lunes, 12 de junio de 2017

EL INTÉRPRETE DEL DOLOR 7

ESTA BENDITA CASA
Con estas palabras comienza el cuento:
"Encontraron la primera en un armario de la cocina, junto a una botella de vinagre de malta sin abrir.
Mira lo que he encontrado
Twinkle entró en el salón, lleno de punta a punta de cajas de embalaje cerradas con cinta adhesiva, agitando el vinagre en una mano y una efigie de Jesucristo, de porcelana blanca y más o menos del mismo tamaño que la botella de vinagre, en la otra.

Una pareja de casados por conveniencia, indios de la India en distintas fases o momentos de occidentalización o desorientalizacion, según se mire a ella, Twinkle, o a él, Sanjeev, se trasladan a su nuevo piso cerca de Massachusetts. Mientras limpian y pintan la casa que han comprado, Twinkle empieza a descubrir imágenes del culto cristiano, que, digamos, le hacen gracia y a él, digamos, que le molestan porque ellos no son cristianos. "No, no somos cristianos - concedió ella, encogiéndose de hombros -. Somos hindúes buenos y obedientes". ¿A qué o a quien? ¿A sus padres? ¿A la religión indú como industria e institución? No lo parece si observamos sus currículum intelectuales. Sanjeev, ingeniero del MIT, totalmente integrado en la cultura occidental de ganar cuanto más dinero mejor. Twinkle está acabando su tesis doctoral sobre un poeta irlandés. Dos "digamos" que responden no tanto al núcleo duro de sus creencias, como, más bien, puestos a servicio del sentido del relato en el que están inmerso y al que pertenecen. Como en todo matrimonio de conveniencia el amor no existe tal y como se entiende en los matrimonios convenientes (?) de forma explícita, lo que no quiere decir que no se le espere. De hecho, pienso que el cuento trata de eso, como van surgiendo los sentimientos entre Twinkle y Sanjeev, llámese amor o como se quiera, en la forma y las condiciones más imprevisibles y nada habituales. 

Para ello la voz narradora imagino que se coloca en la estela del saber patónico. Lo que no es pobre no tiene que ser necesariamente rico, y lo que no es rico no tiene que ser necesariamente pobre. El amor si busca la belleza no puede decirse que sea bello, pero tampoco es feo; si busca la bondad no puede decirse que sea bueno, pero tampoco es malo. Por tanto, el amor no es bello ni bueno ni verdadero, pero tampoco es lo contrario. El amor entre los seres humanos no es rutilante, tal y como estamos acostumbrados a que nos lo presenten en los relatos habituales, susceptible de perder ese brillo por desgaste o degradación, pero siempre con la posibilidad de volver a empezar con otro amor rutilante. La arrogancia y soberbia occidental. El amor entre los seres humanos más bien carece de algo, y en la medida en que carece de algo busca. Esa otra cosa que busca, no depende exclusivamente de los amantes, que son tipos incompetentes para hacerse cargo de la rutilancia del amor. En eso consiste, pienso yo, la peripecia de Twinkle y Saanjeev.

He aquí algunas palabras de las últimas páginas del cuento, cuando están celebrando con los amigos la inauguración del piso que han comprado:
¿Lo tienes, Twinkle? - preguntó a alguien desde el desván.
Sí, ya podéis soltarlo.
Entonces Sanjeev vio lo que sujetaban las manos de su mujer: un busto de plata maciza de Jesucristo, cuya cabeza triplicaba el tamaño de la suya (...) Si, lo odiaba. Odiaba su enormidad, y la perfección de su superficie lustrosa, y su innegable valor. Odiaba que estuviera en su casa y que fuera suyo. A diferencia del resto de objetos que habían encontrado, aquel busto trasmitía dignidad, solemnidad, incluso belleza. Pero, curiosamente, esas cualidades hacían que lo odiara aún más. Lo odiaba, sobre todo, porque sabía que a Twinkle le encantaba.



Ser unos indios buenos y obedientes, no significa que al abrazar la estatua de Jesucristo crean en lo que significa para los creyentes cristianos, al igual que Sanjeev no haya descubierto la belleza de Twinkle, no significa que no pueda estar a su lado. En verdad, no sabemos porque estamos en el mundo, más bien dedicamos nuestra vida a saberlo, a buscar lo que nos falta. Así dejamos caer, o rasgamos, el velo de la falsedad con nos cubrimos y nos protegemos frente a la vida y los demás, de forma inopinada, con lo que tenemos a mano en cada momento.