miércoles, 15 de marzo de 2017

CONCENTRACIÓN

 El caso fue que lo había oído por la radio durante toda la semana: el miércoles había una concentración en la plaza del ayuntamiento. Lo apunté en mi agenda y en la pizarra que tenemos en la cocina para recordar lo que hace falta reponer en el frigorífico. Con la nota de la pizarra pretendía contrarrestar el más que probable olvido de la nota en mi agenda, dado el barullo que siempre hay dentro mi bolso. Con las prisas no me di cuenta del barullo de anotaciones que suelen quedar impresas en la pizarra. Al fin y al cabo en mi bolso yo solo meto la mano, pero en la pizarra de la cocina apunta sus cosas toda la familia. Lo que si supe desde el principio es que no podría añadirme a la concentración, pues tenía que ir a visitar a mi madre al hospital donde la acababan de operar del estómago. 

Cuando sonó el teléfono de la oficina, diciéndome que me madre había empeorado de forma repentina, dejé la mesa de mi despacho tal y como estaba, y salí precipitadamente. Al arrancar el coche lo único que me vino a la cabeza fue como llegar lo antes posible al lado de mi madre. El camino más corto era el que pasaba por la plaza del ayuntamiento. Solo cuando llegué a uno de los bulevares, caí en la cuenta de dónde me había metido. Una riada humana procedente de las diferentes calles adyacentes rodeó mi coche en un santiamén. Traté de abrirme camino poco a poco, pero únicamente conseguí avanzar unos cincuenta metros. Los gritos iban en aumento acompasados con el movimiento de todo tipo de banderas. Las miradas de los manifestantes se enfocaban hacia el destino final, que no era otro que la plaza del ayuntamiento. Bajé el cristal de la ventana del coche tratando de que alguien entendiera mi situación y alertara a los demás para que me dejaran paso. Total son unos pocos metros, que con buena voluntad por parte de todos me permitiría salir del atasco y llegar al lado de mi madre - pensé para mis adentros mientras trataba con los gestos de las manos que me hicieran caso. En vano. Resignado dejé caer los brazos desde el volante hasta mi regazo. No habían pasado ni dos minutos, cuando vi que alguien me increpaba delante del coche como si me perdonara la vida. Ciertamente la lógica de todos los que gritaban fuera del coche hacía palidecer la del silencio de lo que le sucedía a mi madre enferma en el hospital. Era, para que me entienda, algo parecido a la relación que mantienen las noticias de la primera página de los periódicos con las de la última que lo cierra. No tienen nada que ver pero van juntas, dando cobijo a todas las demás que están dentro. Pero los ojos de quienes las leen, que en no pocas ocasiones nos hacen tan ciegos, casi siempre acaban sintiéndose enamorados de los cantos de las sirenas y de sus bocas pintadas.