viernes, 6 de abril de 2018

EVENTOS EDUCATIVOS

Inesperadamente lo vi corriendo alrededor del castillo, adonde voy cada mañana a hacer lo mismo. Casi ni alzó la vista, solo hizo un gesto con la mano y siguió a lo suyo, que supongo era lo que arrastraba en cada zancada que daba, no la dificultad de la zancada misma. Lo propiamente suyo parecía que no estaba, al menos no estaba en ese momento. Al cabo de unos minutos - diez o quince calculé - nos volvimos a encontrar de frente, pues el itinerario del castillo es circular. Esta vez si se paró. Se quitó los auriculares de las orejas y se disculpó por no haberse detenido en el anterior encuentro. Que tal, como vamos. No utilizó filtros, ni para bienes, ¿para qué servirían cuando uno va arrastrando lo suyo? Lo suyo era: estoy hasta los cojones de la educación. No dijo de los alumnos o de los compañeros, o del sistema, como le he escuchado a otros docentes para justificar el hastío que le provoca su profesión. Golpeó directamente contra lo general, no en balde debió ser, deduzco yo, porque el de las zancadas es profesor de filosofía. Lo veo como un superviviente, mientras que a los que su queja la focalizan sobre lo concreto los veo como actores, diría más, como malos actores. La educación es un relato y como todo relato tiene su parte de misterio y su parte de suspense, nunca a partes iguales. El misterio se esconde detrás de lo invisible y ahí es donde respira el desengaño del profesor superviviente de filosofía, ¿se desengaña solo por eso?, mientras que el suspense se encarna en lo que se ve y ahí es donde se indignan los malos actores de la docencia, ¿se indignan solo por eso? La educación moderna es un relato a la búsqueda de la excelencia para todos los públicos. Visto así, ¿es un relato para ser llevado a la práctica o únicamente para ser oído, como los son los relatos de las oraciones fúnebres o las cartas magnas o constituciones? ¿Tiene más de dique de contención que de instrumento para montar una cabeza de playa, desde la que lanzarse después a tumba abierta sobre lo que haya en tierra firme? Lo que ese “estoy hasta los cojones de la educación” no consigue ocultar es la dualidad mental del profesor de filosofía que la ha pronunciado. Mejor aún, término a término, si te fijas con atención, es toda una oración fúnebre rebozada con una declaración de buenas intenciones. Por un lado se da cuenta de que no hay nada que hacer, pero, por otro, al mediar la testosterona, da la impresión de que todavía hay esperanza, y que el caballero docente de la triste figura está dispuesto a volver de nuevo al aula para resolver los entuertos que sus alumnos tengan a bien ponerle sobre la mesa. Como lo conozco, pues coincidimos hace años en un seminario de escritura y lectura narrativa que di en uno de los centros culturales de la ciudad donde vivimos, sé, después de las conversaciones que tuvimos mientras duró el seminario y en encuentros posteriores a su finalización, que esa dualidad a la que me he referido antes tiene en su biografía mental estructura de una grieta sangrante. Que se mantiene abierta por la tensión que padece entre lo que debería haber sido el proceso espiritual de formación para obtener el ideal de humanidad del ciudadano democrático, en el que, al menos en aquella época, creía a pies juntillas, y lo que ha acabado siendo el proceso histórico educativo de los últimos cuarenta años que ha desembocado en una laguna de aguas sucias y estancadas en la que chapotean con absoluta naturalidad todas las opiniones que quepa imaginarse en la época de dominio de los opinadores. La acción que lo ha hecho posible, llevada a cabo por los diferentes agentes educativos con sus leyes cambiantes, protocolos incumplidos e intereses gremiales enconados, ha mantenido un absoluto divorcio con aquel espíritu formativo que lo inspiró. No me quejo de lo que proponen los nuevos predicadores del asunto (psicólogos, pedagogos, diseñadores informáticos), me diese mientras se seca el sudor de la frente, pues es lo mismo que llevo tratando de hacer desde que estoy en esta profesión, sino por qué, de repente, yo no sirvo para llevarlo a cabo. La enseñanza de la filosofía en lugar de ser ese momento de aprender a intercambiar incertidumbres, como ha sido siempre desde Platón, la han convertido en una colorista gincana en la que los alumnos tienen que desentrañar acertijos trabajando en equipo. La dualidad mental, espiritual e histórica, que debe acompañar a todo proceso de aprendizaje, queda así reducido al rodaje y montaje de un evento cultural, que tiene su cita y exhibición en esa laguna donde todo confluye y todo se mezcla. Esa inevitabilidad con la que parece que todo se nos echa encima, me pregunta, ¿no te parece que remite a una nueva Edad Media, en la que en lugar de estar ebrios de Dios, lo estamos del mercado? Habrá que averiguar, entonces, cuáles son los rincones o huecos donde se aloja el diablo, le respondo al filósofo superviviente. ¿No piensas que esa es una buena función para la nueva filosofía, que ha de subsistir en las catacumbas, fuera de las aulas y de los focos mercantiles y mediáticos? Te dejo que me estoy quedando frío, si quieres nos vemos otro día y charlamos un rato. Vuelve a coger el ritmo de la carrera con menos levedad con que lo dejó al pararse a mi lado. Me da la impresión de que lo suyo había adquirido una densidad impremeditada a esas horas de la mañana, justo cuando su intención era aliviarlo antes de incorporarse a clase. Según lo veo alejarse veo la grieta que lo aflige, y veo también el grumo que lo asfixia.