jueves, 27 de diciembre de 2018

ESPONTANEIDAD EDUCATIVA

David Hubel (desde 1960 trabajó en el departamento de neurofisiología de la Universidad de Harvard, y en 1981 recibió el premio Nobel por sus trabajos sobre la fisiología de la corteza cerebral, específicamente aquella parte del cerebro que se relaciona con la visión) afirmó, después de efectuar una demostración impecable, que el cerebro es una máquina que ejecuta sus tareas conforme a las leyes de la física. Daniel Villaescusa, pedagogo contratado por el ministerio de educación para impulsar un nuevo modelo para la enseñanza basado en las teorías demostradas de Hubel aplicadas a la pedagogía en la era digital. Sin embargo (al parecer de los críticos, tanto de uno como del otro campo de investigación), a partir de esa concepción neuronal demostrada por el fisiólogo y aplicada con la fe inquebrantable de un creyente por el pedagogo, han convertido el cerebro de los niños y las niñas que en la última década asisten a los centros educativos en algo que no es, lo mismo que su mente. La cosa, sin embargo, viene de lejos. Más o menos por aquella época en que Hubel llevaba a cabo sus investigaciones cerebrales y que Villaescusa acababa de llegar al mundo, el estado sueco decidió acabar con la dependencia de sus ciudadanos, algo que a su entender (uno tener que estar pendiente del otro y de lo otro) era un estorbo de matriz religiosa que impedía alcanzar los ideales de una sociedad moderna, democrática y laica, fundada y fundamentada en la locución de un ciudadano u voto. Fiel a ese principio, debieron pensar las autoridades suecas, el individualismo sin restricciones debe ser el único motor de la sociedad escandinava. El plan, llevado a cabo por una nueva generación de políticos entre los que se encontraban el malogrado Olof Palme, consistía en que las instituciones estatales se encargarían de que todos los ciudadanos pudieran autorrealizarse. Es de suponer que de este ambicioso programa, puesto en marcha después de arduos debates sobre su viabilidad, no estuvieron ausentes esas intuiciones que las nuevas investigaciones neurofisiológicas en marcha acabarían confirmándose pocos años después. Para entender mejor estos giros de la humanidad, nada como echar mano de la metáfora de la luna, a propósito del ejemplo de Calígula recientemente comentado. Que el sueño de poseer la luna es el símbolo que mejor representa, al menos dentro de la cultura occidental, la insaciabilidad de que están hechos nuestros deseos, fuente, a su vez, de nuestra perfecta infelicidad y de los “crímenes” que a su costa no dejamos de cometer, parece algo evidente, si tenemos en cuenta las páginas y obras de arte en general que llevan este tema de una u otra manera. De nada ha servido que el 19 de julio de 1969 el primer hombre diera los primeros pasos por la superficie lunar. Lo único que demostró aquella epopeya, producto genuino de la guerra fría entre potencias que controlaban el terror nuclear, fue que la tecnología, que desde entonces no ha dejado de invadir nuestras vidas con formas cada vez más sofisticadas, sirve para apuntalar más nuestros deseos insaciables y, sobre todo, para justificar éticamente los “crímenes” cometidos en su nombre. Lo más representativo de esta evolución (que se inicia hace cuarenta años con las intuiciones neuronales de Hubel  y la autorrealización de los ciudadanos suecos a cargo de su propio estado y concluye, de momento, con la política del Facebook, que domina la vida política y educativa en la actualidad) es que la autoexpresion se ha impuesto a la de la persuasión y el yo identitario al nosotros comunitario. Daniel Villaescusa, comprometido activamente con la nueva pedagogía, tiene claro que la espontaneidad de los niños, que muestran nada más nacer, es el principal soporte en que se debe apoyar la potencia de su futura creatividad. Es por ello que lleva trabajando desde hace años, dentro de la comisión de renovación pedagógica del Ministerio de Educación, para que los diseños curriculares de las escuelas e institutos tengan este principio vertebrador como eje prioritario e irrenunciable de toda la estrategia docente para el centro donde cada uno de aquellos se deba aplicar. Lo que Villaescuasa no tiene en cuenta, al parecer de algunas voces críticas que ha salido dentro del ministerio y en el seno de la comunidad educativa, sobre todo de quienes llevan dando clase desde hace ya muchos años, es, como lo repiten una y otra vez, que la teoría de Hubel y sus aplicaciones docentes, por parte de Villaescusa y los defensores de la nueva pedagogía, convierten al cerebro en algo que no existe, por ejemplo, dentro de la caja craneal de los alumnos. Sin embargo, es comprensible dentro de la lógica matemática que lo inspira, dicen los docentes más tradicionales, que el mecanicismo del funcionamiento cerebral, tal y como lo entiende Hubel, si se adapte, como la mano al guante y aunque sea una paradoja, al principio de espontaneidad del alumno y su capacidad de autoexpresarse cuando, como y donde le pete, vía Facebook fundamentalmente, tal y como lo defienden, a su vez, el nuevo pedagogismo imperante. Y es que no hay nada más previsible del comportamiento humano que la espontaneidad por sí sola, que nos  asemeja así a las conductas de los animales. Solo cuando sobre esa espontaneidad de índole animal actúa lo propio de la naturaleza humana, a , interrogar, dudar, etc, en fin, pensar, la espontaneidad encuentra la dificultad necesaria no prevista de lo otro y los otros, que tiene que superar y con quien tiene que dialogar si quiere obtener los beneficios que ocultan toda su potencia creativa. En algunas de las enmiendas que han escrito los más críticos con el nuevo pedagogismo, y que se pueden leer en los diseños curriculares de los centros educativos, talmente en el que trabaja Ernesto Arozamena, vienen a decir que no hay nada que pueda ser visto si no entra en acción una particular configuración de la manera de percibir, hecha a base de experiencia y a base de cultura. El mecanicismo físico, como la corrección política, valen para apaciguar algunos efectos no deseados de las costumbres humanas, pero nuestro cerebro es algo más que un sin fin de neuronas en marcha, como si fueran legiones romanas a la conquista y dominación de los bárbaros que no se someten a las leyes del Imperio.