lunes, 24 de enero de 2011

SOBRE LO QUE HABITA EN LAS ENTRAÑAS

No se si le pasa con frecuencia en el trato personal con amigos, conocidos y demás parentela. En un momento de la conversación va el otro y dice, más o menos, aquello de: eso es lo que tu piensas, pero lo que yo pienso es mío y esta aquí dentro, apuntando con el dedo a ese lugar intermedio del esternón, entre el corazón y el estómago, que coincide con lo que comúnmente se entiende por las entrañas. Yo, entonces, parafraseando el final de las añejas conversaciones con los curas, me digo que con las entrañas hemos topado. Siempre que mi interlocutor recurre a sus entrañas (fíjese que no digo sus arbaitas, delante de gente que tiene tan alto el nivel de testosterona no se que decir) para resolver un conflicto de entendederas me retiro a mis aposentos a que escampe.

Yo creo que en las entrañas nada mas habitan las entrañas. Como lo oye. Ese conglomerado endocrino, sanguíneo y respiratorio, que me parece bastante conocido por el personal. Ahora bien le digo también que, aunque mi interlocutor apunte con el dedo en la dirección equivocada, eso no significa que no exista y no le asista lo que dice. Claro que sí. Claro que piensa y claro que ha de estar en algún sitio eso que piensa. El problema surge cuando pongo en tela de juicio si lo que piensa es solo suyo y si el lugar donde se aloja esta solo dentro de él. Esta patrimonialización exclusiva y excluyente del contenido y el continente tanto de lo que uno piensa como de lo que no se puede explicar, así como del lugar que ocupan, es lo que hace que me ponga a escribir a ver si me aclaro. Y usted que lo lea.

De otra manera, pensar que existe ese oculto y secreto refugio dentro de uno desde donde partir a la conquista del mundo, o al que acudir cuando todo lo que está fuera ha sido devastado por la aniquiladora acción colectiva, forma parte de una imaginación desbordante mas propia del lejano cerebro infantil, ese ámbito tan amplio y tan vacío como una catedral sin devotos suplicantes, donde se agitan y chocan atolondradamente grandiosas y pomposas ideas, lo que produce una doble e ilusoria sensación de libertad y protección. Todo ello significa no querer aceptar que, por mucho que uno quiera atacar o salvarse desde o en hueco tan honorable, el tiempo acaba por horadarlo todo.

No hay nada “en si” dentro de nosotros que pueda vivir aislado, que no pueda darse a conocer a los otros, ni dada que nos haga excepcionales delante de los otros. No hay, igualmente, refugio, ni salvación, ahí dentro. Excepción hecha para aquellos que, desahuciados, se pasan la vida hablando solos. Únicamente disponemos de la capacidad de comunicación entre nosotros mismos. Si somos buenos estrategas y usamos el lenguaje adecuado se abre la posibilidad de conectar con los otros, de comunicarnos. Si no es así, la cagamos. Y no vale, entonces, refugiarse en el fondo oscuro de nuestras entrañas ni acudir al sanador de turno para que nos ilumine ni de quejarse por ser uno de esos tipos divinos siempre incomprendido. Hay que empezar de nuevo. Somos lo que somos porque somos seres hablantes y asociados a un sistema de signos que nos acoge y nos acuna desde que nacemos. Las palabras y los signos son de todos y no debemos permitir que nadie nos los robe y los utilice en nuestro nombre, revelándonos lo que debemos descubrir por nuestra cuenta. A través del esfuerzo permanente de comunicación con los otros (mucho mejor si no son de la misma tribu), mediante la puesta en práctica de estrategias y lenguajes convenientes, protegiendo los espacios y lugares que hagan todo eso posible. A eso lo llamo tener y compartir experiencias creativas. Una vez que el ARTE con mayúsculas ha muerto, llevándose consigo toda su pesada y perenne carga de trascendencia, eso es lo primero, y más necesario, que tiene que conseguir hoy quien quiera que lo llamen lo de ser un artista. Tampoco estos atributos son patrimonio de nadie, están al alcance de cualquiera. De cualquiera que no se empeñe en seguir hablando solo, con lo que dice que habita en sus entrañas.