sábado, 14 de noviembre de 2015

SOBRE CREER Y NO CREER AL MISMO TIEMPO

Uno de los peligros que tiene el estilo de vida y el uso el lenguaje costumbrista es que no permite ver las cosas de otra manera. Nuestra mala educación, de la que somos receptores y transmisores, hace que demos por indiscutible que Dios está siempre de parte de nuestras creencias y pensamientos y, por ende, de nuestra vida. Pasan los años, llegan esas crisis que ponen todo para arriba, el mundo se congestiona como nunca antes lo había hecho, las enfermedades neuronales progresan adecuadamente en nuestros cerebro, las almas, en consecuencia, se envilecen a un ritmo más acelerado, aunque los cuerpos quieran torcerle el brazo a la naturaleza apareciendo más jóvenes que nunca. En fin. 

Lo que quiero decir es que nos hacemos mayores. A pesar de todo ello - aunque ahora que lo pienso puede que sea debido a todo ello - no quepo en mi asombro al comprobar cada día la cantidad de gente que, de manera indubitativa, sigue diciendo en público que dios está de su parte. Lo que en versión laica quiere decir sentirnos plenamente satisfechos de nuestra buena educación - ¡si, como una costra sobre todas las voluntades y leyes habidas y por haber, prevalece la misma idea desde hace 100 años!; esa idea que en 1900 consiguió que el 65% de la población fuera todavía analfabeta total (12% en Francia, 5% en Alemania), y que hoy tiene en su honor conseguir que el 65% de la población no lea un libro nunca, ni de papel ni digital, y además se sienta muy orgullosa -, de nuestro inveterado optimismo, de nuestra irreductible ecuanimidad. Orgullosos de esos dones que nos hemos otorgado para convivir entre "seres humanos civilizados". Porque así creemos que somos y nos lo merecemos. Pero no se nos ocurre pensar, faltaría más, que fueran una colección de engaños para amedrentar y dominar a quien tenemos al lado. No se nos ocurre pensar que pensaríamos, entonces, de nosotros mismos. Cómo vivimos, eso es lo que habla de nosotros.

La ficción de la costumbre, esa que necesitamos vivir para que las cosas tengan sentido, está bien al menos durante un rato. Se me ocurre, la fiesta sorpresa de los cincuenta o de los sesenta. No mas. Pero solo ese rato, no toda la vida. Tratando de no darla, encima, como herencia a los vástagos. Pero, ¿qué culpa tienen ellos? ¿Qué culpa tiene la ficción de los delirios costumbristas de tanto adulto mal educado y pero acostumbrado? No nos engañemos. Afortunadamente los niños y la ficción saben perfectamente lo que quieren y lo que hacen con lo que quieren. En el caso de los primeros, por ejemplo, saben que existen los reyes magos aunque los juguetes los compran los padres; y la ficción sabe que sólo a través de sus historias se nos presenta la única oportunidad de acercarnos a la Verdad. 

Somos los adultos actuales los que hemos perdido esa capacidad primordial de creer y no creer al mismo tiempo. Somos los adultos actuales - sujetos, como dice el filosofo Han, a la obsesión de nuestro rendimiento - los únicos que pensamos ciegamente en una única realidad posible. La contante y sonante. La realidad que construye la costumbre de pensar siempre de la misma manera y en la misma dirección. Una dogmática costumbre, también auto explotadora. 

Lo que se pretende con las Comunidades de Experiencia Lectora, también conocidas como tertulias literarias, es crear un espacio y un tiempo donde además de "protegernos" de esta insana costumbre, poder volver a creer y no creer al mismo tiempo. Donde aprender a conversar y pensar a la vez, en ese tiempo y espacio que dan forma y sentido a nuestras tertulias. Leer en la edad adulta significa "volver a leer" como un niño. Es decir, volver a relacionarnos con las palabras con ese grado de asombro y perplejidad que tiene el niño cuando las escucha por primera saliendo de la boca de su madre. Creer así y al mismo tiempo no creer, ya que una parte sustancial de la vida, a diferencia del niño, ya ha pasado por nosotros. Esa sensación de creer estar leyendo algo que es y que no es ajeno, me parece lo más característico de la lectura adulta. Que trasladado a nuestra vida diaria vendría a ser como esa sensación de creer que hay algo a nuestro alrededor que nos pertenece y no nos pertenece al mismo tiempo. Como pueden deducir, nada que ver con la modorra que produce creer y pensar siempre de igual manera, cuyo correlato es ocupar siempre el lugar idóneo en compañía de familiares y amigos que, como no, nos conviene creer que son irreprochables.

viernes, 13 de noviembre de 2015

SOBRE LO QUE DA QUE PENSAR CUANDO UN AVIÓN SE CAE

Si somos capaces de conllevar el espectáculo mediático y la frase hecha que tenemos como una píldora entre los labios mientras miramos la TV: menos mal que yo no iba ahí dentro. Si poseemos el suficiente valor para sobreponemos a nuestra ansia de exactitud, al temblor y el temor a la ingobernabilidad que llevamos dentro. Si tenemos el coraje de aceptar que, como decía Nietzsche, la lucha de las fuerzas de la naturaleza no ponen moral sobre el mundo. Entonces, ¿podremos convenir que Andreas Luwitz no estaba loco, o al menos no de forma diferente de lo que podían estarlo los 150 pasajeros que se llevó con él a la tumba? ¿No de forma diferente a todos los que hemos visto los efectos de la colisión desde la butaca del comedor de nuestra casa? ¿Qué pasa cuando vemos por TV, de forma inesperada e inopinada, estas catástrofes? ¿Qué pasa con lo que nos pasa? 
 
Siempre he oído a los ingenieros que un avión es una artefacto tecnológico diseñado de manera exacta. Matemáticamente no se puede caer nunca. Los fallos que pueda tener en el cumplimiento de su función son debidos siempre al otro lado del factor humano, que es inexacto e imperfecto. Entonces, ¿cómo es que un ser inexacto e imperfecto puede imaginar un artefacto exacto para cumplir la función empírica de llevar a seres inexactos e imperfectos, que, a su vez, pueden viajar imaginando artefactos exactos, de un lugar a otro? ¿Cómo expresamos la tensión entre estos dos atributos humanos, la exactitud matemática (avión) y la aproximación a los acontecimientos que protagonizamos? (caída del avión en los Alpes, 150 muertos?

En su libro "Seis propuestas para el próximo milenio", Ítalo Calvino destaca, al respecto de lo que he dicho, dos ejemplos en el capítulo titulado Mutiplicidad. El primero forma parte del pasaje que da comienzo a la novela "El zafarrancho aquel de Via Merulana", de Carlo Emilio Gadda. Ingeniero, filósofo y neurótico. Dice así: 

"Entre otras cosas, el doctor Ingravello sostenía que las inopinadas catástrofes no son nunca consecuencia o efecto, si se prefiere, de un motivo solo, de una causa en singular; antes son como un vórtice, un punto de presión ciclónica en la conciencia del mundo y hacia el cual han  conspirado una porción de causales convergentes. Decía también nudo u ovillo, o maraña, o rebullo, que en dialecto vale por enredo. Pero el término jurídico 'las causales, la causal' es el que de preferencia brotaba de sus labios: casi a su pesar. La opinión de que fuese menester reformar en nosotros mismos el sentido de la categoría de causa según nos venia de los filósofos, de Aristóteles o de Inmamnuel Kant, y sustituir a la causa por las causas, era en él una opinión central y persistente, casi un idea fija, que vaporaba de sus labios carnosos, pero mas bien blancos, donde una punta de cigarrillo apagado parecía, colgando de la comisura (...) La causal aparente, la causal príncipe, seria una por descontado. Pero el suceso era el precipitado de toda una gama de causales que soplando a pleno pulmón en las aspas (como los dieciséis vientos de la rosa revolviéndose a un tiempo en una depresión ciclónica) acababan por estrujar en el remolino del delito la debilitada razón del mundo"

Unas pàginas más adelante Calvino trae a colación un párrafo de la novela "El hombre sin atributos", de Robert Musil, también ingeniero y filósofo, para mostrar otra manera de expresar esa aproximación a los acontecimientos humanos que mencionaba al principio. 

"Para Musil- dice Calvino - el conocimiento es conciencia de lo inconciliable de dos polaridades contrapuestas: la que llama unas veces exactitud otras matemáticas otras espíritu puro otras directamente mentalidad militar, y otra que llama unas veces alma otras irracionalidad otras humanidad otras caos. Una matemática de las soluciones singulares: ese era el sueño de Musil."

El párrafo de "El hombre sin atributos" dice así:

"Pero Ulrich había estado a punto de decir otra cosa, una alusión a los problemas matemáticos que no admiten una solución general sino más bien soluciones parciales cuya combinación permite aproximarse a una solución general. Hubiera podido añadir que el problema de la vida  humana también le parecía de este tipo. Lo que se llama una época (sin saber si con ello debe entenderse siglos, milenios o el breve lapso que separa al escolar del abuelo), ese amplio y libre río de situaciones sería entonces una sucesión desordenada de soluciones insuficientes e individualmente equivocadas, de las que solo podría resultar una solución de conjunto exacta cuando la humanidad fuera capaz de asumirlas todas. En el tranvía que lo llevaba a su casa, siguió pensando..." ( vol I, parte II, cap. 83).
 
En un pasaje de la novela "Ruido de fondo", del escritor norteamericano Don DeLillo, el narrador se expresa así:

"El avión había perdido potencia en sus tres motores y se había precipitado desde los diez mil metros de altitud hasta apenas cuatro mil. Más de seis kilómetros. Se oyó una voz procedente de la cabina de mando: «¡Estamos cayendo! ¡Nos vamos abajo! ¡Somos una máquina letal, brillante y plateada!» A los oídos de los pasajeros, aquel arrebato sonó como un desmoronamiento total y absoluto de la autoridad, la competencia y la presencia de ánimo, y respondieron con una nueva salva de desesperados aullidos. (...) Entonces se oyó una segunda voz masculina procedente de la cabina del piloto, una voz calmada y precisa que hizo creer a los pasajeros que, después de todo, había alguien al mando, algún elemento de esperanza: «Habla el vuelo dos-uno-tres de American dirigiéndose a la grabadora de a bordo. Ahora ya sabemos cómo es. Es peor de lo que nunca habíamos imaginado. En el simulador de Denver jamás nos prepararon para una cosa así. Nuestro miedo se ha vuelto puro, tan despojado de distracciones y presiones que ha llegado a convertirse en una forma de meditación trascendental. En menos de tres minutos aterrizaremos, por así decirlo. Encontrarán nuestros cuerpos diseminados en algún campo humeante, desencajados aún por las macabras posturas de la muerte. Te quiero, Lance".

Andreas Lubitz, copiloto del avión que el mismo hizo estrellar, dijo en una ocasión, según ha confesado su novia a un diario alemán: “Algún día haré algo que cambiará todo el sistema y todo el mundo conocerá mi nombre”. Fíjense en la exactitud de "Algún día haré algo..." y "todo el mundo conocerá mi nombre", que abrazan como un oso a la obscura ambigüedad del alma que esconde la frase que queda en medio, llena de potencialidades y conjeturas múltiples: "que cambiará todo el sistema."

Según una nota de prensa, una semana después de la caída del avión, el presidente de Lufthansa, Carsten Spohr, indicó que "se necesitará tiempo" para conocer lo que pasó con el vuelo de su filial de bajo coste Germanwings que se estrelló en los Alpes franceses el pasado día 24 de marzo. Spohr visitó junto con el presidente de Germanwings, Thomas Winkelmann, la zona próxima al lugar de la tragedia, rindió homenaje a las víctimas y agradeció el trabajo de los servicios de rescate franceses. Pero se negó a responder a las preguntas de los periodistas y se limitó a hacer la siguiente declaración:

"Sentimos que este lamentable accidente haya podido producirse. Lufthansa siempre ha hecho de la seguridad su prioridad. Lamentamos las pérdidas humanas, no tenemos palabras para expresar lo que sentimos."

Y para acabar una pregunta perturbadora, ¿vio Andreas Luwitz, antes de hacer descender su avión, suavemente, en medio de los Alpes, el primer episodio del largometraje "Relatos Salvajes", del director Damián Szifron? Y si fue así, hasta que punto, viviendo en comunidad como vivimos, somos responsables de la infelicidad de los demás? ¿Merecemos morir por ello? ¿Es el Yo Faber evolucionado en Yo Digital un tipo fiable, como para que pueda vivir sin control? ¿Lo es la comunidad que lo educa? ¿O mas bien es la cultura de esa comunidad, que es la nuestra, la que lo convierte en un bárbaro? ¿Los occidentales hemos llegado hasta aquí por qué confiamos demasiado en nuestra incertidumbre? ¿O mas bien, por qué, paradójicamente, somos alérgicos a ella pero demasiado permeables a los éxitos tecnológicos, siendo el avión el más notorio sin discusión? Ícaros, al fin.  Entonces, de cara al futuro, ¿exigiremos menos incertidumbre y, en consecuencia, menos derechos individuales? ¿O más incertidumbre y nuevas ambiciones tecnológicas e imaginativas? ¿En qué proporción? Este extravío lenticular que aqueja a la óptica de la sociedad occidental actual, no evita de momento que oficialmente las 150 muertes de los Alpes nos las relaten, y nosotros así las oigamos, de forma impotente, como una colosal injusticia. Pero las muertes del primer relato salvaje de Szifron, a cambio, ¿nos acercan mejor a la verdad sobre el mundo en que nos ha tocado vivir? ¿Qué relato es más necesario o conveniente, según decidamos, para el porvenir de nuestra existencia?

jueves, 12 de noviembre de 2015

EL PROCESO, novela de Franz Kafka

Decir que el narrador de la novela de Franz Kafka, “El Proceso”, señala, mediante la peripecia de Joseph K., nuestra condición de sujetos por estar sujetados al mundo - lo cual nos hace sentirnos inexplicable pero significativamente culpables – es resaltar lo más interesante de esa voz. Una voz narradora que habla al margen de lo que formulen en su propio beneficio las diferentes teorías - incluida la teológica – lo que no implica que sus palabras nos animen a levantarnos a favor de nuestra liberación. No estamos, para entendernos, frente a un panfleto, o una denuncia de la injusticia que habita en el mundo. Y tal y tal. Nuestra condición de seres sujetados y culpables habla hoy, tal y como se desprende de las palabras de ese narrador, de nuestra insignificancia en un mundo sin Dios y con todas la utopías cumplidas, es decir, fracasadas. O si se quiere, muertas de éxito. Entonces, ¿culpables del éxito de sus despropósitos? Lo cual no impide que para alcanzar los leves cambios a los que ya sólo podemos aspirar, nos guste montar estruendosas algaravías apocalípticas. Sólo nos queda una posibilidad: saltar de la condición de sujetos sujetados, porque sino nos caemos, a la de individuos libres. Abandonando nuestra inveterada necesidad de transcendencia sometiéndonos a un fin exterior, y poniendo en marcha todo el potencial de lo que llevamos dentro, formando, por ejemplo, comunidades de experiencia. La tertulia literaria en que participo, ¿qué es o debería ser, sino? Una experiencia individual única e irrepetible con el lenguaje. Un experiencia que tiene vocación inequívoca de encontrarse con otras experiencias, a su vez, únicas e irrepetibles.

Volviendo a la peripecia de K., y en comparación con la nuestra, ¿quién está más cerca de lo real? ¿Quién está fuera de la ideología, o la teología? ¿Quién no se conforma con los meros datos positivistas? ¿Quién? Joseph K. Y es que K. nos está diciendo, por si todavía no nos habíamos enterado, que somos así. De vuelta a la caverna, después de que hemos perdido el manto protector de todas las iluminadas promesas de salvación celestial y laica, somos así. Mejor dicho, somos incorregiblemente así. ¿Es esa evidencia, no su aspecto monstruoso que todos padecemos ya sin darnos cuenta, lo que nos asombra? Josep K. nos habla al centro de nuestra humana cotidianidad, pero es casi seguro que nosotros nos encontremos iluminados a años luz (valga la redundancia lumínica) de ella, envueltos por el vapor de nuestras tozudas ensoñaciones tardías. 

¿Hay alguien ahí?, parece clamar en vano el arrestado y condenado, aunque inocente, Joseph K.
Pero aún así, las preguntas siguen zumbando en la atmósfera de la novela para el lector que quiera oírlas. ¿Qué es ser culpable? ¿Qué es ser acusador? ¿Qué endiablada relación hay entre culpable y acusador? ¿Por qué es culpable K.? ¿Por qué somos nosotros culpables? ¿Por ser como somos, o, por no ser como los demás? ¿Quiénes son nuestros acusadores? ¿Por qué no detienen y encierran a K.? ¿Por qué no hacen lo propio con nosotros? Sólo arrestados. Joseph K. y nosotros, sólo estamos arrestados. ¿Ningún lector se atreve a responder a estas preguntas? ¿No es acaso un problema de capital importancia para nuestros intereses cotidianos? Pero, ¿podemos hacerlo desde nos encontramos? ¿Cómo vamos a hacerlo, si nos encontramos tan entretenidamente alejados de donde se cuece la verdad del Proceso de nuestra Vida? Pero, ¿dónde se cuece la verdad de ese proceso? ¿En la escena primera del arresto? O, ¿en la escena final de la ejecución?

Las palabras de “El Proceso”, que en una primera lectura sumergen al lector en un ambiente de desconcierto total, ofrecen en una segunda lectura algo más de la luz de que son capaces, mostrando, y esto es lo más importante de ese momento efímero, las líneas de sombra que de forma apabullante y persistente las rodean. De negra sombra. Ese es el mapa y la brújula que nos ofrecen esas palabras del narrador si queremos seguir su itinerario. Unas palabras tan ajustadas a lo que la realidad tiene de hiriente como de imposible su cicatrización, debido a la quietud del tiempo en el que habita esa realidad que nos describe el narrador. Todo lo cual impide radicalmente el entretenimiento o la distracción del lector.

Oigámoslas en ese momento en que los guardianes llevan ya un rato en casa de K. Un empleado de banca que todavía no da crédito a lo que le está pasando. Ya que como todo hombre moderno no cree en lo invisible, ni en el cielo, ni comprende nada mas que lo que tiene delante, todo lo demás es oscuro para él. Como todo hombre moderno sólo cree, fijaros, en si mismo. Tanto cree en si mismo que sólo cree en la justicia que puede comprar. Pero, como todo hombre moderno, es un impaciente, no sabe esperar. Ni sabe desentenderse de lo que le dicen los guardianes inferiores que han entrado en su casa sin su permiso. Entonces contrata un abogado para que lo defienda de lo que ignora: ¿por qué lo han declarado culpable? ¿Por qué no lo han detenido? Contrata a un técnico para defenderlo de una culpa sin nombre. Y de unos acusadores sin rostro. La culpa y la acusación de quienes no creen en el pecado. La culpa y la acusación de quienes son incapaces de comprender a los demás. La culpa y la acusación de quienes no creen en nadie. La culpa sin nombre persiguiendo al acusador sin rostro, será hasta el final del relato el alimento del constante solipsismo de K. Y del hombre moderno. Será, en definitiva, lo que nos mueve erráticamente durante toda la novela de nuestra vida. El abogado, como técnico o  experto, es el único acompañante de quien se fia K. a lo largo de buena parte del Proceso de su vida. Un técnico que, como no, cobra por sus servicios. Pero cerca del final K. lo despide. Entonces, en el colmo de su arrogancia, decide defenderse así mismo, saliendo a buscar al acusador sin rostro que le imputa una culpa sin nombre que, paradójicamente, parece que tiene la vitola de laica y democrática. Frente a un acusador sin rostro, una culpa sin nombre pegada a un culpable sin fe, que no entiende que pueda haber otra camino que lleve a otra Ley y a otro Tribunal. Los cuales aparecen, a lo largo de su itinerario, insobornables e invisibles ante su rala mirada, pero con una determinación implacable sobre todo lo contable y medible, santo y seña de la vida de K. Y de todo hombre moderno. 

En fin, ¡qué fantástica fábula sobre el entretenimiento que es, en definitiva, nuestra existencia actual, hasta que llegue el último suspiro! Oigamos esas palabras con atención, pues.

“Sin quererlo, K. se dejó arrastrar a un diálogo de miradas con Franz, pero luego abrió sus papeles y dijo: ‘Aquí está mi documentación.’ ‘¿Y a nosotros que nos importa?’, gritó entonces el más alto de los guardas. ‘Se porta usted peor que un niño. ¿Qué es lo que quiere? ¿Pretende acelerar el fin de su maldito proceso por el hecho de discutir con nosotros, los guardianes, sobre documentación y órdenes de arresto? Nosotros somos empleados inferiores que poco entienden de documentación y que, en su caso, no tienen otra cosa que hacer mas que vigilarlo las diez horas diarias, y para eso les pagan. Esto es todo lo que somos, aunque estamos en condiciones de comprender que las altas autoridades a quienes servimos, antes de disponer un arresto como el suyo, se han informado muy a fondo sobre las razones del arresto y la persona del arrestado. No hay errores. Los que nos mandan por lo que he visto hasta ahora (y solo conozco los grados inferiores), no tratan, por así decirlo, de localizar la culpabilidad entre la población, sino que, como dice la ley, se sienten llamados por la culpabilidad y entonces nos envían a nosotros, los guardianes. Esta es la ley. ¿Dónde cabría el error?’ ‘Es una ley que no conozco’, dijo K. ‘Tanto peor para usted’, dijo el guardián. ‘Me parece que solo existe en su imaginación’, dijo K.; habría querido meterse de algún modo en los pensamientos de los guardianes, volverlos a su favor o bien amoldarse a ellos. Pero el guardián se limitó a decir, con un gesto de desaprobación: ‘Mira Willem, admite que no conoce la ley y afirma al mismo tiempo que es inocente.’ ‘Tienes toda la razón pero no hay forma de que entienda nada’, dijo el otro. K. no insistió. Pensaba: ¿Tengo que dejar que me confunda la charlatanería de estos órganos inferiores, como ellos mismos reconocen ser? En cualquier caso es evidente que hablan de cosas que no entiendo. Su seguridad sólo es posible gracias a su estupidez. Si pudiera cambiar unas palabras con una persona igual a mí, todo quedaría  muchísimo más claro que hablando interminablemente con esta gente.”

miércoles, 11 de noviembre de 2015

EL REGALO DE REYES, cuento de O'Henry

Es habitual en las conversaciones entre lectores, cuando uno de ellos le dice al otro que está leyendo tal o cual libro, tal o cual cuento, una pregunta por parte de este último que de forma invariable dice así: ¿de qué trata el libro o el cuento de qué me hablas? Hoy en día, después de haber oído todos los argumentos posibles, que siempre son más o menos el mismo, sólo puede haber una respuesta atinada: trata de cómo se lee el libro o el cuento en cuestión. De eso va el cuento "el regalo de reyes."

Hay algo de lo que no nos podemos librar: el paso de tiempo. Ese transcurrir que nos ha hecho seres adultos, es lo que hace que nuestra lectura, necesariamente, acaba siendo una lectura adulta.Ya que al contrario de los niños que toman la ficción por verdad, y de los adolescentes que la toman por falsa, los adultos o mayores de edad lo somos porque tenemos, de forma mas o menos explícita, un acusado sentido de la realidad, lo cual es imposible sin tener al mismo tiempo, lo sepamos o no, un sentido de la ficción.

La felicidad no es placer ni éxtasis. Es poder ver juntos el sufrimiento y la dicha. Es la visión de lo que no debe ser separado. Es saber distinguir dolor y daño. Es discernir que el dolor pertenece a la vida y el daño es lo que hacemos con el dolor. Todo eso lo acaban experimentando, es decir, sabiendo, y nosotros a su lado, los enamorados protagonistas de "El regalo de reyes". Y es que este cuento va, sobre todo, de una experiencia inigualable e irrepetible con el lenguaje de su narrador.

Ah, y si alguien todavía que piensa, como Jim al principio del cuento: "Si el rey Salomón hubiese sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim habría sacado su reloj cada vez que pasase, solo para verle mesarse las barbas de envidia", decirle que el rey Salomón no es conocido tanto por sus tesoros - de esos monarcas ha habido muchos a lo largo de la historia de la humanidad - sino porque, al parecer, pedía con insistencia al Eterno que le concediera un corazón inteligente. Ese que al final del cuento acaba implantando a sus protagonistas, y, después de un denodado esfuerzo, también a todos los lectores y lectoras que lo leímos en su compañía.

martes, 10 de noviembre de 2015

LEVANTAD, CARPINTEROS, LA VIGA DEL TEJADO, de J.D. Salinger

El relato que sigue es el que elige Seymour, el hermano mayor del narrador de la novela de Salinger, para contárselo a su hermana de diez meses, Franny, con la intención de que le desaparezca el berrinche que tiene."Franny jura hasta hoy - dice el narrador - que se acuerda de Seymour leyéndoselo":

"El Duque Mu de Chin dijo a Po Lo: 'Ya estás cargado de años. ¿Hay algún miembro de tu familia a quien pueda encomendarle que me busque caballos en tu lugar?' Po Lo respondió: 'Un buen caballo puede ser elegido por su estructura general y su apariencia. Pero el mejor caballo, el que no levanta polvo ni deja huellas, es algo evanescente y fugaz, esquivo como el aire sutil. El talento de mis hijos es de nivel inferior; cuando ven caballos pueden señalar a uno bueno pero no al mejor. No obstante  tengo un amigo, un tal Chiu-fang Kao, vendedor de vegetales y combustible, que en cosa de caballos no es modo alguno inferior a mi. Te ruego que vayas a verlo.'
El Duque Mu así lo hizo y después lo envió en busca de un corcel. Tres meses más tarde volvió con la noticia de que había encontrado uno. 'Ahora está en Sach'un', añadió. '¿Qué clase de caballo es?', preguntó el Duque. 'Oh, es una yegua baya', fue la respuesta. ¡Pero alguien fue a buscarlo, y el animal resultó ser un semental negro! Muy disgustado, el Duque mandó a buscar a Po Lo. 'Ese amigo tuyo - dijo - a quien le encargué que me buscara un caballo, se ha hecho un buen lío. ¡Ni siquiera sabe distinguir el color o el sexo de un animal! ¿Qué diablos puede saber de caballos?' Po Lo lanzó un profundo suspiro de satisfacción. '¿Ha llegado realmente tan lejos?'- exclamó -. Ah, entonces vale diez mil veces más que yo. No hay comparación  entre nosotros. Lo que Kao tiene en cuenta es el mecanismo espiritual. Se asegura de lo esencial y olvida los detalles triviales; atento a las cualidades interiores, pierde de vista las exteriores. Ve lo que quiere ver y no lo que no quiere ver. Mira las cosas que debe mirar y descuida las que no es necesario mirar. Kao es un juez perspicaz en materia de caballos, que puede juzgar de algo mas que de caballos.'
Cuando el caballo llegó resultó ser una animal superior."

En la siguiente página el narrador dice:

"He reproducido el cuento, no sólo porque invariablemente me aparto de mi camino para recomendar una buena prosa pacificadora a los padres o hermanos mayores de los niños se diez meses, sino por una razón totalmente distinta. Lo que sigue a continuación es el relato de un día de boda de 1942. Es, a mi juicio, un relato completo, con un principio y un fin, y personajes, todos propios. Pero como conozco los hechos, creo que debo mencionar que el novio ahora, en 1955, hace mucho que ha muerto. Se suicidó en 1948, mientras pasaba las vacaciones en Florida con su mujer...Pero lo que en realidad quiero decir eso esto: Desde que el novio se retiró definitivamente de la escena, no he conocido a nadie a quien pueda encomendarle que salga a buscar un caballo en su lugar."

Toda lectura creativa debe ser, para que no sea un informe demostrativo o una noticia de actualidad, un intento de relacionar de manera no causal, no una unidad de datos sino una serie de acontecimientos que suceden simultáneamente, no la exactitud del destino de los mismos sino sus condiciones de posibilidad. Serie de acontecimientos simultáneos de la que forma parte, como no puede ser de otra manera, la experiencia del propio lector. Al fin y al cabo, el acontecimiento mas importante en toda experiencia lectora. La condición de posibilidad más extraordinaria que tenemos a nuestro alcance.

La vida de un lector es lo menos parecido que hay a la praxis ideal, que decía Aristóteles. He aprendido a distinguir entre los lectores agrimensores - esos que leen midiendo y contando con clara intención de causalidad, y los lectores que saben algo mas que de caballos. Se nota en su mirada y en lo que dicen. En como mueven las manos y en lo que ocultan con lo que dicen. En si su empatía con la lectura es cercana o remota, es decir, si le atraviesa o le resbala. O si ni siquiera es empatía, es un mera actitud funcional. Lo que quiero decir es que he aprendido a tratar con las apariencias con que cada lector viste la praxis ideal de su vida. Ya pueden imaginar, por tanto, que moderar una tertulia es una experiencia dura, agotadora, pero me coloca delante de una condición de posibilidad irrepetible: conseguir que, sin dañar demasiado las vistosas corazas de tan diversas apariencias, todos los lectores sepan al final algo mas que de caballos. Sobra decir que la experiencia de moderador es, también, una experiencia incomprensiblemente satisfactoria del fracaso. De lo que se trata al leer, como decía Faulkner al escribir, es de comprobar como fracasamos cada vez mejor. 

sábado, 7 de noviembre de 2015

HOUSE OF CARDS, serie de televisón

Me complace el congresista Underwood porque no es despiadado en el ejercicio de su profesión, que es, como todos sabemos, crisol y cocina donde se cuece todo lo peor y más abyecto del ser humano. Underwood me permite ejercer el derecho que tengo, como espectador y como ser humano, a la compasión hacia mis semejantes. Sin ese sentimiento puesto al día, nada vale en la ficción política y menos en la vida cotidiana. Sin ese sentimiento, todo queda a merced del cálculo de los técnicos y la demagogia de los fríos y crueles manipuladores de masas. Esas cucarachas asquerosas, como las nombró Iván Turgeniev, colega de Dostoeivsky, antes  de que se apoderaran del mundo en el que vivimos.

Me complace Underwood porque no es una cucaracha asquerosa. Ni lo es su mujer, ni nadie de los que los rodean. Es más bien una muestra acertada de la necesaria ocultación que nos permite salvaguardar y disfrutar del relato de la Ejemplaridad Pública Democrática. Encarnada en la figura del Presidente de los Estados Unidos de América. Una figura que representa cabalmente ese equilibrio entre la ficción y la realidad, entre lo que vemos y lo que es conveniente no ver, y que necesita para su narratividad a magos como Underwood. Una figura ejemplar y un narrador talentoso sin los cuales es imposible la democracia moderna, pensada tal y como lo hizo Thomas Jefferson.

Podemos leer la "Política" de Aristóteles, o "El príncipe" de Maquiavelo. Pero hoy también podemos, si no tenemos mucho tiempo y paciencia, ver un capítulo de House of Cards. Tres manuales del quehacer político que se conectan entre sí a través de los procelosos caminos que ponen en contacto la teoría y la práctica. La vida y la ficción política. La ventaja de Underwood sobre Aristóteles y Maquiavelo es que lo vemos, por ejemplo, comer chuletas en un callejón oscuro y oculto, y limpiarse los zapatos en el sótano de su casa. Actividades que ni Aristóteles ni Maquiavelo nos permiten experimentar en sus textos. Underwood con su relato, como digo, nos deja ver el lado compasivo que tiene la acción política, para que cumpla su verdadera función en el mantenimiento diario de nuestra humanidad. El relato de Underwood (no en balde pertenece al Partido Demócrata Americano) debe ser, antes que nada, el manual de instrucciones idóneo para todos los que se sienten todavía orgullosos de pertenecer a la clase política, antes que tengan la tentación de dar lecciones la señor congresista. Yo creo que les sentaría bien incorporarlo como relato de cabecera a su corazón inteligente. Si es lo que tuvieran o tuviesen. Así, los que si tenemos que ver su rostro todos los días, conseguiríamos librarnos de su postiza y desasosegante sonrisa, al adquirir sus labios, presumiblemente, un rictus, digamos, menos condescendiente, más ajustado, más representativo de lo que comúnmente nos rodea. No es descabellado pensar que, entonces, podríamos iniciar ese diálogo, siempre aplazado, entre electores y elegidos, entre gobernantes y gobernados. House of Cards también es conveniente para quienes nunca les interesó la acción política, porque tal vez tienen aversión al lenguaje que emplean normalmente sus protagonistas. No es para menos. 

A veces me pregunto, ¿por qué Underwood no baja nunca la guardia? ¿Por qué no aparece más a menudo como un ser humano con sus vicios y debilidades? Al final he llegado a una conclusión: porque es un arquetipo político. Porque es un manual exquisito de instrucciones del buen hacer político hoy en día. Porque su exigencia profesional me sirve como condición de posibilidad para medir cada mañana, pongamos, la escasez de talento político que nos rodea. Para eso me vale, como gesto breve y acertado de su humanidad, que lo vea comer chuletas y limpiarse él mismo sus zapatos. Eso lo convierte en un arquetipo humanizado, ejemplar en la arena pública que es donde habita, no en la estratosfera, ni en el cielo divino. La acción política de Underwood sirve para que no le pidamos a la acción política general lo que no nos puede dar, puesto que es propio de la filosofía y la poesía , y aprender a exigir lo que sí es propio de sus competencias, siempre ocultas por los humos de nuestras extravagantes ensoñaciones. Me sirve para aprender que se ha acabado el tiempo de los que entienden la acción política como salvación y liberación del pueblo, o del género humano, según las catequesis, puesto que sólo hay una liberación que valga: la que consiga librarnos de nuestros propios delirios y fantasmas. Constatación que me permite aventurar que la acción política actual debería servir para aprender a vivir juntos, el mejor antídoto contra aquellos delirios y fantasmas ancestrales.

No somos mejor personas que el señor congresista, ni tampoco ninguno de los que nos rodean. Sí, somos, sin embargo, peores estrategas en nuestras vidas, y mucho más soberbios y tiranos. Lo que me lleva a pensar que si tenemos más probabilidades de comportarnos, y vaya que si lo hacemos, como verdaderas cucarachas asquerosas. Por eso Underwood es honesto al mirar al espectador: "cuidado que te conozco, que eres heredero directo del quehacer de Napoleón, buen introductor de Maquiavelo en la Europa Moderna, pero que asfixió con su codicia el olfato estratégico teórico que poseía. Yo, sin embargo, busco sin desmayo conseguir lo que me propongo, sin tener que dejar en el camino cadáveres tan delatores como innecesarios".

Underwood es un estratega que respeta la sensibilidad e inteligencia del adversario, sabe que esa es la mejor garantía para la supervivencia del sistema democrático, lugar al que quiere seguir perteneciendo profesionalmente. Sin embargo, lo que hacen los émulos de Napoleón está más cerca de la aniquilación y del asesinato, propio de los sistemas totalitarios. Underwood no es, para entendernos, un psicópata del poder como tantos que nos rodean, es sencillamente un profesional del poder democrático que trata de hacer bien su trabajo, Tiene el poder, sí. Pero, sobre todo, tiene la autoridad, que se gana cada día tratando con quienes manda. Es con esa relación de complicidad, a través de la mirada directa de Underwood, cuando se disuelve esa hostilidad que existe en mi interior entre los ideales puros y estables de nuestra razón, y las realidades bastardas y mutantes de nuestra vida. Es como si nos preguntara: ¿qué harías, que pensarías, si tu estuvieras en mi lugar? Abriendo de esta manera, el campo de la corresponsabilidad democrática y el de la desacralización de las pasiones oscuras, al que niegan su existencia los antidemócratas contumaces.

Me conmovió, en el tercer capítulo, como actúa ante la imposibilidad de seguir en la mesa de negociaciones, donde se está debatiendo la muy importante ley de educación, porque  tiene que asistir, en su distrito electoral, a los funerales de una joven de 17 años que ha muerte en un accidente de coche. Noté un escalofrío cuando se dirigió a mi, en la conversación que mantuvo con los padres de la joven fallecida. Me volvió a insinuar con sus palabras: "no hace falta subrayar lo que tú y yo sabemos, que nuestra cabeza y nuestra corazón nunca están exactamente en el lugar de los hechos. Sencillamente porque es emocionalmente imposible, aunque técnicamente puede dar la impresión contraria. Nos mueven ciegos y ocultos intereses, que no siempre controlamos". Underwood va a al distrito donde lo han elegido, dejando la mesa de negociación de la ley de educación, porque piensa que electoralmente debe estar al lado del dolor inmenso de los padres. ¿Puede estar allí, dentro de ese dolor, por otros motivos que nos sean los electorales? ¿Podemos asegurar cabalmente que los motivos de los padres, son de mejor calidad que los del Underwood (otra vez los juegos sucios de la razón pura)? La intensidad de su dolor, de momento, los paraliza y los encona, mientras que a Underwood lo moviliza. ¿Quienes somos nosotros para juzgar la categoría de los sentimientos que acompañan a las conductas ajenas? ¿No se ríe el señor congresista, e invita a reír al espectador con los guiños que nos dirige, de ese idealismo trasnochado al que seguimos adictos, y que entiende la política como una forma talibán de la religión?

La democracia sólo es posible con tipos como Underwood, que nos miran a donde realmente existimos, no a dónde deliramos por existir. La democracia para los americanos ya es el paraíso. Es paraíso y es límite. Es todo lo que puede dar de sí la lucidez de nuestra imaginación política, tratando de que no llegue a ser calenturienta y, por tanto, intolerante y aniquiladora con otras formas de imaginar. Por eso, siguiendo a Platón, han expulsado a los poetas y fantasiosos de la Cámara de Representantes. No necesitan los americanos - queden al margen las excepciones por todos conocidas - cada vez que tienen un problema, hacer diagnósticos apocalípticos y emprender soluciones imposibles. Saben que el problema se tiene que resolver en el ámbito limitado de la democracia, que es también el del hombre "civilizado" y el de su reconocida "barbarie". Es eso que a muchos europeos nos falta aprender todavía, cada vez que tenemos conflictos entre nosotros. Pues tratamos siempre de fugarnos fuera del campo democrático, buscando las respuestas y las soluciones en lugares que no existen. O existen en el país de Nunca Jamás. Es decir, una fuga hacia la nada y una búsqueda en ninguna parte.

viernes, 6 de noviembre de 2015

LA MÚSICA DE LAS PALABRAS O LA MUSICALIZACIÓN DE LA LECTURA

¿Quién nos arroja al mundo? ¿Quién nos saca del mundo? ¿Qué le debemos al lenguaje que nos acoge inmediatamente después de ser arrojados? ¿Qué nos exige el lenguaje que nos desaloja del mundo?

Nada más nacer caemos, por efecto de la gravedad, en un espacio. Pero la primera mirada, la primera caricia, la primera palabra de quien se encuentra intencionada o con total falta de intención – que de toda hay en esto de traer seres al mundo - en ese lugar donde hemos caído pertenece ya, y hasta el final de nuestra vida, al tiempo. Aunque no lo sepamos, somos alguien porque lo somos en el tiempo, nunca en el espacio, donde solo podemos aspirar a ser algo, pues ya no hay sitio adonde ir. En fin, no hay Utopía. Y si no hay sitio adonde ir no hay trayecto. Sólo paseos peripatéticos. Si "La Biblia" fue el libro fundacional del relato lineal de la Creación del mundo, con la promesa de la Tierra Prometida como horizonte, "Ser y tiempo", "Verdad y método" y las demás obras de los pensadores que sintieron en directo la Experiencia Universal del Desastre, del acabamiento de toda esperanza de horizonte, ¿deberán ser los libros fundacionales del relato que venga después?, si es que todavía estamos a tiempo de contarnos algo. ¿Podemos contar nuestra existencia fuera del relato bíblico, o clásico, organizado dentro de las coordenadas espacio y tiempo? Yo creo que sí. La Biblia no la leía nadie, pues todos eran analfabetos, pero todos sabían seguir como linces el espíritu de sus palabras. Lo mismo puede pasar con "Ser y tiempo", una novelilla para los analbafetos que nos hemos quedado sin el manual de instrucciones de La Biblia. Aunque siempre existirán los historicistas y positivistas predicando en sus escuelas de objetivos, descubriendo los hechos y presentándolos al gran público. Y a falta de la tierra prometida, ofrecerán eternidad.

Después del concierto de música clásica, al que me invitaron unos jóvenes músicos, nos fuimos a tomar unas copas a un garito que ponía música pop y tal. Yo les dije que mejor que relajarse con música pop y tal, a mi entender les habría sentado mejor asistir como espectadores a un concierto de jazz. Yo creo que así se entendería mejor que hacen hoy unos jóvenes – imagino que la mayoría de educación republicana y laica - tratando de llegar a las más altas cotas del espíritu, mediante la interpretación de una música concebida originariamente en honor y gloria de Dios. 

La simultaneidad de esos dos estados de pureza, por un lado la potencia y fuerza del jazz antes de que sea proyecto, y por otro el proyecto de la música clásica cuando ha llegado a la cumbre, bien hilvanados en la conciencia tanto del que primero ejecuta como del que luego escucha, pienso que los hubiera colocado en el centro del tiempo a que me refería antes. Libres al fin de los historicistas y de la verborrea de sus objetivos positivistas. De otra manera y en plan divulgativo, es como decirle al ejecutor, recuerda que tu también fuiste potencia, y al escuchador, no olvides que, si te esfuerzas, tu también puede llegar lejos. El cohabitar en el tiempo iguala así, lejos y arriba, dos magnitudes que se reconocen definitivamente humanas y que dialogan sin oponerse. Para entendernos, el Jazz es a Platón (esquema original de las formas) como la Música Clásica es a Hegel (un proyecto acabado en lo más alto). 

Reconociendo su impureza debido a su relación condicionada con la vida, la música de las palabras deberían seguir un similar itinerario. Recorrido de la mano, pero sin abandonar la mutua sospecha y desconfianza - por eso es un recorrido impuro - entre el ejecutor-narrador y el escuchador-lector. Al fin y al cabo, una novela no deja de ser un concierto de voces que cantan palabras, no recién sacadas del diccionario, sino millones de veces usadas y sentidas con diferentes sentidos en el tiempo, pero afinadas escrupulosamente para la ocasión. Las palabras son como las teclas o las cuerdas, y van y vienen según las toque o sople el viento de la experiencia de quien las escuche.