martes, 2 de marzo de 2010

DESGRACIA, de Steve Jacobs


EL HAMBRE DE MACHOMAN

La figura del machoman es una fuerza eruptiva de la naturaleza, que como un terremoto nos atraviesa, hasta partirnos en dos. Su correlato, la figura de la hembrawoman es otra de las fuerzas desbordantes que constituyen el mundo, y que como un tsunami nos abraza, hasta ahogarnos. Entre las dos consiguen que el mundo continúe dando vueltas, de momento. Cuando digo fuerzas estoy pensando, las estoy equiparando como ha visto, con sus pares en el mundo natural, y sometidas igual que ellas a los vaivenes de calentamiento y refrigeración que hay entre el temblor ardiente y profundo del núcleo y las diferentes formas solidificadas que habitan en la superficie. Cuando digo correlato no digo que se lleven bien, en realidad se llevan a matar en ecológica armonía. Con sus periodos de tregua las diferentes fuerzas, de cuya resultante surge lo que conocemos por naturaleza, están en permanente beligerancia. Es el equilibrio primordial entre supervivencia y aniquilación. Conviene, entonces, no olvidar a Freud para entender lo que significa la cultura, civilización, o como se llame todo eso, como organismo regulador de ese cotarro, y que son también formas que adquiere la naturaleza en la superficie. Únicamente desde la protección que nos proporcionan sus murallas, desde la comodidad transitoria de sus sitiales podemos llegar a sentir y a entender, además, toda la belleza, todo el atractivo, todo el sentido que desprenden cada una de sus representaciones. Paradoja habemus.

El señor Lurie no es un robagallinas, ni está echado a perder, ni vive tumbado en la cloaca por miedo a caerse en ella. No es, pongamos, nuestro último héroe mediático John Cobra. Es un respetado profesor de poesía romántica, ay, de la universidad de Cap Town, que no ha perdido un ápice de su condición depredadora de machoman, con toda su gama de pretensiones intactas, sin miedo a estrellarse o congelarse en el camino, que haciendo uso de esa megalomanía en la que vive instalado se atreve a hacer lo que hace, rompiendo así el equilibrio primordial entre supervivencia y aniquilación antes mencionado. Lo peor de todo, entonces, es que el señor Lurie no sabe qué hacer porque lo denuncia la alumna que se ha tirado y lo han despedido (así en este orden), vaya por dios. Va entonces y se me pone vaticanista rumbo a donde vive su hija, con la culpa y arrepentimiento en cada alforja. Cielo santo. Que quiere que le diga, gente así, mire a su alrededor, me da mucho más miedo que cualquiera de los grandes gatos de la sabana africana.

Le decía antes que convenía no olvidar a Freud y los suyos, también para constatar la fragilidad de la cultura y la civilización, ese refugio, ante la envestida de los arrebatos de tipos como Machoman Lurie. Para reconocer su escasa influencia en su toma de decisiones y, sobre todo, para entender, y hacernos entender, lo que le ha sucedido, lo que está sucediendo. Comprenso que a un león del Serengueti no le interese, se trapiña a la gacela y no da más la brasa. Así funciona el pacto primordial entre supervivencia y aniquilación fuera de la universidad y su área ciudadana de influencia. Pero, ¿cómo funciona dentro de ese lugar hasta ahora sagrado? ¿Hay rastro de ese pacto entre tantos libros y conocimientos? ¿Que se ha perdido con su desaparición? ¿Qué hacer cuando los libros y el conocimiento no funcionan como contrapeso a las dentelladas del león, al igual que los resortes de la civilización a la que representan? ¿Qué hacer cuando la universidad se convierte en selva o sabana?

Buscar la redención intentando dar cobijo y consuelo a su hija Jessica, violada y ultrajada por una jauría de machosman locales, digamos, no universitarios, no ayuda a aclarar el sentido del cada vez más complicado asunto. Menos aún, si Jessica decide no abandonar el lugar donde la han violado, asumiendo esa desgracia como parte de la vida que le ha tocado vivir, casándose con un vecino de la misma raza que los de la jauría, ella que es lesbiana y ha compartido amor y sexo durante muchos con otra mujer. ¿Nueva manera de editar el equilibrio, el pacto primordial entre supervivencia y aniquilación? Con la pieza que se le ha metido en casa, ¿cómo puede hacer valer la confianza en la relación paterno filial? ¿Cómo se puede saber desde donde estamos colocados como espectadores en ese momento? ¿Cómo se puede entrar en ese mundo con los ropajes del arrepentimiento vaticanista con que se ha vestido el señor Lurie? El culto profesor no ha entendido nada de lo que le obligó a abandonar Cap Town y no entiende nada de lo que le pasa a su hija. Ni el espectador inadvertido, si le sigue a través del filtro de su mirada, que es la que manda en la pantalla. Eso sí, la bragueta no deja de tenerla entreabierta para cualquier hembra que merodee a su alrededor.

El señor Lurie es un machoman astuto y curtido en la caza. Ya se ve, desde las primeras escenas en el aula, como pone la mirada sobre su presa. Ningún felino lo hubiera hecho mejor. O, como buen putañero, persigue a las lumis. ¿Cómo quiere que me crea que puede entender el racismo a dos bandas en Surafrica y por el mismo envite ansiar el amor de su hija? Hay un cierto desbordamiento por parte del director Jacobs a la hora de cebarse con la redención de su personaje, más allá de la cual tengo dificultades para construir algún tipo de sentimiento relacionado con la empatía o con alguna variante de la compasión. De otra manera, o le sigo su rollo o me quedo fuera.

Pero el señor Lurie es, también, un profesor universitario con una mirada estrábica, no se si por causa del despido o es la impronta del cazador, todo lo cual no es óbice para que no ejerza de personaje inteligente. Por respeto a la inteligencia del espectador, debería haber puesto la suya a servicio del relato. Pero no lo ha hecho. No se trata de montar el número de la redención y la culpa, y tal y tal. Ya sabe, al Cesar lo que es del Cesar, a Dios lo que es de Dios. El señor Lurie va de superCesar, que no se imagina que tiene a su Brutus amenazándole el cogote. A eso se llama pasarse de listo, y con tipos de tal pelaje no se va a ningún sitio de interés cinematográfico. De lo que se trata es de saber qué tipo de vida vivimos ahora, cuando individuos del prestigio cultural y social del señor Lurie actúan así, sin poner límites a sus pretensiones. No digo que el señor Lurie no joda, que lo haga. Que joda, que odie, que asesine si conviene a su cerebro y su polla (perdón por la redundancia), que lo haga en la Universidad de Cap Town o en Princenton. Pero que no me oculte su actuación bajo el manto exculpatorio del arrepentimiento. Eso es lo que me interesa como espectador.

Somos criaturas inevitablemente manchadas por la vida. Bien lo sabe su hija Jessica. No sentirse culpable, ocultándola al arrepentirse, sino mirando de frente a esa mancha, a esa imperfección horrible, elemental, es lo que yo le pido al docente Lurie cuando comparece en la pantalla. No que me dibuje un itinerario moral a modo de confesionario, sino que me muestre la dimensión y textura de la mancha, aquí y ahora. Negritud mediante, si quiere. Así de paso sabré si vale la pena ir, o no, a la Universidad. Disculpe el lapsus oportunista, pero mi sobrina pequeña me ha pedido consejo.