y Wall Street, con la mente en blanco, era presa de un trastorno nervioso, ésta fue la expresión que se me ocurrió, como si me hubiera convertido en un personaje menor de Jane Austen. El súbito desfallecimiento mental, pensé (mientras la máquina preguntaba si quería probar de nuevo, y yo lo hacía y fracasaba una vez más), provenía de una versión simplificada del yo, una zona de simplicidad allí donde antes las cosas habían sido mas robustas. Sin traicionar la verdad, lo mismo podía aplicarse a una pierna rota: de pronto disminuido, uno caminaba sin entender del todo en qué consistía caminar”.

martes, 21 de junio de 2016

LO QUE TIENE QUE DESAPRENDER UN EXPERTO

Hace ya muchos años tuve un día un enfrentamiento con un experto - entendido no tanto como alguien vinculado a una profesión concreta como a una actitud, desafiante me atrevería a decir, en el trato habitual con la vida, en una sociedad donde todo el mundo tiene acceso a la información y asegurado por ley el derecho de opinión - que me abrió los ojos para siempre sobre este asunto de la relación de los expertos con la literatura, y con la acción creativa en general. Valga decir que la cosa ha ido a peor desde entonces.

Estábamos discutiendo sobre la lectura de "Cumbres borrascosas", de Emily Brönte. Básicamente el experto en cuestión estuvo empeñado en recluir el relato de Brönte, abigarrado, telúrico, místico, en el ámbito de su lenguaje de experto, y cocinarlo allí dentro hasta convertirlo en una especia de ecuación de segundo grado social con inclusión aleatoria de alguna que otra derivada psicológica. Quería convertir todo aquel mundo ambiguo e irresoluble, sólo sensible por si mismo, en un problema físico-matemático. Y darle la solución definitiva, faltaría más. Utilizo la locución problema físico-matemático no de forma literal, sino con un significado más bien imaginario, para tratar de expresar esa línea de pensamiento hoy dominante que consiste en cuantificar la realidad, en reducir cualquier descripción del mundo a descripción física-matemática y considerar cualquier otra posibilidad de descripción del mundo como subjetiva, inapropiada para el análisis e incluso carente de información adecuada de la realidad. Aquel hombre quería traducir a conceptos mensurables todo lo que hay de poesía en la obra de Brönte, eliminando la ambigüedad a costa de un menosprecio esencial de la sugerencia. Quería sacrificar la fuerza de los sentimientos y del poderoso sentido allí mostrados, a costa de apropiarse de ellos con su entendimiento de experto. Yo se de que va esto, dijo en el momento de máxima tensión del debate. Y usted, se dirigió a mi señalándome con el dedo índice, no es nadie para refutarme. Después de unos breves segundos de silencio, previos a la explosión definitiva, le contesté: del mundo de Brönte usted no sabe nada. No lo digo yo, que efectivamente no soy nadie, se lo dicen los narradores de “Cumbres borrascosas”. Lo que si le digo yo es que usted como experto no piensa, redacta. Lo cual no tiene porque ser inevitable. Luego se acercó, y con los ojos fuera de las órbitas y a punto de que se le reventaran las venas de las sienes, me llamo mal educado. Le dije que mal educado no, nunca soy  mal educado hablando sobre literatura. En todo caso nada complaciente con su pretensión de adueñarse de un mundo como el de Emily Brönte, que usted solo entiende como si estuviera tasando cualquier habitat humano. De adueñarse de él simplemente porque esta ahí, porque lo puede hacer y lo hace. Porque usted se cree que lo sabe todo. Se levantó y se marchó. Nunca mas volví a verlo.

Lo cuento ahora como algo cómico, pero les puedo asegurar que bregar con aquel experto en una tertulia literaria fue de las experiencias mas agrias que he tenido. Tipo duro y espabilado aquel individuo. Aunque lo que le dije entonces continua vigente: del mundo de Brönte, del lenguaje poético en general, ustedes los expertos no saben nada. Ya que ciertamente lo que sabe un experto, haciendo uso de su lenguaje de experto, "no le sirve de nada" cuando se enfrenta a la lectura literaria.

Como decía en la anterior entrada todos somos expertos en algo, esas habilidades mínimas que nos sirven para mantenernos vivos en un ambiente casi siempre hostil. Podemos convenir, decía también, que mi lenguaje de experto sirve para ganarme la vida y el de la literatura, el lenguaje poético, sirve para ganarme mi vida. Desaprender ese lenguaje con que nos ganamos la vida es lo que mas nos cuesta. Lo que mas escuece a la vanidad del experto, cuando se enfrenta al lenguaje poético. Pero para aprender a leer poéticamente, es un requisito inevitable: desaprender todo lo que hemos aprendido con ese lenguaje de expertos, "hasta llegar a ser como un niño". 

Vuelvo a dejar aquí, para tratar de explicar esta descomunal paradoja, la anécdota que un día me contaron. Vaya por delante que me costó lo suyo digerirla. Dice así: "Eramos entonces una matrimonio joven. Mi mujer un día se mató en un accidente de coche. Teníamos un hijo de tres años. Y este niño, después del accidente, después de perder a su madre, se dedicó a atar cosas. Al principio cogía cuerdas o cordones de los zapatos y con ellos ataba, por ejemplo, un bolígrafo y la lámpara. Después empezó a coger cuerdas más largas y empezó a atar el bolígrafo y la lámpara, con la pata de la mesa. Después la pata de la mesa con el televisor, etc. Así empezó a llenar la casa de un montón de cosas atadas entre sí. Para él se convirtió en una obsesión: vivía en una casa donde todo estaba atado y bien atado. Al principio no hice nada porque pensé que aquello era una reacción a algo que ignoraba. Hasta que descubrí que el niño ataba las cosas para no perderlas: había perdido algo muy importante para él, había decidido atar todas las cosas para que no se marcharan".

¿Qué hace Julius? Como ese niño "ir atando" lo que descubre en sus paseos para que no se marche, para no perderlo. Por ejemplo, cuando se encuentra con el joven liberiano o con el que le limpia inopinadamente los zapatos. Cuando habla de sus pacientes del hospital. Cuando habla de su madre y su padre. Cuando va a visitar a su abuela, etc. Podemos intuir lo que como experto sabe. Sabemos que podría hacer un informe, o siete. Emitir un diagnóstico sobre lo que observa. Pero no hace nada de lo que se espera de un experto en psiquiatría, especializado en los problemas afectivos de personas adultas. No escribe, para entendernos, como lo hace Luis Rojas Marcos (jefe del departamento de salud mental de la ciudad de Nueva York) en su libros divulgativos. El lenguaje que leemos es contenido, distante, nacido de la perplejidad y de la prudencia, de la humildad, al reconocer lo poco que le vale su lenguaje de psiquiatra para dar cuenta de lo que está descubriendo, de lo que esta sintiendo en sus paseos. Es como si, de repente, hubiera perdido ese lenguaje de experto y anduviera a tientas, esbozando los fragmentos que encuentra. Por eso camina muy atento, fijándose en todo, sin dar nada por conocido del todo, como si fuera su primer paseo por la ciudad. Ni por asomo con sus palabras se le ocurre insinuar: yo se de que va esto. Al contrario que el lector de la anécdota que os he contado al principio. Sencillamente, Julius siente la necesidad de mirar de otra manera, porque lo inaudito ha irrumpido en una realidad que él creía conocer de sobra. Y lo ha desconcertado. Necesita, en consecuencia, hacer un uso distinto del lenguaje, de su palabras. Otorgarles un nuevo sentido ¿Alcanzan y atraviesan la conciencia o el alma del lector estas preocupaciones de Julius? ¿Por qué y de qué manera? Esa será la medida de lo que de si su lectura.

sábado, 18 de junio de 2016

EL EXPERTO JULIUS EN LA "CIUDAD ABIERTA"

Todos somos expertos de algo y a nuestra mirada, cuando salimos a pasear, o cuando hacemos lo que hacemos, le cuesta desprenderse de ese hábito. Somos expertos de eso con que nos ganamos la vida, que es lo que mas nos preocupa y nos ocupa. Hay expertos en enseñanza y en sociología, expertos en orden público, expertos comerciales y en servicios públicos, expertos en arquitectura, economía, antropología, psicología, música, gerencia empresarial, historia, física. Expertos que intentan leer literatura con su lenguaje de expertos. Primordial y único problema que tenemos, y que seguimos sin resolver. Y ahora tenemos a Julius, experto en psiquiatria. 

Pero, ¿cómo se comporta la mirada de un experto? Básicamente, como dice Barry Lopez, recluyéndose hacia el interior de su intelecto. Refugiándose ahí dentro de las groserías de la realidad. Un experto no mira hacia los confines de lo que hay fuera de su intelecto. Así el experto lleva a esas hondonadas de su pensamiento al alumno, al desahuciado social, al delincuente, al cliente, al pobre, al usuario de biblioteca, etc. Y se lo "come" allí dentro. Luego regurgita en forma de informes o de balances la digestión, y lo ofrece a la sociedad como el diágnostico de la verdad verdadera. Hasta nueva orden. En esas estamos. Y el mundo exterior, infinitamente mas grande e insondable que ese pequeño mundo interior y "autista" del experto, ¿qué ha hecho mientras tanto? Seguir dando vueltas, a lo suyo, indiferente a nuestros solipsismos.

¿Seremos capaces de discernir qué hacemos al comportarnos así? ¿Cómo es el pensamiento que acompaña a nuestras actuaciones laborales de cada día, y cómo y de que manera se apropia de nuestro "tiempo de ocio"? ¿Seremos capaces de vernos dentro de esa "jaula intangible"? Será difícil que, sin esa reflexión previa, podamos seguir y entender, al fin, el vagabundeo de Julius. Que no pasea para darse un respiro en su forma de ganarse la vida, trabajando de experto en el hospital sobre los desarreglos afectivos de las personas adultas. Sino que pasea, y escribe tiempo después para entender la experiencia de su paseo. Recordar como empieza su libro: "y así cuando en el otoño pasado empecé a dar largos paseos vespertinos..." Escribe para ganarse su vida. Observar como cuenta los encuentros con Saidu el emigrante liberiano y Pierre el limpiabotas. Pérdidas afectivas y dolor a espuertas. Pero Julius ya no es un psiquiatra, ya no mira como un experto. ¿Seremos capaces de entender, al fin, la diferencia que hay entre "ganarme la vida y ganarme mi vida"? Este es el valor de uso fundamental, pienso yo, que tiene la lectura de "Ciudad abierta".

viernes, 17 de junio de 2016

PRESENCIA Y POÉTICA EN LA "CIUDAD ABIERTA"

Como casi todas las grandes novedades, todo empieza con la observación de unos hechos que llaman la atención, en razón de que chocan con una creencia establecida. La novedad en el narrador de “Ciudad abierta”, no reside en que pasea en los momentos que su trabajo en el hospital se lo permite. Eso lo hace cualquiera. La novedad se encuentra en que aquello que observa, mejor dicho, en que la manera que pone el foco de su mirada sobre aquello que lo llama la atención, sin previo aviso, le empieza a parecer de mucho mas interés que lo que hasta ese momento venía siendo su exclusiva creencia: el trabajo en el hospital. Un interés, que en el caso de ese trabajo, no trasciende nunca el ámbito de la presencia: todo lo que lo atrae está entre aquellas cuatro paredes, y está bien como está. Sustancialmente no necesitaba modificarlo. Como esas ideas que nos acompañan durante toda la vida, siendo motivo de nuestro orgullo ante los demás, sin darnos cuenta de que es el grillete el que aprieta: “fíjate bien, pienso como cuando tenía veinte años, no como tú que siempre has sido un errático”. En cambio, lo que ahora le conmociona a Julius en sus paseos por la ciudad, siente que no le vale como lo ve, no le vale su mera presencia, como le ocurre en el hospital. Necesita representarlo. Necesita escribir. Y lo hace. El libro que tenemos entre las manos es la prueba fehaciente. Aquí radica, al fin, la verdadera novedad de su nueva experiencia de paseante, frente a la de psiquiatra. Necesita separar la presencia de lo que ve de su representación poética. Al igual que el pintor necesita registrar en una tela la presencia del caballo que ve cada mañana al levantarse. No le vale solo con observarlo. Al igual que yo necesito escribir sobre lo que leo. No me vale solo con leer el libro.

Esta es la primera parte del misterio de esta creación literaria de Julius, y de la creación en general. Queda por dilucidar si la otra parte del misterio, los demás lectores, sólo tienen la necesidad de fijarse en la presencia de lo que todos ellos leen por igual (argumento), o su necesidad los lleva a sumergirse de lleno en la poética que destila lo que cada uno de ellos ve y siente de forma irrepetible. De otra manera, lo que quiero decir es que sin saber nada del narrador los demás lectores aceptan al unísono lo que dice con total normalidad (o sea, ni lo ven ni lo escuchan), o cada cual hace de las preguntas respecto a lo que le dice Julius la verdadera guía y la única razón de ser del itinerario ondulante, y complejo, de su lectura. Y, claro está, si sólo les vale con eso.

jueves, 16 de junio de 2016

TIEMPO DE EXPERTOS Y EJECUTORES EN LA "CIUDAD ABIERTA"

Me voy convenciendo que el narrador Julius es uno de esos expertos que ocupan hoy todos los despachos de las ciudades abiertas. Que siempre andan metidos en proyectos y en programas para arreglar los males del mundo. O para empeorar lo que en él hay de bueno y está bien hecho. Pero que ni los unos ni los otros alcanzan a percibir cual es el latido de la ciudad donde trabajan. Que pueden trabajar pared con pared o donde el techo de los de abajo es el suelo de los de arriba. Tanto es así, por ejemplo, que desde alguno de esos guangos están pergeñando un programa de regeneración lectora, ahora que las encuestas dicen que los adultos de estos pagos son los peores lectores del continente europeo. Ya ven.

Estaba siguiendo a Julius, decía, en el momento en que muestra su asombro frente a la maratón de Nueva York: 
“Yo no lo sabía. Me desconcertó ver frente a las torres de cristal la plaza redonda desbordada de gente, una multitud enorme, expectante, que se apretaba cerca de la meta de la carretera. Desde la plaza, bordeando la calle, la muchedumbre también se prolongaba hacia el este. Mas cerca del oeste había una carpa donde dos hombres afinaban sus guitarras, llamando y respondiendo cada uno a las plateadas notas del instrumento amplificado del otro. (...) Para escapar del bullicio, que al parecer iba en aumento, decidí entrar en el centro comercial. Aparte de los locales de Hugo Boos y Armani, en la segunda planta había una librería. Tal vez allí dentro, pensé, pudiera encontrar cierto silencio y tomar una taza de café antes de volver a casa. Pero en la entrada se agolpaba parte de la multitud que había rebasado la calle y los cordones impedían entrar en la torre.
            Cambié de idea y resolví visitar entonces a un viejo profesor mío que vivía en un apartamento de Central Park South, a menos de diez minutos a pie. A sus ochenta y nueve años era la persona mas anciana que conocía. (...) Algo que debió ver en mí le hizo pensar que confiarme su selecto tema de estudio (literatura inglesa temprana) no sería un desperdicio. En ese sentido yo fui un fiasco, pero, puesto que él tenía buen corazón, me invitó, aun después de que yo no lograse una nota decente en sus seminario de literatura inglesa anterior a Shakespeare, a reunirnos varias veces en su despacho”.

Inducido, tal vez, por el vagabundeo de Julius, mientras él se acercaba a la casa del profesor Saito, yo me acerqué a un libro que había ojeado hace unos días, “Sueños árticos” de Barry López, también de Nueva York, y posible conocido de Julius. Me fui hacia él porque, observando como le afecta a Julius su deambular, me acordé de uno de sus capítulos, para mi memorable, titulado "Hielo y luz", cuando reflexiona sobre la historia de las expediciones, comparando esas ambiciones ancestrales y su enfrentamiento con una realidad precisa con la filosofía que mantiene nuestro tiempo actual. El centro del mundo bullicioso y desnortado, y su periferia septentrional helada, cobraron una rara proximidad y entendimiento en mi alma. En ese capítulo, López dice de modo bastante lúcido lo siguiente: 
"La visión convencional actual considera que el hombre europeo ha avanzado a pasos de gigante desde la época de las catedrales. Ha aterrizado en la Luna. Ha conseguido curar la viruela. Ha logrado controlar la energía del átomo. Pero también podría proponerse la perspectiva contraria, a saber, que en un lapso de nueve siglos lo único que ha conseguido el hombre europeo es una mayor complejidad en la manipulación de los materiales, una más asombrosa exhibición de su capacidad de comprender los principios físicos de la materia. Que nos quedamos deslumbrados ante meros estilos de expresión. Que no vivimos una época mística, sino un tiempo de expertos destacados, de ejecutores. Que la construcción de las catedrales fue el último avance visionario del hombre europeo, antes de recluirse otra vez en los confines del intelecto.
         Entre las ciencias actuales, sólo la física cuántica parece haber recuperado una relación equitativa con las metáforas, esos instrumentos básicos de la imaginación. Las demás ciencias se hallan ligadas, a veces, al análisis racional, o se muestran tan recelosas de la metáfora, que interpretan y denuncian el antropomorfismo como una forma de cáncer intelectual, en vez de emplearlo como instrumento comparativo en sus investigaciones, aplicando la que tal vez sea la única forma de operar al alcance de nuestra mente, ese paralelismo que en último término denominamos narrativa".

miércoles, 15 de junio de 2016

LAS PREGUNTAS QUE SE HACE EL DIABLO EN LA "CIUDAD ABIERTA"

Con lo que decimos que vemos y con lo que decimos que no vemos. Así vamos tejiendo nuestra vida. ¿Cuantas veces durante el día vemos sólo lo que queremos ver? ¿Cuantas lo que no queremos ver? ¿Cuantas le espetamos a la cara a los otros lo que quieren oír que hemos visto? ¿Cuantas veces al día compartimos con los otros lo que no hemos visto, pero sabemos que está ahí? ¿Tenemos poco tiempo o tenemos mucho miedo? Tantas horas metido en el hospital tratando con los problemas afectivos de las personas mayores, y Julius no se ha enterado de que se ha muerto la vecina de al lado. ¡Cielo santo! Una escena "semejante" a la protagonizada por el narrador me vino de golpe a la cabeza, tantas veces vista y oída por televisión, en la que el vecino del segundo un día raja fríamente a su mujer dejando el reguero de su sangre en el rellano de la escalera, y el vecino del primero jura y perjura ante la cámara que era una persona normal, cariñosa a veces, un poco callada pero normal. ¿De dónde ha sacado tanta impasibilidad, el vecino del primero por supuesto? ¿De dónde el avezado psiquiatra Julius? ¿A qué nos referimos cuando decimos a los otros lo que vemos? ¿Sabemos que cara se nos pone cuando no hablamos de lo que no queremos ver? ¿Por qué tengo la sensación de que ante estas preguntas, que surgen de los huecos donde habita el diablo en toda ciudad abierta, cien mil oyentes que las escuchen suman siempre después menos que uno? ¿Es qué, como seres hablantes, no somos gente de confianza? ¿O es que estamos permanentemente embrujados por la perfomance de las apariencias? Sigamos paseando, junto a Julius, por esta ciudad abierta.

martes, 14 de junio de 2016

LA MUERTE ES UNA PERFECCIÓN DEL OJO

El título de la primera parte de "Ciudad abierta", que lo he cogido para dárselo a esta entrada, es lo primero que leemos. Es lo suficientemente elocuente, al tiempo que  misterioso, como para encogernos el alma. Veamos. A parte de las palabras de ese título, que también son del narrador, éste se nos presenta de una forma, digamos, campechana, cercana, en plan colega, vamos, se presenta como uno de los nuestros: "Y así, cuando el otoño pasado empecé a dar largos paseos vespertinos, Morning Heights me pareció un lugar cómodo desde donde internarme en la ciudad". Sin embargo, ya al final de ese primer párrafo, comienza a dejar ver los primeros signos de "extrañeza". Dice así: "De este modo, al comienzo del último año de mi beca de psiquiatría, Nueva York fue tramándose en mi vida a ritmo de caminata". Sale así al paso de uno de los tópicos que más fortuna han hecho entre los ciudadanos modernos, también lectores de esta novela: que ocio y negocio son dos conductas que van cada una, aparentemente, por su lado. Que cuando acaba una empieza la otra, y viceversa. Vamos, que pasear es un acto para relajarse, para olvidarse temporalmente del trabajo, y todo eso y todo lo demás. Por si había duda de que lo que nos va a contar es como se formó esa trama entre vida y paseo, dando como resultado otra cosa que no es ni la una ni el otro, ahí quedan la primeras palabras del segundo párrafo: "No mucho antes de que empezaran los vagabundeos, yo había caído en el hábito de observar desde mi apartamento a las aves migratorias, y ahora me pregunto si no había un vínculo entre ambas costumbres. Las tardes que volvía del hospital con tiempo, solía mirar por la ventana, como quien busca augurios, esperando ver el milagro de la migración natural".

Por tanto, con un puñado de palabras el narrador nos ha dicho cual es su ocio (caminar), cual es su negocio (hospital), cual es su propósito (trenzar el ocio con el negocio, teniendo en cuenta, al fin, sus presentimientos). Y una frase perturbadora que acompañará desde el principio a todo ese empeño de buscar algo nuevo: la muerte es una perfección del ojo. Dos o tres páginas más adelante, remata la faena de presentación como narrador de una forma eminente. "Las caminatas satisfacían una necesidad: eran un desahogo de la estrecha regulación del medio mental del trabajo y, no bien descubrí su calidad terapeútica, se volvieron cosa normal y olvidé cómo había sido la vida antes de empezar a andar. El trabajo era un régimen de perfección y competencia, ninguna de las cuales permitía improvisaciones  ni toleraba  errores (¡¡atención de nuevo al título de esta entrada!!). Por interesante que fuese mi proyecto de investigación - llevaba a cabo un estudio clínico de trastornos afectivos en personas mayores -, el grado de detalle que demandaba era de una complejidad que excedía todo lo que había hecho hasta entonces. De modo que las calles constituían una bienvenida réplica a las horas de trabajo. Ninguna decisión - donde doblar a la izquierda, cuánto quedarse absorto frente a un edificio abandonado, ver el sol poniéndose en Nueva Jersey o bajar por la penumbra del East Side mirando hacia Queens - tenía consecuencias, y por eso mismo cada una era un recordatorio de libertad".

La pregunta es inevitable, ¿qué ha descubierto el narrador en sus caminatas para qué este ultimo párrafo, o la frase "las calles constituían una bienvenida réplica a las horas de trabajo", se oponga drásticamente al propósito anunciado al principio: "Nueva York fue tramándose en mi vida a ritmo de caminata"  o "Las tardes que volvía del hospital con tiempo, solía mirar por la ventana, como quien busca augurios, esperando ver el milagro se la migración natural". Réplica o ninguna decisión frente a trenzado o augurios. Qué lejos todo eso de la complejidad campanuda de su trabajo en el hospital como nunca antes la había tenido. Ocio y negocio, ganarse su vida y ganarse la vida, comienzan a ser parte de lo mismo, cuando el narrador recuerda, es decir, cuando el narrador imagina. Ese otro cúmulo de sensaciones y sentimientos que nos invita a descubrir a su lado, mientras leemos. ¡Y todo ello en cinco páginas escasas!

Los lectores y paseantes más literalistas no se abrumen tratando de descifrar el sentido simbólico que atraviesa y ordena, desde mi punto de vista, todo el relato. Lo leo así y así lo escribo. Sencillamente disfruten del paseo acompañando a Julius. Y a ver que pasa. Seguir la regla del mejor vagabundeo: no busquen, gocen con lo que encuentren. Los pecios poéticos que llevamos dentro pueden surgir, cuando menos nos lo esperemos, a la vuelta de la calle 57 o en Central Park, o en cualquier anden de metro. Escuchando a Mahler o el jazz. Al fin y al cabo, estamos leyendo y paseando por una ciudad abierta.