lunes, 21 de agosto de 2017

EL MITO Y LO NUEVO

Decía que la necesidad es la condición de posibilidad de lo existente. Es un atributo del carácter humano, que - cómo dice Sennett - “sufre un cambio radical en el capitalismo moderno. El sistema irradia indiferencia. Y lo hace en términos de resultados de esfuerzo humano, como en los mercados del ganador que lo lleva todo, donde es escasa la conexión entre riesgo y recompensa. Irradia indiferencia en la organización de la falta de confianza donde no hay razón para ser necesitado. Y lo hace a través de la reestructuración de instituciones en las que la gente se trata como prescindibles. Estas prácticas disminuyen obvia y brutalmente la sensación de importar cómo persona de ser necesitado a los demás (…). La indiferencia del viejo capitalismo de clase era crudamente material; la indiferencia que irradia el capitalismo flexible es más personal porque el sistema mismo está menos marcado, es menos legible en su forma”. 

Mi padre, a pesar de ser poco hablador, me trasmitió siempre la sensación de que sabia donde estaba y quien era. El del mini rojo, a pesar de todos sus aspavientos y postureos, me daba la impresión de que estaba  perdido en el incipiente bosque digital, y que esa espesura le impedía saber quién era en algún claro del bosque. Pero el ‘nada a largo plazo’ - lo he comprendido mejor ahora - era paradójicamente, junto con sacar el máximo beneficio de esa brevedad temporal, su tabla de “salvación” momentánea. Hoy es el relato plantilla de toda la propaganda y publicidad: tienes poco tiempo, por eso no te pongas límites. En la existencia digital el tiempo de la experiencia se mide a golpe de click y el espacio virtual es todo lo que aparece después de ese golpe, que, como puedes comprobar cada día en las pantallas, son todos universos inimaginables. Justo lo contrario de lo que preconizó Goethe a los románticos de 1800: ‘limitarse en el espacio es expandirse en el tiempo’, intuyendo que la explosión imaginativa de aquellos jovenzuelos sabelotodo iba a atentar, a largo plazo, directamente contra el corazón de la dignidad del ser humano - ese mínimo común múltiplo que nos permite reconocernos como miembros pertenecientes a nuestra especie -, como al final está sucediendo en la época del capitalismo flexible y de la digitalización de la existencia. 

Lo que Goethe les vino a decir a los románticos de 1800, y sobre todo a sus imitadores posteriores, fue que hay que hacerse cargo del mundo que heredamos, con la vida que cada uno tiene en propiedad. Es importante saber distinguir y administrar con tino esta doble característica de nuestra naturaleza: herederos y propietarios. No podemos extendernos ilimitadamente hacia lo desconocido a costa de romper, incluso, todo lazo de conexión con lo que creemos que ya conocemos, o damos por conocido definitivamente. Lo que Goethe anticipó fue que no todo lo desconocido se encuentra hacia adelante en el carril de la Hsitoria, ni que lo que creemos saber es lo mismo que lo que realmente sabemos de las historias que se quedan en la cuneta de aquel carril. Nuestra vida se mueve hacia adelante, pero saber sabemos en el tiempo heredado, que es el tiempo recobrado. O dicho de otra manera, la diferencia entre ‘como en casa en ningún sitio’ (Blaise Pascal) y ‘nada a largo plazo’ (Bill Gates) - dos metáforas que se disputan el imaginario del mundo en el tercer milenio - se encuentra en la tradición que existe entre el mito ancestral y el novum moderno. El mito ancestral no es lo que estorba a lo nuevo para desplegar toda su incodicionada potencialidad, sino su verdadera y previa condición de posibilidad. A mi padre era imposible verlo fuera de la tradición de los carpinteros que existía dentro de su familia por vía paterna. Fue ahí donde cumplió todos los ritos de paso hasta conseguir tener, con plena aquiescencia de sus superiores, su taller propio. El del mini rojo parecía un tipo venido de la nada. Años más tarde, cuando estudiaba en la universidad, me enteré que a esa manera de proceder se le llamaba: el self made man, o el hombre que se hace a sí mismo. Y también me enteré que era el nombre del mito moderno. O sea, que el del mini rojo - y por extensión todos los que defienden dentro de la digitalización de la existencia y el nada a largo plazo -  movía sus extravagancias novedosas dentro del campo de acción narrativo de la tradición de los mitos. Del mito del hombre digital, flexible que es también descreído y, sobre todo, olvidadizo. Muy olvidadizo de lo reciente, que es la base de su creencia a ciegas en el relato de sí mismo. Si el mito ancestral se fundamentaba en su transmisión oral, lo que lo hacia fácilmente penetrable por el olvido, el mito del hombre digital hecho a sí mismo se fundamenta en la virtualidad propagada a la velocidad de la luz, lo que lo hace, de forma inopinada manejando tanta información, igualmente asequible a la penetración del olvido. El mito ancestral por constricción y lentitud, y el digital por expansión y rapidez ilimitada acaban encontrándose y repitiéndose en el mismo sitio original. Ayer entre los ritos y rituales de la aldea, hoy entre los de la red de internet. Esa madre de todas las aldeas. Lo que ocurre es que el digital se cree parte de lo último, de lo novísimo, cuando en realidad es más de lo mismo. Lo nuevo que pide el mito digital, no es el mito mismo, no es el hombre hecho a sí mismo, no es el del mini rojo, para entendernos, es un nuevo logos. Encarnado en el relato que nos espera y que corresponde a nosotros construirlo. Hacernos cargo, como miembros primigenios de esta nueva era digital, de que esos relatos duren lo suficiente para que puedan ser transmitidos y, sobre todo, leídos y entendidos por las generaciones posteriores. Justamente el problema que adolecen, como dice Richard Sennett al principio de este escrito y repite con insistencia en muchas de las páginas de su libro, “La corrosión del carácter”, todos los relatos de quienes quedan atrapados en la reconversión digital y flexibilización de sus profesiones. Justamente lo que le ocurrió a mi padre al principio de entrar a trabajar en la fábrica (del descalabro lo salvó su acendrado carácter de carpintero). De repente, sus profesiones y sus vidas privadas se hacen ilegibles para ellos mismos y para quienes les rodean. De repente, son unos don nadie.

sábado, 19 de agosto de 2017

LUZ, ONDA Y PARTÍCULA

¿Qué de esas tres cosas somos? O más bien, ¿el ser humano está hecho de misterio y para los misterios y las visiones? O tal vez, ¿la psique es un fenómeno bioquímico complejo, en último término un juego de electrones? Y porque no, ¿podemos pensar que estamos hechos de la aparente ausencia de toda norma que reina en el centro del átomo, y que a eso lo llamamos alma? No sé.

Te dejo lo que al respecto descubrió en uno de los claros del bosque, que, al fin y al cabo, es el universo que nos envuelve,  uno de los físicos y matemáticos mas visionario y misterioso del siglo XX: LOUIS DE BROGLIE.

viernes, 18 de agosto de 2017

EL COLAPSO Y LA NECESIDAD

Queda claro que lo de “monos digitales” no es insulto sino el nombre de una regresión en marcha, al contravenir, o no prestarle la conveniente atención, quienes aceptan con tanto entusiasmo la digitalización de su experiencia, a aquella memorable intuición de Goethe al borde de la explosión romántica de 1800: limitarse es extenderse. El escritor alemán, que fue de los últimos sabios al que todavía le cabía el mundo en la cabeza, tenía veinte años más que los jóvenes románticos de 1800, y con su frase quiso advertirles que el mundo no puede extenderse ilimitadamente sin que cause un daño irreparable a la dignidad de sus habitantes. Un lema que, al fin y al cabo, se convirtió en el epítome de la dignidad pendiente, convertida así en universal antropológico, de eso que sea la modernidad que vino a continuación hasta nuestros días - en el mejor de los casos, vista siempre por los modernos como una especie de “maría” del antiguo régimen -, fragmentada hoy en una lista interminable de indescifrables post, el último y más ingenioso de los cuales es el de la post-indignación. Sea pues.

Mi padre, que nunca se indignaba por nada, lo veía con frecuencia, cuando yo entraba sin avisar en su taller, hablar con la madera. Nunca vi al del mini rojo, que se indignaba por cualquier cosa, hacer lo propio con el ordenador, únicamente lo usaba. Lo cual no quiere decir que no haya alguien que si hable con el ordenador, Bill Viola talmente. Mi padre hablaba con la madera dejándose asaltar por su soledad y el del mini rojo se indignaba con el ordenador huyendo de la suya. Ahí está, pienso yo ahora, la diferencia entre ‘como en casa en ningún sitio’ y ‘nada a largo plazo’. Mi padre se hacia fuerte en su silencio casero. El del mini rojo, un histérico lleno de fragilidades, se consumía en su verborrea incontenible de usar y tirar.

¿Quien me necesita? Es la auténtica pregunta que sostiene tanta indignación a la que, incluso las formas de ser más templadas, se han apuntado en los últimos años sin ningún recato. Las cantidades de dinero que dedican las administraciones públicas y privadas para dar consejos sobre cómo moverse cada día en cualquier situación que el ciudadano se encuentre - el otro día leí, en el tablón de anuncios de un ambulatorio de cabecera, un cartel en el que se daban instrucciones sobre cómo manejar adecuadamente las servilletas para evitar contagios indeseables, ¡cómo lo oyes! - desvela la preocupación que acucia a nuestros gobernantes públicos y privados porque alguien los necesite. La necesidad que es el enigma de la existencia - como dice John Berger - no deja de aguzar al espíritu humano. Produce la risa y el llanto. Es aquello que tocas y besas, y aquello contra lo que te enfrentas y te golpeas, si llega el caso. Sin embargo, hoy ha dejado de existir en el espectáculo de la digitalización global de la existencia. Se comparte el espectáculo (todos miran de forma continua sus dispositivos), pero nadie es capaz de trasmitir experiencia alguna. Sentir algo bajo la influencia de esta atmósfera, donde la obtención de beneficios es el único medio de salvación, se ha hecho casi imposible, si no es - claro está - a cambio de algo. Cada cual, entonces, se busca la vida y trata de situar en el tiempo y en el espacio sus propios anhelos y sufrimientos. No es la vuelta del antiguo azar, no es la búsqueda de una nueva oportunidad, es el síntoma del colapso que se avecina. Pero la pregunta no deja de angustiar al ser que sigue ahí a la espera de ser alguien, ¿quien me necesita?

jueves, 17 de agosto de 2017

IMITADORES Y RECEPTORES

Sin embargo, había un aspecto de su conducta que me molestaba en lo más íntimo de mi ser, que es lo mismo que decir que sentía la molestia o el dolor pero no sabía discernir su por qué. Me refiero a su proverbial arrogancia, la cual no ha dejado de protagonizar la vida en general hasta convertirse al día de hoy en algo sin lo que la Peña no puede salir a la calle. El del mini rojo, creo que ya lo he dicho, era más chulo que un ocho. Para entendernos, cuando se subía o se bajaba del coche estaba convencido de que estaba escribiendo un capítulo de la Historia Universal.  A mi me resultaba imposible creerme un escritor así, parecido a Dios. Lo he aprendido más tarde, pero desde siempre, bien cuando fui a la escuela o el instituto o cuando ingresé en la universidad, ante cualquier propuesta que me hicieran no era de los que alzaba la mano de inmediato tratando de contar o situarla en el capítulo correspondiente de esa Historia Universal, sino que la duda por no saber desde donde mirar lo que me proponían hacía que, al final, quedara paralizado, dando la impresión subsiguiente de ser un ignorante. Sin darme cuenta delante de lo que recibía del exterior me comporté durante muchos años como lo hizo mi padre delante de la madera, aunque con intenciones y resultados manifiestamente diferentes. Es fin, que iba en  dirección contraria hacia dónde se dirigía el mundo, y todavía no era alguien como mandaban los cánones. Tardé muchos años en encontrar un acorde satisfactorio a esta disonancia que se me echaba encima cada vez que abría la boca o movía los pies. Cada vez había más tipos, como el del mini rojo, que estaban escribiendo el futuro con sus impactantes esloganes: el ganador se lo lleva todo o nada a largo plazo. De igual manera el espacio donde todo eso iba a suceder estaba siendo desdibujado por los sucesos mismos. El del mini rojo me dijo un día, mientras tomábamos café, que los empresarios digitales gustaban presentarse en público liberados de la exigencias del lugar. Compruebo con estupor que también lo atestigua Sennett, “una fábrica en México, una oficina en Bombay, un centro de comunicaciones en el bajo Manhattan, todo eso tiene la apariencia de meros nódulos en la red global”. De repente, empecé a padecer una rara enfermedad: tenía la sensación de no estar nunca en el sitio apropiado. O dicho de otra manera, que mientras dilucidaba desde donde debía mirar la propuesta que salía a recibirme en mi camino, me está perdiendo lo importante que siempre se libraba en un lugar distinto al que me encontraba. Me fue difícil aceptar que lo de ‘en casa como en ningún sitio’ se había acabado, pero que ‘nada a largo plazo’ no me ofreciera, a cambio, ningún sitio fuera de casa, era algo que nunca pude superar. La errancia emocional estaba servida, y así fue durante los años siguientes.

En un lugar geográfico se hace comunidad cuando la gente utiliza la palabra nosotros. Mi padre la utilizaba y el del mini rojo también, pero se referían a lugares distintos. A mi, como dice Sennett, después de haber mantenido muchas conversaciones con El Segundo, me parece un pronombre peligroso, del que trato de protegerme se su pretendida  claridad llena, a mi entender, de recovecos oscuros. No creo que el del mini rojo subscribiera donde se encontraba lo que dice Sennett. Tenía muy claro, como todos los monos digitales, cuál era su guerra y quienes eran sus enemigos. “Una de las consecuencias no deliberadas del capitalismo moderno es que ha reforzado el valor del lugar y ha despertado un deseo de comunidad. Todas las condiciones emocionales que hemos explorado en el lugar de trabajo animan ese deseo: las incertidumbres de la flexibilidad; la ausencia de confianza y compromiso con raíces profundas; la superficialidad del trabajo en equipo; y, más que nada, el fantasma de no conseguir hacer nada de uno mismo en el mundo, de hacerse una vida mediante el trabajo. Todas estas situaciones impulsan a la gente a buscar otra escena de cariño y profundidad”.

Tal vez fuera eso a lo que se refería el artículo que mencioné el otro día respecto a la importancia de las humanidades en la economía digital. Tengo para mí, sin embargo, que no hay nada ahí afuera que pueda ser visto por los monos digitales si no entra en acción una particular configuración de su manera de percibir, hecha a base de experiencia y a base de cultura. Justamente lo que les ha robado sus adicciones laborales, a saber, la capacidad de trasmitir experiencias dentro de un contexto laboral heredado. De otra manera, han perdido la capacidad de hacer algo con lo que reciben, olvidándose de que somos de naturaleza imitadora y receptora, al creer ilusamente que la tecnología digital los ha dotado de la noche a la mañana con otra naturaleza distinta y superior, la de creadores de la nada. Peor aún, la de los primeros creadores de la nada.

miércoles, 16 de agosto de 2017

EL CAMBIO Y SUS GRIETAS

Entre el hombre de Davos que se llama Hans Castorp y el que responde bajo el nombre de Bill Gates media una distancia que no se corresponde con los cien años históricos que, más o menos, hay entre ellos. Siendo de ficción, Castorp parece hoy un ser totalmente verosímil y, al revés, siendo real como la actualidad que protagoniza Gates, parece, a todas luces, un ser inverosímil venido de otra galaxia que, sin saber cómo, él dice que es la nuestra. Todo se debe a la manera que tienen de administrar las apariencias. En la época de Castorp las apariencias eran físicas porque pertenecían a cuerpos sólidos, aunque estos cuerpos estuvieran seriamente dañados por la tuberculosis. En el momento presente las apariencias son volátiles, aunque los cuerpos estén más musculados que nunca. La innovación tecnológica que mantiene en lo alto al sistema actual, del que Gates es uno de sus capos más prominentes, permite separar fácilmente la apariencia de lo existente, convirtiendo a la apariencia en lo único realmente existente: un espectáculo de vestimentas y máscaras sin fin. Así pretende cumplir un único objetivo: desear mas para tener más. Un destino al que, teniendo en cuenta la tecnología digital, se debería dirigir movilizando todas las energías disponible en todas las direcciones imaginables, lo hace, paradójicamente, como si estuviera adscrito al mecanismo monótono de una noria sin engrasar. Vale decir una noria roñosa. El ganador se lo lleva todo, es el epítome de esa aventura de aventureros sin gracia. Puede que el nuevo hombre de Davos sea disgracioso en tanto en cuanto es codicioso e implacable, pero no se le puede negar una fortaleza de carácter para saber moverse en medio de un desorden y  dislocación constantes.

Como a todos los de carácter estoico, entre los que se encontraba mi padre y yo mismo hasta que conocí al del mini rojo, amaba lo permanente dentro de la constante transformación, lo habitual dentro del cambio y lo conocido dentro de lo inusual. De este modo lo extraño se hacía familiar sin perder su color, y de este modo el lugar donde vivía y trabajaba poseía la eterna magia de lo extranjero. Todo ello se trastornó cuando el del mini rojo - mi particular hombre de Davos - introdujo el veneno del cambio en la percepción que tenía hasta entonces de la vida. Al igual que yo en aquel entonces, el hombre del mini rojo no había oído hablar nunca de Gates, el emergente hombre de Davos, ni tampoco de Hans Castorp, el hombre de Davos de Thomas Mann. Ni falta que le hacía. Como dice Sennett, al que seguro tampoco había leído el del mini rojo, al referirse a Bill Gates y, por extensión, a todos lo que con el tiempo y la digitalización de su experiencia han acabado modelando (la corrosión es la forma menos amable y fiable de cualquier intento de modelado) su carácter, “parece no padecer la obsesión de aferrarse a las cosas. Sus productos aparecen con fuerza en el mercado y con la misma rapidez desaparecen; Rockefeller, en cambio, quería poseer pozos de petróleo, edificios, maquinaria o carreteras y poseer todo por mucho tiempo. La falta de un apego duradero parece caracterizar la actitud de Gates hacia el trabajo - con diferencia respecto a otros rasgos lo que más impresionó de la forma del carácter del hombre del mini rojo -; habló (en Davos) de posicionarse en una red de posibilidades más que quedarse paralizado en un trabajo dado. Es, en todos los aspectos, un competidor inescrupuloso, y las pruebas de su codicia son vox populi. Tiene, si no la capacidad de dar, sí la capacidad de desprenderse”.


Pon tu vida en orden. Tienes que ser alguien. El carpintero contra el montador de la cadena de montaje. Son frases que me repetía mi padre con bastante frecuencia. Un carácter estoico está más cerca de la verdad cuando afirma que las posibilidades de la vida son limitadas. Muy limitadas en la mayoría de los casos. Sin embargo, como ya he dicho un día entró en mi vida y en el entramado de la sociedad la palabra cambio. Y a través de las grietas que abrió, observé que ya nada volvería a ser lo mismo.

lunes, 14 de agosto de 2017

LOS HOMBRES DE DAVOS

En el departamento técnico de obras y servicios imperaba todavía una ética del trabajo a la vieja usanza. Esfuerzo y autodisciplina, así como buena preparación y respeto a los mayores. Se ceñía con bastante precisión a lo que mi padre me había recalcado, una y otra vez, como santo y seña de mi conducta en la fábrica. Los monos digitales empezaban a aparecer en los departamentos de informática, pero todavía eran una rareza aunque ya apuntaban maneras. Había uno, con el que tuve una mala experiencia en la mili que me costó una semana de arresto, que llegaba todos los días a trabajar conduciendo su mini rojo. Ni que decir tiene que todavía no había oído hablar de Sillycon Valley ni de los hombres de Davos. Con los años entendí que el hombre del mini rojo era un adelantado de esos dos lugares fundacionales de la nueva economía digital que se avecinaba. Lo único que de todo aquello para mí tenía algún sentido era la palabra Davos, pero, vinculada, claro está a la tuberculosis y a la gran literatura. Había leído “La montaña mágica”, de Thomas Mann, unos años antes por recomendación de un profesor de la escuela de aprendices. La propuesta surgió en una conversación entre los compañeros de mi clase, que él nos propuso, sobre los asuntos que preocupaban en esos momentos a chicos recién iniciados los primeros pasos de la juventud, bajo la influencia de la turbulenta adolescencia no acabada. En aquellos años todavía se podían dividir así los ritos de paso entre las diferentes edades y que tu interlocutor supiera de que estabas hablando. Fue justamente con el hombre del mini rojo con quien este axiología comenzó a resquebrajarse. El ya tenía bastante desarrollados los rasgos indefinidos e indeterminados del mono digital del futuro inmediato. Con el del mini rojo viví por primera vez la experiencia, sin entender lo que significaba, de nada a largo plazo. El eslogan posterior de la economía digital por venir, le sentaba ya al del mini rojo como un guante a su mano. Era flaco como un suspiro, de ademanes chulescos de taberna pero aderezados con una sofistificación, que iba improvisando sobre la marcha, como casi todo lo que hacía. Cuando alguna vez coincidía con el en la máquina de café hablábamos, pero nunca supe lo que hacía. En su calculada indeterminación me decía que pudiera que yo duraría allí sentado sobre el tablero de dibujo, pero que no acabaría de llegar a ninguna parte, sin embargo, él desprendido de ese afán de durar a toda costa donde en ese momento se encontraba, estaba convencido de que llegaría más lejos. Ese dislocamiento incomprensible para mí que tenía del tiempo y del espacio, he de reconocer que me subyugaba. Más tarde, a la hora de la salida de la fábrica, cuando lo veía subirse al mini rojo, que indefectiblemente aparcaba enfrente de la entrada de la fábrica, y salir pitando con todo el lujo de pirotecnia de que era capaz con el juego de embrague, me acababa convenciendo de que aquel hombre del mini rojo, no dejando nada para el largo plazo, sabía hacia dónde iba. Si tienes en cuanta que lo que más había oído al respecto de esa elasticidad del tiempo y el espacio de la que hablaba el del mini rojo, era la recomendación de mi madre de que no me gastara lo que no tenía y que, por supuesto, nada a plazos. Ahora ya sé que aquel hombre fue la primera versión del nuevo hombre de Davos. No acabada, ciertamente, pero tampoco era su misión en la tierra. Un día, el hombre del mini rojo apareció con un porche amarillo. 

El otro hombre de Davos que yo conocía se llamaba Hans Castorp. Un joven ingeniero que acude a Davos a visitar a un primo suyo militar, Joachim Ziemsen, seriamente enfermo de tuberculosis. Castorp cae enfermo también y se termina adaptando al ritmo lento y sedante de la vida del sanatorio dónde está ingresado. Aquí se enamora de Nadia Chauchat, a la que dedica una de las más  hermosas declaraciones de amor de la literatura moderna. Tiene tiempo también, en Davos de principios del siglo XX había tiempo para todo, de escuchar las conversaciones entre Settembrini y Naphta, que representan dos concepciones de la vida y de la historia perfectamente irreconciliables. Pero en ese Davos ficticio había lo que era posible imaginar desde el mundo real, antes de que la primera gran carnicería lo desmintiera todo como es el cometido de toda guerra: volver a recordarnos nuestro verdadero estatuto de simios. Hay en el Davos de Mann, para entendernos, pensamientos abstractos convertidos en material novelesco, una perfecta utilización del tiempo narrativo, una capacidad para dar vida a un riquísima galería de personajes, una indudable maestría para integrar en el relato elementos simbólicos sin que se rompa su equilibrio. La pregunta no se deja esperar, ¿con los tejemanejes de los hombres que hoy visitan anualmente Davos, no para curarse la tuberculosis, sino para decidir el rumbo del mundo durante el próximo año, es posible imaginar el mundo posible que le corresponde, como hizo Thomas Mann con el suyo? ¿O el mundo real del Davos de hoy no admite ya la imaginación? Porque Davos es Davos. O lo compras o lo dejas. 

sábado, 12 de agosto de 2017

LA EMPATÍA Y LA LITERATURA

Eso que sean “Las Humanidades” se están convirtiendo, tanto en su intento de que desaparezcan por parte de unos, como que prevalezcan por parte de otros (entre los que me encuentro), en un universal antropológico. Lo cual no es una rareza ya que nuestra historia como especie ha sido, hasta ahora, una cotarro más propio de monos sofisticados a servicio de la técnica, que algo propiamente humano poniendo aquella a nuestro servicio. Una de las interrogantes que más preocupan hoy a los monos digitalizados es, a pesar de su sofisticada experiencia técnica de ultima generación, el destino de sus vidas. Y es aquí donde van descubriendo, a pesar de su enconada resistencia, que la digitalización de sus experiencias no tiene la última palabra al respecto. Es entonces cuando, de vez en cuando, saltan las alarmas y los monos digitalizados de las grandes empresas y universidades del ramo quieren ser bendecidos por la gracia de eso que sean las humanidades. El peregrinaje tiene que ver, como correlato paralelo, con las oleadas de occidentales que, desde los años sesenta, no han dejado de ir a la India para quitarse la roña del progreso técnico en las aguas del Ganges. El caso es que el acelerón digital de las últimas décadas ahoga al mono que maneja el cotarro afuera, y el mono, así asustado, pide auxilio al ser humano que, en sus adentros, clama por salir a cumplir la misión a la que - dice - le han dicho está destinado. 

Te dejo muestra de las últimas noticias sobre el asunto. Entre otras cosas, dicen los cronistas que los monos digitales están descubriendo que la mejor manera de poner en práctica la empatía que tanto necesitan, para salir del agujero donde se encuentran, es, no mediante las múltiples y coloristas recetas de los cursos de autoayuda en sus diversas variantes y formatos que les ofrecen desde los departamentos de recursos humanos de las empresas donde trabajan, sino a través de la literatura, en su doble y primordial variante de la lectura y la escritura. Ya ves.