martes, 12 de diciembre de 2017

ELTON EL BRASILEÑO

Abandoné Kassel con la sospecha de que mientras el nihilismo gobierne secretamente la vida de los ciudadanos de Occidente (cubierta por un sinfín de aparentes convicciones), el arte no saldrá de su interminable crepúsculo. Abandoné Documenta 14 con una sensación ambivalente que iba y venía, y viceversa, desde haber caminado por una barraca de feria - pasen y vean lo nunca visto, pasen y vean a la mujer barbuda o al perro con dos cabezas - hasta comprobar que el arte sucede cuando y donde menos te lo esperas, o como dijo Sartre el arte tiene valor porque es una llamada. Abandoné Kassel y Documenta 14 con la doble convicción de que el arte no tiene cabida en una sociedad de descreídos consumistas y de que el arte existe, a pesar de que aquella llamada ya no sea por el valor sino por el precio. ¿Podemos los ciudadanos construir nuestra vida de forma creativa si mediante la apariencia con que ocultamos ese secreto nihilista celosamente guardado, creemos y hacemos creer a los otros que es lo mismo que lo que somos? ¿No tiene esta conducta la misma música que la de los banalizadores del mal: solo cumplía órdenes? ¿No es hoy, propiamente dicho, la banalización del bien que tanto nos complace: solo cumplimos las órdenes que nos dicta nuestro secreto nihilismo? Al fin y al cabo, estamos ante una actitud nada creativa y totalmente reactiva frente a lo que no creemos, que nos impide, a su vez, saber lo que creemos y lo que queremos hacer con lo que creemos? ¿Querían volver al mundo los que abandonaban Kassel y Documenta 14? ¿Lo quería hacer yo? ¿Cómo poder responder a preguntas así, si el mundo unos días parece haberse ido a pique y al siguiente parece que celebra su fiesta mayor? O mejor dicho, ¿cómo volver al relato del mundo de que todo está fatal si a cada paso le sale, por seguir con la jerga de Documenta, una instalación narrativa con aires globalmente festivos? 

Me iba haciendo estas preguntas en el tren de vuelta a Frankfurt de Meno, donde teníamos previsto recoger las bicicletas que habíamos alquilado y continuar viaje en tren a Würzburg. Al tiempo reconocí algunas de las caras que había visto durante mi estancia en Kassel. Lo que me salió del alma, por darle cabida a lo que el alma pueda llegar a ser, y a ver que pasa, en este ambiente de nihilismo que describo, fue dirigirme a tres de ellos que compartían asiento, y preguntarles que les había parecido la exposición. Pensé al verlos, como siempre pienso en estos casos: si lo que me ha pasado a mí en Documenta solo me interesa a mi, ni tan siquiera a mi me interesa, y a ustedes ¿les sucede lo mismo? Pero, ¿cómo hacerlo? Recordé que a los tres los había visto recostados plácidamente en los escaños del parlamento de los cuerpos. ¿Les preguntaría por cómo les había ido la visita a la barraca de feria? ¿O me ponía campanudo y les preguntaba - si era capaz de olvidar la cara de satisfacción que recuerdo haberles visto mientras permanecían allí estirados en los escaños hamacas - si habían descubierto algún sentido desconocido a la representación parlamentaria, ahora que ha cobrado tanta pujanza la democracia directa? Pues una de las creaciones que, a su vez, se derivan de la visión, digamos, horizontal y multicéntrica, de las instalaciones de Documenta es la de la comunidad de espectadores. Que los organizadores no parezcan hacerse cargo del asunto es, tal vez, lo más decepcionante de la experiencia del arte contemporáneo. El Yo Absoluto de la modernidad, una vez más Si o Si, yo me lo guiso y yo me lo como como Juan Palomo. Aunque para que pueda aparecer el Como si... que lleva aparejada la comunidad de espectadores o de lectores haría falta - pensé viendo a los del parlamento de los cuerpos, ahora sentados en el tren, atentos cada uno a su pantalla del móvil como si fueran unos desconocidos entre ellos, como si en lugar de Documenta vinieran cada cual de cualquier sitio - que hicieran de sus apariencias un trasparencia pactada. Buscando más la dignidad propia y ajena, a través de ese autoengaño que no engaña a nadie, que es familiar sin dejar de ser extraño. pero que todos convenimos que es necesario para vivir juntos.


Cuando llegamos a Würzburg, nos recibió Elton el brasileño en la casa donde íbamos a pernoctar las próximas horas, ante de iniciar la ruta romántica que tiene su salida en la capital de la Franconia. Antigua región histórica, constituía una de las tres partes en que se dividió el Imperio de Carlomagno. La parte que hoy corresponde a Alemania, dentro del estado de Baviera, conserva el nombre original. Como dice Duarte en su diario: “Elton el brasileño nos esperaba. En chancletas nos baja a recibir y nos ayuda con el equipaje, amable y muy dulce parece un angelote, estirado, muy alto y rubio. De fácil comunicación. No hay nada como los idiomas hermanos.”