viernes, 27 de octubre de 2017

NOVEDAD Y TRADICIÓN

No quise decir ayer que yo mismo no pertenezca a esa zona espectral de la realidad donde habitan los histéricos. Pues yo mismo he reivindicado - muchas veces de forma histérica - un espacio donde poder pensar, libre de las ataduras que impone la misma realidad a la que pertenezco. Probablemente al imaginarme así el espacio que busco, continue la tradición de Virginia Wolf que también padecía sus propios ramalazos histéricos. Aunque lo que de verdad me complacería sería adscribirme a lo que mi admirado Karl Jaspers “considera como tarea cotidiana del ser humano la clarificación de su existencia, del ser y su relación con el mundo en tanto que posibilidad. Debemos esforzarnos en la búsqueda de la verdad y en hallar un espacio donde actuar que esté a nuestra disposición.” Ese “estar a nuestra disposición” como condición inaplazable e irrenunciable del espacio que ocupemos o habitemos, me parece que lo aproxima más a la idea de instalación artística que el deseo de tener una habitación propia, que no garantiza lo que se pueda hacer allí dentro una vez que se tenga. Normalmente, para contarlo de otra manera, los visitantes de Documenta o de cualquier museo de arte contemporáneo actual siguen habitando en el espacio de la política que está determinado por la utilidad y el espíritu del trabajo que engloba el de ocio. No entran, por decirlo así, en una sala de despresurización, como hacen los astronautas cundo vuelven a la tierra, para adaptarse al espacio propio del arte, que se relaciona con el exceso y el espíritu del juego. Aquí conviene no confundir exceso y juego del arte, con lo que las mismas palabras significan en el espacio de la política actual, atravesado casi en su totalidad por la minoría de edad de sus habitantes, aquejados de un infantilismo que no proviene de la práctica política, sino de su ausencia y sustitución por el de mercancía viviente, que entiende el exceso como sinónimo de arbitrariedad y juego como una gincana de guardería. Es esto último, vestido con esos andrajos, lo que entra, de forma mayoritaria, en museos de arte contemporáneo o actual y, también, lo que deambulaba por las pasarelas de Documenta. Evidentemente no lo puedo demostrar, aunque ni lo pretendo ni me hace ninguna falta. Es lo que tienen, o dan de sí, los bloqueos o cortacircuitos del habla o pensamiento habitual, que más tarde que pronto hay salir de ellos, como también le ocurre al narrador de Kassel no invita a la lógica.

Duarte estuvo cerca de mí en estos momentos de despresurización que, ahora sí, me concedí como necesarios para poder seguir con la visita a las instalaciones de Documenta. Cuando digo cerca de mí me refiero a que siempre estuvo con el mapa en la mano indicándome cual era la dirección de nuestros siguientes pasos, al tiempo que trataba de explicarme el alcance del error de no haber seguido el itinerario tal y como lo había indicado la organización. Pienso que de forma intuitiva Duarte entiende mejor que yo el por qué, en lugares como Documenta, conviene abstenerse de politizar la estética o de estetizar la política, aunque sea a cambio de quedarte con cara de pasmarote delante de lo que acontece, que no es lo mismo que lo que ocurre, según vas o vienes o subes o bajas. Su espíritu del trabajo y la utilidad son en ella de raíz, digamos, protestante, mientras que lo excesivo y el juego se encuentra atemperadas por su educación judeocristiana. En fin, como decía en otra escrito, salimos del Fridericiarum y de nuevo nos encontramos con el Partenón de los libros prohibidos delante con las tripas al aire - como le gustó significar a Duarte a todo el andamiaje de sacos, piedras y tubos que lo sostenía en pie. Atravesamos la plaza para ir hacia la Torwache, donde el artista había querido cubrir con sacos-lona de Ghana - pues así constaba en las inscripciones que estaban impresas en los sacos - los dos edificios que se miran y que la calle les impide unirse. De nuevo, esta convivencia o coincidencia de lo pretendidamente nuevo con la tradición - Christo ya empapeló hace años, para goce de la información mediática, el Reichstag de Berlín - me produce una sensación de obligatoriedad, o que para ser moderno hay que ser obligatoriamente originales, por parte de quien pretende lo novedoso que me desanima, pues veo en ello una fatalidad del ser humano moderno respecto al novum, de similar enajenación que tuvo el ser humano medieval con la idea de Dios. Lo nuevo moderno y lo divino medieval son como dos teologías, o dos religiones, que en nada favorecen, a mi entender, la incontestable capacidad inventiva o imaginativa del ser humano de siempre. Justamente lo nuevo y lo divino entendidas como categorías indiscutibles cortocircuitan lo que de común tienen esas dos épocas, dejando en manos de los historiadores del arte lo que debe ser y lo que no respecto a aquella incontestable capacidad inventiva del ser humano que he mencionado antes.