lunes, 27 de febrero de 2017

CRÓNICAS DEL RÍO ODER 4

KURSTYN

Es raro que en mis recorridos ciclistas por el centro del continente europeo no me haya encontrado con algún testimonio todavía "humeante" de la barbarie que se cebó sobre aquel hace más de ochenta años. En esta ocasión fue el pueblo polaco de Kurstyn, cuyo núcleo medieval quedó completamente arrasado por el ejército soviético en su ofensiva para conquistar la capital alemana. Fue una ofensiva que formó parte de una más general dentro de la cual también se encontró el ataque ya mencionado a las colinas de Seloow. Para el conjunto de esta ofensiva el ejército soviético creó un frente de guerra de una longitud de casi 1000 kilómetros, extendido a lo largo del eje norte a sur, desde Bielorrusia hasta Ucrania, entre el río Vístula y el río Oder.

En lugar de restaurarlo las autoridades, con buen criterio, decidieron en su momento conservarlo tal y como lo habían dejado las bombas. El resultado, después del paso del tiempo, no deja de estremecer al viajero, pues en contra del dicho popular que afirma que el tiempo lo cura todo, al ver las ruinas del pueblo cubiertas por la maleza que se ha ido poniendo encima, acentúa con una intensidad renovada el recuerdo de la barbarie de aquellos días no vividos. De repente, y esto es lo que más complació de esta experiencia, aquel tiempo deja de tener la impronta histórica y lineal, tan implacables como estériles más allá de su condición de datos, y se transforma misteriosamente en algo de ese momento en que lo estaba visitando. Lo cual me vino a confirmar lo que ya intuía, que las bombas no pueden con todo, no arrasan todo, que es más letal el olvido de los hombres y las mujeres respecto a lo que les sucede, o de lo que hacen con lo que les sucede. Pues prefieren seguir viviendo con nostalgia engañosa antes que activar la memoria. Kurstyn no me llegó a producir el estremecimiento del pueblo francés de Oloron sur Glane, tal vez porque la masacre que sufrieron sus vecinos no vino del aire, sino que la produjo el ejército alemán sobre el terreno. También, sin duda, porque la destrucción del pueblo polaco fue obra de los que ganaron la guerra, mientras que la del francés cayó en la cuenta de los perdedores. Quiero decir que la visita a este última está más cuidada y dirigida a ese propósito que tiene todo vencedor, extender su victoria todo lo que de si en los años venideros. Tal vez a esa misión de disimulo colabore la propia maleza, que ha crecido hasta tapar casi por completo las ruinas. Como han hecho en los campos socavados de la batalla de Verdun, que han cubierto mediante una repoblación tupida de árboles autóctonos, de tal manera que al viajero le cuesta imaginar que allí se produjo uno de los enfrentamientos más largos, enconados y sangrientos de la primera carnicería mundial.

Olvidar, olvidar. Ocultar, ocultar. Lo que sea con tal de que aquellos hechos sean solo un dato más del largo periplo de la Historia, en el que nosotros ocupamos el eslabón más avanzado, a salvo ya, por tanto, de semejantes barbaridades. Olvida y ocultar con tal de no pensar que aquellos hechos no sólo sucedieron entonces, sino que están sucediendo ahora y sucederán siempre, pues forman parte de nuestra naturaleza como seres humanos. De todas manera el paseo por las antiguas calles del pueblo antiguo de Kurstyn me trasmitieron la desolación aterradora que queda suspendida en el aire mientras las ruinas sigan, aunque se encuentren tapadas por la maleza, dando testimonio mudo de ese capítulo de la historia universal e interminable de la infamia.

viernes, 24 de febrero de 2017

CRÓNICAS DEL RÍO ODER 3

FRANKFURT DE ODER - KURSTYN

La biografía del escritor Heinrich von Kleist entró en mi vida en orden cronológico inverso. Hace unos años, en la última etapa del viaje en bicicleta, remontando el Elba y luego el Havel, que hice entre Postdam y Berlín, me topé por casualidad con su tumba cerca del lago Wannsee, a las afueras de la capital alemana. Del von Kleist escritor tenía referencia en una obra que leí sobre el misterioso caso alemán, en el que se hacía mención a lo que significan el movimiento romántico en el desarrollo de las letras alemanas. Como todo romántico, y siendo alemán todavía con mayor motivo, von Kleist aspiraba a lo absoluto, lo cual le llevó, después de una corta carrera literaria, a suicidarse al lado de la tumba donde descansa eternamente, y que visité aquel día de forma fortuita. Seguramente que en aquellos días me detuve con más atención en su biografía, pero lo cierto fue que, otra vez de forma fortuita, me enteré, como si hubiera sido la primera vez, que von Kleist había nacido en Frankfurt de Oder. Y efectivamente, la ciudad cuida la memoria de su poeta con esmero. Tiene un museo dedicado al escritor y su obra,  y un itinerario por sus calles mediante el que pretende recordar su presencia durante los años que allí vivió en los que cursó los estudios secundarios, antes de enrolarse en el ejército prusiano. Después de su licenciatura se dedicó a recorrer el mundo para tratar de entenderlo y encajarlo en su ideal romántico de lo absoluto. Lo cual, a la larga, fue la fuente del desencanto que le llevaría a acabar con su vida antes de tiempo. La obra poética y teatral de von Kleist tuvo el reconocimiento que se merece, únicamente después de su muerte.

Antes de iniciar la ruta del Oder, que me llevaría al mar Báltico, quise hacer una de las ceremonias que luego repetiría varias veces a lo largo del recorrido, y que formaba parte del espíritu que daba sentido al mismo: atravesar la frontera y entrar en territorio polaco. Bien mirado, con ese gesto, hacía un flaco favor a la memoria de las aspiraciones absolutas de Kleist y de todos los románticos, a saber, las fronteras son la prueba fehaciente y supurante del fracaso de aquellas ensoñaciones. Más aún, son el testimonio de la insaciable tozudez en seguir perseverando en levantarlas, aún hoy, a pesar de la cantidad de muertos que han dejado sobre el continente. Las diferentes corrientes populistas que cruzan y se entrecruzan en Europa a cuenta, y como respuesta, a la crisis de 2008, son una seria advertencia de que el espíritu romántico sigue muy vivo, no sólo en la mente de las personas que es de donde no debería salir, sino en los planes públicos para la organización política y social de los europeos del siglo XXI. Sin embargo, para la percepción del ciclista esta frontera de Frankfurt de Oder es lo que llamo una frontera osmótica, pues la ciudad polaca del otro lado de la raya forma parte del mismo conjunto urbanístico. Solo los típicos rótulos fronterizos recuerdan que se sale de un país y se entra en otro, y viceversa. También, en este caso, que la riqueza está mal repartida o no tan meritoriamente ganada. Lo cual hace patente, sin que tenga que dejar constancia en las nuevas ediciones cartográficas, el nuevo diseño fronterizo del continente. Los que tienen y los que tienen más. Igualdad, ¿es este el nuevo reto del absoluto romántico? El cruce de la frontera tenía también la pretensión de visitar un antiguo estadio olímpico, construido durante la primera gran carnicería mundial por prisioneros de guerra. Así mismo merecía mi curiosidad acercarme al monumento a Wikipedia, que el alcalde de Stbineci mandó erigir hace años, para homenajear al nuevo santon laico de la Europa sin fronteras. ¿Colma el portal digital global los anhelos absolutos del espíritu romántico actual?

jueves, 23 de febrero de 2017

CRÓNICAS DEL RÍO ODER 2

SEELOW A FRANKFURT DE ODER

El visitar el pueblo de Seelow tenía como objetivo comprobar sobre el terreno el obstáculo que tuvieron que superar los soldados del ejército ruso en su camino hacia la batalla final de Berlín. Ese obstáculo no es otro que las colinas de Seelow, y la lucha encarnizada por superar ese pequeño desnivel de la orografía se llamó, como no podía ser de otra manera: la batalla de las colinas de Seelow. Nuestra experiencia actual de la guerra es a través de la ficción cinematográfica, la cual trata siempre de dar una visión idealizada a beneficio y gloria del bando ganador, en la mayoría de las películas, dejando para la pelis que siguen apostando por la denuncia militante, el mostrar la dignidad de los perdedores y de todas las víctimas civiles que se cruzan en el camino de los unos y de los otros. En fin, la ficción nos suele mostrar parte de los efectos de esta singular barbarie, madre de todas las barbaries, que es siempre una guerra. Pero rara vez nos deja ver, supongo que porque no es narrativamente eficaz, como se mueve todo ese contingente de tropas sin pasar por el cedazo glamouroso de los efectos especiales, ni del montaje cinematográfico, que son los que otorgan verosimilitud al relato que nos están contando en la pantalla. La guerra en bruto, si es que se puede calificar "en limpio" a la guerra que vemos en las pelis, es lo que nos mostró tanto con amabilidad como con diligencia el guía del memorial de Seelow, construido en recuerdo y homenaje de los combatientes de aquella decisiva y sangrienta batalla. La explicación nos la hizo sobre una gran maqueta de la zona, un mapa con relieve, adoptando el tono narrativo, pero amable, del comandante en jefe que se dirige a sus subordinados. Fue como una muestra de lo que pesa y mide una batalla, sumando todo ese material humano y del otro, que después vemos saltar por aires en el fragor de la contienda. Mediante un juego de líneas luminosas nos fue mostrando la geografía del avance del ejército soviético sobre las colinas donde se encontraba apostado el ejército alemán. La eficacia y la resolución que todos esos movimientos tienen en la pantalla, cuesta creer que puedan, por supuesto no de igual manera, desarrollarse siquiera. Uno tiene tendencia a creer que una batalla es la representación extrema del caos, donde la victoria, antes que de una acertada e inteligente planificación, es fruto del azar que lleva consigo la fuerza bruta. Pareciera que es imposible que la inteligencia acompañe a unos hombres uniformados que están ahí liquidándose unos a otros justamente porque sus colegas sin uniforme han fracasado en el uso de la palabra. Vamos, que uno se aferra ingenuamente a la idea de que la inteligencia nunca estuvo con las balas y los uniformes. La inteligencia deslumbrante que estaba detrás de todo aquel despliegue monumental de hombres, tanques, ametralladoras, coches, camiones, servicios de avituallamiento, etc. se llamaba mariscal Zukov. Un artista de la guerra.

Y admiro esa luz veraniega, que no es la de los primeros días de primavera en los que sucedió la batalla, pero que si es la misma que tenían los que sobrevivieron a aquella maquinaria de destrucción masiva camino del asalto final a la capital del III Reich Alemán.

miércoles, 22 de febrero de 2017

CRÓNICAS DEL RÍO ODER 1

BERLÍN A SEELOW

El río Oder representa ese acuerdo, al que siempre tenemos que estar atentos, entre la inmutabilidad de la naturaleza y las veleidades de la política de los humanos. Prioritariamente esta última, pues es la que más amenazada está por los desvaríos de sus protagonistas. Aunque sea la naturaleza la que aparentemente más los sufre, al decir de los humanos, lo cierto es que al final acaba por tener la última palabra, y tenemos que contar con ella. La cinta de agua que forma el Río Oder siempre ha estado ahí, regando y fertilizando las tierras por donde pasa. Esa es su única función y jamás tendrá otra. Sobre esa inmutabilidad, sin embargo, la imperfección, la incompletud y la mutabilidad de los seres humanos hacen que aquella cambie no su natural fisicidad, sino su significado. Para entendernos, no significa lo mismo el río Oder de antes de la Segunda Guerra Mundial que después de ella. Aunque igualmente no nos queda más remedio que cruzarlo, un río no significa lo mismo si separa territorios que sí, simplemente, los atraviesa. Atravesar alguno de sus numerosos puentes, en una Europa donde la cicatrices de las fronteras todavía supuran, no significa lo mismo si las orillas son del mismo, o son de dos países diferentes. El caso es que el viaje siguiendo el curso del río Oder tenía esta motivación fronteriza. De lo que para mí significan las fronteras en un continente como el europeo en el momento presente, que busca con tan poco ahínco su unión como añora con griterío populista lo contrario. 

El inicio del viaje tenía un prólogo de dos etapas, que me acercaría de Berlín a Frankfurt de Oder, a través de los escenarios - las colinas de Seelow y alrededores - donde se produjo la penúltima batalla del frente oriental de la segunda gran carnicería mundial, antes del asalto final a la ciudad de Berlín. De otra manera, fui dando pedales en sentido contrario al que avanzaron los tanques rusos, T34, del frente oriental al mando del general Zukov. Visitar o transitar por los lugares de los hechos después de haber leído lo que los cronistas o historiadores han dejado escrito sobre aquellos hechos, tiene para mí una función de lealtad o hermanamiento espiritual. Es casi seguro que nada, ni nadie, de lo que allí ocurrió hace ahora setenta años quede en pie a mi paso ciclista. Solo la bóveda celeste y algún que otro accidente geográfico en la tierra. Para mí, es más que suficiente con esos dos trazos para sentirme dentro de la continuidad espiritual de aquellas fechas. Renuevo de esta manera algo que me parece fundamental respecto a la idea de Unión Europea que estamos empeñados en construir y en que fracase al mismo tiempo. No es un acto heroico revolucionario fruto de la voluntad de poder, como pudo ser la revolución americana, la Unión Europea es un canto elegíaco, el primer empeño que no puede ser otro, ni de otra manera, de organizarse a partir de la conversación constante con los muertos, con los miles de muertos que a buen seguro cayeron al lado o unos metros más allá de donde yo voy dando pedales despreocupado.  

La Unión Europea es el primer gran proyecto político después del fracaso estrepitoso de la Idea de Progreso. Es y debe ser, por tanto, el primer gran proyecto político ligado a lo que El Progreso abominaba: la idea de límite, de finitud, en fin, la idea de mortalidad de estar presente en sus arquitectos. No en balde el solar donde se asienta es un cementerio oculto de cien millones de muertos (sumados los de la primera y la segunda carnicería mundial). O dicho con otras palabras: no queremos estar juntos porque nos queramos como hermanos, ni porque pensemos lo mismo o recemos las mismas oraciones, queremos esta juntos porque no queremos volver a matarnos. Esta toma de conciencia no nace de la virtud democrática asumida por ciencia infusa, sino de la necesidad de supervivencia de las diferentes tribus morales desde donde parte, y que siguen siendo la base de sustentación moral y espiritual del continente. Y, como en toda tribu que se precie, esa unión solo se mantendrá mediante la conversación con los muertos, con los que ya nos están, que nos vigilan debajo de cada lugar donde ellos cayeron, convertidos así en lugares sagrados de peregrinaje. Ha sido más que suficiente que la primera gran crisis atacara al corazón del bien estar europeo, para descubrir las verdaderas fuentes del malestar con que estamos respondiendo. Ha bastado que la primera gran crisis nos rozara la piel de civilizados y modernos para dejar al descubierto nuestra verdadera piel de cazadores, siempre tersa y dispuesta al choque frontal con el enemigo.

martes, 21 de febrero de 2017

REALIDAD

Fui a ver a mi suegro que le acaban de operar de la rodilla derecha. Cuando entré en la habitación del hospital me encontré a toda su familia alrededor de la cama. En primera fila, por decirlo así, estaban su mujer y sus hijos, por supuesto, y un poco más apartados los hermanos, los sobrinos y algunos de sus amigos. El enfermo todavía se encontraba bajo los efectos de la anestesia, lo cual lo convertía ante los ojos de quienes lo rodeaban en un objeto de sus preocupaciones. Al menos está fue la primera impresión que tuve, a partir de las palabras entrecortadas que conseguí escuchar en las diferentes conversaciones en marcha. Así como cuando cuando vamos a visitar a un recién nacido no se nos ocurre decirle a la madre que es feo, una bebe siempre es guapo aunque sea más feo que picio, de igual manera cuando vamos a visitar a un recién operado simple hablamos sobre su inmediata recuperación, aunque sepamos que esta no llegará nunca. No aceptamos de ninguna de las maneras que la realidad contradiga nuestras convicciones, en este caso la de aparentar que todos éramos optimistas respecto a la recuperación de mi suegro. Ser optimista es una categoría bien vista dentro del ámbito familiar, como ser pesimista puede darnos prestigio en el ámbito de los amigos. Yo soy un vivo ejemplo de esta dualidad existencial, aunque reconozco que cada vez la llevo con más pena que gloria. Es una manera de estar siempre donde no estás, así como un homenaje taimado a la pereza y al abandono personal y, por extensión, colectivo. Al rato de estar allí, fue esta roña - así llamo a los efectos de esa desubicacion constante - lo que me pareció que se había apoderado de la escena de la habitación del hospital, en la que el único que estaba donde estaba era mi suegro. Lo que hacía que su postración y dolor, envuelto en su pertinaz silencio, paradójicamente estuvieran consiguiendo que no nos afectara lo que nos sucedía, sino lo que nos decimos de lo que nos sucedía. A saber, habíamos ido a visitar al enfermo y, poco a poco, acabamos visitándonos a nosotros mismos. El enfermo era una pretexto para hablar de lo realmente importante, nosotros mismos. No me pareció mal el descubrimiento, aunque fuera a costa del desinterés manifiesto por la salud de mi suegro y en el propio beneficio de cada uno de los que allí estábamos. Una enfermedad es un emisario anticipado y fiable de la muerte, como decía mi madre. Debe ser por eso que nunca he visto personas más optimista que las que convoca el pesimismo extremo en los tanatorios. Al fin y al cabo, el mundo está lleno de tontos que parecen listos, o dicho de otra manera, de muertos que parecen vivos. Todo ello me hace pensar, incluida la visita a la rodilla de mi suegro, que no hay mayor inteligencia para atender a las exigencias de la supervivencia.

lunes, 20 de febrero de 2017

DOLOR

Estaba trabajando en la cocina cuando escuché por la radio un comentario que el locutor le hacía al que en ese momento entrevistaba, que a la sazón era un escritor que acaba de publicar su última novela. El comentario en cuestión se refería a Franz Kafka, y más en concreto a la Praga de su tiempo, para lo que trajo a colación un libro de la escritora y profesora de Bellas Artes, Patrizia Runfola, titulado precisamente "Praga en tiempos de Kafka". De inmediato estuve tentado de dejar lo que estaba haciendo e ir a la estantería de mi biblioteca a buscar el libro de Runfola. Lo había comprado porque oí que lo recomendaba un escritor, que decía que Kafka se había quedado dentro de él una vez que leyó toda su obra, y sin embargo a la hora de definir su literatura todos los críticos la calificaban como cervantina. De repente, se cortó la conexión radiofónica. Manipulé el dial, pero nada, no logre recuperar la entrevista. Aproveché la interrupción para buscar el libro en la biblioteca. Nada mas localizarlo lo abrí por las primeras páginas, porque me acordaba que había subrayado algunas párrafos. Algunas de las anotaciones eran del propio Kafka que están en sus Diarios, pero querría ser fiel a ese espíritu de convocatoria que tenia la literatura aquella mañana. Debido a aquel programa de radio, me dio la impresión de que el libro de Runfola me pedía que le prestara otra vez mi atención. Transcribo lo que dice la autora italiana en las primeras páginas el primer capítulo de su libro:
"Nadie podía compararse con su amor por la verdad, que le hacía decir: 'Hay que limitarse a lo que se conoce de manera absoluta'. Poseía el sentido de la justicia, una gran honradez y piedad por los hombres que encuentran tantas dificultades para 'actuar con justicia'. Sin embargo, pese a su dolor frente a la imperfección y la impenetrabilidad de las acciones humanas, estaba convencido de que existían verdades inquebrantables, absolutas, aún cuando fueran inconmensurables con respecto a la vida humana. Creía en un mundo justo en lo 'indestructible' de que hablan muchos de sus aforismos. Somos demasiados débiles para conocerlo, pero existe y su verdad aparece por todas partes, a través de las mallas de la realidad; por eso él amaba examinarla minuciosamente, porque en cada fragmento de la imperfecta y miserables vida terrenal se esconde  el absoluto, se revela la verdad: de allí proviene la indicación que permite 'vivir con justicia'.

Con no poca sorpresa por mi parte, esta nueva lectura al hilo de la entrevista desaparecida me llevó a pregúntame sobre las concomitancias que pudiera haber entre el escritor español y el praguense, y entre la capital checa y la Mancha. Siempre había oído que una de las virtudes de la literatura, mejor dicho de las palabras que nos definen como seres humanos, es que nos acaban por unir al todo, y en ese todo nos encontramos, más pronto que tarde, todos. Los que leen y escriben mucho, los que no tanto, e incluso los que dicen, mientras mienten, que ni escriben ni leen, los que hablan por los codos y los mudos. En fin, que aquel escritor pudiera convivir con Cervantes y Kafka sin que ello mermará un ápice su entusiasmo creativo, me parecía cada vez menos descabellado. No en balde el siglo XVII y el siglo XX, principio y final de la modernidad, fueron, también sus dos momentos más infames, lo que nos debería hacer recapacitar que ha significado ese lapsus en la historia de la humanidad, bastante infame por otro lado. 

En la radio, la entrevista había vuelto a resurgir de donde se había perdido. El escritor entrevistado clamaba en voz alta, como si esperara un nuevo corte en la conexión:
"Dolor, mucho dolor y sufrimiento parece ser el hilo conductor que ha movido la etapa de la humanidad que estaba destinada, según sus apologetas, a eliminarlo para siempre. Escribir y leer, entonces, que significan. ¿Que significó para Cervantes y para Kafka? Una pregunta que se hace inevitable ante el hecho probado de que los dos siguen vivos y coleando en el escritor aludido. Entre toda esa ignominia que no cesa, buscar eso que sea verdaderamente verdadero para cada uno. Y hacerlo con ironía. La verdad más la ironía es, frente al seca y altiva verdad divina, la auténtica verdad humana. Escribir y leer hoy, para los supervivientes de las Grandes Catástrofes, es eso que puede surgir - pues existe en toda su potencia - como una necesidad turbadora, cuando dejamos de darle importancia a todas esas menudencias que atosigan a nuestra egolatría incomprensible de supervivientes. Pues menudencias, o mejor dicho trampas saduceas son nuestros deseos de aparentar, nuestros miedos, nuestras ambiciones, nuestros fanatismos e intolerancias, nuestros deseos inaplazables por ser reconocidos, y, por encima de todos ellos, nuestros deseos de ser permanentemente engañados. En fin, envueltos con toda esa mierda con la que, como si fuera papel cuché, salimos ufanos todavía a comernos el mundo. Escribir y leer significa, al fin y al cabo, un intento alguímico por transmutar en belleza todo ese sufrimiento que "voluntariamente" nos autoinflingimos. Para celebrar la vida, para no dejar de renovarla frente al permanente acoso del tiempo asesino: la muerte y sus diferentes emisarios".

La entrevista de volvió a interrumpir, y en el dial de la radio ese chisporroteo característico se hizo unánime. Lo que desplegó dentro de mí la imagen inversa de una película que vi en su día con temor premonitorio, Gravity, de Alfonso Cuaron. De repente, aquí abajo, la desconexión de la radio era una manera de informar de que todo lo demás se había roto sin saber por qué. Sin explicación alguna, los humanos vagábamos por este marasmo inconmensurable en que se había convertido la tierra. Sin embargo, en algún lugar clandestino de allí arriba, el escritor cervantino y kafkiano se afanaba por reparar los estropicios causados. Sin que el final de la película dejara mínimamente entrever que lo consiguiera.