Comprendí que yo soy mi peor enemigo cuando levanté la mirada en la biblioteca donde me encontraba, y al ver las estanterías llenas de libros me di cuenta que no había salvación fuera de ellos. Fue uno de esos ataques de ansiedad que tengo con frecuencia sobre el futuro que me espera y que no siempre logro dominar. Aunque siempre me he quejado que los humanos no sabemos expresar lo que sentimos, delante de mi había cientos de autores que ya lo habían hecho y estaban esperando que yo les prestara mi atención. Lo que me vino a la cabeza fue que Dios debe estar ciego al permitir que tantas miradas se hayan fijado y dado cuenta del universo que El mismo ha creado. Luego advertí que eso de buscar un chivo expiatorio divino no era muy humano. Así que al salir de la biblioteca pensé, no sin sonrojo, que pereza e ignorancia son los verdaderos enemigos de mi relación con el mundo.
