jueves, 30 de abril de 2020

EL LECTOR QUE QUIERO SER

Leer y ser leído, como Sentir y ser sentido, en fin, como Amar y ser amado siempre es peligroso, porque siempre se hace desde el lado precario del Alma. El ser amado siempre será un extraño par ti y tu lo serás para él. Aquí se asienta la precariedad de los sentimientos y del alma. 
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HUMILDAD (Richard Ford)
“La naturaleza básica de la Literatura que se imparte en la Academia(escuela+instituto+universidad) es la naturaleza de la Academia misma, a saber, la conservación y el instinto de supervivencia, mientras que la de la creación literaria (Lectura y Escritura) consiste en estar en el filo peligroso de las cosas. El arte de la Lectura y la Escritura es débil, optativo y precario. Pero la Academia se protege se la debilidad tras una historia de grandes libros, gran pensamiento y gran Escritura ya realizados. Dando la falsa impresión de que en la Academia la verdad parezca más accesible de lo que realmente es y menos un asunto que requiere valor, coraje y visión personal.
En el diseño curricular de la Academia destaca de forma exclusiva la importancia de la soberanía histórica de los textos y la visión romántica de sus autores, dejando fuera la visión del carácter (o destino) de lo escrito y su más importante potencialidad: lo que los lectores hacen con ello al leer (su propio carácter y destino) y su necesidad de que se le cuenten cosas.
La envidia latente que todos sentimos por la expresión personal elevada, involuntaria y poderosa, esa casi automática ansia de una especie de testimonio y manifestación de la verdad, no respaldada por la familia, ni por la Academia, ni por ninguna otra institución gubernamental de nuestra sociedad.”
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RESPONSABILIDAD (Constantino Bértolo)
”Quiero pensar que los acercamientos a lo literario que propongo se levantan sobre unas coordenadas básicas con capacidad suficiente para trazar algún perfil útil y representativo de ese acto literario sobre el se ha venido construyendo, a mi entender, el espacio de Interrelacion  social que llamamos literatura. Responsabilidad del que habla y responsabilidad el que escucha, responsabilidad del que escribe y responsabilidad del que lee. La literatura como Pacto de Responsabilidad es la noción de lo literario que atraviesa estas reflexiones y bien puede decirse que su argumentación es el argumento de este libro. Entendido el Acto Literario como singular uso del patrimonio público que el lenguaje representa y mediante el cual nos constituimos como seres sociales que somos, la Responsabilidad aparece como elemento necesario, inevitable y deseable. Estas reflexiones surgen a partir de los análisis de los cambios que el contexto sociocultural concreto introduce en las condiciones de ese Pacto.
Lo que atañe a la Lectura tiene su raíz en el convencimiento de que es la realidad que nos acompaña quien Lee con Nosotros, al tiempo que, dialécticamente, esa realidad brota de la lectura que efectuamos de lo existente (material o inmaterial, tangible o intangible). Y que, en efecto, toda lectura es personal, si bien, y precisamente por serlo, es lectura compartida, común, colectiva. La lectura como espacio común, aunque pasado por el tamiz de las huellas dactilares que conforman nuestra personalidad lectora.”
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ATENCIÓN (John Berger)
“El resultado de una historia, de un relato. Tengo el presentimiento de que éste podría ser un término útil para enfrentarnos al reto que nos dejó Antón Chejov: “El papel del escritor es describir las situaciones tan verazmente...que el lector ya no pueda eludirlas.” Resultado: como en resultar ileso o resultar herido.
Generalmente, no se emplearía nunca este término para hablar del final de un relato, de lo que les termina sucediendo a los protagonistas, sino que se utiliza el mas apropiado desenlace. Un desenlace trágico, feliz o trascedente.
Sin embargo, parece e adecuado para referirnos a cómo dejan el relato para seguir con el curso de sus vidas quienes lo han oído o leído. ¿Dónde deposita el relato a quienes lo han seguido y en qué estado de ánimo? ¿Qué resultado ha tenido en ellos?
La respuesta a esta pregunta puede depender de lo que el relato haya descubierto y revelado o de su imperativo moral, en el caso de lo que tuviera. pero según mi presentimiento, hay otra respuesta, más interesante.
Cuando seguimos un relato, seguimos a su narrador, o, más exactamente, seguimos la trayectoria de la tensión del narrador, lo que ésta observa y lo que pasa por alto, aquello en lo que se detiene, lo que repite, lo que considera irrelevante, aquello hacia lo que se precipita, lo que rodea y lo que une. Es parecido a seguir un baile, no con los pies o con el cuerpo, sino con nuestra observación y nuestras expectativas y recuerdos vitales. 
A lo largo del relato nos acostumbramos a los procedimientos del narrador, a su manera del prestar atención y luego de dar sentido a lo que a primera vista parecía caótico. Adquirimos sus hábitos como narrador.
Y si la historia nos ha impresionado, haremos nuestro algo de esos hábitos, algo de su manera de prestar atención. Y entonces los utilizaremos para dar sentido al caos de la vida, en la que se ocultan multitud de historias, de relatos.
Es ésta la herencia a lo que me refiero cuando hablo de resultado de un relato. Cada narrador tiene sus propios procedimientos. No hay dos iguales.
Sin embargo, si imaginamos lo relatos que se están contando de un extremo a al otro del mundo, encontraremos, creo yo, dos categorías principales. Aquellos cuyas narraciones hacen hincapié  en algo esencial que está oculto, y aquellos que hacen hincapié en lo que se revela.”
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IMAGINACIÓN (Alejandro Gándara)
“La siguiente reflexión esta presidida por la idea de que una realidad observada minuciosamente - y cambiando las perspectivas convencionales y compartidas en las representaciones colectivas - revela la ficción que se esconde en esa realidad o al menos una estructura que en muy poco se distinguiría de una invención o de una creación pura. Por otra parte, al observar de ese modo los asuntos comunes se perciben los distintos caminos (o grietas) por los que el caos se filtra en el mundo ordenado (que acabamos aceptando como algo natural y objetivo) y como las variantes del mal y del dolor se adueñan del orden y la objetividad que parecían regular de forma intachable el mundo. Todo eso presupone una escritura transversal que desnuda la mirada apresada por los tópicos de la Información y de la comunicación. Lo que cambia es la posición del observador y los comportamientos del lenguaje, atentos a las zonas ciegas que pasan desapercibidas en los discursos generalizadores y en el pensamiento que procede mecánicamente.”

miércoles, 29 de abril de 2020

UN CUENTO CHINO 2

DEFORMACIONES
La pregunta que no lanzó Telmo a los espectadores cotertulios, viendo la deriva en la que había entrado la conversación, fue si los  allí presentes iban a algún sitio elegidos por ellos mismos o, por el contrario, seguían la senda que le marcan los tours operators o flautistas de la cultura en general y del cine en particular, a saber, periodistas sin sueldo fijo, periodistas en plantilla, profesionales con deformación profesional obsesiva, comentaristas culturales, sin ninguna obsesión diagnosticada, de lo que se cruce en su camino sea cultura o no, influencers, etc. A sabiendas que la locución “ese sitio elegido por ellos mismos” coincide cabalmente con lo que no sabe un espectador y por eso se sienta delante de la pantalla, primero, y días más tarde se sienta alrededor de una mesa para conversar sobre lo que cada uno de sus amigos del alma ha visto o dejado de ver o piensa que había tenido que ver. El caso fue que una espectadora dijo, respecto a la escena en la que Roberto y los espectadores conocemos, simultáneamente, al chino en el momento en que lo sacan de un taxi a empujones, y el protagonista sin aparentemente pensárselo demasiado se acerca al chino y lo recoge y le presta su ayuda por solidaridad (?). El interrogante es lo que se le colocó encima de la cabeza a Telmo, de igual manera que en los cómics o tebeos se le pone un luz a los muñecos que aparecen en la viñeta. Otro espectador, aunque de procedencia profesional difusa, no se abstuvo de diagnosticar a Roberto como un patológico obsesivo que merecía un tratamiento de urgencia. No dijo, o, como Telmo, no se atrevió a decir que ese tratamiento era extensivo al resto de los espectadores, aunque el brillo de sus ojos lo delataron. Una tercera espectadora alzó la mano, viendo como las palabras que salían a la palestra en lugar de poner claridad en la mente de los oyentes, la iban oscureciendo y, por extensión, el ambiente en el que todavía tenia que desenvolverse la conversación. Como era preceptivo, manifestó su convicción (no su no saber) que Roberto el ferretero acogió al Chino en su hogar, que ella lo veía con una metáfora de su alma, debido al sentimiento de culpa que lo embargaba. Evidentemente ese sentimiento, que a su entender organizaba el sentido de todo la película, no aparece filmado o sugerido al principio. Esta espectadora insistió en que la primera vez que hace su aparición de forma significativa la culpa es en el momento en el que Roberto, después de que el chino vomita en el interior del su coche, digamos, no aguanta mas y lo abandona en la primera para de autobús que encuentra. Pero en la siguiente secuencia, delante de un suculento plato de comida, dijo la espectadora culposa, por llamarla así, Roberto no pudo evitar dejar ver su malestar ante lo que acaba de hacer. Se levanta y vuelve a la parada donde, aunque haya pasado bastante tiempo, contado en términos de metraje cinematográfico, allí sigue impertérrito el chino, lo cual puede hablar también, pensó Telmo, de su tácita cultura zen. Al entender de la espectadora culposa, es la intensidad de ese tiempo desmesurado la que justifica la aparición solemne del sentimiento de culpa a que ella se refería, y con el que se reconciliaba totalmente. Además de solidaridad y culpa fueron saliendo en las otras intervenciones palabras como absurdo o azar, para definir el ambiente o atmósfera que dominada la actuación del protagonista en la película. Lo que a Telmo le sorprendió fue que, sin justificar el por qué de las acciones del personaje principal, Roberto el ferretero, calificaran su austera y callada conducta, y las diferentes derivaciones, como solidarias o  absurdas o azarosas o culpable. A esa manera de mirar Telmo la justifica por lo que denomina deformación de la mirada, bien por razones profesionales bien por hábito de estar atornillado, nunca mejor dicho, a la jaula donde cada uno vive o desea que lo vean viviendo. Al entender de Telmo, Roberto el ferretero no es mas obsesivo, neurótico o cerrado en sí mismo que lo pueda ser cualquiera de los espectadores que vean la película. Que el narrador acentúe o subraye tales características tiene que ver con la intención que anima su relato, y también con el tipo de estructura, o campo narrativo, donde lo quiere enmarcar. Por si el espectador tuviera dudas ahí tiene el título, un cuento chino, les dijo Telmo a los contertulios. No es un pelicula de las llamadas naturalista o de realismo social. Es un cuento o también una fábula, y ahí es donde debe entrar, si consigue abandonar su jaula, el espectador. No se lo dijo a los contertulios exactamente con estas palabras, pues Telmo sabía que si los sacaba abruptamente de su jaula se molestarían. El espectador (como el lector) enjaulado, que es el atributo que mejor los define, no gusta de ajetreos ni sorpresa, por mucho que lo repita en su repertorio de apariencia en público. El espectador enjaulado lo que quiere, cuando queda para comentar una pelicula con otros espectadores enjaulados es pasar una velada agradable, sin tener que salir de la jaula. Lo que si les dijo fue que si prestaban toda su atención a la manera en que aparece el chino y Mary ante Roberto, el ferretero de rostro atornillado, comprobarían que no son seres que procedan del mundo de la ferretería ni de sus afueras. Comprobarán que proceden del afuera del afuera del mundo de la ferretería y de donde vivan cada uno de los espectadores. Son, por así decirlo, seres intermedios, no inmediatos ni sospechosos de pertenecer al mundo que detesta Roberto. Por eso, primero se queda perplejo, pensado si es cierto lo que esta viendo. Pues Roberto, efectivamente, y los espectadores si siguen junto a él, no para juzgarlo sino para entenderlo, que es lo mismo que entenderse así mismos, están delante de dos visiones. Así, piensa Telmo, que está construido  filmicamente el cuento, alrededor de estas dos formas, repite, intermedias, entre el celestial e inaccesible mundo superior y el peligroso y cruel mundo terrenal donde habitan los humanos. Sin mediar palabra entre ellos, como dice Mary cuando vuelve del paseo que ha hecho con el chino, su alianza de seres aparecidos, va abriendo una grieta, y otras, en la mente ferretera de Roberto. Hasta el momento de la vaca final, que se emparenta con la que ha sido motivo desde el principio.

martes, 28 de abril de 2020

NUEVA EDAD MEDIA

“Un grado de intensidad especial de los sentimientos cotidianos es lo político. Se encuentra en cualquier lugar donde viva gente. Es una forma elemental, mueve la historia. La unidad de medida se llama: confianza.” (Alexander Kluge) 
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Hay una distancia, que define un horizonte, entre el psicólogo, el político, el pedagogo, el vendedor, y sus clientes: los obsesivos, los electores, los alumnos y los compradores que no la había entre el cura u obispo medieval (pues eran todo a la vez: psicólogo, político, pedagogo y vendedor,) y sus feligreses (que también lo eran todo a la vez: los obsesivos, los electores, los alumnos, lo compradores de aquella época lejana). A esa distancia y a ese horizonte es a lo que hemos convenido en llamar Libertad y al campo de acción donde uno pude practicarla con los otros, y entre los otros, hemos decido llamarlo Democracia. Y a la Libertad mas la Democracia la hemos llamado Modernidad o etapa posterior a la Epoca Medieval. 
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Sin el respeto escrupuloso hacia esa distancia y su horizonte, cuyo tránsito es siempre moderno, es decir, una irrepetible e irreductible experiencia individual, y sin el respeto escrupuloso, igualmente, a la confianza de uno respecto a los otros, y viceversa, no podríamos seguir nombrando nuestras relaciones interpersonales con los nombres de Libertad, Democracia y Modernidad. Ya que el uso extensivo de las palabras y aquello que designan no puede ser ilimitado. 
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Llegados a ese extremo lo más honesto, si ya nos somos capaces de cumplir con las exigencias de tales palabras, es cambiar de palabras. 
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Todo lo cual hace posible que, al hilo de los acontecimientos del presente, sobre el que impone su contagio la Acelerada Obligatoriedad de la Actualidad mediante su inoculación permanente (una AOA, convertida así en ideología única, como lo fue el contagio de la omnipresencia y la omnisapiencia de Dios en la época medieval), no sea descabellado preguntarnos (así doblemente contagiados, COVID-19 mas AOA), ¿eso que llamamos futuro de la humanidad, no será otra cosa que ir al encuentro con (a la espera de un nombre mas apropiado, valga el uso de oximerones) una Nueva Edad Media? O dicho de otra manera, en contra de todos los optimistas presagios que predica sin cesar la algarabía positivista, ¿la globalización de la humanidad no puede ser moderna, sino únicamente neomedieval? ¿NeoMedievalizar nuestra vida y nuestra sensibilidad, entonces, es regresivo? ¿O es más bien retroprogresivo? 
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En fin, ¿como se hace esto, como se habla de esto y como se escucha esto? ¿Cuáles deben ser las nuevas palabras que señalen y den sentido a lo que se haga, se hable y se escuche? ¿Cual es el nuevo pacto de responsabilidad entre hacedores, hablantes y oyentes? ¿Cómo se piensa todo eso? O a lo mejor, ahora que lo pienso, ¿todo debería empezar al revés?
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Sin embargo, no puede dejar de reconocer, siguiendo a Kluge, la indestructibilidad de lo político y su presencia en lo cotidiano. Hacen falta, por tanto, líderes o dirigentes con mucho talento dramático para obtener una mayoría solvente entre los abruptos clanes pastorales de la AOA y conservarlo tanto en época de intensa pandemia como de salud amenazada. ¿Hay alguien por ahí?

lunes, 27 de abril de 2020

UN CUENTO CHINO 1

EL MUNDO EN UNA FERRETERÍA 
Poco después de que Telmo conociera a Roberto, el protagonista de la película 
“Un cuento chino”, de Sebastián Borensztein, el primero se preguntó porque tenía que entrar en la ferretería donde trabaja el segundo. La pregunta le parecía pertinente siguiendo el precepto de todo lector o espectador que, comprometido con la lectura o con la película que ha decidido leer o ver (es decir, que ha decidido darle la venia o escuchar y mirar lo que el narrador de aquellas cuenta con lo dice, adquiriendo de esta manera el necesario pacto de responsabilidad que este tipo de actividad necesita), de no aceptar nada por ya dado de manera definitiva. Bajo los auspicios de este precepto, digamos, ético de relación con el narrador y estético con la forma que debe adquirir esa relación, Telmo se preguntó porque Roberto no lo recibía en una librería o en una farmacia o en una sastrería o en un despacho burocrático o en una biblioteca o...¿Cual era la intención al recibirlo en la ferretería donde se ganaba la vida y donde, aparentemente, también se ganaba su vida? ¿En cualquier otro de los lugares mencionados, se peguntaba a su vez Telmo, Roberto se presentaría ante el espectador igualmente huraño, cascarrabias, misántropo, etc.? O por mor de la función que cumplen en el entramado que forma el sistema social vigente, Roberto no podría manifestar ese carácter asocial, por decirlo así, en pleno rendimiento. Como no podía ser de otra manera, a la pregunta que el mismo Telmo se hizo no pudo responder hasta después de haber acabado de ver la  película. Fue entonces cuando le resultó mas evidente la simbología que el narrador pretendía destacar ante el espectador al meter a Roberto en una ferretería. Esa no era otra que trasmitir al espectador una imagen visual (no se dice valga la redundancia, porque también hay imágenes literarias, filosóficas, periodísticas, poéticas, etc)  suficientemente elocuente para definir, de una vez por todas el carácter del personaje, a saber, Roberto esta atornillado a su ferretería como lo pueden estar cualquiera de las estanterías donde almacena los tornillos, arandelas, tuercas y demás productos de una tienda de ese tipo. En fin, como lo pueden estar cualquiera de esas estructuras sólidas que forman los puentes, las casas y las demás estructuras sólidas donde es difícil imaginar que pueda fluir algo entre sus partes, pues ya todo está solidificado entre ellas. Para entendernos, un puente es un puente hasta que se caiga por la fatiga de los materiales, que no se detecta por que nunca se quejan hasta que se lo lleva una riada o se hunda una mañana sin previo aviso. Así Roberto, el ferretero protagonista de “un cuento chino”, con una única diferencia que este no deja de quejarse constantemente lanzando exabruptos, o insultos cada vez mas recargados de adjetivos malsonantes, contra todos los clientes que entran en su ferretería a tocarle las pelotas. Lo cual es un indicio nada despreciable para el espectador Telmo de que Roberto es como un puente o una torre Eiffliel, pero no es ni un puente ni una torre. Es y sigue siendo un ser humano. La primera manifestación de tal evidencia oculta tras su atornillamiento vital es la aparición, o visión, de otro ser humano de procedencia oriental, china mas en concreto. La segunda es cuando una mujer con forma de ángel, a Telmo no se le ocurre mejor acoplamiento de Mary con esa forma de aparecer ante Roberto y ante el mismo, lo hace como la enamorada incondicional de Roberto. Pues es la que le dice nada más ser conocida también por el espectador, que es un hombre noble y honesto pero atornillado a un inmenso dolor del que no sabe como desprenderse, ofreciendo su amor incondicional para tal menester.

En la conversación posterior al visionado de la película Telmo tomó nota de que la mayoría e los contertulios no se había parado a pensar en este aspecto de quien es Roberto y desde donde habla, que como todo buen espectador sabe es la condición de posibilidad necesaria para que el espectador sepa cual es lugar desde él mismo va a mirar y pensar lo que ocurra en la película, con su protagonista principal al frente. Esta, digamos, dejadez hizo, como ya suponía Telmo de antemano, que empezaran a proliferar turnos de voz de los contertulios en los que las palabras azar y absurdo, psicosis y culpa, por poner dos ejemplos, comenzaron a tomar casi todos el protagonismo de la conversación, sin que nadie de quienes así hablaban, por supuesto, se dignara a explicar a los otros que querían decir con cada una de ellas o de otras, pues daban por obvio que todo el mundo saben de que estaban hablando. O sea, que en el horizonte de inteligibilidad de lo que decía cada conversador, dentro del ámbito y tiempo de la tertulia, aparece únicamente el propio conversador. Lo que le lleva a Telmo a deducir que no hubo conversación, sino intervenciones monologuistas en paralelo, en el mejor de los casos.

viernes, 24 de abril de 2020

ASTÉRIX

“Estamos en el año 2020. Todo el globo terráqueo está ocupado por el coronavirus… ¿Todo? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. ¿Cuál es su secreto? Se dice que una poción mágica que los hace inmunes. ¿Verdaderamente es así? ¿Se ha encontrado al fin la vacuna contra la COVID-19? Por desgracia, no. El secreto de la aldea es más complejo. En realidad, hay varios factores que han levantado una barrera infranqueable contra las microgotas de Flügge. La aldea de los irreductibles vive razonablemente aislada y sus habitantes respetan escrupulosamente el confinamiento. Apenas circularon las primeras noticias sobre la incipiente pandemia, se cancelaron los festines a la luz de la luna y los conciertos del bardo Asurancetúrix. Lo primero provocó una conmoción; lo segundo causó alivio. No ha sido sencillo renunciar a los banquetes donde corría el vino y las carcajadas rompían el silencio de la noche. El hombre es un animal social. Privarle de la compañía de sus semejantes provoca una honda consternación. Los galos creían que solo tenían miedo a que el cielo cayera sobre sus cabezas. Ahora han descubierto que la soledad y el aislamiento pueden hacer más daño que el desplome de la bóveda celeste.”

jueves, 23 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 10

SOLO UN SOLDADO
El lector Telmo anota en sus apuntes que ni el narrador sabelotodo, ni el duo dinámico formado por Settembrini y Hans Castorp, parecen decididos, hasta el momento de su lectura, a no darle a Joachim Ziemsen otro protagonismo que no sea el que determina de forma tópica la función de soldado, a la espera de curarse para incorporarse a su guarnición militar. Frente al enciclopedismo humanista del italiano y la curiosidad y la filantropía insaciables de su primo, Joachim nada mas parece ofrecer ese perfil de fiel cumplidor del deber que se resume en saber mandar y obedecer. Telmo, como ya ha dicho retiradamente, espera con enormes expectativas la entrada en escena de Naphta, pues creer ver en su presencia la compañía adecuada de Joachim, y que así formen el duo estático, por decirlo así, que se contraponga al mas dinámico de aquellos. Quiere ver en esta demora intencionada, por parte del narrador sabelotodo, lo propio de un punto de vista ilimitado y sabelotodo que trata de dosificarse ante el ojo limitado e ignorante del lector. ¿De cualquier lector?, se pregunta Telmo. ¿O solo del lector de la época en que se desarrolla la novela? Esos años gloriosos que precedieron a la Primera Guerra Mundial, durante los cuales la humanidad creyó que todo era posible, todo menos la propia guerra. Pero no fue así, como cualquier lector actual sabe. Vino, claro que vino y como vino, la primera carnicería mundial, seguida de los años de mayor violencia política y verbal nunca antes conocida, y de la segunda gran carnicería, y del Holocausto, y el Gulag y las bombas atómicas, y de más guerras y mas holocaustos, etc. Telmo no se olvida que, a partir de esta primera gran carnicería, todo sería nuevo como nunca antes se había visto. Lo cual no quiso decir bueno, como imaginaron sus promotores y fundadores. Esta fue la gran novedad que trajo aquella catástrofe, a saber, que El Progreso es inevitable pero no necesariamente tiene que traer lo mejor, ya que como se demostró, a partir de entonces, lo mejor y lo peor van de la mano, o como dice Walter Benjamin, a toda civilización le acompaña sin remedio su propia barbarie. Lo bueno también vino en forma, sobre todo, de avances tecnológicos que afianzaron nuestro bienestar material, pero no trajeron las condiciones de posibilidad para obtener una renovación permanente de los hábitos morales, pues quedaron destruidas entre los escombros. ¿Pensaba el narrador sabelotodo en el lector de cien años mas tarde, al narrar las peripecias de los habitantes del Berghof? Telmo cree que sí. Pues esa posibilidad esta presente entre sus palabras. Como dicen algunos lectores actuales, la montaña mágica es una novela que, como todas, es autorreferencial y referencial al mismo tiempo. Es un fruto del espíritu de su época, pero al estar narrada por ese narrador sabelotodo y autónomo busca mirarse en el tiempo ya pasado, sin dejar de proyectarse en el tiempo por venir. 

miércoles, 22 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 9

MIMADO POR LA VIDA
El lector actual, quizá haya que repetirlo una vez mas piensa Telmo, es hijo legitimo del desencantamiento que inició su andadura pocos años después de las fechas que el narrador sabelotodo ha fijado como el marco histórico de la montaña mágica, donde poder celebrar la poética de sus palabras, que dicho sea de paso parecen que vienen de un lugar que a veces es sin por qué y otras de un lugar donde todos sucede siempre, nunca en cualquier caso en los inicios del siglo XX, antes de la Primera Guerra Mundial. Lo cual hace que todas las tardes Telmo abandone su casa, ese sitio seguro de una gobernanza fiable, para subir al sanatorio del Berghof a conversar con sus internos, en particular, por su puesto, con aquellos que el narrador sabelotodo saca mas a escena, sin duda con la intencionalidad que lo anima a contar, que no puede ser, como es fácil imaginar piensa Telmo, el saber mas, sino saber de otra manera que es lo mismo que decir que saber en otras compañías. Parece claro que la elección de Davos y el sanatorio de tuberculosos a ese pueblo suizo apegado (Telmo tenía duda si decir agregado, pero con el paso de las páginas tiene mas claro que el pueblo y el sanatorio son dos entidades apegadas la una a la otra como lo puedan ser, para entendernos, la mano y el guante o en el extremo la uña y la carne). Lo que Settembrini no puedan imaginar, desde la atalaya donde se dirige a Hans Castorp, la de un pedagogo le gusta decir a éste, es ese desencanto que será la herencia de las gloriosas ideas que, respecto al progreso y la felicidad de la humanidad como una meta alcanzable más pronto que tarde, proclama Settembrini en voz bien alta para que Castorp las haga suyas lo antes posible, y que al oírlas Telmo, heredero directo del fracaso de su esperanza en nombre de todos los lectores que hayan leído, o que la puedan, la montaña mágica, no puede por menos sentarse a meditar sobre cual es hoy su validez y, por tanto, la del personaje que las encarna. Pues, piensa Telmo, el pedagogo italiano es uno de los pilares sobre los que se aguanta la estructura de la novela de Mann, y eso que todavía no ha dado señales de vida Naphta, su contrapunto más acabado, al decir de los comentarios que Telmo ha leído y escuchado antes de sumergirse cada tarde en el corazón del Berghof. Tampoco puede el lector Telmo asimilar, como algo propio de la época de la novela, la expresión “niño mimado por la vida”, hecha por Hans Castorp delante de Settembrini como un gesto no de falsa modestia, sino de una expectativa lectora traducida en una incipiente humildad a desarrollar páginas masa delante. No puede, entre otras cosas, porque esa misma expresión, u otra similar, es hoy el calificativo mas acertado para señalar las conductas de miles y miles de jóvenes de la edad de Hans Castorp, que ni siquiera pueden llegar a ser conscientes de ello, ya que antes de que se les pueda pasar por la cabeza ese alto en su carrera ya han atornillado en la base de su cerebro lo único que tienen claro, a saber, que todo lo que poseen y hacen es porque así lo quieren (entendido como la acepción volitiva del querer) y porque, faltaría más, se lo merecen. Así respiran las palabras y la voz del narrador sabelotodo en las primeras páginas de la novela, o, a punto de concluir el capítulo de la celebración del Carnaval en el Berghof, es el propio Hans Castorp quien las repite en su dialogo con Sentembrini al que, tal vez aupado o espoleado por la atmósfera carnavalera, le llama de tu en una conmovedora y excelente escena. Probablemente la idea que, desde Homero, fertiliza toda la literatura occidental y que no es otra que todos los viajes llegan al mismo sitio (ese lugar del que hay que volver) es la que inspira al narrador sabelotodo y a la que se adhiere Telmo para traer al regazo de su alma las filípicas, por decirlo así, que Settembrini le lanza a Castorp y el desparpajo carnavalero que adopta éste, después de  meses hablando con el humanista y filosofo italiano. Settembrini podría decirse que, varado como un dragaminas en el Berghof, viaja con su imaginación para encontrarse a sí mismo, aunque Telmo no puede dejar de atisbar en el exagerado énfasis que pone en sus palabras un hálito de engaño o, mejor dicho, de autoengaño o de falta de autenticidad no necesariamente ofensiva para el oyente. Hans Castorf, por su parte, igualmente encerrado en el sanatorio que al final lo ha admitido, dándole así el estatuto de enfermo, viaja con su imaginación para encontrarse con su abuelo, verdadero mentor (al quedar huérfano siendo aun niño) de sus afanes profesionales en campo de la ingeniería naval. Sin embargo, el viaje de Settembrini y el de Castorp se parecen en la incertidumbre del regreso, el día que salgan del sanatorio. Temen en silencio si todo lo que dejaron en sus respectivas casas y lugares de procedencia (Hamburgo e Lombardía), cuando se internaron en el Berghof, no siga en pie cuando vuelvan, y si no es así a donde se ha ido o si ha desaparecido para siempre. Telmo piensa que esos temores y temblores son permanentes, atraviesan todas las épocas. Así lo quiere el narrador sabelotodo y así lo siente, también, aquel lector que lo sigue sin separarse un metro ni un instante de su lado, mientras tiene las páginas de la montaña mágica entre las manos.

martes, 21 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 8

UN DÍA ES UNA VIDA
Todos los viajes llegan al mismo sitio, al lugar del que hay que volver, lee Telmo en un blog al que sigue. El viaje de Hans Castorp empieza a transformarse en algo parecido a lo que trata de señalar esa frase. El sanatorio del Bergforf es ese lugar del que hay que volver, pero del que el joven ingeniero esta comprobando que no sabe como se hace eso. Podría decirse, augura Telmo, que Hans Castorf, incluso Settembrini, siempre han vivido, hasta que llegaron a Davos, bajo cubierto dentro de la “tienda” que han construido, ya sea en Hamburgo ya en la Lombardía, con sus imperturbables conocimientos especializados (eso que llaman pomposamente “lo suyo” y lo de los suyos). Telmo está convencido de que no son, propiamente, “intelectuales”, al menos la intención del narrador al narrar sus peripecias no es que sea esa la percepción del lector, lo cual es de muy agradecer por parte de éste, intelectuales en el sentido de que no tienen curiosidad por lo que no saben (eso que miran con indiferencia o desdén o con explícito supremacismo, y que es lo denominan  lo otro y “lo de los otros”). No es que sean malos por naturaleza, tampoco es ésta la intención del narrador sabelotodo, en esto son como el resto de los seres humanos, pero pueden no cabe duda de pueden llegar a ser muy estúpidos, en esto se les nota mucho más que al resto de los humanos. Sea esta quizá, tal y como lo le Yadlmo, la mayor habilidad, o talento narrativo del narrador sabelotodo, valga toda la redundancia que sea menester. A saber, el hacer que el lector del siglo XXI no sienta rechazo con las peroratas de Settembrini que, fuera del contexto de la montaña mágica, son antes propias de cualquier predicador que de un abnegado y estudioso erudito, ni que tampoco vea motivos para alejarse de la tensión narrativa del libro por la falsa amenaza de la mojigatería amarillenta que pudiera detectar en la repentina adicción de Castorp por consolar a los enfermos en los últimos instantes antes de su muerte. Con es cabeza de ingeniero, incipientemente amueblada para que todo quepa entre la escuadra y el cartabón de su mesa de trabajo, bien asegurado económicamente, remilgado hasta la nausea ante la vulgaridad verbal y física de la señora Stöhr, menguante hasta querer desparecer para siempre cuando pasa cerca del la señorita Claudia Chauchat, de donde ha podido salir esa entrega a la causa de los demás en los momentos más difíciles, como es el paso de la vida a la muerte, es un enigma. Lo es también, cree Telmo, para el mismísimo Settembrini, tan laico y republicano que cuesta creer que pueda fijar su exquisita atención en estas debilidades humanas, que es casi seguro como el las calificaría, impropios del progreso y la felicidad de la humanidad a que su ideario revolucionario aspira. Cuando un día es igual que los demás en ese lugar donde habitan por un tiempo indefinido los enfermos, piensa Telmo cuando ha salido del sanatorio y se enfrenta a la vida habitual de los de allí abajo (por extensión es el lugar al que se vuelve desde donde se ha llegado, y también, por ende, es el lugar donde habitan los sanos, los que no están encerrados ni arrestados, ni donde nadie les preguntan a donde van y cual es su identificación personal) le cuesta desprenderse de esa percepción que cada vez mas verbalizan los internos del Berghof, como si todos los días no fueran más que un único día y una monotonía total convirtiera hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. Cree Telmo que un día de encierro no es solo un día. Es mas que un día. Es toda una vida. Es por ello que al menos el encerrado (o el arrestado, según como cada cual se lo tome, pues nadie en representación de alguien con autoridad ha venido a nuestro domicilio a leernos nuestros derechos, si es que todavía nos queda alguno al que atenernos) debería girar su pensamiento, hacia estas latitudes temporales, en las que el tiempo del reloj se retira y entra en escena el tiempo del pensamiento, o de la poesía, o de la conversación sin tiempo. Telmo destaca - al respecto de su tic tac o del moviendo tan peculiar de mover la muñeca y enfocar la mirada hacia su esfera - como los relojes han debido dejar de funcionar en el Berghof, ni tan siquiera el narrador sabelotodo los menciona en fechas tan señaladas como la celebración del Año Nuevo. Lo que si funciona de forma permanente, si es de aparatos de medición se trata, es el termómetro con esfera de mercurio. Todos los internos, por orden médica del gerente jefe del Berghof, se tienen que tomar la temperatura corporal y enseñar el informe correspondiente al doctor cuando se lo pida. La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, lee Telmo con atención precavida. Puede que entonces, si nos dejan nuestros prejuicios, un día no es un día de una vida, sino una vida, no sea del todo un disparate del poeta. Es terrible admitir que no sabemos, y que los predicadores saben menos todavía, porque se creen que lo saben todo.

lunes, 20 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 7

SHOCK PLEURAL
Leyendo como Hans Castorp iba aceptando lo inevitable de su enfermedad, y sus también inevitables consecuencias, a saber, que el joven ingeniero de Hamburgo también estaba afectado de tuberculosis, y que su estancia en el Berghof suizo se iba a prolongar bastante más allá de los tres meses que había previsto como turista visitante de su primo Joachim, concentrado en esa imagen que el narrador sabelotodo ofrecía al lector llena de detalles que, por decirlo así, formaban parte de la nueva cartografía con que Castorp tendría que acostumbrase en su nuevo micro viaje que empezaba por la mañana en la cama y acababa en el mismo sitio quince horas después, no le impidió a Telmo, a su parecer, que su mente se desviara por asociación, como no podía ser de otra manera, a aquella frase que Petrarca leyó por azar, al abrir el libro de las confesiones de san Agustín, nada más llegar a la cima del Mont Ventoux y contemplar la prodigiosa panorámica que desde esa atalaya se le ofrecía a lo ojos y al resto de sus sentidos. Telmo no la recordaba muy bien, así que entró en Google, sin desprenderse del libro de la montaña mágica, como si con ese gesto quisiera dejar patente la vinculación irrepetible de los dos actos, pues así él entendía la acción lectora que los ponía en movimiento y en contacto. Totalmente embelesado el bardo italiano por lo que estaba observando, en la página del libro del filósofo cristiano se podía leer con claridad que los hombres viajan para admirar la altura de los montes, las grandes olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, la latitud inmensa del océano, el curso de los astros, y se olvidan de lo mucho de admirable que hay en sí mismos. Lo cual sumió a Petrarca en un honda perplejidad hasta entonces para él desconocida, punto de arranque o epifanía de todo lo que escribió a partir de ese momento. El narrador sabelotodo, como ya se ha dicho, decidió resolver esta perplejidad, que igualmente le advino a Hans Castorf al tener que quedarse en la cama por prescripción del gerente del Berghof, es decir, al no poder elegir un horizonte que no fuera mirarse hacia dentro, algo improbable en un ingeniero en ciernes, suspiró Telmo al verbalizarlo para sus adentros, siempre pensando, mas ahora que en la época de Castorp, en retorcer la exterioridad con que se muestra la naturaleza ante sus ojos, aquejados de una incurable miopía o astigmatismo matemáticos (en este asunto no se ponen de acuerdo los expertos en el diagnóstico de lo que unos llaman la mirada atrofiada de los ingenieros y otros la mirada de los ingenieros simplemente). Pero la enfermedad de Hans Castorp, una vez traída a escena por parte del doctor Behrens, ha sido el narrador sabelotodo quien se ha encargado de darle el aliento que le es propio mas allá de lo estrictamente molecular o biológico. Lo primero que hizo el narrador sabelotodo, como ya ha reconocido Telmo, fue poner en el regazo del convaleciente ingeniero los manuales de medicina, anatomía,..., que le oyó mencionar al gerente jefe y que fue con los que Castorp pasó las tres semanas en la cama. Desde esa plataforma, el narrador sabelotodo ofreció a lector Telmo sus mejores dotes de narrador poético clínico. Luego, una vez que Hans Castorp abandonó la cama y, digamos, se convirtió en un enfermo como cualquier otro, el narrador sabelotodo le dio la honrosa misión de visitar a los enfermos terminales, como una manera, así lo dice el propio Castorp, de hacer visible una protesta contra lo que él consideraba un acto de hipocresía y falsedad por parte de la mayoría de los miembros de la comunidad del sanatorio del Berghof, formada, como a estas altura todo lector de la montaña mágica sabe, por los enfermos no moribundos (mas algún turista  visitante de los de allí abajo), los médicos y las enfermeras. De nuevo, las palabras del narrador sabelotodo evitan que la misión honorable del reciente enfermo Hans Castorp se conviertan en una defensa de la ética militante a favor de los más débiles y en contra de los abusones o mas fuertes. Son palabras, por seguir la estela de las de Petrarca con respecto a las de san Agustín, que partiendo desde la contingencia mas radical, como es la llegada inminente de la muerte a la joven Leila Gerngross o el shock pleural que cuenta el mismo interno que la ha sufrido en una operación, Anton Karlovich Ferge, narrados en registros opuestos ante el mismo aliento benefactor de Hans Castorp, se elevan por encima de la contingencia que envuelve tanto a Leila como a Ferge, para que toda la intensidad de la intimidad que pueda haber dentro de esos cuerpos moribundos y doloridos se haga evidente y unida ante el lector. De repente, los de allí arriba son los de ahí mas profundos. Leído así, que es como dice que va siguiendo Telmo los movimientos que le ofrece el narrador sabelotodo, los diferentes casos o estados mediante los que la enfermedad atraviesa a los internos del Berghof, son uno y un único caso. Al mismo tiempo, la honrosa misión filantrópica de Hans Castrop (a Telmo le gusta ir cambiando los adjetivos de ésta, para no endurecer el significado de aquella, y también como una prueba del sentido de su lectura, es decir, del sentimiento que le va provocando) le sirve al narrador sabelotodo para mostrar la variedad demográfica que habita el sanatorio del Berghof, y que hasta ese momento había permanecido oculta a la mirada del lector.

viernes, 17 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 6

FANTOCHE 2
No fue de otra manera como Telmo lo pensó por adelantado, sino tal y como lo registra la voz del narrador sabelotodo, a saber, que no es exagerado afirmar que un fantoche debe estar sano y ser normal, y que la enfermedad hace al ser humano distinguido, inteligente y especial. Suena demasiado romántico, ¿no?, se auto interrogó Telmo. Es que cree que el fantoche es la ultima encarnación de aquel viejo romántico que, a parte de construir un carácter que ha perdurado hasta hoy, le dio nombre a toda una época. Antes de ponerse a leer la montaña mágica, Telmo volvió a mirar sus apuntes sobre la vigencia del arte moderno en un momento histórico caracterizado por la fuerte presencia en los medios de comunicación de lo que se ha venido llamando arte contemporáneo. En aquellos aparecía un subrayado en el que la figura de Thomas Mann era, por decirlo así, el ultimo narrador del siglo XIX. También que el orden de lectura de sus obra mayores sería el que sigue: primero Los Buddenbrook, a continuación la montaña mágica y por último Doktor Fausto. Fue entonces cuando Telmo se dio cuenta que no había seguido tal recomendación, pues aunque si había leído primero la novela de la gran familia hanseática, su segunda lectura fue la del Doktor Fausto, dejando para lo ultimo la montaña mágica en la que ahora se encontraba inmerso, bajo el arresto domiciliario que iba en serio. Estaba con todo esto ocupando su cabeza cuando le vino de repente a la cabeza el nombre de Naphta, el rival o contrapunto del inefable Settembrini, tal y como había leído en una sinopsis de internet. ¿Donde estaba Naphta? ¿Estaba allí, en el sanatorio del Berghof, desde la primera página, pero el narrador sabelotodo no se había dignado, por razones estratégicas de su voz (¿por qué, sino?) a hacerlo presente ante Hans Castorp y compañía ni, claro está, darlo a conocer al lector Telmo, que afianzaba cada día su atención y lealtad al relato del narrador sabeloto? ¿Es Naphta, pensó in extremis Telmo, la encarnación del particular fantoche que acoge la montaña mágica? El fantoche, visto así, como un mito de la literatura universal, nunca había sido catalogado de semejante manera. Llegado hasta aquí, Telmo decidió aparcar sus digresiones sobre el fantoche, así en la vida como en la literatura, hasta que apareciera el personaje de Naphta, y continuó leyendo a través de la voz del narrador sabelotodo sus excelentes disertaciones sobre anatomía y medicina, aprovechando la afición que le advino de repente a Hans Castorp, después de la entrevista que mantuvo con el gerente jefe del sanatorio del Berghof. Digámoslo rápido, tal y como lo piensa Telmo, los manuales de medicina o anatomía que relata el narrador sabelotodo son trasformados en un largo poema en prosa, por mor de una voz que, como ya hizo Homero en el mar Egeo o Cervantes en la Mancha, utiliza la geografía exterior e interior del cuerpo humanos para contarnos su particular aventura. Como ya hizo, también, con la música en Doktor Fausto, a cuenta de la transcripción de las clases que recibía Andrea Leverkun, para contarnos la aventuras del alma humana aupada en esos estratos alcanzables únicamente por los acordes y las armonías del lenguaje musical. Cabe destacar, por parte deTelmo, la curiosidad que la enfermedad despierta en el ingeniero Hans Castorp, tal y como cariñosamente le llama Settembrini, cosa que aprovecha el narrador sabelotodo para desplegar todo su talento. Castorp leía libros sobre la materia orgánica, sobre las propiedades del protoplasma, esa sustancia tan sensible que se mantiene en un extraño estado entre la composición y la descomposición, y sobre el desarrollo de sus formas a partir de unas estructuras básicas muy simples pero siempre presentes; leía con ferviente entusiasmo acerca de los misterios sagrados a la vez que impuros de la vida. ¿Qué es la vida?, se pregunta el narrador sabelotodo al seguir el itinerario de los libros que tiene Hans Castorp sobre su regazo. Y Telmo se da cuenta que se hace la pregunta como antes se la hicieron sobre las mares griegos y sobre los campos de la Mancha, sus antecesores en el arte de saberlo todo. Pero al mismo tiempo Telmo no puede evitar un estremecimiento al trasladar esa pregunta al lector de hoy. La exigencia de participación del éste es, quizá, lo más difícil de conseguir con un discurso impreso, como así lo reconocen los nuevos narradores del siglo XXI. Pues se lo impide su incurable enfermedad, a saber, la nostalgia que tiene y no disimula del narrador sabelotodo, la necesidad de tenerlo al lado mientras lee, pues no puede prescindir de la función que aquel representa y de la sintaxis como la lleva a cabo. Dicho de otra manera, es su cobijo y seguridad lo que echa en falta el lector medio de la época digital, y Telmo piensa que será así siempre, al margen de las innovaciones tecnológicas que puedan ir apareciendo. Pues es casi imposible que la educación y la cultura en una sociedad de negociantes y ociosos como la actual (la cual hace predecir un nueva y larga Edad Media, dada sus escasa posibilidad de engendrar una alternativa real que la mejore) produzca lectores sabelotodos de la talla y nivel que el narrador de la montaña mágica. No se sabía que era la vida, continuaba el narrador sabelotodo delante de los ojos atónito de Hans Castorp. Sin duda, tenía conciencia de ella, desde el momento que era vida, pero ella misma no sabía lo que era. Sin duda, la conciencia en tanto sensibilidad a ciertos estímulos, se hacia evidente en las formas inferiores y mas primitivas. Pero imposible vincular, por ejemplo, la conciencia con el sistema nervioso. Hans Castorp, hizo una mueca que contagió a Telmo que hizo la suya propia. Se produjo, así, uno de esos milagros que lleva en su seno la lectura, a saber, la relación misteriosa que hay entre lector y los personajes. Ambos dos, Telmo y Castorp se unieron, por unos segundos, en su oceánica ignorancia, a pesar de los años que le separaban respecto a lo que había sido la causa de la comunión momentánea, el conocimiento del cuerpo humano.

jueves, 16 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 5

FANTOCHE 1
No en balde cuando sube cada tarde al Berghof Telmo experimenta una liberación de algo que, al principio, lo achacaba al siempre gratificante contacto con la naturaleza. Por decirlo así, Telmo pensaba que, por muy mal que las cosas fuesen allá arriba, el entorno natural podía con todo. Como la mente tiene que poder con el cuerpo si este ha decidido segur hacia adelante o seguir existiendo. Sin duda, lo que mas le atrae es experimentar la rutina del sanatorio al lado de sus inquilinos, experimentar que un día es igual al siguiente y calcado del anterior. Pero, sobre todo, quería experimentar en qué medida esta rutina impuesta por el protocolo hospitalario para curar la enfermedad, ponía delante de cada uno de los enfermos la posibilidad de salir de su caja objetiva, que es, para entendernos dice Telmo, el lugar donde estaban encerrados allá bajo, y donde se acaba por constituir esa figura tan moderna que unos llaman el sujeto hecho así mismo, otros el sujeto individual capaz de mover la historia, otros el sujeto de auto ciencia ilimitada, etc., pero que en verdad ha acabado por constituir, a lo largo de estos últimos doscientos años, lo que para Telmo es quien mas cabalmente representa ese paradigma de Negocio Ocio-Entretenimiento en el que vivimos. Telmo dice que se refiere a la figura del fantoche, que con distintos ropajes y poder a su alcance, incluso desnudo y paria, domina y preside tanto los altos como los bajos fondos individuales y colectivos de esa sociedad de ociosos y negociantes. Cuando oye hablar al narrador sabelotodo, Telmo se da cuenta que no es un personaje del siglo XIX, que lo es plenamente del siglo XX, como lo son todavía quienes sustentan con sus impuestos y votos a esa sociedad de negociantes y ociosos. Cuando le oye decir desde su atalaya poética de sabelotodo, que la costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o incluso que pueda llegar a anularla, o que la introducción de cambios en esa rutina sirve para vigorizar nuestras vida, para rejuvenecer y fortalecer y ralentizar nuestra percepción del tiempo, Telmo no puede por menos de estar escuchando a tantas y tantos opinadores (la. encarnación mas acabada, al entender de Telmo, de la figura del fantoche antes mencionada) que desde su atalaya de medio pelo tratan de engatusar a sus oyentes. La diferencia estriba en que lo que dice el narrador sabelotodo de la montaña mágica no es entendido en su totalidad incluso ni por lector actual (perfectamente alfabetizado y constantemente informado), el cual solo alcanza a entender lo que la costumbre o la rutina de la lente miope que día a día y pantalla a pantalla  el opinador actual de turno le ofrece.  En fin, lo que va descubriendo Telmo en el Berghof es que a través del “allí arriba”, que lo constituye y que lo que así sucede sucede siempre, constata que el “allí abajo”, tanto el de hoy como el de ayer, sigue envuelto en su tozudez costumbrista e inmovilista, hoy más, si cabe, puesto que está bendecida por la dinámica social permanente que imponen los ociosos y los negociantes para no moverse del mismo sitio.

miércoles, 15 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 4

BAJO MÍNIMOS
Y así, una tarde detrás de la otra, Telmo se fue adentrando en los entresijos y secretos que guardaba el Berghof, allá arriba, como gustaban decir todos los protagonistas de la montaña mágica, empezando por su inventor el narrador sabelotodo o también conocido con el nombre de jardinero de Dios. Telmo sabia que las cosas allá abajo eran muy diferentes. ¿Allá abajo?¿Qué significaba, mientras tenia la experiencia de la lectura, la locución Allá abajo? Y es que Telmo se hacia esta preguntas por que se estaba dando cuenta que allí arriba, mientras leía, estaba bajo la influencia de la poesía, y que eso le permitía mirara cara a cara, como dijo ayer, a los habitantes de Davos Platz y del sanatorio del Berghof. Pero, también se daba cuenta que, cuando Hans Castorp o su primo Joaquim o el inefable Sentembrini o el gerente del sanatorio o cualquiera de sus inquilinos que iban apareciendo, pagina tras pagina, ante sus ojos, hablaban del allí abajo abrían en ese momento la brecha de la historia que los separaba irremediablemente, y que por ello tenia, como lector, que andar como mucho cuidado. Porque el allí abajo de la novela es el remoto pasado de Telmo, es decir, un mundo que ya no existe ni puede volver a existir como hechos históricos. Por decirlo con las palabras del humanista Settembrini (miembro de la Liga por la Organización del Progreso) mientras habla con su entusiasta oyente Hans Castorp, el terremoto de Lisboa que tanto enojó a Voltaire pues no aceptaba que la naturaleza se opusiera de esa manera al razón humana, mi querido ingeniero, no es un episodio actual, ocurrió hace mas o menos ciento cincuenta años, es decir, en, y Sentembrini le ofrece la fecha a su improvisado discípulo, el terremoto que arrasó la bella ciudad de Lisboa sucedió en 1755. Aunque ya lo intuía por informaciones extra narrativas a la propia novela, en ese momento Telmo toma nota en su libreta de apuntes de la fecha exacta del terremoto lisboeta para compararla, acto seguido, con el momento histórico  donde tienen lugar los acontecimientos del Berghof. Y le queda claro, por tanto, que el optimismo indiscutible de principios del siglo XX no tiene nada que ver con el nihilismo o desencantamiento o incredulidad con que ha arrancado el siglo XXI, que es donde vive por las mañanas Telmo, un poco antes de subirse a pasar la tarde con los de allí arriba, en el Berghof. Un ámbito en el que, por mor de la voz del narrador sabelotodo, lo que sucede allí, no solo sucede allí arriba sino que sucede siempre, pues no esta bajo la influencia del tiempo histórico o del tic tac del reloj, sino del tiempo de la poesía, del pensamiento, de los afectos, etc. Lo primero que Telmo agradece a esas tardes que pasa en el Berghof en compañía de sus nuevos amigos del alma es que por fin puede utilizar esta locución, Amigos del Alma, sin miedo a molestar o incluso ofender a los posibles oyentes del presente que no saben relacionarse con un con un concepto, Alma, que a su entender forma parte de ese pasado remoto en el que ya no viven y, dicen con orgullo, no quiere vivir pues nada ahí como el tiempo en que ellos viven. Y lo dicen cono si hubieran sido ellos mismos los que hubieran hecho semejante elección y simultáneamente su manera irrefutable de entenderla. Lo segundo que agradece Telmo es que por una horas se siente liberado de eso que llama la existencia Bajo Mínimos en la que hoy vive él dentro de la sociedad que le da legitimidad, agravado todo, aún mas si cabe, por el ataque inesperado del virus de marras. Ese Bajo Mínimos son, por decirlo de forma abreviada, los restos que no han sido asimilados por el nuevo Paradigma Dominante que tiñe todos los ámbitos sociales y recovecos individuales de aquella, a saber, el binomio Negocio mas Ocio o Entretenimiento, que organiza el mundo que ocupa mediante su colaboración cómplice y bajo la bendición del arrobo de saber que la vida resultante ahí dentro no puede ser otras cosa que lo aparenta ser. Todo ello no impide a los entusiastas militantes de la nueva ética indignarse o quejarse de forma constante por lo mal que van las cosas, indignación que ha venido a reforzar los estragos sanitarios del virus de marras. Por eso cuando Telmo escucha, a su vez, las palabras que utiliza Sentembrini para explicar al neófito y creyente Hans Canstorf la ley irrefutable que hará posible, por fin, en un porvenir inmediato los logros del progreso y de la felicidad subsiguiente de toda la humanidad, por eso, Telmo no puede dejar de sentir arrobamiento, no sabe si del mismo cariz que el del Sentembrini y sus oyentes, pero si semejante en tanto en cuanto no deja de ser su heredero, a pesar de todos los fracasos  de los que también lo es. Así Telmo consigue mantener una esperanza, difusa si se quiere, entre las catacumbas donde sobrevive con ese Bajo Mínimos que se ha mencionada antes y la subida cada tarde al Berghof. Pues se sorprende que siendo la expresión Bajo mínimos la que mejor define la manera de subsistir espiritualmente dentro de una visión histórica totalizadora o Totalizante, como es el paradigma dominante Negocio Ocio o Entretenimiento, en el Berghof, sin embargo, donde la implacable imposición de la enfermedad de l tuberculosis pareciera que no tiene piedad con quien quisiera salirse de su influencia, es donde Telmo esta sintiendo, por decirlo así, una vida espiritualmente de máximos.

martes, 14 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÄGICA 3

EL JARDINERO DE DIOS
Dice Telmo que uno de las efectos saludables que tiene leer hoy la montaña mágica (entendiendo como hoy el presente que no es el pasado que se fue y que no es tampoco el futuro que no ha llegado todavía, a lo que hay que añadir ese ectoplasma baboso que llamamos, por llamarlo de alguna manera, rabiosa actualidad vírica), es que sumerge al lector que decide afrontar su peripecia, hoy arrestado en su domicilio por mor de la actualidad insoslayable del virus de marras, en un jardín de paz y tranquilidad, donde el aire mas puro convive de tu a tu con una de la mas terribles de las enfermedades que ha padecido la humanidad como es la tuberculosis, pues todo ello es conservado y cuidado con el mas delicado de los esmeros por el jardinero de Dios, como diría Leibniz, es decir, por le narrador sabelotodo que ha construido Mann para la ocasión. Gracias a sus palabras (qué diferentes son a las de nuestras autoridades sanitarias que nos narran cada día la rabiosa actualidad vírica) a las pocas páginas de comenzar la narración, Telmo sabe que la visita que Hans Castorp hace al sanatorio del Berghof, donde esta hospitalizado su primo, va a durar siete años en lugar de los tres meses que el protagonista confiesa en sus conversaciones con Joachim. Luego, Telmo como lector también se va preparando para esta larga estancia en el Berghof, con la seguridad y tranquilidad que le proporcionan esas palabras iniciales del narrador sabelotodo, o Jardinero de Dios, por seguir con la acepción de estirpe leibniziana. Y lo que va descubriendo, con un inesperado interés, es que ese cara a cara que se ha mencionado antes, combinado o haciendo cohabitar en su cabeza aquel presente y su rabiosa actualidad vírica, no solo tiene que ver con la enfermedad y su entorno montañoso, lleno de un aire puro que, en principio, podría pensarse que no se aviene demasiado con la podredumbre que llevan los enfermos del Berghof en sus entrañas, ese cara a cara piensa Telmo, tiene que ver, y aquí radica los mas importante para él como lector, con los propios enfermos y sus médicos cuidadores, y por su puesto con él mismo esta vez sin el estorbo y el estigma de la mascarilla. De repente, Telmo que se encuentra quieto como un poste dentro de lo que él llama un arresto domiciliario sin que nadie le diga de que se le acusa, aunque los agentes que vigilan que el arresto de cumpla a rajatabla según dicta el decreto ley de las autoridades competentes, a su vez encerradas, mas si cabe, en la torre de marfil de su poder, donde vive la legislatura que le marca la ley que no funciona por decreto, aunque esos agentes le digan, que el arresto va en serio. Valga decir también, que Telmo decidió leer la montaña mágica porque el tiempo de arresto que impone la presencia del virus de marras le parecía oportuna para saldar, digámoslo así, una cuenta pendiente, que en condiciones normales de salud publica nunca habría  encontrado el tiempo para hacerlo. Mas por razones de agenda lectora que por la estricta necesidad lectora de esa novela. Lo que, al fin y al cabo, ha ido descubriendo Telmo al encerrarse cada tarde en el Berghof, cara a cara con los enfermos, médicos y enfermeras, Hans Castorp a la cabeza, y, como no, con el narrador sabelotodo, sin máscaras ni distancia social obligatoria, es lo que significa la vida digital en la sociedad del presente (ahora en la rabiosa actualidad unicamente digital), digamos, cien años después de la época en que se desarrolla la novela de Mann. Lo que quiere decir Telmo es lo que se va haciendo obvio, que el cara a cara ha desaparecido casi por completo entre los seres hablantes de nuestra sociedad, sobre todo entre los seres hablantes mas jóvenes. Lo que el virus de marras ha traído con su contagio masivo, no es tanto una enfermedad, que sí, sino la actualización o reseteado (dicho en lenguaje digital) de las prácticas ya muy habituales entre los seres hablantes, en las que la conversación cara a cara cada vez tiene menos peso significativo, dándose el caso, que lo avala una experiencia que todo el mundo puede dar fe de ello, que consiste en ver a una familia o un grupo de amigos sentados alrededor de una mesa y todos, absolutamente todos, están conectados mediante sus teléfonos Mobil a una realidad que, evidentemente, no es la que debería formar entre todos los que han decidido sentarse juntos alrededor de una mesa durante un rato, haciendo esa realidad inexistente al igual que sus potenciales constructores. Es bien seguro que el jardinero de Dios, si tuviera la oportunidad de contemplar esa escena, intervendría de inmediato llamando la atención de los protagonistas. Se colocaría en medio de la reunión, ya haría todo lo posible para hacerse un hueco, y empezaría a interpelar a cada uno de los allí presentes, como hace en la montaña mágica con Hans Castorp, o su primo Joachim, o el inefable Sentembrini, mediante la descripción de sus innumerables intercambios e miradas o de palabras o  insinuaciones racionales o explícitas ambigüedades. Todos allí cara a cara y, sin embargo, todas allí también cargadas de sus oscuros secretos (esa otra forma de mirar, al que no llegan los hechos, sin llegar por ello a ser hechos alternativos) para descubrir y subrayar el horizonte de inteligibilidad de cada uno, y denunciar así, delante de sus narices-a-una-pantalla-pegadas, que lejos de estar únicamente dentro de la pantallita de marras, están todos totalmente afuera, en tránsito hacia los otros que están a su lado.

lunes, 13 de abril de 2020

NÚMEROS Y PALABRAS

Con los números y las palabras zascandileando sin desmayo de aquí para allá durante este encierro (o arresto domiciliario), 
¿Donde se encuentra el horizonte de inteligibilidad de nuestras decisiones, sean estas de índole mental o corporal?
En el pasado
En el futuro
En el presente
En casa como en ningún sitio, pero nada a corto plazo
Fuera de casa en cualquier sitio, pero nada a largo plazo
¿Quien habita ese supuesto horizonte de inteligibilidad?
Yo mismo, para que alguien mas.
Nadie, pero la astucia de la razón me dice que espere a alguien ¿Le llamo el estado actual de mi FE? 
Nadie, pero la razón sin astucia me dice que no espere a nadie, ¿Le llamo el estado actual de mi INCREDULIDAD?
Vislumbro entre sombras al otro y lo otro, y me doy cuenta de que es radicalmente diferente a mi mismo, lo cual hace aparecer ante mi una extraña sensación desconocida. ¿Le llamo el estado actual de mi ESPERANZA?
También, 
Con los números y las palabras zascandileando de aquí para allá, ni siento ni padezco ni espero. Sencillamente sigo ahí, sin moverme, donde he estado siempre. Sin horizonte ni sombra.

viernes, 10 de abril de 2020

LO INSISTENTE

ESCRIBE ENRIQUE VILA-MATAS,
“Dice Florence Delay en La Séduction brève –ensayos sobre sus escritores del alma; Ramón Gómez de la Serna y Pepe Bergamín entre ellos– que las páginas que recordamos cuando no las estamos leyendo, las frases y observaciones de otros que regresan como los recuerdos de otros sin que lo hayamos pedido, ya no pertenecen únicamente a la literatura, pues forman parte de nuestro ser igual que nuestros cambios de humor y siempre acabamos tratando de adivinar porque se empeñan en tirarnos siempre las mismas cartas.
Todo eso que vuelve y que “insiste en cada uno de nosotros” acaba conformando una especie de “familia insistente” que a ciertos lectores, a la manera de un agente secreto de sus vidas, les va gestionando todo. Y tanto es así que llegan incluso a infiltrarse, en esa reconfortante comunidad de la “familia insistente”, fragmentos que hemos escrito nosotros mismos, como el que hará veinte años incluí en un libro sobre París y donde nombraba las que consideraba razones básicas para la desesperación. Tal como ya intuí que podía suceder, el paso del tiempo no ha alterado en lo más mínimo esa lista y las razones siguen ahí inamovibles, tirándome siempre las mismas cartas, insistiendo: la volubilidad del amor; la fragilidad de nuestro cuerpo; la abrumadora mezquindad que domina la vida social; la trágica soledad en la que, en el fondo, vivimos todos; los reveses de la amistad; la monotonía que trae aparejada la costumbre de vivir.
La pandemia de estos días encaja en el segundo apartado, el de la fragilidad de nuestro cuerpo, pero es evidente que comunica con todos los demás, incluido el apartado último, el que habla de monotonía al vivir, aunque, a decir verdad, cuando se vive como en estos días en un pronunciado riesgo de muerte, ese sentimiento de monotonía puede incluso parecernos ridículo, aunque lo más probable es que sigamos desperdiciando buena parte de nuestra vida en futilidades. ¿La causa de esa propensión a tirar tanto el tiempo y a malgastarlo encima en una gran cantidad de ocupaciones tontas, como, por ejemplo, llevar una bitácora-tostón de nuestro confinamiento? Que seguimos teniendo tendencia a ir viviendo como si tuviéramos que vivir siempre y no dispusiéramos ni de un segundo para acordarnos de que hemos de morir, una realidad que estos días, de todos modos, aflora cada vez con mayor potencia, para sorpresa mayúscula  de muchos. Ayer mismo le oía decir a un famoso de la tele que no había previsto nunca una tragedia como ésta, “tan fuerte y afectando a tanta gente”.
¿A tanta gente? ¡Pero si afecta a la totalidad de la humanidad! ¡Pero si es nada menos que la muerte, idiota! Y es precisamente sobre esa insistencia de la muerte de la que se ocupa a fondo Rilke ya desde el arranque mismo de Los cuadernos de Malte (en páginas a las que vuelve siempre mi “familia insistente”): “Así pues, ¿aquí viene a vivir la gente? Yo diría que aquí se viene a morir. He salido. He visto hospitales. He visto a un hombre que se tambaleaba y caía a tierra. La gente se ha agolpado a su alrededor y me ha ahorrado ver el resto…”

jueves, 9 de abril de 2020

PESADILLA

Cuando fui niño los curas vaticanos me enseñaron la magnanimidad del bien.
(...)
Muchos años después los filósofos existencialistas me enseñaron la banalidad del mal y que el ser se presentaba huyendo.
(...)
Casi simultáneamente algún pensador oriental, que se cruzó en mi camino, me enseñó que la nada no es lo mismo que el vacío.
(...)
Luego vinieron los banqueros y le dieron la razón a los curas y a los filósofos, y me dijeron que, efectivamente, los artefactos financieros donde el dinero se hacía invisible lo eran todo, y que ese todo era el tuétano del ser, y que por supuesto se presentaba huyendo.
(...)
Y ahora estoy aquí, “no en casa como en ningún sitio”, sino encerrado bajo el imperativo de un innovador arresto domiciliario, sin saber que es el bien y mal, el ser y la nada, y donde ha huido el dinero. 
(...)
Lo que más angustia es que si algún día me levantan el arresto domiciliario, solo pueda salir a la calle bajo el imperativo de una libertad condicional desconocida. Y que grite si hay alguien por ahí, y nadie conteste. Y que eso sea para siempre.

miércoles, 8 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 2

TIC TAC, TIC TAC
Lo primero que Telmo descubre con agrado, al seguir los pasos de Hans Castorp camino de Davos, es la capacidad que tiene de asombrarse ante los paisajes nunca antes vistos. Y al decir nunca se ha de entender las palabras de Telmo en su sentido mas literal de la expresión, lo que también afecta a lo que al joven ingeniero le va sucediendo en las páginas siguientes. El no poder evitar asombrarse, quedarse perplejo(mas adelante, por ejemplo, enamorarse de Claudia), en fin, el que los afectos estén por encima de la voluntad pone a Telmo, y por ende al lector actual que se acerque a esta novela, frente a un complejo dilema, a saber, el que ahora sea al revés, es decir, que cualquier joven de la edad y condición de Hans Castorp, o aledañas, tiene como única guía y valor de sus acciones su expresa voluntad de hacerlo así, sin considerar si eso que hace lo quiere, entendido este querer en la acepción que lo vincula a los afectos. Dicho de otra manera, la fuerza evidente de voluntad se ha impuesto a la endeblez e imprevisibilidad de los afectos, y esto es lo que debe de ser porque así lo prescribe el imperativo de la marcha de la historia hacia la justicia absoluta de la humanidad. Hans Castorp sin ningún dispositivo digital que lo acompañe en el viaje, deja caer, en la medida que Telmo, como buen lector, trata de alojarlo en algún lugar de su sensibilidad en el momento que efectúa su lectura, el velo de la falsedad que cubre a cualquier joven actual, igualmente de veinte años, igualmente ligado a una familia de clase media, igualmente ingeniero y como todos los ingenieros con mando en plaza en el mundo laboral, en fin, igualmente con las misma seguridad de que si alguien puede comerse el mundo son él y los de su generación y de su formación científica positivista. Telmo rescata de sus apuntes, que siempre le acompañan en sus lecturas pues en un momento u otro éstas acaban por remitirle a aquellos, esta cita de Borges: “Un libro es una cosa entre las cosas que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con la persona destinada a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no pueden descifrar ni la psicología ni la retórica (ni la historia ha añadido Telmo en sus apuntes). La rosa es sin por qué, dijo Angelus Silesius; siglos después Whistler declararía el arte sucede (pero no progresa, lee también en una nota a pie de la última página de sus apuntes). Ojalá seas lector que este libro aguardaba.” Los añadidos de Telmo a sus apuntes le parecen los mas determinante de la cita, en el momento que hace la lectura, pues le ayudan a salir del atolladero en que sin darse cuenta se había metido, ya que, una y otra vez, los prejuicios, los lugares comunes y, como no, el tiempo propio de su existencia se entrometen contra su voluntad, dificultando ese anhelo que prefigura Borges en su cita, que ojalá Telmo sea el lector, no uno mas, sino el irrepetible lector que la montaña mágica está aguardando. Lo que le está impidiendo entrar dentro del universo de la novela, y viceversa, ahora si se da cuenta Telmo, es precisamente el peso, o la roña como a él le gusta decir, del tiempo histórico o del tic tac del reloj o de la muerte. Efectivamente, no ha podido dejar de sentir hasta ahora que lo que hace y dice Hans Castorp es propio de un enclencle, si lo compara con el desparpajo que un tipo de su edad y condición se mueve hoy por el mundo y habla a quien se encuentra en los carriles y plazas de ese mismo mundo. En fin, a Telmo le cuesta desprenderse del peor de los prejuicios que existen para poder ser el lector que Hans Castorp se merece, a saber, porfiar en que el tiempo del joven ingeniero hamburgués es inferior o menos desarrollado históricamente, y por tanto tecnológicamente más atrasado, y por tanto social y psicológicamente menos evolucionado, que el suyo propio. El problema no está en discutir la exactitud o no, y en que aspectos, de tal comparación,  el problema, Telmo así se da cuenta pocos antes de que Hans Castorp sea recibido en la estación de tren de Davos por su primo Joachim Ziemssen, el problema está, suspira con emoción contenida, es que no hay tal problema, ya que los asuntos que van a vivir Hans y Joachim, a partir de su encuentro en la ciudad montañosa suiza, son como los de cualquier joven de su época (y aquí la comparación con los de ahora si tendría sentido) pero resulta no lo son. Y este “son como” hace que los primos protagonistas aparezcan al fin ante el lector Telmo como lo que son, por decirlo así, un acontecimiento existencial, y en ningún caso un documento histórico. Aunque honestamente reconoce que así habrían continuado siendo - sonríe Telmo por el descubrimiento que acaba de hacer al seguir a los dos primos, sentados juntos en la parte trasera del coche que los lleva desde la estación de Davos hasta el sanatorio del Berghof - de haber continuado en su lectura apegado al dictado de la historia. Y de esta manera el nunca habría logrado ser el lector que Hans y Joachim más los demás protagonistas - que poco a poco van surgiendo de la voz sinfónica del narrador sabelotodo que, dicho sea de paso, bendito sea - se merecen que Telmo sea.

martes, 7 de abril de 2020

LA MONTAÑA MÁGICA 1

HANS CASTORP
Cuando Telmo decidió leer la novela de Thomas Mann, “la montaña mágica”, condiciendo con el tiempo de la cuarentena provocada por el virus de marras, no tuvo en cuenta que quizá lo mas idóneo hubiera sido volver a leer “el proceso”, de Franz Kafka, o leer las dos de manera consecutiva o alternante. La denominación de arresto domiciliario, con que el narrador de la novela del autor de Praga califica, desde las primera páginas, la situación en que se encuentra el protagonista, le parecía a Telmo mas acertada que los continuos eufemismos con que cada día los cocineros de la pandemia informativa actual trataban de contentar a la población, o al menos tratar de que su creciente indignación no se desbordara antes de que el confinamiento o el encierro o lo que fuera eso que todo el mundo estaba padeciendo se diera por terminado por decreto de la autoridad competente. Al final lo que hizo fue seguir los pasos desconocidos de Hans Castorp bajo la influencia de la sombra ya experimentada que le proporcionaron en su día los pasos de Josef K. Telmo si se dio cuenta que las dos novelas se publicaron casi simultáneamente, la montaña mágica en 1925 y el proceso en 1924, lo cual quiere decir, como así ha corroborado su afán documentalista, que se gestaron en la procelosa década anterior, primera carnicera mundial mediante. Probablemente, piensa Telmo, que debería haber leído antes la novela de Mann y después la de Kafka, aunque también piensa que el virus de marras mejor que le hubiera encerrado siendo ciudadano de estirpe luterana antes que la vaticana a la que, sin mas remedio, esta adscrito. El caso es que Telmo ha conocido a Hans Castorp yendo de viaje a Davos (montañas suizas), en cuyo sanatorio del Berghof está convaleciente su primo Joaquim debido a la tuberculosis que padece. La palabra encierro casi no la menciona el narrador de La montaña mágica, aunque cuando lo hace es para aliviar, paradójicamente, la convalecencia de los enfermos del Berghof que los ata a sus instalaciones contra su voluntad sana, digámoslos así, que todavía cumple su función dentro del cuerpo mas o menos carcomido por la enfermedad. Desde el arresto domiciliario que sufre Telmo (ahora si siguiendo la suerte de Josef K.), que será la atalaya memorística desde la que se ha propuesto leer La montaña mágica, las peripecias de Hans Castorp, según se va acercando a su destino, le parecen de procedencia histórica diferente a la de su contemporáneo Josep K., que también lo han arrestado sin explicación alguna. También es verdad que la palabra arresto tiene que ver solo con la exterioridad tanto de Josef K. como de Telmo, pues ellos ya venían practicando su aislamiento, o su preferencia por su interioridad, que ha quedado a salvo, desde hacía bastante tiempo. Sea, tal vez, la práctica de esta reclusión interior lo que posibilita en el lector Telmo que el entusiasmo de que hacen gala los pocos años de Hans Castorp lo vea como algo intemporal, y no propio de un joven que inicia su incursión en el mundo adulto con este viaje unos años antes de que todo comience en el continente europeo a deslizarse peligrosamente hacia el abismo: la Primera Guerra Mundial, en la que Telmo piensa será el otro destino que le espera a Hans Castorp una vez regrese de su visita a Davos. El dilema del narrador omnisciente, o sabelotodo, le vuelve a surgir en la lectura que hace Telmo como algo que no hace envejecer al tiempo poético de la novela, sino al tiempo histórico del arresto dentro del cual vive inmerso el mismo. El narrador sabelotodo pretender salvaguardar, y dar testimonio al mimo tiempo, del ideal de la armonía (o ataraxia, que dirían los griegos antiguos), mientras que los damnificados por el virus de marras no pueden hacer otra cosa que sobrevivir, arrestados los unos hospitalizados los otros, a los oscuros negocios políticos que su propia lógica temporal ha producido. Josef K., sin embargo, es la prueba también poética que aquel ideal ya no es posible, o al menos de la manera que lo imagina el narrador omnisciente, o sabelotodo. “Alguien debió haber calumniado a Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana.” No obstante, Telmo intuye que hay una gramática profunda, o algo semejante, que una vez que termina su tiempo histórico, al igual que alma humana, recorre la multiplicidad de sensibilidades a la busca de esa armonía soñada. Es evidente, piensa Telmo, que ésta no se encuentra nunca en la superficie, lo que existía, lo que era antes visible al ojo humano no era otra cosa que el precepto famoso de ley y orden, sino en el mundo metafórico de la interioridad. Por eso Telmo ha acogido con tanta gratitud como goce las palabras del narrador omnisciente, o sabelotodo, que conduce con maestría indudable las vicisitudes de la naturaleza frágil y bisoña del protagonista Hans Castorp.