jueves, 28 de enero de 2021

JOSÉ ÁNGEL VALENTE

 


CARSON McCULLERS

 


FINITUD Y NOVEDAD

 Somos seres de nacimiento y para el renacimiento (metamorfosis) y no tanto para la muerte, como podría pensarse si aceptamos que somos seres finitos e inmortales. Así la novedad, antes que algo real, no deja de ser un acicate hormonal, digámoslo así, para soportar el hecho de no poder vivir sin ilusiones irrealizables por ser infinitas, o fuera de nuestro alcance. Es decir, para soportar que seguimos sin aceptar nuestra condición finita y mortal. La novedad es, al fin y al cabo, el cuento permanente de los reyes magos con que otros se dirigen a nuestra máscara infantil mediante la que nos hemos protegido ante nuestra infinitud inaceptada e inaceptable.

Somos iguales porque hemos descubierto que somos finitos, no revolucionarios ni eternos. ¿Como un ser finito consciente de su finitud puede tener el atributo de la novedad iliimitada? Si, y solo si, si esa novedad se ejerce sobre lo material nunca sobre lo espiritual, que no tiene tanta capacidad de novedad. La novedad ilimitada sobre lo material tiene un precio inequívoco e irreversible que ya estamos pagando, necesitaríamos un número infinito de planetas para poder llevarlo a cabo De ahí la necesidad de construir una comunidad política de de la finitud y la mortalidad, es decir, del nacer y el renacer, que regule y que establezca los límites de esa supuesta novedad permanente y vuelque sobre el alma el ansía de eternidad. Hay dimensiones de la experiencia humana que requieren la demora, y no se pueden imponer desde el voluntarismo individual contemporaneo. Ahora si entiendo la ausencia de papel, o protagonismo, de la Voluntad que Spinoza otorga a su Etica. 

martes, 19 de enero de 2021

SILVINA OCAMPO


 

WILLIAM CARLOS WILLIAMS

 


SPINOZA

 La finitud propia del ser humano lo debería convertir en un ser ordenado frente a Lo infinito (bien con el modo geométrico bien con otro semejante), lo cual no significa aceptar servilmente que “Esto es lo que hay.” Significa saber el lugar desde el que uno mismo mira a UNO, es decir, mira a la totalidad del mundo, y aceptar la perplejidad que eso nos produce. Pues para eso nacemos (Jaspers-Arendt), para construir esa mirada con los otros y entre los otros, y para hacer luego en la polis un intercambio generoso de sus resultados. 

Pero, paradójicamente, la modernidad laica nos ha convertido en los seres más desordenados de la historia de la humanidad. Freud con el rigorismo cientifista de su método psicoanalítico ha tratado, en vano, de poner orden en semejante disonancia cognitiva, a saber, ser conscientes de nuestra finitud y mortalidad pero vivir y hablar como un seres infinitos e inmortales, autocomplacientes y autoafírmativos. Tampoco el orden de la industria del entretenimiento (con el rigorismo de su método festivo y performativo) ha tenido efectos solventes sobre esa causa engañosa de la inmortalidad humana, al contrario, la ha reforzado aún más creando su propio Olimpio de infinitud y eternidad. Así, los modernos progresistas surfeamos sobre la cresta de nuestra existencia, al menos desde la revolución francesa hasta hoy, catástrofes naturales y bélicas mediante. Y es que hay mucha fe teológica de matriz medieval en todas estas creencias modernas y progresistas. Mucha fe y escasas, por no decir ninguna, demostraciones y escolios al estilo spinoziano.  Justificaciones, no precisamente de surfista banal, decimos ahora. Así que, entre guerras y pandemias, los modernos progresistas hemos decidido seguir creyendo ciegamente en los sumos sacerdotes de la sospecha (o a cualquiera de sus falsos imitadores), o no creer nada ni en nadie que no sea uno mismo, antes que pensar de forma renovada, en el siglo XXI, lo que Spinoza nos enseñó en el siglo XVII.

lunes, 4 de enero de 2021

ENTRE TERESA Y CLARA

 Leyendo estos dos poemas, el primero de Teresa de Avila (siglo XVI) y el segundo de Clara Janés (siglo XX), entiendo mejor, aunque sea de manera indirecta, la filosofía de Spinoza (siglo XVII). Entiendo mejor lo que quiso decir el holandés cuando afirmó que no había construido la mejor filosofía aunque si la verdadera. Entre el subrayado en rojo de los versos del poema de Teresa y los de Clara cabe, muerte de Dios mediante, el alumbramiento, desarrollo y fracaso de eso que hemos convenido en llamar Modernidad Laica. Y también de su ideología subyacente: El Progreso, que sin discusión ni duda nos ha de llevar hacia el Paraíso aquí en la Tierra (así con muchas mayúsculas), ni un milímetro más arriba ni un milímetro más abajo. Paraíso y Progreso, dos palabras que Spinoza deja de concebir tal y como lo hicieron los teólogos vaticanistas, primero, y luego sus herederos, los autodenominados progresistas que en el mundo han sido y hoy perseveran, ciegos y sordos ante ese colosal fracaso.

Todo cambia pero nada progresa, todo es según el juego de luz y sombras que iluminen cada época. La modernidad laica tomó conciencia de sí misma a toda máquina, y a toda luz sin sombras, a partir del llamado por ello el siglo de las luces, y acabó sumergida en la más espantosa de las tinieblas que produjeron los delirios de grandeza divina de los seres humanos que protagonizaron la primera mitad del siglo XX. Ya usted sabe. Después de aquellos horrores murió también la política, entendida en sentido amplio y aristotélico, y ya no pudimos volver aspirar a ser ciudadanos. Ahora ya solo aspiramos a ser meros clientes (que siempre queremos tenemos razón, como todo cliente que se precie, por eso se la quitamos, a cañonazos si es preciso,  a cualquiera que se ponga delante) de un supermercado de consumo y entretenimiento planetario. El rigorismo racionalista de Spinoza es más bien, vistas así las personas y las cosas, y siempre siguiendo el hilo del subrayado de los dos poemas mencionados, un dique geométrico de firme contención contra los caprichos, muchos de ellos criminales, a que nos empujan los deseos insaciables que entran por nuestros sentidos volubles y ondulantes. 

CLARA JANÉS

 


TERESA DE ÁVILA