sábado, 6 de febrero de 2016

CUANDO EL NARRADOR, SEGÚN EL LECTOR, VA CONTRA SU PERSONA

Abrimos una novela, y alguien nos habla: el narrador. ¿Por qué nos habla alguien? ¿Qué quiere de nosotros? Evidentemente quiere que le escuchemos? Pero, ¿por qué quiere que le escuchemos? No es tan evidente: ¿quiere que le escuchemos o sólo quiere hablar? El ha escogido hablar, ¿nosotros escogemos entre escucharlo o no escucharlo?
Pero si no le escuchamos muere, desaparece. ¿Por qué dejamos que alguien nos hable? ¿Abrir el libro implica que ya hemos decidido que queremos escuchar? ¿Puede estar seguro el narrador de que nace con eso ganado?

Abrimos un libro y nos encontramos con una voz que cuenta el relato, una voz que propone y dispone los

acontecimientos, expone y presenta a los personajes y los espacios, y que incluso sabe callar cuando hablan
otros. Ese saber callar - en un mundo tan dado a la palabrería sin tino ni contención - no es lo menos sustancial de esa voz que nos cuenta, y esta formado por toda una gama de silencios, retiradas y abstenciones.

Se puede decir lo mismo de otras diferentes maneras, pero siempre tengo la sensación de que ese tipo extraño, al que convencionalmente desde principios del siglo XX se le llama Narrador, esta ahí para ir en contra de los intereses de la persona del lector. Como si este lector no quisiera ser interpelado por las convenciones narrativas del tiempo en 
que le ha tocado vivir. Sus mohines y la cara de estupefacción así me lo corroboran. ¿Cómo si este lector no si sintiera interpelado por convención alguna? ¿Cómo si su vidas se hubiera quedado sin música, sólo trabajo o su carencia? ¿Es exagerado afirmar que una voz, que viene del mas allá, o que no se sabe de dónde viene, se inocule de repente en su vida, y que el lector tema que eso sea una forma de "matarlo"? O lo que es igual, ¿qué se afiance en su conciencia o su alma eso que no se puede tener y lo que nunca puede existir? Si fuera así, leer para ese lector, ¿es un puro ejercicio de arbitrariedad extrema, el correlato necesario de "sólo trabajo o su carencia"? Lo que no es de extrañar ya que esta actitud, por otro lado, es la gran convención que hoy domina sobre la actividad lectora, a la que, igualmente por convención, nadie le da abiertamente la espalda, salvo algún que otro "trastornado" que se enorgullece en público de no haber acabado de leer un libro en su vida.

Ir contra la persona del lector vendría a ser, entonces, como ir contra esa arbitrariedad, tan proclive en su actitud y su ánimo. Por ello pienso que es justamente eso - contrariedad, desánimo y, si hiciera falta, cabreo o enfado - lo que aquel experimenta frente a la exigencia y la necesidad de saber, de forma prioritaria e inaplazable, quien es el narrador. Un saber que está determinado, como es fácil deducir de los dos párrafos iniciales, por el hecho de averiguar como se ha construido la voz narradora y como está justificada su presencia delante del lector. Es decir, si es creíble y si tiene autoridad para decir lo que dice. Y, también, como no, por la distancia entre narrador y lector, entendida ésta no como magnitud sino como tensión. Una tensión que le sirve al lector para evaluar el grado de implicación que el narrador y él mismo tienen frente al relato que comparten juntos.