sábado, 26 de mayo de 2018

AMÉLIE NOTHOMB

¿Cómo vive el mundo de hoy?
Con angustia, pero quiero pensar que la vida es más imaginativa que nosotros.

viernes, 25 de mayo de 2018

ÉCHALE PIENSO...

“Para que no piense, o como la banalidad se cuela en nuestras vidas. A base de no hablar de lo que nos importa y si somos competentes (no por que tengamos mucha información, sino porque tenemos suficiente experiencia) y no dejar de hablar de lo que no nos importa aunque seamos perfectamente incompetentes (por disponer de toda la información y ninguna experiencia del asunto).” El caso es que después de esta nota en su página de Twitter, a la que le siguió al día siguiente otra en la que se lamentaba de la desaparición de los fundamentos del capitalismo calvinista y burgués, que había leído en la facultad o alguien se lo había dicho que eran, a saber, el esfuerzo, el trabajo y el ahorro, y que aunque no los había conocido los echaba en falta, Cristina Arozamena ha decidido dejar su trabajo en el instituto al final de curso para dedicarse a pensar durante el próximo, aunque tampoco formara parte de su educación. La ausencia de sentido crítico que acompañó desde sus inicios a la fiesta cultural del postfranquismo - hasta cierto punto comprensible pues para eso era una fiesta - no ha dejado por ello, cuando aquella ha cerrado sus puertas por agotamiento, de crear un vacío que de inmediato ha sido ocupado por una oleada de ansiedad generalizada  que se vuelca de forma muy violenta en la búsqueda y captura de los culpables que han provocado que se haya bajado el telón dejando que las cosas hayan llegado hasta donde han llegado. Le recuerda - lo que también leyó en la facultad - a lo que tantas páginas y horas de cine y televisión ha ocupado desde su aparición, la caza de brujas en Estados Unidos del senador Mcarthy. Con la diferencia de que hoy las brujas pueden ser cualquiera, lo que ha ampliado de forma incontrolada la posibilidad de reproducción de la ansiedad que ahora se introduce en cualquier ámbito de nuestras vidas o en las vidas de los otros, tanto en asuntos graves como en los livianos pero siempre con la misma virulencia adobada con una indignación que pareció alergia de una primavera pero que ya se ha quedado entre nosotros como una pandemia. Todo el mundo se indigna, sino parece que no es nadie. Alexandre Kluge, escritor y cineasta alemán, divide la edad moderna en tres épocas. En primer lugar la de los ingenieros airados a la que siguió la de los organizadores precavidos, ahora estamos entrando de lleno en la época de los especialistas irresponsables. En el caso de la enseñanza semejante irresponsabilidad - dice Cristina Arozamena - tiene una repercusión directa en la vida diaria en el aula, donde ella se ha convertido en la bruja objeto prioritario de la caza de sus alumnos. El último reducto donde la autoridad del profesor aguantaba numantinamente las insensatas embestidas de los especialistas ha caído en desigual combate, pues la derrota del profesor en su feudo natural, el aula, ni siquiera es fotogénica. Todo se ha devaluado de tal manera que nos aproximamos al instituto cada mañana - continúa Cristina - con las huellas del fracaso en el rostro y, sobre todo, en los andares. Tal vez sea por ello que algunos de mis compañeros han dejado el coche en sus casas y llegan al instituto dando pedales. La diferencia que hay entre el ritual de aparcar el coche, después de dar unas cuentas vueltas por los alrededores del centro educativo, y el de dejar la bici en el parking que el ayuntamiento ha instalado en las puertas del instituto, define con acierto la perversa ambigüedad que preside la insensatez de los especialistas que imponen su ley una vez dentro. Siguiendo con esta misma ritualización de cómo se acercan al teatro de la representación educativa sus protagonistas, es digno de mención los coches deportivos de marca - Porche, Ferrari, MG - en que llegan algunos alumnos del instituto. Si son capaces de hacerlo tienen que hacerlo. Ni que decir tiene que no les importa en absoluto que todo el mundo sepa que es un préstamo de su padre o de algún familiar, o dicho de otra manera que su irresponsable apariencia es subvencionada. Es igual, pues los organizadores de todo buen evento - y las clases de cada día en el instituto las definen los especialistas en sus informes con esta nueva nomenclatura - le dan mucha importancia a los prolegómenos del mismo. “Una banalidad - acaba su nota de Twitter Cristina Arozamena - que se apoya en la pereza que se apodera ante la experiencia que tenemos con lo que nos pasa (lo verdaderamente nuestro) no en una falta de conocimientos como muchos arguyen para justificar tal desinterés.” No es de extrañar, por tanto, que el culpable del fracaso escolar ascendente no sea el alumno sino el profesor, Cristina Arozamena en este caso, que no atiende lo específico de su sensibilidad y su inteligencia. Una atención que si está bien enfocada - dice el director del instituto de Cristina, fanático defensor de los postulados de los especialistas irresponsables - genera en los alumnos la verdadera perspectiva de lo que les interesa. De lo cual se deduce que la función que se encomienda al profesor queda reducida a conseguir que eso sea posible. ¿En que te puedo ayudar?, sería la pregunta clave, y única, mediante la que el profesor se dirige a su alumno durante el tiempo que pasan juntos en el aula. Con esa hoja de instrucciones el aprobado general es inevitable y el fracaso escolar pasa a ser una cosa del pasado, que término a término coincide con la forma de ver el mundo que tenían los ingenieros airados y los organizadores precavidos, por este orden. Cristina Arozamena no se va del instituto por se sienta alineada con ese pasado. De hecho ella siempre dice, medio en broma medio en serio, que no tiene un pasado que echarse al coleto. Se va porque la pregunta ¿en que te puedo ayudar?, no entra a discutir que puede abrir a los alumnos las perspectivas más convenientes para los intereses que son más necesarios en el proceso de su aprendizaje, sino porque al mismo tiempo se ha dado cuenta que esa pregunta anula sus propias perspectivas, situándola  en el aula en un punto ciego desde el que no podrá repetirle a sus alumnos la misma pregunta hasta el final de curso. Sencillamente porque ahí será imposible que la vean, pues para ellos se habrá convertido en un fantasma o un zombi.

jueves, 24 de mayo de 2018

NO OPONERSE A LA ORDEN

Si a la etapa fúnebre del franquismo le sucedió la etapa jovial de lo que vino a continuación, que todo el mundo convino en denominarla con el nombre de la democracia, la orden era, como en toda fiesta que se precie, que no hubiera orden. Ello fue posible debido a esa forma de proceder mecánica que tiene el pensamiento cuando no piensa, ya que ha estado muchos años hibernando en el duelo de la derrota, en fin, la orden era que después de una dictadura lo que viene es una democracia, como después del día viene la noche y después del verano viene el otoño. Ergo, rápidamente asociamos que ser un demócrata era lo contrario que ser un fúnebre o un aguafiestas. Para Diego e Isabel Arozamena la orden era que Cristina y Rafael no entendieran ni percibieran como una orden, por ejemplo, que hacer ejercicio y andar era saludable; que tenían que ser unos niños fuertes; que no tenían que hacer ruido al entrar en casa; que tenían que ducharse cada día y lavarse las manos antes de sentarse a la mesa para comer; que tenían que decir buenos días o buenas noches; que no deberían asustarse por nada ni de nadie, por lo que lo mejor era que hablaran francamente entre ellos; que tenían que escuchar a sus padres y escucharse entre ellos; en fin, que tenían que hacer repaso de lo que albergaban en su conciencia y hacer las oportunas correcciones. Diego e Isabel querían que sus hijos no tuvieran la obligación de ser buenos y menos la cobardía de parecerlo, querían, puesto que estábamos en la fiesta de la democracia, que fueran lo que ellos no habían podido ser nunca, sin máscaras ni parabienes, ser auténticamente buenos.  Para lo cual era de obligado cumplimiento que Cristina y Rafael fueran al colegio no a aprender, sino a ser felices. Puesto que, al fin y al cabo, después de los años fúnebres del franquismo que todo el mundo asociaba con la infelicidad, la educación democrática no podía ser otra cosa que un sinónimo de felicidad. Orden que cumplieron a rajatabla los profesores que Cristina y Rafael tuvieron durante su etapa escolar, bajo la amenaza expresa de sus padres de sacarlos de la escuela o el instituto público y, en contra de sus propias creencias, llevarlos a la enseñanza privada incluso, llegado el caso, a la de matriz confesional. Bajo los auspicios poderosos de esta Santísima Trinidad laica, democracia-fiesta-felicidad, Cristina empezó hace un año su andadura profesional en el ámbito de la enseñanza. Ha sido suficiente tiempo para empezar a darse cuenta de que la fiesta de sus padres se ha acabado para siempre, pero que la educación no ha llegado todavía. Ni se le espera. Sin embargo, esa confusión (fiesta igual a educación) que sus padres siguen interpretándola - aunque anticlericales de pura cepa, como alardean ser, no lo digan con estas palabras - como su firme convencimiento de la presen­cia del orden superior por el que se deben regir todas las cosas en un mundo civilizado - así lo califican - ha dejado de tener eco y significado en los planes profesionales y personales de Cristina, ocupando su lugar un vacío inconsolable. No oponerse a la orden del mundo que le han dejado en herencia sus padres, bendecido por aquella Santísima Trinidad, nunca pensó que le fuera tan difícil, dificilísimo, en la práctica de su incipiente vida adulta. Se da cuenta de que, al igual que los alumnos que entran cada día en su clase, no tiene miedo pero tampoco sentimiento de culpa. Pero a diferencia de ellos, que como todos lo alumnos sí querían fiesta, ella ya no puede echar mano de semejante recurso porque le falta la fe suficiente para ser una colega más de la fiesta de sus alumnos y el cinismo necesario para parecerlo. La presencia de la Santísima Trinidad paterna le impide aceptar que cualquier persona enfrentada a un conflicto o a un dilema no sabe lo que le pasa, o al menos no lo puede saber todo. De repente, y en menos de un año de experiencia profesional, se dio cuenta de que ya no podía comerse el mundo como había imaginado cinco años atrás. Ni siquiera le consolaba la idea de que pudiera hacerlo de otra manera, y que esa fuera la causa de su desasosiego, que debido a un error de cálculo tal vez se hubiera  desviado momentáneamente del rumbo que había dibujado en el aula. Nada de eso. Sencillamente, el aula con los alumnos dentro se le aparece inconsistente o fragmentario, esa realidad cimentada cuando ella fue alumna por el colegeo de la fiesta se le vuelve ahora antitética, vuelve al clasicismo, ella en el estrado y los alumnos bostezando en los bancos. Así es incapaz de predecir el futuro más inmediato, lo único que desea es que suene el timbre y dar por concluida la clase y, por extensión, el día, la semana. ¡Viernes!, al fin. Por mucho que se informa hay cosas que no conoce, e intuye de manera angustiosa que no conocerá nunca, y muchas otras cosas y conductas de sus alumnos y sus compañeros le parecen contradictorias. Junto al aula las reuniones del claustro de profesores forman las dos estaciones del particular calvario en que se ha convertido su jornada laboral. No está acostumbrada a vivir en ni con la contradicción, pues la razón suprema que inspira la Santísima Trinidad paterna es coherente y siempre tuvo vocación de permanencia. Ahora que ha desaparecido trata de imponer un orden y de dar órdenes para no acabar loca, pero el primero es insatisfactorio y las segundas no tienen ningún eco en la actitud y conducta de sus alumnos que continúan a la espera de que la fiesta educativa reaparezca. Nota que la incipiente resistencia creativa que ha adquirido le abren un puñado interesante de posibilidades, pero no aparecen vinculadas a ciencia cierta a las decisiones que debería tomar, ni con el grado de importancia o irrelevancia que tendrían de poder llevarlas a la práctica. Se da cuenta, sencillamente, de que la respuesta a todo ese barullo imaginativo está en sus alumnos y sus compañeros de instituto, pero cuando grita, ¿hay alguien ahí?, el silencio más lacerante se apodera de todo. Así como se le revelan todas estas cosas, se le revelan otras que se podrían resumir así: Cristina Arozamena se siente incompetente ante los acontecimientos que le desbordan en su vida profesional docente y, como no, en su vida privada que está inevitablemente infectada de aquella.

miércoles, 23 de mayo de 2018

HIJOS SIN PADRES

Siguiendo con el escrito anterior, vale decir que la mala educación de aquellos padres ha hecho que sus hijos crezcan sin ellos, quedándose así completada la trilogía del natalismo de la especie humana. La cual queda constituida por la tipología clásica de los hijos con padres y, su némesis, los hijos sin hijos, a los que se añade esta última entrega de los hijos sin padres. Cuando Cristina Arozamena nació su hermano Rafael ya tenía dos años y medio. Su madre Isabel, al tener a su segundo hijo entre sus brazos, se dio cuenta de que la primera ya había crecido lo suficiente como para desparecer, lo cual le produjo primero una amable nostalgia seguido a continuación de un terror incontrolado. Fuera por esa combinación inopinada, y en justa compensación con lo que pensaba su marido Diego respecto al mundo, por lo que le pidió a éste que no dejara de capturar con su cámara de vídeo los mejores instantes que les ofrecieran sus hijos a partir de ese momento. Todo ello más la aceleración sufrida en los últimos años, que son los que han utilizado sus hijos para llegar a la mayoría de edad oficial, debería haber supuesto un cambio de actitud en el matrimonio Arozamena, algo así como pararse y pensar sobre lo que habían hecho y a donde habían llegado. Pero no ha sido así. Ni por parte de los padres, ni parece que a los hijos que piensan que la mayoría de edad es solo un dato que en nada les atañe. La forma de organización familiar que han elegido para vivir juntos es de tal manera que es imposible registrar ningún tipo de incompetencia que tenga que ver con el papel que cada miembro tiene asignado. Para entendernos, la familia Arozamena funciona como un sistema dentro de un doble eje de coordenadas y abscisas. En el primero queda registrado lo más tecnológico o cool, ahí se mueven como si fueran una empresa de venta a domicilio vía web antes de que la página web funcione, dicho de otra manera, funcionan con soluciones ficticias a problemas inventados. En el eje abscisas queda registrado lo más arcaico de su condición humana, donde para evitar el vacío que se produce entre una pregunta y su hipotética respuesta, es decir, para evitar el diálogo propio que se deriva de la implantación de la razón, lo que que se impone es la respuesta sin pregunta y la solución sin problema. Del mantenimiento del eje de coordenadas, por decirlo así y como no podía ser de otra manera, se encarga Diego y del de las abscisas la madre de sus hijos, Isabel. Vistas así las cosas pudiera parecer que la familia de los Arozamena hayan construido un modelo educativo que al fin ha logrado superar todos lo inconvenientes del pasado inmediato, o dicho con otras palabras, pareciera que Diego e Isabel Arozamena se hacen cargo verdaderamente de la educación de sus hijos. Pero si lo contrastamos con el ideal griego de Paideia que Werner Jaeger muestra en su libro homónimo, vemos la distancia que media entre uno y otro modelo. “No de otro modo es preciso interpretar la unión de la poesía con el mito que ha sido para los griegos una ley invariable. Se halla en íntima conexión con el origen de la poesía en los cantos heroicos, con la idea de los cantos de alabanza y la imitación de los héroes. La ley no vale más allá de la alta poesía. A lo sumo hallamos lo mítico, como un elemento idealizador, en otros géneros, como en la lírica. La épica constituye, originariamente, un mundo ideal. Y el elemento de idealidad se halla representado en el pensamiento griego primitivo por el mito.”  Y es que aquella mala educación de Diego e Isabel debería haber acabado cuando acabó la larga fiesta del postfranquismo pero, como les pasó a los docentes de entonces, los unos y los otros estaban ya inoculados por la desidia y la pereza intelectual que genera tantos años de jolgorio y algaravía, de tal suerte que fueron dos parámetros incuestionables en cualquier diseño curricular o familiar. La educación y la familia continuaron así enlazadas, y en esas estamos, por una especie de gincana sin fin que va desde los cero hasta los vientitantos años. Los hijos de Diego e Isabel, Cristina y Rafael, son, también con todos los derechos, eso que alguien con mucha lucidez denomina los zombis modernos. Esa combinación entre los más cool y lo más arcaico caminando sin destino y sin alma por las calles de una polis inexistente. No son malos chicos, ¡que van decir los padres!, pero en ellos la desidia y la pereza, herencia directa y sin testamento de sus padres, se ha hecho, como la sangre que corre por sus venas, una segunda circulación que pulula por su cuerpo arbitrariamente sin los momentos diastólicos y sistólicos de aquella. Y lo peor de todo es que lo que había que hacer en estos asuntos entre maestros y alumnos, padres e hijos, estaba ahí desde la antigüedad clásica, como dice Werner Jaeger. Como compensación, el momento para dar el salto y corregir el rumbo perdido no puede ser más propicio que este de la era digital. Lo que ha cambiado respecto a entonces es la posición de los protagonistas y los comportamientos que debería tener su lenguaje, que debería estar más atento ahora a las zonas ciegas de su realidad que pasan desapercibidas. Pero lo que falta es su disposición, que sigue empeñada en hablar por hablar de forma generalista y proceder mecánicamente a la hora de tratar de pensar.

martes, 22 de mayo de 2018

EDUCACIÓN CON RESACA

Los Arozamena nunca han pensado que el éxito de su matrimonio pudiera estar vinculado a su mala educación. Isabel y Diego Arozamena son un matrimonio cántabro que reside en Madrid desde que tuvieron el primer hijo. El es ingeniero de telecomunicaciones en Telefónica. Ella es profesora en un instituto de secundaria en Moratalaz donde da clases de biología y botánica, aunque antes de venir a Madrid había estado contratada en un centro educativo en Santander, cuya propiedad era del Opus Dei. Fue durante ese periodo de sus vidas en el norte de España cuando Isabel conoció a Diego y para ella, así al menos lo confiesa todavía sin rubor, fue como un flechazo. Puede que para Diego la cosa no fuera para tanto, pero ese déficit amatorio fue rápidamente devorado por el excedente que tenía la que iba a ser su mujer. Nuestra percepción de la realidad es muy limitada, por lo que no tenemos más remedio que utilizar algún tipo de metáfora si nos queremos acercar a ella. Cuando Diego e Isabel se instalaron en Madrid, en 2009, la crisis estaba galopando a tumba abierta y la doctrina del shock se había hecho con los mandos de la percepción de la realidad. Así que sencillamente se limitaron a dejarse llevar por las circunstancias ambientales y emocionales, algo incomprensible, pensaron entonces quienes más los conocían, si se tenía en cuenta lo lejos que quedaban los matrimonios de conveniencia, fuente de toda la mala educación que arrastra la humanidad. Era una manera eufemística de decir que lo raro fue  que no se divorciaran al poco tiempo de llegar a la capital. Crisis económicas surgidas simultáneamente a crisis emocionales ha habido siempre, pero lo que diferenciaba al caso de Diego e Isabel, y el de otros muchos matrimonios recientes en esos momentos, era la doctrina del impacto que dominaba la forma, o metáfora, de acercarse a la realidad en que vivían. Por ejemplo, Diego dejó de leer el periódico en papel y se apuntó a la inmediatez que le ofrecían las noticias que le llegaban vía digital. Isabel, por su parte, se hizo una adicta de los grupos de discusión en internet y de whatsapp. Por aquellas fechas dos honorables nonagenarios empezaron a salir en los medios digitales llamando a toda aquella efervescencia con la palabra indignación, invitando a todo el mundo a relacionarse pública y abiertamente con la realidad a través de este gesto primario. ¡Indignaos!, era la consigna general que a acabó en boca de todo el mundo. Del lado del mundo académico surgieron los primeros ensayos donde se registraba, sobre todo entre los más jóvenes, la nueva forma de vergüenza que suponía consumir productos afectados, digamos, por una parsimonia en su usabilidad (palabra que empezó a ocupar un lugar preeminente en la jerga habitual) de carácter neolítico. Todo ello, indignación y vergüenza por ser tocado por la parsimonia dio al traste con la tradición, más serena y más lenta, de vivir bajo la influencia de algún tipo mito. Al respecto Jaeger nos recuerda desde la atalaya de su obra Paideia que “Los mitos sirven siempre de instancia normativa a la cual apela el orador. Hay en su intimidad algo que tiene validez universal. No tiene un carácter meramente ficticio, aunque sea sin duda alguna originariamente el sedimento de acaecimientos históricos que han alcanzado su magnitud y la inmortalidad, mediante una larga tradición y la interpretación glorificadora de la fantasía creadora de la posteridad”. Ni siquiera el fútbol, dominador absoluto de esta parcela quedó indemne. La marea del momento convirtió al fútbol en lo que realmente es, veintidós niños millonarios dando patadas a un vegigo durante veintidós minutos. Se impuso entonces algo que un académico emérito, Emilio Lledó, lo denominó con acierto, adanismo, a la que no era ajena la sorna que empleaba al usar la nueva palabra en sus apariciones públicas. Pues lo que estaba sucediendo, y nadie parecía advertirlo, era sencillamente que se había acabado la larga fiesta de celebración del final del franquismo, durante la que la clase media a la que pertenecen Diego e Isabel, según ellos por derecho propio, había crecido de forma portentosa y acelerada, como no, gracias a la extensión de la cobertura social y el bien estar material. Se creó así un coyuntural en la una parte importante de la población era suficientemente rica como para poder invertir en los productos culturales que estaban apareciendo en el momento, pero no así disponían del suficiente bagaje o capital educativo como para poder discernir entre ellos o como para poder consumir productos de cierta enjundia o densidad. Lo que había sucedido es que la fiesta del postfranquismo había durado demasiado y esa clase emergente, a la que seguían perteneciendo Diego e Isabel con todo derecho, no habían tenido tiempo de educarse. Con estos mimbres, lo que se consolidó en los años que siguieron a la gran resaca de la gran fiesta postfranquista fue una cultura, digámoslo así, surfista o de superficie a la que Diego e Isabel se apuntaron con el afán propio del adanista, tal y como dice Lladó, a saber, creyéndose que el día en que se conocieron coincidió con la inauguración del mundo. Así con ese celo propio de los adanistas, que pretender enmendar el abandono del primer Dios Creador respecto a sus criaturas originales, Diego se ha comprado una cámara de vídeo para capturar todo lo que se cruza en su camino. El mundo es tan hermoso que mercería existir siempre, dice cada vez que vuelve de viaje con Isabel y convocan a los amigos para hacerles ver sus proezas.

viernes, 18 de mayo de 2018

QUANTUMFRACTURE

”Cuando tenía 14 años, José Luis Crespo vio un documental en internet. Hablaba de la teoría de cuerdas. "Me fascinó. Tenía la idea de que la física era algo más básico, pero la teoría de cuerdas me llevó a un lugar de fantasía, algo que sonaba a ciencia ficción", dice a Verne por teléfono. Cuando este manchego de Valdepeñas (Ciudad Real) se enamoró de la física empezó a nacer QuantumFracture, el canal de YouTube con casi un millón de suscriptores en el que Crespo habla de la ciencia que intenta explicar el universo”.

jueves, 17 de mayo de 2018

JAVIER RUESCAS

“Internet es una forma de conectar a mucha gente que se siente sola en sus círculos. Hay muchos chicos que no tienen gente que lea a su alrededor, familiares, amigos, en el colegio. Los ven como raros porque leen. Gracias a las comunidades que se generan en los canales de YouTube, en Twitter, se dan cuenta de que no están solos y que hay en otro país, en otra ciudad, o por ahí en el mismo barrio, gente a la que le gusta lo mismo. Durante años relacionamos a la literatura con los deberes, con el colegio. Si lees cinco páginas, te dejamos jugar con la Play; si lees un capítulo, puedes salir con tus amigos. Con las nuevas tecnologías hemos dado vuelta eso. Ahora si no lees, no interesas. Y eso se abre a todas partes. El último video que he subido es sobre El Lazarillo de Tormes. Hablo de clásicos, de novelas de adultos, de poesía, de todo. El público juvenil es muy agradecido, disfruta las historias, las vive, las hace suyas. No se queda con la historia, la comparte, la dibuja, te la comenta por las redes”.