jueves, 10 de diciembre de 2015

PRIMERO FE Y DESPUES CONOCIMIENTO

O solo conocimiento. Sin fe. Constantemente descreídos. Zurrando con la Razón Analítica a todo lo que se mueva. Urgentemente. Angustiosamente. Dice Kierkegaard que a diferencia de los animales, que duran, los seres humanos existimos. Es decir, tenemos conciencia del tiempo, de sus altibajos y del destino de nuestra existencia. Como ya saben, no hay más colosal tragedia que el existir humano. 

El ser humano no está en condiciones de aceptar semejante destino. Construyámosle un pesebre y una cuna donde pueda pasar los años de su vida, venía a decir Hegel, el gran constructor moderno de Sistemas. Construyamos, por tanto, todo tipo de sistemas: económicos, familiares, educativos, judiciales, políticos, religiosos, laborales, de entretenimiento, y, como no, sistemas de pensiones. En fin. Construyamos canjilones donde meter y donde hacer de la existencia humana un eterno saltimbanqui de uno a otro. Y apliquemos un método: la lógica dialéctica. Es decir, esa liguilla mediante la que los diferentes sistemas compitan entre ellos hasta obtener el Sistema Perfecto. Y Único. Y, por tanto, el Sistema Supremo. En esa competición pretendemos seguir estando. Pero la existencia es tozuda y no se deja domeñar fácilmente. Tira al misterio, se mete en líos: por qué le pasa lo que le pasa, y por qué esta hecha de lo que esta hecha: tiempo y conciencia. Debido a ello, el contraataque infantil a todos los sistemas acaba, tarde o temprano, fracasando, y hundiéndose, con sus laboratorios, expertos, técnicos, ejecutores y oportunistas dentro. Pero yo sigo viendo tipos que existen angustiosamente, sin muchas oportunidades, ni lugares donde poder conocer el verdadero estado de su existencia. La visión del arte y de la cultura también ha fracasado en esta misión, al convertirse ellos mismos en respectivos sistemas, con sus expertos, técnicos, ejecutores, intermediarios y charlatanes a sueldo para su mantenimiento.

¿Tenía razón Hegel respecto a nuestra incapacidad para enfrentarnos cara a cara a nuestro trágico destino? ¿O la tenía Kierkegaard al reclamar para el individuo la libertad y la única responsabilidad del conocimiento de la fe de su existencia, angustia inevitable mediante? Ciento cincuenta años de aquella visión del escritor danés el dilema continúa. Sin embargo, arrastra un interrogante, que es una herida abierta que nunca se cierra, por donde sangra y se fuga la fe inquebrantable de los sistémicos en el bienestar que sienten dentro de su sistema. Si no dudan, ¿cómo saben que han de cambiar de chaqueta, perdón de sistema, cuando en el que viven ya no pueden respirar, ya que cerrado sobre sí mismo los ahoga, antes de que los devore?. Pero si dudan, ¿cómo pueden seguir hacia adelante dentro de su sistema? ¿Lo habrán dudado todo? ¿Qué significa eso?, se pregunta el escritor danés ¿Dónde los coloca su duda? ¿O se han corrompido del todo a fuerza de estar ahí siempre metidos?, me pregunto yo. Porque dudar es abrirse a nuestra naturaleza inacabada e imperfecta, que es la propia de toda existencia humana. Es abrirse a esa forma radical de dolor y angustia. Significa reconocer que la vida es una maravilla tanto como una mierda. Y que lo maravilloso y lo nauseabundo se dan al mismo tiempo, y uno junto al otro. Pero significa, sobre todo, que a pesar de ese reconocimiento vale la pena seguir existiendo para alcanzar el conocimiento de por qué estamos aquí. De la fe en nuestra existencia.

En un sistema se dura, no se existe. Existir nos angustia, cierto. Pero durar dentro de un sistema nos ahoga y nos enajena. Tal vez la mediación de la ficción sea el camino intermedio. De la mano de un narrador imaginado podemos abandonar por unas horas el sistema que nos protege y nos anula, sin que nos lacere con tanta virulencia la angustia y el dolor de la existencia. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

EL SUEÑO DE LA ALDEA DING, novela de Yan Lianke

Contra lo público o contra lo privado, por la izquierda o por la derecha, en el centro o en la periferia, hacia adelante o hacia atrás, entre ricos o manirotos, mas cansados que aburridos, o al revés, camino del norte o del sur, trepando a lo alto o hundiéndome en lo mas hondo, con la piel banca o negra, en versión yanki o piel roja, nos matamos en la Luna o en Marte,  etc. etc. Esas peleas de gallos en un Ok corral ya inexistente, y que mi obcecada forma de pensar occidental sigue empeñada en hacerlos existir de manera fatalmente irreconciliables. ¡Qué desaparezcan los bancos y que deje de haber hambrientos! ¿Cómo puede ser que, mientras camino por la aldea Ding, todavía me venga este eructo? ¿Cómo es que todavía tenga dispuesta en el disparedero de la boca, para estos casos, alguna de estas palabras tapadera: incoherente, insolidario, injusto, ...? ¿No será que no acepto, como siempre me dijo mi madre, que la enfermedad y sus pústulas son los auténticos emisarios de la muerte? ¿Y que la felicidad es un salto desesperado, dentro de un presente absoluto, hacia un futuro inexistente? En fin, esos "cuentos chinos" que nos contamos los occidentales: tirando de la vida de espaldas a la muerte, podemos. De verdad, ¿nosotros siempre podemos? Estamos tan acostumbrados a aceptar que nuestra vida solo puede llegar a ser como la disfracemos, que llegado el caso podemos. Pero ¿qué? Cumpliendo ese fatal precepto, podemos cambiar de disfraz. Únicamente. Eso es lo que hacemos mientras decimos que vivimos.

Con estos mimbres hechos pensamiento horroroso, endurecido hasta que el cerebro se ha hecho cráneo, ¿cómo se puede leer este sueño de la aldea Ding? ¿Puedo ser tan descarado como para pensar que el abuelo Ding ignora la racionalidad científica y empírica de la ciudad o menosprecia su eficacia? ¿O es que más bien le otorga un valor básicamente instrumental, por debajo de otras formas de racionalidad que son las que mueven esta novela de tan difícil acceso emocional para un lector occidental como yo? Muy limitado en este tipo de sentimentalidad, me cuesta mucho hacerme un hueco en la mía. Y ahí radica, sin embargo, todo el esfuerzo que debo hacer con mi lectura. Hacerle un hueco en mi cerebro y mi corazón al abuelo Ding y su parentela.

¿Por qué he de hacerlo? Porque el abuelo no es del mundo donde existo, pero si noto que es la fuerza, el valor y el coraje que falta a ese mundo. ¿Ausencia de algo y alguien, que en otro tiempo estuvieron? ¿O cómo algo o alguien que no existieron nunca? No lo sé. Fui de los que ya vivieron la juventud con una falta de respeto a la voz de la experiencia paterna. Lo viejuno se llama hoy a esta  conducta, en su fase mas espantosamente totalitaria. También es cierto que la doctrina del Vaticano, o las diferentes iglesias laicas occidentales, no son la de Confucio. Pero si pienso, mientras voy leyendo, que a mi mundo le sobran expertos y técnicos, que rápidamente se habrían personado en el lugar de los hechos dando soluciones y recetas, detrás de sus mascarillas y delante de las cámaras de TV. La salud es lo natural. La enfermedad es un error absurdo de una vida torcida, que hay que erradicar. Sin la presencia de los expertos y técnicos, sin las autoridades sanitarias vendiendo salud, he tenido que luchar contra mi insistente pregunta: ¿por qué no llega nadie del Ministerio chino del ramo? Al final he acabado aceptando que narrativamente es conveniente que no estén, y, lo mejor, que no hace falta que vengan. La aldea Ding acaba rehaciéndose sin su presencia. Lo que nos cuenta el narrador - muerto por envenenamiento, y enterrado detrás de la pared de la habitación de su abuelo - desde ese lugar tan extraño es otra cosa, y esos burócratas despiadados iban a desviar mi atención lectora contra el Partido Comunista Chino o la cantinela de la Injusticia en el Mundo. 


Me intento adaptar con dificultad a lo que se me muestra sin ningún tipo de aspavientos: que la enfermedad es una de las formas posibles de la vida. Y que la muerte no es su relevo definitivo. ¿Es ese lugar, ignoto para mi, desde donde cuenta el narrador y que garantiza su autoridad? O dicho de otra manera, ¿la muerte otorga a su mirada toda la verosimilitud y fuerza, que se nota en como dibuja a los diferentes personajes que aún están vivos? Entonces, ¿a qué llamo vida, y a que llamo yo muerte? Según nuestra civilización, definitivamente sin garantías de nada, tampoco las hay de que haya vida después de la muerte. De acuerdo. Pero de igual modo, ¿hay garantías de que haya vida antes de la muerte? ¿Qué es eso del Vacío o la Nada? ¿Antes de morir o después de que se acabe la vida? Lo que hoy llamamos seres humanos vivos, ¿no habitan muchos de ellos dentro de un ataúd? Que la muerte acaba con las posibilidades de la vida, ¿es una convención mas en este mundo occidental sin garantías? Frente a este dilema, me cuesta mucho discernir de donde le viene al narrador la autoridad que tiene sobre lo que me cuenta. Pero siento que la tiene, aunque no me llegue con todo su poderío y firmeza. Pero la tensión que me produce tal carencia si me vale para descartar definitivamente de mi horizonte lector la presencia de los expertos y los técnicos, de los vendedores de salud. Ya es algo. Estoy frente a una voz fuera de la vida con autoridad para construir un espacio narrativo habitable dentro de la vida. Un espacio y una voz que me sugiere que una casa es ese lugar donde nos morimos todos los días, y que un ataúd es el lugar donde nos mudamos después de que hemos muerto el último día, ¿aunque no para siempre? Por tanto, una casa es semejante a un ataúd, al igual que su ornamentación interior. Un espacio y una voz que me habla del amor como el relevo del dolor. Y viceversa. Como la noche releva al día, y la primavera al invierno. Sin aspavientos publicitarios. Si no tengo garantías de que haya vida después de la muerte, ni vida antes de la muerte, ¿quien soy yo para sospechar de lo que me cuenta este narrador? Todas las garantías de que su voz tiene autoridad para contar las vidas que cuenta, frente a una actitud lectora como la mía, sin garantías de mi propia vida.

El caso es que después  de arrastrarme por la aldea Ding con mis opuestos irreconciliables a cuestas, con ese saber condicionado por su lenguaje y la forma de pensar occidental, que no me sirve para nada entre los Ding, se me echa encima, sin previo aviso, la escena del estacazo final que el abuelo le sacude a su hijo, dejándolo muerto en el acto encima de un charco de sangre. Una iluminación impremeditada sobre todo lo que había leído hasta ese momento. Un impulso que consigue, cuando ya había perdido toda esperanza, elevarme sobre el polvo reseco de la aldea, sobre sus vivos con sus póstulas y sobre sus muertos y sus ataúdes. Un estacazo que simboliza y resume el ámbito de lo que podemos experimentar de la vida si le quitamos de encima las toneladas de retórica que le hemos ido poniendo encima. Un estacazo que hace descansar al abuelo, y al lector aceptar al final su compañía.

sábado, 5 de diciembre de 2015

LA APARIENCIA BONITA

Con todo, lo peor de que la conciencia adulta consienta en ser engañada por la realidad, haciéndole creer que es también la verdad, es tener que aguantar durante toda la vida la apariencia bonita que hace una segunda piel en cada uno de nosotros, ocultando así semejante estafa. La irritabilidad que producen estas apariencias bonitas, construidas a fuerza de enajenar a su percha, tiene que ver con la tiranía de una técnica que acepta sin rubor la conciencia, con tal de no querer aceptar ese dolor que es mirar a la verdad de frente.

Nunca como ahora, creo yo, esta falta de honradez en que se convierte aquel consentimiento en la relación con lo creativo - sobre todo en lo referente a la creación audiovisual, más vulnerable que la creación verbal - ha afectado de forma tan directa y maliciosa a la narratividad en nuestras relaciones interpersonales, más sensibles a la imagen que a la palabra. La ausencia de problemas relevantes entre la clase media a la que pertenecemos y su entrega sin contención a la acumulación del poder que le proporciona el totalitarismo tecnológico, hacen imposible, de momento, la renovación de esa narratividad, es decir, la búsqueda de la verdad entre nosotros. Pues verdad y realidad se hacen una e indisoluble en la conciencia de este Homo Digital que todo lo puede y que se constituye como única realidad visible, bonita antes que verdadera. ¿Nostalgia? ¿Desesperación? ¿Quien recompondrá el orden natural del mundo que determina lo visible y lo que no podremos ver nunca, lo que entendemos y no entenderemos jamás. ¿Quien restaurará la narratividad que toda civilización necesita, para poder llevar con honor ese nombre, y que nace de esa brecha "sangrante" entre lo visible y lo invisible? En las condiciones ambientales de apariencia bonita generalizada en que vivimos es imposible saberlo. Lo que los romanos llamaban Pan y Circo ha existido siempre. Pero nunca como ahora lo visible ha sido igual a lo no visible. Y así como antaño a nadie se le hubiera ocurrido decir en voz alta que dios (lo invisible) no existía, hoy está bien visto que cualquiera pueda contratar a un técnico que le arregle el desajuste imaginativo que le impide hacer coincidir lo visible con lo invisible, que es lo que debe de ser. Hoy la conciencia se ha aliado con la técnica para hacer frente al engaño, que decía Goethe, a que la sometían la realidad y la verdad.


Y, sin embargo, no podemos decir, al contrario que aquellos feroces inquisidores de antaño, que quienes nos ofrecen su implacable y armónica apariencia, en todo momento y lugar, no sean gente bondadosa. Lo son. Nada en su forma de utilizar el lenguaje permite acusarles de la malignidad que acompaña a esa apariencia bonita. Ni puede hacerles ver el daño y el malestar que producen a su alrededor. El lenguaje para ellos es una herramienta más, como el coche o el ordenador, esa es toda su consistencia, y nadie acusa de maligno a quien usa "inocentemente" un chisme de esos. En fin, el lenguaje, no es para ellos eso que los hace tener la forma que aparentan, pero mediante el que, aunque no lo sepan, también pueden desocultar el qué y el por qué de esa apariencia. Lo cual hace que sea esa ignorancia narcisista la principal aportadora de malestar en nuestra sociedad del bienestar.

Pero tampoco podemos negar el derecho que todo ser humano tiene a no desvelar sus secretos y mantener a salvo su intimidad. Aunque la verdad no tenga nada que ver con eso. La verdad tiene que ver con lo que niega su apariencia bonita. Una apariencia que se hace roca cuando se acerca a su lado la voz de alguien que no conoce. Invocan entonces, los de la apariencia bonita, maneras de la buena educación o de la eficiente pedagogía para apartar de su lado ese estorbo. Pues todo lo que pueda salir de su boca está bendecido por un sano criterio y una voluntad intachable en su propósito, difícilmente denunciables. Sin embargo, la apariencia no tiene demasiado sentido cuando todo el mundo pretende que sea bonita. O lo que es lo mismo, teñida por la firme creencia de que siempre es posible volver a empezar. Es esa noria donde da vueltas el aburrimiento de los dioses, y de los seres humanos que aparentan obsesivamente ser inmortales.

La realidad es que somos nuestro deseo ilimitado e insatisfecho, pero la verdad es que su satisfacción exige riesgos que hacen temblar a nuestra apariencia bonita. Queremos más, sin poner en peligro donde ya estamos y todo lo que tenemos. La desproporción entre un hecho y sus consecuencias, como temía Kafka, se ha hecho en nuestros días inexperimentable. Y, por tanto, fatalmente inexplicable. No se si somos conscientes y responsables de lo que decimos, del uso que hacemos de nuestro lenguaje. Yo creo que nuestra apariencia bonita nos lo impide. Es una de las conductas que más irrita, por la injusticia que arrastra sin hacer mella en los interlocutores. Sin convocar de urgencia a los tribunales. Quienes son así, temerariamente injustos, no quieren ver que las historias y los personajes "feos" los ponen delante de todo lo que oculta su apariencia bonita. Que lo auténtico es contemplar al mismo tiempo la apariencia bonita y toda la "fealdad" que oculta. Y que eso solo lo puede hacer la ficción. Pero cuando la irritación un día se hace incontrolable, los injustos hablan de un cambio en la pedagogía o de que se han equivocado de sitio. Y de nada vale que se les diga que si no ha habido previamente un mínimo esfuerzo con el pensamiento, lo normal es que al hablar no salgan nada más que sandeces por la boca. Todo el mundo está amenazado por este peligro. Y de lo que son responsables quienes así se comportan es que un número indeterminado de esas sandeces callejeen como pordioseras sin rumbo ni destino por las ciudades, sin asidero significativo a que acogerse. Al final, lo de la injusticia queda para momentos de mejor ánimo moral, y la irritabilidad acaba callejeando también sin destino por las calles de la ciudad, produciendo con las sandeces la falta de vergüenza que hay en eso que llamamos contaminación verbal e icónica. Pero lo peor es arrastrar durante días el sentimiento de culpa y desamparo. No sé si por este orden. Culpa por pensar que intentar mostrar lo invisible a la apariencia decente y bonita, no deja de ser un asunto propio de villanos. Desamparo porque no hay con quien desahogarse. Vulnerar la armonía de una apariencia bonita convierte a quien lo intente en un tipo fuera de la ley, al que no detienen nunca.

viernes, 4 de diciembre de 2015

¿COMO SE CUENTA LO IMPENSABLE, ES DECIR, LO INIMAGINABLE?

¿Para qué necesita una sociedad hipertecnologizada y nihilista como la nuestra un lenguaje creativo? La sociedad de hoy ni necesita a Dios, ni la Razón, ni necesita un lenguaje de este tipo para gestionar su aburrimiento y su cansancio. Nostalgia y enfermedad, eso es lo que son Dios, la Razón occidental y sus  lenguajes creativos. Eso es lo que se hizo humo en Auschwitz, Gulag, Hiroshima y Nagasaki. Ni Hegel, ni Marx, ni Jefferson pudieron imaginar que su ideario iba a acabar así en manos de sus aplicados y aventajados alumnos, Hitler, Stalin y Truman. Y es que no advirtieron que sus palabras fundacionales se debían interpretar como una sonoridad que resonara en la armonía interior del hombre público, no un libro de instrucciones para llevar literalmente a la práctica. No nos advirtieron que sus palabras solo las escribieron para ser oídas, no para formar parte de un programa político de exterminio. La sociedad de hoy no necesita transcender, ni religarse. Su cansancio y aburrimiento se parece mucho a la eternidad,  es decir, a la muerte. Donde nunca pasa nada, ni nadie amenaza ni se enamora de nadie. En fin, donde no hay nada que imaginar. Eso que si era propio de la tradición de nostalgia y enfermedad del espíritu de las sociedades anteriores a la Experiencia Universal de los Desastres, que desaparecieron para siempre hace 70 años.


Levi, Semprún, Friedman, Solcheneisin, y tantos otros, han dejado su testimonio del paso por los campos de extermino nazi y soviético, y los horrores de la primera bomba atómica. Pero al hacerlo sus palabras todavía rezuman fe en la recuperación de esa tradición nostálgica y enfermiza que representan Dios o la Razón occidental. Todavía creen en el valor y la capacidad de discernimiento de Dios, la Razón occidental y sus lenguajes creativos para desvelar el misterio de la vida humana. Escriben para que entendamos lo que, por otra parte, ellos mismos no dejan de nombrar como incomprensible. Isaac Blumenfeld no. Bumenfled enumera los hechos a ritmo de los saltos del tiempo bíblico, para que nadie se pueda hacer ilusiones razonables y en tiempo real, literales, respecto a lo que pasó. Para volver, de paso, al origen. Y como perspicaz judío, para sugerir volver a leer de nuevo el mundo. Aquello pasó y lo que dejó a su paso fue un mundo sin cláusula de garantía. El mundo que heredaron nuestros padres y en el que hoy vivimos. Eso es lo más importante que nos quiere contar con lo que nos dice y con la forma como nos lo dice. Un mundo sin la garantía que Dios y la Razón - cómplices necesarios de aquella barbarie impensable - nos habían proporcionado de forma inintenrrumpida hasta entonces. Una falta de garantía que no nos condena irremediablemente a mirar el mundo a ras del suelo, parece sugerirnos al mismo tiempo el sentido del humor con que envuelve el relato. Sus chistes me recuerdan constantemente al genial Gila.

Para los lectores adultos que leemos hoy "El Pentateuco de Isaac",  al fin y al cabo, no deja de ser una "visión positiva" del horror que anida desde siempre en las personas y las cosas. Eso es todo. Que mas queremos para comprender mejor lo que significan las chimeneas y su humo, los hongos letales de la bomba atómica, Siberia y sus trabajos forzados, el cansancio y el aburrimiento hiper-tecnológico. En fin, lo que significan la ausencia de Dios, de la Razón y sus lenguajes. 

jueves, 3 de diciembre de 2015

EL PENTATEUCO DE ISAAC, novela de Angel Wagenstein

Lamentablemente los horrores del siglo XX para la mayoría de los lectores de hoy ya no existen. Los horrores del siglo pasado puede que hayan existido, porque así lo dicen los libros, los documentales y las tertulias, pero para los lectores actuales son agua pasada. No vivimos, según ellos, sobre las ruinas del continente y sobre las tumbas que dan cobijo a los huesos de millones y millones de muertos. Sencillamente vivimos bien donde vivimos, aunque los bancos y sus cómplices nos quieren amargar la existencia. La literalidad más contundente se impone en la mirada de estos lectores. Según ellos Isaac Bumenfled, protagonista y narrador de la novela de Wagenstein, es un pobre sastre que nació en el sitio y en la época equivocados. Ni siquiera vi intención de acompañarlo cínicamente en el sentimiento. Esa frase mediante la que, los que se creen vivos o protegidos frente a las calamidades, muestran su alegría delante de los muertos o los dolientes.  

La literalidad es la gran enfermedad de la lectura, como el infantilismo lo es de la vida adulta. De hecho son relatos paralelos que se alimentan y se protegen mutuamente. Es el sino de los tiempos actuales. Frente a la complejidad y los horrores del mundo, que nuestra codicia en libertad han dejado al descubierto, sacamos a pasear El Niño que llevamos dentro. El único ser que es capaz de solapar realidad y ficción, y no tener sentimiento de culpa por ello, ya que esa es su auténtica identidad. ¿En qué quedamos? ¿Para qué queremos entonces ser libres? ¿Para qué queremos la democracia? ¿Para qué queremos, como dijo Kant, alcanzar la mayoría de edad? Mejor, todo buen siervo anhela un buen señor. Para este viaje no hacían falta semejantes alforjas, y, sobre todo, no hacía falta tanta palabrería demagógica que hemos producido durante los últimos cuatrocientos años a cuenta de la libertad y la dignidad humana. El ser humano no quiere ser libre, ni digno. Ahora ya sabemos que a lo único a que aspira es a ser rico. Por eso está tan enconado con los bancos, porque no le dejan comprar tantos juguetes y sonajeros como antes. No puede existir si ellos a su lado, por ello se consume en sus propias rabietas y decepciones.

Que, de repente, aparezca en nuestras vidas una figura como Isaac Blumenfeld son ganas de molestar al contribuyente infantil. Alguien dijo: a este sastre los que le pasa es que está enfadado. Talmente, como los niños ven a los adultos. Siempre enfadados de aquí para allá. Siempre mohínos sin saber por qué. La literalidad nos ciega, la literalidad nos mata. Pero las metáforas, como medio de acceder a la verdad, nos desconciertan, nos aturullan y, en última instancia, nos acojonan. ¿Cansancio?, ¿aburrimiento?, como diagnostica el coreano berlinés Han. ¿No salir de casa?, como dictaminó Pascal. ¿Qué hacer para manejar esta colosal guardería en que hemos convertido el mundo occidental, y especialmente esta país? Han no lo expone, pero, quizá, como buen lector de Heidegger si lo sepa. Miedo. Miedo a que El Niño con que nos representamos se canse de nuestros enfados y veleidades, y nos abandone. Miedo a la muerte como definitiva posibilidad de la vida. Y miedo a que entonces aparezca con toda su intensidad el horror que forma el suelo donde pisamos, que es el mismo que piso Blumenfeld durante su peripecia europea concentracionaria. Porque el horror no es cosa del pasado, ni del futuro, el horror sucede siempre. Es el magma donde se funda y se funde toda comunidad humana. Cómo entender, sino, que tipos tan cultos fueran capaces de tamañas barbaridades. Y llamo cultos a los nazis alemanes (holocausto), a los soviéticos (gulag) y los norteamericanos (bombas atómicas sobre Japón), tres cosmovisiones del mismo espíritu humano, causantes de la mayor convocatoria simultánea de maldad jamás antes experimentada por la humanidad. De eso nos quiere advertir, "amablemente", el sastre errante. Y que todos los sonajeros, performances políticas y sociales que nos inventamos para distraernos, son máscaras para ocultar nuestra verdadera procedencia e identidad.  Pero, sin embargo - nada más lejos de estar enfadado - Blumenfeld al final nos invita a seguir viviendo. Y, además, nos desea las buenas noches al despedirse. Ahora bien, ¿qué tipo de humanidad nos va acompañar en ese seguir viviendo que nos propone el protagonista? ¿Caminando, como hasta ahora, surfeando encima de la falsa luz, o metidos de coz y hoz dentro de la inabarcable e imprevisible  obscuridad? (buenas noches, no buenos días) ¿Es concebible una humanidad, al fin, sin sonajeros políticos, ni perfomances sociales, es decir, una humanidad sin máscaras que oculten lo que realmente somos? Es conveniente enfrentarnos a estas preguntas para saber que terreno pisamos. Para saber que camino escogemos. Qué destino imaginamos para nosotros. Y cual para darle en herencia a nuestros hijos. Silencios y caras de aliño. 

Mirando al horror cara a cara. Sin olvidar nada ni a nadie, pero sin poner acritud sobre nada ni sobre nadie. Con agudo y penetrante sentido irónico de la existencia, Isaac Blumenfeld nos entrega para su lectura las palabras que lo han humanizado de nuevo. Y los lectores, al leerlas con atención, no hacemos otra cosa que renovar la nuestra. Este es el verdadero sentido de esta lectura. Esa es la luz que precipita sobre lo que ya sabíamos por los datos generalistas de la historia y los documentales. Una luz única e irreductible a la ganga abstracta. La luz que pone la voz de un hombre irrepetible, Isaac Blumenfeld. Irrepetible como lo somos cada uno de los lectores que le escuchamos.

Y es por ello que sí, efectivamente, renovamos también nuestra humanidad, sabiendo que junto a las quimeras políticas y sus inevitables performances sociales - la acción de todas ellas tiene un alcance de efectos únicamente reactivos, como la mano que se aparta del fuego, o la defensa se coloca frente al ataque -, y su más que previsible y reiterada voluntad deshumanizadora - después de aquella devastadora confluencia a tres bandas del Mal, el Diablo se ha adueñado para siempre del Mundo, como vieron parcialmente Serenus Zeitbloom en Doctor Fausto y Stephan Zweig al final de su vida, ¡qué podemos esperar! - no debemos prescindir de nuestras propias experiencias creativas. En nuestro caso, de nuestras experiencias lectoras compartidas. La única posibilidad de esa constante renovación de nuestra humanidad a la que estamos, desde entonces, ineludiblemente interpelados y convocados.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL FRANCOTIRADOR, película de Clint Eastwood

Pienso que un lector o un espectador son, y siempre han sido, eminentemente seres sensibles e inteligentes. Todo junto y al mismo tiempo. Sólo sensibles son el resto de los seres vivos. Es decir, un lector y un espectador tienen conciencia de que están vivos y de que se van a morir. El clasicismo organiza sus relatos teniendo en cuenta tanto la sensibilidad y la inteligencia como la propaganda religiosa o política. Lo permanente y lo fluctuante. La fe y la razón por un lado y el poder por el otro. 

Tardé mas de media hora en entrar en la peli de Eastwood. La guerra. Mira que veo y reveo con satisfacción renovada las pelis de John Ford, maestro de maestros en esto de combinar sin despeinarse sensibilidad, inteligencia y moral-propaganda. Mira que ya sé, y no me importa, el trato que da, por ejemplo, a los indios. O como convierte en un tipo heroico al mas canalla e imaginativo de los militares norteamericanos del siglo XIX, George Custer. Mira que...Pues perdí media hora tratando de colocarme delante del dilema del francotirador. Como si quitar de en medio a quien te amenaza, o amenaza a los tuyos, fuera una cuestión sólo de la guerra. Como si la supervivencia diaria no fuese en tiempo de paz lo "mismo" que en tiempo de guerra. Como si ser francotirador no fuera semejante a ser bombero, o enfermero, o parecido a lo que hace tanta gente que ha tratado, trata y tratará siempre de salvar y proteger a los suyos. Como si el francotirador, la mujer o el niño yihadistas no estuvieran haciendo lo mismo. Algo tan antiguo como para pensar que la vida sin ello no sería posible como la conocemos. Esta falta de perspectiva, que también se llama ceguera, en mi caso creo que tiene que ver con ese valor absoluto que le sigo, le seguimos, dando a la moral de la política, procurando que nada tenga que ver con ese otro absoluto que es la guerra. Como si la guerra es cosa de los malos y la política lo fuera de los buenos. 

Unos absolutos que juegan sus cartas con otros absolutos en el mismo casino. Donde la barbarie de la guerra se mira a la cara con la barbarie de la cultura en tiempos de paz. Ahora también lo sé desde que me lo enseñó Walter Benjamin. La política da de sí lo que puede, no es ilimitado su campo de intervención en los asuntos colectivos. A partir de esa frontera entra en acción la economía, en el mejor de los casos, y, en el peor la guerra. En cada tiempo y lugar todo dependerá de la correlación de fuerzas que ponga en juego la peligrosidad de unos hombres para con otros, ya se entienda ésta en sentido fuerte o en uno más débil que admita, cuando menos, la tendencia irreprimible de los seres humanos a abusar de su poder. 

El caso es que cuando vi a Chris Kyle como lo que es, un trabajador de la guerra, no en la guerra, que se toma en serio su trabajo, todo empezó a funcionar en su sitio. Y empecé a "disfrutar" de la guerra de Kyle, sin tener que ir a esa guerra. Igual como me gusta disfrutar de las habilidades de los bomberos o de los profesionales de otras actividades de riesgo. Y es que uno sólo tiene las habilidades que tiene, y son poco arriesgadas. Porque el "valor" de la peli de Estswood es desmitificar el significado de la guerra como algo diferente y opuesto al de la política, la economía y la paz. Entonces, como todo trabajador que pone demasiado celo en su trabajo, Kyle se estresa, se angustia, se desespera. Vela y se desvela por los intereses de la empresa que le paga. Pone en peligro su frágil estabilidad emocional y la de su familia. Ya que, como el ejecutivo de JP Morgan o el político profesional, pasa muchas horas fuera de casa. Y siempre tiene los asuntos del trabajo en la cabeza.Y su mujer lo acusa, y se lo reprocha. Y los hijos también. Al final, como todo buen trabajador, recibe los honores de quien lo ha contratado. 

Y es que la guerra, como los actos terroristas indiscriminados en las ciudades occidentales, han vuelto con brío a formar parte de nuestra vida a este lado del paraíso, como los desahucios, los vaivenes de la prima de riesgo, la muerte imprevista de los amigos, el impago de la deuda soberana, etc. Un paraíso en el que los propagandistas de la banalidad del bien nos han querido convencer, durante los últimos años, que eran males del pasado. No obstante, ya sabemos que todo puede pasar en cualquier sitio. Que cualquier cielo se puede convertir en un infierno en un solo día. Contra lo que digan los físicos, el pasado siempre vuelve, porque no se ha ido nunca. Lo que no llegará nunca es el futuro, tal y como hasta ahora lo hemos imaginado. Eastwood nos vuelve a advertir sobre la inevitabilidad de lo que es de sentido común adulto.

martes, 1 de diciembre de 2015

LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO, libro de Byung-Chul Han

En buena medida las sociedades actuales lo son en función de lo que dictan y determinan sus expertos y técnicos. Hay expertos para todo: información, salud, economía, educación, psicología, abogacía, ecología, historia, geografía, ecología, sexo y reproducción, amores y adulterios, vejez, y tal y tal. Esta sociedad de los expertos y los técnicos consigue que todos tengamos cada mañana, semana o mes (según los ritmos y periodicidades) perfectamente cocinado y enlatado, servido en casa a través de las diferentes terminales de que disponemos, y que hoy nos proporcionan de forma masiva las nuevas tecnologías, lo que tenemos que decir en los diferentes foros profesionales, sociales o familiares donde desarrollemos nuestra experiencia vital. Creyendo y haciendo creer a los otros que eso que decimos lo hemos pensado nosotros. De esta manera el ciudadano ha ido la perdiendo, si es que la tuvo alguna vez, la condición primordial de sapere aude (atreverse a pensar por sí mismo), que es lo único que le otorga la auténtica legitimidad a su saber ser libre, justo y fraternal. En definitiva, a ser y comportarse como un auténtico ciudadano. Mejor que piensen por mi los expertos y técnicos sobre las cuestiones que me interesan, venimos a decir. Y, ya puestos, sobre todas las demás. Yo, si puedo, me limito a pagar. Y sino, me quejo. 

Pero, ¿qué es lo que pagamos realmente? La ilusión de que somos libres, justos y fraternales, que es lo mismo que comprobar que hay una oferta variada y divertida de todo en cada estantería. Y lo mas importante y peligroso, pagamos la ilusión de que participamos y de que somos dueños de nuestro propio destino. En definitiva, pagamos la ilusión de que sabemos. Olvidándonos de que la sociedad sólo funciona, si nosotros la hacemos funcionar con nuestra particular forma de pensar por nosotros mismos. En esto se oye lejanamente el eco del pensamiento de Platón. Una sociedad de ciudadanos no funciona como si fuesen los clientes que pagan lo que les ofrecen los diferentes expertos y técnicos. Así funciona el Mercado, que convierte a los ciudadanos para la ocasión en valor de cambio. Y para siempre en mercancías si se hace dueña de todo el imaginario colectivo. Como es nuestro caso. Una disciplina, el mercado, cuyos expertos y técnicos, por cierto, tienen una imaginación desbordante, creando unos relatos realmente persuasivos. Los del mercado hacen verosímil ante sus clientes lo imposible. Los otros expertos fuera del ámbito del mercado se creen, y nos quieren hacer creer, sus propias mentiras. Eso marca la diferencia del éxito que tienen entre los ciudadanos a quienes se ofrecen. Éxito de un mercado que no deja paso a otro destino que no sea despóticamente el suyo.

Probablemente la globalización económica y financiera acabará con la idea de democracia moderna, tal y como la imaginaron nuestros padres fundadores. Es más fácil manejar a un cliente que a alguien que piensa por si mismo. Pero, atención a la madre del cordero de este asunto, es mas fácil soportarnos mejor como clientes que como pensadores de nosotros mismos y de los demás. La pasta derrumba muros y fronteras. Las ideologías los levantan. No el sapere aude. Que nadie piense que el muro de Berlín cayó hace 25 años por la fuerza de las ideas. Lo levantaron los clientes de un ideología concreta y lo derrumbó el empuje de los clientes de la contraria. Cuando el pensamiento se esclerotiza se hace costra y producto en forma de una ideología, sus pensadores se convierten, entonces, en comerciales de ese nuevo producto. El muro cayó por que mola mas el Berlín sin muro, que el que lo partía en dos. Nada mas hay que pasearse hoy por sus calles y ver las fotografías de antaño en los museos. Ahora bien, como dice un titular que leí el otro día: la Alemania de entonces se ha aburguesado. Ya ven.

¿Qué sociedad se ha ido creando a través de esta lente clientelar, mediante la que miramos el mundo? Una sociedad de clientes cansados conviviendo entre clientes cansados. De eso va el libro "La sociedad del cansancio", del escritor Byung-Chul Han. Y es que pensar asusta, sin duda, pero ser siempre cliente cansa. Cansa muchísimo. Lo que produce tipos muy aburridos. Tipos que siempre tienen que estar haciendo algo. De aquí para allá. Y a toda velocidad. Tipos que son incapaces de imaginarse no haciendo, metidos dentro de un sitio. Pero ojo, si esta es el alma de la sociedad de hoy en día y lo va a ser mas la del futuro, el escritor Han, sin embargo, no lo ve como una catástrofe, sino casi como una bendición. En este sentido no es un libro cansado, sino esperanzado. Ya que como se oye decir en un momento, cuando menciona a Maurice Blanchot: "el cansancio tiene un gran corazón".

Leamos y escuchemos - lentamente y con atención, sin estar pensando en que tenemos que hacer otra cosa - la primeras palabras del capítulo 'Pedagogía del mirar' y la últimas palabras del libro:

Pedagogía del mirar
"La vita contemplativa presupone una particular pedagogía del mirar. En el ocaso de los Dioses, Nietzsche formula tres tareas por las que se requieren educadores: hay que aprender a mirar, a pensar y a hablar y escribir (¿os suena el estribillo?). El objetivo de este aprender es, según Nietzsche, 'la cultura superior'. Aprender a mirar significa acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo, es decir, educar el ojo para una profunda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada. Este aprender a mirar constituye la primera enseñanza preliminar para la espiritualidad. Según Nietzsche, uno tiene que aprender a no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas. La vileza y la infamia consisten en la incapacidad de oponer resistencia a un impulso, de oponerle un NO. Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al creer de Nietzsche, en sí una enfermedad, un declive, un síntoma de agotamiento."

Las últimas palabras del libro "La sociedad del cansancio":
"Handke (se refiere Han al escritor Peter Handke, autor de un libro titulado, 'Ensayo sobre el cansancio') esboza una 'inmanente religión del cansancio'. El cansancio fundamentalmente suprime el aislamiento del Ego y funda una comunidad que no necesita ningún parentesco. En ella despierta un compás especial, que conduce a una concordancia, una cercanía, una vecindad sin necesidad de vínculos familiares ni funcionales (...) El cansancio les da el compás a los solitarios distraídos."