viernes, 7 de diciembre de 2018

MUERTES DE PERRO

Alguien le debió decir a Pinedito, cuando entonces allá en el pueblo de San Cosme, que la sombra de Antón Bocanegra iba a ser alargada, muy alargada. Alguien también le debió soplar al oído, en alguna de las reuniones que Bocanegra celebraba en el baño con sus más fieles allegados, que la dictadura del “Padre de los pelaos” (tal era su apodo cuando medraba sin parar en la oscuridad para sentarse el sillón presidencial del Palacio Nacional) es, su sombra así parece hoy confirmarlo allí donde se proyecta, una dictadura militar de corte decimonónico, con sus espadones de cocorota emplumada, sus asonadas esperpénticas, su costra provinciana, sus casposos opositores, etc. Alguien por último le tuvo que decir a Pinedito (es más que probable fue que algún corresponsal centro europeo de esos que cubren algún aspecto del entramado folclórico con el que los regímenes tipo Bocanegra se legitiman ante el mundo) que estos nada tienen que ver con el fascismo italiano, el nazismo alemán o el estalinismo soviético, totalitarismos todos ellos nacidos al calor y el entusiasmo de la hipermodernidad vanguardista del principios del siglo XX. Dicho de otra manera (le aclararía a Pinedito insistiendo en que cogiera buena nota al respecto), si estos dictadores modernos tuvieron el apoyo de las mentes más preclaras de la modernidad europea de la época, ¿quienes de los cerebros pensantes de esas fechas honran con igual determinación e inteligencia la dictadura de Antón Bocanegra? Así que siguiendo mi costumbre de hace unos años, decidí seguir la actualidad, digamos, analógica, de la mano del ínclito narrador y cronista que me acompaña en este momento, PINEDITO, y que construyó Francisco Ayala para dirigir la orquesta polifonica que da forma a su novela de inequívoco corte cervantino y total actualidad, “Muertes de perro”. Que mejor artefacto demoscópico que un tullido en la corte de cualquiera de los Bocanegra que pululan hoy a lo largo y ancho del planeta, que hablan y razonan como si se encontraran en plena asonada esperpéntica, otra para colección de su particular siglo XIX donde viven y obligan a vivir. Item más, van y vienen de boca en boca, aparecen y desaparecen en las diferentes panatallas, como si formaran parte de la colección de los tipos delirantes que la cordura loca de don Quijote y su leal escudero Sancho van sacando a La Luz en su andar por esos caminos de Dios tan oscuros como impenetrables. ¿Qué mejor narrador que no parecerlo, como el del Quijote? ¿Qué mejor demoscopia que la que siempre falla, pues sirve para nutrir al esperpento que nunca declina? ¿Qué mejor circo para seguir chapoteando en esa sombra alargada que nos ha legado Antón Bocanegra? ¿Qué falta le hacen las estadísticas a los Tadeos Requena, Conchas, Loreto, Luisillo Rosales, Chino López, Aitenor Malagarriga y el resto de fauna que hoy llenan el censo electoral de esas democracias de economía emergente que suspiran porque venga a poner orden el Bocanegra de turno? PINEDITO, fuera del foco narrativo, les preguntaría a los votantes actuales de las democracias formalmente existentes, ¿de que os asombráis ciudadanos-con-el-encefalograma-plano de que haya subido al poder Bocanegra II, no lo hizo su nemesis hace unos años y lo llamasteis Bocanegra I? Que PINEDITO tiene autoridad como narrador, como amo y señor de lo que cuenta ahí dentro donde, paradójicamente, no cuenta nada, ya me parece evidente después de leer el libro. Pero las preguntas que se desprenden a continuación no se hacen esperar, son las siguientes, ¿de donde le viene esa fuerza y poderío narrativo, esa autoridad, a este tullido invisible ante quienes lo rodean y lo escuchan? ¿Qué se lo otorga, su invisibilidad? Nada como acudir a mi querido John Berger para aprender algo del asunto en uno de los pasajes de su Cuaderno de Bento. Tiene que ver con una de las visitas que hace al Museo Del Prado. Dice así, “voy a última hora de la tarde al museo a ver los bufones y los enanos de Velázquez. Encierran un secreto que me ha llevado años comprender y que, tal vez, todavía se me escapa. Velázquez pintó a esos hombres con la misma técnica y la misma mirada escéptica y carente de crítica con la que pintó a las infantas, los reyes, los cortesanos, las doncellas, los cocineros y los embajadores. Sin embargo, entre él y los bufones había algo diferente, algo cómplice. Y su discreta y tácita complicidad tenía que ver, creo yo, con las apariencias, es decir, en ese contexto con la pinta y la facha de la gente. Ni ellos ni el pintor eran unos inocentones o unos esclavos de las apariencias, mas bien jugaban con ellas: Velázquez como un maestro ilusionista; ellos como bufones.” Yo creo que PINEDITO sabe bastante de este juego, ¿cómo, sino, ha sobrevivido en la corte de Antón Bocanegra? ¿Y de dónde saca tanta lucidez y autoridad para contarlo? Como seguro es que también ha leído la Ética de Spinoza. Me refiero a ese pasaje que Berger elige, en su diálogo con el pensador holandés, para dar entrada al lector a la visita que hace a los bufones de Velázquez en el Museo Del Prado. Dice así Spinoza, “Mientras el cuerpo humano está afectado por un modo que implica la naturaleza de un cuerpo exterior, el alma humana considerará ese cuerpo como presente y, consiguientemente, mientras el alma humana considera como presente un cuerpo externo, esto es, mientras lo imagina, el cuerpo humano está afectado por un modo que implica la naturaleza de ese cuerpo externo...”