lunes, 9 de octubre de 2017

SIGNOS Y SÍMBOLOS EN DOCUMENTA

¿En que medida la estantería con los rollos de alambre son un signo, o son símbolos que llaman al espectador desde otra parte, pero que en Documenta aparece como un acontecimiento? Me comencé a hacer esta pregunta - y ya no me ha abandonado desde entonces - a partir de que Duarte me dijo que a medida que pasaban las horas, y al volver a recordar la instalación de la estantería con sus rollos de hilo metálico encima, la imaginaba en su conjunto como el templo del alambre. En ese momento estábamos cenando en la Osteria, una pizzería a la que alude Vila-Matas en su libro, donde se reunían algunos de los organizadores de la anterior edición de Documenta. En verdad fuimos allí, espoleados por su lectura, a ver si se daba la coincidencia de que nos sentáramos al lado de uno de estos tipos que, según la opinión de Duarte, deben ser ellos mismos una instalación andante. No tuvimos suerte, pues por allí no apareció ninguno de los que, según nuestras pesquisas, pudiera parecerse o ser alguno de los que había decidido aceptar la instalación del templo del alambre. Mi intención - ilusa de todas todas, como poco a poco voy aprendiendo - era que el supuesto organizador me aclarara, porque a mí aquella estantería me parecía transportada directamente desde cualquier almacén de venta de materiales metálicos, para entendernos, y Duarte la veía bajo ese aura mágica o inmanente que la convertía ante su mirada en un espacio sagrado de matriz industrial. La pregunta que quería hacerle al supuesto organizador de Documenta, y que evidentemente solo me puedo contestar yo, era si en la percepción de aquella instalación industrial tenía algo que ver el que yo hubiera estado trabajando entre estanterías y rollos de alambre durante muchos años y Duarte fuera la primera vez que estuviera tan cerca de una de ellas. O preguntado de otra manera, ¿en qué medida mi trato con semejantes objetos industriales, siempre hecho de una forma utilitarista y discursiva, me dificultaba sobre manera el acceso a una visión poética de los mismos. Mientras que Duarte, justo por todo lo contrario, accedía con naturalidad a su esencialidad, en el sentido que filosofía medieval daba al término y que a Oscar Wilde tanto le complacía al descubrir su vigencia en el ámbito de la percepción moderna. Nada más ver la estantería me identifiqué con su preexistencia en mi cabeza. Es como si me hubiera dicho a mi mismo, esto ya lo he visto en múltiples ocasiones en los primeros años de mi vida laboral, yo ya sé de que va esto. Y con ello diera por imposible tratar de poner en marcha cualquier otra perspectiva del asunto. Solo fui capaz de ver el signo. Al contrario, aquella estantería hizo que ante la mirada de Duarte apareciera un símbolo que le permitió desplegar una potencialidad oculta que ella tiene en su intimidad a la que le dio forma de templo. No tenía que ver con la utilidad, ni exigía nada que tuviera que ver con algún discurso demostrativo. Era más bien como le pasa al rayo que, oculto en la oscuridad de las nubes, está a la espera de convertirse en relámpago. Nada hay en ese estallido que haga intuir su existencia previa. Acontece y ya está. Duarte había extraído del signo de la secuencia mecanicista con que yo sólo alcanzaba a ver la estantería y sus rollos de alambre, el símbolo del templo que aparecía ante ella como pura imagen autónoma.