miércoles, 30 de enero de 2013

EL CINEASTA FEO, LA VIOLINISTA BUENA Y EL FILÓSOFO MALO


Habitan en la misma ciudad, dentro de un radio de acción de dos kilómetros. Esta es la crónica apresurada de la existencia de sus almas, antes de que cada una se enfrente a las fuerzas ocultas de su destino.

Tienen cuarenta, veinte y sesenta años. Y por este mismo orden se dedican a la imagen, la música y a las palabras. Los mismos elementos que imaginan el mundo. Y, también, los dos mitos que lo abarcan todo: el involutivo (venimos de los dioses y vamos a peor), el evolutivo (venimos del mono y vamos a mejor).  ¿Cómo no tenerlos en cuenta a la vista de estos tres personajes singulares? ¿Cómo seguir creyendo en el conocimiento objetivo de la realidad, si a medida que lo intentamos solo somos capaces de imaginarla. De nuevo el salvaje western nos proporciona un campo de acción inmejorable para trajinar y distorsionar todo eso.

El cineasta feo, experimentador con imágenes, ajeno a que son ellas las que acaban experimentando con él. En el límite de su experiencia experimentadora sabe que no le queda mucho tiempo por experimentar hacia adelante. Que la línea de su oeste se cierra sobre sí misma, que el tiempo será pronto otro y que ya no será el suyo. Ni cree en los dioses, ni en los monos. ¿Cómo podrá entender que solo puede aspirar a sobrevivir como un hombre sin atributos? Ha dejado de creer en la libertad de las praderas, y en la espiritualidad del indio.  Empieza a creer, tocándose el bolsillo, en la seguridad de las cercas y en quien pueda quedar dentro de ellas. Empieza a estar cansado, y sueña con un rancho y su ganado, y su huerto y su río. Y su mujer y sus hijos.

El filósofo malo será la verdadera víctima propiciatoria de la conquista del oeste. No tanto por causa de sus palabras como por pensar que ellas pueden controlar los vendavales de las praderas, que serán los que, al final, lo empujen a la pira del sacrificio, a la que acudirá despreocupado como un carnero. Señor y juez de la horca nunca creyó en los dioses, él es el dios supremo, y nunca le templó el pulso al tener que condenar a los hombres que no creían en el campo de acción de sus palabras. ¿Cómo hacerle entender que viene de los dioses, pero que es la muestra palpable de la degradación de su herencia? No dando crédito a lo que ocurre, acabará sus días hablando solo  como los monos, al lado del abismo de cualquier desfiladero.

La violinista buena cree firmemente en la libertad de las praderas y en el espíritu nómada e ilimitado del indio. En su música delgada de cuerda y en el viento de la de sus colegas. Frágil y estilizada, como su música, está dispuesta a patearse el continente siguiendo las indicaciones que produzcan sus sonidos, hasta alcanzar el beneplácito supremo de los dioses. Ofreciéndole, sin proponérselo, una posibilidad de redención al cineasta feo y al filósofo malo. ¿Como va a creer que viene del mono, ella que aspira a tocar la música celestial que sostiene y mueve la bóveda del mundo?