jueves, 26 de mayo de 2011

MIDNIGHT IN PARIS, de Woody Allen



ALLEN NO PERTENECE A ALLEN

Otro judio de Nueva York y de su misma quinta, Philip Roth, lleva metiendo en sus últimas novelas el proceso de decrepitud que supone el envejecimiento humano con la mayor naturalidad y su mejor talento. Envejecer es una putada, igualmente que el sol salga cada mañana, y, sin embargo, nos alegramos de que así sea, sin darnos cuenta de que cada nuevo amanecer nos acerca sin remedio a la gran putada. El significado de esta conexion trágica entre la Gran Alegria y la Gran Putada unicamente esta al alcance de quien ha disfrutado de muchos y diferente amaneceres, y de quien ha tenido que soportar un sinfin de putadas de diferente rango. Los mas viejos de la tribu, también los mas sabios. Quiero decir, que la vejez deberia servir para explicar al mundo un obviedad de su mismo tamaño: que la muerte es la última y definitiva forma de certificación de la vida.

Al parecer Allen no ha optado por este camino. En los últimos años de su vida le gusta pasearse por Europa haciendo películas de encargo, a gloria y beneficio de la ciudad que pone su termino municipal para dar cabida al movimiento de sus cámaras. El resultado es que la ciudad correspondiente gana muchos enteros como postal turística, pero los personajes ya no se nutren de su alma porque es inexistente. Ni les hace falta, ya que salen a escena para otro cometido. Fíjese si es así, que eligió de guia a la primera dama francesa. Ella misma todo un personaje.

Durante toda su vida escaso del amor de los suyos, Allen busca en el continente europeo lo que no tiene y necesita. Y aquí ha sido donde mas se han visto y querido sus excelentes películas, porque se piensa que no hablan de nosotros. Es muy comprensible, por tanto, que como un hijo sin familia conocida acuda a quien siempre lo ha acogido con honores y reconocimiento. Y se ha dado cuenta, además, que tampoco es muy dificil conseguirlo, teniendo en cuenta el desdén que por el Tio Sam se respira, como si fuera el aire, en Europa. Y en Francia ni le cuento. Como todo narrador Allen quiere ser escuchado, y hace lo indecible para que así sea. Incluso dejar de ser Allen, para convertirse en su imitador mas torpón. Qué importa eso después de lo que nos ha hecho disfrutar con sus pelis neoyorkinas. Qué importa si nos da un paseo por la ciudad de la Luz. Total, por cinco euros y medio. Nadie lo va a hacer mejor ni mas barato.

Ni la nostalgia, dando vueltas así por París, es ya lo que era. Es otra cosa. Me vino a la cabeza el show de Buffalo Bill y su espectáculo del Salvaje Oeste, que exhibio por diferentes ciudades europeas. Es ese momento y ese mismo tempo narrativo. Cuando todavía se escuchaban los latidos del original, la copia apresurada cabalgaba y danzaba despreocupada bajo una carpa de circo, entre tiros y plumas, ajena ya a todo aquel acabamiento. Allen se nos acaba y Owen Wilson se da una vuelta por el París de los años veinte, a la busca del tiempo perdido. Hay mucho de circo de provincias en la forma de representar a toda esa fauna esplenderosa de aquellos años. Hay mucho de pasen y vean a: Picasso, Scott Fitzgerald y Zelda, Getrude Stein, a la mujer barbuda y al pintor tullido Toulouse Lautrec. Y tal.

Me recordó a los innumerable imitadores de Charlot. Con la mejor voluntad lo intentan, pero el hombrecillo del bigotito es irrepetible. Lo mismo ocurre con ese sujeto neurótico y charlatan, bajito y feo, que nos enseñó Manhattan, y nos introdujo en los hogares y las almas de sus moradores de una forma inimitable y transoceánica. Ni el mismo Allen lo puede hacer, aqui radica su falta de humildad. Allen es un personaje que ya no pertenece al director de cine Allen. Lo que le conviene es escribir sus memorias, llenando los huecos que no le permitió el cine. Y allí encontrase con sus otros y verdaderos fantasmas. Todos sus admiradores saldremos ganando.