jueves, 3 de diciembre de 2015

EL PENTATEUCO DE ISAAC, novela de Angel Wagenstein

Lamentablemente los horrores del siglo XX para la mayoría de los lectores de hoy ya no existen. Los horrores del siglo pasado puede que hayan existido, porque así lo dicen los libros, los documentales y las tertulias, pero para los lectores actuales son agua pasada. No vivimos, según ellos, sobre las ruinas del continente y sobre las tumbas que dan cobijo a los huesos de millones y millones de muertos. Sencillamente vivimos bien donde vivimos, aunque los bancos y sus cómplices nos quieren amargar la existencia. La literalidad más contundente se impone en la mirada de estos lectores. Según ellos Isaac Bumenfled, protagonista y narrador de la novela de Wagenstein, es un pobre sastre que nació en el sitio y en la época equivocados. Ni siquiera vi intención de acompañarlo cínicamente en el sentimiento. Esa frase mediante la que, los que se creen vivos o protegidos frente a las calamidades, muestran su alegría delante de los muertos o los dolientes.  

La literalidad es la gran enfermedad de la lectura, como el infantilismo lo es de la vida adulta. De hecho son relatos paralelos que se alimentan y se protegen mutuamente. Es el sino de los tiempos actuales. Frente a la complejidad y los horrores del mundo, que nuestra codicia en libertad han dejado al descubierto, sacamos a pasear El Niño que llevamos dentro. El único ser que es capaz de solapar realidad y ficción, y no tener sentimiento de culpa por ello, ya que esa es su auténtica identidad. ¿En qué quedamos? ¿Para qué queremos entonces ser libres? ¿Para qué queremos la democracia? ¿Para qué queremos, como dijo Kant, alcanzar la mayoría de edad? Mejor, todo buen siervo anhela un buen señor. Para este viaje no hacían falta semejantes alforjas, y, sobre todo, no hacía falta tanta palabrería demagógica que hemos producido durante los últimos cuatrocientos años a cuenta de la libertad y la dignidad humana. El ser humano no quiere ser libre, ni digno. Ahora ya sabemos que a lo único a que aspira es a ser rico. Por eso está tan enconado con los bancos, porque no le dejan comprar tantos juguetes y sonajeros como antes. No puede existir si ellos a su lado, por ello se consume en sus propias rabietas y decepciones.

Que, de repente, aparezca en nuestras vidas una figura como Isaac Blumenfeld son ganas de molestar al contribuyente infantil. Alguien dijo: a este sastre los que le pasa es que está enfadado. Talmente, como los niños ven a los adultos. Siempre enfadados de aquí para allá. Siempre mohínos sin saber por qué. La literalidad nos ciega, la literalidad nos mata. Pero las metáforas, como medio de acceder a la verdad, nos desconciertan, nos aturullan y, en última instancia, nos acojonan. ¿Cansancio?, ¿aburrimiento?, como diagnostica el coreano berlinés Han. ¿No salir de casa?, como dictaminó Pascal. ¿Qué hacer para manejar esta colosal guardería en que hemos convertido el mundo occidental, y especialmente esta país? Han no lo expone, pero, quizá, como buen lector de Heidegger si lo sepa. Miedo. Miedo a que El Niño con que nos representamos se canse de nuestros enfados y veleidades, y nos abandone. Miedo a la muerte como definitiva posibilidad de la vida. Y miedo a que entonces aparezca con toda su intensidad el horror que forma el suelo donde pisamos, que es el mismo que piso Blumenfeld durante su peripecia europea concentracionaria. Porque el horror no es cosa del pasado, ni del futuro, el horror sucede siempre. Es el magma donde se funda y se funde toda comunidad humana. Cómo entender, sino, que tipos tan cultos fueran capaces de tamañas barbaridades. Y llamo cultos a los nazis alemanes (holocausto), a los soviéticos (gulag) y los norteamericanos (bombas atómicas sobre Japón), tres cosmovisiones del mismo espíritu humano, causantes de la mayor convocatoria simultánea de maldad jamás antes experimentada por la humanidad. De eso nos quiere advertir, "amablemente", el sastre errante. Y que todos los sonajeros, performances políticas y sociales que nos inventamos para distraernos, son máscaras para ocultar nuestra verdadera procedencia e identidad.  Pero, sin embargo - nada más lejos de estar enfadado - Blumenfeld al final nos invita a seguir viviendo. Y, además, nos desea las buenas noches al despedirse. Ahora bien, ¿qué tipo de humanidad nos va acompañar en ese seguir viviendo que nos propone el protagonista? ¿Caminando, como hasta ahora, surfeando encima de la falsa luz, o metidos de coz y hoz dentro de la inabarcable e imprevisible  obscuridad? (buenas noches, no buenos días) ¿Es concebible una humanidad, al fin, sin sonajeros políticos, ni perfomances sociales, es decir, una humanidad sin máscaras que oculten lo que realmente somos? Es conveniente enfrentarnos a estas preguntas para saber que terreno pisamos. Para saber que camino escogemos. Qué destino imaginamos para nosotros. Y cual para darle en herencia a nuestros hijos. Silencios y caras de aliño. 

Mirando al horror cara a cara. Sin olvidar nada ni a nadie, pero sin poner acritud sobre nada ni sobre nadie. Con agudo y penetrante sentido irónico de la existencia, Isaac Blumenfeld nos entrega para su lectura las palabras que lo han humanizado de nuevo. Y los lectores, al leerlas con atención, no hacemos otra cosa que renovar la nuestra. Este es el verdadero sentido de esta lectura. Esa es la luz que precipita sobre lo que ya sabíamos por los datos generalistas de la historia y los documentales. Una luz única e irreductible a la ganga abstracta. La luz que pone la voz de un hombre irrepetible, Isaac Blumenfeld. Irrepetible como lo somos cada uno de los lectores que le escuchamos.

Y es por ello que sí, efectivamente, renovamos también nuestra humanidad, sabiendo que junto a las quimeras políticas y sus inevitables performances sociales - la acción de todas ellas tiene un alcance de efectos únicamente reactivos, como la mano que se aparta del fuego, o la defensa se coloca frente al ataque -, y su más que previsible y reiterada voluntad deshumanizadora - después de aquella devastadora confluencia a tres bandas del Mal, el Diablo se ha adueñado para siempre del Mundo, como vieron parcialmente Serenus Zeitbloom en Doctor Fausto y Stephan Zweig al final de su vida, ¡qué podemos esperar! - no debemos prescindir de nuestras propias experiencias creativas. En nuestro caso, de nuestras experiencias lectoras compartidas. La única posibilidad de esa constante renovación de nuestra humanidad a la que estamos, desde entonces, ineludiblemente interpelados y convocados.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL FRANCOTIRADOR, película de Clint Eastwood

Pienso que un lector o un espectador son, y siempre han sido, eminentemente seres sensibles e inteligentes. Todo junto y al mismo tiempo. Sólo sensibles son el resto de los seres vivos. Es decir, un lector y un espectador tienen conciencia de que están vivos y de que se van a morir. El clasicismo organiza sus relatos teniendo en cuenta tanto la sensibilidad y la inteligencia como la propaganda religiosa o política. Lo permanente y lo fluctuante. La fe y la razón por un lado y el poder por el otro. 

Tardé mas de media hora en entrar en la peli de Eastwood. La guerra. Mira que veo y reveo con satisfacción renovada las pelis de John Ford, maestro de maestros en esto de combinar sin despeinarse sensibilidad, inteligencia y moral-propaganda. Mira que ya sé, y no me importa, el trato que da, por ejemplo, a los indios. O como convierte en un tipo heroico al mas canalla e imaginativo de los militares norteamericanos del siglo XIX, George Custer. Mira que...Pues perdí media hora tratando de colocarme delante del dilema del francotirador. Como si quitar de en medio a quien te amenaza, o amenaza a los tuyos, fuera una cuestión sólo de la guerra. Como si la supervivencia diaria no fuese en tiempo de paz lo "mismo" que en tiempo de guerra. Como si ser francotirador no fuera semejante a ser bombero, o enfermero, o parecido a lo que hace tanta gente que ha tratado, trata y tratará siempre de salvar y proteger a los suyos. Como si el francotirador, la mujer o el niño yihadistas no estuvieran haciendo lo mismo. Algo tan antiguo como para pensar que la vida sin ello no sería posible como la conocemos. Esta falta de perspectiva, que también se llama ceguera, en mi caso creo que tiene que ver con ese valor absoluto que le sigo, le seguimos, dando a la moral de la política, procurando que nada tenga que ver con ese otro absoluto que es la guerra. Como si la guerra es cosa de los malos y la política lo fuera de los buenos. 

Unos absolutos que juegan sus cartas con otros absolutos en el mismo casino. Donde la barbarie de la guerra se mira a la cara con la barbarie de la cultura en tiempos de paz. Ahora también lo sé desde que me lo enseñó Walter Benjamin. La política da de sí lo que puede, no es ilimitado su campo de intervención en los asuntos colectivos. A partir de esa frontera entra en acción la economía, en el mejor de los casos, y, en el peor la guerra. En cada tiempo y lugar todo dependerá de la correlación de fuerzas que ponga en juego la peligrosidad de unos hombres para con otros, ya se entienda ésta en sentido fuerte o en uno más débil que admita, cuando menos, la tendencia irreprimible de los seres humanos a abusar de su poder. 

El caso es que cuando vi a Chris Kyle como lo que es, un trabajador de la guerra, no en la guerra, que se toma en serio su trabajo, todo empezó a funcionar en su sitio. Y empecé a "disfrutar" de la guerra de Kyle, sin tener que ir a esa guerra. Igual como me gusta disfrutar de las habilidades de los bomberos o de los profesionales de otras actividades de riesgo. Y es que uno sólo tiene las habilidades que tiene, y son poco arriesgadas. Porque el "valor" de la peli de Estswood es desmitificar el significado de la guerra como algo diferente y opuesto al de la política, la economía y la paz. Entonces, como todo trabajador que pone demasiado celo en su trabajo, Kyle se estresa, se angustia, se desespera. Vela y se desvela por los intereses de la empresa que le paga. Pone en peligro su frágil estabilidad emocional y la de su familia. Ya que, como el ejecutivo de JP Morgan o el político profesional, pasa muchas horas fuera de casa. Y siempre tiene los asuntos del trabajo en la cabeza.Y su mujer lo acusa, y se lo reprocha. Y los hijos también. Al final, como todo buen trabajador, recibe los honores de quien lo ha contratado. 

Y es que la guerra, como los actos terroristas indiscriminados en las ciudades occidentales, han vuelto con brío a formar parte de nuestra vida a este lado del paraíso, como los desahucios, los vaivenes de la prima de riesgo, la muerte imprevista de los amigos, el impago de la deuda soberana, etc. Un paraíso en el que los propagandistas de la banalidad del bien nos han querido convencer, durante los últimos años, que eran males del pasado. No obstante, ya sabemos que todo puede pasar en cualquier sitio. Que cualquier cielo se puede convertir en un infierno en un solo día. Contra lo que digan los físicos, el pasado siempre vuelve, porque no se ha ido nunca. Lo que no llegará nunca es el futuro, tal y como hasta ahora lo hemos imaginado. Eastwood nos vuelve a advertir sobre la inevitabilidad de lo que es de sentido común adulto.

martes, 1 de diciembre de 2015

LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO, libro de Byung-Chul Han

En buena medida las sociedades actuales lo son en función de lo que dictan y determinan sus expertos y técnicos. Hay expertos para todo: información, salud, economía, educación, psicología, abogacía, ecología, historia, geografía, ecología, sexo y reproducción, amores y adulterios, vejez, y tal y tal. Esta sociedad de los expertos y los técnicos consigue que todos tengamos cada mañana, semana o mes (según los ritmos y periodicidades) perfectamente cocinado y enlatado, servido en casa a través de las diferentes terminales de que disponemos, y que hoy nos proporcionan de forma masiva las nuevas tecnologías, lo que tenemos que decir en los diferentes foros profesionales, sociales o familiares donde desarrollemos nuestra experiencia vital. Creyendo y haciendo creer a los otros que eso que decimos lo hemos pensado nosotros. De esta manera el ciudadano ha ido la perdiendo, si es que la tuvo alguna vez, la condición primordial de sapere aude (atreverse a pensar por sí mismo), que es lo único que le otorga la auténtica legitimidad a su saber ser libre, justo y fraternal. En definitiva, a ser y comportarse como un auténtico ciudadano. Mejor que piensen por mi los expertos y técnicos sobre las cuestiones que me interesan, venimos a decir. Y, ya puestos, sobre todas las demás. Yo, si puedo, me limito a pagar. Y sino, me quejo. 

Pero, ¿qué es lo que pagamos realmente? La ilusión de que somos libres, justos y fraternales, que es lo mismo que comprobar que hay una oferta variada y divertida de todo en cada estantería. Y lo mas importante y peligroso, pagamos la ilusión de que participamos y de que somos dueños de nuestro propio destino. En definitiva, pagamos la ilusión de que sabemos. Olvidándonos de que la sociedad sólo funciona, si nosotros la hacemos funcionar con nuestra particular forma de pensar por nosotros mismos. En esto se oye lejanamente el eco del pensamiento de Platón. Una sociedad de ciudadanos no funciona como si fuesen los clientes que pagan lo que les ofrecen los diferentes expertos y técnicos. Así funciona el Mercado, que convierte a los ciudadanos para la ocasión en valor de cambio. Y para siempre en mercancías si se hace dueña de todo el imaginario colectivo. Como es nuestro caso. Una disciplina, el mercado, cuyos expertos y técnicos, por cierto, tienen una imaginación desbordante, creando unos relatos realmente persuasivos. Los del mercado hacen verosímil ante sus clientes lo imposible. Los otros expertos fuera del ámbito del mercado se creen, y nos quieren hacer creer, sus propias mentiras. Eso marca la diferencia del éxito que tienen entre los ciudadanos a quienes se ofrecen. Éxito de un mercado que no deja paso a otro destino que no sea despóticamente el suyo.

Probablemente la globalización económica y financiera acabará con la idea de democracia moderna, tal y como la imaginaron nuestros padres fundadores. Es más fácil manejar a un cliente que a alguien que piensa por si mismo. Pero, atención a la madre del cordero de este asunto, es mas fácil soportarnos mejor como clientes que como pensadores de nosotros mismos y de los demás. La pasta derrumba muros y fronteras. Las ideologías los levantan. No el sapere aude. Que nadie piense que el muro de Berlín cayó hace 25 años por la fuerza de las ideas. Lo levantaron los clientes de un ideología concreta y lo derrumbó el empuje de los clientes de la contraria. Cuando el pensamiento se esclerotiza se hace costra y producto en forma de una ideología, sus pensadores se convierten, entonces, en comerciales de ese nuevo producto. El muro cayó por que mola mas el Berlín sin muro, que el que lo partía en dos. Nada mas hay que pasearse hoy por sus calles y ver las fotografías de antaño en los museos. Ahora bien, como dice un titular que leí el otro día: la Alemania de entonces se ha aburguesado. Ya ven.

¿Qué sociedad se ha ido creando a través de esta lente clientelar, mediante la que miramos el mundo? Una sociedad de clientes cansados conviviendo entre clientes cansados. De eso va el libro "La sociedad del cansancio", del escritor Byung-Chul Han. Y es que pensar asusta, sin duda, pero ser siempre cliente cansa. Cansa muchísimo. Lo que produce tipos muy aburridos. Tipos que siempre tienen que estar haciendo algo. De aquí para allá. Y a toda velocidad. Tipos que son incapaces de imaginarse no haciendo, metidos dentro de un sitio. Pero ojo, si esta es el alma de la sociedad de hoy en día y lo va a ser mas la del futuro, el escritor Han, sin embargo, no lo ve como una catástrofe, sino casi como una bendición. En este sentido no es un libro cansado, sino esperanzado. Ya que como se oye decir en un momento, cuando menciona a Maurice Blanchot: "el cansancio tiene un gran corazón".

Leamos y escuchemos - lentamente y con atención, sin estar pensando en que tenemos que hacer otra cosa - la primeras palabras del capítulo 'Pedagogía del mirar' y la últimas palabras del libro:

Pedagogía del mirar
"La vita contemplativa presupone una particular pedagogía del mirar. En el ocaso de los Dioses, Nietzsche formula tres tareas por las que se requieren educadores: hay que aprender a mirar, a pensar y a hablar y escribir (¿os suena el estribillo?). El objetivo de este aprender es, según Nietzsche, 'la cultura superior'. Aprender a mirar significa acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo, es decir, educar el ojo para una profunda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada. Este aprender a mirar constituye la primera enseñanza preliminar para la espiritualidad. Según Nietzsche, uno tiene que aprender a no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas. La vileza y la infamia consisten en la incapacidad de oponer resistencia a un impulso, de oponerle un NO. Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al creer de Nietzsche, en sí una enfermedad, un declive, un síntoma de agotamiento."

Las últimas palabras del libro "La sociedad del cansancio":
"Handke (se refiere Han al escritor Peter Handke, autor de un libro titulado, 'Ensayo sobre el cansancio') esboza una 'inmanente religión del cansancio'. El cansancio fundamentalmente suprime el aislamiento del Ego y funda una comunidad que no necesita ningún parentesco. En ella despierta un compás especial, que conduce a una concordancia, una cercanía, una vecindad sin necesidad de vínculos familiares ni funcionales (...) El cansancio les da el compás a los solitarios distraídos."

sábado, 28 de noviembre de 2015

LOS RELOJES, LAS PLUMAS ESTILOGRÁFICAS Y MIS DIAS

Nunca he tenido demasiada afición por coleccionar cosas u objetos. Siempre he sido demasiado austero para ello. Todo un carácter, que ha marcado mi destino. Lo que le quiero decir es que con estas ambiciones nunca llegaré a nada, que es exactamente donde me encuentro y desde donde escribo. Pero si ha habido dos chismes de esos que desde muy pequeño me han producido una gran fascinación, al tiempo que una insondable perplejidad y asombro. Los relojes y las plumas estilográficas. Y los libros, por supuesto, pero, como verá, esta afición última es mas una consecuencia de las otras. Los relojes y los bolígrafos son primordiales. Y, a parte del biberón y la sopa de cocido, fundacionales, me atrevería a decir, en el deambular por mis días.

Todo empezó el día en que mi padre me regaló, cuando hice la primera comunión, el primer reloj. Un Dogma. Y tres años mas tarde un pluma estilográfica Parker, cuando me inicié como bachiller. El reloj es chapado en oro, de un tamaño superior a mi muñeca de entonces, aunque mi padre me dijo que ya crecería y se acoplaría mejor. Los números del minutero están grabados de forma combinada. Solo hay número cuando marca las 12, las 3, las 6 y las 9. El resto de las horas son puntos dorados entre esos cuatro dígitos. El segundero es un circulo pequeño colocado cerca de las 6. La pulsera, también chapada en oro, era elástica. La pluma es de pasta negra con el plumín chapado en oro, como no, y adornos dorados en la caperuza. La tinta siempre ha sido Pelikan. Chapar en oro pasó de ser una forma de ocultamiento a una manera de vivir con orgullo y dignidad en mi familia. Todas las joyas que entraron en mi casa por aquel tiempo estaban chapadas en oro. El chapado en oro, como los plazos, pusieron brillo a unas vidas, después de años grises sobre grises, que empezaban a llegar a final de mes con el sueldo de mi padre. Los objetos y las cosas empezaron, como le ocurrió a cualquier niño de entonces, a inundar mis días.

Los pongo con mayúsculas, Dogma y Parker, porque son seres singulares, protagonistas irrepetibles en mi vida. Yo creo, en contra del mandato de la academia, que las mayúsculas deben subrayar la importancia de lo individual no de lo colectivo, de lo concreto e irrepetible no de lo abstracto o generalizable. Perdone por la digresión filosófica. El paso del tiempo de la inocencia al de tener uso de razón y el de ser un parvulario a ser estudiante con futuro, quedaron asociados para siempre en mi conciencia, mediante este reloj y esta pluma, a la puerta de entrada previa en el mundo adulto. Decidí que con esos dos acompañantes era mas que suficiente para andar por el mundo. Luego me contradije, como no podía ser de otra manera - ¿cómo le podría explicar, sino, por qué he llegado hasta aquí? E hice muchas cosas y tuve en propiedad una variedad inconfesable de objetos. Incluso, fíjese, quise hacer la revolución, que es el objeto más deseable, pero también más inasible, por excelencia. Y como buen émulo de Lenin pretendí asaltar el Palacio de Invierno, que donde yo vivía entonces se llamaba Palacio de la Moncloa. Un palacio precioso de la época de Goya, que me habían dicho que estaba lleno de relojes y de plumas de época.

Lo que me ocurrió lo hizo de forma inexplicable y simultáneamente. Ahora que lo pienso con detenimiento, creo que fui un traidor a la causa revolucionaria desde el principio. Yo digo, para consolarme de forma campanuda, que tuve mi primera crisis de fe revolucionaria. O sea, me pregunté solemnemente, ¿quiero asaltar el Palacio de la Moncloa para cambiar el curso de la historia o para apoderarme de todos los relojes y plumas que hay allí? ¿Cambiar la historia a golpe de cronómetro y calendario, o entender el mundo a golpe de pluma y folios? Y es que por entonces, en paralelo a mi falso furor revolucionario había desarrollado algunas incipientes habilidades literarias, fruto de mi empeño y dedicación al estudio, que el Dogma y la Parker me habían ayudado a encauzar con éxito. Siempre leía o estudiaba acompañado de la Una en la mano derecha y del Otro enroscado a mi mano izquierda. Recuerdo que mi madre, casi analfabeta y acostumbrada a contar las horas y escuchar las palabras cantando u oyendo a Concha Piquer, siempre me decía que con tanto leer y escribir, y mirar el reloj, acabaría por no ser un hombre de provecho. A las frases de mi madre nunca les hice caso en su momento, pero a partir de una edad me he dado cuenta de que algunas de ellas estaban llenas de esencial sabiduría. Y es que desde que mi padre me regaló el Dogma adquirí una estrafalaria manía que no me abandonado nunca: mirar el reloj con asiduidad. Una manía que iba ligada a un temor oculto: que el Dogma se atrasase o adelantase. Esa manía por la exactitud de la hora en mi reloj buscaba algo con que reaccionarse fuera de mi que no supe distinguir hasta años más tarde. En definitiva, sabia que me preocupaba el paso del tiempo aunque no sabia que hacer con esa preocupación. La exactitud de El Dogma, mientras tanto, calmaba en gran medida toda esa ansiedad. Al menos, saber que el tiempo pasa de forma exacta, me decía, otorga a un aura de credibilidad a las cosas que me pasaban de acuerdo al compromiso adquirido con el Dogma. Así las registraba luego con la Parker en un diario que he ido escribiendo de forma intermitente. Lo recuerdo ahora tan cartesiano como insatisfactorio, pero, créame, no sabia manejarlo de otra manera.

Lo de las crisis de fe revolucionaria - o lo que fuera eso que me pasaba - era algo que mi madre no sabia, ni los camaradas revolucionarios tampoco. Pero, al igual que cólicos nefríticos, he tenido frecuentes crisis de esas, de mayor o menor envergadura. Eso que en el argot se llamaba desviacionismos pequeños burgueses. Y es que, a parte de mi fidelidad inquebrantable al Dogma y a la Parker, he tenido una relación de posesión continuada con otros relojes y plumas estilográficas. Incluso imaginé una forma de trueque, que nunca me atreví a poner en práctica, pero que me sigue pareciendo la forma exacta de la justicia, y del inicio mas noble de una relación amistosa. Intercambiar relojes y plumas estilográficas con desconocidos. Si alguien se ponía delante, pongamos en el metro o en el autobús, lo primero que hacia era mirar a la solapa de la chaqueta y a la muñeca para ver que reloj llevaba y que pluma utilizaba. Por mi parte llevaba un stock de relojes y plumas para ofrecer al candidato enroscados en cada uno de mis brazos. Cada reloj mostraba la hora de las diferentes capitales del planeta. He de confesar que he pasado buenos momentos en mis trayectos dentro del trasporte público. Lo mas importante ha sido el intercambio de miradas que he coleccionado, lo cual atenta una vez mas contra ese nulo interés por acumular cosas que he dicho al principio. Lo que pasaba, valga esto como atenuante de mis obsesiones, es que la mirada sobre un reloj o una pluma y el reloj y la pluma mismos se acababan convirtiendo en el mismo objeto. Y en el delirio de la posesión, el dueño también. La prueba irrefutable de lo que digo es que una vez me enamoré perdidamente. Eso si que fue una revolución. El reloj que llevaba era de baratillo pero ella era hermosa como una orquídea. Estuve tentado de ofrecerle el Dogma y la Parker a cambio de su amor eterno. Pero el día que había reunido suficientes fuerzas para intentarlo, la orquídea no se presentó en la estación de metro. Gracias a que el Dogma y la Parker continuaban conmigo, no me deprimí anticipadamente. El reloj me seguía confirmando la exactitud del tiempo y sus correspondencia con los hechos que, indefectiblemente, seguían ocurriendo a mi alrededor. La Parker daba cumplida cuenta de todo ello en el diario.

La segunda crisis revolucionaria significativa la sentí en un viaje en bici que hice por la Normandía francesa. La última etapa llegué a Caen, una de las ciudades más castigadas por los bombardeos aliados y alemanes. En el lugar que durante la ocupación estaba el cuartel general del ejército alemán, se ha levantado un gran memorial en recuerdo de aquellos años de sangre y fuego, y sobre todo, a benéfico del honor y la gloria del hecho culminante y decisivo que tuvo lugar cerca de allí: el día D, también conocido como El desembarco de Normandía. Durante el recorrido por las diferentes salas, donde se muestran todo tipo materiales que tratan de reproducir con detalle tales efemérides, me tope de forma inspirada con dos objetos que llamaron poderosamente mi atención por su poder significativo. En una vitrina se encontraba el reloj que llevaba el día D el jefe supremo de las fuerza aliadas, el general Eisenhower. Su marca, Dogma. En otra no muy lejana de esta, se encontraba la pluma con la que el general ruso Zukof firmó en el búnker del Furher en Berlín el final de la guerra mundial en Europa. Su marca, como ya puede suponer, Parker. Quedé estupefacto. Y mis convicciones revolucionarias a punto de derrumbarse para siempre. Salir de la inocencia con un reloj Dogma en la muñeca, y entrar en el mundo adulto mediante una pluma Parker entre los dedos, para llegar esto. Mis grandes nombres sagrados los descubrí en ese viaje, contra todo pronóstico, al lado de las más altas cotas de irracionalidad y perversión jamás logradas: eso significa para mi la guerra más devastadora de la historia de la Humanidad. Pero no me amilané ante el fatal descubrimiento. Me fui decidido a la tienda de recuerdos del memorial y pregunté al encargado si vendían una reproducción exacta de la pluma y le reloj de los generales. Me respondió que no le quedaban en el almacén, pero que en un semana los tendría a mi disposición. Como no podía esperar tanto tiempo, llegué a un acuerdo para que me los enviarán a casa por correo. Hoy forman los dos parte indisoluble de mi colección particular.

La tercera, y última, crisis respecto a la utopía sobre el destino final de la especie humana me surgió cuando me tuve que enfrentar, en el primer taller de literatura creativa al que asistí, a lo que allí me dijeron. El profe en cuestión nos dijo el primer día de clase dos cosas. Una, que anotáramos en la libreta que un texto es un prueba de la continuidad de tiempo y del sentido, de la desgracia y de la esperanza que acompañan a esta vida, del consuelo que requiere, de la inutilidad y miseria de tener aquello que de tan temible no es lícito temerlo, de distinguir entre lo que podemos llegar a saber y lo que nunca sabremos, de aceptar el amor que se nos da y el que ofrecemos no como garantía de nada, sino como iluminación de nuestro humilde lugar en el mundo...Abran páginas para que el miedo escape, no sea que sin darse cuenta lo hayan dejado en mitad del pecho. Dos, que saliéramos a la calle con esa misma libreta y apuntásemos durante un día lo que de relevante viéramos que tenía el mundo en ese lapsus de tiempo. Luego hablaríamos de todo ello en clase. Fue como una revelación, nunca antes experimentada desde mi primera comunión. El tiempo no era exacto era continuo y sucedía siempre. Lo que marcaba el Dogma era una convención mas entre otras muchas convenciones. La exactitud y sus hechos históricos asociados, talmente. Fue como el verdadero advenimiento del uso de la razón, prometida por mi padre con toda su gravedad e ilusión aquel día que me regaló el Dogma. Abrí rápidamente la libreta. Apunté el misterioso párrafo en mi diario. Y a continuación, puse mi atención a servicio de lo que pudiera dar de si el día a lo Leopold Bloom. Lo escribí todo con mi Parker en la mano derecha acompañada de cerca en la mano izquierda por su hermano gemelo el Dogma, que registraba la hora y los minutos exactos del suceso significativo que había seleccionado. No pude prescindir de sus servicios de la noche a la mañana. Ni puedo ahora. Sigo mirando el Dogma con asiduidad y escribiendo con la Parker. Días mas tarde hice en casa los arreglos oportunos, para que esa experiencia me sirviera siempre como frontispicio de la imaginación. Para no olvidarla. Para entenderla. Era un párrafo y la historia de un día que me abrían una perspectiva nueva, jamás antes conocida. Que se parecía a los días que podía medir con el Dogma, pero que no era el Dogma quien mandaba. Que sus palabras latían como si saliesen de la Parker, pero esta era solo una mediadora técnica. Un párrafo y un día daimones, como dirían los antiguos. Fuera del tiempo cotidiano que dictaba el Dogma, tic tac tic tac, pero que seguía sucediendo dentro de él, simultáneamente. Fuera de la tecnología que incorpora la Parker, pero discurriendo a través de su tinta, como si fuera la sangre de un ser vivo. Una vez que acabé el taller de literatura, intenté entrar en contacto con el profesor, pero, al igual que la bella orquídea del metro, desapareció incomprensiblemente de mi vida. Lo que si he conseguido es seguir sus enseñanzas a través de los libros que escribe y publica con asiduidad.

Como fácilmente podrá entender, después de tres crisis de fe en el género humano, ya tenía más que suficiente. Lo que quiero decirle es que, definitivamente, mi vida tenía sentido. Ahora ya no creo en nadie, aunque sigo queriendo a la gente que siempre he querido. Tampoco creo en nada, solo en mi imaginación, y, por supuesto, en estas dos almas gemelas, Dogma y Parker que , - como el Azar y Necesidad o el Cielo y el Infierno o el Tiempo y el Espacio - acreditan como nadie el uso que pueda haga de mi razón. La decisión que mis padres tomaron al traerme al mundo debió tener un propósito trascedente para ellos, y yo mediante la conservación de estos dos seres que me regalaron, como si fuese incienso y mirra, quiero recordarlos eternamente. Respecto a mi futuro todo lo que debo saber surgirá siempre entre el Dogma y la Parker. Hoy imagino con ternura, aunque con algo de resentimiento que no me abandonará nunca, aquellos años en que me dediqué fervorosamente a intentar asaltar el Palacio de la Moncloa. Pero sigo luciendo mi Dogma y mi Parker como si fuese el primer día. Funcionan a la perfección. Bueno, tienen los achaques propios de la edad. Como me pasa a mi mismo. A la Parker le he cambiando varias veces la goma con que succiona la tinta, y una sola vez el plumín, ya que una vez se me cayó y se despuntó. Como no, lo volví comprar chapado en oro. Todo lo otro es original. El Dogma va como la seda. Bien es verdad que cada año, el mismo mes que yo me hago las analíticas para ver como va la presión y las sístoles y diástoles del corazón, lo llevo al relojero del barrio. En mas de una ocasión el relojero me ha tirado los tejos diciéndome que si se lo vendo. Está fascinado con la precisión de su maquinaria. Tiene que ser suiza, me asegura, con orgullo profesional. Yo le digo invariablemente que si se lo vendiera me volvería loco, es la garantía que me permite seguir disfrutando del uso de mi imaginación y mi razón. El hombre se encoge de hombros, a la espera de una ocasión más propicia.

Ahora vivo en la cabaña que me compré con la indemnización que me dieron cuando me despidieron del trabajo. Cada vez quedo menos para cenar con los amigos o con la familia. Pero cuando lo hago, es igual de lo que hablemos, y el tiempo que pierda en ello. Se que con mi reloj y mi pluma a mi lado, mi vida tendrá siempre una posibilidad abierta de sentido al representarla en mi diario, por mucho que mis seres queridos se empeñen en hacerme sentir lo contrario. Mi mujer me lo dice con frecuencia, lo tuyo es un milagro incomprensible. Yo supongo que por ello sigue a mi lado. De usted, que ha leído esta crónica, no espero algo diferente.

viernes, 27 de noviembre de 2015

LA PROMESA DE KAMIL MODRÁCEK, novela de Jiri Kratochvil

En la novela "La promesa de Kamil Modrácek", de Jiri Kratochvil, todo me hace sentir que el narrador, o los narradores en los que se ha desdoblado ese narrador, me han traído y llevado dentro de las entrañas de un monumental laberinto. Y que esa era la experiencia lectora que se proponía que yo tuviera, si tenía a bien no desfallecer en el intento de mi lectura. ¿Un laberinto como metáfora de una vida, la del arquitecto Modrácek? ¿Un laberinto como metáfora de la vida misma, con sus apuntes en superficie, y, como no, sus atormentados apuntes del subsuelo? ¿Un laberinto sin más, un tiovivo, un divertimento estético? 

Al principio, me dije, estoy leyendo la novela de un arquitecto que escribe como piensa sobre el tablero de dibujo en su estudio de trabajo, donde diseña los esbozos de sus espantosos edificios socialistas. Durante toda la lectura he tenido la sensación de estar leyendo un esbozo de algo que no acababa de revelárseme. ¿Demasiada información para tan escasos sentimientos, me dije, que no emanan de su seno y tampoco migran al mío? ¿O era más bien mi imaginación, que no admitía una idea tan enrevesada? Luego pensé que los matemáticos - y los arquitectos tienen que tener el cerebro de matemático para llevar a cabo los cálculos que definan las fuerzas que aguantan los edificios que quieren hacer -, tienen tendencia a imaginar metáforas imposibles de imaginar por una mente que no sea matemática. En el extremo del delirio, imaginan metáforas espaciales del tiempo.

"Berthaud Russell - refiere Borges en un artículo suyo que titula "El tiempo"- explica que hay números finitos (la serie natural de los números 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10 y así infinitamente). Pero luego consideramos otra serie y esa otra serie tendrá exactamente la mitad de la extensión de la primera . Esta hecha de todos lo números pares. Así, al 1 corresponde el 2, al 2 corresponde el 4. al 3 corresponde el 6....Y luego tomemos otra serie. Vamos a elegir una cifra cualquiera. Por ejemplo, 365. Al 1 corresponde el 365, al 2 corresponde el 365 multiplicado por sí mismo, al 3 corresponde el 365 multiplicado a la tercera potencia. Tenemos así varias series de números que son todos infinitos. Es decir, en los números transfinitos las partes no son menos numerosas que el todo. Creo que esto ha sido aceptado por los matemáticos. Pero no sé hasta dónde nuestra imaginación puede aceptarlo."

De hecho, si los ingenieros y los arquitectos no tuvieran la disculpa del imperativo e imperioso servicio a la habitabilidad humana (¿?), ¿los podemos imaginar construyendo edificios donde, por ejemplo, se calme el dolor, o que sirvan para pensar, o para que se produzca dentro el advenimiento de lo sobrenatural, o edificios donde sea posible no compartir nada con nadie, una cabaña o una cueva? Edificios estos hermosos, llenos de fuerza poética y espiritualidad, y no esos monstruos, pensados para tener el mismo destino que las series transfinitas de números, con que muchas de sus obras abochornan los paseos ciudadanos por la ciudad. Descubriríamos, entonces, que cualquier rincón puede ser un edificio hermoso, y que al mundo le conviene que no salgamos tanto de casa. Al mundo, y a nosotros también. En fin.

Pero el caso es que Modrácek, libre de esas preocupaciones de que su edificio sirva a la causa socialista y a la grandeza de la clase obrera, diseña una estructura para llevar acabo su venganza contra el asesino de su hermana, y en definitiva, contra la opresión soviética y contra todas las opresiones. Y la venganza es una forma que adquiere su impotencia, al saber el arquitecto vengador que las cosas ya no podrán tener ningún tipo de significado. ¿Todas las fuerzas que sostienen su particular edificio en el subsuelo, operan para dar cuenta de esa endiablada asociación, ultima y definitiva? ¿Es ese el fin único del totalitarismo en la superficie? ¿Y lo es también de la novela de Modrácek, subiendo arriba y abajo, creando ángulos, amplias galerías, pasadizos estrechos, perspectivas distorsionadas, escorzos con luces y sombras? ¿Con las mañas de arquitecto, que es lo que de verdad sabe hacer bien, ha edificado Modrácek un poema, que refleja y alberga la venganza y el amor que anida y zumba sin descanso en su alma? ¿Ha construido un descenso a los infiernos, para visitar al dios Hades? ¿Única manera de mancharse (y mancharnos), y de entender lo que le ha (y nos ha) ocurrido arriba? Con el paso de los días creo que estas preguntas abren un camino de mi lectura no necesariamente desacertado. Y aunque el desdoblamiento de las voces narradoras me sigue atolondrando, así como el cambio de registro narrativo, y aunque el lenguaje me parezca, a veces, demasiado coloquial o sin voluntad poética, si consigo atisbar a través de todo el conjunto el mundo que pretender sacar a la luz desde el fondo de las tinieblas. ¿Edificado por el desquiciante ímpetu espiritual del arquitecto Modrácek? Cada hora que pasa lo dudo menos. 

Dice Azúa "que los lugares sagrados son espacios desconcertantes, caprichosos y generalmente baratos. Aparecen en donde menos se piensa, es inútil buscarlos porque sólo es posible encontrarlos, no se perciben a simple vista ya que su naturaleza sacra sólo se muestra mediante el sacrificio, que es lo propio de los espacios sagrados, si no, se llamarían de otra manera. Es el deseo y sólo el deseo, unido al sacrificio y sólo al sacrificio, lo que hace descender a las divinidades y convertir modestos lugares en templos perdurables. Todavía hoy sigue sucediendo."  

jueves, 26 de noviembre de 2015

INTENTEMOS NO PERDER EL TIEMPO CON LA LECTURA

Todo movimiento nos delata y toda palabra delata al narrador. Mientras habla, se construye. Mientras mira, desvela su mirada. Mientras dice, se descubre en sus palabras. Mientras observa, descubrimos sus puntos de interés. Mientras juzga, enseña sus criterios. La fantasía de un narrador neutro es un imposible. Lo oculto se ve en un disfraz. Lo neutro se percibe en una estrategia. Y desde su actitud lo interpretamos e interpretemos todo lo que nos dice. Leer es leer en compañía. En compañía del narrador. El objetivo del narrador es ganar nuestro interés, pero este interés depende en gran parte de la credibilidad que le demos. Ningún narrador es fiable. La credibilidad debe ganársela porque nadie está obligado a leer.
El autor escribe pero eso que escribe no es exactamente lo que el lector lee. El lector escucha lo que dice el narrador. Entre el autor y el lector es necesario este artificio que denominamos narrador. El autor está fuera del texto durante el proceso de lectura. El autor es el responsable del narrador que ha elegido y en esta elección descansa gran parte de su acierto o error. Puede elegir entre un narrador que lo sabe todo o uno que no sepa nada. Entre un narrador que muestre sus deseos de seducir al lector y otro que parezca no necesitarlo. Entre un narrador que comente al lector la lectura y otro que deje que el lector elija sus propias conclusiones. Entre un narrador que explique por qué narra lo que narra y otro que narre sin dar explicaciones. Todos son posibles. Lo importante es que el lector admita su compañía.
La literatura, y más concretamente, la narrativa, es una forma de conocimiento. Como dice Kundera, la novela es una forma de conocer algo que solo se puede conocer mediante la novela, y su escritura tiene mas que ver con la palabra no dada que con la palabra ya conocida, y precisamente por eso requiere un escritor o una escritora y no un escribiente. Los escritores y las escritoras que no han renunciado, es decir, aquellos y aquellas con más consciéncia de que su función es buscar la palabra que todavía no existe, no son ajenos a esta tensión que se produce alrededor de la escritura. Los buenos lectores y las buenas lectores también.

Conviene que recordemos, de vez en cuando, todo lo anterior antes de enfrentarnos al acto de la lectura, igual que pienso que debemos hacernos preguntas del tipo que a continuación expongo. Son éstas: ¿qué quiere del narrador de esta historia al oírle por primera vez en la primera página? ¿Que pienso que ha querido de mí el narrador de esta historia cuando he acabado de leer la última página? Y un narrador que se presenta hablando así, ¿es competente para contar esta historia? ¿Qué le impulsa, entonces, a contar esa historia? 

Si no es así, leer, entonces, ¿para qué? Cualquier actividad es intercambiable y sirve, igualmente, para satisfacer de inmediato las urgencias inaplazables de ese Yo del lector por ver el mundo exterior, inabarcable y misterioso, que lo desea configurado y formateado por defecto igualmente que su previsible y rutinario mundo interior. Un mundo exterior que - en toda cultura y condición, y debido a su persistencia y tamaño - siempre acaba imponiendo sus imágenes a nuestro escueto y limitado mundo interior. Lo que me lleva a preguntarme, a estas alturas, ¿qué tiene que ver toda esa precipitación del lector, con el afán de querer tener un libro entre sus manos? 

¿Qué es lo que no nos hace creíble un narrador? ¿Qué es lo que hace que no sea nuestro principal foco de atención durante el proceso de nuestra lectura? Honestamente no lo sé. Pero sí creo que tiene que ver, y de forma inversamente proporcional, con la fe que tengamos en nuestra configuración interna por defecto. Cuanto más creamos en ella y en el Yo que habita en nuestro cerebro, cuanto más creamos que ese cerebro es principio y fin de todo lo que nos ocurre, cuando más creamos que todo lo que ocurre en el mundo tiene antes que pasar por él, menos nos interesará lo que dicen los narradores que se nos acercan. Ensimismados, nunca nos fijaremos en cómo dicen lo que dicen, ni para qué lo dicen, ni a quien se lo dicen. Lo único que haremos es leer, repitiendo como un loro, lo que dicen. Y de lo que dicen, leeremos lo que mas engorde la fe inquebrantable en nuestro Yo Súper Size. Un Yo ahíto, por otro lado, de una imperdonable ignorancia. 

Ciertamente, como decía antes, ningún narrador es fiable. Ni nadie esta obligado a leer. Pero, igualmente, ¿cabe preguntarse qué fiabilidad tienen esos lectores con un Yo tan sobrado de peso y con una gravedad mental y espiritual tan espesa y opaca, que los fija para siempre al sitio donde se encuentran? Ya inmóviles, ahí para siempre, que exijan que sean los narradores quienes vayan a visitarlos dándoles palmaditas en la espalda, es comprensible desde el punto de vista gerontológico. Pero totalmente inapropiado si tenemos en cuenta la movilidad y la cintura que tiene que desplegar el ser propio de la lectura. Por todo ello, intentemos no perder el tiempo que le dediquemos a la lectura.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

SOBRE IDEAS Y CREENCIAS

Siguiendo a Ortega y Gasset, en las creencias estamos, las ideas las podemos tener o dejar de tener. O dicho de otra manera: las creencias no son ideas que tenemos, sino ideas que somos. Las creencias son acríticas y las damos siempre por supuestas siendo el continente de nuestra vida, no los contenidos, que se apoyan para su obtención en el continente: es lo que llamamos las ideas, a las que acompaña el pensamiento crítico. Por las ideas podemos llegar a ser capaces de dar nuestra vida, pero no podemos vivir de ellas como si hacemos con las creencias. Y las dudas, ¿dónde colocamos nuestras dudas? Cerca de las creencias o de las ideas.

Los inventores de la tradición del cristianismo a partir del Nuevo Testamento, a la que pertenecemos, pusieron la oscuridad y el misterio (ese Saber que Hay en el No Saber) en un sitio lo más alejado posible de las creencias de la vida cotidiana y rellenaron el hueco con dogmas de fe e instituciones religiosas. Lo hicieron así porque llegaron a la conclusión que no había nada que leer ni que pensar, aunque sí había mucho que creer. Esta claridad dogmática que se impuso en el mundo occidental desde entonces, y a la que las diferentes revoluciones dieron continuidad en su versión laica, dejó numerosas zonas de la vida humana trágicamente suspendidas del vacío o de la búsqueda ciega. De poco ha servido que críticos radicales del cristianismo, como fue el caso de Nietzsche, propugnaran tener la voluntad de la ignorancia y aprenderla. Nos es necesario comprender que, sin esta suerte de ignorancia la vida misma será imposible, que es una condición merced a la cual únicamente próspera y se conserva lo que vive. Sin embargo, solo aspiramos, como ya he dicho otras veces, a ser trasparentes como el vidrio. Por eso las formas de curación espiritual actual con vitola científica, paradójicamente, no habilitan para tener ideas, sino para restaurar la estancia de sus creencias que es lo que ha perdido el ser de vidrio. Sirven para instalar de nuevo la claridad dogmática de tales creencias, que el mal espiritual, al hacer nido en sus adentros, ha hecho desaparecer o temblar en sus sólidos fundamentos. Ya que ese malestar, que los seres humanos únicamente de vidrio padecen, lo que hace es acercar de nuevo la oscuridad y el misterio de la sentimentalidad primera. Algo que nuestras sociedades actuales, firmes creyentes todavía de los beneficios del Laicismo y del Progreso, no pueden digerir de ninguna de las maneras. Nada de lo anterior, claro está, quiere decir que esos seres humanos de vidrio solo habiten sobre sus creencias, y que no tengan ideas.

¿Cómo leemos habitualmente: bajo el palio protector de las creencias sólidas, o seducidos por la perspectiva o el horizonte que nos pueden abrir las ideas frágiles del relato? ¿Cómo se debe interpretar esas conocidas y recurrentes frases dichas por muchos lectores: "no se lo que me quiere decir el narrador" o "no sé como expresar el cómo me afecta lo que me dice el narrador"? Explicabilidad y expresividad son dos carencias frecuentes del lector en su acto único e irrepetible de lectura ¿A cuenta de que ponemos esas dos carencias: a la falta de ideas frágiles o al exceso de creencias sólidas? ¿Qué impulsa el diálogo, cualquier diálogo: las creencias sólidas o las ideas frágiles? Sin embargo, muchas tertulias quedan abortadas, o son muy aburridas, o sencillamente no se inician ni se convocan, debido a que todos llevamos dentro el tertuliano que en un momento u otro dice: "por ahí no paso, esto me lo tienes que aceptar, es indiscutible, no puede ser motivo de discordia." ¿De dónde nos sale semejante sentencia: de la solidez de nuestras creencias, o debido a nuestra incapacidad para enfrentarnos a los nuevos horizontes o perspectivas que nos alumbran las frágiles ideas? ¿Qué aborta la tertulia: las sólidas creencias o las frágiles ideas?

¿Por qué no aceptamos que las creencias sólidas son las que nos permiten levantarnos cada día para salir al mundo, pero son las frágiles y cambiantes ideas las que nos permiten caminar por él? Las creencias sólidas en las que estamos hacen que el mundo no tiemble bajo nuestros pies, pero son las  ideas frágiles que tenemos las que consiguen que se mueva ante nuestros sentidos. Lo que hay de vivo en la vida está precisamente en su modo de no estar, o en lo que no poseemos para siempre. ¿Por qué lo "creemos" al revés? ¿Somos conscientes del peligro que corremos de que nuestras frágiles ideas se hagan roca y se transformen en creencias? ¿Qué mundo es este en el que ponemos el pie en la tierra por la confianza que nos proporcionan nuestras frágiles ideas y en el que luego caminamos aupados sobre la fe sólida de nuestras creencias? Un mundo al revés. Un mundo transparente y, sin embargo, muy pesado o aburrido por falta de significados relevantes, puesto estos los proporcionan las frágiles ideas y la forma como las perciben los sentidos, no las sólidas creencias.

El malestar espiritual de la modernidad actual radica, según el filósofo coreano berlinés Han, en el exceso de positivismo que metemos en nuestras vidas, olvidándonos de su negatividad inmanente. Tan positivos somos, que desde hace ciento cincuenta años hemos prescindido de la figura del dios creador. Solo creemos en lo que de ciega tiene nuestra razón y en su enorme vanidad asociada. El mundo por venir será muy pesado y duro de habitar si no inventamos un nuevo dios creador, que ocupará como todos lo anteriores el lugar del Saber del No Saber. Aunque el camino hacia él ya no será trazado por las creencias sólidas donde estamos, sino por las ideas frágiles que tenemos, cuyas estrategias de comunicación ya no estarán rebozadas por la estática y árida vanidad del yo sabelotodo, sino por la humildad de quien tiene la voluntad de la ignorancia y quiere aprenderla. E intenta comunicarla a los otros.