jueves, 10 de marzo de 2011

DISTANCIA

Si me da por fijarme en como ha evolucionado la distancia que media entre el estado y el individuo, la singularidad y la colectividad, entre estar dentro de la masa y ser un ciudadano, entiendo lo que cuesta estar contento. No ya feliz ni llevar una vida con sentido, lo cual doy definitivamente por inalcanzable. Contento. Solo razonablemente contento. Es un expresión que no he vuelto a escuchar con asiduidad desde mi infancia. Había entonces un maestro que empezaba la clase, después de mirar el cielo, exhortando a los alumnos a conseguir estar contentos a lo largo del día, si es que veía que no lo estabamos demasiado, o a reconocernos ese estado de ánimo si comprobaba que ya lo traíamos puesto de casa.

Era una época en la que tenia a mi disposición pocas palabras pero todas, o casi todas, me hacían compañía. Luego vino una inesperada inflación del fraseo y la palabrería que, al parecer, era lo que necesitaban los nuevos tiempos. Tiempos que estaban determinados por la modernidad y el bienestar a ella asociado. Estar contento pasó a ser considerado algo suburbial, propio de quien no era capaz de llegar a instalarse en el centro de esos nuevos tiempos. El crecimiento desmesurado de toda esa palabrería, hizo aumentar igualmente el número de gente que estaba dispuesta a hablar. Pero eso no fue lo peor. De una parte fue en aumento el número de gente que empezó a hablar sola. De otra las palabras dejaron de hacernos la antigua compañía y se instalaron en sitios donde no nos encontrábamos. Así perdimos lo más preciado de antaño. Para bien o para mal las palabras estaban a nuestro lado, y si las tratabamos bien nos hacían estar contentos, que era el objetivo fundamental de la vida.

La posibilidad de hablar de mucho y de todo acabó por aturullarnos por dentro, haciéndonos creer que éramos los dueños indudables de las nuevas palabras, ya que nos autonombramos los herederos legítimos de su procedencia, forjada por generaciones de pensadores, evangelistas y hombres de acción. De repente, una inteligencia y una sensibilidad a la que nunca habíamos tenido acceso nos deslumbró con toda su atractiva intensidad. Todo fue demasiado rápido. Seducidos por el fulgor de las nueva palabras, creimos a pies juntillas que nosotros éramos los actores elegidos para llevar acabo los actos que propugnaban, la gran misión que se adivinaba a través de ellos en el horizonte. No se nos ocurrió pensar que todos aquellos logros ni eran, en lo fundamental, nuestros ni permanentes. Cuando su fecha de caducidad empezó a cundir en el ánimo de los nuevos charlatanes ya fue demasiado tarde. Los derechos sindicales, laborales y salariales, los derechos civiles, la cobertura sanitaria universal, la enseñanza publica y gratuita para todos, la jubilación y las vacaciones pagadas dejaron de tener su hueco en el nicho gramatical y sintáctico en el que nos habíamos colocado. O nos habían colocado. De la noche a la mañana, inopinadamente nos quedamos sin habla. Y nadie sabe cuando nos costará recuperar la ilusión de volver a decir algo, de tener esas pocas palabras que nos acompañen de nuevo, allí donde nos encontremos. Y volver a estar contentos, como cuando entonces