lunes, 23 de octubre de 2017

LO IRREPETIBLE

Dice Cesar Aira en su libro “Continuación de ideas diversas”: 
Al arte más extremadamente experimental (por ejemplo un ballet que consista nada más que en arrancarle una por una las hojas a una planta), el que exhibe su originalidad con el descaro provocador del absurdo y lo gratuito, se lo ve, no sin razón, como producto del capricho individual, del juego de las formas practicado en la intimidad de la voluntad artística, desinteresado de la realidad histórica en la que vive su autor. Y sin embargo esa exacerbación de la originalidad actúa exactamente del mismo modo que la válvula que hace histórica a la Historia. Una vez que se lo ha hecho ya no se lo puede volver a hacer. Lo vuelve irrepetible porque su esencia y su existencia es la irrepetibilidad, y no tiene otra cosa. Igual que los hechos que suceden en el tiempo.”

Me parece oportuno iniciar esta entrada con la cita de Aira, porque su asociación o sincronicidad con la cita de Marcel con que concluí la entrada anterior, aparecen ante el visitante de Documenta como dos muletas de las convendría no separarme durante el tiempo que dure el recorrido y, me atrevería a decir, durante lo que dure mi existencia. Son dos muletas recomendables para el alma - no confundir ni transformar en muletillas - como los expertos en ergonomía recomiendan para el cuerpo usar bastones en las excursiones que hagamos ya sea en el campo o en la ciudad. Aunque mucho me temo que la obediencia de que hacemos gala a la hora de cumplir las múltiples recomendaciones que se nos ofrecen sobre los asuntos que tengan que ver con el cuidado del cuerpo, muestra al mismo tiempo, y con el mismo impulso, la indiferencia que respecto a las recomendaciones del alma nos llegan del ámbito de las artes o de lo creativo. Puede que todo tenga que ver con la idea moderna de equiparar alma con mente y mente como una derivación mecanicista que nos advierte de las necesidades del cuerpo, lo cual quiere decir que si el cuerpo está atendido lo está igualmente la mente. Y o hay que preocuparse de más. Sin embargo, si te fijas con detenimiento resulta difícil adentrarse tanto en la cita de Martel como en la de Aira, en el templo de alambre de Duarte, en el parlamento de los cuerpos del hombre relativista, o en los maniquíes guillotinados en que me fijé, con el instrumento cuerpo-mente como única desbrozadora para averiguar que esconden al otro lado de lo que exhiben. Son textos e imágenes cuya lectura y mirada yo experimento desde una emocionalidad profunda, lejos de la inmediatez que sugiere o propone la relación mecánica cuerpo-mente. Es esa una forma de sentir mediante la que me doy cuenta, sin disfraces ni disimulos, de lo que me afecta y de lo que me excede. Lo que quiero decir es que el mecanicismo cuerpo-mente nunca molestará la seguridad que exige su propietario. Nunca lo situará, como si hace esa emocionalidad profunda o alma, en la zona intermedia entre su condición de ser mortal y la inmortalidad que anhela, entre la conciencia de su irrelevancia individual en el universo y el universo mismo, entre el sentido de lo uno y el significado de lo otro. El alma, frente al sentir de andar por casa propio del mecanicismo cuerpo-mente, como si de cualquier otro artefacto se tratara, es el sentir por excelencia y a la vez, frente al conocimiento práctico, o a ras de tierra, de que toda causa tiene un efecto y todo problema una solución, el alma es el conocimiento por excelencia. 

Ya en la segunda planta de Fridericiarum me topé, pues seguía bajo la influencia del vídeo del hombrecillo golpeándose contra una pared, con otra instalación también hecha con soporte vídeo. De nuevo esa emocionalidad  profunda y de nuevo no supe a qué atenerme. Lo único verdadero era que lo que salía en la pantalla me trasmitía una fuerza inahabitual desde su absoluta inconcrección. Por el cartel explicativo supe que se trataba de una vista panorámica de la ciudad de Beirut. Su presencia y ubicación eran de lo más tradicional: sobre una pared blanca, sin nada a su alrededor, una pantalla de unas 42 pulgadas, como si de un cuadro habitual se tratara, registraba los distintos cambios de tonalidad, que, en su particular lucha,  la luz y la obscuridad proyectaban sobre los tejados y cúpulas la ciudad de Beirut. De lo que si me apercibí, mientras estuve mirando la instalación, fue que no se trataba de un espectáculo convencional, para entendernos, de luz y sonido. El combate entre luz y obscuridad no se libraba sobre superficie de plasma de la pantalla, sino probablemente dentro de mi, sin que yo lo supiera de forma consciente. Traté de preguntar a Duarte que le parecía, pero ya no estaba a mi lado. Al parecer, le atrajeron más unas miniaturas escultóricas, que estaban expuestas al otro lado de la pared donde se encontraba la pantalla de Beirut, y que a mí me evocaron, cuando las tuve delante, a las esculturas de Giacometti. Allí colocadas en el rincón de la sala, no pude evitar mover mi imaginación, antes que por los cuerpos que representaban, por los suspiros que los sostenían en pie. Suspiros irrepetibles, como dice Aira, pero al mismo tiempo eternos. 

viernes, 20 de octubre de 2017

LA BELLEZA TRADICIONAL

Mientras voy escribiendo esta crónica, no puedo evitar que me acompañe la sensación más sobresaliente que acabé teniendo de mi visita a la Documenta de Kassel, que no fue otra que la saturación en la percepción de imágenes. Todas, sin excepción, reclamaban la atención del espectador, ya que todas, amparándose en el derecho que emana de la libertad absoluta de sus autores, me interpelaban, como no podía ser de otra manera, como si su propuesta estética contuviera la última imagen de la que, a su vez, saliera también la última palabra. Esta es, conviene no olvidarlo, la esencia de lo que se conoce como vanguardia, a saber, la construcción del mundo como una sola Instalación Artística, en la que vida y arte, realidad y ficción alcancen al fin la síntesis universal de autorealización. Ni que decir tiene que no andan muy lejos de conseguirlo, aunque no de la forma que aquellos añejos vanguardistas de principios del siglo XX soñaron. Pues la instalación artística universal ya está en marcha, de la que se puede discutir si Documenta 14 es un eslabón más o su lado más crítico, mediante la acción del marketing para las masas y la cultura de la distracción. Todo ello, tampoco hay que insistir demasiado, está construyendo una sociedad que adora la docilidad, el infantilismo y la apatía como virtudes cardinales. Y, sin embargo - aquí radica la perplejidad del presente - todavía es habitable porque de forma misteriosa eso que tradicionalmente llamamos belleza, en la mayoría de los casos de forma inconsciente, sigue salvando al mundo de los monos racionales y de los abismos de su propia racionalidad. Es por ello que esa insistencia en querer ser la última imagen y la última palabra, es incómodo de ver o de prestarle mi atención con la disposición e intensidad que pretendo. Y ello a pesar de que Vila-Matas ya me lo había advertido en el arranque de su novela, Kassel no invita a la lógica. Dice así: “Cuando más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo es calificativo. Pero, ¿a quien le importa esto?” Todo parece indicar que la famosa frase “con la iglesia hemos topado”, que tantas veces hemos utilizado como forma de hacer explícita nuestra impotencia ante la inmovilidad de lo que creemos que debería moverse, debemos empezar a cambiarla, en la sociedad secularizada en que vivimos, por la de “con la indiferencia total del personal hemos topado”, que es lo mismo que decir “¿a quien le importa esto? Sin embargo, hemos de convenir que la iglesia, o las iglesias, no son lo mismo que la indiferencia total humana. Hay un grieta entre ellas, una grieta nunca existente hasta ahora, que es donde la belleza tradicional juega en la actualidad su carta de salvación, digámoslo así, de la humanidad de los monos racionales. 

Visto así, entonces, Documenta 14 ya no es la última imagen de nada, sino el primer lamento de algo. Documenta 14 pudiera ser esa gran grieta, desde donde la belleza tradicional nos llama y nos interpela desde siempre, como lo ha hecho siempre y para lo que lo ha hecho siempre, a saber, para salvarnos de nosotros mismos. Y lo debe seguir haciendo con razonable éxito, es decir, haciendo fracasar, una y otra vez como el hombrecillo del vídeo que he descrito en la entrada anterior, el intento de estampanarnos contra la pared hasta hacernos añicos irrecuperables, incluso en cualquier planta moderna de desperdicios. ¿Es este el secreto de Documenta  14, su capacidad de transmutar momentos temporales de modo que se abran a la eternidad que habita en ellos? ¿Es eso lo que experimentó Duarte con el templo del alambre o el espectador relativista en el parlamento de los cuerpos o yo mismo delante de los maniquíes decapitados? Como dice J. F. Marcel en su libro “Vindicación del arte en la época del artificio”, “Una cosa parece cierta: si hemos de recuperar la fe en este mundo, debemos recobrar la voluntad de ver la realidad de la belleza como una cualidad fundamental del universo, además del misterio que esa misma realidad encierra. Necesitamos reconocer el orden del ser que el pensamiento moderno se ha empeñado (infructuosamente) en hacernos creer que no existe: el orden positivamente religioso de los sueños y del espíritu.”

jueves, 19 de octubre de 2017

EXPRESIÓN O COMUNICACIÓN

El tipo que se golpeaba una y otra vez contra una pared, ¿nos estaba comunicando sobre algo o más bien nos estaba expresando algo? Quietud y silencio por mi parte, y por parte de quienes tenía en ese momento a mi alrededor, Duarte incluida, delante de una pantalla donde alguien no paraba de moverse y hablar de una forma recurrente y violenta. El vídeo tenía una estética original, como si hubiera sido filmado en la época de Melies o de los hermanos Lumiére, lo cual convertía a aquella sala oscura en una barraca y a sus visitantes en una copia provisional de aquellos primeros espectadores boquiabiertos ante la llegada del tren a la estación de ferrocarril o ante la salida de los obreros de la fábrica o ante la llegada de un ser humano a la luna. Asistíamos también a la reproducción original de la inversión que se produjo en la relación con las imágenes tradicionales de la pintura, y de las imágenes en general, a partir de la aparición de la cámara. Tal vez por eso en ese momento que estaba viendo a ese hombre golpearse contra la pared, entendí la respuesta que le di a Duarte, cuando en el tren que nos llevaba a Kassel me preguntó con una solemnidad en ella desacostumbrada, que era lo que yo esperaba encontrar en la Documenta 14. Y recordé entonces, allí dentro de la barraca, que le respondí que lo más me interesaba ver eran las instalaciones en soporte vídeo. ¿Por qué?, me pregunto Duarte. Pues honestamente, no sé por qué, tal vez cuando me meta en el “barullo” artístico o como se llame eso que llaman arte actual o contemporáneo, me aclare un poco más, le respondí.  

En la forma tradicional de mirar las obras de arte se produce, por así decirlo, un corredor entre el que mira y la obra en cuestión. En un extremo de este corredor la obra de arte - pintura, escultura - permanece bajo la influencia de la quitad y el silencio; en el opuesto el espectador es quien habla y se mueve hacia la obra. Con la aparición de la cámara y de la reproduccion de las obras de arte, tal y como lo definió Walter Benjamin en su ensayo, “la obra de arte en la época de su reproducción técnica”, la dinámica de lo que había ocurrido en ese corredor durante miles de años da un giro de radical y no siempre consecuente: es la obra la que habla y se mueve hacia el espectador, y es el éste quien se queda quieto, produciéndose una nueva manera de medir y sentir el tiempo, diferente al de la velocidad de la luz. También modifica la línea divisoria, como estamos viendo en el momento presente, entre expresión y comunicación. Ante aquellas instalación, que reproducía los rudimentos de la aparición de la cámara en la escena de lo artístico, todo lo que habíamos visto antes de ella, de repente, me pareció arte tradicional. Habrían pasado escasamente poco más de media hora y los maniquíes guillotinados estaban ahí, dentro de la misma tradición escultórica que todas las esculturas antiguas o de la Edad Media o de la Edad moderna, que, en museos o al aire libre tanto da, había contemplado en mi vida. Pues a todas las vi con el prisma primero del corredor que he aludido: en un extremo ellas quietas y en silencio y en el otro yo dando vuelta a su alrededor murmurando en voz baja o dialogando con mi acompañante sobre lo que nos parecían. Sin embargo, en la sala oscura, llena a rebosar, nadie movía un músculo ni abría la boca, mientras el hombrecillo de la pantalla no dejaba de hablar cada vez que se acercaba a la pared para estampanarse contra ella. 

Esta última instalación de la primera planta del Fridericiarum antes de subir a la segunda, previa visita al WC, digamos que me produjo un bajón a cuenta de esa confusión que he mencionado antes entre expresión y comunicación, que introduce la aparición de la cámara en el ámbito de lo creativo. Ya se ha hecho habitual mencionar en los diferentes foros donde se habla y discute sobre la vigencia del arte - en una época en la que, debido al uso masivo de las cámaras, se ha extendido la divulgación y contagio de artificios tan urgentes como banales e innecesarios, más allá del ombligo de quien los divulga - la sospecha, en relación con esta epidemia artificiosa, de que muchas de las construcciones intelectuales actuales, y lo que estábamos viendo en Documenta 14 lo eran sin duda, se levantan a partir del autoengaño personal, es decir, de la falta de honradez y de humildad, lo que a su vez es fuente de una gran dosis de nihilismo. Todo lo cual, e independiente del adobo con que se presente en sociedad - y no hay que olvidar que los adobos no están ausentes de lo que es la esencia que constituye a Documenta - es un atributo muy propio del ser humano tardomoderno, o de esta última etapa de la modernidad, pongamos, a partir de 1945. Un ser humano que por otro lado nunca dice que lo ha hace mal o que se equivoca - a lo que no es ajeno, a mi entender, esa combinación letal de la libertad total en el uso de la palabra y de la indiferencia absoluta respecto a la responsabilidad a la hora de prestar su atención a lo que le rodea, que parece ser el santo y seña de lo actual - y si lo hace, a continuación declara solemnemente que en cualquier caso se hubiera merecido acertar o hacerlo bien, dada la  alta estima que tiene de sí mismo o dada su hombría de bien, o su valía, etc. La sospecha, en fin, de que más de cien años después de que la aparición de la cámara introdujera el giro mencionado en el corredor tradicional de ver y ser visto, éste se haya convertido, por mor de esa afición al autoengaño, en un verdadero nido de ciegos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

LIBERTAD E INDIFERENCIA

Poco antes de abandonar la primera planta del Fridericiarum nos topamos - esta es otra de las características de Documenta: no es que vayas a ver tal o cual obra, sencillamente la obra o la instalación, que todavía no se como llamarlas, salen a tú encuentro. De repente, voy caminando siguiendo la flecha que indica WC y oigo unos extraños ruidos detrás de una cortina negra. Me paro y dudo. Sigo el imperativo de mi necesidad biológica o me aguanto y miro lo que hay detrás de la cortina. Fue un dilema que nunca me había pasado, al menos con la intensidad que ocurrió. Si en el límite de mi vejiga tengo que ir a mear, tengo que ir a mear, todo lo demás puede esperar esos dos o tres minutos que puede durar el evento mingitorio. Así había sido hasta ese momento. Sin embargo, en esta ocasión decidí que lo que no podía esperar, a riesgo de que ocurriera lo peor sobre mis pantalones, era comprobar que o quien producía esos extraños ruidos detrás de la cortina negra. Si algo produce Documenta, una vez que estás allí metido y has decidido no irte, pongamos, después de dar un par de vueltas por el Partenón de los libros, es una extraña sensación de sed de sentido, que sólo puedes aplacar, nunca saciar, de vez en cuando. Véase el caso Duarte con el templo del alambre o el relativista con el parlamento de los cuerpos o yo mismo con los maniquíes decapitados. Lo demás es transitar por un “desierto” a la espera de que salga en tu ayuda algún oasis - como aparecen los vendedores de refrescos en la playa o en las carreras populares - donde descansar de la aridez de la indiferencia, y poder tomarte un sorbo de agua o de cerveza, según los oasis. Al decir indiferencia no puedo dejar de recordar lo que la produce, pues su entrelazado es lo que hace posible que ocurran, en la modernidad ilustrada a la que pertenecemos, eventos como Documenta. Me estoy refiriendo a la libertad absoluta con que cada visitante deambula dentro de éste laberinto de símbolos y signos, de arte y artificios, que Documenta es, al fin y al cabo. Aunque parezca mentira, este tipo de reflexiones nunca se me habían ocurrido en las diferentes visitas que he hecho a lo largo de mi vida a los museos convencionales. La libertad y la indiferencia son dos hijas legítimas de la democracia moderna, que en su madurez o decadencia, ha engendrado un hijo bastardo de padre desconocido, el nihilismo. Aunque quizá era algo que llevaba en sus entrañas desde su nacimiento, solo era cuestión de esperar al fertilizador oportuno en el momento preciso.

El caso fue que demoré por unos instantes mi vista al WC y Duarte y yo nos dirigimos hacia la sala de la cortina negra, detrás de la cual se oían los ruidos extraños que he aludido. El efecto del impacto de aquel artificio no se hizo esperar: en soporte vídeo, la primera instalación que veíamos desde que entramos en el Fridericiarum, un individuo de espaldas al espectador se estampanaba voluntariamente, pues nada ni nadie había a la vista que hiciese pensar lo contrario, contra una pared que lo rebotaba hacia atrás, desde donde volvía a coger impulso para repetir la operación. Una y otra vez, una otra vez. Ciertamente el artificio se encargaba de representar lo que el espectador veía, pero lo que pudiera tener de creativo, lo que no se veía, la fuerza oculta - pues existía y la percibimos al unísono Duarte y yo - que lo impulsaba a hacer ese acto de forma intermitente, ese era lo propiamente artístico  que producía la repetición. ¿De donde venía y donde se alojaba esa fuerza? ¿Podía asegurar, metido en aquella sala oscura, que todo provenía de la mente y del cuerpo del protagonista? No sabía de donde venía todo aquello, pero me parecía demasiado artificioso aceptar que no había más que lo que se veía en la pantalla. Duarte tampoco estaba muy convencida de que el artefacto fuera solo un artificio. Aunque su boca abierta durante los primeros segundos parecía decir lo contrario. Yo sé que esa manera reaccionar tan suya ante lo que le afecta, es un indicador de algo que ella ha visto o sentido y a lo que yo no he llegado todavía. Quedaba por ver si lo haría explícito, o se quedaría oculto en sus adentros.

martes, 17 de octubre de 2017

VIVIMOS SOBRE DOS FRACASOS

Lo que quizá nos cuesta más a los espectadores y ciudadanos actuales es aceptar que tanto el arte contemporáneo, tal y como lo vemos hoy enlatado - ya sea en Documenta, o en los museos de arte contemporáneo que toda ciudad que se precie ofrece al visitante como la joya de la corona del conjunto de su propuesta cultural -, así como la política democrática del bien estar, tal y como la experimentamos cada día, son los dos el fruto o el resultado o lo que vino después de sendos y colosales fracasos. Uno, la unión de una forma indisoluble del arte a la vida, o la vida como el mejor y único arte, rompiendo así con uno de los logros más importantes de la ilustración, a saber, la autonomía que el arte y el artista (y el intelectual) habían obtenido respecto a los avatares propios de la vida, y dos, la creencia, como correlato de lo anterior y viceversa, en la construcción de una sociedad sin clases y sin Estado, libre de todas las explotaciones y excrecencias indeseables y propias de la sociedad burguesa a la que se pretendía derrotar y hacer desaparecer para siempre. Dos fracasos que son los mismos, como ya he dicho en otras entradas, que ensangrentaron el continente europeo como nunca antes se había visto mediante la traca final del final de fiesta de tales utopías: los grandes desastres de 1945. Resumiendo, lo que más nos cuesta aceptar es que vivimos sobre los escombros heredados de dos gigantescos fracasos, lo que convierte a todos los negocios mentales que okupan nuestra cabeza y nuestro corazón en hijos bastardos de aquellos, destinados, uno a uno y todos en conjunto, a tener similar destino, si no hacemos nada para remediarlo. Lo sabemos, pero no podemos dejar de escupir en lo que otrora fue el ágora de la polis, y al igual que los perros cagan en las aceras de las ciudades, la ración de malestar que semejante parálisis o ensimismamiento nos produce cada día. De repente, la caca del animal y el malestar de su amo adquieren una inopinada sincronicidad acausal que, a la espera de otras explicaciones más convincentes, puede servir para dotar de imagen y latido al paso indignado de nuestros días actuales.

Abandonamos del parlamento de los cuerpos con más sensación de extrañeza que la nos produjo nada más entrar en su recinto. Duarte hizo un movimiento con los hombros que me trasmitió algo de la impotencia que sentía ante lo que tenía delante.  Luego, en el restaurante donde cenábamos al acabar el día, me confesó que no sabía si el sentimiento lo podía llamar impotencia o más bien decepción, ya que después de la experiencia con el templo de alambre pensaba que ya estaba metida de lleno en Documenta 14, que aquello de ella con la estantería y los rollos de alambre iría en aumento al ponerse delante de las instalaciones venideras. En el caso del hombre del relativismo solo puedo decir que lo dejamos en la misma posición que lo habíamos encontrado, lo cual me hizo pensar que a lo mejor había encontrado el punto inmóvil, que T. S. Eliot llamó la danza en su poema clásico. Me daba la impresión que la fuerza que lo mantenía allí tumbado le había disuelto, vete tú a saber donde, toda clasificación, toda contingencia, todas las propiedades no esenciales, hasta quedarse solo con las fuerzas que en sus choques y entrelazamientos producen el mundo fenoménico.  En mi caso era una extrañeza que no venía de la irrupción de lo extraño en mi rutina diaria, como condición de posibilidad para adentrarme en esa totalidad ignota que me rodea. Nada de eso. Muy al contrario, fue una extrañeza que me remitió a lo que menciono en el párrafo con que he iniciado este escrito. Una extrañeza que es intimidación ante la vuelta de los ecos de aquellos dos fracasos con una violencia inesperada, más en la política que en el arte, que al fin y al cabo sigue sumiso dentro de los museos municipales, esos lugares donde nunca quiso entrar y a los le repelía pertenecer. Me intimida en la medida que su sombra alcance, y contagie de lo peor, tanto a la democracia como sistema de convivencia colectiva, que acepta todas las ideas o visiones del mundo pero, al mismo tiempo, impide que una de ellas se imponga a las otras, como a la fuerza de lo creativo que cada individuo lleva dentro, que lo conecta de forma única e irrepetible a todo lo real desconocido.

lunes, 16 de octubre de 2017

SIGNIFICAR O DECORAR

¿En qué medida el Parlamento de los cuerpos es significativo, es decir, en qué medida busca una explicación del mundo actual, o, por el contrario, es un mero objeto decorativo fruto de la ocurrencia de su autor? Una explicación del mundo que trate de poner orden en el caos exterior que nos amenaza. O una acción decorativa que haga de su bienestar algo más bonito o glamouroso o menos aburrido, si ello es posible, al menos, en esta edición de Documenta,  vista así como una pasarela de los grandes encuentros anuales de la moda, ya sea en Paris, Milán, Nueva York, etc, o como un evento excepcional dentro del calendario de eventos que programan cada año los estados y sus aliados económicos culturales. El dilema aparece de nuevo, mejor dicho, se hace más evidente en su hiriente encarnadura, porque irse no se ha ido nunca, pues me acompaña siempre. ¿Estoy frente a un nuevo capricho de lo moderno, en su afán estéril por vencer a la muerte, o, por el contrario, estoy, delante de ese parlamento de los cuerpos, que pudiera sugerir un parlamento donde están ausente las almas? De otra manera, ¿estoy ante un parlamento inane,  lo más parecido a un rebaño de cabras o una manada de lobos, si me dejo llevar por lo que esconden cada cuerpo que observo, ahí tumbados sobre esos escaños como tumbonas o hamacas, con una satisfacción similar a la que exhiben los grandes depredadores después de una jornada de caza? O que, tal vez, transitar por Documenta sea eso, experimentar que el mundo, al menos el occidental, no tiene arreglo desde el punto de vista de su tradición, pues hace tiempo, al menos hace ya ciento setenta años (fecha de publicación del manifiesto comunista de Karl Marx) desde que los hombres, las mujeres se apuntarían más tarde, decidieron ser los protagonistas absolutos de la Historia, rompiendo así con la tradición aristotélica al respecto. El estagirita dejó claro en sus escritos que la circunstancia de que los hechos se produjeran uno detrás de otro, es decir, tuvieran contigüidad, no quería decir que fueran consecuentes, es decir, que el posterior fuera la causa del anterior que se convertía así en su efecto inevitable. Fueran las que fueran ese tipo de relaciones, no eran fijas ni predeterminadas, ya que se daban siempre en el ámbito de la ficción o de la imaginación de cada individuo, no en el de los fenómenos o hechos. Lo que hizo Marx, bajando la filosofía del espíritu de Hegel a la tierra, fue decretar que esos hechos o fenómenos ocurrían siempre en el ámbito de lo real y a eso le puso un nombre, un gran nombre propio y con mayúsculas: HISTORIA. Así el que domina la historia, no solo se convierte en su principal protagonista, sino que de paso domina el MUNDO, también con todas las mayúsculas, que deja de esta manera de ser un mundo heredado y particular para convertirse en un mundo de propiedad colectiva. En esas estamos. Es un mundo en el que conviven la realidad y la ficción, las propias historias se confunden con la HISTORIA, y las noticias falsas con las verdaderas, en el que lo pequeño o irrelevante se equipara a lo más grande en su total relevancia, o en el que la vida humana contingente se cree con derecho de superponerse a lo permanente y eterno del mundo, en fin, un mundo en el que a la hora de su representación el arte se confunde con el artificio. 

A pocos kilómetros de Kassel, la bienal de Venecia incidía sobre lo mismo con la propuesta del británico Damien Hirst. Lo cuenta así un cronista, Alejandro Gándara, que se ha dado una vuelta por la ciudad de los canales. “La historia de la exposición va de un barco cargado con todos los tesoros de un rey que, camino de un nuevo reino, se fue a pique. La exposición muestra todos los tesoros recuperados tras años de investigación y de inmersión en el mar. Bien, uno acaba descubriendo que es todo falso. Ni existió el rey, ni el barco, ni los tesoros, ni el naufragio. Pero allí están las piezas, gigantescas, preciosas, delicadas y en definitiva asombrosas. El asunto ha costado 70 millones de libras. Dicho de otro modo: Hirst ha recolectado esa enorme cantidad de dinero para demostrar lo fácil que es persuadir de una historia falsa y, ya de paso, poner en la picota a una narrativa, la de la Historia, que quiere hacerse pasar por ciencia, cuando en realidad es mitología. De hecho, en cuanto tal relato es lo que sustituye cronológicamente al mito.”


Volviendo a Kassel y a Documenta 14, ¿el parlamento de los cuerpos era una advertencia contra la actual desidia con que se vive en Europa la democracia representativa? ¿O era más bien una representación de su acabamiento, siendo los cuerpos que oKupaban (con K mayúscula) de forma masiva los escaños tumbona, una avanzadilla y una representación del nuevo populismo twit de las redes sociales, que se postula así como la alternativa indiscutible al roñoso y anquilosado parlamentarismo elitista? El hombre del relativismo no parecía tener preocupación alguna respecto a estas disquisiciones, más bien disfrutaba de su escaño tumbona sumergido en lo que estuviera oyendo a través de sus auriculares. Duarte, afectada por el choque o desconcierto que aquellos cuerpos y aquellos escaños le producían, si lo comparaba con la impresión que acababa de tener con el templo de alambre, más que conmoverse con la instalación, se movía de forma inquieta entre los diferentes escaños tumbonas, a ver si las distintas formas que adoptaba su cuerpo al sentarse en ellos, repercutían con alguna sensación desconocida en algún pliegue de su alma. Viéndola moverse así, no se me ocurrió otra cosa que decirle, como medida de urgencia para calmar la incipiente ansiedad que observé reflejada en su rostro, que, ante el estado de las instalaciones que nos ofrece Documenta, menos mal que nosotros los españoles tenemos en nuestra tradición narrativa a dos personajes fundamentales - dos instalaciones en sí mismas, según el lenguaje de la muestra de Kassel - que en su momento dejaron sus experiencias por escrito. Me refiero, le dije, a Don Quijote y a Max Estrella. Si lo piensas bien, insistí, es un alivio y una ventaja, para seguir nuestro itinerario por los caminos a donde nos quiera llevar Documenta 14.

domingo, 15 de octubre de 2017

WHATSAPP Y EL CONOCIMIENTO

Por fin WhatsApp vale para algo más que para intercambiar datos y algoritmos de impacto inmediato, onomatopeyas, palabras, fotos y vídeos de dudosa comicidad, o de comicidad urgente. Por fin WhatsApp le da alojo al conocimiento que se imparte en la educación.

viernes, 13 de octubre de 2017

PARLAMENTO DE LOS CUERPOS

Únicamente le pido a la mente humana que sus contradicciones, sus atajos y sus urgencias no conviertan a sus propietarios en unos canallas irredentos. No es poco fardo ser pensionistas del mal, como dice Alexander Kluge, o ,dicho de otra manera, herederos hoy de una banalidad del mal que estamos obligados a administrar, no tanto para conseguir el bien, algo ya fuera de nuestro alcance, sino para que no vuelva a estar entre nosotros la presencia del Mal Absoluto, el que ahora sí, terror nuclear mediante, pude hacernos desaparecer del planeta como especie para siempre. A la tercera (guerra mundial) va la vencida. 

Esta especie de libelo, más propio de un francotirador que de un cronista de La Documenta 14, me surge de una asociación mental que ha ido cogiendo forma, y de la que ese libelo forma parte por supuesto, que hice nada más entrar en la sala donde se encontraba la instalación denominada parlamento de los cuerpos. La asociación tiene forma de sincronicidad interrogativa (perdón por la posible petulancia que se haya deslizado) a saber, ¿qué grado de acausalidad puede haber entre la primera instalación que visté, el Partenón de los libros prohibidos, y esta del parlamento de los cuerpos? Y subrayo el término de acausalidad para aludir, tal y como lo definió Carl Gustav Jung, “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal. Así pues, emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar. Para evitarse malentendidos lo diferenciaré del término sincronismo, que constituye la mera simultaneidad de dos sucesos”. Bien es verdad que tal experiencia de la sincronicidad me reconcilia provisionalmente - lo que al mismo tiempo me hace tomar conciencia de que no puede ser de otra manera - con el arte actual o contemporáneo, al conseguir liberarlo de la cárcel de matriz romántica en que muchos de sus predicadores lo tienen prisionero. Dejando así que sea lo que sea eso algo poderoso y misterioso, a partes iguales, que todo ser humano por el hecho de estar vivo - es decir, tener una vida finita e imperfecta en propiedad - alberga en su intimidad, pueda desplegarlo en el mundo que ha heredado y poder así crear una imagen propia del mismo para poder trasmitirla a sus herederos. No otra razón de ser tiene nuestra presencia en el mundo. Nada de lo cual se hace posible si nos abandonamos a la influencia de los autodenominados artistas. Entendiendo por ello a ese tipo de personas que se siguen relacionando con el Arte, en la medida de que lo escriben únicamente con mayúsculas. Es decir, en la medida que Arte ocupa el altar dejado vacante por Dios, y ellos son, como los apóstoles en la Edad Media, los nuevos evangelizadores de lo que aquel propugna. El que esta idea romántica y sus secuelas Post no hayan podido aniquilar eso algo poderoso y misterioso que todos llevamos dentro, y que se concreta en el templo del alambre que ha imaginado Duarte y mi sincronicidad en el parlamento de los cuerpos, me hace pensar que toda decepción, por muchas ganas que tengamos de entregarnos en sus brazos para a continuación darle candela al peor de los nihilismos, es algo que no pueda aprenderse de forma justificada, para, después, acogerla en nuestra sensibilidad como forma definitiva del sentido de nuestro postrero destino.  No quiero acabar esta entrada sin dejar de mencionar al señor del relativismo artístico y vital, que lo volví a ver en el parlamento de los cuerpos. Repantingado en uno de los escaños del parlamento, que tenían todos formas diversas de la imagen que se tiene de una hamaca o una tumbona, parecía, al igual que todos los demás que llenaban a rebosar el, digamos, hemiciclo corporal, haber encontrado su lugar en Documenta 14 y, por extension, en el mundo mundial. De nuevo me vino a la cabeza lo que Richard Ford dijo al comentar la novela Revolucionary Road de Richard Yates, sobre la clase media americana que vive en el extrarradio de las grandes metrópolis, y que son los mismos que se desplazan los fines de semana a ver la última exposición del museo de arte contemporáneo de la ciudad en cuestión. Dice Ford, al comentar ese estilo de vida, que esas personas buscan no tanto lo mejor como lo más cómodo. Tuve la sensación, viendo a aquellos cuerpos tumbados en su parlamento, de que no es que el mundo o el arte fueran relativos, sino que eran planos. Pues afuera el Partenón de los libros, que albergaba detrás del plástico que lo forraba, nos seguía recordando que todos habían sido prohibidos en algún momento de su existencia.

jueves, 12 de octubre de 2017

CHASMATA

El Guggenheim se convertirá en una ventana con miras a Marte. Un espectáculo sin precedentes que contará con la participación de la Agencia Espacial Europea (ESA) y que constituye uno de los platos fuertes del amplio programa que ha preparado para conmemorar su XX aniversario. Se trata de «Chasmata», un evento en el que arte contemporáneo y cosmos se darán la mano al son de las obras compuestas para la ocasión por Ángel Arranz y José López-Montes.

miércoles, 11 de octubre de 2017

DENSIDAD Y PESADEZ

Lo que me quedaba por ver de la Documenta 14 en la primera planta del Fridericiarum tenía una final muy..., en verdad no se qué calificativo usar al tratar con este tipo de instalaciones. Si me dejo guiar por las palabras de los comisarios de la muestra, que ayer imaginé al final de mi escrito, podría decir que era como una culminación democrática del racionalismo relativista que inspiraban las demás instalaciones de la planta. En cambio, si me dejaba guiar por el punto de vista que había adoptado Duarte, determinado por la concepción del arte como misterio y únicamente como misterio - lo cual no quiere decir que Duarte lo exprese así, llegado el caso - me atrevería a decir que el parlamento de los cuerpos - así se llamaba la última instalación de marras en la primera planta del Fridericiarum - era un lugar de descanso frente a ese misterio. Mejor dicho, un espacio para animarme a penetrar con más audacia en su interior. Hasta llegar ahí tuve que entrar en la sala del mineral - como la denominó Duarte en su diario. Consistía en un trampolín de hierro, o metal altamente magnético, y unas bolsas de carbón de las que emanaba una placa de hierro encuadrada, que se apoyaba por una de sus esquinas a la materia prima. Seguíamos dentro del ambiente de la primera revolución industrial, donde los materiales se caracterizaban por su pesadez y densidad. Duarte no dijo nada respecto a si entre aquellas dos instalaciones pudiera existir algún tipo de sincronicidad - palabra que según mis apuntes popularizó Carl Jung a partir de sus investigaciones con el subconsciente, y que es muy del gusto de los seguidores de los mundos paralelos o paranormales - o asociación mental con la de la estantería de los rollos de alambre, y si todas pudieran pertenecer a ese tempo que ella imaginaba. El señor del relativismo artístico - eso de que nada es verdad ni mentira todo depende del color del cristal con que se mira - que había conocido delante del templo del alambre, no estaba en la sala. Supongo que reaccionó de similar manera a la que tuvo cuando se puso delante de los maniquíes decapitados y de la estantería con los rollos de alambre. La ausencia del espectador relativista me hizo recordar un artículo de Félix de Azúa donde reflexionaba sobre el arte contemporáneo. En él decía - entre otras cosas interesantes - que el arte actual, heredero de la concepción romántica del Arte con mayúsculas como sustituto de la vacante de Dios, está determinado de un lado por una absoluta libertad y de otro por una total indiferencia. Nadie tiene que dar cuenta de nada, ya sea el que crea como el que mira. Azúa no menciona la palabra arbitrariedad, que yo si mencioné ayer, porque no quiere detectar la ultima decepción en esa deriva en que, a su entender, se encuentra el arte actual, sino, paradójicamente, las condiciones de posibilidad de lo que él llama las artes con minúscula. Dice: “hoy me parece ingenuo creer que la decepción sea cosa que pueda aprenderse. Después de tantos años sigo con el convencimiento de que los humanos escondemos algo extremadamente poderoso y desconocido bajo el nombre y la práctica de las artes. Solo con esa sospecha en bandolera puedo entender la presencia perfectamente viva de Homero o de Villon, de los frescos románicos y las naturalezas muertas de Chardin, de una canción anónima y de una danza renacentista, como si el tiempo no existiera. O mejor dicho, como si no existiera la Historia y los humanos fuéramos siempre él mismo humano, sucesivamente relatado, retratado, danzado, habitado...y vuelta a empezar y siempre el mismo retorno a lo idéntico.”

Detrás de las bolas de carbón, que más de un visitante intentó coger entre sus manos eludiendo la mirada de los vigilantes de la exposición, yo quise entender que para volver a tener la experiencia, o tenerla por primera vez, de lo pesado y denso en comparación a lo volátil y efímero de casi todo lo que tocamos y vemos ahora, detrás, decía, había un laberinto de espejos con multitud de esquinas. A la izquierda en una de las salidas, vi la primera instalación hecha con soporte del vídeo: un señor que se batea contra la pared, como si fuera él la pelota, una y otra vez, una y otra vez. Más adelante, unos cubículos cuadrados transparentes colgados como cuadros, conteniendo rizos de plástico, negros, grises y blancos, daban paso al parlamento de los cuerpos.

martes, 10 de octubre de 2017

LA OSTERIA

Según mis apuntes de wikipedia, en la Osteria no había nadie que se pareciera a alguno de los organizadores de la Documenta 14. Mi empeño en localizar a alguno de ellos, estaba fundamentado en una hipotética instalación que me bullía en la cabeza desde que empecé el recorrido delante del Partenón de los Libros. En una entrevista que había leído a uno de ellos, poco antes de viajar a Kassel, definía el arte contemporáneo como pensamiento antes que como una experiencia. No era la primera vez que oía definir de tal manera a lo que hoy se hace en el ámbito de la creación artística. Y la mayoría de las veces que la he oído o leído he tenido la sensación de asistir a una definición trampa. La instalación que imaginaba consistía en presentarnos, Duarte y un servidor, en la mesa donde estuvieran cenando el director artístico de la Documenta 14, el polaco Adam Szymczyk, junto al director de programas públicos el burgalés Paul Preciado, y preguntarles, yo disfrazado de almacenero industrial y Duarte de sacerdotisa de su templo de alambre, cual de los dos estaba más cerca de la esencia de la instalación de la estantería para rollos de alambre, que habían decidido que formara parte de la muestra quinquenal de la que ellos eran los principales responsables. 

Creo que fue Picasso quien dijo aquello de que yo no pinto lo que veo, sino lo que pienso, abriendo de esta manera la veda, sin entrar con esta expresión a juzgar la obra del pintor malagueño, de la arbitrariedad en el ámbito de la creatividad o de la expresividad. Algo que no debería haber sucedido, pues la creatividad o expresividad artística puede ser cualquier cosa menos arbitraria. Ciertamente, si las vanguardias se fundamentan en ese dictum picassiano, y todo el mundo es libre de pensar lo que quiera, en consecuencia, puede pintar lo que le venga en gana. Probablemente sin quererlo, o no, vete tú a saber, el padre del cubismo creyendo dar un paso más en la evolución del arte, pongamos, de su admirado Cezanne, lo metió para siempre a formar parte de los tejemanejes del mercado. Es así como tanto vale la opinión relativista de aquel señor bien intencionado, o mis dudas razonables, como la más esencial de Duarte, todos frente a la estantería con lo rollos de alambre. ¿Quien nos puede discutir que nuestras opiniones no son fruto de cómo pensamos? Por tanto al meter el arte en el ámbito del mercado, se convierte de paso a sus espectadores en consumidores o clientes, que a la larga son los que decidirán sobre el destino de las diferentes instalaciones de Documenta 14.

En vista de que ninguno de los organizadores aludidos se dejaba ver aquella noche por la Osteria, decidimos pedir la carta y quedarnos a cenar. La espera la habíamos acompañado de sendos risling blancos, pero para la cena cambiamos a cerveza Dunkel, de medio litro por supuesto. Duarte pidió unos espagueti a la carbonara y yo un rustimk con salsa de champiñones. Valía 19 €, lo cual, teniendo en cuenta el prestigio de la Osteria, me pareció adecuado. El precio de este plato, así lo hemos comprobado en muchos restaurantes alemanes, es el que define su categoría, y también te orienta en lo que va a costar al final la cena o la comida. Dado que la instalación que queríamos representar ante el burgalés y el polaco no iba a ser posible llevarla a cabo, imaginé cual habrían sido sus palabras de comisarios ante nuestra inesperada presencia. Más o menos habrían dicho algo parecido a esto: “la irrupción de los mass media en el terreno artístico ha llevado consigo la aparición de toda una serie de disciplinas teóricas a analizar el fenómeno. Se trata de la teoría de la comunicación, la teoría de la información, la cibernética. Ellas, junto a la influencia todavía del estructuralismo y otros ismos, tan en boga en los años sesenta, forman parte también de este background teórico en el que quedará localizado y al que alude el arte contemporáneo en sus diferentes manifestaciones. No en vano todo ello repercute en los artistas que hemos invitado y que exponen en Documenta 14. No porque sus obras sean, mecánicamente, un reflejo de tales ideas: el arte, por suerte, mantiene una especificidad no relegable a espejo de teoría. Pero si puede afirmarse una cierta influencia de esta amalgama de pensamientos y sus variantes.”

lunes, 9 de octubre de 2017

SIGNOS Y SÍMBOLOS EN DOCUMENTA

¿En que medida la estantería con los rollos de alambre son un signo, o son símbolos que llaman al espectador desde otra parte, pero que en Documenta aparece como un acontecimiento? Me comencé a hacer esta pregunta - y ya no me ha abandonado desde entonces - a partir de que Duarte me dijo que a medida que pasaban las horas, y al volver a recordar la instalación de la estantería con sus rollos de hilo metálico encima, la imaginaba en su conjunto como el templo del alambre. En ese momento estábamos cenando en la Osteria, una pizzería a la que alude Vila-Matas en su libro, donde se reunían algunos de los organizadores de la anterior edición de Documenta. En verdad fuimos allí, espoleados por su lectura, a ver si se daba la coincidencia de que nos sentáramos al lado de uno de estos tipos que, según la opinión de Duarte, deben ser ellos mismos una instalación andante. No tuvimos suerte, pues por allí no apareció ninguno de los que, según nuestras pesquisas, pudiera parecerse o ser alguno de los que había decidido aceptar la instalación del templo del alambre. Mi intención - ilusa de todas todas, como poco a poco voy aprendiendo - era que el supuesto organizador me aclarara, porque a mí aquella estantería me parecía transportada directamente desde cualquier almacén de venta de materiales metálicos, para entendernos, y Duarte la veía bajo ese aura mágica o inmanente que la convertía ante su mirada en un espacio sagrado de matriz industrial. La pregunta que quería hacerle al supuesto organizador de Documenta, y que evidentemente solo me puedo contestar yo, era si en la percepción de aquella instalación industrial tenía algo que ver el que yo hubiera estado trabajando entre estanterías y rollos de alambre durante muchos años y Duarte fuera la primera vez que estuviera tan cerca de una de ellas. O preguntado de otra manera, ¿en qué medida mi trato con semejantes objetos industriales, siempre hecho de una forma utilitarista y discursiva, me dificultaba sobre manera el acceso a una visión poética de los mismos. Mientras que Duarte, justo por todo lo contrario, accedía con naturalidad a su esencialidad, en el sentido que filosofía medieval daba al término y que a Oscar Wilde tanto le complacía al descubrir su vigencia en el ámbito de la percepción moderna. Nada más ver la estantería me identifiqué con su preexistencia en mi cabeza. Es como si me hubiera dicho a mi mismo, esto ya lo he visto en múltiples ocasiones en los primeros años de mi vida laboral, yo ya sé de que va esto. Y con ello diera por imposible tratar de poner en marcha cualquier otra perspectiva del asunto. Solo fui capaz de ver el signo. Al contrario, aquella estantería hizo que ante la mirada de Duarte apareciera un símbolo que le permitió desplegar una potencialidad oculta que ella tiene en su intimidad a la que le dio forma de templo. No tenía que ver con la utilidad, ni exigía nada que tuviera que ver con algún discurso demostrativo. Era más bien como le pasa al rayo que, oculto en la oscuridad de las nubes, está a la espera de convertirse en relámpago. Nada hay en ese estallido que haga intuir su existencia previa. Acontece y ya está. Duarte había extraído del signo de la secuencia mecanicista con que yo sólo alcanzaba a ver la estantería y sus rollos de alambre, el símbolo del templo que aparecía ante ella como pura imagen autónoma.

domingo, 8 de octubre de 2017

PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2017

Este año ha correspondió al autor británico Kazuo Ishiguro
Hace años leí su novela “Nunca me abandones”, que propuse para el club de lectura que por aquel entonces moderaba. ¿Como decirlo? Interpela, si se dejan, a aquellos padres y profesores que tienen hijos y alumnos, que han traído al mundo y se les han colado en el aula respectivamente. Y a estos hijos y alumnos que teniéndolos a su lado no ven a aquellos padres ni a aquellos profesores. Solo se ven a sí mismos. Ya veis, parece mentira, tan educados como parecemos. También interpela, como no, a los que, ni siendo padres ni profesores, vemos estas Arcadias Familiares y Educativas (trasuntas todas del internado de Hailsham) y nos encogemos de hombros. Esto es lo que hay. En fin, la corrosión del carácter occidental bienpensante y del bienestar, que avanza de forma decidida y despreocupada hacia su “terrorífico” destino final.

sábado, 7 de octubre de 2017

UN PLACER ARCAICO

“Pasear al perro, hacer la compra o tumbarte en el sofá mientras te cuentan una novela con una voz bien empacada, llena de matices expresivos. Es, en parte, el regreso al placer arcaico de penetrar en una historia a través de las palabras de un narrador. Ese viaje al pasado con tecnología del presente es lo que se proponen desde Storytel, el Netflix de los audiolibros.”

viernes, 6 de octubre de 2017

LO EXTRAÑO QUE HAY EN LO HABITUAL

Ahora que estoy haciendo la crónica de mi visita a Kassel y a su muestra quinquenal del arte que se está haciendo en estos momentos en el mundo, las palabras de aquel señor delante de la estantería con rollos de alambre me trajo a la cabeza, ya camino de la siguiente instalación, una idea o lo que sea que repito y me repito pues pienso que no deja de tener su influencia, más inconsciente que conscientemente, en las maneras con que vivimos nuestro presente y, en consecuencia, en su manera de acercarnos a sus diferentes formas de representarlo. Es aquella que sostiene que las grandes catástrofes de 1945, no solo acabaron para siempre con la idea tradicional o clásica de estar en el mundo y contemplar sus representaciones, sino que , y es lo más importante, inauguraron la que en estos momentos nos encontramos que, sin embargo, no tiene la suficiente fuerza como parar hacernos olvidar a aquella. Es como quien se niega numantinamente a aceptar la muerte de un ser querido y está decidido a vivir el resto de sus días zapateando sobre su tumba. 

Convengamos que los desastres de 1945 no solamente fueron la culminación sangrienta, como nunca antes había vivido la humanidad, de una ceremonia que había comenzado con todas las ilusiones de emancipación doscientos años antes, ignorante, claro está, de que aquellas ilusiones acabarían en tan colosal tragedia, sino que al mismo tiempo dibujaron un horizonte en el que figura celestial de Dios fue sustituida por la del Terrór Nuclear, así también con mayúsculas. A mi me gusta denominar a este giro como el triunfo del diablo, aplazado en el imaginario de nuestra cultura judeocristiana desde que Adan y Eva fueron expulsados del paraíso justamente debido a la artera mediación de Lucifer. Dijo, entonces, volveré, y ha vuelto. 

Frente a este panorama, y vuelvo a lo que vengo contando, la belleza tradicional y clásica que, antes de los desastres de 1945, desconocía, digámoslo así para entendernos, los bajos fondos de nuestra naturaleza humana, representaba con acierto esa idea del mundo en la que pasara lo que pasara y nos comportáramos como lo hiciéramos, al final la bondad infinita de Dios perdonaría todos nuestros pecados y desvaríos. Sin embargo, la belleza radical que ya he mencionado y que mueve estas crónicas, está inspirada por lo que significa el triunfo del diablo en el mundo, digámoslo también así para seguir entendiéndonos, y sugiere la existencia de un orden oculto e ininteligible del universo. De repente, ya no vemos el mundo iluminado por de la luz de Dios, que nos ofrecía todas las garantías de visibilidad necesaria, sino a través de un velo, que nos trasmite todas las sospechas y distorsiones sobre lo que creemos estar viendo. Pero como el imperativo de la vida es sobrevivir, ya sea caminando hacia el paraíso soñado o sobre la ruinas realmente existentes, esa supervivencia, como dijo Henry Bergson, “implica aceptar sólo el lado utilitario de las cosas para responder a ellas mediante las reacciones apropiadas; todas las demás impresiones resultan atenuadas, o llegan a nosotros de una forma vaga y borrosa. En pocas palabras, no vemos las cosas mismas, sino que la mayor parte del tiempo nos limitamos a leer sus etiquetas.”  A lo mejor se referían a eso las palabras de aquel visitante auto complacido que he mencionado antes. Pues nuestro lenguaje habitual o improvisado, del que normalmente no nos hacemos cargo o lo hacemos para satisfacer intereses utilitarios de tipo profesional, familiar, social, etc. - donde se incuba y desarrolla el hablar por hablar dominante -, como también dice el filósofo francés, contribuye a ese tipo de ceguera que tenemos delante de lo que no es evidente, o invisible, ya que se refiere siempre a lo general o consensuado, nunca a lo particular y específico. 


De todas maneras - Duarte ya me había advertido - que pasara lo pasara delante de cada instalación, tomáramos buena nota para volver a intentarlo de nuevo. Pues el arte que se hace en la actualidad, si soy mínimamente coherente con lo que hoy he dicho, ya no persigue, como antaño, el modelo ideal de las cosas sino su manifestación inmediata que es lo único que existe verdaderamente en la experiencia. Y ésta es la que requiere de ese tiempo y ese espacio, y de ese lenguaje, que no son los habituales de las conversaciones habituales.

jueves, 5 de octubre de 2017

ENTRE EL ALMA Y LA MERCANCÍA

María Zambrano en las primeras páginas de su libro Hacia un Saber del alma, dice: “cada época se justifica ante la historia por le encuentro de una verdad que alcanza claridad en ella”. ¿Cual es esa verdad en la época en que vivimos? ¿Cómo se manifiesta y de qué manera lo notamos? ¿Esa claridad a la que alude Zambrano tiene que ver únicamente con lo visible? ¿O más bien se aloja en eso que llamamos alma, que no deja de ser el atributo esencial del ser humano, desde donde sentimos y conocemos? Estas meditaciones me acompañan desde que decidí que el arte actual no me fuera, digamos, indiferente. Utilizo este calificativo porque no sé si la expresión más acertada es prestarle atención. No en balde la mayoría de las ciudades medianas y grandes tienen entre sus ofertas culturales a quienes las visitan - utilizo la denominación más habitual - un inevitable museo de arte contemporáneo, que normalmente lo publicitan como la joya de la Corona municipal. Como turista obediente cuentan siempre con mi visita. Es así como, en parte, he ido aprendiendo el papel que juega el alma humana, o la mía más en concreto, en un mundo de matriz mercantil materialista, que gusta llamarse así mismo con orgullo, y en cabal correspondencia, laico y descreído, pero que con el paso de los años acumula una ansiedad y un malestar creciente, que no sabemos si achacarlo a algo que hemos perdido o a lo que esperamos para sustituirlo pero que no llega. El caso es que con lo que manejamos en esa república mercantil materialista parece que no es suficiente. 


A lo que me refiero, por ejemplo, es que delante de los maniquíes guillotinados, tal y como conté en el escrito de ayer, sentí la presencia de ese algo que llamo alma, y que acabó por envolvernos a ellos y mi bajo su influencia, pero unos metros más allá, siguiendo la flecha de la exposición, me quedé delante de una ausencia total de empatía, o la huida repentina y sin previo aviso de ese sentimiento anímico que hacia un minuto había experimentado con intensidad, al ponerme frente a la siguiente instalación. Que estaba allí como si hubiesen elegido una estantería llena de rollos de cable de acero de la fábrica donde yo trabajé en mi juventud, y la hubiese transportado sin más hasta el lugar que ocupaba en la sala del Fridericiarum. ¿Cómo era posible, me pregunté, que la estantería se hubiera comido a los maniquíes guillotinados en cuestión de segundos? Uno que estaba a mi lado le dijo lleno de autocomplacencia a quien le acompañaba - según tradujo Duarte - así es el arte contemporáneo. Sea eso que sea el alma, ¿es una mercancía más? De repente, sentí como si aquel tipo me hubiera robado la mía. Luego, continuó el que estaba a mi lado, hay productos artísticos que gustan y los hay que no. Cada producto tiene sus clientes, dijo antes de poner rumbo hacia la siguiente instalación. Entonces, me pregunto, ¿tienen razón quienes dicen que Documenta es un mercado quinquenal de diferentes chatarrerías, bajo el paraguas agónico del último arte? Un quinquenio más por favor, dadnos uno más, parecen reclamar sus organizadores a los visitantes.

miércoles, 4 de octubre de 2017

INTEGRIDAD, CONSONANCIA Y CLARIDAD

Nada más abandonar el vestíbulo donde se encontraba el caledoscopio me encontré con un grupo de maniquíes vestidos con trajes austeros y desprovistos de cabeza que enfocaban su posición - no podían enfocar su vista pues carecían biológicamente de ella, fue lo primero que dije para mis adentros - hacia un centro donde se dibujaba un juego de saltos de cuyo nombre ahora no me acuerdo. La instalación - ya habrás podido deducir que es el nombre que se utiliza en la jerga de Documenta para nombrar a la mayoría de las piezas que allí se exhiben - atrajo mi atención de inmediato y la de algún que otro de los visitantes que en ese momento pululaban a su alrededor. Duarte desenfundó la cámara de fotos y empezó a escudriñar cual podría ser el mejor enfoque para captar el alma de aquellos cuerpo decapitados. Segundos antes me había comentado, acercándose a mi oído, que le parecían cuerpos sin alma, lo que a su vez la convirtió en parte añadida de la instalación cuando se dispuso con la cámara en bandolera a captar tan fundamental carencia. En ese momento intuí lo que dije en el anterior escrito: aquello estaba sin acabar. Y no porque su autor no hubiera llegado a tiempo y lo hubiera colocado tal y como se encontraba en su taller o estudio. Sencillamente estaba sin acabar porque no podía hacerlo. 

Hubo un tiempo no muy lejano en que se veía al mundo como un problema matemático que, como tal, debía de tener una solución, y si no era así es que no era un problema. Era un tiempo de optimismo generalizado en el que campeaba por sus fueros, y de forma excluyente, la racionalidad físico matemática. O dicho de otra manera, cualquier obra humana lleva inserta la exactitud como sinónimo de estar acabada, de que no se le podía añadir ni quitar nada más. Todo lo que cayese fuera del foco de esta visión del mundo, se podía decir que no existía. La belleza radical, que he mencionado como aspiración de todo arte en cualquier tiempo y lugar, vivió así oculta bajo el imperativo de la causa y el efecto, del problema y su solución, ligados fundamentalmente a satisfacer las necesidades presentes y futuras de la autoconservación y reproducción de la especie.  Sin embargo, lo que yo observaba delante de aquellos cuerpos guillotinados era un ritmo inesperado y discordante. Lo mirase como lo mirase no le veía reglas preestablecidas. Me atrevo a decir que, contra mi propia voluntad en el momento que los contemplaba, a aquellos cuerpos sin alma, por seguir con la tesis de Duarte, me trasmitían integridad, consonancia y claridad. Había algo que resplandecía dentro de cada uno de ellos y entre lo que los unía. Eso que la filosofía medieval denominó la esencialidad de las cosas. De repente, me sentí bien uniendo el siglo XXI con la Edad Media. ¿No será nuestra alma lo que hay que meter en esta instalación para que esté definitivamente acabada?, le pregunté a Duarte en el momento que se decidía a hacer su primer click con la cámara.

martes, 3 de octubre de 2017

LO BELLO ES SIEMPRE RARO

Con el paso de los días voy alcanzando a entender que mi resistencia al caledoscopio que he mencionado en la entrada anterior puede que tenga que ver con la idea, que los vanguardistas tratan de imponer a los demás, de que el verdadero arte solo es el que ellos producen, pues es superador del arte anterior o antiguo. No debemos olvidar que el concepto de vanguardia artística es inseparable del de vanguardia política, y ambos del concepto histórico de progreso ilimitado de la humanidad como su único y verdadero destino. No hay que insistir mucho para llegar a la conclusión del uso perverso que los vanguardistas, tanto los políticos como los artísticos en estrecha alianza, han hecho del tiempo y del espacio, apropiándose de los dos en su propio beneficio. Cuando vi a Duarte y a los visitantes del Fridericiarum disfrutar debajo y al ritmo del baile de colores del caledoscopio me alegré en un triple sentido. Primero por ver cómo recuperaban el dominio sobre su espacio y su tiempo. Fuera lo que fuera lo que les hizo disfrutar debajo de aquella instalación colorista, me trasmitieron la sensación de que tenía que ver con el estado de sus conciencias, las cuales, como todas las conciencias, no entienden solo de futuro utilitarista sino, y sobre todo, de la inutilidad necesaria del pasado y de su anhelo de eternidad. En segundo lugar, me complació ver naufragar ante aquella presencia multiforme y multicolorista la obsesión de algunos vanguardistas que con tal de no mirar hacia atras, o trabajar con retrovisor como decía Baudelaire, son capaces de hacer pasar por obras de arte las mayores imposturas, de las cuales a buen seguro me iba a encontrar alguna que otra pieza en mi recorrido por Documenta. Y en tercer lugar, y como una síntesis de las dos anteriores, comprendí algo, o tuve su experiencia in situ, que me rondaba en la cabeza desde hace tiempo, a saber, que el verdadero arte no empieza con los movimientos vanguardistas de principios del siglo XX, ni se encuentra solo en Kassel cada cinco años. La belleza radical que mencioné ayer, desde las pinturas de la cueva de Chauvet hace 35000 años hasta la Documenta de Kassel de este año, siempre ha sido el objetivo de la genuina creación artística.

Había llegado a un claro del bosque, pero la oscuridad que me rodeaba a partir de la poca luz que había conseguido era más espesa si cabía. Pues distinguir esa belleza radical que pudiera haber en cada una de las piezas o instalaciones que me esperaban en el recorrido, entre las imposturas de los falsos vanguardistas y la belleza convencional de lo ya visto, era una tarea difícil, pero me di cuenta que esa era la llamada que hacía Documenta a sus visitantes. Y, por tanto, ese era su valor. Para entendernos, Documenta no es algo semejante a una antológica de Velázquez o de Picasso. Es una experiencia que no sabes lo que es hasta que no te sumerges de lleno entre sus espacios, calles y vericuetos. Y aun así, al contrario de las antológicas de Velázquez o Picasso que son obras ya hechas y bendecidas por el canon de lo que debe de ser, en Documenta parece que todo está a medio hacer, mejor dicho, que todo se está haciendo en el momento que lo estas viendo y, por tanto, no tienes ninguna garantía de nada que tenga que ver con la satisfacción inmediata que sabemos nos ofrecen aquellas. Lo que quiero decir queda bien representado en una cita de Goethe, que Vila-Matas menciona en su libro aludido, Kassel no invita a la lógica. Dice así el bardo alemán: “todo está ahí fuera, y yo no soy nada”. A lo que yo añado, ese debe ser mi trabajo, ser alguien. Con lo que veo y con quienes me ven. En Kassel la belleza iba a aparecer en forma de rareza, o con esa sensación, no muy diferente,  me permito imaginar, de la que tuvieron los cazadores que vieron por primera vez las pinturas que pintó su colega en el fondo de las cuevas de Chauvet. O de la apabullante y gloriosa impresión que debieron sentir los campesinos de Amiens el día que los invitaron, allá por el siglo XII, a la inauguración de la catedral gótica de su ciudad. 

lunes, 2 de octubre de 2017

LO INVISIBLE Y LO VISIBLE

Cuando me pongo delante de lo último que se hace en el arte actual a lo primero que me enfrento, sin poderlo evitar, es a la idea que tengo de belleza. Y pienso que es deshonesto decir que la idea de belleza heredada no cuenta en absoluto. Pasa lo mismo que con el asunto de la física cuántica enfrentada como su superación a la física newtoniana, que no deja de ser un correlato del de la belleza vanguardista enfrentada como su superación a la belleza tradicional o clásica. De forma resumida, lo cuántico se da en lo micro, lo invisible, pero lo newtoniano se sigue dando en lo macro, es decir, en lo visible de la experiencia de cada día. Y en esa experiencia de cada día pedimos, más aún, exigimos armonía, simetría en fin, orden. Entonces podría decir que el arte vanguardista sería algo así como lo invisible que hay en lo visible. 

Anhelamos existir, creo que ya lo he dicho en más de alguna ocasión, entre la hermosura, la bondad, la densidad, la autoridad, la capacidad de conexión, la conclusión, la resolución, la percepción, la variedad, la grandeza. Lo que ocurre, sin embargo, es que hay que pegar mucho la oreja y el ojo, y en el mundo sordo y ciego en que vivimos, debido al estrepitoso ruido ambiente y al enjambre de imágenes que vomita cada día, con lo que se envuelve y se disfraza, no es nada fácil. Es decir, nuestro estilo de vida, paradójicamente, se ha hecho feo e inteligible y ha ocultado o hecho desaparecer lo que más queremos tener nuestro lado cada día: la belleza. A partir de aquí comienza el desconcierto que solemos mostrar delante de las obras del arte actual que, anticipándose a nuestros estilo de vida del presente - por eso se autodenominan vanguardistas - iniciaron a principios del siglo XX la rebelión contra la belleza clásica o tradicional. Si son capaces de producir obras de arte de una fuerza innegable, es porque las han llevado a cabo en nombre de la belleza misma, si bien de un modo más amplio. Una clase de belleza que abarca lo caótico, lo asimétrico, lo fragmentario, el desorden. Justo como la percepción que tenemos del mundo donde vivimos cotidianamente, y que tanto nos indigna produciendo la asfixiante marea de ansiedad  y malestar mental que nos invade. Una belleza, dicen los defensores de la necesidad de estos tipos de expresión creativa, radical, entendido este calificativo en su sentido etimológico del latín: raíz. Una belleza, para entendernos, que estaba ahí desde siempre y que aparece, por intervención del artista como una revelación, o caída del falso velo que habían formado las convenciones e intereses de tantos siglos de uso y abuso de tales formas de belleza. A mí esta forma de entender lo nuevo me resulta más interesante que la que tiene matriz romántica, pesentándonos al artista como un genio o un elegido, dotado con unas cualidades sobre humanas. No está de más caminar con esta dos muletas por cualquier exposición y muestra de arte actual, mejor que contratar a un filósofo de instituto o universidad. Así lo hice cuando, después de abandonar al Partenón de los libros, me adentré en el Fridericiarum, tras pasar a dejar los macutos. Y, como dice Duarte en su diario de ruta, empezamos a ver sin sentido, unas luces de ciclones que con formas caleidoscópicas se reflejaban en el visitante para captarlo como parte de la obra. “Le da color con formas”, me dijo. Lo cual no supe que me quiso contar con lo me dijo, prueba evidente, pensé, de que Duarte ya había logrado entrar en esta primera instalación que recibe al visitante, mientras yo me quedé a su lado pero muy distante del caledoscopio gigante, dirimiendo a nivel teórico - luego fui aprendiendo que ese no era un camino acertado, ni la posición idónea desde donde mirar - si aquello era o no era bello. El resto de los visitantes con los que coincidimos se dejaron llevar y entraron de lleno en la propuesta lumínica. Las luces al reflejarse sobre los cuerpos, ahora que lo recuerdo con más detenimiento, los transformaban en algo diferente, lo cual forma parte también, al lado de la armonía, el orden y la simetría clásicos, de esa otra forma de la belleza que Baudelaire calificó convulsa, con serenidad y lucidez, antes de las convulsiones un tanto histéricas de las vanguardias. La belleza convulsa si hace más entendible lo que realmente se oculta debajo de la belleza clásica. Hace más visible el velo que las separa y su necesidad de desvelamiento, olvidándose de ese estorbo que siempre acompaña al espectador o lector de las obras de arte: el genio de sus autores. 

jueves, 28 de septiembre de 2017

OCURRENCIA O DESTINO

En algún sitio he leído que el ser humano es el ser defectuoso que produce cultura, pues al carecer de instinto se siente desprotegido. En efecto, qué haríamos nosotros sin los suplementos culturales del fin de semana, con sus innumerables ofertas culturales de todo tipo, que haríamos sin las antológicas que de vez en cuando se inventan los gestores culturales para hacer caja y de paso recuperar ese hábit,o tan del gusto del hombre masa, de hacer colas interminables, que haríamos sin las bienales, o sin los festivales anuales de cine, independiente por supuesto. Moriríamos de más aburrimiento, sin cabe. 

No me vi de forma inevitable arrastrado hacia el pasado glorioso helénico, mientras paseaba entre los andamios que sujetaban el Partenón de Minujín. No me conmoví ante la cantidad de libros que la autora argentina había encarcelado entre plásticos, a la espera de su liberación en la fiesta final - el espectáculo otra vez, como no - de clausura de Documenta 14. La cual consistía en que cualquier visitante podía ese día acercarse al Partenón de los libros y, rasgando el plástico transparente que los aprisionaba, llevarse los libros, otrora prohibidos, que desease. Semejante acción convertía al sujeto en cuestión en un heroico libertador en un doble sentido. Por una parte, liberaba al libro de su cárcel plastificada en el templo fundacional de la democracia, un símbolo demasiado forzado en la construcción o búsqueda de la ambigüedad y paradoja, que me hizo difícil asimilar su contraposición a la oscura y cruel prohibición verdadera que esos libros y sus autores padecieron en el pasado, y, por otro, el visitante se libraba así mismo de ser un vulgar consumidor de libros en el mercado editorial. Siguiendo a Chus Martínez, el pensamiento que se desprendía de todo ello me pareció cogido con pinzas, de tal modo que en cuanto hiciera un poco de viento se convertía todo en una ocurrencia. Pues este es el peligro que corren muchos de los autores del llamado arte contemporáneo, que, al abandonar la mimesis de la obra del Creador Divino, se han dedicado a imitar, cuando no copiar directamente, a la de los creadores humanos que decidieron aquel abandono a principios del siglo XX. Resumiendo. Duarte desde que lo vio nada más llegar a la plaza de Federico, no fue capaz de encontrar la empatía necesaria para adentrarse en el Partenón de los libros y disfrutar con lo que allí sucedía. Son los andamios al aire libre, me dijo. Esas estructuras de hierro, como las que sujetan los edificios declarados por las autoridades en ruinas, son las que me molestan. No me aclaró si a sus sentimientos o a sus pensamientos. La imagen de un edificio en ruinas me detuvo, justo antes de que decidiera que todo aquello era una ocurrencia de Minujín imitando la originaria decisión de Duchamp, cuando dijo al mundo que su urinario era inútil para mear, aunque nos podía cambiar la vida si lo veíamos como un obra de arte. Una decisión que desplazó la creatividad hacia un territorio lleno de minas, o de trampas, en tanto en cuenta allí solo mandaba la arbitrariedad del ego humano. O dicho de otra manera, nos olvidamos con esa decisión humana, mejor dicho, con los oportunistas que la convirtieron en decisión divina, de algo que no debimos hacer nunca, a saber, que somos la única especie que puede darse el lujo de reconocer su propia irrelevancia en el cosmos. Ese es y ha sido siempre nuestro verdadero destino.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

PARTENÓN DE LOS LIBROS

El viaje en tren de Frankfurt a Kassel duró un par de horas. Tiempo más que suficiente para ir calentando motores. Es decir, para decidirme entre sí el arte es esencialmente pensamiento, como dice Chus Martínez, una de la comisarías de la Documenta 13 en la que se inspira la novela de Vila-Matas que vengo aludiendo “Kassel no invita a la lógica”; o más bien el arte es experiencia con el lenguaje, o dicho de otra manera, el arte es sentir el sentido de lo que previamente sientes. El arte o el goce estético es sentimiento. La creatividad o la imaginación humana son fenómenos de nuestra subjetividad, no un subrayado especial o excepcional de la subjetividad misma. A lo que me refiero es que así como la necesidad alimentaria surge para llenar la andorga vacía, la necesidad creativa no surge, como pudiera deducirse mecánicamente, para llenar el ego eternamente insatisfecho, diciendo lo listo o lo sensible que somos, sino para encontrarse con el otro y lo otro. Creatividad y alteridad son dos caras de la misma moneda, que juntas instituyen y constituyen eso que sea la subjetividad. El goce estético del arte es, por tanto, comunitario porque, paradójicamente, necesita al otro para llegar a su plenitud. No solo con la esperanza de que el otro haya disfrutado, sino, y sobre todo, para comprobar su perspectiva y alcance, que acabara por determinar la propia. Ya sé que esta forma de ver lo creativo choca frontalmente contra el subjetivismo militantes y campanudo del llamado arte contemporáneo que, como he dicho, a mí me gusta más llamarlo arte actual o arte que se está haciendo y anunciando en el presente. Su hipotética contemporaneidad es algo posterior y surge de la relación que mantenga el receptor con la obra, surge de su propia capacidad creativa que la tiene sin ninguna duda, aunque los medios de comunicación no le presenten ninguna atención. En el arte actual el artista va por delante de su obra. Duchamp fue el inventor de este giro hermeneútico. Un artista es quien dice que es artista. Nunca se me olvidará la anécdota en la que una conocida mía se convirtió de la noche a la mañana en artista. Su formación es la de una diseñadora gráfica. Pero su carácter es el de alguien, como suele pasar en estos casos, que tiene más ambición de notoriedad que talento. Como puedes deducir, en estos tiempos de hiperegolatría, estamos ante una bomba de relojería sin seguro, de esas que estallan cuando las miras. Dicho y hecho. Un día cualquiera, sin previo aviso, la diseñadora gráfica, siguiendo el mandato de Duchamp, explotó y se convirtió en una artista conceptual.  Y, como no, me invitó a su primera exposición con filósofo de la historia incorporado, como mandan los cánones de este tipo de encuentros. Ni que decir tiene que lo importante de la exposición no fueron las obras, por lo demás meros estándares de lo muchas veces visto en los museos de este tipo de arte, sino la presentación en sociedad de la artista que no quería seguir siendo diseñadora gráfica. Lo que sucedió estuvo acompañado por el hilo musical de fondo de la sociedad del “nada a largo plazo”. A la diseñadora le pasó lo mismo que quien dice que no se va a pasar toda la vida de panadero, o de médico de cabecera, o de maestro de escuela. Que el panadero o el médico o el maestro no decidan dar el salto y convertirse en artistas, es un misterio, supongo, de la propia lógica del artisteo. En fin.  

El caso fue que una vez que nos instalamos en la casa que iba a ser nuestro hogar en Kassel, durante los dos días que íbamos a observar y ser observados en la Documenta 14, Duarte me preguntó, después de comprar los tickets y el plano de la magna exposición, ¿por dónde empezamos? Sin dudarlo mucho le contesté que, según mi parecer, podíamos iniciar el periplo en la instalación central de la muestra, de Marta Minujín, titulada  “Partenón de los libros”, que se encontraba situada en la plaza de Federico. La pieza era una réplica de la grandiosa estructura del Partenón ateniense, que la autora argentina había cubierto de decenas de miles de libros prohibidos. Se levantaba, apoyada en entramado de andamios visibles, en la plaza en la que los nazis quemaron montañas de volúmenes en 1933. Según la autora pretendía ser un símbolo de la persecución cultural. No era una obra acabada, sino una obra en construcción, a la espera de que los visitantes dejaran ejemplares de libros censurados a lo largo de la historia o prohibidos aún hoy día en distintas partes del mundo.

martes, 26 de septiembre de 2017

MAINHATTAN

Mientras desayunamos en el albergue de Frankfurt, Duarte me enseña lo que ha subrayado en el libro de Vila-Matas. Es una cita de Goethe, cuya casa natal en la ciudad del euro, cerca de donde hemos dormido, visitaremos al final del viaje a través de la Ruta Romántica. Dice así: “todo está ahí, y yo no soy nada; ese es mi trabajo.” Duarte es muy dada a ponerme enfrente de estos dilemas existenciales. Normalmente elige el final del día, debe ser, pienso yo, porque esa falta de luz evidente hace mas luminosas las tinieblas de la noche. El caso fue que me lo dijo momentos antes de coger el tren para Kassel, donde nos esperaba la Documenta 14. La frase de Goethe, uno de los últimos hombres que tenía el mundo en su cabeza, me pareció una buena compañía para la entrada a la muestra de arte contemporáneo. Pues quienes hoy habitamos en el siglo XXI, el siglo de la técnica y lo práctico evidejnte, el siglo de “es lo que hay” y “eso no es mi problema”, el siglo del aburrimiento debido al culto fanático a la máxima transparencia, el siglo, en fin, en el que a duras a penas sabemos ver en un trozo de queso algo más que una comida. Y es que la cultura de masas no nos invita, mediante su agresiva propaganda, a abandonar la lógica de atender las necesidades inmediatas - comernos el queso - y dedicarnos a una resistencia creativa, en la que nuestra mente adquiera una segunda visión de las cosas. Por ejemplo, ver en el trozo de queso un regalo o un pisapapeles. Muy al contrario, la  propaganda cultural oficial penaliza los desvíos no previstos como una actividad superflua, cuando no directamente peligrosa para nuestra supervivencia de consumidores.

Llegamos a la estación dos minutos antes de que saliera el tren para Kassel. En estos albergues multiculturales es fácil distraerse con la variedad de personas y situaciones cuya presencia se hacen y se deshacen en un abrir y cerrar de ojos. Puede parecer un tópico, pero aquí yo siempre veo lo contrario de la evidencia. Veo las infinitas posibilidades que ofrecen las personas y las cosas de ser vistas de otra manera. Duarte entabló una conversación con una francesa, que estaba en Frankfurt preparando su estancia para el curso que viene. Y se le fue el reloj a las nubes. Según me dijo Duarte pretendía trabajar de becaria, o lo que a eso se pareciera, en el Banco Central Europeo. Era economista y el euro como moneda única y, sobre todo, como símbolo de la Unión Europea era su asunto de estudio. Me complació escuchar estas palabras. A pocas horas de iniciar mi visita a la Documenta 14 entendí, de repente, lo que siempre había intuido sobre la creación del euro. Después de siglos de luchas civiles entre los ciudadanos europeos, el euro me parecía un acontecimiento. Un feliz acontecimiento, sin aparente connotación histórica que determinase un antes y un después. Por ello, la escultura que preside el centro de los negocios de Frankfurt, que desde los puentes sobre el Main forman la famosa línea del cielo de Mainhattan, decidí que era la primera instalación o escultura de Documenta. Su puerta de entrada permanente.

lunes, 25 de septiembre de 2017

LOS VERRACOS VETONES

Nada más llegar al hotel de Frankfurt de Main, Duarte recibió un correo de un familiar donde le mostraba en una foto adjunta dos fotos de sendos toros, para entendernos, similares a los muy conocidos toros de Guisando. Le pregunté si había adjuntado a la foto algún comentario. Me contestó extrañada que su primo - esa era la relación parental que tenían - le había escrito: fíjate que hermosura. Únicamente esas palabras. Miré la foto de los verracos con detenimiento y, efectivamente, me parecieron hermosos. Pero, además, puestos ahí, en medio de la plaza del pueblo, sobreponiéndose desde su remoto pasado a la ocurrencia, o a la honesta intención (vete tú a saber), del munícipe de turno o de algún vecino influyente, me trasmitieron misterio, densidad, autoridad resolutiva, intensa percepción, capacidad de conexión desde un tiempo tan lejano, en fin, me hicieron sentir que tenían un valor fuera de toda medición propia del mercado. Sencillamente estaban allí en la pantalla como una aparición inesperada. Dejamos las alforjas tal y como las habíamos traído empaquetadas, para que pudieran pasar los protocolos de peso del embarque, y salimos corriendo a cenar algo antes de que cerraran el último restaurante o chiringuito. De nuevo maldije en voz baja, para que Duarte no me escuchara, por el retraso de salida en el inicio del viaje. Duarte es una eficiente agencia de viajes en sí misma, y no se merece mis quejas histéricas a cuenta de los imponderables de la circulación aérea, de los que no tiene por qué hacerse responsable. Así que me concentré en la foto de los verracos que le había enviado su primo y le pregunté desde cuando ella conocía este tipo de esculturas, si es que se le podían llamar así. Yo ya le había oído decir que los verracos le eran familiares desde que tenía uso de razón, que más o menos coincidía con la época que más tiempo visitó el pueblo y sus alrededores. Mientras nos comíamos unas salchichas, como no, de Frankfurt, acompañadas de una cerveza dunkel, como no, de medio litro, Duarte me comentó que esas figuras de piedra son bastantes comunes por aquellos parajes de Ávila. Al parecer, según las últimas investigaciones arqueológicas y antropológicas, pertenecen a la cultura de los vetones, un pueblo prerrománico que habitó esta zona de la península y parte de la lusitania, lo que hoy es Portugal. Según Duarte me iba dando detalles de su infancia en compañía de tan hermosos y misteriosos hallazgos, yo iba asociando sus palabras con el hallazgo del monolito que hace el homínido de Kubrick en su película “2001, odisea del espacio” y, sobre todo, con las no menos hermosas y misteriosas palabras que pronunció Aleksander Solzhenitsyn durante la entrega del premio Nobel que le concedió la Academia sueca. Dice así el escritor ruso:
Así mismo nosotros, teniendo el arte en nuestras manos, creemos confiados ser su dueño; y con toda osadía, lo dirigimos, lo renovamos, lo reformamos y lo exponemos; lo vendemos a cambio de dinero, lo utilizamos para complacer a los que ostentan el poder; a veces buscamos en él la diversión (…) y en otras ocasiones (…) lo usamos para servir a las necesidades pasajeras de nuestros políticos y con fines sociales estrechos de miras. Pero el arte no se envilece a causa de nuestros actos, ni tampoco se aleja nunca de su auténtica naturaleza, sino que en cada ocasión y en cada uso que hacemos de él nos cede una parte de su secreta luminosidad interior.”

Si los verracos vetones habían aguantado todo el envilecimiento humano que nos sea posible imaginar a los largo de tantos años de Historia, me pareció oportuno pensar que en Documenta podían aparecer, como en los campos de Ávila, instalaciones o esculturas que supieran sobreponerse a esa característica tan humana del envilecimiento de todo lo que mira y todo lo que toca. En fin, el envilecimiento de todo lo que siente. Documenta, dicen sus instigadores, surge cada cinco años allí en medio de Alemania,  donde ocurrió lo que no tenía que haber sucedido hace ochenta años, para dar cobijo a lo mejor que seamos capaces de imaginar, a nuestro pesar por tan macabra herencia, desde entonces.