jueves, 21 de abril de 2016

SIEMPRE ESTAMOS MUY DISTRAIDOS

La queremos tanto, la odiamos tanto, la necesitamos tanto, la ignoramos tanto. Sea cual sea la ensalada de sentimientos que compongamos en nuestro fuero interno, nuestra familia forma parte incurable y permanente de nuestras vidas. Puede que ahí dentro no respiremos el aire de las prominentes alturas a que siempre aspira el espíritu humano, ni obtengamos grandes perspectivas con nuestra mirada, pero, así acurrucados, no deberíamos renunciar a mirar las hostilidades propias de esa protección con la envidiable claridad que proporcionan las cotas bajas y la corta distancia.

A mi parece que ese es el empeño del narrador de "La tormenta de hielo". Es un narrador que no se explica, sino alguien ante quien el lector, cualquier lector, se explica. Sino fuera así estaríamos ante uno de esos periodistas amarillos locales, que se mete en la vida ajena para sacar sus trapos sucios e informar en el medio de comunicación local que le paga. ¿Son esos el color y el aroma del relato? ¿Ante quien estamos, pues? Es una decisión que compete tomar al lector sin excesiva demora. Sólo hay que estar atento a lo que nos quiere contar con lo que dice y al sentido que introduce para enterarnos de dónde nos ha colocado. Después es mas fácil enfrentarnos a eso que tanto nos cuesta admitir: amamos a solas y luego viene la sorpresa de que por ahí había otro. Mucho trabajo es el amor, muchas horas hay que echarle sin que te garanticen la compensación anhelada a esa descomunal ensoñación. Y es que siempre estamos tan ocupados y, sobre todo, muy distraídos con tantas cosas. Menos mal que, después de todo, la familia sigue ahí. O lo que queda de ella.

Así voy tratando con un narrador, que no deja ver con facilidad lo que oculta con la claridad formal de sus palabras.