jueves, 15 de diciembre de 2016

SULLY, película de Clint Eastwood

El ser de Sully, lo que es realmente Sully como persona o como ser humano, se encuentra oculto bajo el velo de la utilidad y de la verdad científica que constituye a su profesión de piloto. Sin embargo, la vida, es decir, el vuelo imprevisto de unos pájaros se topa con la técnica, es decir, con el vuelo previsto del  avión. Aunque, para ser más preciso, lo debo decir al revés, desde el punto de vista de los pájaros, o de la vida: el vuelo que desde siempre han hecho los pájaros se topa con el vuelo programado en el tiempo presente por la técnica - pues los pájaros o la vida no prevén, los pájaros o la vida se despliegan y viven - que mueve al avión que pilota Sully.

Al piloto Sully le dicen, cuando comunica a la torre de control el accidente que ha sufrido debido al vuelo de los pájaros, que vuelva al aeropuerto de La Guardia. El piloto Sully comprueba que los dos motores están incendiados y no cree que pueda superar la barrera de rascacielos que obstaculizan la vuelta al aeropuerto de La Guardia, donde la utilidad científica del controlador dice que tiene que volver. Sin embargo, el impacto con la vida, es decir, con el vuelo de los pájaros, ha dejado al descubierto la habilidad poética que esconde todo adiestramiento técnico, ha dejado al descubierto al ser de Sully. Y cuando recibe desde la torre de control la orden de volver al aeropuerto de La Guardia, Sully se da cuenta de que el río Hudson es una pista de aterrizaje, o afluviaje, con mejores garantías que la que le ofrece el controlador aéreo desde la torre de aquel. No fue un choque arbitrario, vino a decir en la comisión de investigación, fue un afluviaje perfectamente imaginado por la condición de ser humano que hay oculta en mi profesión de piloto. La exactitud técnica se apartó y dejó paso al instinto poético, a eso poderoso que todos llevamos dentro, y Sully construye una arriesgada "obra de arte", una "perfomance", una "intervención", un acto poético en medio del Hudson, haciendo del avión algo más que una máquina o una cosa o un útil, sino un protagonista más, en fin, una obra, como muestran los planos generales con los 155 pasajeros congelados pero salvados, devueltos a la vida, pero también reconciliados plenamente con ella al haber estado, seguro que como nunca antes, tan cerca de la muerte. Ser, vida, muerte, avión, Hudson, un cuadro existencial impagable.

Seguramente Eastwood no ha leído a Heidegger, y éste seguro que nunca visitó Nueva York,  es igual, yo voy leyendo al alemán a trompicones y muchas veces de forma indirecta, y tampoco he estado en la capital norteamericana. Pero los tres sabemos lo que da de sí la mirada de los ingenieros. Ello ha posibilitado que hayamos coincidido en la ciudad más tecnologizada del mundo que, como todo lo que cae bajo esa influencia, oculta debajo de semejante apariencia el poder de su misterio, a orillas de una río también de fuerte atracción imaginaria en su papel de pista improvisada de afluviaje.

Sully tuvo que desobedecer las órdenes de los ingenieros, cierto, ¡qué escándalo, señores comisionados!,  pero es que, como dice el mismo en la comisión de investigación, un ingeniero no es un piloto. Haciendo así irrelevante e inservible toda la impedimenta técnica de la Torre de control del aeropuerto de La Guardia, tal y como lo muestra la cara de desolación y derrota del técnico de la misma cuando se entera - después de perder la señal del avión en pantalla, lo que a su manera técnica de entender significa que no ha habido supervivientes - que todo ha ido bien fuera de pantalla, es decir en el río, ese lugar inexistente y, por tanto, no previsto por la pantalla, sobre cuya superficie los pasajeros flotan sanos y salvos.

Para todo esto Eastwood ha desplegado una puesta en escena que por imperativos de la industria hace un poco larga la película - una película corta, no un corto, equiparable a una novela corta o una nouvelle en literatura, es un metraje que le hubiera sentado mejor a esta historia - en la que me parecen destacables las carreras de Sully por las calles de Nueva York, las frecuentes conversaciones telefónica con su mujer diciéndole, una y otra vez, que la quiere, la cantidad de planos cortos que muestran su rostro demudado y demediado, mediante lo cual Tom Hanks pone a prueba su talento interpretativo: la modulación de la voz, el desafío corporal, la mirada elocuente, etc., para liberar al ser humano Sully de la armadura del piloto que lo tiene aprisionado y que, casualmente, se llama también Sully.