viernes, 13 de noviembre de 2015

SOBRE LO QUE DA QUE PENSAR CUANDO UN AVIÓN SE CAE

Si somos capaces de conllevar el espectáculo mediático y la frase hecha que tenemos como una píldora entre los labios mientras miramos la TV: menos mal que yo no iba ahí dentro. Si poseemos el suficiente valor para sobreponemos a nuestra ansia de exactitud, al temblor y el temor a la ingobernabilidad que llevamos dentro. Si tenemos el coraje de aceptar que, como decía Nietzsche, la lucha de las fuerzas de la naturaleza no ponen moral sobre el mundo. Entonces, ¿podremos convenir que Andreas Luwitz no estaba loco, o al menos no de forma diferente de lo que podían estarlo los 150 pasajeros que se llevó con él a la tumba? ¿No de forma diferente a todos los que hemos visto los efectos de la colisión desde la butaca del comedor de nuestra casa? ¿Qué pasa cuando vemos por TV, de forma inesperada e inopinada, estas catástrofes? ¿Qué pasa con lo que nos pasa? 
 
Siempre he oído a los ingenieros que un avión es una artefacto tecnológico diseñado de manera exacta. Matemáticamente no se puede caer nunca. Los fallos que pueda tener en el cumplimiento de su función son debidos siempre al otro lado del factor humano, que es inexacto e imperfecto. Entonces, ¿cómo es que un ser inexacto e imperfecto puede imaginar un artefacto exacto para cumplir la función empírica de llevar a seres inexactos e imperfectos, que, a su vez, pueden viajar imaginando artefactos exactos, de un lugar a otro? ¿Cómo expresamos la tensión entre estos dos atributos humanos, la exactitud matemática (avión) y la aproximación a los acontecimientos que protagonizamos? (caída del avión en los Alpes, 150 muertos?

En su libro "Seis propuestas para el próximo milenio", Ítalo Calvino destaca, al respecto de lo que he dicho, dos ejemplos en el capítulo titulado Mutiplicidad. El primero forma parte del pasaje que da comienzo a la novela "El zafarrancho aquel de Via Merulana", de Carlo Emilio Gadda. Ingeniero, filósofo y neurótico. Dice así: 

"Entre otras cosas, el doctor Ingravello sostenía que las inopinadas catástrofes no son nunca consecuencia o efecto, si se prefiere, de un motivo solo, de una causa en singular; antes son como un vórtice, un punto de presión ciclónica en la conciencia del mundo y hacia el cual han  conspirado una porción de causales convergentes. Decía también nudo u ovillo, o maraña, o rebullo, que en dialecto vale por enredo. Pero el término jurídico 'las causales, la causal' es el que de preferencia brotaba de sus labios: casi a su pesar. La opinión de que fuese menester reformar en nosotros mismos el sentido de la categoría de causa según nos venia de los filósofos, de Aristóteles o de Inmamnuel Kant, y sustituir a la causa por las causas, era en él una opinión central y persistente, casi un idea fija, que vaporaba de sus labios carnosos, pero mas bien blancos, donde una punta de cigarrillo apagado parecía, colgando de la comisura (...) La causal aparente, la causal príncipe, seria una por descontado. Pero el suceso era el precipitado de toda una gama de causales que soplando a pleno pulmón en las aspas (como los dieciséis vientos de la rosa revolviéndose a un tiempo en una depresión ciclónica) acababan por estrujar en el remolino del delito la debilitada razón del mundo"

Unas pàginas más adelante Calvino trae a colación un párrafo de la novela "El hombre sin atributos", de Robert Musil, también ingeniero y filósofo, para mostrar otra manera de expresar esa aproximación a los acontecimientos humanos que mencionaba al principio. 

"Para Musil- dice Calvino - el conocimiento es conciencia de lo inconciliable de dos polaridades contrapuestas: la que llama unas veces exactitud otras matemáticas otras espíritu puro otras directamente mentalidad militar, y otra que llama unas veces alma otras irracionalidad otras humanidad otras caos. Una matemática de las soluciones singulares: ese era el sueño de Musil."

El párrafo de "El hombre sin atributos" dice así:

"Pero Ulrich había estado a punto de decir otra cosa, una alusión a los problemas matemáticos que no admiten una solución general sino más bien soluciones parciales cuya combinación permite aproximarse a una solución general. Hubiera podido añadir que el problema de la vida  humana también le parecía de este tipo. Lo que se llama una época (sin saber si con ello debe entenderse siglos, milenios o el breve lapso que separa al escolar del abuelo), ese amplio y libre río de situaciones sería entonces una sucesión desordenada de soluciones insuficientes e individualmente equivocadas, de las que solo podría resultar una solución de conjunto exacta cuando la humanidad fuera capaz de asumirlas todas. En el tranvía que lo llevaba a su casa, siguió pensando..." ( vol I, parte II, cap. 83).
 
En un pasaje de la novela "Ruido de fondo", del escritor norteamericano Don DeLillo, el narrador se expresa así:

"El avión había perdido potencia en sus tres motores y se había precipitado desde los diez mil metros de altitud hasta apenas cuatro mil. Más de seis kilómetros. Se oyó una voz procedente de la cabina de mando: «¡Estamos cayendo! ¡Nos vamos abajo! ¡Somos una máquina letal, brillante y plateada!» A los oídos de los pasajeros, aquel arrebato sonó como un desmoronamiento total y absoluto de la autoridad, la competencia y la presencia de ánimo, y respondieron con una nueva salva de desesperados aullidos. (...) Entonces se oyó una segunda voz masculina procedente de la cabina del piloto, una voz calmada y precisa que hizo creer a los pasajeros que, después de todo, había alguien al mando, algún elemento de esperanza: «Habla el vuelo dos-uno-tres de American dirigiéndose a la grabadora de a bordo. Ahora ya sabemos cómo es. Es peor de lo que nunca habíamos imaginado. En el simulador de Denver jamás nos prepararon para una cosa así. Nuestro miedo se ha vuelto puro, tan despojado de distracciones y presiones que ha llegado a convertirse en una forma de meditación trascendental. En menos de tres minutos aterrizaremos, por así decirlo. Encontrarán nuestros cuerpos diseminados en algún campo humeante, desencajados aún por las macabras posturas de la muerte. Te quiero, Lance".

Andreas Lubitz, copiloto del avión que el mismo hizo estrellar, dijo en una ocasión, según ha confesado su novia a un diario alemán: “Algún día haré algo que cambiará todo el sistema y todo el mundo conocerá mi nombre”. Fíjense en la exactitud de "Algún día haré algo..." y "todo el mundo conocerá mi nombre", que abrazan como un oso a la obscura ambigüedad del alma que esconde la frase que queda en medio, llena de potencialidades y conjeturas múltiples: "que cambiará todo el sistema."

Según una nota de prensa, una semana después de la caída del avión, el presidente de Lufthansa, Carsten Spohr, indicó que "se necesitará tiempo" para conocer lo que pasó con el vuelo de su filial de bajo coste Germanwings que se estrelló en los Alpes franceses el pasado día 24 de marzo. Spohr visitó junto con el presidente de Germanwings, Thomas Winkelmann, la zona próxima al lugar de la tragedia, rindió homenaje a las víctimas y agradeció el trabajo de los servicios de rescate franceses. Pero se negó a responder a las preguntas de los periodistas y se limitó a hacer la siguiente declaración:

"Sentimos que este lamentable accidente haya podido producirse. Lufthansa siempre ha hecho de la seguridad su prioridad. Lamentamos las pérdidas humanas, no tenemos palabras para expresar lo que sentimos."

Y para acabar una pregunta perturbadora, ¿vio Andreas Luwitz, antes de hacer descender su avión, suavemente, en medio de los Alpes, el primer episodio del largometraje "Relatos Salvajes", del director Damián Szifron? Y si fue así, hasta que punto, viviendo en comunidad como vivimos, somos responsables de la infelicidad de los demás? ¿Merecemos morir por ello? ¿Es el Yo Faber evolucionado en Yo Digital un tipo fiable, como para que pueda vivir sin control? ¿Lo es la comunidad que lo educa? ¿O mas bien es la cultura de esa comunidad, que es la nuestra, la que lo convierte en un bárbaro? ¿Los occidentales hemos llegado hasta aquí por qué confiamos demasiado en nuestra incertidumbre? ¿O mas bien, por qué, paradójicamente, somos alérgicos a ella pero demasiado permeables a los éxitos tecnológicos, siendo el avión el más notorio sin discusión? Ícaros, al fin.  Entonces, de cara al futuro, ¿exigiremos menos incertidumbre y, en consecuencia, menos derechos individuales? ¿O más incertidumbre y nuevas ambiciones tecnológicas e imaginativas? ¿En qué proporción? Este extravío lenticular que aqueja a la óptica de la sociedad occidental actual, no evita de momento que oficialmente las 150 muertes de los Alpes nos las relaten, y nosotros así las oigamos, de forma impotente, como una colosal injusticia. Pero las muertes del primer relato salvaje de Szifron, a cambio, ¿nos acercan mejor a la verdad sobre el mundo en que nos ha tocado vivir? ¿Qué relato es más necesario o conveniente, según decidamos, para el porvenir de nuestra existencia?