lunes, 10 de julio de 2017

EL VERDADERO MEDIO

Hay una cita sociológica, ahora no me acuerdo de su autor, que siempre me ha impresionado por la precisión con que define lo que mueve la vida de la clase media que sustenta la sociedad del bienestar, que vino después de las grandes catástrofes de matriz romántica que tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo XX. La frase en cuestión dice así: lo que mueve hoy la vida de la mayoría de los ciudadanos es una dinámica social permanente que los hace estar, dicen que felices, siempre en el mismo sitio. Años más tarde de escuchar esta frase en la universidad, le oí decir a Alexander Kluge en una entrevista la definición más estremecedora de esa clase media que se mueve sin parar en el círculo de sus cada vez más coloristas y estruendosas costumbres, el escritor y cineasta alemán nos define como pensionistas del mal. 

¿Lo importante para ti ha sido la familia, o el amor a la sabiduría? Lo importante es la amistad entre las almas que se desprende de ese amor a la sabiduría, que corre paralela, no al margen, de las contingencias sociales y personales de la corporación familiar actual. Tan moderna en sus ademanes externos, pero tan feudal en su espíritu oculto. Somos un equipo, ¿no?, escuché decir en una película, una vez más, a una hija mientras se dirigía a su padre en un momento de crisis en su relación paterno filial. Yo nunca he tenido una familia, se lamentaba amargamente otro de los protagonistas, el malo para entendernos, cuando descubren que ha sido el asesino del marido de su amante, con la que se disponía a formar una familia.  Somos una piña, somos un clan, somos una tribu, en fin, somos nosotros, enfrente de los otros, quienes no necesitamos del amor a la sabiduría para estar juntos, ¿no?  Quienes no necesitamos la comprensión de la vida - propia y ajena, individual y colectiva, presente y pasada-, de nuestra vida y de las que nos precedieron. Quienes podemos ignorar olímpicamente esa comprensión que nos hace sentir que somos, que estamos aquí, que en este momento estamos vivos, esa comprensión a la que Aristóteles llamó la felicidad.

¿No fueron las grandes catástrofes, que antes he aludido, el final aciago de una asunto interno entre corporaciones familiares feudales, que acabó por ensangrentar al mundo contemporáneo? Una lucha por el predominio de las dos grandes familias totalitarias, nazismo y comunismo, en que desembocaron la perversión de los ideales románticos de 1800: aspirar a alcanzar lo infinito dentro de lo finito. O dicho con el espíritu de aquellas palabras fundacionales: no desviarse nunca del verdadero medio, que llevamos también con nosotros - al igual que los que se mueven eternamente en la noria de sus amados hábitos - pero que imaginamos en las rutas excéntricas del entusiasmo y de la energía. 

Hacia el final de la novela de Doktor Faustus, de Thomas Mann, el lector se encuentra con una escena que representa esto que digo. Andreas Leverkun le confiesa a su amigo, entregado admirador de su talento y narrador del relato, que el objetivo principal que tiene al dedicarse a la música con tanto empeño es "asesinar" a Beethoven. Es decir, que su música haga innecesaria, hasta el olvido, a la de su compatriota y maestro. Después de sobreponerme, junto con el Narrador, al impacto emocional e intelectual de semejante confesión, logré entender,  no sin esfuerzo, el peligro que llevaba dentro el ideal romántico, alma de la modernidad occidental, al  tratar de alcanzar la eternidad dentro de los límites de lo finito de nuestras vidas. El nihilismo autoreferencial millenials, que es nieto de Leverkun, y que ha surgido de quienes administraron las cenizas de aquella colosal catástrofe que vino a continuación de su asesina declaración de intenciones, es antes una reacción reactiva y reaccionaria - fruto del olvido radical que preconizaba su inventor - que creativa. 


Fíjate que aunque haya fracasado, debido a su asesina desmesura, no significa que la mirada trascendente, en su justa proporción o verdadero medio, no siga interpelando a las vidas de los desconcertados seres humanos actuales. La mejor prueba de lo que digo es lo que da de sí la mirada autoreferencial y sabelotodo, atrapada en un maraña de pantallas sin fin. Cierto que hoy es muy difícil creer - después de las grandes catástrofes que lo asolaron en el siglo pasado y en el inicio de éste - que el mundo pueda ir a algún lugar que valga realmente la pena. Pero es igualmente cierto que si abolimos todas las distancias que pueda haber fuera de nuestro espacio de confort (dinámica social permanente para estar siempre en el mismo sitio), a fuerza de estar todo el día mirándonos el ombligo digital - en eso consiste la conducta autoreferencial sabelotodo - seremos nosotros los que acabaremos por no ir a ninguna parte. En mantener a toda cosa en nuestro imaginario aquellas distancias "infinitas", encuentra en el hoy desquiciado su razón de ser la conducta trascendente. No creo que haya que convertirse en un "asesino", o perseverar en ser un pensionista banal de aquellos males horrendos, para alcanzar tales propósitos trascendentes. 

domingo, 9 de julio de 2017

SOBRE EL ESTOICISMO

No sientes la cabeza, ponla a trabajar como no lo has hecho hasta ahora. Sienta el culo, este sí, y no salgas tanto de casa para entregarte a la nada con los saraos del estado y sus cuates. No salgas a hacer en la calle, lo que antes no lo hayas pensado en tu casa. No te entregues al confort horizontal del diván del psiquiatra al primer dolor del alma, ¿piensas que te va a decir realmente lo que te pasa?, no olvides que eres su cliente y el cliente siempre tiene razón. No pongas tu silla en cualquiera de los corrillos de los dolientes anónimos que hoy tanto proliferan, sean sus asistentes víctimas o verdugos. No vuelvas a los libros para dar lecciones, aupado en el estrado del aula de donde saliste humillado con tu cerebro hecho tu intestino, vuelve a los libros porque los amas y quieres manifestar tu amor en compañía de otros lectores amantes. No viajes a Oriente para encontrar lo que no sabes buscar en Occidente. No antepongas tu urgencia de decir todo de nada a la paciencia de escuchar al otro decir algo de algo. No hagas por hacer, ni hables por hablar, ni calles por callar, ni te juntos con los otros por estar juntos como hacen las ovejas. En fin, no te hagas el sabiondo.  No te aburras, ni te indignes porque el sol no sale por el oeste. Tío, que solo es ese el fundamento de tu malestar. 

Como dice Marco Aurelio, uno de los filósofos estoicos al que alude el vídeo que te adjunto:

“No te disgustes, ni abandones, ni te desanimes, si no te es posible realizar siempre cada cosa a tenor con rectos principios, sino que cuando fracases vuelve de nuevo y conténtate si la mayor parte de tus acciones son más dignas de un hombre, y ama eso a lo que retornas, y no vuelvas a la filosofía cómo un maestro de escuela, sino como los enfermes de la esponja y el huevo, como otro a la cataplasma o a la loción. Porque así demostrarás que obedecer a la razón no es nada, sino que descansarás en ella. Recuerda que la filosofía sólo quiere lo que tu naturaleza quiere, y tu querías otra cosa, no acorde con la naturaleza. Pues ¿qué otra cosa ha más dulce que esto? ¿Es que el placer no nos sorprende por este medio? Pero mira si no es más dulce la magnanimidad, la libertad, la sencillez, la nobleza de sentimientos, la santidad. ¿Qué hay más dulce que la propia sabiduría cuando consideras que la infalibilidad y prosperidad en todo provienen de la facultad de la inteligencia y el conocimiento?

viernes, 7 de julio de 2017

EL MISTERIO

“Los muertos iluminan la ruta de los vivos. Por eso leemos: para que se inflame una antorcha. Bajo su luz escribimos”. Parece un frase escrita por cualquiera de los escritores románticos de 1800. Sin embargo, no es así. La frase es del escritor mexicano Antonio Ortuño, que acaba de publicar su libro de cuentos, “La vaga ambición”, en los que cuenta la dificultad que tiene el protagonista para abrirse camino, como escritor, en un mundo en el que la estrechez de miras ha convertido lo ordinario en realmente ordinario. Durante largo tiempo el misterio no necesitó ninguna defensa especial. Cuando la investigación empírica de la realidad externa no estaba tan desarrollada todavía, los hombres y las mujeres se hallaban envueltos en lo inexplicable, lo oscuro y numinoso.
El misterio que todavía rodeaba el mundo de los románticos de 1800 los impulsaba a poner en marcha el prodigioso ejercicio de salir de sí mismos. A hacer desembocar las tensiones de su conciencia en lo desconocido, ofreciendo a la fuerza mercenaria con que todavía los sometía la naturaleza, una resistencia creativa que hacía aflorar la “mina de diamantes de nuestro interior”. Este es, a mi entender, lo mejor del legado de los románticos de 1800.   

Hoy la fuerza mercenaria se ha desplazado de la naturaleza al apabullante presencia de la tecnología, que ha conseguido al fin el logro que la animó secretamente desde la invención de la rueda, dominar a aquella de forma absoluta. En esta inversión de papeles hemos perdido la referencia de la naturaleza como amenaza pasando a “lo terrestre que ha de consumirse” y la referencia del cielo como lugar de trascendencia respecto a esa voluntad consumista cada vez más imperiosa. También la figura de Dios en ese cielo dejó de ser, no un mito como trató de imponernos la superstición religiosa, sino un lugar y una llamada, desapareciendo también, bajo el huracán tecnológico, algo imprescindible para toda voluntad trascendente: ¿qué y cómo se piensa en ese lugar? ¿Qué y cómo se piensa en ese lugar que no es el habitual donde habitamos o dónde tenemos puestos los pies? Desaparecieron el lugar y la llamada de la imaginación creadora. Y con ellos desaparecieron, su hermosura y su bondad, su densidad, su autoridad, su capacidad de conexión, conclusión, resolución, percepción, variedad, grandeza, en fin, desapareció el valor de su misterio.

Nada es tan aburrido en la totalitaria actualidad presente como, estando firmemente radicado cómo estás en internet, tener que atender a toda mirada o a toda palabra que aparezca en alguna de las pantallas que manejas. Nada hay nada más indigno y, ya puestos, tan indignante, como tener la obligación de decir algo sobre nada o posar ante alguien que es, en su reflexividad icónica, tu mismo. Nada hay más estéril que acoplar toda la esperanza de tu existencia a una forma de conocimiento que se circunscribe a cruzar de forma intermitente datos y algoritmos. Sin cielo y sin naturaleza, abrumado por las pérdidas y las deudas, sin misterio, o lo que es lo mismo, incapaz de dar sentido a lo ordinario, de dar a lo conocido la dignidad propia de lo desconocido y apariencia infinita a tu consciente mortalidad - tal y como nos enseñó Novalis -,  hoy solo te queda progresar hacia ti mismo, es decir, resistir creativamente en casa (pensar), antes de embarcarte hacia el progreso verdadero de tener la oportunidad de ver reflejado lo mejor de ti mismo en el otro y lo otro (pensar en compañía). Nada de lo cual  se encuentra en los agónicos saraos que el estado y sus cuates te organizan, a beneficio o cataplasma de tu aburrimiento e indigna indignación. Lo que tú lo vives, ingenuamente, como una certificación oficial de tu inmortalidad. Mira que te lo tengo dicho.

jueves, 6 de julio de 2017

ESTRECHEZ DE MIRAS

Era el gran temor de los románticos de 1800, ante la uniformidad creciente que habían traído los cantos y los cuentos de la revolución francesa. Llamaban filisteos (hoy millenials) a los que se acomodaban a una vida exclusivamente utilitaria. Lo recto y medido, aunque exteriormente sea espacioso, tiene el efecto paradójico de provocar un sentimiento de estrechez. Así la insatisfacción constante de los millenials en su deambular constante por internet, como paradigma de lo recto, medido y, ahora, de la velocidad instantánea de la luz. 

Fíjate, ante este panorama, lo que has perdido, tu mirada y tu voz romántica. Una pérdida que has trasmitido en forma de carencia irreparable a esos nuevos filisteos que has traído al mundo. Cuando fuiste joven te empeñaste en escribir el último capítulo de la revolución que vivieron los románticos de 1800. Te pareció poca felicidad aquella, la querías toda. Mientras tanto los nuevos filisteos que trajiste al mundo fueron creciendo entre la robótica y la incredulidad. No habían cumplido los diez años y la felicidad por la que tan febrilmente luchaste les empezó a saber a poco. Lo de ser felices estaba bien, pero sobre todo querían ser rabiosamente individuales. Autistas. Lo cual no te produjo el menor atisbo de disgusto ante aquella colosal tradición a tu ideario juvenil, al ideario de la historia de humanidad. Muy al contrario lo vistes, o al menos eso fue lo que te dictó el juego de las apariencias al que estabas subscrito, como una continuación imaginativa de tu lealtad revolucionaria juvenil, que, por cierto, tu nunca tuviste con los carcamales de tus padres. Algo estaba empezando a cambiar, a lo que no sabías cómo sobreponerte. El horizonte que dibujaban los filisteos que estaban a tu cargo, no era el que tú habías imaginado cuando eras joven, pero tampoco podías decir que hubiera una regresión al mundo de sus abuelos. Eso lo hubieras detectado a la primera. Menudo olfato tienes ante lo que huele a reaccionario. Era otra cosa el mundo que empezaban alumbrar tus vástagos filisteos. No sabías lo que era, pero tenía la vital de joven, y tu no quieres envejecer, así que te pusiste incondicionalmente de su lado. Desempolvaste, por si acaso, el programa esplendoroso de los románticos de 1800: “dar alto sentido a lo ordinario, a lo conocido la dignidad de lo desconocido, apariencia infinita a lo finito” (Novalis), pero ni con esas. Comprobaste que lo habías convertido en herrumbrosa superstición, que languidecía en algún rincón oscuro de tu alma - dices ahora - pero que cuando entonces habías declarado como inexistente. Entonces, ¿qué? Cómo no podía ser de otra manera, tu también te has convertido en un filisteo. Mejor dicho, te has convertido en un filisteo estrábico. Ves en lo que hay lo que le falta o lo que le sobra, ves, de repente, ante la lectura un libro la linea de fuga de la trascendencia, en fin, todavía no eres tan cínico como para no ver el mundo sin retrovisor, pero a la hora de la verdad el desparpajo digital de tus vástagos filisteos te vence, y acabas plegándote a sus exigencias: máxima regularidad y velocidad en el espacio de Internet y Repetición en el tiempo de la vida cotidiana. Ergo, no los molestes. ¿Hasta cuánto estás dispuesto a financiar tanto cansancio y aburrimiento? 

Siguiendo con lo que ya advirtieron los románticos de 1800, aunque el espacio parezca amplio y por el se pueda transitar a toda pastilla, la indignación y el aburrimiento que les son propios y apropiados a las personas racionales pero intrascendentes (sin vocación de ir más allá del balcón de su teléfono móvil), hacen todo irremediablemente estrecho alrededor de sus semejantes. Achicando, por tanto, el mundo. Creyendo verlo todo a esa velocidad, la estrechez de sus miras acaba por producirles ceguera.

miércoles, 5 de julio de 2017

QUIERO ESTO Y LO QUIERO YA

La única trascendencia posible en un mundo ensimismadamente laico es iniciar el camino hacia el otro y lo otro. Pero cómo llegar al otro y lo otro, cómo trascender dentro de la jaula de acero de la modernidad, tal y como definió Max Weber a esa peculiar forma de encierro en que consiste haber alcanzado las mal altas cotas de libertad según el programa de la ilustración, de matriz racional instrumental, que se ha ido imponiendo durante los últimos doscientos años de forma exclusiva y excluyente en el lado occidental del mundo. Mientras retardamos nuestra puesta en marcha, la jaula de acero se ha convertido en un teléfono móvil a una mano pegado y el sueño de la perfección se ha hecho universalmente digital, no dejando de producir monstruos, pero también pasiones, entre sus más fervientes usuarios de la generación millenials a un ritmo desenfrenado nunca antes visto. Ahí dentro todo cambia, todo es posible, todo lo quieren y todo lo quieren ya, pero, al fin y al cabo, después de haber cambiado muchas veces de jaula móvil todo sigue igual. Y viceversa: todo sigue igual, pero todo cambia aunque nos sea imposible dilucidar hacia donde, porque todo no deja de dar vueltas sobre sí mismo como una noria. De momento solo sabemos, porque es algo contable, que los millenials son los que más gastan de la actual sociedad hiper gastadora de consumo. Aunque no es descabellado pensar que exista una lucha atroz entre la soledad del encierro dentro de las pantallas y el anhelo de autenticidad fuera de esas jaulas: quedarse fuera del mundo o seguir construyendo el mundo. Aunque parezca increíble, es un dilema no del todo impertinente a la autista fogosidad militante de los millenials, pues, según los últimos estudios, los predicadores del asunto trabajan con ahínco en garantizar la lealtad de aquellos millenials que no disponen de cifras suficientes de dinero para gastar al ritmo que impone el sistema de encierro de las pantallas, a saber, quiero esto y lo quiero ya. De lo que se deduce, que no las tienen todas consigo. Habrán ganado alguna batalla pero saben que la guerra continua, intuyendo sin parar, aunque su artillería publicitaria diga lo contrario, que el tiempo cronológico no juega precisamente a su favor. Los millenials están hechos de un material frágil y delicado, que hace que envejezcan pronto y mal, lo que les hace temer que les dejen empantanado el negocio. Yo pienso que, sin dejarme llevar necesariamente por algún tipo de flaqueza romántica residual, apostarlo todo al quiero esto y lo quiero ya es, por su falta de significación, o por significar lo que significa el tic tac del reloj en el tiempo cronológico, lo que acelerará su acabamiento. Bien es verdad que el otro y lo otro esperan en otro tiempo que no es el cronológico. Y lo hacen con unas palabras que no son tan escuetas, imperativas e instrumentales. Que son palabras anteriores a los tiempos que dieron a conocer, con firme e inequívoca voluntad adánica, la racionalidad instrumental de la modernidad ilustrada. Que son, en fin, palabras de todos, de los que más gastan y de los que viven en la pobreza, de cuando no había jaula de acero, ni teléfono móvil a una mano pegado. Son palabras con historias que buscan otras historias, vinculadas aún tiempo de plenitud antes de que comenzara el tic tac del reloj de la Historia.

Los románticos de 1800, con su malestar ante la normalidad, anticipan la desazón por el desencanto del mundo a causa de la racionalización instrumental. Ludwig Tieck, en su obra Lovell,  se queja de que esa racionalidad instrumental, que ha impuesto la ilustración mediante el impulso napoleónico de la revolución francesa, haya descifrado osadamente todos los encantos, y de que el crepúsculo misterioso haya cedido su puesto a una artificial y gris luz del día. En un párrafo de esa obra escribe así: “Odio a los hombres que, con su pequeño sol de imitación, arrojan luz en todo crepúsculo íntimo y expulsan los deliciosos fantasmas de sombras, que habitaban tan seguros bajo la glorieta abovedada. En nuestro tiempo ha surgido una especie de día, pero la iluminación romántica de la noche y de la mañana era más bella que esa luz del cielo nublado”. 

martes, 4 de julio de 2017

EXISTENCIA INDIVIDUAL Y REALIDAD COMPARTIDA

La lectora que notó que a la novela le faltaba trascendencia, como decía ayer, sabe que la existencia del árbol no es lo mismo que la palabra que la nombra creando la realidad árbol, de ahí la necesidad de trascender desde la existencia del árbol, que se encuentra a la misma altura que la existencia de esa lectora en el momento de leer, hasta la palabra que crea la realidad árbol para poder sentir que ha leído y comprobar como ha leído. Es decir, para experimentar como la existencia humana de quién lee se ha convertido en realidad lectora. Acepta, digamos, la distancia estética que existe entre la existencia del árbol y la realidad del árbol creada mediante su representación verbal, como condición de posibilidad para que pueda llevar a cabo la lectura. Se ve a sí misma leyendo, pero dentro de esa distancia que hay entre ella y el Narrador que cuenta en la novela. Una distancia que viene definida por la intención y el sentido de aquel, y que si la recorre se acaba convirtiendo en la experiencia propia y apropiada de la lectora. Mientras que los lectores, que sentían que la novela estaba hecha a su medida, no solo creen que la existencia del árbol y la realidad árbol que la representa sean lo mismo, congratulándose que ambas se mantuvieran a la misma altura que la suya propia durante la lectura, sino que no se quedaban conformes del todo si la existencia del árbol que leían, valga la hipérbole para entendernos, no llevaba incorporada sobre el papel la función clorofílica que la define.

Los románticos de 1800, a pesar de ser unos entusiastas de la revolución francesa y de la racionalidad que la inspiró, no dejaron de mirar con atención en los abismos de los hombres. Después de comprobar lo que allí permanecía de manera inalterable, a pesar de los cantos de luminosidad revolucionarios, se mostraron desconfiados de esa racionalidad que se había hecho autoreferencial en el mismo acto revolucionario y que acabaría por ocupar de manera casi absoluta, doscientos años después y ya sin la molestia de los poetas, el imaginario de quienes hoy engatusan y se dejan engatusar por las luminarias de la revolución digital del presente. Ello fue posible porque los románticos de 1800 nunca dejaron de tener una visión trascendente de la existencia, aunque después sus vidas fueran por derroteros diferentes y contradictorios. Lo que me interesa resaltar es que, en esos años de fervor poético, no se dejaron conquistar por la idea de que pudieran verse a sí mismos viéndose a sí mismos viendo las cosas y las personas del mundo nuevo que anunciaba la revolución. Algo a lo que los principales líderes de aquel magno episodio y sus palmeros eran adictos, sin que les hiciera falta que mediara entre ellos la televisión y las redes sociales. Más bien se anticiparon e indicaron el camino donde debían poner sus kioskos de venta los comerciales y vendedores digitales actuales.

Novalis, uno de los poetas románticos más representativos de ese momento de 1800, era plenamente consciente de que sus reflexiones no estaban alentadas por el realismo político del momento revolucionario. En una de sus cartas reconoce que no hace otra cosa que poesía. En su ensayo “La cristiandad o Europa” deja patente su trascendencia poética, por encima del realismo político que lo inspira. Dejo una muestra de ello. 

“El buen observador considera tranquilo y despreocupado los trastornos del Estado en los nuevos tiempos. Los revolucionarios del Estado, ¿no se parecen a Sísifo? Acaba de alcanzar la cúspide del equilibrio y ya rueda hacia abajo la pesada carga por la otra ladera. Nunca se quedará arriba si una atracción hacia el cielo no la mantiene equilibrada en la cumbre. Cualquier soporte es demasiado débil si vuestro Estado mantiene la tendencia hacia la tierra. Pero si lo vinculáis a las alturas del cielo mediante una añoranza superior, si le dais una relación con el todo del mundo, entonces tendréis en él un resorte infatigable y recibiréis abundante premio por vuestros esfuerzos.”

lunes, 3 de julio de 2017

TRASCENDENCIA VERSUS AUTOREFERENCIA

En la última reunión de junio del club de lectura, no sé si debido al fuerte calor reinante, una de las lectoras en su turno de palabra dijo que la novela le parecía carente de trascendencia.  Los otros lectores, según la conducta lectora dominante en en esos foros, se limitaron a hablar de como se habían visto a sí mismos viéndose a sí mismo leyendo la novela, o sea, la novela, como todas las novelas que leen, les pareció perfecta y gozosamente autoreferencial, o hecha a su medida. Traigo a colación esta anécdota porque me parece que ilustra con acierto la coincidencia en el presente de esas dos maneras de mirar el mundo que vengo comentando en los últimos escritos, a saber, la postura romántica que no acaba de abandonarnos desde el pasado, y la posición de los millenials que no acaba del todo de hacerse con el imaginario del futuro. Lo cual me hace pensar que quienes ocupamos el presente, lo queramos o no,  estamos atravesados por estas dos fuerzas. No podemos no seguir siendo románticos, aunque nuestras poses sean de perfectos millenials. No podemos no ser millenials aunque nuestras poses sean de perfectos románticos. Y es que los románticos en su aspiración por alcanzar lo infinito dentro de lo finito acabaron en su desmesura por producir el nihilismo del mundo millenials. 


Hacia el final de la novela de Doktor Faustus, de Thomas Mann, el lector se encuentra con una escena que representa lo que digo. Andreas Leverkun le confiesa a su amigo que el objetivo principal que tiene  al dedicarse a la música con tanto empeño es asesinar a Beethoven. Es decir, que su música haga innecesaria, hasta el olvido, a la de su compatriota y maestro. Después de sobreponerse al impacto emocional e intelectual de semejante confesión, logré entender,  no sin esfuerzo, el peligro que llevaba dentro el ideal romántico, alma de la modernidad occidental, al  tratar de alcanzar la eternidad dentro de los límites de lo finito. El nihilismo autoreferencial millenials, que es hijo de Leverkun y que ha surgido de las cenizas de aquella colosal catástrofe que vino a continuación su asesina declaración de intenciones, es antes una reacción reactiva - fruto del olvido radical que preconizaba su inventor - que creativa. Que se manifieste de forma modesta en un club de lectura no debe ser motivo para no prestarle lo mejor de nuestra atención. Pues que haya fracasado debido a su desmesura no significa que la lectura o la mirada trascendente, en su justa proporción, no siga interpelando a los lectores o seres humanos actuales. La mejor prueba de lo que digo es lo que da de si la lectura o la mirada autoreferencial. Cierto que hoy es muy difícil creer - después de las grandes catástrofes que lo asolaron en el siglo pasado y en el inicio de éste - que el mundo pueda ir a algún lugar que valga realmente la pena. Pero es igualmente cierto que si abolimos todas las distancias y todas las metas que pueda haber fuera de nuestro espacio de confort (en mantenerlas a toda cosa encuentra su razón de ser la trascendencia) a fuerza de estar todo el día mirándonos el ombligo digital (eso significa la autoreferencia) seremos nosotros los que acabaremos por no ir a ninguna parte.