lunes, 21 de agosto de 2017

EL MITO Y LO NUEVO

Decía que la necesidad es la condición de posibilidad de lo existente. Es un atributo del carácter humano, que - cómo dice Sennett - “sufre un cambio radical en el capitalismo moderno. El sistema irradia indiferencia. Y lo hace en términos de resultados de esfuerzo humano, como en los mercados del ganador que lo lleva todo, donde es escasa la conexión entre riesgo y recompensa. Irradia indiferencia en la organización de la falta de confianza donde no hay razón para ser necesitado. Y lo hace a través de la reestructuración de instituciones en las que la gente se trata como prescindibles. Estas prácticas disminuyen obvia y brutalmente la sensación de importar cómo persona de ser necesitado a los demás (…). La indiferencia del viejo capitalismo de clase era crudamente material; la indiferencia que irradia el capitalismo flexible es más personal porque el sistema mismo está menos marcado, es menos legible en su forma”. 

Mi padre, a pesar de ser poco hablador, me trasmitió siempre la sensación de que sabia donde estaba y quien era. El del mini rojo, a pesar de todos sus aspavientos y postureos, me daba la impresión de que estaba  perdido en el incipiente bosque digital, y que esa espesura le impedía saber quién era en algún claro del bosque. Pero el ‘nada a largo plazo’ - lo he comprendido mejor ahora - era paradójicamente, junto con sacar el máximo beneficio de esa brevedad temporal, su tabla de “salvación” momentánea. Hoy es el relato plantilla de toda la propaganda y publicidad: tienes poco tiempo, por eso no te pongas límites. En la existencia digital el tiempo de la experiencia se mide a golpe de click y el espacio virtual es todo lo que aparece después de ese golpe, que, como puedes comprobar cada día en las pantallas, son todos universos inimaginables. Justo lo contrario de lo que preconizó Goethe a los románticos de 1800: ‘limitarse en el espacio es expandirse en el tiempo’, intuyendo que la explosión imaginativa de aquellos jovenzuelos sabelotodo iba a atentar, a largo plazo, directamente contra el corazón de la dignidad del ser humano - ese mínimo común múltiplo que nos permite reconocernos como miembros pertenecientes a nuestra especie -, como al final está sucediendo en la época del capitalismo flexible y de la digitalización de la existencia. 

Lo que Goethe les vino a decir a los románticos de 1800, y sobre todo a sus imitadores posteriores, fue que hay que hacerse cargo del mundo que heredamos, con la vida que cada uno tiene en propiedad. Es importante saber distinguir y administrar con tino esta doble característica de nuestra naturaleza: herederos y propietarios. No podemos extendernos ilimitadamente hacia lo desconocido a costa de romper, incluso, todo lazo de conexión con lo que creemos que ya conocemos, o damos por conocido definitivamente. Lo que Goethe anticipó fue que no todo lo desconocido se encuentra hacia adelante en el carril de la Hsitoria, ni que lo que creemos saber es lo mismo que lo que realmente sabemos de las historias que se quedan en la cuneta de aquel carril. Nuestra vida se mueve hacia adelante, pero saber sabemos en el tiempo heredado, que es el tiempo recobrado. O dicho de otra manera, la diferencia entre ‘como en casa en ningún sitio’ (Blaise Pascal) y ‘nada a largo plazo’ (Bill Gates) - dos metáforas que se disputan el imaginario del mundo en el tercer milenio - se encuentra en la tradición que existe entre el mito ancestral y el novum moderno. El mito ancestral no es lo que estorba a lo nuevo para desplegar toda su incodicionada potencialidad, sino su verdadera y previa condición de posibilidad. A mi padre era imposible verlo fuera de la tradición de los carpinteros que existía dentro de su familia por vía paterna. Fue ahí donde cumplió todos los ritos de paso hasta conseguir tener, con plena aquiescencia de sus superiores, su taller propio. El del mini rojo parecía un tipo venido de la nada. Años más tarde, cuando estudiaba en la universidad, me enteré que a esa manera de proceder se le llamaba: el self made man, o el hombre que se hace a sí mismo. Y también me enteré que era el nombre del mito moderno. O sea, que el del mini rojo - y por extensión todos los que defienden dentro de la digitalización de la existencia y el nada a largo plazo -  movía sus extravagancias novedosas dentro del campo de acción narrativo de la tradición de los mitos. Del mito del hombre digital, flexible que es también descreído y, sobre todo, olvidadizo. Muy olvidadizo de lo reciente, que es la base de su creencia a ciegas en el relato de sí mismo. Si el mito ancestral se fundamentaba en su transmisión oral, lo que lo hacia fácilmente penetrable por el olvido, el mito del hombre digital hecho a sí mismo se fundamenta en la virtualidad propagada a la velocidad de la luz, lo que lo hace, de forma inopinada manejando tanta información, igualmente asequible a la penetración del olvido. El mito ancestral por constricción y lentitud, y el digital por expansión y rapidez ilimitada acaban encontrándose y repitiéndose en el mismo sitio original. Ayer entre los ritos y rituales de la aldea, hoy entre los de la red de internet. Esa madre de todas las aldeas. Lo que ocurre es que el digital se cree parte de lo último, de lo novísimo, cuando en realidad es más de lo mismo. Lo nuevo que pide el mito digital, no es el mito mismo, no es el hombre hecho a sí mismo, no es el del mini rojo, para entendernos, es un nuevo logos. Encarnado en el relato que nos espera y que corresponde a nosotros construirlo. Hacernos cargo, como miembros primigenios de esta nueva era digital, de que esos relatos duren lo suficiente para que puedan ser transmitidos y, sobre todo, leídos y entendidos por las generaciones posteriores. Justamente el problema que adolecen, como dice Richard Sennett al principio de este escrito y repite con insistencia en muchas de las páginas de su libro, “La corrosión del carácter”, todos los relatos de quienes quedan atrapados en la reconversión digital y flexibilización de sus profesiones. Justamente lo que le ocurrió a mi padre al principio de entrar a trabajar en la fábrica (del descalabro lo salvó su acendrado carácter de carpintero). De repente, sus profesiones y sus vidas privadas se hacen ilegibles para ellos mismos y para quienes les rodean. De repente, son unos don nadie.

sábado, 19 de agosto de 2017

LUZ, ONDA Y PARTÍCULA

¿Qué de esas tres cosas somos? O más bien, ¿el ser humano está hecho de misterio y para los misterios y las visiones? O tal vez, ¿la psique es un fenómeno bioquímico complejo, en último término un juego de electrones? Y porque no, ¿podemos pensar que estamos hechos de la aparente ausencia de toda norma que reina en el centro del átomo, y que a eso lo llamamos alma? No sé.

Te dejo lo que al respecto descubrió en uno de los claros del bosque, que, al fin y al cabo, es el universo que nos envuelve,  uno de los físicos y matemáticos mas visionario y misterioso del siglo XX: LOUIS DE BROGLIE.

viernes, 18 de agosto de 2017

EL COLAPSO Y LA NECESIDAD

Queda claro que lo de “monos digitales” no es insulto sino el nombre de una regresión en marcha, al contravenir, o no prestarle la conveniente atención, quienes aceptan con tanto entusiasmo la digitalización de su experiencia, a aquella memorable intuición de Goethe al borde de la explosión romántica de 1800: limitarse es extenderse. El escritor alemán, que fue de los últimos sabios al que todavía le cabía el mundo en la cabeza, tenía veinte años más que los jóvenes románticos de 1800, y con su frase quiso advertirles que el mundo no puede extenderse ilimitadamente sin que cause un daño irreparable a la dignidad de sus habitantes. Un lema que, al fin y al cabo, se convirtió en el epítome de la dignidad pendiente, convertida así en universal antropológico, de eso que sea la modernidad que vino a continuación hasta nuestros días - en el mejor de los casos, vista siempre por los modernos como una especie de “maría” del antiguo régimen -, fragmentada hoy en una lista interminable de indescifrables post, el último y más ingenioso de los cuales es el de la post-indignación. Sea pues.

Mi padre, que nunca se indignaba por nada, lo veía con frecuencia, cuando yo entraba sin avisar en su taller, hablar con la madera. Nunca vi al del mini rojo, que se indignaba por cualquier cosa, hacer lo propio con el ordenador, únicamente lo usaba. Lo cual no quiere decir que no haya alguien que si hable con el ordenador, Bill Viola talmente. Mi padre hablaba con la madera dejándose asaltar por su soledad y el del mini rojo se indignaba con el ordenador huyendo de la suya. Ahí está, pienso yo ahora, la diferencia entre ‘como en casa en ningún sitio’ y ‘nada a largo plazo’. Mi padre se hacia fuerte en su silencio casero. El del mini rojo, un histérico lleno de fragilidades, se consumía en su verborrea incontenible de usar y tirar.

¿Quien me necesita? Es la auténtica pregunta que sostiene tanta indignación a la que, incluso las formas de ser más templadas, se han apuntado en los últimos años sin ningún recato. Las cantidades de dinero que dedican las administraciones públicas y privadas para dar consejos sobre cómo moverse cada día en cualquier situación que el ciudadano se encuentre - el otro día leí, en el tablón de anuncios de un ambulatorio de cabecera, un cartel en el que se daban instrucciones sobre cómo manejar adecuadamente las servilletas para evitar contagios indeseables, ¡cómo lo oyes! - desvela la preocupación que acucia a nuestros gobernantes públicos y privados porque alguien los necesite. La necesidad que es el enigma de la existencia - como dice John Berger - no deja de aguzar al espíritu humano. Produce la risa y el llanto. Es aquello que tocas y besas, y aquello contra lo que te enfrentas y te golpeas, si llega el caso. Sin embargo, hoy ha dejado de existir en el espectáculo de la digitalización global de la existencia. Se comparte el espectáculo (todos miran de forma continua sus dispositivos), pero nadie es capaz de trasmitir experiencia alguna. Sentir algo bajo la influencia de esta atmósfera, donde la obtención de beneficios es el único medio de salvación, se ha hecho casi imposible, si no es - claro está - a cambio de algo. Cada cual, entonces, se busca la vida y trata de situar en el tiempo y en el espacio sus propios anhelos y sufrimientos. No es la vuelta del antiguo azar, no es la búsqueda de una nueva oportunidad, es el síntoma del colapso que se avecina. Pero la pregunta no deja de angustiar al ser que sigue ahí a la espera de ser alguien, ¿quien me necesita?

jueves, 17 de agosto de 2017

IMITADORES Y RECEPTORES

Sin embargo, había un aspecto de su conducta que me molestaba en lo más íntimo de mi ser, que es lo mismo que decir que sentía la molestia o el dolor pero no sabía discernir su por qué. Me refiero a su proverbial arrogancia, la cual no ha dejado de protagonizar la vida en general hasta convertirse al día de hoy en algo sin lo que la Peña no puede salir a la calle. El del mini rojo, creo que ya lo he dicho, era más chulo que un ocho. Para entendernos, cuando se subía o se bajaba del coche estaba convencido de que estaba escribiendo un capítulo de la Historia Universal.  A mi me resultaba imposible creerme un escritor así, parecido a Dios. Lo he aprendido más tarde, pero desde siempre, bien cuando fui a la escuela o el instituto o cuando ingresé en la universidad, ante cualquier propuesta que me hicieran no era de los que alzaba la mano de inmediato tratando de contar o situarla en el capítulo correspondiente de esa Historia Universal, sino que la duda por no saber desde donde mirar lo que me proponían hacía que, al final, quedara paralizado, dando la impresión subsiguiente de ser un ignorante. Sin darme cuenta delante de lo que recibía del exterior me comporté durante muchos años como lo hizo mi padre delante de la madera, aunque con intenciones y resultados manifiestamente diferentes. Es fin, que iba en  dirección contraria hacia dónde se dirigía el mundo, y todavía no era alguien como mandaban los cánones. Tardé muchos años en encontrar un acorde satisfactorio a esta disonancia que se me echaba encima cada vez que abría la boca o movía los pies. Cada vez había más tipos, como el del mini rojo, que estaban escribiendo el futuro con sus impactantes esloganes: el ganador se lo lleva todo o nada a largo plazo. De igual manera el espacio donde todo eso iba a suceder estaba siendo desdibujado por los sucesos mismos. El del mini rojo me dijo un día, mientras tomábamos café, que los empresarios digitales gustaban presentarse en público liberados de la exigencias del lugar. Compruebo con estupor que también lo atestigua Sennett, “una fábrica en México, una oficina en Bombay, un centro de comunicaciones en el bajo Manhattan, todo eso tiene la apariencia de meros nódulos en la red global”. De repente, empecé a padecer una rara enfermedad: tenía la sensación de no estar nunca en el sitio apropiado. O dicho de otra manera, que mientras dilucidaba desde donde debía mirar la propuesta que salía a recibirme en mi camino, me está perdiendo lo importante que siempre se libraba en un lugar distinto al que me encontraba. Me fue difícil aceptar que lo de ‘en casa como en ningún sitio’ se había acabado, pero que ‘nada a largo plazo’ no me ofreciera, a cambio, ningún sitio fuera de casa, era algo que nunca pude superar. La errancia emocional estaba servida, y así fue durante los años siguientes.

En un lugar geográfico se hace comunidad cuando la gente utiliza la palabra nosotros. Mi padre la utilizaba y el del mini rojo también, pero se referían a lugares distintos. A mi, como dice Sennett, después de haber mantenido muchas conversaciones con El Segundo, me parece un pronombre peligroso, del que trato de protegerme se su pretendida  claridad llena, a mi entender, de recovecos oscuros. No creo que el del mini rojo subscribiera donde se encontraba lo que dice Sennett. Tenía muy claro, como todos los monos digitales, cuál era su guerra y quienes eran sus enemigos. “Una de las consecuencias no deliberadas del capitalismo moderno es que ha reforzado el valor del lugar y ha despertado un deseo de comunidad. Todas las condiciones emocionales que hemos explorado en el lugar de trabajo animan ese deseo: las incertidumbres de la flexibilidad; la ausencia de confianza y compromiso con raíces profundas; la superficialidad del trabajo en equipo; y, más que nada, el fantasma de no conseguir hacer nada de uno mismo en el mundo, de hacerse una vida mediante el trabajo. Todas estas situaciones impulsan a la gente a buscar otra escena de cariño y profundidad”.

Tal vez fuera eso a lo que se refería el artículo que mencioné el otro día respecto a la importancia de las humanidades en la economía digital. Tengo para mí, sin embargo, que no hay nada ahí afuera que pueda ser visto por los monos digitales si no entra en acción una particular configuración de su manera de percibir, hecha a base de experiencia y a base de cultura. Justamente lo que les ha robado sus adicciones laborales, a saber, la capacidad de trasmitir experiencias dentro de un contexto laboral heredado. De otra manera, han perdido la capacidad de hacer algo con lo que reciben, olvidándose de que somos de naturaleza imitadora y receptora, al creer ilusamente que la tecnología digital los ha dotado de la noche a la mañana con otra naturaleza distinta y superior, la de creadores de la nada. Peor aún, la de los primeros creadores de la nada.

miércoles, 16 de agosto de 2017

EL CAMBIO Y SUS GRIETAS

Entre el hombre de Davos que se llama Hans Castorp y el que responde bajo el nombre de Bill Gates media una distancia que no se corresponde con los cien años históricos que, más o menos, hay entre ellos. Siendo de ficción, Castorp parece hoy un ser totalmente verosímil y, al revés, siendo real como la actualidad que protagoniza Gates, parece, a todas luces, un ser inverosímil venido de otra galaxia que, sin saber cómo, él dice que es la nuestra. Todo se debe a la manera que tienen de administrar las apariencias. En la época de Castorp las apariencias eran físicas porque pertenecían a cuerpos sólidos, aunque estos cuerpos estuvieran seriamente dañados por la tuberculosis. En el momento presente las apariencias son volátiles, aunque los cuerpos estén más musculados que nunca. La innovación tecnológica que mantiene en lo alto al sistema actual, del que Gates es uno de sus capos más prominentes, permite separar fácilmente la apariencia de lo existente, convirtiendo a la apariencia en lo único realmente existente: un espectáculo de vestimentas y máscaras sin fin. Así pretende cumplir un único objetivo: desear mas para tener más. Un destino al que, teniendo en cuenta la tecnología digital, se debería dirigir movilizando todas las energías disponible en todas las direcciones imaginables, lo hace, paradójicamente, como si estuviera adscrito al mecanismo monótono de una noria sin engrasar. Vale decir una noria roñosa. El ganador se lo lleva todo, es el epítome de esa aventura de aventureros sin gracia. Puede que el nuevo hombre de Davos sea disgracioso en tanto en cuanto es codicioso e implacable, pero no se le puede negar una fortaleza de carácter para saber moverse en medio de un desorden y  dislocación constantes.

Como a todos los de carácter estoico, entre los que se encontraba mi padre y yo mismo hasta que conocí al del mini rojo, amaba lo permanente dentro de la constante transformación, lo habitual dentro del cambio y lo conocido dentro de lo inusual. De este modo lo extraño se hacía familiar sin perder su color, y de este modo el lugar donde vivía y trabajaba poseía la eterna magia de lo extranjero. Todo ello se trastornó cuando el del mini rojo - mi particular hombre de Davos - introdujo el veneno del cambio en la percepción que tenía hasta entonces de la vida. Al igual que yo en aquel entonces, el hombre del mini rojo no había oído hablar nunca de Gates, el emergente hombre de Davos, ni tampoco de Hans Castorp, el hombre de Davos de Thomas Mann. Ni falta que le hacía. Como dice Sennett, al que seguro tampoco había leído el del mini rojo, al referirse a Bill Gates y, por extensión, a todos lo que con el tiempo y la digitalización de su experiencia han acabado modelando (la corrosión es la forma menos amable y fiable de cualquier intento de modelado) su carácter, “parece no padecer la obsesión de aferrarse a las cosas. Sus productos aparecen con fuerza en el mercado y con la misma rapidez desaparecen; Rockefeller, en cambio, quería poseer pozos de petróleo, edificios, maquinaria o carreteras y poseer todo por mucho tiempo. La falta de un apego duradero parece caracterizar la actitud de Gates hacia el trabajo - con diferencia respecto a otros rasgos lo que más impresionó de la forma del carácter del hombre del mini rojo -; habló (en Davos) de posicionarse en una red de posibilidades más que quedarse paralizado en un trabajo dado. Es, en todos los aspectos, un competidor inescrupuloso, y las pruebas de su codicia son vox populi. Tiene, si no la capacidad de dar, sí la capacidad de desprenderse”.


Pon tu vida en orden. Tienes que ser alguien. El carpintero contra el montador de la cadena de montaje. Son frases que me repetía mi padre con bastante frecuencia. Un carácter estoico está más cerca de la verdad cuando afirma que las posibilidades de la vida son limitadas. Muy limitadas en la mayoría de los casos. Sin embargo, como ya he dicho un día entró en mi vida y en el entramado de la sociedad la palabra cambio. Y a través de las grietas que abrió, observé que ya nada volvería a ser lo mismo.

lunes, 14 de agosto de 2017

LOS HOMBRES DE DAVOS

En el departamento técnico de obras y servicios imperaba todavía una ética del trabajo a la vieja usanza. Esfuerzo y autodisciplina, así como buena preparación y respeto a los mayores. Se ceñía con bastante precisión a lo que mi padre me había recalcado, una y otra vez, como santo y seña de mi conducta en la fábrica. Los monos digitales empezaban a aparecer en los departamentos de informática, pero todavía eran una rareza aunque ya apuntaban maneras. Había uno, con el que tuve una mala experiencia en la mili que me costó una semana de arresto, que llegaba todos los días a trabajar conduciendo su mini rojo. Ni que decir tiene que todavía no había oído hablar de Sillycon Valley ni de los hombres de Davos. Con los años entendí que el hombre del mini rojo era un adelantado de esos dos lugares fundacionales de la nueva economía digital que se avecinaba. Lo único que de todo aquello para mí tenía algún sentido era la palabra Davos, pero, vinculada, claro está a la tuberculosis y a la gran literatura. Había leído “La montaña mágica”, de Thomas Mann, unos años antes por recomendación de un profesor de la escuela de aprendices. La propuesta surgió en una conversación entre los compañeros de mi clase, que él nos propuso, sobre los asuntos que preocupaban en esos momentos a chicos recién iniciados los primeros pasos de la juventud, bajo la influencia de la turbulenta adolescencia no acabada. En aquellos años todavía se podían dividir así los ritos de paso entre las diferentes edades y que tu interlocutor supiera de que estabas hablando. Fue justamente con el hombre del mini rojo con quien este axiología comenzó a resquebrajarse. El ya tenía bastante desarrollados los rasgos indefinidos e indeterminados del mono digital del futuro inmediato. Con el del mini rojo viví por primera vez la experiencia, sin entender lo que significaba, de nada a largo plazo. El eslogan posterior de la economía digital por venir, le sentaba ya al del mini rojo como un guante a su mano. Era flaco como un suspiro, de ademanes chulescos de taberna pero aderezados con una sofistificación, que iba improvisando sobre la marcha, como casi todo lo que hacía. Cuando alguna vez coincidía con el en la máquina de café hablábamos, pero nunca supe lo que hacía. En su calculada indeterminación me decía que pudiera que yo duraría allí sentado sobre el tablero de dibujo, pero que no acabaría de llegar a ninguna parte, sin embargo, él desprendido de ese afán de durar a toda costa donde en ese momento se encontraba, estaba convencido de que llegaría más lejos. Ese dislocamiento incomprensible para mí que tenía del tiempo y del espacio, he de reconocer que me subyugaba. Más tarde, a la hora de la salida de la fábrica, cuando lo veía subirse al mini rojo, que indefectiblemente aparcaba enfrente de la entrada de la fábrica, y salir pitando con todo el lujo de pirotecnia de que era capaz con el juego de embrague, me acababa convenciendo de que aquel hombre del mini rojo, no dejando nada para el largo plazo, sabía hacia dónde iba. Si tienes en cuanta que lo que más había oído al respecto de esa elasticidad del tiempo y el espacio de la que hablaba el del mini rojo, era la recomendación de mi madre de que no me gastara lo que no tenía y que, por supuesto, nada a plazos. Ahora ya sé que aquel hombre fue la primera versión del nuevo hombre de Davos. No acabada, ciertamente, pero tampoco era su misión en la tierra. Un día, el hombre del mini rojo apareció con un porche amarillo. 

El otro hombre de Davos que yo conocía se llamaba Hans Castorp. Un joven ingeniero que acude a Davos a visitar a un primo suyo militar, Joachim Ziemsen, seriamente enfermo de tuberculosis. Castorp cae enfermo también y se termina adaptando al ritmo lento y sedante de la vida del sanatorio dónde está ingresado. Aquí se enamora de Nadia Chauchat, a la que dedica una de las más  hermosas declaraciones de amor de la literatura moderna. Tiene tiempo también, en Davos de principios del siglo XX había tiempo para todo, de escuchar las conversaciones entre Settembrini y Naphta, que representan dos concepciones de la vida y de la historia perfectamente irreconciliables. Pero en ese Davos ficticio había lo que era posible imaginar desde el mundo real, antes de que la primera gran carnicería lo desmintiera todo como es el cometido de toda guerra: volver a recordarnos nuestro verdadero estatuto de simios. Hay en el Davos de Mann, para entendernos, pensamientos abstractos convertidos en material novelesco, una perfecta utilización del tiempo narrativo, una capacidad para dar vida a un riquísima galería de personajes, una indudable maestría para integrar en el relato elementos simbólicos sin que se rompa su equilibrio. La pregunta no se deja esperar, ¿con los tejemanejes de los hombres que hoy visitan anualmente Davos, no para curarse la tuberculosis, sino para decidir el rumbo del mundo durante el próximo año, es posible imaginar el mundo posible que le corresponde, como hizo Thomas Mann con el suyo? ¿O el mundo real del Davos de hoy no admite ya la imaginación? Porque Davos es Davos. O lo compras o lo dejas. 

sábado, 12 de agosto de 2017

LA EMPATÍA Y LA LITERATURA

Eso que sean “Las Humanidades” se están convirtiendo, tanto en su intento de que desaparezcan por parte de unos, como que prevalezcan por parte de otros (entre los que me encuentro), en un universal antropológico. Lo cual no es una rareza ya que nuestra historia como especie ha sido, hasta ahora, una cotarro más propio de monos sofisticados a servicio de la técnica, que algo propiamente humano poniendo aquella a nuestro servicio. Una de las interrogantes que más preocupan hoy a los monos digitalizados es, a pesar de su sofisticada experiencia técnica de ultima generación, el destino de sus vidas. Y es aquí donde van descubriendo, a pesar de su enconada resistencia, que la digitalización de sus experiencias no tiene la última palabra al respecto. Es entonces cuando, de vez en cuando, saltan las alarmas y los monos digitalizados de las grandes empresas y universidades del ramo quieren ser bendecidos por la gracia de eso que sean las humanidades. El peregrinaje tiene que ver, como correlato paralelo, con las oleadas de occidentales que, desde los años sesenta, no han dejado de ir a la India para quitarse la roña del progreso técnico en las aguas del Ganges. El caso es que el acelerón digital de las últimas décadas ahoga al mono que maneja el cotarro afuera, y el mono, así asustado, pide auxilio al ser humano que, en sus adentros, clama por salir a cumplir la misión a la que - dice - le han dicho está destinado. 

Te dejo muestra de las últimas noticias sobre el asunto. Entre otras cosas, dicen los cronistas que los monos digitales están descubriendo que la mejor manera de poner en práctica la empatía que tanto necesitan, para salir del agujero donde se encuentran, es, no mediante las múltiples y coloristas recetas de los cursos de autoayuda en sus diversas variantes y formatos que les ofrecen desde los departamentos de recursos humanos de las empresas donde trabajan, sino a través de la literatura, en su doble y primordial variante de la lectura y la escritura. Ya ves.

viernes, 11 de agosto de 2017

EL FRACASO

“El fracaso es el gran tabú moderno”, dice Sennett en su libro. La publicidad y los libros de autoayuda están llenos de recetas para triunfar ya sea en lo laboral, lo social o lo personal y familiar, pero por lo general callan en lo que atañe a la cuestión de manejar el fracaso en cada uno de esos frentes de supervivencia. Si no tienes o te flaquea la voluntad, por ejemplo, te dicen que no te preocupes pues todo es cuestión de entrenamiento, como si fuéramos únicamente un trozo de carne con ojos, o con piernas, o con manos. Así le respondí un día a un enconado positivista, y en lugar de agradecerme la imagen que le ofrecí se puso conmigo como un basilisco. Le respondí, ¿por qué buscas sofisticación donde nunca la vas a encontrar? ¿Por qué asocias la elegancia con la moda y el glamour efímero, cuando ser elegante lo que significa es el que sabe elegir, que tiene su misma raíz etimológica? Y que si lo que te flaquea es la capacidad de amar o de dejar de odiar, o si el bajón te viene porque llega septiembre o la navidad, no estás ante un problema de imagen o psicológico, ni busques una solución por vía del entrenamiento, estás ante un dilema existencial, un dilema ontológico, un dilema de elección. Sencillamente has perdido tu elegancia. Nos cuesta mucho, cada vez más, hacerle un lugar en nuestra vida laboral, familiar y social (digitales y flexibles todas, hasta la neurosis institucional) al relato personal con que nos incorporamos al mundo, y saber elegir ahí. Es decir, ser elegantes. Cielo santo, ¿qué es eso? A lo mejor no lo sabes, pero seguro que intuyes que una forma de vida como la actual, abastecedora únicamente de recetas de entrenamiento para los momentos íntimos de flaqueza, recetarios que proporcionan la verdadera dimensión de lo que la tal forma de vida es incapaz, a saber, proporcionar a los seres humanos de hoy alguna razón profunda que de cuenta, más allá de la espuma de los días, de sí mismo y entre los demás, una forma de vida así, digo, no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad. Pero, siguiendo el mismo razonamiento, si aceptas los aspectos más enajenadores  o envilecedores de tu trabajo por miedo a perderlo o a que te hagan a un lado, en fin, por miedo al fracaso, y que ello se haya convertido en el problema mayor de tu existencia, estarás de acuerdo conmigo que no puede preservar durante mucho tiempo tu propia honorabilidad - si alcanzas a entender todavía lo que eso significa - ante ti mismo y los demás.

“Aceptar el fracaso - continúa Sennett - darle una forma y un lugar en la historia personal puede obsesionarnos internamente pero que rara vez se comenta con los demás. Preferimos refugiarnos en la seguridad de los clichés. Los campeones de los pobres lo hacen cuando intentan sustituir el lamento ‘he fracasado’ por la fórmula supuestamente terapéutica ‘no, no has fracasado, eres una víctima’. En este caso, como siempre que   tenemos miedo de hablar directamente, la obsesión interna y la vergüenza se vuelven mayores. Si se deja sin tratar, se resume en la cruel sentencia interna: no soy bastante bueno. Hoy el fracaso ya no es la perspectiva a la que se enfrentan los muy pobres o los desfavorecidos; se ha vuelto más familiar como hecho común en la vida de la clase media. El tamaño cada vez menor de la élite hace que el éxito sea más difícil de alcanzar. El mercado del ‘ganador de lo lleva todo’ es una estructura competitiva que arroja grandes cantidades de gente con estudios al vertedero del fracaso”.

Nadie parece querer hacerse cargo verdaderamente de esta catástrofe. No sé si tal palabra es la más conveniente, pero al menos me permite dar una salida a la parálisis del fracaso, y  decir como los antiguos: tras la catástrofe, memoria y renacimiento. La sensación es de haberle fallado a todo el mundo pero nadie, entre los que se atreven a decir que son unos fracasados, parece querer cambiar de cuento, ni de cuenta. A los que callan, la mayoría, basta con mirarles el aspecto sombrío que, de repente, en su edad más docente adquieren sus caras, sus andares y los ademanes de sus manos. Este es, a mi modo de entender, el principal fracaso. Confundir el éxito en la vida con el lugar que ocupamos en el mundo. Confundir la vida con la técnica y el manejo la técnica con la excelencia. Confundir el suspense de la vida que no tiene, con su misterio que lo es todo. Confundir la gloria con la gracia. Confundir el cerebro con el alma. Confundir la carrera profesional con el camino existencial. Las palabras en cada uno de los casos son las mismas, vienen de antes de los tiempos conocidos. Dependen de que quien las pronuncie sepa que no sabe y que, en consecuencia, ningún tiempo ni ninguna persona pueden conocerse del todo.

jueves, 10 de agosto de 2017

EL DESTINO

“No me basta que sepas que es esto, me basta con que estés impresionado”. Nunca las palabras de un gánster de poca monta, dichas en una película del montón, dieron con tanto acierto en la diana del mundo de la digitalización y flexibilización laboral en el momento presente. Si te fijas es el santo y seña de todo adelantado, o vendedor de humo, que se precie y que quiere tener éxito. El valor no viene del trabajo incorporado al producto, sino de la apreciación subjetiva del consumidor. Y el consumidor lo único que quiere es, a cuenta de una necesidad tan inaplazable como inexplicable, que lo impresiones cada día del año. Ni que decir tiene que no era en eso en lo que estaba pensando Pico della Mirándola cuando en 1486 lanzó al mundo el manifiesto inaugural del Renacimiento, conocido como “Discurso de la dignidad del hombre”, que le provocó no pocas controversias ya que se oponía frontalmente a la ortodoxia cristiana. “Quita tus manos de ti mismo; tratas de construir y construyes una ruina”, proclama San Agustín. Pico della Mirandola es uno de los primeros filósofos que celebran - arriesgándose a ser tachado de soberbio y hereje - el planificar la propia existencia. Sabía de los riesgos que existían al tratar de navegar en  el mar desconocido que llevamos dentro, al igual que los navegantes de su época que estaban explotando los océanos ignotos que rodeaban la tierra firme. Pero la voz narradora del discurso de Pico tiene una misión  histórica, de la que carecía el campesino medieval.  El caso fue que con Pico della Mirandola comenzó el viaje - pues lo entendía así - llamado destino con el mando a distancia del libre albedrío. Un viaje que como te he contado con la lectura del Romanticismo acabó, quinientos años más tarde, en una colosal tragedia, a la que nosotros damos continuidad sobreviviendo dentro de un inexplicable laberinto. Probablemente en este laberinto del novum moderno en que nos encontramos hemos entrado sin pensarlo, seducidos por el autoengaño de que éramos dueños de nuestro destino, pero lo que no cabe ninguna duda es que para salir de él nos tenemos que poner a pensar, sin ninguna garantía de lo que pueda llegar a ser ese destino nuestro. Como verás el giro lingüístico y de percepción no puede ser más desconcertante e intimidatorio. Creyendo que nos movemos hacia lo mejor de cada uno, hemos quedado atrapados en la inmovilidad indistinta del mito que nos acoge a todos. Desear siempre el cambio o el cambio del cambio - que nada sea a largo plazo, aunque intuyamos desde el principio el fracaso - nos obliga a mantenernos en la espuma de los días, dejando de lado por inservible la experiencia con el lado profundo y misterioso que todo día también tiene. Esa superficialidad perfectamente consentida y alentada en las sedes laborales, que por exigencias del consumidor se extiende a las sedes familiares y escolares, tiene unos efectos autodestructivos sobre el carácter de las personas adultas y menores de edad. Como señala Sennett, citando a Richard Rorty, “uno pasa de creer que nada es fijo a no soy totalmente real, mis necesidades no tiene sustancia. No hay nadie, ninguna autoridad que reconozca su valor”. ¿No te evocan las palabras de Rorty a las de San Agustín? Entonces, ¿de qué ha servido la declaración sobre la dignidad humana de Pico? ¿A cambio de qué la hemos perdido? o ¿dónde la hemos extraviado sin que nos hayamos dado cuenta todavía? ¿No te parece que es necesario, no volver a los tiempos duros del campesinado pero si a pensar de nuevo la moral que acompañaba a sus vidas? ¿No intuyes que si, por un lado, con la digitalización y flexibilización laboral ganamos levedad, espumosa superficialidad, poder sin autoridad, entrenadores en lugar de capataces, por otro perdemos anclaje en el lado oscuro de nuestra existencia, que por mucho que lo intenten la digitalización y la flexibilidad laboral no deja de estar presente en nuestra vida privada e íntima, hasta el punto de hacer aquella levedad laboral insopprtable, como decía Kundera con el ser que en definitiva es lo que la aguanta?  

Después de los años de aprendizaje en las escuela fabril, me incorporé al departamento técnico de obras y servicios dentro del área de mantenimiento general, que se encargaba de la puesta a punto y reparación de las instalaciones del recinto de la fábrica. En concreto yo empecé a trabajar como delineante. Me gustó aquella primera toma de contacto con lo que estaba destinado a ser mi oficio. Pero esa complacencia laboral pugnaba dentro de mi, como no podía ser de otra manera en los incipientes tiempos de flexibilización y digitalización que ya asomaban la nariz, con la idea de cambio. Con la idea absurda de que no valía con estar y sentirme bien trabajando mis correspondientes ocho horas, sino que tenía que hacer algo más. Y, ¿qué podía ser ese algo más que iniciar mi camino hacia la universidad, que se había quedado abruptamente cortado, tres años antes, al tener que entrar en la fábrica? Si hoy me preguntas por qué lo hice, no sabría responderte. Algo me ocurrió, supongo que como heredero del Renacimiento y del Romanticismo, que me impidió seguir la senda que me marcaba el estoicismo de mi padre, que a pesar de todo aún mantenía firme en el núcleo duro e íntimo de su carácter. Nunca volvío a tocar un mueble con las manos, pero cuando emigró hacia la fábrica para darme un mejor futuro, su alma estaba hecha a aquel mundo, y se debía por completo al tacto y el olor de la madera. Pero aquel estoicismo paterno era insuficiente para mí. Observaba que mi padre iba durando, año tras año atado a la cadena de montaje, como el campesino lo estaba a la tierra, y como yo, si no hacia algo, estaría al tablero de dibujo. Este era el destino de los que no deciden, pensaba entonces. Como me ordenaban los cánones empresariales que se iban imponiendo, yo no solo quería durar día tras día, sino evolucionar hacia algún tipo de destino que la historia, a buen seguro, me tenía reservado. Sin más dilación, me puse a estudiar por la noche. Una heroicidad propia del guerrero Aquiles.

miércoles, 9 de agosto de 2017

HACEDORES DE SÍ MISMOS

Antes de la llegada de los alemanes yo había conseguido ubicarme dentro del entramado fabril a la usanza, digamos, que me había inculcado mi padre. Tuve antes un par de escarceos de esos que ahora forman parte de la cotidianidad adolescente. Uno deportivo, se me ocurrió decirle a mi madre que quería dedicarme al tenis, dadas mis buenas cualidades demostradas en las pistas recién inauguradas en el barrio. La broma costaba cien mil pesetas la inscripción más las quotas mensuales. Mi madre se echó a reír y me dio un billete de cinco pesetas para que me tomara algo. El otro escarceo no salió de mi cabeza, era acceder a la universidad para estudiar la carrera de medicina. En esta ocasión fue mi padre quien me señaló el camino de lo que iba a ser mi destino. La escuela de aprendices en la fábrica donde él había recalado después de abandonar su taller de carpintería. Dicho y hecho. Y sin protestar por lo del tenis y la medicina. Todavía eran tiempos en los que, a pesar de lo que había hecho mi padre con su profesión, y de la conciencia infelizmente disociada que tal decisión le había producido, imperaba el lema de Diderot en su fábrica, “como en casa en ningún sitio”. O como dice Sennett, “el campesino sabe que no hay victorias decisivas sobre la naturaleza: la victoria es una ilusión. Para Virgilio, el valor moral de la agricultura es el que enseña la resolución permanente, al margen de los resultados. Y en las Geórgicas, Virgilio da al adagio de Hesiodo - el que pospone se enfrenta a la ruina - un nuevo significado. El campesino que todos llevamos dentro lucha contra la capacidad de arruinarse a sí mismo. Las Geórgicas trasladan la anarquía de la naturaleza a una visión  de la anarquía interior, psíquica: contra esas batallas interiores la única defensa del individuo es organizar bien el tiempo”.  

No sabía todavía que esa iba a ser la principal aprensión durante el tiempo que permanecí en la fábrica. Me refiero a ese tipo de ansiedad que se apodera de uno cuando vive dentro de un ambiente en el que el paso del tiempo se organiza sin que tu experiencia, es decir, la memoria de lo que tú eres, tenga un valor tendente a cero. Y donde, por otro lado, la victoria es un objetivo y los resultados si que importan, son lo que más importa. Todo esto formaba parte de lo que no se veía, pues era literalmente invisible, en el recinto fabril cuando yo entré. Aunque mi padre era consciente de ello, nunca me dijo nada. Aunque él estaba encuadrado dentro de los no cualificados, sabía de que le hablaban cuando le dijeron que su hijo podía desarrollar su vocación dentro de las diferentes carreras profesionales que, dentro del grupo de los trabajadores cualificados, los de la bata blanca,  formaban parte del organigrama general de la empresa. Mi padre nunca perdió su alma de carpintero, lo que de forma no explícita fue una luz en los inicios de mi andadura profesional. 

Los trabajadores cualificados, con su bata blanca impoluta durante toda la semana, trasmitían ese aire de higiene hospitalaria que era la imagen que los dueños de la fábrica eligieron para inyectar la salud y la confianza necesaria a sus productos. Eran los homo faber y los homo sapiens del entramado fabril. Eran los hombres que se hacían a sí mismos. Por usar el lenguaje que, aunque en ese momento era casi inexistente, fue el que poco a poco, y de forma acelerada cuando llegaron los alemanes, acabó imponiéndose. Yo, ni que decir tiene, y con la bendición de mi padre, desde el primer minuto que pisé la fábrica estuve destinado a vestirme laboralmente con una bata blanca. Rápidamente me di cuenta, no por mi especial discernimiento sino porque esa era la atmósfera que allí se respiraba, quien seguía con la lógica campesina y quien tenía conciencia plena de ser una hacedor de sí mismo, siguiendo el precepto de Pico della Mirandola que Sennett menciona en su libro. “Es propio del hombre tener aquello que escoge, y ser lo que quiere. Más que mantener el mundo como lo ha heredado, tenemos que darle nuestra forma; nuestra dignidad depende así de que lo hagamos”.

Yo era de estos, quería tener un relato propio y apropiado. Es decir,  verosímil. Más tarde he pensado que con esa decidida actitud que manifesté desde el principio, mis padres se sintieron aliviados en su culpa por haberme cerrado el paso a la escuela de tenis y a la universidad. Aunque por otro lado creo que es demasiado pretencioso, propio de quien se declara hacedor de sí mismo, saber de las culpas y pecados ajenos. 

martes, 8 de agosto de 2017

INDIFERENCIA LABORAL

Los vientos alemanes, innovadores y flexibles, irrumpieron dividiendo en dos la provincia fabril donde trabajaba. Por un lado los del taller y por otro los de las oficinas. Los que vestían mono blanco y los que vestían bata blanca. Todos juntos formaban el ejército de gallinas blancas que ya he mencionado. La flexibilidad que introducían los nuevos métodos de organización digital del trabajo fue mejor acogida, en principio, por los de la bata que por los del mono. Eso motivó la creación y el fortalecimiento del comité de empresa y la transformación subsiguiente de los gallinas blancas en luchadores de vanguardia obrera. Todo lo cual no modificó un ápice los planes de absorción alemana. 

Los trabajadores de mono blanco eran los que carecían de cualificación profesional, los No Cualificados. Semejante calificativo, que no deja de tener un aire despectivo, se empezó a utilizar con la llegada de los alemanes. Era la categoría a la que estaba adscrito mi padre. Años más tarde, cuando ya se había jubilado, le pregunté un día como le sentó este cambio en la forma de nombrar su profesión. Pasar de ser alguien, carpintero reconocido, a no ser nadie, un no cualificado indistinto entre otros muchos no cualificados a una cadena de montaje pegados. Mi padre dejo de construir muebles a base de pasar la garlopa o la lima sobre la madera, de encolar las patas de las sillas, en fin, dejó de tener la visión de conjunto sobre su trabajo y se puso a apretar botones en la cadena de montaje de los alternadores par los coches. Después ascendió y se puso a medir el tiempo, apretando el botón de un cronometro, del montaje de las piezas de cada alternador. Perdí la fuerte identidad laboral de carpintero,  me dijo, a cambio de una indiferencia, que no dejó de aumentar, hacia la nueva profesión que me encomendaron dentro de la fábrica. 

La imagen de carpintero de mi padre no solo era doméstica y moral, era, sobre todo, una imagen de índole creativo. No era algo que hiciera, digamos, de forma consciente con el ánimo de ocupar un sitial en la posteridad. Como buen artesano nunca estuvo tentado por los humos del artisteo de matriz romántica. Nunca lo tuvo como objetivo superior. Simplemente la imagen de su vida se desprendía de su forma de aprender a mirar, que es otra manera de decir aprender a pensar. Era proverbial su capacidad de concentración cuando estaba trabajando en el taller que había habilitado en la misma casa donde vivíamos. Por más que le preguntaba sobre algo que llamaba mi atención, nunca abandonaba su concentración para responderme. En todo caso después, cuando creía haber visto lo que buscaba, se dirigía a mi con paciencia infinita, pues muchas veces le preguntaba lo mismo que días antes ya me había explicado. Por lo tanto, mi padre, como tantos otros que tuvieron que pasar por el mismo trance, no solo perdió su identidad profesional como carpintero, acuñada en casa como en ningún sitio, sino que dejó de hacerse cargo de la imagen de su vida, pues en la cadena de montaje alemana nada era a largo plazo. Si en casa, es decir, en el taller de carpintería todo era legible e inteligible, en la cadena de montaje todo se hizo extrañamente ininteligible e incomunicable. Ahora siempre que bajaba a hablar con mi padre, no tenía que esperar ni un segundo para que me prestase su atención. La breve conversación que manteníamos mientras tomábamos un café de maquina, pienso que aliviaba en parte la creciente indiferencia laboral que se iba apoderando poco a poco de él. Lo que no le impidió adquirir una conciencia infelizmente disociada que le revelaba, no obstante, las cosas como eran y el lugar donde él estaba. Algo que al día de hoy es lo que más le agradezco como imagen de su vida, tal y como han derivado las cosas y las personas a la busca desesperada de ese mundo feliz de Huxley, donde la mayoría quiere alojarse para siempre. Esa fue, a mi entender, la explicación del por qué nunca se quiso implicar en la lucha contra la invasión alemana y sus métodos de flexibilización laboral. El daño para él ya estaba hecho, y se encontraba en lo más profundo de su alma. Ninguna lucha exterior tenía capacidad suficiente para reparar nada de lo que estaba averiado en sus adentros.

Sennett lo cuenta con el oficio tradicional de los panaderos, para mostrar, igualmente, cómo la digitalización y flexibilización de la experiencia laboral tiene, como efectos inmediatos, una pérdida de inteligibilidad sobre las tareas que el trabajador realiza y un olvido paulatino de su pensamiento crítico. O dicho de otra manera, la digitalización y la flexibilización de la experiencia laboral impone de forma radical y sin tapujos la creencia positivista de que se puede separar quirúrgicamente el lenguaje. Independizarse por una parte del mundo y por otra del pensamiento. Sennet dice así, “El pan se ha convertido en una representación en pantalla. Como resultado de este método de trabajo, en realidad los panaderos ya no saben cómo se hace el pan. El pan automatizado no es una maravilla de la perfección tecnológica; las máquinas a veces se equivocan en los panes que están cocinando, por ejemplo, y no calculan correctamente la fuerza de la levadura o el color real del pan. Los trabajadores pueden juguetear con la pantalla para corregir un poco esos defectos; lo que no pueden hacer es arreglar las máquinas o, lo que es más importante, preparar pan manualmente cuando las máquinas se estropean, cosa que ocurre con bastante frecuencia. Los trabajadores dependen de un programa informático y, en consecuencia, no pueden tener un conocimiento práctico del oficio. El trabajo ya no les resulta legible, en el sentido de que ya no comprenden lo que están haciendo”.
La imagen de sus vidas ya no puede consistir en ser unos buenos panaderos, la digitalización se lo impide, ni ser unos buenos padres, pues tienen que buscar otros trabajos ya que la flexibilidad laboral así se lo impone. Solo les queda la posibilidad de dar el ejemplo a sus hijos siendo unos eficaces consumidores.

lunes, 7 de agosto de 2017

DILEMAS ANTE LA CORROSIÓN DEL CARÁCTER

Los nuevos dueños de la fábrica pronto aplicaron su ley. Empezaron a ser frecuentes los viajes a Alemania, para aprender los nuevos métodos de organización y producción laborales más flexibles y, al mismo tiempo, se pusieron en marcha los cursos de aprendizaje de la lengua alemana. La reacción a esta, digamos, invasión no se hizo esperar. Y lo que Sennett menciona en su libro, “los europeos, a partir de Tocqueville, tienden a tomar el valor nominal por realidad; algunos deducen que nosotros, los americanos, somos de hecho una sociedad sin clases, al menos en nuestras costumbres y creencias - una democracia de consumidores -; otros como Simone de Beauvoir, mantienen que estamos irremediablemente confundidos en lo tocante a nuestras diferencias reales”, se aplicó de manera inconsciente en el ambiente provinciano de la fábrica. De repente, la plantilla de trabajadores, conocida en la zona industrial donde se ubicaba la fábrica como los gallinas blancas - debido al color de los uniformes oficiales de la empresa, y a su proverbial cobardía frente a los conflictos laborales -, se convirtió en la vanguardia más combativa de la zona y de la provincia. La “invasión alemana” nos hizo tomar conciencia de que formábamos parte de lo que Marx elevó a concepto teórico cien años antes, a saber, la clase obrera. Los antiguos gallinas blancas nos habíamos convertido en el ejemplo a seguir por el resto de trabajadores de nuestro entorno, frente a las agresiones no capitalistas y su obsesión flexibilizadora del trabajo. Pero te quiero resaltar, al hilo de lo que continúa diciendo Sennett, “las personas que entrevisté hace un cuarto de siglo no eran ciegas; tenían una manera bastante legible de calcular la clase social, aunque no a la manera europea. La clase implicaba una estimación bastante personal del yo y de las circunstancias. De este modo se pueden trazar líneas muy nítidas entre las personas”, que el nuevo estatus de valiente vanguardia blanca era ilegible, en comparación con el de cobardes gallinas blancas. Y es que una de las consecuencias inmediatas de la corrosión del carácter, debido a las nuevas exigencias de flexibilidad del mercado laboral, es también la ruptura personal y social que nos producen esos cambios, y la confusión que se antepone ante la necesidad prioritaria de religarnos. ¿En el interior de la clase o en la intimidad del carácter? 

Un dilema que se repite cíclicamente, y que en el caso a que me refiero,  no en balde pertenecemos a la Unión Europea, se resolvió a favor de las obligaciones de la clase. Y de la ilegibililidad individual de lo que nos estaba ocurriendo. Lo que quiero decir es que cuando éramos unos cobardes gallinas blancas sabíamos dónde estábamos, y quienes éramos, unos cobardes, pero con la transformación en la vanguardia blanca contra la “invasión alemana” perdimos, sin darnos cuenta, nuestro relato personal. No me cabe ninguna duda de que ser un cobarde es un relato mucho más presentable en el mercado global del sentido, que ser un abanderado colectivo de la lucha contra el invasor. Es mucho más significativo, en términos narrativos, quien deserta que quien se inmola en el campo de batalla. Para el segundo serán las medallas y los honores de la Historia con mayúscula, pero el primero recabará la atención de las historias con minúscula, las que, al fin y al cabo, todos necesitamos para conseguir religarnos por dentro de la corrosión que nos asola al salir de casa para ir a trabajar. Antes de la llegada de los alemanes los gallinas blancas vivíamos más cerca de la fábrica de papel de Diderot que Sennett menciona en su libro, y cuyo secreto radicaba en sus exactas rutinas, es decir, estábamos como en casa y sentíamos honestamente que como en casa en ningún sitio. La llegada de los alemanes supuso entrar, de la noche a la mañana, en la fábrica de clavos de Adam Smith y su nada a largo plazo, ya que pensaba que esas imágenes de evolución ordenada, de fraternidad y serenidad, que preconizaba la fábrica de Diderot, representaba un sueño imposible. “La rutina, al menos en la forma de capitalismo que Smith observó, parecía negar cualquier conexión entre el trabajo corriente y el papel positivo de la repetición en el arte”. Fue así como el oscuro impulso a hablar de aquella cobardía, de la que éramos plenamente consciente, desapareció y ocupó su lugar una clara conciencia de clase, que como todo lo que es claro sin más no dejó de ser otra cosa que un dogma, por otro lado incomunicable, y únicamente creíble a pies juntillas y aplicable, fatalmente aplicable, como única respuesta a la invasión alemana. 

sábado, 5 de agosto de 2017

LA DOCUMENTA 14 DE KASSEL

El arte contemporáneo nace como una respuesta agónica a una doble estupefacción, que el ser humano moderno descubre en su ansia de progreso infinito hasta ocupar, después de derrocar la figura milenaria del Creador, la cúspide de su colosal obra imperfecta. Una hacia el exterior, la toma de conciencia irreversible de que es tiempo y lo que ello significa, a saber, que el tiempo pasa y que un día se acaba para siempre, incluso también para el ser humano moderno. Dos hacia nuestra intimidad, en la que lo primordial de esa forma de sentir es una soledad interior de la misma magnitud que el universo en que estamos sumergidos y perdidos, una soledad que da las verdaderas dimensiones de cuanto existe fuera de ella.

La Documenta de Kassel representa como ningún otro evento actual esta doble estupefacción que aludo. Es como llegar a los límites del mundo teniéndolo todo, y pedirle al mundo lo que te falta y nunca te podrá dar: quiero ser inmortal. La Documenta de Kassel también representa la corrosiva melancolía que a partir de esa decepción se extiende por el mundo. Sin que ni de la decepción ni de la melancolía nadie parezca hacerse cargo. Y son ya catorce las ediciones que lo intentan con verdadero éxito.

viernes, 4 de agosto de 2017

NUEVA VIDA PRIVADA

Pronto me di cuenta que en la fábrica donde entré como aprendiz, por mediación de mi padre, la lucha contra la rutina era el caballo de batalla dentro del recinto empresarial. Era ya el signo de los tiempos laborales. Pocos años después de empezar a formar parte de su plantilla, y dentro del ambiente de mundialización de la economía, la fábrica fue comprada por una compañía alemana que fue introduciendo los cambios pertinentes que imponían las nuevas formas de flexibilización en su combate contra la rutina laboral. Estos cambios son los que menciona Sennet en su libro, a saber, reinvención discontinua de las instituciones, especialización flexible de la producción y concentración sin centralización del poder.  Aunque participé de esa obsesión y desconcierto colectivos, nunca entendí realmente el alcance de sus consecuencias en cada uno de los obsesos. El comportamiento flexible da alas a la libertad humana, sin duda, pero al revés, vista mi experiencia en la fábrica desde la perspectiva del paso del tiempo, no lo tengo tan claro. Al final he llegado a la conclusión de que la verdadera creatividad es hija de la rutina. El lema “nada a largo plazo” le sienta bien a los neuróticos, que, mira por dónde, es la enfermedad que padecen la mayoría del censo de las grandes ciudades modernas. 

El novum moderno está lleno de trampas. Y aunque se ha convertido en algo hegemónico, pues todo el mundo lo practica - hoy el censo de cualquier ciudad está formado por unos miles o millones de ciudadanos genios que dedican su vida a exaltar todo lo que de original y diferente son respecto a los demás - al más puro estilo romántico de 1800 - que se creen especiales y diferentes unos de otros, que están dispuestos a hacer en su vida privada lo que en cada momento les salga de la entrepierna hasta el punto de haber convertido su conducta arbitraria en algo sagrado, y que, por tanto, deben ser tratados, Uno a Uno, como tales genios arbitrarios etc, etc. Todo lo cual ha engendrado, como ya he dicho en otras entradas, un individualismo radical inspirador de un nihilismo, no menos corrosivo que la fe del carbonero en cualquiera de las creencias religiosas habidas y por haber, y, por supuesto, más vitriólico para el carácter que la corrosión que denuncia Sennet. Otra cosa a debatir son los efectos también corrosivos que esa concepción nihilista de lo privado produce en forma de residuos invisibles no degradables, que los vierte sin escrúpulos sobre el solar abandonado, por el propio nihilismo privado, del antiguo espacio público, donde concurrían las legitimidades tradicionales, las creencias y costumbres colectivas históricamente cohesionadoras. 

Debe ser, a mi entender, en el ámbito de la vida privada del trabajador donde se tiene que dar la respuesta universal, y la comunicación a los otros que esa universalidad lleva asociada, a la corrosión del carácter íntimo por motivos laborales. El sindicalismo es una respuesta parcial, social y política a la vida laboral dentro del lugar laboral, esté donde la flexibilidad haya tenido a bien ubicarlo, lo cual no debe confundir ni  anular la capacidad de traducir en universal los efectos íntimos de esa corrosión laboral individual. Surge así lo propio del ámbito de la nueva vida privada, organizada alrededor, no de la libertad a secas como antes, sino de lo que cada uno hace con su libertad y lo que esa libertad hace con cada uno. Es una respuesta creativa, que hace visible la comunidad donde tiene lugar ese giro lingüístico que va de la libertad individual romántica al poder ser libres juntos. Hace visible la comunidad y la convierte en fuente y referente de sentido, al poder transmitir a sus miembros el hallazgo universal en que cada cual ha traducido su corrosiva experiencia laboral propia.

jueves, 3 de agosto de 2017

RUTINA O FLEXIBILIDAD

A partir de un momento de mi existencia, que coincidió cuando dejé voluntariamente la fábrica donde había trabajado los primeros dieciséis años de mi vida laboral,  empecé a preguntarme que hubiera sido de aquella si mi padre no hubiera abandonado su ciudad natal, que también era la mía, a finales de los cincuenta, meses antes de que visitara España por primera vez un presidente de los Estados Unidos de América, a la sazón, Dwight David «Ike» Eisenhower.  Si mi padre, en lugar de verse tentado por el ‘nada a largo plazo’ que le inculcaron sus hermanos mayores, hubiera seguido los consejos de Diderot, que alude Sennett en su libro, y que más o menos se resumen en ‘como en casa en ningún sitio’, todo hubiera sido distinto, aunque no me atrevo a decir mejor. Lo más conveniente sería decir que todo fue necesario para encontrarme frente a las preguntas que ya estaban presentes entonces, pero que ni mi padre, ni yo por supuesto, supimos verlas, como deudores que éramos de la cultura a la que pertenecíamos. Una cultura a la que pertenece la del trabajo, por lo que mi padre emigró, y que se inspira en  los principios modernos del subjetivismo romántico de Herder - recuerda, aquello de Filósofos a la mar - y no por las preguntas de Kant que más han atormentado a la mayoría de la humanidad en silencio, a saber, ¿de qué es y de qué no es capaz la razón humana y cuáles son sus pretensiones y sus límites? Como puedes suponer a esas preguntas sólo se puede llegar sin salir de casa, como fue el caso de Kant que no abandonó Koninsberg en toda su vida, o después del periplo de Ulises y habiendo soportado el canto de las sirenas, plantearte el cómo volver a casa. Los dilemas del trabajo occidental - rutina o flexibilidad, en mi casa o en tu fábrica u oficina - están teñidos, como no podía ser de otra manera, por la disgregación original del mundo en Espíritu y Naturaleza. 

Como dice Carl Jung, “el mundo occidental ha salvado la Naturaleza, en la que cree por temperamento y en la que se ve cada vez más enredado, a través de todas sus tentativas dolorosas y desesperadas de espiritualización”. Por ejemplo, la flexibilidad en el trabajo que propone Adam Smith en el libro de Sennett  - nada a largo plazo - acaba por fomentar en el trabajador la rigidez de su  alma, poniéndola en serio riesgo de desaparición. Por contra, la rutina  en el trabajo que propone Diderot - como en casa en ninguna parte - alienta la flexibilidad del alma del trabajador. Esta es la gloria de la modernidad occidental y también su condena. “El mundo oriental por su parte - continua Jung - ha elegido el Espíritu, decretando que la materia no es sino Maya, y se ha entumecido en su sueño en medio de la miseria y la suciedad asiática”. 


Ahora que lo pienso, mi padre huyó de su ciudad natal para no tratar con la pobreza, no con la roña, pues mi madre era mas limpia que los chorros del oro, eso es lo que siempre me dijeron. Aunque tengo para mí que huyeron, como todos los que abandonan su lugar de origen, en busca de algún tipo de éxito. Sea como fuere, el caso fue que sí lo obtuvieron - yo nunca pasé hambre, siempre fui bien vestido y puede ir a la universidad -, aunque mi padre nunca me dijo en que grado o si el éxito se parecía a lo que él y mi madre habían soñado. Lo que no me cabe ninguna duda es que a cambio del éxito, mi padre perdió su enorme y hermosa alma de carpintero, la misma que yo nunca pude heredar y que siempre he añorado. Y fue a mi madre a la que se le agrió el carácter.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LA CORROSIÓN DEL CARÁCTER, libro de Richard Sennet

La frase que me guiará en la crónica de la lectura de este libro es, sin duda, “Nada a largo plazo”. Aparece sin demora en sus primeras páginas, pues es para el autor el santo y seña de las relaciones personales del trabajo en el nuevo capitalismo digital, para entendernos, que es de lo que va el libro. Y, por extensión, de las otras relaciones personales que existen fuera de ese tiempo del trabajo, si es que ello fuera todavía posible. Y es que una de las consecuencias de este “nada a largo plazo” es la ruptura tradicional de la relación con el tiempo - mejor dicho, de la ruptura con la duración del tiempo - que desconocen por completo los nuevos trabajadores digitales. 

Lo que confiere sentido y orientación a todo movimiento, y al relato que lleva incorporado, es la capacidad que tiene de ser medido o contado. A esa posibilidad es lo que Aristóteles llamó ‘tiempo’. El tiempo es, por tanto, lo que otorga sentido a todo movimiento orientándolo desde un antes hacia un después, haciendo que este después esté ya incorporado en el antes para que el sujeto que se mueve sepa a dónde va. La historia de la humanidad ha cumplido, con más o menos precisión, este precepto del relato aristotélico, hasta hace cincuenta o sesenta años. Fue a partir de entonces cuando, en uno de esos acelerones que son tan propios del sistema capitalista, convirtió ese relato en algo inapropiado por desconocido para quien estaba fundamentalmente a su servicio, los nuevos trabajadores. De repente, donde todo había sido más o menos claro y lineal, aparecieron quebraduras y rincones oscuros propicios para la emboscada. De repente, fue imposible meter el después en el antes de una forma convincente, por lo que el fin del relato “saber hacia dónde voy” comenzó igualmente a quebrarse y a llenarse de espacios en blanco en los que nos se sabía que hacer, o de huecos en negro donde se empezó a intuir que allí habitaba el diablo, ese viejo conocido de los cuento infantiles. De repente, el tiempo lineal se rompió hecho pedazos, pero nadie nos enseñó a ver en esos fragmentos otra manera de medir y contar el tiempo,  en fin, nadie nos enseñó a medir y contar dentro de otros tiempos. Tampoco le puedes pedir a los acelerones del capitalismo lo que nunca te podrá dar, a saber, aprender el arte de demorarse, la salida honorable en la medida que ahí radica el verdadero conocimiento, al corrosivo ‘nada a largo plazo’. Lo único que si es verificable, nada más tienes que medirte y escuchar lo que dicen tus antecesores - tal y como hace el Narrador del libro - es que la ruptura de la duración tradicional del tiempo afectó al carácter de los trabajadores, y el carácter corroído de los trabajadores ha ido modelando su incierto destino. En esas estamos. 

martes, 1 de agosto de 2017

FINAL DE TRAYECTO


La aventura del “Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán”, de Rüdiger Safranski llega a su fin. Ha sido un recorrido de más de trescientas cincuenta páginas y casi doscientos cincuenta años, que comenzó con el grito “Filósofos, a la mar”, que pronunció Johann Gottfried Herder el 17 de mayo de 1769 en Riga, antes de subir a bordo de una nave que transportaba centeno y lino con destino a Nantes. “Mi única intención es conocer desde más perspectivas el mundo de mi Dios”, fueron sus palabras de despedida de la comunidad a la que pertenecía en tierra. Un recorrido que acaba con unas palabras exhortativas del autor y una cita de Rainer María Rilke, que ya he mencionado en otra entrada: “Por otra parte no podemos perder el Romanticismo, pues la razón política y el sentido de la realidad no son suficientes para vivir. El Romanticismo es la plusvalía, el excedente de hermosa extrañeza frente al mundo, el excedente de significación. El Romanticismo despierta nuestra curiosidad para lo completamente diferente. Su imaginación desencadenada nos otorga los espacios de juego que necesitamos, siempre y cuando compartamos la observación de Rilke: no estamos muy seguros, no nos sentimos en casa en el mundo interpretado”.

Lo que hecho durante este itinerario lector ha sido comprobar en que medida le podía dar alojamiento en la sensibilidad del momento presente. Para ello la pregunta que me he hecho ha sido, ¿en que medida las advertencias de Safransky y la observación de Rilke están presentes e interpelan a la vida actual de los millenials, teniendo en cuenta que son ellos los que se han de encargar, o se están encargando ya, del mundo que han heredado? ¿O hemos de reconocer que las palabras finales del libro son también las de aquel mundo que inauguró Herder, y que, por tanto, a otra cosa mariposa? Dicho de otra manera, ¿hemos de reconocer que los millenials aupados en la digitalización total de su experiencia no están en condiciones de ser herederos de nada, sino fundadores de todo? ¿Y que son así en tanto en cuanto ya no son dueños de su voluntad al quedar subyugados al poder de los dispositivos que manejan? Ya que en caso contrario, al ser ellos los que todavía manejasen a los dispositivos, estaríamos en una nueva etapa de la romantización del mundo, como diría Novalis. La etapa digital del Romanticismo, a mi entender, la más romántica de toda la historia de la humanidad. Aunque por ello no deben eludir enfrentarse a lo que acarrea verdaderamente de novedoso, que no es el mundo, sino, a saber, la tensión entre lo que hoy puede representarse y lo que pueda vivirse. Algo que siempre ha acompañado a las diferentes generaciones de románticos y que Goya nos advertió de sus riesgos en la estampa “el sueño de la razón produce monstruos”. El intento entre la tropa de los millenials de conducir esta tensión a una unidad sin contradicciones puede llevar al empobrecimiento o desertización de la vida. O en el peor de los casos, a un nuevo intento de su aniquilación total. Aquí se encuentra el auténtico reto de los millenials y el peligro que detecto en esa comunidad de nostalgia que han ido formando con sus padres y profesores, como respuesta, de momento, a aquella tensión que aludo. Todos colegas, todos amigos para siempre, así en el aula como en el hogar dulce hogar. Y en internet. Fíjate en la advertencia goyesca al tratar con el salto romántico que se ha producido en poco más de doscientos cincuenta años. De filósofos a la mar, a todos en internet. De mi única intención es conocer desde más perspectivas el mundo de mi Dios, a mi única intención es poseer todas las perspectivas del mundo al instante. De querer conocer a Dios, a creerme Dios. De la necesidad de seguir representando el mundo, a creer que ya no hace falta porque el mundo es mío. La tensión ha desaparecido, y las contradicciones también. Ahí dentro, y al día de hoy, parece que nadie es capaz de representar nada más allá de lo que creen que es posible traducir a una realidad vivida. El desierto avanza inexorablemente. El cambio no es climático, sino de abandono del espíritu romántico que, en la modernidad en que vivimos, es como decir el abandono de toda vida espiritual. Ese mundo ya existe, por ahora, en forma de distopía. ‘Un mundo feliz’, de Adous Huxley. Un mundo cuyo destino es no tener destino. Un mundo donde todo se fusiona en una acción técnica constante. Lo habitan dos tipos de seres: los que tienen cerebro, refinados y melancólicos, y los nuevos primitivos que se mueven en ese mundo como los monos del zoo en una jaula, deshinbidos, desorientados y angustiados. Les iguala el que tanto los listos como los tontos han perdido su alma. Iremos comprobando si me equivoco. Eso espero.

lunes, 31 de julio de 2017

BERLÍN ANTIROMÁNTICO

La Irrealidad de La Guerra se proyecta en la actualidad de forma inquietante en una sociedad dominada cada vez más por una Irrealidad Digital, en la que parece que no es imaginable la guerra, pues aquella se ha hecho increíblemente cara y suntuosa, es decir, hemos adquirido conciencia de todo lo que perderíamos si nos dejásemos llevar por los cantos de sirena de los guerreros tipo Jünger. Todo lo cual no ha impedido a los últimos emuladores del Romanticismo digital llamar a nuestra época nuclear, no inestablemente pacífica, sino pomposamente pacifista. Es por ello que nunca como hoy se hace necesario recordar la intuición que Rilke dejó escrita en la primera elegía de Duino: “la belleza no es sino el comienzo de lo terrible”. La belleza digital millenials aupándose por encima de todas las bellezas, se convierte, según las predicciones de Rilke, en las más terrible y amenazadora. Tenlo en cuenta.

El ejemplo primero de esa letal secuencia, belleza-terror, fue la ciudad de Berlín en el periodo de entre guerras, donde se instaló un nuevo espíritu, digamos, escaldado respecto a todo lo referente al Romanticismo belicista precedente. Un espíritu que espoleado por las vanguardias artísticas y tecnológicas pretendió instalar una nueva manera de mirar el mundo fuera de los cantos románticos inspirados en el campo y en las pequeñas ciudades. El Berlín guillermino e imperial había sido impresionante, pero el nuevo Berlín republicano resultaba irresistible con su “atmósfera bella, seca, reservada, pero no fría, con una dinámica indescriptible, ilusión de trabajo, afán emprendedor, disposición a tragarse los golpes duros y seguir viviendo”. Como los digitales de hoy, aquellos nuevos berlineses pretendían huir del horror de la guerra en el campo con el embellecimiento la vida de la ciudad. Sin embargo, lo que a la larga se hizo realidad en el Berlín de entreguerras fue la intuición demoledora de Rilke. Es decir, no hay posibilidad de escapar de lo terrible pues lo terrible somos nosotros mismos, da igual como nos embellezcamos. El nuevo espíritu de Berlín, que adelantó el que sería dominante en las grandes ciudades después de la Segunda Guerra Mundial, pretendía ser bello, muy bello, y atrevido, muy atrevido, pero, término a término, decididamente antiromántico. Movilidad frente al enraizamiento; frialdad contra calor; olvido frente al recuerdo; distracción contra la concentración; trasparencia frente a lo impenetrable; claridad contra la oscuridad; lo inequívoco frente a lo que está entre dos luces. Bertolt Brecht publicó un ‘Libro de lectura para los habitantes de la ciudad’. Bajo un nuevo comportamiento de la frialdad, el ciudadano de Berlín debe mantener la distancia, considerar los alojamientos como provisionales, desconfiar, ser ahorrador en el uso de las palabras, no prometer nada ni dejarse atrapar por nadie, ser indolente, no dejar apagado el cigarrillo, sentarse en cualquier silla, pero no quedarse en ella sentado, y, sobre todo, borrar las huellas. Gottfrield Benn escribe en 1930: “Ya no hay ningún destino, las parcas han pasado  a ocupar un puesto de directoras en una empresa de seguros de vida, en el Arqueronte se ha puesto un cultivo de anguilas, la antigua representación de lo terrible se presenta en la apertura de la exposición a la higiene como algo en lo que todos pueden participar, mientras que la moda alemana de desfilar con vestidos de diferentes colores se reduce con profunda emoción a su contenido normal”. Como puedes deducir estamos ante un renovado instinto para el instante. Carpe diem. El que continúa hoy mismo. No hay nada más digital que esa concepción del tiempo, ni belleza que aguante, sin transformarse en algo terrible, disponiendo de una sola concepción del tiempo con que acicalarse.


Hay dos mujeres que, a mi entender, representan cabalmente este momento berlinés, que lo fue también del mundo. Marlene Dietrich y Greta Garbo. Dos mujeres que se pusieron por primera vez los pantalones entre los hombres para realzar, aún más si cabía, la fuerza irresistible de su femineidad individual. Sin protección ni patrocinios masculinos. Y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron. Abriendo una vía a la imaginación que aún sigue fertilizando hoy por igual a hombres y mujeres. No es posible entender el desparpajo de las millenials sin el que inauguró Dietrich deambulando por las calles y cabarets berlineses de los años veinte. Y tampoco se puede entender la rabiosa individualidad de las millenials sin aquella frase memorable que Garbo le soltó a su protector en la película ‘Gran hotel’, haciendo brecha para la posteridad en el muro del patriarcalismo ancestral y milenario: “déjame, quiero estar sola”.

sábado, 29 de julio de 2017

LA VIDA SIN NUMEROS

Que los números son exactas y bellos, nadie lo duda al menos desde Pitágoras. Que las palabras son ambiguas y misteriosas, nadie lo duda al menos desde Parménides.Que podemos vivir sin los unos y sin las otras, nadie lo duda tampoco porque antes que con las cuentas y con los cuentos, los recién nacidos entran en el mundo con los cantos. Luego el que nuestra especie haya evolucionado con los números, hasta hacerse perfectamente algorítmica como en el momento actual, no tiene que ver con su pertenencía al mundo, sino con la mejor forma de de dominar y soportar la vida. Pero aunque nos parezca increíble, hay tipos que no tienen esas necesidades. Sencillamente viven sin números.

viernes, 28 de julio de 2017

LA SALUD Y LA INTELIGENCIA

 ¿Pueden ser estas las palabras que le conviene escuchar a Peligro después de su visión autoaniquiladora? A mi gustaría pensar que sí.

POEMA 172
de Vicente Verdú
(lee los otros poemas Aquí)

La salud, desde luego,
no es la inteligencia.
Hay gente muy tonta
a la que no le duele absolutamente nada. 
Ni siquiera le duelen las muelas
o las articulaciones
e ignoran la fiebre.
Todo ello dentro de una beatitud
saludable que parece injusta
o falsamente boba.
Frente a la supuesta lucidez de poetas gravemente enfermos -
que ofrecieron las llaves
de la sombra, la melancolía o la degeneración -
el mundo sanamente transparente.
Sin una sombra en la radiografía,
sin una mancha en el pulmón. 
La enfermedad, en cambio, es un monstruo
de diferentes morfologías
que empeñándose en convivir
apegado a nuestras carnes
termina por hacerse un órgano
más del  ser.
A través de la enfermedad se perciben 
las nocivas bacterias
y el mundo aparece
cuarteado en sus averiadas  piezas.
Ver a través de la enfermedad
equivale a usar una retícula que detecta
el material inseguro de la existencia,
las quiebras  diarias,  sus grietas,
sus barrancos y cárcavas.
Mientras estar sano,
por el contrario,
proporciona a menudo
un mundo enjuagado 
de sus peores amenazas.
¿Qué preferir?
La imposibilidad empírica
de la esta elección
es manifiesta
pero no anula, en su fondo,
la oposición entre el padecimiento
del conocimiento herido
y la condescendencia feliz.
Entre el dolor de un paladar sin sabor,
sembrado de llagas,
y el fragante sabor de los mil alimentos
que al enfermo le roba
el bárbaro imperio de su enfermedad.