martes, 24 de julio de 2018

COOPERATIVA

Siete meses después de aquel día de enero, lo vuelvo a encontrar corriendo alrededor del castillo. La situación de la cooperativa de enseñanza donde trabaja, me dice, no ha hecho nada más que empeorar desde que nos vimos la última vez. ¿Cómo puede algo tan inmovilista, me refiero a la enseñanza actual, empeorar de forma tan acelerada?, pienso de forma automática para mi después de escucharle sus palabras de lamentación. Esta vez tenía ganas de hablar y ha dejado de correr nada más verme. El fin de las humanidades en los diseños educativos actuales (al menos en lo que respecta a España) se parece bastante al final de los conflictos armados. ¿Qué hacer con los derrotados? Un ejército de almas en pena deambulan por la ciudad lamentándose de su cruel destino. Fíjate, continúa hablando mientras se seca el sudor que le perla la frente, el otro día me he enterado de que un grupo de familias ricas, o no tanto pero que aspiran a serlo y mientras tanto aparentan que ya lo son, se han apoderado de la cooperativa donde trabajo, y han decidido dar el golpe de timón definitivo al diseño educativo del centro. El eufonía y la sintaxis de sus palabras están ya decididamente situadas en el campo semántico de la martiriología. ¿Cual es ese golpe de timón definitivo que han dado esos aspirantes a ricos o muy ricos?, le pregunto de forma protocolaria, no porque no lo sepa, ni porque el piense que yo no lo sé. Hacia un enfoque de la educación únicamente inspirada en el pensamiento técnico o cientifista. ¿Y que estáis pensando hacer los profesores, digamos, humanistas de la cooperativa?, le preguntó a continuación. Nada. Yo por mi parte estoy buscando un hueco en la enseñanza pública, ahí al menos tendré más horas libres, más tiempo para mí mismo. Es evidente que el pasado es un losa muy pesada, que cada cual soporta como puede. Me gustaría decírselo e invitarle a quedar otro día para hablar del asunto, a saber, que el problema actual de la educación compete a los humanistas, no a los cientifistas. Y que el problema de los humanistas (por seguir con esta inapropiada jerga dualista, pues es sabido que los cientifistas también son humanistas y estos, a su vez, nos pueden no ser científicos en su forma de mirar) es lo mal que se llevan con su pasado, como no, de humanistas poco humanos. Un maltrato que ha acabado convirtiendo el concepto humanista en una categoría donde refugiarse y pasar los años posteriores a su derrota, hasta la jubilación final. Y, naturalmente, en todo exceso de pasado acecha el resentimiento, los asuntos no resueltos, la vida que hubiera podido ser de otra manera, las cuentas pendientes, lo que pudo ser y no fue, lo que pudo amarnos y no nos amó: una perfidia de la propia imaginación, una corrosión del carácter. Y, como no, habiendo llegado a estos extremos con esa mochila a la espalda, además los humanistas derrotados se siente en la obligación de que también carguen con ella los que están a su lado. Los profesores humanistas irrumpís de una manera paradójica en los postulados actuales de la corrosión del carácter, que Richard Sennet estudia admirablemente en su libro de homónimo título. Dentro de una institución como la cooperativa de enseñanza en la que trabajas, donde se debería  defender la educación como un ideal permanente de creación con el mismo ahínco con que defendemos la permanencia de la vida, pues no hay vida que merezca la pena ser vivida humanamente sin es impulso creativo que la acompañe en todo tiempo y lugar, se ha impuesto la categoría de la posesión, es decir, la cooperativa como propiedad de los padres (los verdaderos dueños) y de los profesores (los que se lo creen). No en balde poco antes de despedirnos me repitió lo que ya me había dicho hace seis meses, ¿qué hago yo, cuál es mi papel dentro del aula con estos nuevos propietarios? Que no hago yo, sería más correcto decir, pero esa es una historia que  ocupa pesadamente la mochila de los docentes humanistas de la que no están muy dispuesto a dialogar.