jueves, 12 de mayo de 2016

INVITACIÓN

Cuando invito a alguien a participar en la Tertulia de Lectores siempre pienso, antes que en su momento de gloria como lector – ese que me ayuda a entender mejor a su lado la novela o el cuento que nos haya convocado – en el momento de su traición, que es también el de mi fracaso. Y todo viene a cuento de que bien el anfitrión, servidor, o el invitado no nos hemos hecho entender suficientemente como para saber, de una vez por todas, que hacemos ahí juntos delante de un narrador que reclama por igual nuestra atención.

En lo que a mí respecta como anfitrión, tengo claro que invito al lector, como la Dirección General de Tráfico obliga anualmente a los coches a hacerse la ITV, o como los médicos de cabecera recomiendan a los ciudadanos a hacerse un chequeo periódico sobre el estado de su salud, o como lo dentistas nos recomiendan una limpieza anual de nuestra boca. Y lo hago convencido de que el lenguaje, al igual que los coches y el cuerpo, se desgasta con el uso cotidiano al que lo sometemos. Perdiendo por causa de ese uso indiscriminado o abusivo la principal función a la que está destinado como seres de razón y habla que somos, a saber, renovar nuestra condición irreductible de ser seres simbólicos en el proceso de la comunicación con los otros. Dicho de otra manera, nosotros sólo podemos acceder a la realidad mediante símbolos o metáforas interpuestas. Como tal realidad en si está vedada a nuestros sentidos. De otra manea mas, nosotros no hablamos directamente de lo que vemos o percibimos, sino de lo que hacemos con lo que vemos o percibimos y de lo que hace con nosotros eso que vemos o percibimos. El lenguaje humano no es competente respecto al trato con la literalidad de la realidad, sino con el de su representación.

Si sabemos lo efectos que se derivan del desgaste del coche o del cuerpo, pero no tenemos conciencia de lo que ocurre cuando se nos desgasta el lenguaje cotidiano. Aquí reside el principal escollo. Hablamos y hablamos, en esta época que vivimos más que nunca, pero creemos que siempre se nos entiende, cuando, muy al contrario, yo pienso que cada vez nos entendemos menos. La rutina del uso hace que vaya perdiendo su vigor significativo y quede únicamente, como si de una herramienta más se tratara, su valor instrumental. Como nos sigue siendo útil en nuestras transacciones diarias, nos despreocupamos de renovar aquel valor significativo que es lo mismo que renovar nuestra capacidad de pensar e imaginar. Hete aquí que, sin darnos cuenta, nos hemos incapacitado como seres de razón y de palabra, eso que nos diferencia de los demás animales que pueblan el planeta. Y al igual que los animales domesticados pierden su condición de cazadores o voladores, pudiendo solo subsistir en lugares cerrados y vigilados, los seres humanos sin capacidad de pensar e imaginar al haber perdido la capacidad de simbolización del lenguaje, solo podemos subsistir sin ser molestados en lugares donde no penetre ese aire desestabilizador y depurador al mismo tiempo, que arrastran tras de sí las palabras que han renovado su valor simbólico y significativo. 

Hecho el diagnóstico, la pregunta continúa: ¿cómo salimos de este embrollo en el que nos meten impulsos tan impuros como oscuros e ingobernables, tan poco medibles como la pereza, la vanidad, el desdén, la falta de valor y de coraje, etc., ocultos todos tras la armadura con que paseamos por la ciudad nuestro palmito profesional, familiar, social, personal,…? Pues de lo que se trata no es tanto hablar mejor o peor, es decir, quedar bien, sino decir algo sobre algo. No todo de algo, ni todo de todo, ni no saber qué decir, todo lo cual debería estar “penado” por la comunidad de hablantes responsables de la vitalidad simbólica y significativa del uso del lenguaje en la ciudad.