miércoles, 23 de marzo de 2011

LA MIRADA INTERIOR

La distancia que media entre la peli de Richard Attenbourg, “Tierras de penumbra” y el texto de C. S. Lewis, “Una pena observada” es la misma que hay entre la mirada exterior del espectador y lo que se llama la mira interior del lector. Entre el límite de lo propio y la existencia de lo que rebasa lo propio.

Viendo al eminente profesor de literatura de Oxford dar sus clases y conferencias, tengo la sensación de que me trata como un rey. No oculta nada de lo que hay, ocupando la figura de Dios el espacio central como corresponde a sus propias creencias. El dolor, la enfermedad, la alegría, el amor, etc., cada pieza tiene su lugar preciso sin interferir en el de las otras. Incluso para justificar el malestar y el sufrimiento de los malos momentos, utiliza una imagen tan hermosa como recurrente: somos un trozo de piedra, a la que los martillazos del supremo hacedor consiguen extraer la fuerza y perfección de nuestra naturaleza. No niega, por tanto, que con esfuerzo y sufrimiento se puede alcanzar la gloria. Irresistible ante su audiencia, las señoras que asisten se lo quieren comer a besos. No es para menos. Los discursos que acompañan a la mirada exterior tienen estos efectos balsámicos, tanto sobre el propietario como sobre el receptor del mensaje. El mundo, a pesar de todos los pesares, no solo parece que tiene sentido, sino que, oyéndole hablar, rotundamente lo tiene.

Pero la muerte no solo es nuestra vecina geográfica, sino que a una edad determinada lo es también biográfica. Lo que pasa es que solo lo sabemos con esa manera oscura con la que sabe nuestro inconsciente. Mientras disimulamos, hablando o escuchando esas maneras de decir y de contar que ha impuesto el positivismo angelical. Pero, de repente, un día la muerte de un ser querido nos pone delante de lo que hasta entonces nos parecía inimaginable.

“Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo”. Así arranca el texto del profesor Lewis, que le mencionaba al principio. Ahora también, y sobre todo, es viudo, lleno de miedo y perplejidad. ¿Como es posible que un honorable intelectual de Oxford, que le hemos visto en la película, con aplomo incuestionable, hablar una y otra vez, una y otra vez, ante una audiencia entregada, sobre lo humano y lo divino, sobre la vida y la muerte, pueda decir que nadie le había dicho que la pena se viviese como miedo? ¿Cómo imaginar que alguien se atreviera a decirle algo a él, que lo sabía todo?

Le seguiré contando mas sobre esta apasionante experiencia literaria de la pena, y del miedo con que se vive.

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