miércoles, 23 de septiembre de 2026

JORGE ENRIQUE ADOUM

 HOME SWEET HOME

de qué carajo sirvió todo el amor sobre todo
si después de todo llegaron las explicaciones
esa excrecencia que le nace al destino
cuando ya se han gastado por el uso los cuerpos
entonces me voy yendo
pero nos quedamos quedándonos
animalmente atados entre nosotros dos

y vivieron felices muchos años

EL ÚLTIMO MAGNATE

 Digámoslo rápido: La democracia es una comunidad de oyentes. La sociedad de masas es un producto de la democracia. El cine es un producto de la necesidad de entretener a las masas mediante la imagen y el sonido. La tecnología digital es un producto muy sofisticado a su vez de la sociedad del entretenimiento. La comunicación digital como comunicación sin comunidad destruye la política basada en escuchar. Entonces solo nos escuchamos a nosotros mismos. Eso sería el fin de la acción comunicativa. El saber instrumental que siempre es técnico material se impone al saber teórico que siempre es espiritual y del alma. En esas estamos.

Pero antes de llegar a este final, que es, concretando más, donde realmente estamos, hubo un tiempo en el que el entretenimiento se conjugaba a secas. Uno se aburría o creía que se aburría y a continuación se metía en un cine para entretenerse. Al salir del cine comentaba con sus amigos quien era el bueno y quien el malo. Lo hacíamos de forma pedestre, sin duda, pero eso nos exigía un cierto esfuerzo mental para ordenar la mente y las palabras que decíamos. Queríamos que los otros nos escuchasen. De la asociación de tan elementales sentimientos surgió, aunque hoy nos parezca inverosímil, toda una industria para satisfacer esa demanda de entretenerse, que como todas las demandas desde entonces ya no trabajan sobre el por qué nos aburrimos, sino sobre los medios para matar ese aburrimiento: hagamos películas a mansalva. 


“El ultimo magnate”, la última película que filmó Elia Kazan, va de aquel tiempo que he mencionado. De uno de los momentos de esplendor de aquella industria, años 30 del siglo XX, y, como no, de la fauna que la poblaba. En aquellos años todavía era inimaginable la tecnología digital y, por tanto, la fe en la acción comunicativa se mantenían intacta como en la época de Homero y demás precedentes de la cultura occidental: todo el mundo trabajaba y esperaba, a un lado y otro de la gran pantalla, contar y sentarse a ver y escuchar una buena historia. De esta manera, la democracia deliberativa salía fortalecida, al salir del cine, frente a los desmanes psicóticos de los profesionales del poder, que siempre acaban por atentar contra la dignidad y perdurabilidad de aquella.


Cuando uno lee la sinopsis de “El último magnate” y luego ve la peli no le cabe lugar a la duda respecto a lo que acabo de decir. Adaptación cinematográfica de la última e inacabada novela de Francis Scott Fitzgerald, la acción de “El último magnate” se desarrolla, como ya he dicho, en los años treinta, la época dorada de los estudios de Hollywood, y trata sobre la desmedida ambición y falta de escrúpulos de los que están dispuestos a utilizar todos los medios a su alcance para conquistar la gloria: aspirantes a actores, escritores y productores cinematográficos. Todo ese ambiente de cloaca, digámoslo así, a servicio de contar la mejor historia a los aburridos espectadores que esperan anhelantes, sentados cómodamente en sus butacas, su particular visita al paraíso, aunque tengan que transitar antes por los lúgubres pasillos del infierno. De este milagro se encargan el elenco de actores que Kazan ha conseguido reunir en esta película. Con Robert de Niro al frente como Último Magnate, a cuyo alrededor se arraciman las conspiraciones de sus “colegas” que tratan, hasta conseguirlo, de hacer efectivo ese final que anuncia el título de la película. Lo que no es óbice para que antes nos enteremos de la vida privada de este potentado de Hollywood y lo que acabará perdiendo cuando lo desbanquen del trono que ha ocupado en los últimos tiempos. Incluido, como no podía ser de otra manera, el amor de la mujer, que aparece impremeditadamente en su vida y que el último magnate “no quiere perderla”. Esas son las últimas palabras en off que el espectador oye antes de que suban los títulos de crédito.


Sucede, entonces, que una vez que todo ha sucedido en la pantalla, tratamos hoy de conversar presencialmente sobre lo hemos visto, lo que implica enfrentarse a malentendidos, inhibiciones, discusiones, decir más de lo que queríamos sin la certeza de cómo acabará el encuentro. Pero esa es otra historia, no de la época dorada Hollywood, sino de los oscuros algoritmos que nos acechan cada día cada vez que abrimos la boca.


lunes, 21 de septiembre de 2026

CAROLINA AMOROSI

 Vamos a estar mejor en otro lado


Pensaba escribir algo
sobre el olor a pasto
recién cortado, las máquinas
de la cuadra que suenan
al unísono el domingo
a la mañana.
Pero todo se me escapa;
el olor, la savia
pegada en la suela de mis ojotas
el sol de octubre en la cara
la promesa de que el día
recién empieza, de que todo
está por escribirse.

SALVACIÓN

 No ha habido un minuto que no me acuerde de ese día en el que todo pareció ordenarse como había imaginado. El caso fue que había puesto para el siguiente club de lectura la novela de Jack London titulada “Martin Eden”. Brevemente el argumento del libro dice así: “Un marinero de veinte años, fuerte, guapo y curtido, con un historial de delincuencia y trabajo rudo, es invitado casi por accidente a cenar en un hogar pequeño burgués. Él, que sólo ha visto un óleo en los escaparates de las tiendas, que no tiene ni idea de lo que es un lavafrutas, queda fascinado ante lo que sus ojos le presentan como cultura y civilización.”  Al acabar la sesión del club de lectura, donde Anselmo se mostró tan activo como perplejo, se acercó a mi y me dijo: 

  • Soy como un navegante a la deriva sin cartas ni compás en un mar desconocido. Pero me gustaría encontrar el rumbo. Tal vez puedas ayudarme. 
  • Coge papel y lápiz, y ven cada día a la biblioteca. Así logré yo salvarme de mi mismo a pesar de mí mismo.


jueves, 17 de septiembre de 2026

JUAN EDUARDO CIRLOT

 Triste, mi corazón, como los ángeles

Triste, mi corazón, como los ángeles
que sólo son cenizas estelares,
polvo de las galaxias más oscuras,
consunciones de cánticos ausentes.

Mis manos me acompañan hasta el bosque
donde un instante estuvo tu fulgor
de pronto recobrado por los ávidos
poderes de la nada y de lo nunca.

Me caigo en torno mío y me deshago
en un montón de letras en que apenas
tu nombre de amatistas y de muérdago,
Bronwyn, no se desgasta con el tiempo.

SOLO ANTE EL PELIGRO

 Lo que interpela al espectador de hoy, al ver esta película, es llegar a comprender como afecta al tiempo de que están hechas las almas de tantas vidas convocadas a un lado y otro de la pantalla, durante el tic tac de la hora de espera que marca el reloj de pared mecánico.

El lugar común es el pueblo de Hadleyville y la hora del reloj común es la llegada del tren al medio día. Entre ambas coordenadas transcurren, desde el primer minuto de la película de Fred Zinemann, las vidas de todos y cada uno de sus protagonistas, y a través de ellos la experiencia del espectador que va cronometrando con su mirada sobre el reloj que aparece periódicamente los cambios que se van produciendo en la vida exterior e interior de los protagonistas. Esa simultaneidad y relación de causa y efecto entre los sucesivos acontecimientos que van ocurriendo a medida que el tic tac del reloj se acerca hacia su destino: high noon, da cuerpo y sentido, por un lado, al suspense: que va a pasar en el próximo minuto, y, por otro, al misterio que está sucediendo siempre en la intimidad de cada personaje. Orden, duración y frecuencia. El tiempo articula el proceso de dar forma y fijar la experiencia humana. Toda narrativa reordena la experiencia temporal. Cuando la velocidad de las experiencias impide su elaboración, y se pasa de una a otra sin solución de continuidad, la capacidad simbólica se deteriora. No es el caso de “Solo ante el peligro”. Más bien el espectador comprende, no sin esfuerzo, todo lo contrario. Al final de la peli, el sonido del último disparo y el del último tic tac que ha debido dar el reloj, esta vez fuera de cámara, que nos ha acompañado como un fiel protagonista, proporcionan el sentido del tema de la peli, que no es otro, por fin lo comprendemos en toda su dimensión e intensidad, que el de la espera y la soledad que lleva añadida. 


Esperar es una lata. Y, sin embargo, es lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas. Hay infinitas formas de demora: la que llega con el amor, la visita al médico, la espera en el andén o en el atasco. Esperamos: al otro, la primavera, los resultados de la lotería, una oferta, la comida, al adecuado, y a Godot. Entonces, ¿por qué esperamos lo que espera Will Kane tantos años después, nosotros que además de lo dicho también somos los espectadores mas impacientes de la historia de la humanidad? Nosotros los hijos terribles de la edad moderna, que por no esperar ya no esperamos ni a dios ni al diablo. Nosotros que al decir que esperamos queremos decir que sólo nos esperamos a nosotros mismos. Sin ningún tipo de esperanza.


Una de las virtudes que uno descubre al volver a ver hoy “Solo ante el peligro” es que ata en corto a nuestra proverbial impaciencia digital. Y no es poca cosa. Es lo que pasa con el cine clásico. Devuelve al mundo el sabor del tiempo y del espacio, como un ser vivo que es, separándolo, debido la complicidad con la peripecia de Will Kane y sus contemporáneos, del sabor máquina de los andurriales digitales por donde habitualmente deambulamos.





miércoles, 9 de septiembre de 2026

AROA MORENO

 NO QUIERES ESTE LIBRO

El tejido es el mismo.
Galope brutal
del corazón de enero.
Adivinas lo que cargan sus páginas.
Una herida tierna en el origen.
No cosas esta carne todavía.
Mirémonos de frente.
Temblemos los dos juntos.
Las puntas de los dedos.
La mandíbula.
Somos los mismos de aquellas mañanas
luminosas de verano.
Pero ya nunca dormimos como entonces
¿por qué cerrar los ojos?

LA BRASILEIRA

¿Te lo puedes creer?, cuando llegué a Lisboa nunca pensé que pudiera llegar a verlo. Acompañaba a mi marido que iba a dar una conferencia en la Universidad sobre la viabilidad de los derechos humanos en la época de la inteligencia artificial. Allí me enteré que vivía en la capital portuguesa. Nada más entrar en el café La Brasileira, lo vi en un rincón rodeado de papeles. Alberto al alzar la mirada también notó mi presencia. Te cuento todo esto porque no sé por qué dirigí mis pasos a donde sabía seguro que iba a encontrarlo. Aunque ahora que te lo digo, nada más cruzarnos la mirada en el café lo que me vino a la cabeza fue el aeropuerto de Roma hace dos años. Habíamos quedado allí para marcharnos juntos a Estados Unidos. Yo no puede ir y tampoco pude avisarle. Desde entonces no ha habido un minuto que no me acuerde de ese día. 

domingo, 6 de septiembre de 2026

FRANCISCO DE QUEVEDO

 Definición del amor

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¿Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

DIÁLOGO AMOROSO

  • ¿Te lo puedes creer?, nunca pensé que iba volver a verte.
  • Tantos sitios donde tenías para ir y tienes que venir a Lisboa
  • No fue mi intención venir aquí, me han traído. 
  • Quien, si se puede saber el afortunado.
  • Paulino Zugazagoitia, ¿lo conoces?
  • Como desconocer al gran defensor de los derechos humanos.
  • Estaremos sólo dos días en Lisboa
  • Veo que te ha ido muy bien desde que me dejaste
  • No empieces Alberto
  • Empezaste tu aquella tarde en el aeropuerto de Roma
  • No puede avisarte que no iría 
  • Una llamada de teléfono no cuesta tanto 
  • Aunque te cueste creerlo perdí el teléfono 
  • Y no te has vuelto a comprar otro
  • Puedo explicártelo, la vida se me complicó como no te puedes imaginar 
  • A mi se me hizo muy sencilla, pero también muy dolorosa, allí solo en el aeropuerto con el corazón hecho trizas.
  • Nunca fue mi intención hacerte daño
  • Como has venido a este “tugurio”. 
  • Todo el mundo conoce a Alberto en Lisboa.
  • Pues ya ves, sigo vivo.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

SARA HERRERA

 ¿CÓMO SE CANTA LA NANA DE LOS NIÑOS QUE NO HAN NACIDO?

Con un metrónomo y una carta,
la madre cose un pantalón pequeñito,
ay, mi niño, ay,
como una manía de miel y llanto.

La nana existe, mujer,
tu hijo huele a un perfume de flores y betún
y tu cuerpo aprende a sostener un espejo que está roto.

TREASURE

 Es 1990 y la periodista musical Ruth y su padre Edek, un superviviente del Holocausto, realizan un viaje por su tierra natal, Polonia. Su viaje los llevará a Varsovia, Łódź, Cracovia y al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Ruth quiere descubrir sus propias raíces y explorar la historia de su familia. Edek en aquel entonces tomó la decisión de abandonar Polonia para siempre y acabar con el pasado.

El contenido de la sinopsis no por haberlo leído ya en otras sinopsis, es lo suficientemente persuasivo como para decidir ver la película en cuanto tuviera un rato. Y así fue. La película Treasure, de Julia von Heinz, tiene el atractivo de que padre e hija, dos tipos adultos, vuelven juntos a casa de sus antepasados en Polonia, pero tiene el inconveniente de que lo hacen cuando ellos todavía no se reconocen como tales adultos en el presente neoyorquino de donde parten. Edek no deja de ser el padre-madre protector y clueca de la niña calabacita cómo llama a su hija. La madre ha muerto. Ruth, porque no ha aprendido a ser otra cosa delante de su padre o porque si no es así no habría hecho el viaje que tanto deseaba, reacciona ante la conducta paternal maternal de su padre como la adolescente quinceañera que hace tiempo biológicamente dejó de ser. No quiero que me vuelvas a llamar calabacita, ya no soy una niña, le espeta a su padre en uno de los frecuentes altercados en que los dos se enzarzan durante el recorrido que hacen por los lugares que tenían previstos en su visita. Entonces, la pregunta que le surge al espectador es, ¿por qué hacen juntos este viaje a Polonia? ¿Por qué el conocimiento del origen de su vida, en el caso de la hija, y el olvido del pasado en el caso del padre como acompañante de aquel conocimiento, piensa la directora que puede poner una nueva claridad a sus vidas actuales? Después de ver la película no lo tengo tan claro. Diría más, la forma precipitada de marcharse de Polonia la hija, por enfado con el padre, hasta el punto de decir que no lo aguanta más, y la decisión del padre, sin explicación narrativa alguna, de acompañarla, si ya hemos comprendido que él con su calabacita va hasta el fin del mundo, dan un idea de cual es el sentido narrativo de la película.


El ansía investigador de la hija sobre sus antepasados y el desdén del padre hacia ese mismo propósito abren, como resultado de estar juntos y mal avenidos durante todo el metraje de la película, una grieta que se va haciendo más grande a medida que los minutos avanzan inexorablemente hacia el final de aquella. La escena blandengue del aeropuerto de Varsovia, donde padre e hija de vuelven a encontrar para hacer juntos el viaje a Nueva York, como si no hubiera pasado nada,  me pareció cosas de turistas, según los veía despedirse de quien les había acompañado como su chofer durante toda su estancia en el país polaco. En la escena donde el padre recupera debajo de las ruinas de su antigua casa y la de su familia una caja que enterró, antes de huir, con las escrituras de la misma, que de inmediato entrega a su hija como única y legítima heredera de la antigua propiedad de sus antepasados, me doy cuenta de lo que hacía ya unos minutos venía sospechando: que eso era todo lo que sígnifica para el padre el viaje a Polonia, y lo que significa acompañar a su calabacita. Un gesto que tranquiliza a la conciencia de propietario del padre, aunque como superviviente del Holocausto ya ha quedado claro a esas alturas que no quiere saber nada, como si el asunto no fuera con él ni con su familia. Pero de ninguna manera se comporta así la conciencia de querer saber de la hija y la del espectador, que venimos de visitar, junto con el padre, los lugares más emblemáticos del holocausto polaco: Varsovia, Łódź, Cracovia y al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. 


Se podría concluir preguntando a la directora que si el padre sigue siendo el mismo después del viaje, ¿para que lo hace? Para vigilar a su hija, para que siga siendo ante él su calabacita, para que no cambie nunca, para que no se contamine de esa pasado que rechaza. Poca chicha para tal envite. El padre opone al afán de mantener el reconocimiento de su hija calabacita, la nula ambición por conocer que ocurrió en aquellos años tan lúgubres de su pasado, que es lo desea saber su hija sin más apelativos. Y es que reconocimiento y conocimiento son las dos caras de lo que significa seguir vivo hoy junto a su hija mujer adulta y todo lo otro que los acompaña, sea en la Polonia de los antiguos campos de exterminio y la cultura degenerada de los nazis o en la Nueva York actual de los rascacielos y el glamour universal de su cultura.