jueves, 17 de agosto de 2017

IMITADORES Y RECEPTORES

Sin embargo, había un aspecto de su conducta que me molestaba en lo más íntimo de mi ser, que es lo mismo que decir que sentía la molestia o el dolor pero no sabía discernir su por qué. Me refiero a su proverbial arrogancia, la cual no ha dejado de protagonizar la vida en general hasta convertirse al día de hoy en algo sin lo que la Peña no puede salir a la calle. El del mini rojo, creo que ya lo he dicho, era más chulo que un ocho. Para entendernos, cuando se subía o se bajaba del coche estaba convencido de que estaba escribiendo un capítulo de la Historia Universal.  A mi me resultaba imposible creerme un escritor así, parecido a Dios. Lo he aprendido más tarde, pero desde siempre, bien cuando fui a la escuela o el instituto o cuando ingresé en la universidad, ante cualquier propuesta que me hicieran no era de los que alzaba la mano de inmediato tratando de contar o situarla en el capítulo correspondiente de esa Historia Universal, sino que la duda por no saber desde donde mirar lo que me proponían hacía que, al final, quedara paralizado, dando la impresión subsiguiente de ser un ignorante. Sin darme cuenta delante de lo que recibía del exterior me comporté durante muchos años como lo hizo mi padre delante de la madera, aunque con intenciones y resultados manifiestamente diferentes. Es fin, que iba en  dirección contraria hacia dónde se dirigía el mundo, y todavía no era alguien como mandaban los cánones. Tardé muchos años en encontrar un acorde satisfactorio a esta disonancia que se me echaba encima cada vez que abría la boca o movía los pies. Cada vez había más tipos, como el del mini rojo, que estaban escribiendo el futuro con sus impactantes esloganes: el ganador se lo lleva todo o nada a largo plazo. De igual manera el espacio donde todo eso iba a suceder estaba siendo desdibujado por los sucesos mismos. El del mini rojo me dijo un día, mientras tomábamos café, que los empresarios digitales gustaban presentarse en público liberados de la exigencias del lugar. Compruebo con estupor que también lo atestigua Sennett, “una fábrica en México, una oficina en Bombay, un centro de comunicaciones en el bajo Manhattan, todo eso tiene la apariencia de meros nódulos en la red global”. De repente, empecé a padecer una rara enfermedad: tenía la sensación de no estar nunca en el sitio apropiado. O dicho de otra manera, que mientras dilucidaba desde donde debía mirar la propuesta que salía a recibirme en mi camino, me está perdiendo lo importante que siempre se libraba en un lugar distinto al que me encontraba. Me fue difícil aceptar que lo de ‘en casa como en ningún sitio’ se había acabado, pero que ‘nada a largo plazo’ no me ofreciera, a cambio, ningún sitio fuera de casa, era algo que nunca pude superar. La errancia emocional estaba servida, y así fue durante los años siguientes.

En un lugar geográfico se hace comunidad cuando la gente utiliza la palabra nosotros. Mi padre la utilizaba y el del mini rojo también, pero se referían a lugares distintos. A mi, como dice Sennett, después de haber mantenido muchas conversaciones con El Segundo, me parece un pronombre peligroso, del que trato de protegerme se su pretendida  claridad llena, a mi entender, de recovecos oscuros. No creo que el del mini rojo subscribiera donde se encontraba lo que dice Sennett. Tenía muy claro, como todos los monos digitales, cuál era su guerra y quienes eran sus enemigos. “Una de las consecuencias no deliberadas del capitalismo moderno es que ha reforzado el valor del lugar y ha despertado un deseo de comunidad. Todas las condiciones emocionales que hemos explorado en el lugar de trabajo animan ese deseo: las incertidumbres de la flexibilidad; la ausencia de confianza y compromiso con raíces profundas; la superficialidad del trabajo en equipo; y, más que nada, el fantasma de no conseguir hacer nada de uno mismo en el mundo, de hacerse una vida mediante el trabajo. Todas estas situaciones impulsan a la gente a buscar otra escena de cariño y profundidad”.


Tal vez fuera eso a lo que se refería el artículo que mencioné el otro día respecto a la importancia de las humanidades en la economía digital. Tengo para mí, sin embargo, que no hay nada ahí afuera que pueda ser visto por los monos digitales si no entra en acción una particular configuración de su manera de percibir, hecha a base de experiencia y a base de cultura. Justamente lo que les ha robado sus adicciones laborales, a saber, la capacidad de trasmitir experiencias dentro de un contexto laboral heredado. De otra manera, han perdido la capacidad de hacer algo con lo que reciben, olvidándose de que somos de naturaleza imitadora y receptora, al creer ilusamente que la tecnología digital los ha dotado de la noche a la mañana con otra naturaleza distinta y superior, la de creadores de la nada. Peor aún, la de los primeros creadores de la nada.