sábado, 6 de febrero de 2016

CUANDO EL NARRADOR, SEGÚN EL LECTOR, VA CONTRA SU PERSONA

Abrimos una novela, y alguien nos habla: el narrador. ¿Por qué nos habla alguien? ¿Qué quiere de nosotros? Evidentemente quiere que le escuchemos? Pero, ¿por qué quiere que le escuchemos? No es tan evidente: ¿quiere que le escuchemos o sólo quiere hablar? El ha escogido hablar, ¿nosotros escogemos entre escucharlo o no escucharlo?
Pero si no le escuchamos muere, desaparece. ¿Por qué dejamos que alguien nos hable? ¿Abrir el libro implica que ya hemos decidido que queremos escuchar? ¿Puede estar seguro el narrador de que nace con eso ganado?

Abrimos un libro y nos encontramos con una voz que cuenta el relato, una voz que propone y dispone los

acontecimientos, expone y presenta a los personajes y los espacios, y que incluso sabe callar cuando hablan
otros. Ese saber callar - en un mundo tan dado a la palabrería sin tino ni contención - no es lo menos sustancial de esa voz que nos cuenta, y esta formado por toda una gama de silencios, retiradas y abstenciones.

Se puede decir lo mismo de otras diferentes maneras, pero siempre tengo la sensación de que ese tipo extraño, al que convencionalmente desde principios del siglo XX se le llama Narrador, esta ahí para ir en contra de los intereses de la persona del lector. Como si este lector no quisiera ser interpelado por las convenciones narrativas del tiempo en 
que le ha tocado vivir. Sus mohines y la cara de estupefacción así me lo corroboran. ¿Cómo si este lector no si sintiera interpelado por convención alguna? ¿Cómo si su vidas se hubiera quedado sin música, sólo trabajo o su carencia? ¿Es exagerado afirmar que una voz, que viene del mas allá, o que no se sabe de dónde viene, se inocule de repente en su vida, y que el lector tema que eso sea una forma de "matarlo"? O lo que es igual, ¿qué se afiance en su conciencia o su alma eso que no se puede tener y lo que nunca puede existir? Si fuera así, leer para ese lector, ¿es un puro ejercicio de arbitrariedad extrema, el correlato necesario de "sólo trabajo o su carencia"? Lo que no es de extrañar ya que esta actitud, por otro lado, es la gran convención que hoy domina sobre la actividad lectora, a la que, igualmente por convención, nadie le da abiertamente la espalda, salvo algún que otro "trastornado" que se enorgullece en público de no haber acabado de leer un libro en su vida.

Ir contra la persona del lector vendría a ser, entonces, como ir contra esa arbitrariedad, tan proclive en su actitud y su ánimo. Por ello pienso que es justamente eso - contrariedad, desánimo y, si hiciera falta, cabreo o enfado - lo que aquel experimenta frente a la exigencia y la necesidad de saber, de forma prioritaria e inaplazable, quien es el narrador. Un saber que está determinado, como es fácil deducir de los dos párrafos iniciales, por el hecho de averiguar como se ha construido la voz narradora y como está justificada su presencia delante del lector. Es decir, si es creíble y si tiene autoridad para decir lo que dice. Y, también, como no, por la distancia entre narrador y lector, entendida ésta no como magnitud sino como tensión. Una tensión que le sirve al lector para evaluar el grado de implicación que el narrador y él mismo tienen frente al relato que comparten juntos.

viernes, 5 de febrero de 2016

LA LITERATURA, ESA ASIGNATURA SIEMPRE OPTATIVA EN NUESTRAS VIDAS

¿Por qué seguimos dando una importancia absoluta a nuestra vida, cuando todos sabemos que el sentido genuino del vivir humano se basa, desde siempre, en aspirar a vivir otra vida? Si es así, si nadie en su sano juicio puede desmentir esto, entonces, ¿por qué la literatura sigue
siendo una asignatura optativa en nuestra vida, cuando precisamente es una de las mejores maneras de vivir esa otra vida que tanto, callada como explícitamente, deseamos? ¿Qué vivimos mientras tanto, mientras
llega esa otra vida? ¿A quien estamos estafando? A nosotros mismos, sin duda. ¿Qué es eso tan fuerte que ocupa nuestra cabeza, pero que no tiene que ver con la vida que deseamos, eso que impide que la literatura se meta en nuestros adentros y se ponga al mando? Supervivencia. Honestamente no lo creo. Hasta en los momentos mas
duros de supervivencia humana, aquellos en que nuestros antepasados tenían que salir a cazar para comer cada día, siempre hubo alguien que fue capaz de tener tiempo para pintar sobre las rocas de la cueva, para vivir una otra vida. Si las palabras de la literatura ocuparan de forma indiscutible nuestra cabeza, ya estaríamos en esa otra vida que
imaginamos y deseamos. Entonces, ¿por qué desconfiamos tanto de que si tomamos esa decisión, la vida que vivimos pueda a ir peor?  No es un problema de supervivencia, nadie se puede creer eso hoy en día, es no saber donde colocar lo que imaginamos mientras vivimos, con lo cual
irremediablemente, y sin darnos cuenta, ahora sí, estamos haciendo daño a nuestra vida. Me atrevería a decir, estamos malviviendo.

La responsabilidad de "nuestro mal vivir", es decir, de no poder vivir en esa otra vida que deseamos, la tiene, por tanto, nuestra imaginación, nuestra desconcertada y desorientada forma de mirar mientras vivimos. ¿Por qué confiamos mas en los personajes de carne y
hueso que tenemos a nuestro lado, que en los personajes que conocemos en la literatura? ¿Por qué no tenemos más remedio? Esa fatalidad de la vida como única y principal asignatura. O, ¿por  falta de imaginación? Esa dolencia que siempre padecemos al tratar con la literatura como
una asignatura opcional o "maría". ¿Por qué no se nos ocurre pensar que la mejor manera de entender, es decir, querer a los seres de carne y hueso es imaginar con intensidad y perspectiva a los personajes de la ficción? ¿Por qué no se nos ocurre pensar que la mejor manera de
vivir bien es saber mirar allá donde no llega la vida? Porque sólo nos importa la vida como asignatura única y excluyente en nuestra experiencia diaria. Por eso muchas veces se nos pone esa cara de alumnos de secundaria ante las preguntas de la literatura  que se nos echan encima.

Fijaros que no estoy hablando ni de leer, ni de escribir, eso ya vendrá después, estoy hablando de las palabras que ocupan nuestra cabeza mientras sobrevivimos, y cómo afecta eso a nuestra mirada. Estoy hablando de cómo es nuestra vida con las palabras de la literatura a ratos apresurados, y como sería con ellas en nuestra cabeza habitándola de forma estable y serena para siempre. Y si es
deseable vivir así nuestra vida, con las palabras de la literatura en la cabeza. Es decir, sobrevivir con la zozobra de que nunca acabe de llegar esa otra vida, o aceptar vivir con ella definitivamente a nuestro lado, porque ya ha llegado y está llamando a nuestra puerta. ¿Es que todavía no nos hemos enterado?

¿O es que siempre deseamos lo que no tenemos? Esa perversidad humana tan nihilista como destructiva ¿O es que creemos - ingenuamente, románticamente si queréis - que esa otra vida que anhelamos se tiene que hacer realidad tangible para ser vivida, es decir, para ser de
nuevo fatalmente medible y contable? ¿Para qué? ¿Para volver a malquistarla en el trasiego diario de esa contabilidad, como hacemos con la que ya tenemos? Esa otra vida que deseamos, siempre ha de ser de ficción. Y tiene la deferencia de visitarnos en nuestra propia casa. Vidas como esas se presentan pocas veces en la vida. Aprendamos a tenerlas siempre a nuestro lado, y dejemos de dar tanta importancia a nuestra supervivencia diaria. Si es que aspiramos a tener una existencia plena.

A parte del tiempo necesario - nunca comparable al que le dedicaban nuestros antepasados cazadores - que dediquemos a los problemas técnicos y contables de nuestra supervivencia, cuyas palabras atiborran de forma dislocada nuestra cabeza mas allá de lo que piden
la estricta solución de esos problemas, bastaría con una prolongada lectura, seguida de su discusión pública entre amigos o iguales, para que las personas fuéramos mucho más interesantes y valiosas.

jueves, 4 de febrero de 2016

RELIGIÓN Y LITERATURA

A propósito del temor que le oí manifestar a un lector competente, sobre que la actividad lectora se pudiera convertir en un práctica religiosa más, digámoslo rápido. Para vivir, es decir, para levantarnos de la cama cada día, hay que tener algún tipo de fe, hay que creer en alguno de los rostros con que hemos substituido al del Dios del Vaticano (Razón, Yo/Ego, Ciencia, Historia, Sociología, Psicología, el Otro, Dinero, Éxito/Fama, Prestigio, Progreso, Familia, Hijos, Política, Economía, Profesión, Patria, Clase, Clan..., así todas con mayúsculas). Nadie se levanta de la cama porque sepa a ciencia cierta de que va la vida.

Ahora no miramos al cielo, ahora ese rostro de Dios ni siquiera tenemos la certeza de que lo llevemos dentro. No sabemos donde está. Pero, a pesar de su ausencia, nuestra necesidad de tener fe no disminuye. Aumenta, creo yo, en estos tiempos sin Dios. Nos creamos un problema gordo por haber querido ser modernos. Es el precio a pagar por decidir
un día no hacer caso a lo que dice el Dios del Vaticano.

Sin embargo, para crear, para leer (la lectura tiene que ser una actividad creativa si queremos estar a la altura del narrador, esa voz creada por el escritor) no hay que tener fe, hay que tener voluntad. Mejor dicho, hay que tener esa fuerza que quiere leer y escribir (crear), ese poder, que no tiene nada que ver con lo que tienen los poderosos, pero que se sobrepone a la precariedad e inestabilidad de la
vida, y que habita dentro de nuestra voluntad. 


El uso de una novela o un cuento no lleva añadida la responsabilidad de su lectura. Como el uso de un coche no lleva añadida la responsabilidad de saber de mecánica. Mientras el cuento o la novela o el coche nos lleven todo va bien. El problema surge cuando se paran. En el caso del coche llamamos al mecánico. En el caso del cuento o la
novela cambiamos de cuento o de novela, cambiamos de libro. En ningún caso hemos aprendido ni de mecánica, ni de la lectura. Para seguir hacia adelante no hace falta. Aprender solo es necesario para saber. Seguir hacia adelante se mueve en el espacio. Saber leer se mueve en
el tiempo poético. El que cada uno de nosotros tenemos y que la lectura nos permite descubrir que lo tenemos. Leemos para saber porque seguimos leyendo.

miércoles, 3 de febrero de 2016

SER FELIZ ES IGUAL A NO SERLO

Hay una imagen de "lo femenino" cuya inspiración es Dorian Grey, y que siempre le pide al espejo que le corrobore la idea de la belleza y de la inteligencia que quiere tener ante los demás. Lo cual coincide cabalmente con la imagen que quiere tener de si misma: "que me
amen y me deseen siempre, y que lo hagan con la misma intensidad y 
dedicación, como cuando entonces." Ya sabes, tal y como lo rubrican sus propagandistas en su propaganda actual: porque yo lo valgo, porque yo me lo merezco, porque yo soy así. A todo ello lo acompaña, en el otro lado del espejo, una fe inquebrantable de inspiración marxiana o cristiana o freudiana, que se resume en: lo que está por venir, siempre ha de ser para ponerse a mi favor.

Son imágenes, las que inspira Dorian Grey, Marx, Cristo o Freud, no afectadas por el paso del tiempo histórico, y al margen igualmente de los beneficios de cualquier tiempo poético. Juntas forman la estampa oficial de quienes habitan hoy el Olimpo de los Últimos Elegidos, para entendernos. Envejecer ahí es algo imposible, porque es inimaginable.
Pero cada día, al levantarse, los pies de "La  Joven Elegida" rozan la tierra y, mas pronto que tarde, por efecto de esa fatiga sin descanso acaban resquebrajando el azogue del espejo, transmitiendo a quien se mira en él la imagen mil veces aplazada. Transmitiendo, al fin y al cabo, la imagen indeseada e indeseable. Llegado ese momento todo ello,
y en cualquier caso, es digno de la máxima compasión.

Pero hay otra imagen de "lo femenino", digamos, de impronta ascética y kafkiana, que se orienta, por ejemplo, mediante frases como: "vivo sin vivir en mi." O: "máteme si no quiere ser un asesino." Frases que evocan
la idea de que en cualquier horizonte de la vida aparece la muerte. Lo cual no invita a echarnos en sus brazos, algo que no depende en nuestro sano juicio de nosotros, sino a un diálogo permanente, cara a cara, con la parca. Para practicar esa pedagogía necesaria para la vida. Envejecer aquí - al no poder llegar a un pacto con el diablo
sobre el elixir la Eterna Juventud - es lo que se está haciendo desde siempre. Solo consuela la insaciable curiosidad, que es también una forma del deseo, y la necesidad de compartir sus hallazgos con los otros, que es una forma de amor. Se entiende con lucidez pasmosa, algo que es evidente desde el primer minuto de nuestra venida al mundo: que nuestros padres al nacer no solo nos dan la vida, sino, algo también muy importante, el carnet de mortalidad, con sus emisarios incluidos: enfermedad, decadencia, dolor, finitud, angustia, insatisfacción, etc. Todo junto con el primer llanto. Desde el primer aliento. De nada vale porfiar: ser feliz es igual a no serlo. Como tener razón es igual a no tenerla. Como pueden comprobar, en esta segunda imagen es otro el partido y otro su arbitraje. Otro su lenguaje y su campo de juego donde se disfruta de los goces de la madurez y el envejecimiento, liberados de la dictadura hormonal y mental de la juventud. Ese huracán tropical perfecto.

Si lo llegamos a conseguir, los humanos nos damos cuenta muy tarde de que habitamos en un lugar impracticable para los dioses. Ante su absoluta indiferencia, y mucho antes que ellos, los humanos conocemos los estragos del abismo. Lo que nos proporciona un lenguaje propio. Un saber propio, que nos es apropiado como humanos, es decir, como seres mortales. En fin, de lo que se trata es de aprender la música de sus palabras. 

martes, 2 de febrero de 2016

YO ES EL OTRO

El problema no es que alguien te escuche, sino aprender a escuchar a alguien. Al otro. El problema no es el tú, sino el yo. 

Esto es lo que de forma directa nos propone siempre cualquier narrador. Para eso sirve leer. Para eso sirve un club de lectura. Para descubrir al Otro. Durante, pongamos, 500 páginas, el narrador nos viene a decir: 

“métete tu Yo donde te quepa, aquí manda el mío, que es
el otro con quien tienes que aprender a relacionarte. Así sabrás para qué vale, y donde se encuentra. Durante ese tiempo aquí no manda tu yo, aquí mando Yo. Ese que es, para que te enteres, el Otro, principal condición para que tu yo viva en el mundo de hoy. Descubrir al otro para ganarte tu yo. En fin, para ganarte tu vida, que no tiene nada
que ver con ganarte la vida. ¿Lo podrás soportar? Bien sabemos, tu y yo, que pocos lectores lo soportan.

El problema de los expertos psicológicos es que están poseídos por la fe en la ciencia y, sobre todo, se aprovechan de la fe que tiene su cliente en ellos. Un especie de hechicero de laboratorio. Están poseídos, por así decirlo, por una mezcla letal y explosiva de fe en la ciencia (con la que se publicitan como profesionales) y en la religión que destila el dolor insoportable de quien pide su ayuda (la que de verdad usa delante de la extrema vulnerabilidad de éste, nada científica por cierto). Siempre por este orden. Los expertos psicológicos no están poseídos, digamos, por la fe en la vía del arte aplicada a su trabajo. Es decir, consideran el alma, la conciencia dirán ellos, como un asunto matemático o geométrico, según los casos. Y, en última instancia, su consulta como un taller mecánico, o una
tienda más, donde hacen la ITV según demanda, previa oferta: tus aflicciones tienen solución si me hablas. La conciencia del ciudadano es, por tanto, un cliente a un cuerpo dolorido pegado. ¿Puedo ayudarte? No hay necesidad de que tu me escuches. Ante la aflicción
que te embarga lo mejor es que, como siempre, tú te escuches a ti mismo, pero ahora bendecida tu voz por la fe que tienes en que yo te escucho. Después de un tiempo escuchándote así, tu voz te parecerá renovada, como cuando después de un tiempo sin lavarte te duchas, o
como cuando después de días sin llevarte nada a la boca comes, todo volverá a la normalidad. Recuperarás la higiene mental. Eso es todo. ¿Cómo ha podido pasarte esto? Una crisis que es como un estirón hacia tu felicidad, como afinar el piano: escucharte de nuevo a ti mismo, sin intromisiones o disonancias de otros. Tu verdadero destino.

Para el experto psicológico no es la conciencia, el alma según dicen los poetas, una zona obscura de imposible acceso, bajo un manto mas o menos reluciente. No es un asunto poético. No es nuestra vida un relato. No hay necesidad de escuchar a un narrador externo que te
hable. Nunca el experto psicológico preguntará a sus clientes las preguntas claves que, según como sean las respuestas, les deberían permitir, o no, el paso a su consulta: 

“ya que me vas a hablar, ¿para qué sirven las palabras, y, lo más importante, para qué te sirven a ti? 

Y, sin embargo, sus clientes lo buscan porque, de repente, ignoran lo que gobierna sus existencias tanto como temen descubrirlo. Incapaces de modificar su destino, no quieren llegar al hastío irreversible. Pero no es eso lo que les preocupa, ni tal vez sean conscientes de ello. Lo que tienen es prisa, porque tienen una fe inquebrantable en que el mundo sigue siendo un lugar completo, al que no le debe faltar nada. Se sienten culpables de esa inopinada anomalía. Por eso prefieren pagar y ser clientes. Tengo un problema, quiero una solución. Evitándose así tener que desarrollar la paciencia de los lectores, que no ven problemas, sino preguntas con las que convivir. Saben que han perdido algo, pero saben, también, que el experto no dejará nunca que su corrosiva violencia interior acabe con
ellos, mientras tratan de encontrarlo. Esperan con esperanza. ¿Temerosos de caer en la desesperación?

Hay restaurantes de alta cocina - me decía el otro día mi paisano, el dueño de mi restaurante de cabecera -, que no quieren regentar solo un negocio, ponen su espíritu en lo que hacen y quieren que eso se sienta y reconozca. Quieren que los comensales escuchen el latido que hay en cada plato. No quieren escucharlos sólo a ellos, ratificando con sonrisas ese axioma del mercado que dice que el cliente siempre tiene razón. Llegan al extremo de decirle al comensal, cuando solo quiere ser cliente: no le sirvo lo que me pide, usted no sabe comer, preferiría que no volviera por mi restaurante. ¿Y si los expertos psicólogos hicieran algo así con su trabajo? Usted tiene un Yo enorme de gigante, su aflicción se debe a eso. Hasta que no lo domestique preferiría que no volviera a mi consulta. No cuente conmigo
para seguir engordándolo. 

sábado, 30 de enero de 2016

¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO PONERNOS A LEER DE VERDAD?

Pongamos que es cierto que queremos aprender a leer (y escribir sobre lo leído) de forma poética, narrativa, en fin, literaria. Dejemos por un momento nuestros intereses oscuros del alma, y pongámonos bajo los focos relucientes de nuestra razón. Convengamos que lo que queremos decir cuando decimos “quiero aprender a leer”, es exactamente eso, “quiero aprender a leer”. Firmado el pacto sin la presencia de un notario, solo, ya digo, ante nuestra razón la pregunta se hace inevitable, ¿por qué nos cuesta tanto ponernos a leer de verdad? Nadie que quiere aprender a nadar sabe que puede demorar mucho lo de lanzarse a la piscina. ¿Por qué damos tantas vueltas al argumento (que es como dar vueltas a la piscina), demorando el meternos de lleno en las aguas procelosas del texto, y comprobar que no nos ahogamos, experimentar con las palabras que la vida es precisamente eso? Por decir a continuación lo de la falta de tiempo, y toda la catarata de disculpas que se nos ocurran, la pregunta no se evapora. Continúa, se hace mas ostensible, si cabe, si cada mes nos ponemos delante de un libro con la intención de compartir su lectura con los otros lectores: ¿por qué nos cuesta tanto ponernos a leer de verdad? ¿Por qué nos cuesta tanto hacer de esa experiencia lectora una "segunda corriente sanguínea" que corra paralela a la que nos da la fuerza para seguir viviendo? ¿Por qué consentimos que nuestra imaginación no levante el vuelo mas allá de lo meramente instrumental, haciendo meras faenas de aliño? ¿Por qué?

Yo diría que es debido, y es lo que quiero resaltar en este escrito, por un lado, a un método y, por el otro, al lugar donde se pone en práctica este método. El método es el ciéntifico. El lugar es eso que se conoce pomposamente con el nombre de la Academia. Método y lugar que atentan contra lo que necesita cualquier espíritu creativo, mas si cabe, si ese espíritu se inicia temblorosamente en su andadura creativa lectora, como es nuestro caso. No somos científicos, ni nos ganamos la vida dentro de los ámbitos académicos, pero la atmósfera que respiramos y que condiciona nuestras conductas esta constituida únicamente por tales componentes. Por ellos y por la industria del entretenimiento. Por lo tanto, nos hemos convencido a nosotros mismos de que no hay escapatoria posible. Para escribir algo sobre lo leído, para dar forma (escribiendo) y compartir lo que pensamos, necesitamos los avales que no tenemos. Necesitamos ocupar un  estrado en la Academia y estar envueltos por la vitola del método científico. Como no poseemos nada de eso, ni lo tendremos nunca, ergo, no nos queda mas remedio que callar porque todo es muy difícil y todo es muy complicado. Todo lo que pensamos mientras vivimos, son eso, ocurrencias de indocumentados. No es lo mas importante que nos pasa, ni se nos ocurre pensar que es también lo mas importante para los otros. En todo caso, y como siempre ha sido, nos queda la “taberna” para darle a la mojarra en forma de los variopintos y pintorescos chascarrilllos o chácharas que nos inventamos, hablando por hablar, que es el destino secular e inalterable de quienes ni piensan científicamenete, ni ocupan plaza en la Academia. "La sencillez del pueblo tiene también sus indudables y merecidos encantos que son totalmente respetables", rematamos la faena así con inusitado desparpajo populista. De nuevo, viviendo y sintiendo en el siglo XXI, vemos y nos comportamos en nuestro mundo como suponemos lo hicieron en el siglo XIX. En esas seguimos estando.

Para desembarazarnos de estos impedimentos tendremos que, primero, ser conscientes de que son ellos los que nos ciegan y  atenazan, paralizando nuestra potencial actividad creativa. Y, segundo, cambiar tanto el método como el lugar donde desarrollemos nuestras actividades lectoras y escritoras.

jueves, 28 de enero de 2016

UNIVERSALIDAD Y TOTALIDAD

La literatura es una tentativa de representar la existencia en su pertenencia a la totalidad, no un conjunto de tesis o leyes cuya veracidad exacta y universal puede discutirse. No debemos confundir lo Exacto y Universal con la Totalidad. Es decir, no debemos confundir la verdad de las leyes universales de la física (todo lo medible y contable que nos proporciona una conciencia general de la percepción), ni la utilidad o el daño de lo existente en tanto en cuanto es visible, con la Verdad del Espíritu, de la Conciencia o del Alma (llamémosle como queramos), que se afirma mediante el pertenecer a una Totalidad que se esclarece a sí misma y se limita. Esta Totalidad no se puede llegar a saber objetivamente; solo se comprende en ese movimiento de pertenecer mediante el cual el existente (el lector) y la cognoscibilidad entran en contacto. Para entendernos, es discutible la veracidad de la cosmovisión del universo tal y como la planteó la teoría Newton frente a la que propuso Einstein, pues la fuente de reflexión es la realidad material. Pero cuando la fuente de reflexión que define la verdad es la espiritual, como es el caso de la literatura, ocurre que ideas literarias antagónicas o contradictorias, por ejemplo, las de Dante y Don DeLillo, pueden ser ambas verdaderas.

Estas confusiones se deben, pienso yo, a que el desarrollo y esplendor de la novela como forma de representar la realidad coincide con el desarrollo y máximo esplendor de las leyes universales de las ciencias empíricas y experimentales durante todo el siglo XIX, poco minutos antes de que estas mismas ciencias, con la física a la cabeza, comenzaran a meterse en Un Lío (al menos desde la teoría de la relatividad) que desarrolló toda su capacidad liante durante el siglo XX, y del que todavía no han salido, arrastrando con su ímpetu a las otras ciencias experimentales y a gran parte de las artes representativas. Excepción hecha de la narrativa, que ha seguido conservando su precepto originario e inamovible: Alguien, el Narrador, le cuenta algo a otro Alguien, el Lector. Es decir, la narrativa conserva ese precepto permanente, en tanto en cuanto remite a lo divino, pues está ligado a esa Totalidad a la que sabe que pertenece, que indica que la realidad es, al menos, cosa de dos, sino es arbitrariedad, en el mejor de los casos, o locura en el peor. La narrativa no debe confundir las leyes generales del universo propias de su coyuntura histórica (ayer la mecánica newtoniana hoy la mecánica cuántica) con la Totalidad del mundo de siempre, que es lo que ella está llamada a representar. Eso la salvará de meterse en Líos, como le ha ocurrido a la pintura, la música y las demás formas representativas de la realidad, en parte "perdidas", a su vez, en el mismo laberinto en que cayó la física moderna a partir de Einstein.

Pero el ser humano sigue necesitando, por encima o debajo de la realidad más mostrenca, ennudada e inverosímil, la comparecencia en su existir de la Verdad. Y ésta solo comparece en el encuentro con ese binomio que es la expresión mínima necesaria para sostener a toda narración y que es, repito: Alguien con autoridad decide contar Algo a otro Alguien que decide escucharlo. La narrativa es la única, hoy y siempre, que puede hacer que esos dos alguien dejen de ser un par de don nadie. La verdad individual, la única realmente existente, ahí es donde se trata.