viernes, 13 de abril de 2018

NOBLEZA, ¿QUÉ NOBLEZA?

Dice Jaeger, “no es posible imaginar una educación y formación consciente fuera de la clase privilegiada. La educación, considerada como la formación de la personalidad humana mediante el consejo constante y la dirección espiritual, es una característica típica de la nobleza de todos los tiempos y pueblos.” Tengo para mi que cuando dejaste el aula lo hiciste porque ya no era posible llevar a cabo el espíritu que infunde a las palabras del pensador alemán. Sin darte cuenta, quizá, que esa decisión te alejaba a ti también de la nobleza educativa que debe llegar en todos los tiempos y a todos los pueblos, que esas mismas palabras propugnan. Fuera de su influencia te entregaste a la defensa sindical de la educación pública, algo que nadie te había pedido ni creo que sea donde tu debes estar. Pues confundes, como casi todos los del gremio de enseñantes, lo público con lo popular. Por esa puerta falsa se ha colgado, o habéis dejado colar, el pedagogismo de mano de hierro cubierta con guante de seda, que se ha apropiado del hueco que vais dejando. Dicho de otra manera, habéis consentido que el diablo se apropie de la nobleza de la educación. El pastel de la enseñanza y el aprendizaje siempre ha sido un manjar muy apetecible por, como dicen los expertos, es el único que ha visto a Dios, lo que le ha costado el ostracismo y la marginación durante siglos. Pero ahora, ante la falta de carácter de los defensores de esa nobleza, cree que está en condiciones de volver. Una educación laica y popular, interpretada en su estricta literalidad es la manera más rápida de entregarle en bandeja de plata lo que siempre ha rebañado en los basureros de la historia. Cuando las autoridades educativas del distrito donde vivo emitieron en su día un bando, que pegaron en muchas de las paredes y tablones de anuncios, invitando a los padres de los niños a que se sumaran a la nueva campaña de alfabetización que estaban poniendo en marcha, nada más leerlo, en un tablón de anuncios cercano al kiosko donde compro cada día el periódico, me di cuenta de que el tono del escrito me evocaba las antiguas campañas de desratización que, de vez en cuando, organizaba el antiguo régimen. Transmitía con sus palabras, escritas con una caligrafía un tanto campanuda para ser un documento oficial, una alarma respecto a algo inquietante en tanto en cuanto, sin decirlo expresamente, no tenían la solución. De ahí, deduzco, que la llamada de atención a toda la población tuviera, sin embargo, no pocas dosis de honestidad oculta tras el formato propagandístico. Cuando te pregunté el porqué de semejante algaravía me dijiste de forma escueta que las autoridades del distrito se han dado cuenta de que los índices de lectura han descendido de forma alarmante. Tu misma no me hablaste de pérdida de nobleza en la acción educativa, lo cual me desconcertó bastante, sino simplemente todo era cuestión de que el distrito no cumplía la ratio de lectura que marcaban en esos momentos las directrices del ministerio de educación. Continúa Jaeger, “Aquí la educación se convierte por primera vez en formación, es decir, en modelación del hombre completo de acuerdo con un tipo fijo. La importancia de un tipo de esta naturaleza para la formación del hombre estuvo siempre presente en la mente de los griegos. En toda cultura noble juega esta idea un papel decisivo, lo mismo si se trata del καλός κἀγαϑός de los griegos, que de la cortesía de la Edad Media caballeresca, que de la fisonomía social del siglo XVIII tal como nos la ofrecen los retratos convencionales de la época.” Y yo te pregunto, ¿cuál es ese tipo fijo de noble naturaleza para una sociedad democrática como la nuestra en los inicios de su época digital?