lunes, 23 de abril de 2018

EL CONSUMO ES LA GUERRA

Me llamas por teléfono desde tu despacho de la asesoría laboral y me hablas de la batalla en que, dentro de la guerra diaria por la educación publica, te encuentras metida. La denominas “por una bajada de la ratio de alumnos en el aula”. Me doy cuenta, entonces, que cada vez es más habitual escuchar esa expresión, me voy a la guerra o estoy en la guerra, a muchos docentes cuando les preguntan de manera coloquial a donde van o de donde vienen, pongamos, a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Al respecto dice Werner Jaeger en su obra Paideia, “El orgullo de la nobleza de la areté, fundado en una larga serie de progenitores ilustres, se halla acompañado del conocimiento de que esta preeminencia sólo puede ser conservada mediante las virtudes por las cuales ha sido conquistada. El nombre de aristoi conviene a un grupo numeroso. Pero, en este grupo, que se levanta por encima de la masa, hay una lucha para aspirar al premio de la areté. La lucha y la victoria son en el concepto caballeresco la verdadera prueba del fuego de la virtud humana. No significan simplemente el vencimiento físico del adversario, sino el mantenimiento de la areté conquistada en el rudo dominio de la naturaleza”. Lo que más se agradece, desde la óptica actual, cuando leemos las epopeyas fundacionales del mundo griego de donde nace el ideal de educación cuya traza vengo siguiendo desde hace unos días, es el grado de responsabilidad que tenían aquellos guerreros en su lucha diaria. No concebían la paz, pero le daban al hecho de la guerra la máxima dignidad. Y su ideal educativo se fundamentaba en mantener en lo más alto la nobleza, areté, que a todo ello le acompañaba, que teñía no solo al héroe sino a toda su familia y a la sociedad a donde pertenecían. Cuando te oigo decirme por teléfono que estás metida en la campaña por una ratio justa de alumnos en el aula, no puedo menos de echarme a reír por no echarme a llorar. La batalla por la enseñanza pública está perdida, al menos si los héroes que la libran en este momento, entre los que te incluyo, seguís empeñados en guerrear en el campo de batalla de siempre. Lo primero que tal vez os hace falta aceptar es que la guerra continúa, por otros medios, si, porque la guerra es parte constitutiva de la naturaleza humana. Como te he dicho, no en balde, aunque en un tono que pretende ser irónico, os oigo quejaros habitualmente sobre aquello de “voy a la guerra”, aunque lo más correcto sería que dijerais, una jornada más que es lo mismo que una batalla más, “me meto en el aula para perder algún día, espero que sea después de mi jubilación, la guerra”. Ahora me parece que queda más claro que el dilema no es guerra o paz, sino tener o no tener un ideal educativo con que llenar el vacío del alma cada mañana cuando os levantáis de la cama. Los antiguos griegos, que eran guerreros por convicción, lo tenían. Los nuevos modernos o pos modernos, creyentes ciegos en el pacifismo de la humanidad, no lo tienen ni se espera que lo lleguen a alcanzar algún día. ¿Cual de los dos ha conseguido dotar de más nobleza a sus existencias? Llamemos a las cosas por su nombre. Los nuevos alumnos son los nuevos guerreros de la nueva forma de guerra, que no es otra que la guerra por el consumo. Las dos destruyen, cuando se practican sin control, el planeta. Cuando acaba la guerra convencional, sin embargo, produce una catarsis que lleva incorporada, sobre las ruinas que deja a su paso,  la esperanza y el consuelo de la reconstrucción total. La guerra del consumo, que parece no acabar nunca pues siempre renace en cada temporada con una “nueva” moda, no tiene una relación directa con la muerte, pero ha aniquilado cualquier vestigio que tenga que ver con la experiencia de la esperanza y el consuelo que no sea seguir consumiendo, es decir, seguir comiéndose el planeta. Aún así no deja de ser conmovedor el tesón de algunos guerreros educativos modernos que parecen ponerse detrás del ideal griego de educación cada día y, como Ulises o Aquiles, se cuelan a caballo en el aula a librar su particular batalla contra los indómitos troyanos. Los corresponsales de guerra, siempre hambrientos por traer la última noticia del frente a los hogares de los acomodados consumidores, nos contaban en el escrito de ayer que un profesor había decidido dar clases de futuro a sus alumnos. La noticia no deja de ser pintoresca, pues me recuerda al inventor de este tipo de extravagancias periodísticas, ciudadano Kane, a saber, que la realidad no te impida publicar una buena noticia. El voluntarioso profesor no se ha propuesto enseñar a sus alumnos a ser mortales, que es lo que nos enseña Aquiles cuando abandona el gineceo donde será inmortal, y se embarca en la guerra contra Troya  a sabiendas de que allí perderá la vida. No se ha propuesto recuperar ese ideal griego con fondo de guerra y muerte, e implantarlo en la sensibilidad inmortal, consumista y pacifista, de sus alumnos. Esperando a ver qué pasa en ese gineceo moderno que es el consumismo constante y que es donde habitan los alumnos cuando parecen que están en el aula. Como quien planta un árbol en territorio desértico, señor profesor, hay que tener paciencia a que el futuro dé sus frutos, pero haciéndoles saber que pueden morir en el intento aunque tengan quince o diecisiete años. “Esta rivalidad - continúa Jaeger su reflexión anterior -,  acuñó como lema de la caballería el verso citado por los educadores de todos los tiempos; αἰὲν ριοστεύειν καὶ πείροχον μμεναι λλων, y abandonado por el igualitarismo de la novísma sabiduría pedagógica.” En fin, estarás de acuerdo conmigo a estas alturas de esta incruenta e interminable guerra educativa, que el asunto de las ratios en el aula puede que llegue a ser visto por los contendientes, tanto por los que van a ganar la guerra como por los que ya saben que la han perdido anticipadamente, como una impertinencia. Pues, en el caso de los ganadores, interrumpe la representación en el aula abarrotada del normal aprendizaje de quienes en el futuro han de elaborar y consumir productos cuya factura o naturaleza despierten un vivo o incluso inédito interés de quienes batallen en el campo amplio y variable del consumo, de cuya buena salud dependerá el único anhelo que les queda a los perdedores, llegar a cobrar lo antes posibles sus pensiones.