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sábado, 19 de marzo de 2016
TRANSBORDO
Sin más remedio tengo que hacer transbordo para poder llegar al hospital, donde han ingresado a mi madre con carácter de urgencia. Me acaba de llamar mi hermana, mientras estaba en la fiesta de los cincuenta, así la han llamado mis antiguos colegas de facultad. Miro otra vez el mapa del metro para intentar eludirlo. Si lo hago, tendré que dar un rodeo y después caminar durante quince o veinte minutos. El Peli, que ha sido quien me invitó el otro día a la fiesta de los cincuenta, me ha dicho que así es más rápido. Que el transbordo es un lío y que tardaré más. El Peli era el mejor entonces, y lo sigue siendo ahora. Lo he redescubierto como mi posible amigo del alma, que tanta falta me hace. El Peli es un hombre puente, sabe estar en el bullicio y en el silencio. Y yo me llevo bien con los hombres puente. Unen las almas, a pesar de la beligerancia y el abismo que separa a los cuerpos. Los otros fueron únicamente mis amigos de copas, y hoy yo no puedo beber con quien ya no son, porque se han convertido en mis Ex. He ido a la fiesta porque me ha invitado el Peli. El hombre puente. Si hubiera organizado la fiesta Ochovo, por ejemplo, no hubiera ido. Ochovo tiene la culpa del alma que tengo ahora. Si, como dicen, la cara es el reflejo del alma. Esa manera de ser suya no me haya gustado nunca, y no sólo digo esto porque me birló una novia. Molly. Guapa hasta perder el sentido y con unas curvas que hacían temblar el principio de la teoría de relatividad. "Te soy infiel, una y otra vez. Te odio a solas". Me espetó un día para decirme que se iba con Ochovo. Eso es abrir una nueva vía amorosa en la cara norte de un ocho mil del sentimiento. Debí sentirlo tanto porque a Molly fue a la única que me atreví a decirle que estaba enamorado de ella. Molly era una mujer frontera, a su lado todo podía empezar de nuevo porque todo podía acabar de súbito. Ahora que tengo cincuenta años, y me encuentros perdido en el subterráneo del metro, tengo claro que esa geografía implacable de la existencia humana está llena de trampas y amenazas. Estas fiestas de Ex son un ejemplo colorista de lo que digo. ¿Quién soy, Molly? Hoy a lo mejor empiezo a saberlo. Lo que ya tengo claro es que mi madre se está muriendo y veo que no llego a darle el último adiós. Aunque no lo consiga, al menos me he librado de la compañía de Ochovo. No quiero estar cerca de gente de su estirpe. De hecho me animé a ir a la fiesta para comprobar en qué medida mis antiguos colegas universitarios habían dimitido del título de estudiantes. Y de paso comprobar que decían mis arrugas y mis canas al ver casar a las suyas. Puro morbo. No entiendo qué pinta el pasado de cualquier Ex en nuestros presentes. En el mío, por ejemplo. Pero lo cierto es que la palabra Ex es la que le da vida y sentido al ahora. Debe ser que todo Ex es para siempre, y es lo más parecido a la eternidad que tanto buscan los arrogantes que los convocan. Aunque sea, al fin y al cabo, una eternidad breve. Debe ser por la misma razón que no soy capaz de discernir, mirando el mapa del metro, el transbordo que me lleve al hospital. Camino por un largo pasillo. Aproximadamente a la mitad me doy cuenta que estoy solo. Mira para atrás y hacia delante con el objeto de cerciorarme. Efectivamente, camino apresuradamente solo. Me llama mi hermana y me dice qué donde me encuentro. Le digo lo que me pasa, y me responde que lo más rápido es que haga el transbordo. Es lo que llevo intentando desde hace un buen rato. Luego te llamo, y colgó. Las palabras de mi hermana me hacen recordar cuando en la facultad leímos "el Castillo" de Kafka. Al final yo llegué a la conclusión, con la ayuda inestimable del profesor - un tipo que más tarde se metió en política, no se a cuento de qué, siendo tan buen lector como era - que en el castillo no había nadie. Lo que le pasa al principio al agrimensor, y a Ochovo, según comprobé en la fiesta, toda su vida, es que el poder del castillo se nutre de los que no pueden imaginarse la vida sin el castillo. Ochovo es un hombre de castillo vacío. El vacío del castillo está ahí para comprobar la inutilidad del castillo, y de los que pretenden ocuparlo a toda costa. Los Ex del pasado quieren seguir vivos, a base de dar codazos a los que habitamos como podemos el presente. Todo sucediendo a la vez. El castillo sin mistificación es el cumpleaños de un niño, o como un corral de pollos. Lo mismo que ha sido la fiesta cincuentona de mis Ex Colegas Universitarios. No hay nadie en el castillo de Kafka, como no puedo volver a tener la ilusión de los veinte años, lo que se resume en que al castillo no vale de nada subir, le dije al Peli. Que no pare el espectáculo. Ya lo se tío - me respondió - pero se han empeñado en que nos viéramos. Ten paciencia. La misma que ya había derrochado en la fiesta y que ahora me hace falta para salir del laberinto donde me he metido. Coge un taxi, tú madre se muere, me dice mi hermana en su nueva llamada telefónica. No me da la gana, le respondí de mala manera, además antes tengo que salir a la superficie. Mi hermana, otra como Ochovo. Lo que más me jode de estos Ex, auténticos fantasmas en el presente, es que son como el agrimensor del castillo, siempre tienen medidas y respuestas para todo, con tal de ponerse de lado del dueño del castillo. Es como si el pasado se hubiera apoderado del presente, metiéndolo en su seno. Cosa de trileros del tiempo, que es lo que me ha parecido la fiesta de los cincuentones ex universitarios. La alegría y el desparpajado que desplegó Ochovo en la fiesta, que acabó por contagiar a todos los demás, menos al Peli y a mi, parecía provenir de un corral de pollos. Estoy convencido de que si hubiera gritado, ¡hay alguien por ahí, de los de hoy!, los pollos de ayer no me habrían hecho caso. Alguien de hoy en ese corral, también son ganas de imaginar con el culo. De hecho a la única que oí fue a Molly, que no había venido a la fiesta, El Peli me dijo que había muerto hacía cinco años en un accidente de automóvil. Todos han estado como en el bar de la universidad, atraídos por la estampa irresistible de Ochovo. Todos menos Molly, cuya ausencia encarna auténticamente aquel pasado en mi presente. Entonces, si hubiera querido habría llenado el castillo ella sola. Y yo hubiera subido como fuera. Ahora que sé que está muerta, me proporciona el sentido de algo que quiere renovarse dentro de mi, pero que no se atreve todavía. Después de colgar el teléfono a mi hermana, vuelvo a mirar el plano del metro. Porque si Ochovo tiene la fama de ser un brillante, yo tengo la virtud de ser constante. Creo tener la salida del laberinto, pero de repente me doy cuenta que uno de los signos convencionales que me abre el camino, no tiene la explicación adyacente en el plano. Tal vez sea una errata de impresión del plano que tengo en la mano, o puede que no sea necesaria su explicación para quien está habituado a caminar por los pasillos del metro. Pero los planos deberían estar destinados a quien justamente no tiene este hábito, como es mi caso. De repente me doy cuenta de que el pasillo por donde camino no termina nunca. En una de las paredes laterales leo "el universo digital en expansión" y encima la figura imponente de un jeep Cherooke. Suena él teléfono de nuevo. Es el Peli, que me pregunta por mi madre. No lo sé, estoy perdido en los pasillos del metro. En que metro. Estoy haciendo un transbordo y me he perdido en este laberinto. Sal a la superficie y coge un taxi. Lo intentaré. Lo que no le tolero a mi hermana, se lo disculpo al Peli. Miro el reloj y pienso que mi madre puede que esté ya muerta. Aunque mi hermana no ha vuelto a llamar, lo que no significa que haya garantía alguna de que mi madre siga viva. Ni que yo me haya librado ante sus ojos moribundos de ser un hijo abominable.
sábado, 28 de noviembre de 2015
LOS RELOJES, LAS PLUMAS ESTILOGRÁFICAS Y MIS DIAS
Nunca he tenido demasiada afición por coleccionar cosas u objetos. Siempre he sido demasiado
austero para ello. Todo un carácter, que ha
marcado mi destino. Lo que le quiero decir es que con estas ambiciones nunca
llegaré
a nada, que es exactamente donde me encuentro y desde
donde escribo. Pero si ha habido dos chismes de esos que desde muy pequeño me han producido una gran fascinación,
al tiempo que una insondable perplejidad y asombro. Los relojes y las plumas
estilográficas. Y los libros, por supuesto, pero, como verá, esta afición última es mas una consecuencia de las otras. Los relojes y los bolígrafos son primordiales. Y, a parte del biberón y la sopa de cocido, fundacionales, me atrevería a decir, en el deambular por mis días.
Todo empezó el día en que mi padre me regaló,
cuando hice la primera comunión, el primer reloj. Un Dogma. Y tres años
mas tarde un pluma estilográfica Parker, cuando me inicié como bachiller. El reloj es chapado en oro, de un tamaño superior a mi muñeca de entonces,
aunque mi padre me dijo que ya crecería
y se acoplaría mejor. Los números del minutero están grabados de forma
combinada. Solo hay número cuando marca las 12, las 3, las 6 y las 9. El resto de las
horas son puntos dorados entre esos cuatro dígitos.
El segundero es un circulo pequeño colocado cerca de
las 6. La pulsera, también chapada en oro, era elástica.
La pluma es de pasta negra con el plumín
chapado en oro, como no, y adornos dorados en la caperuza. La tinta siempre ha
sido Pelikan. Chapar en oro pasó de ser una forma
de ocultamiento a una manera de vivir con orgullo y dignidad en mi
familia. Todas las joyas que entraron en mi casa por aquel tiempo estaban
chapadas en oro. El chapado en oro, como los plazos, pusieron brillo a unas
vidas, después de años grises sobre grises, que empezaban a llegar a final de mes con
el sueldo de mi padre. Los objetos y las cosas empezaron, como le ocurrió a cualquier niño de entonces, a inundar mis días.
Los pongo con mayúsculas,
Dogma y Parker, porque son seres singulares, protagonistas irrepetibles en mi
vida. Yo creo, en contra del mandato de la academia, que las mayúsculas deben subrayar la importancia de lo individual no de lo
colectivo, de lo concreto e irrepetible no de lo abstracto o generalizable.
Perdone por la digresión filosófica. El paso del tiempo de la inocencia al de tener uso de razón y el de ser un parvulario a ser estudiante con futuro, quedaron
asociados para siempre en mi conciencia, mediante este reloj y esta pluma, a la
puerta de entrada previa en el mundo adulto. Decidí que con esos dos acompañantes era mas que
suficiente para andar por el mundo. Luego me contradije, como no podía ser de otra manera - ¿cómo le podría explicar, sino, por qué he llegado hasta aquí? E hice muchas
cosas y tuve en propiedad una variedad inconfesable de objetos. Incluso, fíjese, quise hacer la revolución,
que es el objeto más deseable, pero también más inasible, por excelencia. Y como buen émulo
de Lenin pretendí
asaltar el Palacio de Invierno, que donde yo vivía entonces se llamaba Palacio de la Moncloa. Un palacio precioso
de la época de Goya, que me habían dicho que estaba lleno de relojes y de
plumas de época.
Lo que me ocurrió lo hizo de forma inexplicable y simultáneamente.
Ahora que lo pienso con detenimiento, creo que fui un traidor a la causa
revolucionaria desde el principio. Yo digo, para consolarme de forma campanuda,
que tuve mi primera crisis de fe revolucionaria. O sea, me pregunté solemnemente, ¿quiero asaltar el Palacio de la Moncloa para cambiar el curso de
la historia o para apoderarme de todos los relojes y plumas que hay allí? ¿Cambiar la historia a golpe de cronómetro
y calendario, o entender el mundo a golpe de pluma y folios? Y es que por
entonces, en paralelo a mi falso furor revolucionario había desarrollado algunas incipientes habilidades literarias, fruto
de mi empeño y dedicación al estudio, que el Dogma y la Parker me habían ayudado a encauzar con éxito.
Siempre leía o estudiaba acompañado de la Una en la
mano derecha y del Otro enroscado a mi mano izquierda. Recuerdo que mi madre,
casi analfabeta y acostumbrada a contar las horas y escuchar las palabras
cantando u oyendo a Concha Piquer, siempre me decía
que con tanto leer y escribir, y mirar el reloj, acabaría por no ser un hombre de provecho. A las frases de mi madre nunca
les hice caso en su momento, pero a partir de una edad me he dado cuenta de que
algunas de ellas estaban llenas de esencial sabiduría.
Y es que desde que mi padre me regaló el Dogma adquirí una estrafalaria manía que no me
abandonado nunca: mirar el reloj con asiduidad. Una manía que iba ligada a un temor oculto: que el Dogma se atrasase o
adelantase. Esa manía por la exactitud de la hora en mi reloj buscaba algo con que reaccionarse
fuera de mi que no supe distinguir hasta años
más tarde. En definitiva, sabia que me preocupaba el paso del tiempo
aunque no sabia que hacer con esa preocupación.
La exactitud de El Dogma, mientras tanto, calmaba en gran medida toda esa ansiedad.
Al menos, saber que el tiempo pasa de forma exacta, me decía, otorga a un aura de credibilidad a las cosas que me pasaban de
acuerdo al compromiso adquirido con el Dogma. Así las registraba luego con la Parker en un diario que he ido
escribiendo de forma intermitente. Lo recuerdo ahora tan cartesiano como
insatisfactorio, pero, créame, no sabia manejarlo de otra manera.
Lo de las crisis de fe revolucionaria - o lo
que fuera eso que me pasaba - era algo que mi madre no sabia, ni los camaradas
revolucionarios tampoco. Pero, al igual que cólicos
nefríticos, he tenido frecuentes crisis de esas, de mayor o menor envergadura.
Eso que en el argot se llamaba desviacionismos pequeños
burgueses. Y es que, a parte de mi fidelidad inquebrantable al Dogma y a la
Parker, he tenido una relación de posesión continuada con otros relojes y plumas estilográficas. Incluso imaginé una forma de
trueque, que nunca me atreví
a poner en práctica,
pero que me sigue pareciendo la forma exacta de la justicia, y del inicio mas noble
de una relación amistosa. Intercambiar relojes y plumas estilográficas con
desconocidos. Si alguien se ponía delante, pongamos
en el metro o en el autobús, lo primero que hacia era mirar a la solapa de la chaqueta y a
la muñeca para ver que reloj llevaba y que pluma utilizaba. Por mi parte
llevaba un stock de relojes y plumas para ofrecer al candidato enroscados en
cada uno de mis brazos. Cada reloj mostraba la hora de las diferentes capitales
del planeta. He de confesar que he pasado buenos momentos en mis trayectos
dentro del trasporte público. Lo mas importante ha sido el intercambio de miradas que he
coleccionado, lo cual atenta una vez mas contra ese nulo interés por acumular cosas que he dicho al principio. Lo que pasaba,
valga esto como atenuante de mis obsesiones, es que la mirada sobre un reloj o
una pluma y el reloj y la pluma mismos se acababan convirtiendo en el mismo
objeto. Y en el delirio de la posesión, el dueño también. La prueba irrefutable de lo que digo es que una vez me enamoré perdidamente. Eso si que fue una revolución. El reloj que llevaba era de baratillo pero ella era hermosa
como una orquídea. Estuve tentado de ofrecerle el Dogma y la Parker a cambio de
su amor eterno. Pero el día que había reunido suficientes fuerzas para intentarlo, la orquídea no se presentó en la estación de metro. Gracias a que el Dogma y la Parker continuaban
conmigo, no me deprimí
anticipadamente. El reloj me seguía confirmando la exactitud del tiempo y sus correspondencia con
los hechos que, indefectiblemente, seguían
ocurriendo a mi alrededor. La Parker daba cumplida cuenta de todo ello en el
diario.
La segunda crisis revolucionaria
significativa la sentí
en un viaje en bici que hice por la Normandía francesa. La última etapa llegué a Caen, una de las
ciudades más castigadas por los bombardeos aliados y alemanes. En el lugar
que durante la ocupación estaba el cuartel general del ejército
alemán, se ha levantado un gran memorial en recuerdo de aquellos años de sangre y fuego, y sobre todo, a benéfico del honor y la
gloria del hecho culminante y decisivo que tuvo lugar cerca de allí: el día D, también conocido como El desembarco de Normandía.
Durante el recorrido por las diferentes salas, donde se muestran todo tipo
materiales que tratan de reproducir con detalle tales efemérides, me tope de forma inspirada con dos objetos que llamaron
poderosamente mi atención por su poder significativo. En una vitrina se encontraba el
reloj que llevaba el día D el jefe supremo de las fuerza aliadas, el general Eisenhower.
Su marca, Dogma. En otra no muy lejana de esta, se encontraba la pluma con la
que el general ruso Zukof firmó en el búnker del Furher en Berlín el final de la
guerra mundial en Europa. Su marca, como ya puede suponer, Parker. Quedé estupefacto. Y mis convicciones revolucionarias a punto de
derrumbarse para siempre. Salir de la inocencia con un reloj Dogma en la muñeca, y entrar en el mundo adulto mediante una pluma Parker entre
los dedos, para llegar esto. Mis grandes nombres sagrados los descubrí en ese viaje, contra todo pronóstico,
al lado de las más altas cotas de irracionalidad y perversión jamás logradas: eso significa para mi la guerra más devastadora de la historia de la Humanidad. Pero no me amilané ante el fatal descubrimiento. Me fui decidido a la tienda de
recuerdos del memorial y pregunté al encargado si vendían una reproducción exacta de la
pluma y le reloj de los generales. Me respondió que no le quedaban en el almacén,
pero que en un semana los tendría a mi disposición.
Como no podía esperar tanto tiempo, llegué a un acuerdo para que me los enviarán a casa por correo. Hoy forman los dos parte indisoluble de mi
colección particular.
La tercera, y última,
crisis respecto a la utopía sobre el destino final de la especie humana me surgió cuando me tuve que enfrentar, en el primer taller de literatura
creativa al que asistí, a lo que allí
me dijeron. El profe en cuestión nos dijo el primer día de clase dos cosas. Una, que anotáramos en la libreta que un texto es un prueba de la continuidad de
tiempo y del sentido, de la desgracia y de la esperanza que acompañan a esta vida, del consuelo que requiere, de la inutilidad y
miseria de tener aquello que de tan temible no es lícito
temerlo, de distinguir entre lo que podemos llegar a saber y lo que nunca
sabremos, de aceptar el amor que se nos da y el que ofrecemos no como garantía de nada, sino como iluminación
de nuestro humilde lugar en el mundo...Abran páginas
para que el miedo escape, no sea que sin darse cuenta lo hayan dejado en mitad
del pecho. Dos, que saliéramos a la calle con esa misma libreta y apuntásemos durante un día lo que de
relevante viéramos que tenía el mundo en ese lapsus de tiempo. Luego hablaríamos de todo ello en clase. Fue como una revelación, nunca antes experimentada desde mi primera comunión. El tiempo no era exacto era continuo y sucedía siempre. Lo que marcaba el Dogma era una convención mas entre otras muchas convenciones. La exactitud y sus hechos
históricos asociados, talmente. Fue como el verdadero advenimiento del
uso de la razón, prometida por mi padre con toda su gravedad e ilusión aquel día que me regaló
el Dogma. Abrí rápidamente la libreta. Apunté el misterioso párrafo en mi diario. Y a continuación,
puse mi atención a servicio de lo que pudiera dar de si el día a lo Leopold Bloom. Lo escribí todo con mi Parker en la mano derecha acompañada de cerca en la mano izquierda por su hermano gemelo el Dogma,
que registraba la hora y los minutos exactos del suceso significativo que había seleccionado. No pude prescindir de sus servicios de la noche a
la mañana. Ni puedo ahora. Sigo mirando el Dogma con asiduidad y
escribiendo con la Parker. Días mas tarde hice en casa los arreglos oportunos,
para que esa experiencia me sirviera siempre como frontispicio de la imaginación. Para no olvidarla. Para entenderla. Era un párrafo y la historia de un día
que me abrían una perspectiva nueva, jamás
antes conocida. Que se parecía a los días que podía medir con el Dogma, pero que no era el Dogma quien mandaba. Que
sus palabras latían como si saliesen de la Parker, pero esta era solo una mediadora
técnica. Un párrafo y un día daimones, como dirían los antiguos.
Fuera del tiempo cotidiano que dictaba el Dogma, tic tac tic tac, pero que seguía sucediendo dentro de él, simultáneamente. Fuera de la tecnología
que incorpora la Parker, pero discurriendo a través
de su tinta, como si fuera la sangre de un ser vivo. Una vez que acabé el taller de literatura, intenté entrar en contacto con el profesor, pero, al igual que la bella
orquídea del metro, desapareció incomprensiblemente de mi vida. Lo que si he conseguido es seguir
sus enseñanzas a través de los libros que escribe y publica con asiduidad.
Como fácilmente
podrá
entender, después
de tres crisis de fe en el género humano, ya tenía más que suficiente. Lo que quiero decirle es que, definitivamente,
mi vida tenía sentido. Ahora ya no creo en nadie, aunque sigo queriendo a la
gente que siempre he querido. Tampoco creo en nada, solo en mi imaginación, y, por supuesto, en estas dos almas gemelas, Dogma y Parker que
, - como el Azar y Necesidad o el Cielo y el Infierno o el Tiempo y el Espacio
- acreditan como nadie el uso que pueda haga de mi razón. La decisión que mis padres tomaron al traerme al mundo debió tener un propósito trascedente para ellos, y yo mediante la conservación de estos dos seres que me regalaron, como si fuese incienso y
mirra, quiero recordarlos eternamente. Respecto a mi futuro todo lo que debo
saber surgirá
siempre entre el Dogma y la Parker. Hoy imagino con
ternura, aunque con algo de resentimiento que no me abandonará nunca, aquellos
años en que me dediqué fervorosamente a
intentar asaltar el Palacio de la Moncloa. Pero sigo luciendo mi Dogma y mi
Parker como si fuese el primer día. Funcionan a la
perfección. Bueno, tienen los achaques propios de la edad. Como me pasa a
mi mismo. A la Parker le he cambiando varias veces la goma con que succiona la
tinta, y una sola vez el plumín, ya que una vez se me cayó y se despuntó. Como no, lo volví comprar chapado en
oro. Todo lo otro es original. El Dogma va como la seda. Bien es verdad que cada año, el mismo mes que yo me hago las analíticas
para ver como va la presión y las sístoles y diástoles del corazón, lo llevo al relojero del barrio. En mas de una ocasión el relojero me ha tirado los tejos diciéndome que si se lo vendo. Está fascinado con la precisión de su maquinaria. Tiene que ser suiza, me asegura, con orgullo
profesional. Yo le digo invariablemente que si se lo vendiera me volvería loco, es la garantía que me permite
seguir disfrutando del uso de mi imaginación
y mi razón. El hombre se encoge de hombros, a la espera de una ocasión más propicia.
lunes, 11 de junio de 2012
SEÑALIZACIONES
Cuando
era un niño viajaba en el metro con el espíritu de aventura propio de todo lo que es nuevo. Ahora,
siglos después, me lleno de desasosiego cada vez que tengo que entrar ahí
abajo, y tratar con ese indescifrable laberinto en que se ha convertido este
veterano del transporte público urbano. No es una cuestión de la edad lo que me
agobia e, incluso, me atemoriza, sino la sensación de un engaño desconocido que
me transmite tanto cartel flechado apuntando en todas las direcciones.
Siempre
fui de la opinión de que las complicaciones exageradas, o el obscurecimiento
intencionado, eran el reflejo exacto de voluntades poco fiables. Esas que
hablan para no hacerse entender. Tal desconfianza me ha permitido sobrevivir
con dignidad en esa tarea heroica de tener que viajar cada día en el metro.
Antes
era fácil detectar cualquier manipulación subterránea, que tipos mal nacidos
quisieran llevar a cabo. Los corredores y pasadizos estaban perfectamente
diferenciados, así como sus encrucijadas. Una flecha te llevaba a un solo
andén. Y transbordar era un interludio placentero de un largo trayecto. Nadie
se atrevió nunca a subvertir tan armonioso orden.
Me di
cuenta de que todo iba a cambiar el día que descubrí a un individuo que,
haciéndose pasar por funcionario de la compañía metropolitana, quitaba los
carteles de siempre, poniendo en su lugar otros ininteligibles y
desorientadores. Flechas al techo, al suelo, a las vías, flechas a ninguna
parte que conducían al desprevenido viajero por túneles interminables. De
repente me horrorizó aquel desbarajuste insidioso. Pero lo que más me causó
pavor fue ver a los usuarios como autómatas, aceptando tal impostura sin
extraviarse. Entendí, entonces, que ya estaban perdidos.
Soy
ya demasiado mayor para que puedan engañarme esos facinerosos de azul relamido
y recurrente. No estoy dispuesto, sin embargo, a renunciar a seguir usando el
medio de transporte con el que he disfrutado tanto. Escruto cada letrero con la
minuciosidad del advenedizo. Pregunto la veracidad de sus leyendas a varios
funcionarios con el ánimo picaresco de desvelar sus contradicciones y la
intención de la farsa que representan. Aun así, tengo la máxima preocupación en
el límite de cada entronque y no doblo nunca un recodo sin comprobar quien me
acompaña. Espero siempre la llegada del tren en un extremo del andén, apoyando
la espalda contra la pared.
jueves, 26 de abril de 2012
VACACIONES
Siempre que llega el verano necesito proyectarme hacia el más allá, rebasar sus límites. O mejor dicho, los efectos atosigantes del calor me despejan los horizontes capitalinos hasta creerme, realmente, en la posibilidad de transcender. La ciudad se vacía de casi todo. El ruido se va a donde normalmente no lo hay. Los huecos aparecen donde hace unos meses había interminables filas compactas. El metro se convierte en las tripas al fin no estreñidas de una ciudad que digiere bien.
El metro. Durante el resto del año no soy capaz de hacer uso de él. Me parece que no puede ser bueno para la salud de la ciudad que tanta gente, a diario, deambule entre túneles y pasadizos, sin otro control que el rigor de los horarios y la intrasigencia de la rutina. De ello, no me cabe la menor duda, se acaba por resentir la superficie capitalina. Se me ocurre una hipótesis biologicista: las histerias de arriba obedecen a las oclusiones de abajo. Pero con la llegada de los rigores del estío, el metro alcanza el punto óptimo en la función metabolizante de este intratable monstruo que es una ciudad moderna.
En esos días desciendo por las escaleras de la boca más próxima a mi casa, con la solemnidad de los grandes aconteciminetos. Ingluso me muestro inopinadamente generoso y dejo la vuelta del abono mensual del billete, para ayudar a aliviar los deterioros invernales, me digo a mi mismo para convencerme. Allí abajo siento la tranquilidad de que arriba todo funciona con precisión. Que cada sombra se perfila sin interferencias inútiles y contaminantes. Y que cada ruido se diluye en el aire sin perturbar el trabajo de los pájaros. Me horroriza la posibilidad de que esa armonía, mientra estoy allí metido, no se cumpla. Por eso durante la época del frío siempre voy en transporte público al aire libre. Temo que al volver al salir del metro, cualquier desquizamiento entre aquellos laberintos de luces y sombras, de prisas y codazos, de retrasos y sudores, de deseos efímeros, haya repercutido fatalmente en la vida sobre el asfalto o en el jardín de mi casa. La gente piensa en castizo y cada vez confunde mas el culo con las témporas. El uso del metro se antepone a la calidad de la existencia en cada hora. Eso puede ser catastrófico en un futuro inmediato.
Pero de momento, en esos meses de más luz y menos gente en la ciudad, trato de conjurar mis presagios apocalípticos solazándome entre andenes y pasillos. Sin mas ilusión que acomodarme en cualquier vagón que eliga, todos están a mi disposición. Con el gozo infinito de poder alimentar de nuevo ensoñaciones infantiles al sumergirme en cada túnel. En esos días no me parece tan opaco, y deseo fervientemente que el vagón se estropee, o provocar yo la detención para tener que caminar por los railes hasta la siguiente estación, que se ve iluminada unos metros más allá.
Cuando siento cerca el final del verano y debido a los delites acumulados, incluso me es razonablemente sencillo llevarme bien con los anuncios publicitarios. Lo que además de ser un broche inmejorable a mis vacaciones, fortifica mi espíritu para sobrellevar los ásperos días venideros.
viernes, 13 de abril de 2012
LEER
Siempre he sido intransigente con el hecho de tener que ceder el asiento del metro a quien lo necesite. Antepongo la prioridad de leer con dignidad unas páginas durante el largo trayecto, al precepto moral de aliviar a alguien el peso de sus años o el dolor de la mutilación de su cuerpo. No es que no tenga tiempo para leer en otros momentos y lugares, tiene que ver con el encanallamiento que siento al tener que hacer ese viaje cada día con una mano sobre la otra. La lectura me hace sobreponerme, incluso, ya se que puede parecer excesivo, me hace sentir angelical entre tanta humanidad claudicada.
Después de tantos años empeñado en la misma tarea, he llegado a la conclusión de que un libro entre las manos, es lo único capaz de romper el enmarañamiento de conductas que se rozan o se traban en los recorridos suburbanos de cada día. Lo único que produce sentido entre tanta arbitrariedad. Los hay que solo pestañean con nerviosismo, sin otro afán que ver como el tren recala en el andén donde se tienen que apear. Otros se pasan todo el rato dormitando de tedio o de cansancio, dejando caer la cabeza en el hombro de quien tiene al lado. Los hay que buscan transacciones carnales adoptando extrañas posturas para llamar la atención. Y los hay, la mayoria, que, invariablemnte, poniendo cara de palo, no sé si van o vienen del trabajo o a donde sea.
Aquella mañana, por mas que dejé pasar tres o cuatro trenes no conseguí sentarme. Era un dia de huelga. Cuando entré en el vagón, arrastrado por la muchedumbre, me di cuenta de inmediato que ni siquiera iba a poder leer una línea. Fueron suficiente un par de meneos contundentes para que el libro me saltara de las manos, perdiéndose entre los pies del ganado. Acto seguido sentí una punzada en el cerebro que me produjo un leve mareo, suficiente para seguir el mismo destino que el libro. Allí abajo me dí cuenta que a un par de metros de donde yo había caido, el libro era pisoteaco sin compasión.
Era la primera vez que sufría semejante atropello, lo que me hizo tener una sensación insólita de fraude y de suciedad, abandonado en medio de aquel tumulto infernal. Bramé como una animal cuando intentaron ayudarme a ponerme en pie, librandome con hosquedad de los brazos solícitos. Una vez que conseguí recuperar la vertical, me apeé en la estación siguiente, maldiciendo de manera ininteligible a quienes continuaron el viaje. Luego me acerqué a una papelera y vomité desconsolado. En el asiento de al lado una vagabundo dormía tumbado sobre unos periódicos atrasados.
Después de tantos años empeñado en la misma tarea, he llegado a la conclusión de que un libro entre las manos, es lo único capaz de romper el enmarañamiento de conductas que se rozan o se traban en los recorridos suburbanos de cada día. Lo único que produce sentido entre tanta arbitrariedad. Los hay que solo pestañean con nerviosismo, sin otro afán que ver como el tren recala en el andén donde se tienen que apear. Otros se pasan todo el rato dormitando de tedio o de cansancio, dejando caer la cabeza en el hombro de quien tiene al lado. Los hay que buscan transacciones carnales adoptando extrañas posturas para llamar la atención. Y los hay, la mayoria, que, invariablemnte, poniendo cara de palo, no sé si van o vienen del trabajo o a donde sea.
Aquella mañana, por mas que dejé pasar tres o cuatro trenes no conseguí sentarme. Era un dia de huelga. Cuando entré en el vagón, arrastrado por la muchedumbre, me di cuenta de inmediato que ni siquiera iba a poder leer una línea. Fueron suficiente un par de meneos contundentes para que el libro me saltara de las manos, perdiéndose entre los pies del ganado. Acto seguido sentí una punzada en el cerebro que me produjo un leve mareo, suficiente para seguir el mismo destino que el libro. Allí abajo me dí cuenta que a un par de metros de donde yo había caido, el libro era pisoteaco sin compasión.
Era la primera vez que sufría semejante atropello, lo que me hizo tener una sensación insólita de fraude y de suciedad, abandonado en medio de aquel tumulto infernal. Bramé como una animal cuando intentaron ayudarme a ponerme en pie, librandome con hosquedad de los brazos solícitos. Una vez que conseguí recuperar la vertical, me apeé en la estación siguiente, maldiciendo de manera ininteligible a quienes continuaron el viaje. Luego me acerqué a una papelera y vomité desconsolado. En el asiento de al lado una vagabundo dormía tumbado sobre unos periódicos atrasados.
jueves, 22 de marzo de 2012
PRECIO
Quise ver en el euro y medio de subida en el precio del billete de metro algo mas que una operación de aliño económico. Ni siquiera me inquietó el nuevo agujero que se abriría en mi ya deteriorado bolsillo. Tampoco invoqué a las autoridades municipales para estampanarles mi furia, como en estos casos manda el libreto del buen indignado. Sencillamente llegué a la conclusión de que me perseguían. Tal vez incluso que me pensaban matar.
Soy una adicto empedernido a lo medios de comunicación y en ninguno de ellos, en los días precedentes, había oído nada que pudiera hacer sospechar una inflación monetaria de tal envergadura. No pudiendo dudar de la fidelidad y honestidad de quienes informan, pues seria hacerlo del afán que me mantenía en pie cada día, conciliando así el sueño de forma esperanzada, sin más remedio me ví obligado a arremeter a ciegas contra lo no evidente.
La mayoría de los usuarios del metro abonaron sus billetes, sin manifestar protesta alguna. La resignación acabó por imponerse. La falta de lógica, que se empeñaba por si sola en explicar aquel trastorno, comenzó a ponerme nervioso. Intenté que fuera la taquillera la que me diera alguna respuesta convincente, pero fue inútil. Encima lo interpretó como el propósito, ciertamente intrépido, de que yo la quería cortejar. Hasta llegué a detectar por su parte, al otro lado de la cristalera, un atisbo inusual de ternura. Ella, que siempre recibía cada mañana a los usuarios con esa cara de sapo inconfundible. Sin proponérnoslo, los tímidos podíamos llegar a ser muy originales, me dije. Cuando comprobó que mi desasosiego iba en aumento, me respondió que el cartel anunciador de la subida de precios llevaba pegado a la ventanilla desde una semana antes que comenzaran a entrar en vigor. Además los medios de comunicación habian sido reiterativos sobre lo mismo. De repente me puse hecho un basilisco y empezé a insultarla y a aporrerar la cristalera que nos separaba. Ella me respondió que si no me calmaba tendría que avisar a los vigilantes de seguridad. Los que habían formado cola detrás mia, se pudieron de parte de la taquillera y comenzaron a hacer corro a mi alrededor.
Acorralado, me aparté contra la pared dispuesto a agredir a quien, incluso, solo quisiera amablamente pedirme si necesitaba ayuda. No estaba dispuesto a hacer concesiones en tales circunstancias, ya que podía resulta fatal para mi supervivencia. Cuando me quedé solo, abandoné despacio el lugar evitando en todo momento dar la espalda a la mujer de la taquilla, y vigilando con esmero a quien pudiera descender por las escaleras de la boca del metro. Ya en la superficie, respiré hondamente y traté de tranquilizarme. Luego detuve un taxi y le pedí al conductor que diera vueltas por la ciudad durante hora y media. También le supliqué que no me hablara mientras durara el recorrido.
Soy una adicto empedernido a lo medios de comunicación y en ninguno de ellos, en los días precedentes, había oído nada que pudiera hacer sospechar una inflación monetaria de tal envergadura. No pudiendo dudar de la fidelidad y honestidad de quienes informan, pues seria hacerlo del afán que me mantenía en pie cada día, conciliando así el sueño de forma esperanzada, sin más remedio me ví obligado a arremeter a ciegas contra lo no evidente.
La mayoría de los usuarios del metro abonaron sus billetes, sin manifestar protesta alguna. La resignación acabó por imponerse. La falta de lógica, que se empeñaba por si sola en explicar aquel trastorno, comenzó a ponerme nervioso. Intenté que fuera la taquillera la que me diera alguna respuesta convincente, pero fue inútil. Encima lo interpretó como el propósito, ciertamente intrépido, de que yo la quería cortejar. Hasta llegué a detectar por su parte, al otro lado de la cristalera, un atisbo inusual de ternura. Ella, que siempre recibía cada mañana a los usuarios con esa cara de sapo inconfundible. Sin proponérnoslo, los tímidos podíamos llegar a ser muy originales, me dije. Cuando comprobó que mi desasosiego iba en aumento, me respondió que el cartel anunciador de la subida de precios llevaba pegado a la ventanilla desde una semana antes que comenzaran a entrar en vigor. Además los medios de comunicación habian sido reiterativos sobre lo mismo. De repente me puse hecho un basilisco y empezé a insultarla y a aporrerar la cristalera que nos separaba. Ella me respondió que si no me calmaba tendría que avisar a los vigilantes de seguridad. Los que habían formado cola detrás mia, se pudieron de parte de la taquillera y comenzaron a hacer corro a mi alrededor.
Acorralado, me aparté contra la pared dispuesto a agredir a quien, incluso, solo quisiera amablamente pedirme si necesitaba ayuda. No estaba dispuesto a hacer concesiones en tales circunstancias, ya que podía resulta fatal para mi supervivencia. Cuando me quedé solo, abandoné despacio el lugar evitando en todo momento dar la espalda a la mujer de la taquilla, y vigilando con esmero a quien pudiera descender por las escaleras de la boca del metro. Ya en la superficie, respiré hondamente y traté de tranquilizarme. Luego detuve un taxi y le pedí al conductor que diera vueltas por la ciudad durante hora y media. También le supliqué que no me hablara mientras durara el recorrido.
martes, 28 de febrero de 2012
ESTATURA
Había crecido hasta alcanzar solo los ciento cuarenta centímetros. Todos los días me veía obligado a dedicar entre treinta y cuarenta minutos en el trayecto que había entre mi casa y la oficina de la sucursal bancaria donde trabajaba. Sin querer buscar otra alternativa, utilizaba siempre el servicio del metro. Y sufría por ello.
Lejos de enfadarme con los chistes y bromas de mis colegas respecto a mi adicción al metro, por ver si se me pegaban, decían, si nos los cien, al menos unos cuantos de sus cien centímetros, yo seguía con mi obsesión de ser como los demás. Y si el metro era un servicio público, no podía renunciar a utilizarlo todos los días, ya que sino me advendría la sensación de pertenecer a cualquier otra especie que, desde luego, no era la de público.
Por más que lo intentaba, no conseguía eludir las horas de máximo ajetreo. Esto me suponía llegar siempre tarde a la oficina. Tampoco me parecía oportuno justificar cada día el retraso, así que mi honestidad profesional me llevaba a recuperar el tiempo perdido una vez concluida la jornada laboral.
La ingobernabilidad de mi estatura se había convertido con el paso del tiempo en un dolor constante e insoportable. El impedimento de acceder a las barras horizontales de los vagones me dejaba como única opción las verticales, siempre y cuando los cuerpos de los demás no obstaculizara tal pretensión. Era en este trance cuando aparecía mi padecimiento cotidiano. Lo normal era que, dadas las avalanchas humanas que asaltan los trenes en las horas punta, no pudiera llegar a agarrarme a ninguno de aquellos barrotes. Mi cuerpo, entonces, quedaba a la deriva entre el traqueteo de espaldas y bajos abdómenes. No me importa reconocer, que en mas de alguna ocasión tuvieron que ayudar a levantarme después de haberme pisoteado como en un lagar. Excepcionalmente, cuando conseguía agarrarme a una de las barras verticales a mi alcance, me arrepentía pocas estaciones después. Prefería ser zarandeado a tener como única línea del horizonte los bajos vientres, pechos, altos traseros y demás zonas de quienes me rodeaban con desigual voluminosidad. En mas de alguna ocasión me llamaron la atención por atrevido y obsceno. Aprovechar y ocupar algunos de los escasos asientos que dejaban libre, me parecía tan incómodo auparme a ellos como permanecer allí sentado. Las piernas sin base de sustentación acababan por disminuir mi sensibilidad, y no estaba dispuesto a moverlas constantemente par evitar semejante molestia.
Así de zarandeado y humillado, acusado unas veces de inmoral y otras de infantilismo no superado, fueron pasando los años durante los que, poco a poco y casi sin darme cuenta, me fui abrazando a una depresión que me llevó a quedar recluido en un sanatorio para enanos mentales. Mucho tiempo después, al felicitarme por mi recuperación y con ánimo de ayudarme a iniciar una nueva vida, mis familiares y colegas me regalaron un coche deportivo de esos que también los llaman utilitarios. Miré a todos con desprecio por encima del hombro, con lo tuve la sensación de haber crecido. Siendo así que en verdad me sentía curado, les dije. Prueba de ello era que, por fin, ejercía el derecho a manifestar mis propias chanzas.
Lejos de enfadarme con los chistes y bromas de mis colegas respecto a mi adicción al metro, por ver si se me pegaban, decían, si nos los cien, al menos unos cuantos de sus cien centímetros, yo seguía con mi obsesión de ser como los demás. Y si el metro era un servicio público, no podía renunciar a utilizarlo todos los días, ya que sino me advendría la sensación de pertenecer a cualquier otra especie que, desde luego, no era la de público.
Por más que lo intentaba, no conseguía eludir las horas de máximo ajetreo. Esto me suponía llegar siempre tarde a la oficina. Tampoco me parecía oportuno justificar cada día el retraso, así que mi honestidad profesional me llevaba a recuperar el tiempo perdido una vez concluida la jornada laboral.
La ingobernabilidad de mi estatura se había convertido con el paso del tiempo en un dolor constante e insoportable. El impedimento de acceder a las barras horizontales de los vagones me dejaba como única opción las verticales, siempre y cuando los cuerpos de los demás no obstaculizara tal pretensión. Era en este trance cuando aparecía mi padecimiento cotidiano. Lo normal era que, dadas las avalanchas humanas que asaltan los trenes en las horas punta, no pudiera llegar a agarrarme a ninguno de aquellos barrotes. Mi cuerpo, entonces, quedaba a la deriva entre el traqueteo de espaldas y bajos abdómenes. No me importa reconocer, que en mas de alguna ocasión tuvieron que ayudar a levantarme después de haberme pisoteado como en un lagar. Excepcionalmente, cuando conseguía agarrarme a una de las barras verticales a mi alcance, me arrepentía pocas estaciones después. Prefería ser zarandeado a tener como única línea del horizonte los bajos vientres, pechos, altos traseros y demás zonas de quienes me rodeaban con desigual voluminosidad. En mas de alguna ocasión me llamaron la atención por atrevido y obsceno. Aprovechar y ocupar algunos de los escasos asientos que dejaban libre, me parecía tan incómodo auparme a ellos como permanecer allí sentado. Las piernas sin base de sustentación acababan por disminuir mi sensibilidad, y no estaba dispuesto a moverlas constantemente par evitar semejante molestia.
Así de zarandeado y humillado, acusado unas veces de inmoral y otras de infantilismo no superado, fueron pasando los años durante los que, poco a poco y casi sin darme cuenta, me fui abrazando a una depresión que me llevó a quedar recluido en un sanatorio para enanos mentales. Mucho tiempo después, al felicitarme por mi recuperación y con ánimo de ayudarme a iniciar una nueva vida, mis familiares y colegas me regalaron un coche deportivo de esos que también los llaman utilitarios. Miré a todos con desprecio por encima del hombro, con lo tuve la sensación de haber crecido. Siendo así que en verdad me sentía curado, les dije. Prueba de ello era que, por fin, ejercía el derecho a manifestar mis propias chanzas.
martes, 7 de febrero de 2012
TOSER
No hay quien pueda con los que, dicen, aquejados de irritación en la garganta, se pasan media vida tosiendo y la otra mitad haciendo ímprobos esfuerzos por esquivar sus contumaces accesos de tos. Sencillamente me parecen insufribles. Ademas mienten con saña.
Como habitual usuario del metro me he acostumbrado a los mas extraños mohines y ademanes, que las personas suelen hacer en el trance breve, pero histriónico, de un trayecto de veinte o treinta minutos. Una tabarra que va desde el vulgar urgamiento de las fosas nasales con la intención de llegar a acariciar los mas recóndito del alma, hasta las demoledoras y guiñolescas escenas que producen el cansancio y la escasez de horas de sueño, sin olvidar los soliloquios, miradas lascivas y violicidas, voces megafónicas y otros registros que los humanos llevamos guardados en nuestros adentros.
Con desigual intensidad todas estas escenas las he ido incorporando al paisaje cotidiano que da fondo y cobertura a la rutina de ir de casa al trabajo, del trabajo a casa. Pero a los tosigosos me es imposible darles un papel en semejante ceremonia, ni que fuera fugaz y de relleno. No es de ley que tales adicciones tengamos que soportarlas gente que pagamos regularmente los impuestos. Soy tolerante con el típico carraspeo producido por fumar mucho, o por el añusgamiento imprevisto al tragar la saliva, o de la índole que sea. Pero con lo que soy intransigente es con ese encadenamientos de espasmos, prólogo a vomitar el hígado, que hace mutar a quien los emite en rara especie parecida a un batracio sanguinolento, de ojos desorbitados, baboseaste, resucitado de la noche de los tiempos. Estoy convencido que a partir de la tercera o cuarta convulsión su voluntad es malintencionada y llena de inquina hacia los demás. Son de ese tipo de gente que se crece ante lo insalubre.
En los lugares abiertos es fácil evitar sus impertinencias. En lo cerrados como el cine, el teatro, las iglesias,...el clima de recogimiento cultural o devocional es, aunque cada vez menos, una barrera para tales especímenes. En los autobuses cabe la posibilidad de que aireando al tosigoso se alivie en parte su desfachatez. Es en los trayectos del metro donde encuentra campo abonado para dar rienda suelta a su estética espasmódica. Los anuncios de prohibido toser, colocados en las paredes de los vagones, no existen, ni parece que sea una prioridad de la autoridad competente. No me queda otra solución que ofrecerle, hipócritamente, un caramelo mentolado para que ahogue su podredumbre. O, si soy consecuente, cambiarme de vagón. Aunque es bastante probable que la escena vuelva a repetirse.
Como habitual usuario del metro me he acostumbrado a los mas extraños mohines y ademanes, que las personas suelen hacer en el trance breve, pero histriónico, de un trayecto de veinte o treinta minutos. Una tabarra que va desde el vulgar urgamiento de las fosas nasales con la intención de llegar a acariciar los mas recóndito del alma, hasta las demoledoras y guiñolescas escenas que producen el cansancio y la escasez de horas de sueño, sin olvidar los soliloquios, miradas lascivas y violicidas, voces megafónicas y otros registros que los humanos llevamos guardados en nuestros adentros.
Con desigual intensidad todas estas escenas las he ido incorporando al paisaje cotidiano que da fondo y cobertura a la rutina de ir de casa al trabajo, del trabajo a casa. Pero a los tosigosos me es imposible darles un papel en semejante ceremonia, ni que fuera fugaz y de relleno. No es de ley que tales adicciones tengamos que soportarlas gente que pagamos regularmente los impuestos. Soy tolerante con el típico carraspeo producido por fumar mucho, o por el añusgamiento imprevisto al tragar la saliva, o de la índole que sea. Pero con lo que soy intransigente es con ese encadenamientos de espasmos, prólogo a vomitar el hígado, que hace mutar a quien los emite en rara especie parecida a un batracio sanguinolento, de ojos desorbitados, baboseaste, resucitado de la noche de los tiempos. Estoy convencido que a partir de la tercera o cuarta convulsión su voluntad es malintencionada y llena de inquina hacia los demás. Son de ese tipo de gente que se crece ante lo insalubre.
En los lugares abiertos es fácil evitar sus impertinencias. En lo cerrados como el cine, el teatro, las iglesias,...el clima de recogimiento cultural o devocional es, aunque cada vez menos, una barrera para tales especímenes. En los autobuses cabe la posibilidad de que aireando al tosigoso se alivie en parte su desfachatez. Es en los trayectos del metro donde encuentra campo abonado para dar rienda suelta a su estética espasmódica. Los anuncios de prohibido toser, colocados en las paredes de los vagones, no existen, ni parece que sea una prioridad de la autoridad competente. No me queda otra solución que ofrecerle, hipócritamente, un caramelo mentolado para que ahogue su podredumbre. O, si soy consecuente, cambiarme de vagón. Aunque es bastante probable que la escena vuelva a repetirse.
lunes, 16 de enero de 2012
INAUGURACIÓN
Aun faltaba mas de una hora para la solemne ceremonia y ya se respiraba el aire fundacional que la precedía. Las caras de los asistentes estaban todas ordenadas con trazos de optimismo y de éxito. El desorden de algunos detalles a ultima hora, sin embargo, se resistía a desaparecer, lo que apuntillaba con su presencia el buen hacer de los organizadores.
Las autoridades municipales habían diagnosticado que la mala salud de mi barrio se debía a la falta de unas entrañas como dios manda. Sanas y saludables. Así que habían decidido hacer llegar el metro hasta el epicentro mismo del mismo. No se porque les dio por ese tono organicista, el caso es calo ente el vecindario.
La mala voluntad que tuvieron las personas y sus cosas al asentarse en el barrio, era para mi explicación mas que suficiente de lo que nos había venido ocurriendo. Pero todo lo pasado daba ya igual. Los mas viejos soñaban esperanzados con volver a recuperar la felicidad que presidio su juventud en sus pueblos de origen. Los mas pequeños se habían imaginado, en los preparativos que estuvieron trabajando en la escuela, una invasión marciana en toda regla que, inopinadamente vendría del subsuelo. Agarrados con las dos manos a un bocata de salchichón, cantaban las consignas aprendidas para la representación. Un grupo de jóvenes se reafirmaban con sus guitarras en su convicción: el rock tiene sustancia de alcantarilla. Algunos matrimonios se hacían oír, mediante una pancarta, diciendo que por fin no llegarían tarde al trabajo. Los de una asociación de meditación, que habían abierto un local hacia dos años, hacían su propaganda entregando unas hojas sueltas, donde avisaban que con la llegada del metro los peligros no desaparecían ya que el diablo y el daño estaban por todos los sitios, no solo en las entrañas.
Así, al compás de creencias y ensoñaciones, fuimos descendiendo en riguroso orden por cada una de las dos bocas que habían abierto. A mi lo que aquello me parecía, descendiendo allí abajo, era del mismo efecto que una lavativa puesta a un organismo estreñido, por seguir el run run de la municipalidad. Luego ocupamos el lugar que nos habían asignado, sin dejar de hablar o murmurar en voz alta. Al cabo de un rato, el alcalde rodeado de sus municipes hizo su aparición. Antes de empezar a hablar, observo detenidamente a sus vecinos y acercándose al que tenia mas a mano le dijo que no poseían tan mal aspecto como le habían dicho. Señor, son los preludios de esta inauguración tan esperada que han hecho los milagros del mejor afeite imaginable, le respondió con tono solemne como si lo hubiera ensayado para el caso. El alcalde le río lo que el considero un gesto del buen humor de sus administrados y saco un papel del bolsillo derecho de su chaqueta. Antes de concluir su breve discurso, miro al techo y se fijo en una telaraña que había entre dos tubos fluorescentes, sin ajustar la luz todavía. Luego, entre vítores y ovaciones, se acerco al del afeite y lleno de satisfacción lo invito a tomar una copa, y seguir hablando del bienestar y la felicidad de los barrios periféricos. Al salir a la superficie, un niño algo sucio le pidió que lo invitara a un helado en el kiosco de enfrente.
Las autoridades municipales habían diagnosticado que la mala salud de mi barrio se debía a la falta de unas entrañas como dios manda. Sanas y saludables. Así que habían decidido hacer llegar el metro hasta el epicentro mismo del mismo. No se porque les dio por ese tono organicista, el caso es calo ente el vecindario.
La mala voluntad que tuvieron las personas y sus cosas al asentarse en el barrio, era para mi explicación mas que suficiente de lo que nos había venido ocurriendo. Pero todo lo pasado daba ya igual. Los mas viejos soñaban esperanzados con volver a recuperar la felicidad que presidio su juventud en sus pueblos de origen. Los mas pequeños se habían imaginado, en los preparativos que estuvieron trabajando en la escuela, una invasión marciana en toda regla que, inopinadamente vendría del subsuelo. Agarrados con las dos manos a un bocata de salchichón, cantaban las consignas aprendidas para la representación. Un grupo de jóvenes se reafirmaban con sus guitarras en su convicción: el rock tiene sustancia de alcantarilla. Algunos matrimonios se hacían oír, mediante una pancarta, diciendo que por fin no llegarían tarde al trabajo. Los de una asociación de meditación, que habían abierto un local hacia dos años, hacían su propaganda entregando unas hojas sueltas, donde avisaban que con la llegada del metro los peligros no desaparecían ya que el diablo y el daño estaban por todos los sitios, no solo en las entrañas.
Así, al compás de creencias y ensoñaciones, fuimos descendiendo en riguroso orden por cada una de las dos bocas que habían abierto. A mi lo que aquello me parecía, descendiendo allí abajo, era del mismo efecto que una lavativa puesta a un organismo estreñido, por seguir el run run de la municipalidad. Luego ocupamos el lugar que nos habían asignado, sin dejar de hablar o murmurar en voz alta. Al cabo de un rato, el alcalde rodeado de sus municipes hizo su aparición. Antes de empezar a hablar, observo detenidamente a sus vecinos y acercándose al que tenia mas a mano le dijo que no poseían tan mal aspecto como le habían dicho. Señor, son los preludios de esta inauguración tan esperada que han hecho los milagros del mejor afeite imaginable, le respondió con tono solemne como si lo hubiera ensayado para el caso. El alcalde le río lo que el considero un gesto del buen humor de sus administrados y saco un papel del bolsillo derecho de su chaqueta. Antes de concluir su breve discurso, miro al techo y se fijo en una telaraña que había entre dos tubos fluorescentes, sin ajustar la luz todavía. Luego, entre vítores y ovaciones, se acerco al del afeite y lleno de satisfacción lo invito a tomar una copa, y seguir hablando del bienestar y la felicidad de los barrios periféricos. Al salir a la superficie, un niño algo sucio le pidió que lo invitara a un helado en el kiosco de enfrente.
viernes, 6 de enero de 2012
SILENCIO
Nadie me dijo por qué no tenia derecho a un cabina blindada, que me protegiera de los peligros provenientes de la interminable humanidad, que todos los días pasaba delante de mi. Y nadie, tampoco, me dio explicaciones de por qué tuve que ocupar la que ahora es mi lugar de trabajo, que mas bien parece una jaula de ganado, antesala del momento de ir al matadero. Está situada en un pasillo donde no hay más transeuntes que las cucarachas y alguna que otra rata, y una vaharada puntual de alcantarilla cada media hora. Las preguntas personales dejaron de están permitidas. Y lo personal esta reñido ahora con todo lo que puede desprender sensibilidad. Así han hecho los cambios que, dicen, se necesitaban para tirar hacia adelante.
Acodado sobre la estrecha ventanilla de la jaula, con el rum rum del transistor en la mano izquierda, y el tampón de sellar en la derecha a la espera de quien nunca llega, paso las horas recordando cuando mi vida laboral era un trasiego permanente entre billetes y monedas de calderilla. Mi horizonte, entonces, se dibujaba nítido entre billete y billete y la charla que, de vez en cuando, le daba a quien quería ser un héroe pasándose sin pagar delante de mis narices. Después de oír todo el repertorio que le caía encima, siempre con el guardia de seguridad a mi lado (un tipo de dos metros, que de espalda parecía un armario de tres cuerpos), la aventura épica del listillo se acababa pidiéndome disculpas, como un pordiosero, por el despiste que había tenido. Eso era vida. También recuerdo las caras de precipitación de muchos de los viajeros, que en el momento de las horas punta escupían su ira sobre el cogote de quien tenía delante en la cola, quien torpemente asumía su culpabilidad disculpándose, o bien se enfrentaba dispuesto a que la sangre llegara al suelo.
Esas vidas de los otros vistas desde mi antigua cabina me devolvían un sentimiento de intruso que me hacia sentir bien. De hecho era lo mas interesante de mi trabajo. Ellos a mi ni me veían, balbuceaban algo parecido a unas palabras al pedirme el billete y salían disparados hacia el andén. Iban como animales a cumplir el imperativo de sus destinos. Eso de ver en el gesto de muchos de ellos el atisbo de lo que, con toda probabilidad, les podría amargar el día, me producía, allí dentro, una total ausencia de alarmas que tuvieran que ver con el miedo o con que estuviera cometiendo una mala acción. Simplemente me regodeaba al saber de que no estaba en su lugar, desquiciado como ellos al otro lado de la ventanilla.
Ahora puedo preguntar lo que quiera. O mejor dicho, todo se resume en una pregunta, ¿quien es la autoridad que me ha traído hasta aquí? Ya no hay nadie que me mire. Ni a nadie a quien le pueda preguntar airado y amenazante, ¿has pagado el billete?. Los dias pasan, y las cucarachas y las ratas también. La pauta la marca el mal olor que viene de las alcantarillas.
Acodado sobre la estrecha ventanilla de la jaula, con el rum rum del transistor en la mano izquierda, y el tampón de sellar en la derecha a la espera de quien nunca llega, paso las horas recordando cuando mi vida laboral era un trasiego permanente entre billetes y monedas de calderilla. Mi horizonte, entonces, se dibujaba nítido entre billete y billete y la charla que, de vez en cuando, le daba a quien quería ser un héroe pasándose sin pagar delante de mis narices. Después de oír todo el repertorio que le caía encima, siempre con el guardia de seguridad a mi lado (un tipo de dos metros, que de espalda parecía un armario de tres cuerpos), la aventura épica del listillo se acababa pidiéndome disculpas, como un pordiosero, por el despiste que había tenido. Eso era vida. También recuerdo las caras de precipitación de muchos de los viajeros, que en el momento de las horas punta escupían su ira sobre el cogote de quien tenía delante en la cola, quien torpemente asumía su culpabilidad disculpándose, o bien se enfrentaba dispuesto a que la sangre llegara al suelo.
Esas vidas de los otros vistas desde mi antigua cabina me devolvían un sentimiento de intruso que me hacia sentir bien. De hecho era lo mas interesante de mi trabajo. Ellos a mi ni me veían, balbuceaban algo parecido a unas palabras al pedirme el billete y salían disparados hacia el andén. Iban como animales a cumplir el imperativo de sus destinos. Eso de ver en el gesto de muchos de ellos el atisbo de lo que, con toda probabilidad, les podría amargar el día, me producía, allí dentro, una total ausencia de alarmas que tuvieran que ver con el miedo o con que estuviera cometiendo una mala acción. Simplemente me regodeaba al saber de que no estaba en su lugar, desquiciado como ellos al otro lado de la ventanilla.
Ahora puedo preguntar lo que quiera. O mejor dicho, todo se resume en una pregunta, ¿quien es la autoridad que me ha traído hasta aquí? Ya no hay nadie que me mire. Ni a nadie a quien le pueda preguntar airado y amenazante, ¿has pagado el billete?. Los dias pasan, y las cucarachas y las ratas también. La pauta la marca el mal olor que viene de las alcantarillas.
lunes, 12 de diciembre de 2011
OQPACIÓN
Esto es una Oqpacion. Cambiamos la K por la Q ya que deseamos decir algo: estamos quemados y quemadas, queremos quejarnos, ¿que es el quid? Y ademas tenemos una sobrada razón, formamos quórum.
Así rezaba la pancarta que se extendía a lo largo de una de las estaciones de metro de mayor afluencia de publico. La sujetaban un hombre y una mujer sin ningún rasgo que contrariase su vulgar colmo de felicidad. Vigilaban la puesta en escena una docena de personas de parecido molde a los anteriores. Ninguno era capaz, con su presencia, de provocar algún tipo de estridencia entre los espectadores que iban y venían sin parar. Todos se encontraban muy bien aseados y manifestaban una inequívoca predilección por las marcas conocidas en su vestimenta. La placidez de su mirada hacia que nadie se viera impelido a llamar a las fuerzas del orden. Ningún usuario del metro temíamos en esos momentos por nuestra seguridad. Aquellos chicos y chicas se limitaban a escribir sus mensajes, que luego ofrecían a quienes se acercaban, en papel satinado, dejando los márgenes precisos. Uno de los usuarios del metro, un señor mayor muy bien trajeado, se acerco a preguntarles algo, que no logre entender. El chico que sostenía la pancarta le respondió en voz alta, para que los demás lo oyéramos, que buscaban la salvación que resultaba imposible encontrar en la superficie. Luego, en señal de agradecimiento, le entregaron una moneda de curso legal y una cartulina escrita con letra apretada hasta la mitad.
Así rezaba la pancarta que se extendía a lo largo de una de las estaciones de metro de mayor afluencia de publico. La sujetaban un hombre y una mujer sin ningún rasgo que contrariase su vulgar colmo de felicidad. Vigilaban la puesta en escena una docena de personas de parecido molde a los anteriores. Ninguno era capaz, con su presencia, de provocar algún tipo de estridencia entre los espectadores que iban y venían sin parar. Todos se encontraban muy bien aseados y manifestaban una inequívoca predilección por las marcas conocidas en su vestimenta. La placidez de su mirada hacia que nadie se viera impelido a llamar a las fuerzas del orden. Ningún usuario del metro temíamos en esos momentos por nuestra seguridad. Aquellos chicos y chicas se limitaban a escribir sus mensajes, que luego ofrecían a quienes se acercaban, en papel satinado, dejando los márgenes precisos. Uno de los usuarios del metro, un señor mayor muy bien trajeado, se acerco a preguntarles algo, que no logre entender. El chico que sostenía la pancarta le respondió en voz alta, para que los demás lo oyéramos, que buscaban la salvación que resultaba imposible encontrar en la superficie. Luego, en señal de agradecimiento, le entregaron una moneda de curso legal y una cartulina escrita con letra apretada hasta la mitad.
martes, 29 de noviembre de 2011
HORA PUNTA
Mi teoría es elemental: los seres humanos seguimos siendo animales de impulsos gregarios, con una pizca de conciencia poética que nos permite elaborar algunas de esas ensoñaciones inalcanzables. Hasta ahora, la evolución no ha dado para más. Por eso me gustan esos momentos de mayor afluencia de público en los andenes y vagones del metro. Esas horas punta corroboran, como ningún otro experimento, mi teoría. Y lo hace como debe ser: sugiriendo, sin ningún tipo de imposiciones.
Las sirenas de los lugares de trabajo próximos han tocado, como las campanas eclesiales antaño, a arrebato. Menesterosos de toda laya y condición, de mono azul o de corbata roja, pueblan, casi al instante, las calles de la ciudad y sus recovecos. De los corredores del metro brota un olor a podrido nauseabundo. Caras desdibujadas, iguales unas a las otras en la intención del trazo, empiezan a caminar con ademanes ovinos por entre pasillos y andenes. El sudor cristaliza en los rostros cansados, sin haber empezado todavía a trajinar, y aun le sobra para crear una atmósfera por encima de las cabezas. Los trenes retrasan su aparición sin explicación alguna por parte de la organización. Los semáforos de los túneles hacen guiños intermitentes a la paciencia de los viajeros, invitándoles a que salten a la vía. Se apretujan en el anden para dar cabida a los que llegan. Dos vigilantes con porra, pero sin pistola, intentan poner orden, sin ladrar todavía. El espacio es el que es y el abismo de las vías señalan las consecuencias de que a alguien le de por hacer una tontería. Codos sobre la bocas, axilas empapadas, alitosis de tres días, no son impedimento a la aparición de alguna sonrisa furtiva. Alguno despotrica contra la municipalidad. Vano intento. Son las ovejas negras, siempre desagradecidas. Solo queda que el azar otorgue la posibilidad de sentarse a algunos de los elegidos.
Al final llega el tren. Seis estaciones mas adelante abandono el subterráneo. En la superficie, me reciben el ruido de los motores y la estridencia de las bocinas de unos coches atrapados en un monumental atasco. No puedo evitar reírme a mandíbula batiente, atrayendo hacía mí la atención de los transeúntes: ven como tengo razón, la municipalidad nos pastorea sin equívocos cada día.
Las sirenas de los lugares de trabajo próximos han tocado, como las campanas eclesiales antaño, a arrebato. Menesterosos de toda laya y condición, de mono azul o de corbata roja, pueblan, casi al instante, las calles de la ciudad y sus recovecos. De los corredores del metro brota un olor a podrido nauseabundo. Caras desdibujadas, iguales unas a las otras en la intención del trazo, empiezan a caminar con ademanes ovinos por entre pasillos y andenes. El sudor cristaliza en los rostros cansados, sin haber empezado todavía a trajinar, y aun le sobra para crear una atmósfera por encima de las cabezas. Los trenes retrasan su aparición sin explicación alguna por parte de la organización. Los semáforos de los túneles hacen guiños intermitentes a la paciencia de los viajeros, invitándoles a que salten a la vía. Se apretujan en el anden para dar cabida a los que llegan. Dos vigilantes con porra, pero sin pistola, intentan poner orden, sin ladrar todavía. El espacio es el que es y el abismo de las vías señalan las consecuencias de que a alguien le de por hacer una tontería. Codos sobre la bocas, axilas empapadas, alitosis de tres días, no son impedimento a la aparición de alguna sonrisa furtiva. Alguno despotrica contra la municipalidad. Vano intento. Son las ovejas negras, siempre desagradecidas. Solo queda que el azar otorgue la posibilidad de sentarse a algunos de los elegidos.
Al final llega el tren. Seis estaciones mas adelante abandono el subterráneo. En la superficie, me reciben el ruido de los motores y la estridencia de las bocinas de unos coches atrapados en un monumental atasco. No puedo evitar reírme a mandíbula batiente, atrayendo hacía mí la atención de los transeúntes: ven como tengo razón, la municipalidad nos pastorea sin equívocos cada día.
domingo, 13 de noviembre de 2011
VEJEZ
Sabia que no tenia probabilidad de conseguir asiento. El anden de la estación del metro se había llenado de gente debido a la demora del tren. Eran personas con ganas de viajar sentadas, aunque fuera yo quien mas lo necesitara teniendo en cuenta mis años y los achaques que los acompañan. Tampoco valía la pena esperar algún gesto de compasión por parte de quienes me rodeaban. Me había tocado envejecer en un época donde la prolongación y mejora de la vida es una cuestión del perfeccionamiento y uso adecuado de los avances tecnológicos. Eso decía una revista de esas, creo que era de la Liga de los Optimistas Pragmáticos, que cayo en mis manos en la sala de espera del medico que cuida las averías de mi corazón. "Antes, para ser inmortal, debía uno morirse, se entiende que después de realizar algo memorable. Ahora basta con la fe en las soluciones. La persona que llegara a cumplir mil años ya vive actualmente" decía tambien otro de sus artículos. ¡Como para que se fijaran en mi!
El tren seguía demorandose, lo que hacia que a todos nos aumentara el nerviosismo. Había calculado el lugar donde previsiblemente coincidiría con una de las puertas del vagón, lo cual me tranquilizo. Allí de pie, notando cada vez mas el dolor de las piernas a la altura de las rodillas, aguante como pude las idas y las venidas de los otros candidatos y competidores por un vagón en el tren que no acababa de llegar. De repente, la aparición del convoy en el otro anden hizo aumentar el desasosiego en el que me encontraba. Ya no podía mas. Tuve la tentación de sentarme en el suelo. Mire con disimulo a mi alrededor y creí detectar un sinfín de miradas dispuestas a ocupar mi lugar. Pero el dolor de las rodillas me obligaba tomar un decisión.
Volví a mirar a quienes me rodeaban y descubrí a un hombre de mi misma edad e impaciencia. Para estos diagnósticos fijarte en la carta no falla nunca. Nos intercambiamos gestos de impotencia y resignación, lo que fue suficiente para sellar un pacto de mutua ayuda. El ocupo mi lugar, merecedor de la gloria de un asiento en el vagón que seguía sin aparecer. Y yo abandone la primera fila del anden y me puse a caminar, a ver si me disminuía el dolor de las rodillas y el entumecimiento general de las piernas. Sin desaparecer del todo, con el movimiento si note una leve mejoría. Cuando me disponía a relevar a mi socio, una voz aburrida nos informo por megafonia que el retraso del tren era debido a una avería técnica que iba para rato. Pidiendo disculpas por las molestias ocasionadas, invito a los señores viajeros a pasar por ventanilla donde nos devolverían el importe del billete.
Después de que el anden se quedo vacío, mi socio y yo nos sentamos a fumar un cigarrillo. Todos los asientos se habían quedado libres. Entonces nos dio por recordar los tiempos cuando el metro servia de refugio para protegernos de los bombardeos.
El tren seguía demorandose, lo que hacia que a todos nos aumentara el nerviosismo. Había calculado el lugar donde previsiblemente coincidiría con una de las puertas del vagón, lo cual me tranquilizo. Allí de pie, notando cada vez mas el dolor de las piernas a la altura de las rodillas, aguante como pude las idas y las venidas de los otros candidatos y competidores por un vagón en el tren que no acababa de llegar. De repente, la aparición del convoy en el otro anden hizo aumentar el desasosiego en el que me encontraba. Ya no podía mas. Tuve la tentación de sentarme en el suelo. Mire con disimulo a mi alrededor y creí detectar un sinfín de miradas dispuestas a ocupar mi lugar. Pero el dolor de las rodillas me obligaba tomar un decisión.
Volví a mirar a quienes me rodeaban y descubrí a un hombre de mi misma edad e impaciencia. Para estos diagnósticos fijarte en la carta no falla nunca. Nos intercambiamos gestos de impotencia y resignación, lo que fue suficiente para sellar un pacto de mutua ayuda. El ocupo mi lugar, merecedor de la gloria de un asiento en el vagón que seguía sin aparecer. Y yo abandone la primera fila del anden y me puse a caminar, a ver si me disminuía el dolor de las rodillas y el entumecimiento general de las piernas. Sin desaparecer del todo, con el movimiento si note una leve mejoría. Cuando me disponía a relevar a mi socio, una voz aburrida nos informo por megafonia que el retraso del tren era debido a una avería técnica que iba para rato. Pidiendo disculpas por las molestias ocasionadas, invito a los señores viajeros a pasar por ventanilla donde nos devolverían el importe del billete.
Después de que el anden se quedo vacío, mi socio y yo nos sentamos a fumar un cigarrillo. Todos los asientos se habían quedado libres. Entonces nos dio por recordar los tiempos cuando el metro servia de refugio para protegernos de los bombardeos.
viernes, 4 de noviembre de 2011
SEDUCCIÓN
Suspiré con deleite y me apresuré a ocupar uno de los asientos que en este momento habían quedado libres. Creí oportuno darme, así, un descanso, una tregua, en el intercambio de miradas que venía sosteniendo con aquella mujer, desde que la reconocí en el andén de la estación de metro poco antes de subir al tren. Mi madre estaría, sin duda, satisfecha. Y mis amigos también. La presión de la una y de los otros, me habían llevado a aquella academia del barrio, donde a modo experimental, así decia el díptico de la propaganda, se daban clases de seducción.
Antes lo había intentado, sin éxito, en los sitios donde se hacen estos intercambios: discotecas, reuniones de cumpleaños, viajes para solteros, internet, etc. Me gasté una pasta para nada. Luego probé a fijarme con detenimiento, delante del espejo, en los efectos de mi forma de hablar con los ojos y en la manera de mover las manos. Honestamente, no me parecieron tan detestables. Mi leve parálisis en los párpados producía, cuando los movía, unos resultados poco definidos, es verdad, pero yo los recibí abiertos a un sinfín de posibilidades que, junto al movimiento de las manos, elevaban mucho las espectativas del espectador. No entendía como podían despertar en las mujeres tal sentimiento de indifirencia. Con las charlas que mi brindaron mi madre y mis amigos alcancé a comprender, no sin esfuerzo y muchos morros, que lo mío no tenía que ver con el asunto de ponerle mayor o menor gracia al cabrilleo de los párpados y al jugueteo con las manos, sino con una carencia total de los manejos propios de la seducción. Vamos, que el menda era lo que se dice un patoso de tomo y lomo.
En las clases del curso de seducción, el profesor me dijo que lo que mas me convenía, si quería lograr mis propósitos frente a las mujeres, era aprender las mañas de dos tipos de miradas: la miope y la satánica. Una calculada combinación de ambas no falla nunca, apostilló. También me advirtió que, dado mi carácter, no me convenían los lugares, digamos, de tradición en el arte del flirteo, donde, por otro lado, si reconoció que se producen muy buenos encuentros entre gente que se mira sin complejos. La redundancia de lo ya sabido acaba por contagiarlo todo, dejando poco hueco para la expansión de la imaginación renovadora. Y tipos como yo, que no ando muy sobrado, caería fulminado en media hora. Así que me propuso, que lo mejor para poner en práctica lo aprendido era dar largos y sosegados paseos, combinados con descansos sentado en un banco. Lo intenté durante un més, pero fue inútil. Siempre echaba mano de la huida por la calle de enmedio en caso de extrema necesidad. Es lo que tienen los espacios abiertos, que lo mismo valen para dar pábulo a la libertad que a la cobardía.
Dejé el curso, con el consabio enfado y regañina de mi madre y mis amigos. Andaba ya muy desesperado por no ser capaz de salir de aquel atolladero al que, además, no era capaz de ponerle un nombre, cuando me topé con aquellos hermosos ojos negros levemente rasgados. De repente, el obstáculo de los párpados semibiertos había desaparecido. Ni por un momento pensé en lo evidente y tópico de lo que me estaba sucediendo, ¿quien no se siente seducido por una mirada así? Me dio lo mismo, noté que los dos estabamos sumergidos en una nueva y recíproca causalidad. Igualmente me di cuenta de que no podíamos eludirnos, atraidos por una fuerza distinta a la que nos mantenía apretujados en aquella lata con ruedas. Cuando se dio la vuelta y salio del vagón me fui detrás de ella. Mi única ambición era que no desapareciera de mi vista y que nadie me robara su imagen. Nunca. Si no sabia de donde venía aquello que me pasaba, pudiera ser que se debiera a que no tenía origen. Entonces, tampoco debería tener destino. Eso era lo que siempre había estado buscando. Que fuera a tener éxito con aquella mujer, eso era una manía obsesiva de mi madre y de mis amigos, que son unos alucinados. Como el profe del curso de seducción y todo eso.
Antes lo había intentado, sin éxito, en los sitios donde se hacen estos intercambios: discotecas, reuniones de cumpleaños, viajes para solteros, internet, etc. Me gasté una pasta para nada. Luego probé a fijarme con detenimiento, delante del espejo, en los efectos de mi forma de hablar con los ojos y en la manera de mover las manos. Honestamente, no me parecieron tan detestables. Mi leve parálisis en los párpados producía, cuando los movía, unos resultados poco definidos, es verdad, pero yo los recibí abiertos a un sinfín de posibilidades que, junto al movimiento de las manos, elevaban mucho las espectativas del espectador. No entendía como podían despertar en las mujeres tal sentimiento de indifirencia. Con las charlas que mi brindaron mi madre y mis amigos alcancé a comprender, no sin esfuerzo y muchos morros, que lo mío no tenía que ver con el asunto de ponerle mayor o menor gracia al cabrilleo de los párpados y al jugueteo con las manos, sino con una carencia total de los manejos propios de la seducción. Vamos, que el menda era lo que se dice un patoso de tomo y lomo.
En las clases del curso de seducción, el profesor me dijo que lo que mas me convenía, si quería lograr mis propósitos frente a las mujeres, era aprender las mañas de dos tipos de miradas: la miope y la satánica. Una calculada combinación de ambas no falla nunca, apostilló. También me advirtió que, dado mi carácter, no me convenían los lugares, digamos, de tradición en el arte del flirteo, donde, por otro lado, si reconoció que se producen muy buenos encuentros entre gente que se mira sin complejos. La redundancia de lo ya sabido acaba por contagiarlo todo, dejando poco hueco para la expansión de la imaginación renovadora. Y tipos como yo, que no ando muy sobrado, caería fulminado en media hora. Así que me propuso, que lo mejor para poner en práctica lo aprendido era dar largos y sosegados paseos, combinados con descansos sentado en un banco. Lo intenté durante un més, pero fue inútil. Siempre echaba mano de la huida por la calle de enmedio en caso de extrema necesidad. Es lo que tienen los espacios abiertos, que lo mismo valen para dar pábulo a la libertad que a la cobardía.
Dejé el curso, con el consabio enfado y regañina de mi madre y mis amigos. Andaba ya muy desesperado por no ser capaz de salir de aquel atolladero al que, además, no era capaz de ponerle un nombre, cuando me topé con aquellos hermosos ojos negros levemente rasgados. De repente, el obstáculo de los párpados semibiertos había desaparecido. Ni por un momento pensé en lo evidente y tópico de lo que me estaba sucediendo, ¿quien no se siente seducido por una mirada así? Me dio lo mismo, noté que los dos estabamos sumergidos en una nueva y recíproca causalidad. Igualmente me di cuenta de que no podíamos eludirnos, atraidos por una fuerza distinta a la que nos mantenía apretujados en aquella lata con ruedas. Cuando se dio la vuelta y salio del vagón me fui detrás de ella. Mi única ambición era que no desapareciera de mi vista y que nadie me robara su imagen. Nunca. Si no sabia de donde venía aquello que me pasaba, pudiera ser que se debiera a que no tenía origen. Entonces, tampoco debería tener destino. Eso era lo que siempre había estado buscando. Que fuera a tener éxito con aquella mujer, eso era una manía obsesiva de mi madre y de mis amigos, que son unos alucinados. Como el profe del curso de seducción y todo eso.
miércoles, 19 de octubre de 2011
CÍRCULO
Fue durante el paseo rutinario, al atardecer, acompañado de mi perro, cuando me di cuenta de que mi vida era lo más parecido a un círculo. Hasta ese momento había estado convencido de que llegar algún día a la meta, era cuestión de tirar siempre hacia delante. No importaba los obstáculos que tuviera que salvar, ni los acosos y ostigamientos de toda índole a los que tuviera que hacer frente. Aquella tarde, sin embargo, me di cuenta con extraña lucidez que el principio se me amontonaba con el final. Que las causas y efectos de lo que hacía se encontraban, sin aspavientos, a la vuelta de la esquina. En fin, que mi pecho y mi espalda eran intercambiables.
Desde el principio noté que era imprudente atribuir tal descubrimiento a algún acontecimiento de extrema repercusión que me hubiera sucedido en el pasado. Aquel desengaño amoroso de hacía ocho años o la traición imperdonable de mi mejor amigo. Nada de eso. Actividades tan elementales como observarme en el espejo cada mañana con algo mas de detenimiento, o estar atento a la ingobernabilidad de los movimientos del perro, habían sido mas que suficientes para darme cuenta de lo que me estaba pasando.
Ante la evidencia de que el sentido de mi vida ya no apuntaría jamás hacia un más allá, ni que mis actos volverían a ser consecuentes los unos con los otros, empecé a preocuparme por cual sería el centro alrededor del cual giraba mi nueva existencia circular. Me cogí unos días de vacaciones, con la intención de no moverme de casa y pensar sobre el asunto. A ver si la quietud y la falta de contacto con el trajín diario me permitían averiguar algo sobre lo que me había propuesto. Mi mujer, comprensiva, se ofreció a sacar al perro a dar sus habituales paseos. Al cabo de los tres día comprobé que no había sido una decisión acertada. Aun así insistí hasta el último, no fuera que todo se debiese a mi falta de hábito, acostumbrado como estaba a verlo y sentirlo todo bajo la influencia del horizonte inapelable de un mas allá.
El primer día que me incorporé al trabajo en la oficina noté, mientras bajaba las escalares del metro, un fuerte y desconocido desasosiego. Primero lo sentí en el centro del estómago y poco después se desplazó hasta la periferia del corazón, volviendo de nuevo al estómago. Lo primero que pensé fue en una crisis cardíaca. Me detuve y me senté en el premer banco del andén. Los que estaban por allí se interesaron por lo que me pasaba. Les respondí que nada, que no pasaba nada, que estaba bien, solo era un ligero desvanecimiento. Y no les mentí. Pasados los primeros minutos de sorpresa, aquel revoloteo entre el estómago y el corazón comenzó a deleitarme.
Pasada una media hora, me levanté y me introduje en el primer tren que entró en la estación. La euforia inicial fue creciendo hasta el punto de que no me dí cuenta de apearme en la parada que me tocaba. Cuando llegué a la última estación de la línea, sin pensármelo dos veces, me canvié de anden y volví por donde había venido, olvidándome de nuevo de bajarme donde me correspondía. Así continué hasta el último tren, ya en el día siguiente. La sensación de estar siempre de vuelta y, al mismo tiempo, de no haber llegado todavía, se apoderó de mi con tal fuerza que pensé que, tal vez, hubiera alcanzado el punto equidistante. Esa nueva meta que andaba buscando.
Luego me puse a descansar tendido entre dos cartones, que me prestaron los inquilinos nocturnos habituales del metro. Muy fatigado, a punto de cerrar los ojos, todavía tuve tiempo de acordarme del perro, que siempre que no duermo en casa ocupa mi lugar en la cama junto a mi mujer.
Desde el principio noté que era imprudente atribuir tal descubrimiento a algún acontecimiento de extrema repercusión que me hubiera sucedido en el pasado. Aquel desengaño amoroso de hacía ocho años o la traición imperdonable de mi mejor amigo. Nada de eso. Actividades tan elementales como observarme en el espejo cada mañana con algo mas de detenimiento, o estar atento a la ingobernabilidad de los movimientos del perro, habían sido mas que suficientes para darme cuenta de lo que me estaba pasando.
Ante la evidencia de que el sentido de mi vida ya no apuntaría jamás hacia un más allá, ni que mis actos volverían a ser consecuentes los unos con los otros, empecé a preocuparme por cual sería el centro alrededor del cual giraba mi nueva existencia circular. Me cogí unos días de vacaciones, con la intención de no moverme de casa y pensar sobre el asunto. A ver si la quietud y la falta de contacto con el trajín diario me permitían averiguar algo sobre lo que me había propuesto. Mi mujer, comprensiva, se ofreció a sacar al perro a dar sus habituales paseos. Al cabo de los tres día comprobé que no había sido una decisión acertada. Aun así insistí hasta el último, no fuera que todo se debiese a mi falta de hábito, acostumbrado como estaba a verlo y sentirlo todo bajo la influencia del horizonte inapelable de un mas allá.
El primer día que me incorporé al trabajo en la oficina noté, mientras bajaba las escalares del metro, un fuerte y desconocido desasosiego. Primero lo sentí en el centro del estómago y poco después se desplazó hasta la periferia del corazón, volviendo de nuevo al estómago. Lo primero que pensé fue en una crisis cardíaca. Me detuve y me senté en el premer banco del andén. Los que estaban por allí se interesaron por lo que me pasaba. Les respondí que nada, que no pasaba nada, que estaba bien, solo era un ligero desvanecimiento. Y no les mentí. Pasados los primeros minutos de sorpresa, aquel revoloteo entre el estómago y el corazón comenzó a deleitarme.
Pasada una media hora, me levanté y me introduje en el primer tren que entró en la estación. La euforia inicial fue creciendo hasta el punto de que no me dí cuenta de apearme en la parada que me tocaba. Cuando llegué a la última estación de la línea, sin pensármelo dos veces, me canvié de anden y volví por donde había venido, olvidándome de nuevo de bajarme donde me correspondía. Así continué hasta el último tren, ya en el día siguiente. La sensación de estar siempre de vuelta y, al mismo tiempo, de no haber llegado todavía, se apoderó de mi con tal fuerza que pensé que, tal vez, hubiera alcanzado el punto equidistante. Esa nueva meta que andaba buscando.
Luego me puse a descansar tendido entre dos cartones, que me prestaron los inquilinos nocturnos habituales del metro. Muy fatigado, a punto de cerrar los ojos, todavía tuve tiempo de acordarme del perro, que siempre que no duermo en casa ocupa mi lugar en la cama junto a mi mujer.
martes, 27 de septiembre de 2011
PUBLICIDAD
En doce ocasiones la figura de aquella mujer se me aparecía durante el trayecto cotidiano que hacía en el metro. Ocho estaciones en total, sin transbordo. En tablones de anuncios diferentes. Doce maneras diferentes de cubrir un mismo y escultural cuerpo. Doce mujeres distintas, por tanto. Y una misma casa comercial. La secuencia, a modo de una proyección cinematográfica, me ayudaba a despejar mis entumecidas facciones mientras me acercaba a la sucursal bancaria, donde trabajaba como responsable de caja.
Lo que en un principio fue un divertimento, o una manera de iniciar el día pintando una sonrisa en mi pétreo semblante, se fue convirtiendo en una obsesión que duraba el resto de la jornada. Tener que elegir entre el posado en bañador rayado de prolongado escote o el de minifalda de cuero negro y blusa trasparente, era una tarea que competía con la de contar billetes o atender a los clientes. Los otros posados: deportivo, noctámbulo, lencería, etc... iban acercando mi ensoñación hacia su propia frontera opaca. Lo cual consiguió, ante la imposibilidad de decidirme, que me fuera hundiendo abrazado a una profunda depresión. Para colmo, en la estación que me apeaba no aparecía ella anunciándose, lo cual hacía aumentar mi desazón antes de entrar en la oficina. Era como si me faltara el último adiós de despedida, ante las duras horas que me esperaban por delante.
No pasó demasiado tiempo antes de que fuera amonestado en el trabajo por mi falta de concentración, inadmisible dada la responsabilidad del puesto que ocupaba. Igualmente mi mujer me amenazó con inusitada dureza, ya que sospechaba que le estaba siendo infiel dada la nula atención que le prestaba a ella y a los críos. Pero, ¿cómo podía contar lo que me estaba pasando?. A trancas y barrancas, llegué a la conclusión de que tenía que hacer algo.
De las doce mujeres dejé de lado a aquellas que me inspiraban, como decirlo, fatiga sensual. También a aquellas que me daban miedo e inseguridad. Al final elegí a la que tenía una presencia más aséptica e impersonal. La que posaba con atuendo deportivo. Para empezar era lo mas recomendable. Más adelante, poco a poco, lo intentaría con las otras.
Aquella mañana madrugué un poco más para no levantar mal estar ni incomodar el ánimo de mis superiores, y aprovechando que mi mujer se había ido con los niños a casa de su madre a reflexionar sobre lo nuestro. Me bajé en la estación donde Ella me invitaba a jugar un partido de tenis y a montar en bicicleta. Me acerqué despacio y rasgué la parte del anuncio donde aparecía el nombre de la casa comercial, ya que no quería moscones mirando. La miré sin prisas, sabedor de que esta vez no tenía que volver al vagón del metro. Le tendí la mano y, tembloroso, le manifesté como pude la fuerza de los sentimientos que su figura me había despertado. Ella abandonó su sonrisa ortopédica y organizó la geografía de su cara con un rictus de sorpresa y agradecimiento al mismo tiempo. Hizo un esfuerzo por salir al encuentro de mi mano y me dio un beso con delicadeza en los labios. Luego me invitó a subir a la bicicleta. Afortunadamente había aprendido a montar cuando era todavía un niño. Fue algo hermoso de ver y de sentir, como salido de una leyenda.
Lo que en un principio fue un divertimento, o una manera de iniciar el día pintando una sonrisa en mi pétreo semblante, se fue convirtiendo en una obsesión que duraba el resto de la jornada. Tener que elegir entre el posado en bañador rayado de prolongado escote o el de minifalda de cuero negro y blusa trasparente, era una tarea que competía con la de contar billetes o atender a los clientes. Los otros posados: deportivo, noctámbulo, lencería, etc... iban acercando mi ensoñación hacia su propia frontera opaca. Lo cual consiguió, ante la imposibilidad de decidirme, que me fuera hundiendo abrazado a una profunda depresión. Para colmo, en la estación que me apeaba no aparecía ella anunciándose, lo cual hacía aumentar mi desazón antes de entrar en la oficina. Era como si me faltara el último adiós de despedida, ante las duras horas que me esperaban por delante.
No pasó demasiado tiempo antes de que fuera amonestado en el trabajo por mi falta de concentración, inadmisible dada la responsabilidad del puesto que ocupaba. Igualmente mi mujer me amenazó con inusitada dureza, ya que sospechaba que le estaba siendo infiel dada la nula atención que le prestaba a ella y a los críos. Pero, ¿cómo podía contar lo que me estaba pasando?. A trancas y barrancas, llegué a la conclusión de que tenía que hacer algo.
De las doce mujeres dejé de lado a aquellas que me inspiraban, como decirlo, fatiga sensual. También a aquellas que me daban miedo e inseguridad. Al final elegí a la que tenía una presencia más aséptica e impersonal. La que posaba con atuendo deportivo. Para empezar era lo mas recomendable. Más adelante, poco a poco, lo intentaría con las otras.
Aquella mañana madrugué un poco más para no levantar mal estar ni incomodar el ánimo de mis superiores, y aprovechando que mi mujer se había ido con los niños a casa de su madre a reflexionar sobre lo nuestro. Me bajé en la estación donde Ella me invitaba a jugar un partido de tenis y a montar en bicicleta. Me acerqué despacio y rasgué la parte del anuncio donde aparecía el nombre de la casa comercial, ya que no quería moscones mirando. La miré sin prisas, sabedor de que esta vez no tenía que volver al vagón del metro. Le tendí la mano y, tembloroso, le manifesté como pude la fuerza de los sentimientos que su figura me había despertado. Ella abandonó su sonrisa ortopédica y organizó la geografía de su cara con un rictus de sorpresa y agradecimiento al mismo tiempo. Hizo un esfuerzo por salir al encuentro de mi mano y me dio un beso con delicadeza en los labios. Luego me invitó a subir a la bicicleta. Afortunadamente había aprendido a montar cuando era todavía un niño. Fue algo hermoso de ver y de sentir, como salido de una leyenda.
jueves, 15 de septiembre de 2011
VIGILANTE
Así me lo enseñó mi madre. Tenía que ser cosa del destino, ya que había perdido todas aquellas esperanzas que pudieran depender de mi mismo, quien me habia proporcionado aquel puesto de trabajo. Es fácil suponer que mi alegría fue enorme. Me presenté al empleo de vigilante jurado en el metro, no tanto para ganar dinero a la desesperada, sino como una elección profesional meditada durante bastante tiempo. Es lo que tiene pasar muchos años en el paro. Cada día tomas la temperatura real del ambiente de la ciudad y diagnosticas con acierto su enfermedad. Mejor que cualquier agencia de prospección sociológica y sus manipuladas estadísticas. El mundo estaba perdiendo su corazón y a lo que venía nada mas se le iba a poder reconocer por sus agallas.
Así tuve claro que mi vocación era inspeccionar y evitar en las grandes aclomeraciones humanas, que se producen en la ciudad, sus eventuales desórdenes. Los pasillos suburbanos y los vagones del tren siempre me habían parecido lugares apropiados para ejercer dignamente esta profesión. Nunca hice caso a las opiniones de familiares y amigos. Cualquier otro trabajo delante de un ordenador o en una aula, tal y como esta hoy la escuela, estaban desposeidos del fragor que supone el firme control de los movimientos ajenos. Ni siquiera podía compararse con alguna poltrona en cualquier dirección provincial o subdelegación estatal, debido a la frialdad que impone la distancia que opera en las relaciones con los subordinados.
El día que fuí a realizar el primer servicio consideré insuficiente el equipo que me proporcionaron. La falta de una pistola me dejaba, en parte, desvestido ante la mirada de los miles de usuarios con quienes me toparía durante una jornada laboral corriente. Lo cual me parecía, además de un estado de indefensión hacia mi persona, una deficiencia instrumental, y de imagen, incompresible en un cuerpo de nueva creación como era éste. Viendo que no obtuve ninguna respuesta alentadora después de efectuar la reglamación pertinente, decidí suplir tal carencia con la probada y pertinaz acechanza de mi mirada y, en caso de necesidad, con la infalible contundencia de mis brazos y mis puños.
El compañero que me asignaron, según me dijo, recalaba en aquel trabajo después de no pocos fracasos en otros muchos. Por lo tanto, sino ineficacia sí comprobé, desde el primer día, falta de voluntad en el cumplimineto estricto de sus funciones. Además era muy suelto en el uso de la palabra, lo cual empeoró aun mas las cosas. Tener un charlatan al lado en este oficio, lo único que hace es distraer la necesaria atención que hay que tener sobre cada movimiento sospechoso que se produzca entre la muchedumbre.
Fuera porque empecé a trabajar en verano y los usuarios del metro descienden apreciablemente, fuera porque los rigores del calor aplazan las disputas y encontronazos a la llegada del otoño e invierno, lo cierto fue que comencé a sentir las dentalladas de la decepción antes de lo que había previsto. La llegada del frío y de la actividad frenética de la ciudad, tampoco supusieron alteraciones que merecieran mi deseado bautismo profesional. Tenía claro que vigilar no era un ejercicio prudente de prevención, sino una acto decidido y explícito de coacción. Por lo tanto, los anodinos paseos que daba de una estación a otra, por un pasillo y por otro, sin que ocurriera nunca nada, no me merecían la pena.
Al cabo, no acabé de entender que había que vigilar en las conductas de gente tan gregaria. Tan sumisa a los horarios y a todo lo que de eso depende. Incapaz de perturbar el orden con un guiño o una mueca. Comprendí, entonces, el carácter ornamental de mi presencia allí al lado del charlatán de mi compañero. Me sentí un maniquí uniformado. De repente, sin embargo, no puede evitar imaginarme a quien me vigilaba cada jornada, siguiendo mis pasos desde un lugar desconocido. Un sudor frío me recorrió toda la espalda y sentí un calambre en el lado de la cadera, donde debería tener enfundada la pistola.
Así tuve claro que mi vocación era inspeccionar y evitar en las grandes aclomeraciones humanas, que se producen en la ciudad, sus eventuales desórdenes. Los pasillos suburbanos y los vagones del tren siempre me habían parecido lugares apropiados para ejercer dignamente esta profesión. Nunca hice caso a las opiniones de familiares y amigos. Cualquier otro trabajo delante de un ordenador o en una aula, tal y como esta hoy la escuela, estaban desposeidos del fragor que supone el firme control de los movimientos ajenos. Ni siquiera podía compararse con alguna poltrona en cualquier dirección provincial o subdelegación estatal, debido a la frialdad que impone la distancia que opera en las relaciones con los subordinados.
El día que fuí a realizar el primer servicio consideré insuficiente el equipo que me proporcionaron. La falta de una pistola me dejaba, en parte, desvestido ante la mirada de los miles de usuarios con quienes me toparía durante una jornada laboral corriente. Lo cual me parecía, además de un estado de indefensión hacia mi persona, una deficiencia instrumental, y de imagen, incompresible en un cuerpo de nueva creación como era éste. Viendo que no obtuve ninguna respuesta alentadora después de efectuar la reglamación pertinente, decidí suplir tal carencia con la probada y pertinaz acechanza de mi mirada y, en caso de necesidad, con la infalible contundencia de mis brazos y mis puños.
El compañero que me asignaron, según me dijo, recalaba en aquel trabajo después de no pocos fracasos en otros muchos. Por lo tanto, sino ineficacia sí comprobé, desde el primer día, falta de voluntad en el cumplimineto estricto de sus funciones. Además era muy suelto en el uso de la palabra, lo cual empeoró aun mas las cosas. Tener un charlatan al lado en este oficio, lo único que hace es distraer la necesaria atención que hay que tener sobre cada movimiento sospechoso que se produzca entre la muchedumbre.
Fuera porque empecé a trabajar en verano y los usuarios del metro descienden apreciablemente, fuera porque los rigores del calor aplazan las disputas y encontronazos a la llegada del otoño e invierno, lo cierto fue que comencé a sentir las dentalladas de la decepción antes de lo que había previsto. La llegada del frío y de la actividad frenética de la ciudad, tampoco supusieron alteraciones que merecieran mi deseado bautismo profesional. Tenía claro que vigilar no era un ejercicio prudente de prevención, sino una acto decidido y explícito de coacción. Por lo tanto, los anodinos paseos que daba de una estación a otra, por un pasillo y por otro, sin que ocurriera nunca nada, no me merecían la pena.
Al cabo, no acabé de entender que había que vigilar en las conductas de gente tan gregaria. Tan sumisa a los horarios y a todo lo que de eso depende. Incapaz de perturbar el orden con un guiño o una mueca. Comprendí, entonces, el carácter ornamental de mi presencia allí al lado del charlatán de mi compañero. Me sentí un maniquí uniformado. De repente, sin embargo, no puede evitar imaginarme a quien me vigilaba cada jornada, siguiendo mis pasos desde un lugar desconocido. Un sudor frío me recorrió toda la espalda y sentí un calambre en el lado de la cadera, donde debería tener enfundada la pistola.
martes, 6 de septiembre de 2011
JUBILACIÓN
Miré una vez más el calendario envuelto en un miedo del que hacía semanas no podía desembarazarme. Me fijé en los días que me faltaban. Cada noche rodeaba el numero del calendario que tenía encima de la mesita de noche con un circulo rojo. Contra lo que es habitual, así me parecía que las horas finales disminuían su velocidad. La de la jubilación me la habían fijado un par de meses mas tarde, después de veinticinco años trabajando como conductor de trenes de la red metropolitana.
Sin otro remedio fui comprendiendo lo irreversible de tal decisión y la inutilidad de cualquier esfuerzo legal para oponerme. La ley no estaba de mi parte. Pero la ley no entiende de lo que le afecta de verdad a la vida. Tantos años trabajando bajo tierra me habían convertido en un hombre topo. Muchas jornadas había, incluso, prolongado mi horario, sin otra remuneración que permanecer mas tiempo allí metido, sin otro motivo que protegerme del miedo espantoso a la vida en la superficie que paulatinamente se había apoderado de mí. Y ahora me querían jubilar, que era lo mismo que firmar mi certificado de defunción.
Traté de convencer a mis superiores de que a ellos también les convenía no jubilarme. El futuro no pintaba nada bien y un tipo como yo les sería de mucha utilidad allí abajo. La transformación que durante los años habia experimentado me había hecho plenamente capacitado para el modelo de orden que hay en los subterraneos de la ciudad. Un tipo de orden que no era todavía el de arriba pero que acabaría siéndolo. Mis compañeros, que daban vueltas inúltimente a un eje moral gastado, no acababan de entender los remilgos que estaba oponiendo a mi jubilación. Ya les gustaria estar a ellos en mi situación, ahora enpezarás a disfrutar realmente de la vida, me dijeron con una fe inusitada, que también podía ser cinismo envuelto de ternura. Todavía no lo saben, pero son ellos los primeros que acabaran asesinando en nombre del orden al que ahora estan adscritos. Por eso no quiero dejar mi futuro en sus manos. Sin embargo, si sigo con mi trabajo las cosas mas bien pueden suceder al contrario: que sea yo quien tenga la última palabra sobre su destino. Y quiero, cuando llegue ese momento, estar en condicones de ejercer mi compasión hacia ellos. Por eso insisto en que me ayuden a conseguir lo que pretendo.
No me escuchan. Siguen orgullosos de mantener un sólido extrañamiento ante la ley, que no tenía que ver con la vida, pero que piensan los ha templado de manera diferente al común de los mortales. Por eso utilizan ese aire paternal, que ellos llaman compañerismo, cuando intentan convencerme de que lo mejor para mí es que me jubile. Yo les advierto, como a mis superiores, que el futuro no pinta nada bien, y que abrazados a ese eje moral no se estan dando cuenta de los huecos donde habita el diablo. Ni que la realidad, que piensan aprehender y entender con un solo golpe de vista, tiene imaginación propia.
Sin otro remedio fui comprendiendo lo irreversible de tal decisión y la inutilidad de cualquier esfuerzo legal para oponerme. La ley no estaba de mi parte. Pero la ley no entiende de lo que le afecta de verdad a la vida. Tantos años trabajando bajo tierra me habían convertido en un hombre topo. Muchas jornadas había, incluso, prolongado mi horario, sin otra remuneración que permanecer mas tiempo allí metido, sin otro motivo que protegerme del miedo espantoso a la vida en la superficie que paulatinamente se había apoderado de mí. Y ahora me querían jubilar, que era lo mismo que firmar mi certificado de defunción.
Traté de convencer a mis superiores de que a ellos también les convenía no jubilarme. El futuro no pintaba nada bien y un tipo como yo les sería de mucha utilidad allí abajo. La transformación que durante los años habia experimentado me había hecho plenamente capacitado para el modelo de orden que hay en los subterraneos de la ciudad. Un tipo de orden que no era todavía el de arriba pero que acabaría siéndolo. Mis compañeros, que daban vueltas inúltimente a un eje moral gastado, no acababan de entender los remilgos que estaba oponiendo a mi jubilación. Ya les gustaria estar a ellos en mi situación, ahora enpezarás a disfrutar realmente de la vida, me dijeron con una fe inusitada, que también podía ser cinismo envuelto de ternura. Todavía no lo saben, pero son ellos los primeros que acabaran asesinando en nombre del orden al que ahora estan adscritos. Por eso no quiero dejar mi futuro en sus manos. Sin embargo, si sigo con mi trabajo las cosas mas bien pueden suceder al contrario: que sea yo quien tenga la última palabra sobre su destino. Y quiero, cuando llegue ese momento, estar en condicones de ejercer mi compasión hacia ellos. Por eso insisto en que me ayuden a conseguir lo que pretendo.
No me escuchan. Siguen orgullosos de mantener un sólido extrañamiento ante la ley, que no tenía que ver con la vida, pero que piensan los ha templado de manera diferente al común de los mortales. Por eso utilizan ese aire paternal, que ellos llaman compañerismo, cuando intentan convencerme de que lo mejor para mí es que me jubile. Yo les advierto, como a mis superiores, que el futuro no pinta nada bien, y que abrazados a ese eje moral no se estan dando cuenta de los huecos donde habita el diablo. Ni que la realidad, que piensan aprehender y entender con un solo golpe de vista, tiene imaginación propia.
lunes, 11 de julio de 2011
NOMBRE
Aquella mañana de lunes mojaba un croissant en una taza grande de cafe con leche con inusitada parsimonia. Era una mañana mas y, también, la ultima.
Hacia tiempo que, sin saber muy bien por que, me acuciaba la necesidad de olvidar mi nombre. Y después cambiarlo por otro. Esta fue la primera crisis de mi vida. Acababa de cumplir los cuarenta. Siempre he afrontado los desajustes existenciales con la solvencia que me inculcaron en la adolescencia los educares que me tocaron en suerte. Pero, indudablemente, lo que aquellos no pudieron prever fue la influencia tan determinante que iba a tener sobre mi futuro mi propio nombre. Siempre oculte tal disconformidad y el malestar que me provocaba, mostrando un rostro sereno y una vocación inequívocamente triunfadora. Muchas veces he pensado, a lo largo de estos años, que lo de cambiarme el nombre no fuera otra cosa que una manía estética, una mas de las muchas que han ido invadiendo mi vida. Otras, en fin, también he pensado que no fuera fruto de los momentos duros de aburrimiento. No se. Lo cierto era que aquella primera mañana de semana iba a ser, como ya he dicho, la ultima con esa horrible etiqueta encima.
Había acabado con mi matrimonio y no quería saber nada de mis hijos. También me fui de la empresa donde había cosechado mis éxitos profesionales y borre del mobil todos los teléfonos de mis amigos. Apartado, de incógnito, en un lugar de la montaña, estuve imaginando durante bastantes semanas alguna solución al lío en que me había metido mi radical intolerancia a seguir llamandome como siempre. Mas que cambiar, llegue a la conclusión, que lo que necesitaba era intercambiar mi nombre con otro. Eso me eximria de seguir confundido entre otros. Asi pude concentrar todas mis energías hacia ese nuevo horizonte.
Repase con exhaustividad la idoneidad de los lugares que mejor facilitarían el trueque nominal que deseaba. Desdeñe lo cines, teatros o grandes concentraciones de motivo deportivo o musical, por tener todos un estimulo superior a mi sencilla aspiración. Lo que necesitaba eran aglomeraciones humanas en situación estática, con una motivación casi inapreciable, que fomentara la vacuidad de la mente y la desgana de los rostros. Comprobé, después de no pocas cavilaciones, que tales características solo las reunían los vagones del metro a primeras horas de la mañana, cualquier día laborable. Mejor los lunes.
Después de pagar el cafe y el croissant, baje las escaleras de la estación de metro que estaba al lado. Espere unos cinco minutos y me subí a un vagón lo suficientemente lleno como para no tener que forzar el acercamiento entre los cuerpos. No me demore mucho y me dirigí a la persona que por azar se había colocado enfrente de mi. Se llamaba como yo. Igualmente el segundo y el tercero a quienes me dirigí. Cuando el cuarto me hizo saber también que era mi tocayo, sentí una punzada de perplejidad que me impulso a abandonar el tren.
Intente lo mismo en otros trenes y en otras líneas de trenes, siempre con idéntico resultado. Mi nombre, empece a sospechar, que pudiera ser universal. El nombre de todos los hombres, lo cual me impedía toda posibilidad de intercambio. Y, por tanto, de superación de mi crisis. Cercado por el descubrimiento de tal circulo infernal, empece a caminar por la ciudad sin rumbo fijo. Solo me atreví a maldecir a mis antiguos educadores, por haberme convencido de que era un tipo diferente.
Hacia tiempo que, sin saber muy bien por que, me acuciaba la necesidad de olvidar mi nombre. Y después cambiarlo por otro. Esta fue la primera crisis de mi vida. Acababa de cumplir los cuarenta. Siempre he afrontado los desajustes existenciales con la solvencia que me inculcaron en la adolescencia los educares que me tocaron en suerte. Pero, indudablemente, lo que aquellos no pudieron prever fue la influencia tan determinante que iba a tener sobre mi futuro mi propio nombre. Siempre oculte tal disconformidad y el malestar que me provocaba, mostrando un rostro sereno y una vocación inequívocamente triunfadora. Muchas veces he pensado, a lo largo de estos años, que lo de cambiarme el nombre no fuera otra cosa que una manía estética, una mas de las muchas que han ido invadiendo mi vida. Otras, en fin, también he pensado que no fuera fruto de los momentos duros de aburrimiento. No se. Lo cierto era que aquella primera mañana de semana iba a ser, como ya he dicho, la ultima con esa horrible etiqueta encima.
Había acabado con mi matrimonio y no quería saber nada de mis hijos. También me fui de la empresa donde había cosechado mis éxitos profesionales y borre del mobil todos los teléfonos de mis amigos. Apartado, de incógnito, en un lugar de la montaña, estuve imaginando durante bastantes semanas alguna solución al lío en que me había metido mi radical intolerancia a seguir llamandome como siempre. Mas que cambiar, llegue a la conclusión, que lo que necesitaba era intercambiar mi nombre con otro. Eso me eximria de seguir confundido entre otros. Asi pude concentrar todas mis energías hacia ese nuevo horizonte.
Repase con exhaustividad la idoneidad de los lugares que mejor facilitarían el trueque nominal que deseaba. Desdeñe lo cines, teatros o grandes concentraciones de motivo deportivo o musical, por tener todos un estimulo superior a mi sencilla aspiración. Lo que necesitaba eran aglomeraciones humanas en situación estática, con una motivación casi inapreciable, que fomentara la vacuidad de la mente y la desgana de los rostros. Comprobé, después de no pocas cavilaciones, que tales características solo las reunían los vagones del metro a primeras horas de la mañana, cualquier día laborable. Mejor los lunes.
Después de pagar el cafe y el croissant, baje las escaleras de la estación de metro que estaba al lado. Espere unos cinco minutos y me subí a un vagón lo suficientemente lleno como para no tener que forzar el acercamiento entre los cuerpos. No me demore mucho y me dirigí a la persona que por azar se había colocado enfrente de mi. Se llamaba como yo. Igualmente el segundo y el tercero a quienes me dirigí. Cuando el cuarto me hizo saber también que era mi tocayo, sentí una punzada de perplejidad que me impulso a abandonar el tren.
Intente lo mismo en otros trenes y en otras líneas de trenes, siempre con idéntico resultado. Mi nombre, empece a sospechar, que pudiera ser universal. El nombre de todos los hombres, lo cual me impedía toda posibilidad de intercambio. Y, por tanto, de superación de mi crisis. Cercado por el descubrimiento de tal circulo infernal, empece a caminar por la ciudad sin rumbo fijo. Solo me atreví a maldecir a mis antiguos educadores, por haberme convencido de que era un tipo diferente.
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