martes, 18 de abril de 2017

EL DIÁLOGO

No hace falta insistir mucho para deducir que en esa ontología del yo autosuficiente, que te he mencionado en la anterior entrada, radica la principal dificultad para que un club de lectura sea un verdadero lugar de diálogo. Diálogo entre cada lector con el Narrador y personajes del relato, y diálogo entre los lectores asistentes. Un lector que sea propietario de ese yo autosuficiente no viene al club de lectura a dialogar, entendiendo el diálogo como ese recurso mediante el que aceptamos compartir con los otros lectores el espacio del habla que construye el Narrador de la lectura propuesta, sino que, muy al contrario, un lector autosuficiente viene al club de lectura a compartir su espacio como ser hablante con los otros lectores también con sitio de autosuficientes y también hablantes. Lo que hacen estos lectores del segundo caso y, por tanto, lo que escuchan es que están ahí para dejar un sitio a los otros lectores. En el mejor de los casos, ahora te toca hablar a ti. Es lo propio de las tertulias de taberna, tan familiares ahora en la televisión, la radio y las redes sociales. Lo destacable en este caso no son las palabras que se dicen, pues, al fin y al cabo, son intercambiables y carentes de significación, sino la educación o la fanfarronería o las ganas de provocación - en fin, lo que más le haga feliz al hablante, santo y seña de todo lector autosuficiente, pues de eso es de lo que se trata al reunirse con los otros lectores - con que cada uno de ellos aguante el turno de palabra del que está hablando, lo que redundará en beneficio o prestigio del sitio que ocupa en la tertulia, reducido así a cosa, a objeto dado y no intencionado. Fulanito es comedido o menganito es un bocazas o tutanito es un chistoso o pelanito es un intelectual, etc. Mientras que en el caso en el que los lectores comparten las palabras del Narrador, que son las que forman el espacio del habla antes aludido, todo es significativo e irrepetible, es decir, nada aquí es intercambiable. Son las palabras que leemos, y no otras, y son esas palabras las que nos están construyendo al mismo tiempo, pero de manera diferente, a los lectores que compartimos el espacio del habla que ellas a su vez han construido. Aquí se escucha todo. Se escucha incluso más allá de las propias palabras o, mejor dicho, en el interior y en el conjunto de las propias palabras que los lectores comparten. 

Algo que un lector con un yo autosuficiente no admitirá nunca es que el diálogo es una incompletud del monólogo. De su hablar siempre consigo mismo, de que el mismo se reserve la última palabra. Las carencias de su forma de comunicación las interpretará siempre como una anomalía pasajera y buscará soluciones técnicas (¡doctor no me comunico bien, estoy enfermo!) para recuperar su habilidad comunicacional en el sitio que le corresponde. Un lector autosuficiente, por ejemplo, dirá  en su cuenta de Facebook que tal día asistirá a su club de lectura, y lo hará publicando la foto del libro al lado de la de su gato, pero será difícil que diga en la misma cuenta, si lo dice, algo más que me ha gustado o me ha aburrido el libro en cuestión. Vuelvo a lo del sitio que decía antes, y que es lo único que le interesa ocupar al lector autosuficiente. Pues aunque vaya en contra de la felicidad del lector autosuficiente - mira que lo siento - el diálogo es una necesidad del otro y quizá hasta un dependencia de la escucha y de las palabras del otro. Esta es una de las claves si se piensa que uno ha venido al mundo - no para ser feliz a toda costa, porque se lo merece - sino para saber porque ha venido al mundo. Visto así, dos individuos hablan cuando sus discursos por separado son insuficientes y cuando es evidente la relación de necesidad entre los dos discursos. Es la mejor manera de saber que se dicen los hablantes y también quienes son los que se hablan. La felicidad, en todo caso, dependerá de la manera de elegir los discursos y los cómplices del diálogo. Y nunca será antes de vivir está experiencia. Y tampoco será porque te la merezcas, sino porque la has encontrado con esfuerzo. Y menos será eterna, sino efímera, como la estancia en uno de los claros del bosque por donde caminas. Sin embargo, nadie ha dicho que no la puedas volver a encontrar, en el próximo claro del bosque. Todo dependerá de como dialogues en el camino y de los cómplices que te acompañen.