viernes, 9 de septiembre de 2011

MOBY DICK, de Herman Melville


LOS BENEFICIOS DE LA PERPLEJIDAD

Solo empiezo a leer cuando no se nada. Cuando creo que se algo, lo único que hago es comparar lo que leo con lo que se y comprobar si está a esa altura, que es la medida de todo lo demás. Pura petulancia. Después de pedalear al lado del Elba me he echado al mar, inmerso en la lectura de Moby Dick.

Moby Dick no es de este mundo. De nuestro mundo, de ese que hemos construido con la racionalidad civilizada. En lo que leo normalmente hay un eje moral reconocido que me reconcilia tarde o temprano con el texto. En Moby Dick no existe. A la falta de moralidad, la gente respetable, lo llamamos salvajismo (porque no la ha adquirido nunca) o corrupción (porque la tuvo y la ha perdido en el roce con la vida). En el mar de Moby Dick ni una cosa ni la otra, pero sí todo eso y lo demás a la vez.

Nada más presentarse Ismael, da la impresión de que es uno de los nuestros, de nuestro mundo, de mi mundo, pero luego se zambulle en el mar a la caza de Moby Dick, y al final se que es el único superviviente. Por tanto, comienza a escribir con ese estigma de estar con vida de milagro. Esa dualidad de ser uno de los nuestros y serlo también de un mundo desconocido que parece que viene del mas allá, es la atmósfera general del relato. La tengo que aceptar si quiero seguir navegando, si quiero contarlo de después de haber leido. Tengo que aceptar que a parte de mi pequeño mundo de racionalidad civilizada hay otros mundos con otra razón y otras razones.

¿Es Ismael el portavoz de ese mundo? ¿Desde donde habla? ¿Porque quiere que le escuche. Llamadme Ismael. ¿Se llamaba de otra manera antes de zarpar? ¿Por qué elige este nombre de indudables resonancias bíblicas. Ismael el hijo del padre de todos los padres fundadores de nuestra tradición bíblica, Abraham. Como venido de la noche de los tiempos. ¿Qué me importa a mí todo esto? Duro de pelar para nuestro pragmatismo literalista.

No es baladí la alegoria de Melville imaginada hace siglo y medio. Pronto seremos devorados por las fauces insaciables de los mercados, ese nuevo Leviatan que no se sabe de donde viene ni quien es ni donde habita. Lo único que sabemos es que, como la ballena blanca, tiene un instinto depredador impredecible. Disculpe, pero me tengo que agarrar a algun flotador moral si quiero seguir leyendo.