jueves, 5 de enero de 2017

PERSEVERAR

Como ya te dije ayer, después de las fiestas navideñas se acabó la identificación entre ficción y realidad. Con la llegada de los Reyes Magos se acabó el infantilismo inherente que todo lo envuelve y temiblemente lo infecta. Vuelve entonces, con toda su furia y dislocamiento, a surgir la herida permanente que antes de ellas había quedado abierta, y que provisonalmente habían "suturado". Vuelve el dolor de no saber, o no poder, o no querer hacer lo que debemos hacer como tipos adultos que ya somos. Vuelve el malestar que todo ello produce. Vuelve el estado de un malestar, que va arrinconando a un bienestar que nos creímos tener porque nos lo merecemos, pero que, sí lo analizamos bajo el foco de nuestros méritos alcanzados en los últimos cuarenta años, hemos de convenir que ha sido un bienestar del todo infundado. E inmerecido. Y de esto no es el cuerpo quien se da cuenta, siempre insaciable, siempre propenso a no enterarse de nada, siempre en estado de perfecta revista para enajenarse con el próximo evento, de inmediato las rebajas de enero, luego los carnavales, más tarde las vacaciones de Semana Santa, y así hasta cerrar el ciclo, con otra celebración navideña, es decir, siempre dispuesto a consumirse o a inmolarse en su propio afán de consumo, sino el que se da cuenta es el alma, pues como dice Spinoza es "ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo". Es en ella, en esa alma nuestra, donde adquiere todo su valor y verdad la palabra necesaria que hay que pronunciar delante de los otros, para que sirva de puente y tratar de salvar ese doloroso abismo.