viernes, 23 de febrero de 2018

NÖRDLINGEN

A vista de pájaro, que es como muestran las guías turísticas o wikipedia la imagen ideal de Nördlingen, que fue también la primera imagen que yo tuve de la ciudad bávara antes de iniciar el viaje, lo que se observa es una gran ensaimada rodeada de una irregular mancha verde, entre la que se atisban todo un conglomerado de edificios de diferentes alturas, ninguno de los cuales sobresale en demasía por encima del recinto amurallado. Escenario de dos batallas (la de 1634 y la de 1645) acontecidas durante la guerra de los Treinta Años, la antigua Ciudad Imperial de Nördlingen se encuentra a lo largo de la Ruta Romántica, en medio de un cráter de meteorito, caído hace 15 millones de años, cuya extensión es de casi 25 km de diámetro. Acompañado de la vista del pájaro y de este puñado de datos de wikipedia a las espaldas, inicié mi visita a Nördlingen. La lluvia, que nos acompañó durante todo el trayecto, daba la impresión de que no tenía intención de abandonarnos en lo que quedaba de día. Antes de despedirse, Elvis nos indicó, mejor dicho se lo indicó a Duarte, dos o tres sitios que no podíamos dejar de visitar y, como no, nos recomendó con particular entusiasmo la vuelta al anillo de la ciudad amurallada que se encontraba en perfecto estado de revista. Pienso que Elvis colaboró lo suyo a que mi mente se dedicara a su melancolía y mi cuerpo a su reposo, de cuyo acuerdo resultó que me desapareció la sensación de tristeza del día anterior. Cuando Elvis me dio la mano para despedirse, antes de subirse de nuevo al autobús, me dio la impresión que también su mente estaba en otro lado. A mi mente no le convenía, digámoslo así, verlo únicamente como un conductor de autobuses de servicio regular entre Würzburg y Fussen, principio y final de la ruta romántica. A mi mente le convenía verlo como un personaje inventado, no tanto para realzar el adjetivo romántico de la ruta, como para avivar mi disposición sobre ella una vez que me volviera a subir a la bicicleta. De esta manera, dada la complicidad que había tenido con Duarte a la hora de subirle y bajarle la bicicleta, también sería una fuente de interpretación del viaje, como lo habían sido antes en Roteburg el dueño de la pensión Elker o Robin de Tesalónica, que nos hizo de guía en nuestro viaje a Nuremberg. Una interpretación del viaje que lo es, sobre todo, de mi propia vida. Y es aquí donde yo veo la distinción entre tristeza y melancolía. En la falta, en el caso del origen de la primera, de ese horizonte de personajes inventados o de realidades que haya que imaginar sobre la marcha para que todo no sea solo la topografía que indican los mapas. Lo que hace, cuando eso no soy capaz de evitarlo, que se me acabe imponiendo la dureza intransigente de la realidad geográfica o humana - bien sea en forma de lluvia o de un puesta de sol acompañada de la salida de la luna llena por el lado contrario, bien sea en forma de las palabras tan amables como previsibles de la recepcionista del hotel o pensión donde nos hospedemos cada día - y el alejamiento, con peligro claro de desaparición, del mismo horizonte de eso que se llama mundo. Fue por ello que, a pesar de que la lluvia apretaba y el frío húmedo se hacía cada vez más inclemente que es cuando se mete en los huesos, me entró una alegría imprevista cuando Duarte me propuso dar la vuelta a la ensaimada, que coincidía con todo el recinto amurallado, a la sazón, como pudimos comprobar, perfectamente conservado. Así al menos paseamos bajo cubierto, como si fueran unos grandes soportales de una gran plaza porticada, me dijo Duarte para convencerme. Yo estaba a lo mío, disfrutando de esa alegría sobrevenida que iba a acompañar a la melancolía que había tomado el mando de mi ánimo, lo que debió hacer que las facciones de mi rostro mantuvieran un aspecto inexpresivo cuando Duarte me hizo la propuesta. Te apetece, o no, me dijo con insistencia, si no quieres venir yo doy la vuelta a la muralla y después quedamos donde me digas. Si, si vamos juntos, es lo que más me apetece en este momento, le respondí apresuradamente. Al subir al paseo de la muralla se adquiría una perspectiva general sobre la ciudad que, aunque me alejaba de los detalles, no rebajaba en absoluto su interés. Lo primero que me vino a la cabeza fue lo que no era capaz de ver, pues la trama urbana y de bosque que se había desarrollado extramuros lo ocultaba: el lugar exacto del campo de batalla donde se produjeron los dos enfrentamientos entre católicos y protestantes durante la Guerra de los Treinta Años del siglo XVII. Hay en esos treinta años de ese siglo un presentimiento oculto, y probablemente indescifrable, que tendría su ceremonia final en los treinta años del siglo XX. Un presentimiento de que en el siglo XVII creyéndose la civilización occidental en el inicio de su mejor momento de gloria, lo que estaba principiando era justamente lo contrario: una de las formas posibles de su acabamiento. Al final del recorrido no conseguí averiguar, aunque Duarte con su amabilidad traductora lo intento en diferentes ocasiones, la ubicación del campo o los campos de aquellas lejanas batallas del siglo XVII. Desistí de seguir intentándolo pues, dada la extensión de la trama urbana y de bosque que había crecido alrededor de las murallas, lo más probable es que sobre aquellos lugares de enfrentamiento cruel habrían levantado pisos o apartamientos o diseñado algunos de las zonas verdes que se divisaban, donde hoy vivirían o pasarían sus ratos de ocio apacibles contribuyentes alemanes. Opté por no marear más la perdiz y dejar las cosas como habían llegado hasta ahí. Pues, tal y como las veía desde el paseo amurallado, bajo esa cortina neblinosa que cubría toda la antigua ciudad imperial, pensé, no en la bondad y la justicia de los hombres como hacedoras de aquello, sino en algún tipo de milagro que, como todos los milagros, era de procedencia desconocida.