jueves, 20 de julio de 2017

LA APARIENCIA DE LA VOLUNTAD

Sobre la voluntad afirmativa de apariencia, Nietzsche dice lo siguiente en el cuarto libro de la Gaya ciencia, donde prepara la aparición del personaje de Zaratustra, el más controvertido de toda su obra filosófica. "¿Que medios tenemos para hacernos las cosas bellas, atractivas, apetecibles, si no lo son? (…) Hemos de aprender algo de los médicos, y más todavía de los artistas, que propiamente siempre están empeñados en lograr tales inventos y muestras de habilidad (…). Pero nosotros queremos ser los poetas de nuestras vidas, primeramente en lo más pequeño y cotidiano”. Hay en estas palabras un retorno al romanticismo de 1800. A las palabras de Schiller: “el hombre solo es enteramente hombre cuando juega”. También hay en esas palabras de Nietzsche una incitación a convertir la propia vida en obra de arte. La abominable, debido tantos malos y aviesos entendidos, voluntad de poder tiene en primer lugar este significado: la soberanía o el control consciente sobre la configuración de la propia apariencia. Así lo dice Nietzsche. “Has de adquirir el señorío sobre ti mismo, también sobre tus propias virtudes. Antes estas mandaban en ti, pero no han de ser otra cosa que instrumentos junto a otros instrumentos. Tú has de adquirir poder sobre tu pro y tu contra, y tienes que aprender a colgarlos y descolgarlos según tus fines superiores. Has de aprender a comprender lo que hay de perspectiva en cada valoración". Hay un lucha feroz por parte de Nietzsche en los últimos días su lucidez mental, antes de caer definitivamente en la oscuridad de la demencia, por no confundir la vida con el mundo. Esta lucha ha sido, a mí entender, uno de los aspectos con más potencia del legado de su pensamiento hasta nuestros días. Lucha para mantener en su pensamiento la idea de que toda vida es una forma incierta de vida. De que hay una inseguridad inscrita en toda vida finita, que ningún propietario de cualquiera de esas vidas puede evitar. De que el peligro radica en querer evitarlo, lo que supone dar el paso de confundir tu vida con el mundo, lo que es tu propiedad con la herencia de todos. El peligro de que al querer conquistar el paraíso, te meta de hoz y coz en el infierno. En fin, lucha porque la voluntad de poder entendida como él la entiende en su proyecto filosófico, como dominio sobre si mismo, lo acabe alejándolo del abismo al que, paradójicamente, su propia manera de pensar lo aproxima. En dos cartas escritas a sendos amigos, deja ver los temores que lo acechan. En carta a Fuchs, el 29 de julio de 1888 le confiesa: “No quiero ser ningún santo, prefiero ser un bufón. No es en absoluto necesario, ni siquiera deseado, tomar partido por mí; por el contrario, una dosis de curiosidad, como la que se siente frente a una excrecencia extraña, con una resistencia irónica, me parecería una posición incomparablemente más inteligente para conmigo”. En carta al amigo fraternal de Basilea, Jakob Burckhardt, le escribe, el día 6 de enero de 1889, lo siguiente: “Al final, preferiría mucho más ser profesor de Basilea que ser Dios; pero no he osado llevar tan lejos mi egoísmo privado como para omitir por su culpa la creación del mundo. Ya ve, hay que sacrificarse dondequiera y como quiera que uno viva”.

No hay que insistir demasiado sobre los estragos que, el caso omiso a las advertencias del pensamiento de Nietzsche en los años que siguieron a su muerte, produjo en la imagen que la humanidad, configurada en sociedad de masas, tuvo sobre su futuro. La voluntad de poder se interpretó literalmente. Y el egoísmo privado fue llevado hasta tan lejos, que la destrucción y la barbarie lo dejaron exhausto. En contra de aquel legado, que nunca dejó de ser de matriz romántica de 1800, se empezó a juzgar moralmente y se renunció a entender. El nihilismo se fue apoderando al mismo tiempo de la vida y del mundo. Hasta hoy.