Todos somos expertos de algo y a nuestra mirada, cuando salimos a pasear, o cuando hacemos lo que hacemos, le cuesta desprenderse de ese hábito. Somos expertos de eso con que nos ganamos la vida, que es lo que mas nos preocupa y nos ocupa. Hay expertos en enseñanza y en sociología, expertos en orden público, expertos comerciales y en servicios públicos, expertos en arquitectura, economía, antropología, psicología, música, gerencia empresarial, historia, física. Expertos que intentan leer literatura con su lenguaje de expertos. Primordial y único problema que tenemos, y que seguimos sin resolver. Y ahora tenemos a Julius, experto en psiquiatria.
Pero, ¿cómo se comporta la mirada de un experto? Básicamente, como dice Barry Lopez, recluyéndose hacia el interior de su intelecto. Refugiándose ahí dentro de las groserías de la realidad. Un experto no mira hacia los confines de lo que hay fuera de su intelecto. Así el experto lleva a esas hondonadas de su pensamiento al alumno, al desahuciado social, al delincuente, al cliente, al pobre, al usuario de biblioteca, etc. Y se lo "come" allí dentro. Luego regurgita en forma de informes o de balances la digestión, y lo ofrece a la sociedad como el diágnostico de la verdad verdadera. Hasta nueva orden. En esas estamos. Y el mundo exterior, infinitamente mas grande e insondable que ese pequeño mundo interior y "autista" del experto, ¿qué ha hecho mientras tanto? Seguir dando vueltas, a lo suyo, indiferente a nuestros solipsismos.
¿Seremos capaces de discernir qué hacemos al comportarnos así? ¿Cómo es el pensamiento que acompaña a nuestras actuaciones laborales de cada día, y cómo y de que manera se apropia de nuestro "tiempo de ocio"? ¿Seremos capaces de vernos dentro de esa "jaula intangible"? Será difícil que, sin esa reflexión previa, podamos seguir y entender, al fin, el vagabundeo de Julius. Que no pasea para darse un respiro en su forma de ganarse la vida, trabajando de experto en el hospital sobre los desarreglos afectivos de las personas adultas. Sino que pasea, y escribe tiempo después para entender la experiencia de su paseo. Recordar como empieza su libro: "y así cuando en el otoño pasado empecé a dar largos paseos vespertinos..." Escribe para ganarse su vida. Observar como cuenta los encuentros con Saidu el emigrante liberiano y Pierre el limpiabotas. Pérdidas afectivas y dolor a espuertas. Pero Julius ya no es un psiquiatra, ya no mira como un experto. ¿Seremos capaces de entender, al fin, la diferencia que hay entre "ganarme la vida y ganarme mi vida"? Este es el valor de uso fundamental, pienso yo, que tiene la lectura de "Ciudad abierta".
sábado, 18 de junio de 2016
viernes, 17 de junio de 2016
PRESENCIA Y POÉTICA EN LA "CIUDAD ABIERTA"
Como casi todas las grandes novedades, todo empieza con la observación de unos hechos que llaman la atención, en razón de que chocan con una creencia establecida. La novedad en el narrador de “Ciudad abierta”, no reside en que pasea en los momentos que su trabajo en el hospital se lo permite. Eso lo hace cualquiera. La novedad se encuentra en que aquello que observa, mejor dicho, en que la manera que pone el foco de su mirada sobre aquello que lo llama la atención, sin previo aviso, le empieza a parecer de mucho mas interés que lo que hasta ese momento venía siendo su exclusiva creencia: el trabajo en el hospital. Un interés, que en el caso de ese trabajo, no trasciende nunca el ámbito de la presencia: todo lo que lo atrae está entre aquellas cuatro paredes, y está bien como está. Sustancialmente no necesitaba modificarlo. Como esas ideas que nos acompañan durante toda la vida, siendo motivo de nuestro orgullo ante los demás, sin darnos cuenta de que es el grillete el que aprieta: “fíjate bien, pienso como cuando tenía veinte años, no como tú que siempre has sido un errático”. En cambio, lo que ahora le conmociona a Julius en sus paseos por la ciudad, siente que no le vale como lo ve, no le vale su mera presencia, como le ocurre en el hospital. Necesita representarlo. Necesita escribir. Y lo hace. El libro que tenemos entre las manos es la prueba fehaciente. Aquí radica, al fin, la verdadera novedad de su nueva experiencia de paseante, frente a la de psiquiatra. Necesita separar la presencia de lo que ve de su representación poética. Al igual que el pintor necesita registrar en una tela la presencia del caballo que ve cada mañana al levantarse. No le vale solo con observarlo. Al igual que yo necesito escribir sobre lo que leo. No me vale solo con leer el libro.
Esta es la primera parte del misterio de esta creación literaria de Julius, y de la creación en general. Queda por dilucidar si la otra parte del misterio, los demás lectores, sólo tienen la necesidad de fijarse en la presencia de lo que todos ellos leen por igual (argumento), o su necesidad los lleva a sumergirse de lleno en la poética que destila lo que cada uno de ellos ve y siente de forma irrepetible. De otra manera, lo que quiero decir es que sin saber nada del narrador los demás lectores aceptan al unísono lo que dice con total normalidad (o sea, ni lo ven ni lo escuchan), o cada cual hace de las preguntas respecto a lo que le dice Julius la verdadera guía y la única razón de ser del itinerario ondulante, y complejo, de su lectura. Y, claro está, si sólo les vale con eso.
Esta es la primera parte del misterio de esta creación literaria de Julius, y de la creación en general. Queda por dilucidar si la otra parte del misterio, los demás lectores, sólo tienen la necesidad de fijarse en la presencia de lo que todos ellos leen por igual (argumento), o su necesidad los lleva a sumergirse de lleno en la poética que destila lo que cada uno de ellos ve y siente de forma irrepetible. De otra manera, lo que quiero decir es que sin saber nada del narrador los demás lectores aceptan al unísono lo que dice con total normalidad (o sea, ni lo ven ni lo escuchan), o cada cual hace de las preguntas respecto a lo que le dice Julius la verdadera guía y la única razón de ser del itinerario ondulante, y complejo, de su lectura. Y, claro está, si sólo les vale con eso.
jueves, 16 de junio de 2016
TIEMPO DE EXPERTOS Y EJECUTORES EN LA "CIUDAD ABIERTA"
Me voy convenciendo que el narrador Julius es uno de esos expertos que ocupan hoy todos los despachos de las ciudades abiertas. Que siempre andan metidos en proyectos y en programas para arreglar los males del mundo. O para empeorar lo que en él hay de bueno y está bien hecho. Pero que ni los unos ni los otros alcanzan a percibir cual es el latido de la ciudad donde trabajan. Que pueden trabajar pared con pared o donde el techo de los de abajo es el suelo de los de arriba. Tanto es así, por ejemplo, que desde alguno de esos guangos están pergeñando un programa de regeneración lectora, ahora que las encuestas dicen que los adultos de estos pagos son los peores lectores del continente europeo. Ya ven.
Estaba siguiendo a Julius, decía, en el momento en que muestra su asombro frente a la maratón de Nueva York:
“Yo no lo sabía. Me desconcertó ver frente a las torres de cristal la plaza redonda desbordada de gente, una multitud enorme, expectante, que se apretaba cerca de la meta de la carretera. Desde la plaza, bordeando la calle, la muchedumbre también se prolongaba hacia el este. Mas cerca del oeste había una carpa donde dos hombres afinaban sus guitarras, llamando y respondiendo cada uno a las plateadas notas del instrumento amplificado del otro. (...) Para escapar del bullicio, que al parecer iba en aumento, decidí entrar en el centro comercial. Aparte de los locales de Hugo Boos y Armani, en la segunda planta había una librería. Tal vez allí dentro, pensé, pudiera encontrar cierto silencio y tomar una taza de café antes de volver a casa. Pero en la entrada se agolpaba parte de la multitud que había rebasado la calle y los cordones impedían entrar en la torre.
Cambié de idea y resolví visitar entonces a un viejo profesor mío que vivía en un apartamento de Central Park South, a menos de diez minutos a pie. A sus ochenta y nueve años era la persona mas anciana que conocía. (...) Algo que debió ver en mí le hizo pensar que confiarme su selecto tema de estudio (literatura inglesa temprana) no sería un desperdicio. En ese sentido yo fui un fiasco, pero, puesto que él tenía buen corazón, me invitó, aun después de que yo no lograse una nota decente en sus seminario de literatura inglesa anterior a Shakespeare, a reunirnos varias veces en su despacho”.
Inducido, tal vez, por el vagabundeo de Julius, mientras él se acercaba a la casa del profesor Saito, yo me acerqué a un libro que había ojeado hace unos días, “Sueños árticos” de Barry López, también de Nueva York, y posible conocido de Julius. Me fui hacia él porque, observando como le afecta a Julius su deambular, me acordé de uno de sus capítulos, para mi memorable, titulado "Hielo y luz", cuando reflexiona sobre la historia de las expediciones, comparando esas ambiciones ancestrales y su enfrentamiento con una realidad precisa con la filosofía que mantiene nuestro tiempo actual. El centro del mundo bullicioso y desnortado, y su periferia septentrional helada, cobraron una rara proximidad y entendimiento en mi alma. En ese capítulo, López dice de modo bastante lúcido lo siguiente:
"La visión convencional actual considera que el hombre europeo ha avanzado a pasos de gigante desde la época de las catedrales. Ha aterrizado en la Luna. Ha conseguido curar la viruela. Ha logrado controlar la energía del átomo. Pero también podría proponerse la perspectiva contraria, a saber, que en un lapso de nueve siglos lo único que ha conseguido el hombre europeo es una mayor complejidad en la manipulación de los materiales, una más asombrosa exhibición de su capacidad de comprender los principios físicos de la materia. Que nos quedamos deslumbrados ante meros estilos de expresión. Que no vivimos una época mística, sino un tiempo de expertos destacados, de ejecutores. Que la construcción de las catedrales fue el último avance visionario del hombre europeo, antes de recluirse otra vez en los confines del intelecto.
Entre las ciencias actuales, sólo la física cuántica parece haber recuperado una relación equitativa con las metáforas, esos instrumentos básicos de la imaginación. Las demás ciencias se hallan ligadas, a veces, al análisis racional, o se muestran tan recelosas de la metáfora, que interpretan y denuncian el antropomorfismo como una forma de cáncer intelectual, en vez de emplearlo como instrumento comparativo en sus investigaciones, aplicando la que tal vez sea la única forma de operar al alcance de nuestra mente, ese paralelismo que en último término denominamos narrativa".
Estaba siguiendo a Julius, decía, en el momento en que muestra su asombro frente a la maratón de Nueva York:
“Yo no lo sabía. Me desconcertó ver frente a las torres de cristal la plaza redonda desbordada de gente, una multitud enorme, expectante, que se apretaba cerca de la meta de la carretera. Desde la plaza, bordeando la calle, la muchedumbre también se prolongaba hacia el este. Mas cerca del oeste había una carpa donde dos hombres afinaban sus guitarras, llamando y respondiendo cada uno a las plateadas notas del instrumento amplificado del otro. (...) Para escapar del bullicio, que al parecer iba en aumento, decidí entrar en el centro comercial. Aparte de los locales de Hugo Boos y Armani, en la segunda planta había una librería. Tal vez allí dentro, pensé, pudiera encontrar cierto silencio y tomar una taza de café antes de volver a casa. Pero en la entrada se agolpaba parte de la multitud que había rebasado la calle y los cordones impedían entrar en la torre.
Cambié de idea y resolví visitar entonces a un viejo profesor mío que vivía en un apartamento de Central Park South, a menos de diez minutos a pie. A sus ochenta y nueve años era la persona mas anciana que conocía. (...) Algo que debió ver en mí le hizo pensar que confiarme su selecto tema de estudio (literatura inglesa temprana) no sería un desperdicio. En ese sentido yo fui un fiasco, pero, puesto que él tenía buen corazón, me invitó, aun después de que yo no lograse una nota decente en sus seminario de literatura inglesa anterior a Shakespeare, a reunirnos varias veces en su despacho”.
Inducido, tal vez, por el vagabundeo de Julius, mientras él se acercaba a la casa del profesor Saito, yo me acerqué a un libro que había ojeado hace unos días, “Sueños árticos” de Barry López, también de Nueva York, y posible conocido de Julius. Me fui hacia él porque, observando como le afecta a Julius su deambular, me acordé de uno de sus capítulos, para mi memorable, titulado "Hielo y luz", cuando reflexiona sobre la historia de las expediciones, comparando esas ambiciones ancestrales y su enfrentamiento con una realidad precisa con la filosofía que mantiene nuestro tiempo actual. El centro del mundo bullicioso y desnortado, y su periferia septentrional helada, cobraron una rara proximidad y entendimiento en mi alma. En ese capítulo, López dice de modo bastante lúcido lo siguiente:
"La visión convencional actual considera que el hombre europeo ha avanzado a pasos de gigante desde la época de las catedrales. Ha aterrizado en la Luna. Ha conseguido curar la viruela. Ha logrado controlar la energía del átomo. Pero también podría proponerse la perspectiva contraria, a saber, que en un lapso de nueve siglos lo único que ha conseguido el hombre europeo es una mayor complejidad en la manipulación de los materiales, una más asombrosa exhibición de su capacidad de comprender los principios físicos de la materia. Que nos quedamos deslumbrados ante meros estilos de expresión. Que no vivimos una época mística, sino un tiempo de expertos destacados, de ejecutores. Que la construcción de las catedrales fue el último avance visionario del hombre europeo, antes de recluirse otra vez en los confines del intelecto.
Entre las ciencias actuales, sólo la física cuántica parece haber recuperado una relación equitativa con las metáforas, esos instrumentos básicos de la imaginación. Las demás ciencias se hallan ligadas, a veces, al análisis racional, o se muestran tan recelosas de la metáfora, que interpretan y denuncian el antropomorfismo como una forma de cáncer intelectual, en vez de emplearlo como instrumento comparativo en sus investigaciones, aplicando la que tal vez sea la única forma de operar al alcance de nuestra mente, ese paralelismo que en último término denominamos narrativa".
miércoles, 15 de junio de 2016
LAS PREGUNTAS QUE SE HACE EL DIABLO EN LA "CIUDAD ABIERTA"
Con lo que decimos que vemos y con lo que decimos que no vemos. Así vamos tejiendo nuestra vida. ¿Cuantas veces durante el día vemos sólo lo que queremos ver? ¿Cuantas lo que no queremos ver? ¿Cuantas le espetamos a la cara a los otros lo que quieren oír que hemos visto? ¿Cuantas veces al día compartimos con los otros lo que no hemos visto, pero sabemos que está ahí? ¿Tenemos poco tiempo o tenemos mucho miedo? Tantas horas metido en el hospital tratando con los problemas afectivos de las personas mayores, y Julius no se ha enterado de que se ha muerto la vecina de al lado. ¡Cielo santo! Una escena "semejante" a la protagonizada por el narrador me vino de golpe a la cabeza, tantas veces vista y oída por televisión, en la que el vecino del segundo un día raja fríamente a su mujer dejando el reguero de su sangre en el rellano de la escalera, y el vecino del primero jura y perjura ante la cámara que era una persona normal, cariñosa a veces, un poco callada pero normal. ¿De dónde ha sacado tanta impasibilidad, el vecino del primero por supuesto? ¿De dónde el avezado psiquiatra Julius? ¿A qué nos referimos cuando decimos a los otros lo que vemos? ¿Sabemos que cara se nos pone cuando no hablamos de lo que no queremos ver? ¿Por qué tengo la sensación de que ante estas preguntas, que surgen de los huecos donde habita el diablo en toda ciudad abierta, cien mil oyentes que las escuchen suman siempre después menos que uno? ¿Es qué, como seres hablantes, no somos gente de confianza? ¿O es que estamos permanentemente embrujados por la perfomance de las apariencias? Sigamos paseando, junto a Julius, por esta ciudad abierta.
martes, 14 de junio de 2016
LA MUERTE ES UNA PERFECCIÓN DEL OJO
El título de la primera parte de "Ciudad abierta", que lo he cogido para dárselo a esta entrada, es lo primero que leemos. Es lo suficientemente elocuente, al tiempo que misterioso, como para encogernos el alma. Veamos. A parte de las palabras de ese título, que también son del narrador, éste se nos presenta de una forma, digamos, campechana, cercana, en plan colega, vamos, se presenta como uno de los nuestros: "Y así, cuando el otoño pasado empecé a dar largos paseos vespertinos, Morning Heights me pareció un lugar cómodo desde donde internarme en la ciudad". Sin embargo, ya al final de ese primer párrafo, comienza a dejar ver los primeros signos de "extrañeza". Dice así: "De este modo, al comienzo del último año de mi beca de psiquiatría, Nueva York fue tramándose en mi vida a ritmo de caminata". Sale así al paso de uno de los tópicos que más fortuna han hecho entre los ciudadanos modernos, también lectores de esta novela: que ocio y negocio son dos conductas que van cada una, aparentemente, por su lado. Que cuando acaba una empieza la otra, y viceversa. Vamos, que pasear es un acto para relajarse, para olvidarse temporalmente del trabajo, y todo eso y todo lo demás. Por si había duda de que lo que nos va a contar es como se formó esa trama entre vida y paseo, dando como resultado otra cosa que no es ni la una ni el otro, ahí quedan la primeras palabras del segundo párrafo: "No mucho antes de que empezaran los vagabundeos, yo había caído en el hábito de observar desde mi apartamento a las aves migratorias, y ahora me pregunto si no había un vínculo entre ambas costumbres. Las tardes que volvía del hospital con tiempo, solía mirar por la ventana, como quien busca augurios, esperando ver el milagro de la migración natural".
Por tanto, con un puñado de palabras el narrador nos ha dicho cual es su ocio (caminar), cual es su negocio (hospital), cual es su propósito (trenzar el ocio con el negocio, teniendo en cuenta, al fin, sus presentimientos). Y una frase perturbadora que acompañará desde el principio a todo ese empeño de buscar algo nuevo: la muerte es una perfección del ojo. Dos o tres páginas más adelante, remata la faena de presentación como narrador de una forma eminente. "Las caminatas satisfacían una necesidad: eran un desahogo de la estrecha regulación del medio mental del trabajo y, no bien descubrí su calidad terapeútica, se volvieron cosa normal y olvidé cómo había sido la vida antes de empezar a andar. El trabajo era un régimen de perfección y competencia, ninguna de las cuales permitía improvisaciones ni toleraba errores (¡¡atención de nuevo al título de esta entrada!!). Por interesante que fuese mi proyecto de investigación - llevaba a cabo un estudio clínico de trastornos afectivos en personas mayores -, el grado de detalle que demandaba era de una complejidad que excedía todo lo que había hecho hasta entonces. De modo que las calles constituían una bienvenida réplica a las horas de trabajo. Ninguna decisión - donde doblar a la izquierda, cuánto quedarse absorto frente a un edificio abandonado, ver el sol poniéndose en Nueva Jersey o bajar por la penumbra del East Side mirando hacia Queens - tenía consecuencias, y por eso mismo cada una era un recordatorio de libertad".
La pregunta es inevitable, ¿qué ha descubierto el narrador en sus caminatas para qué este ultimo párrafo, o la frase "las calles constituían una bienvenida réplica a las horas de trabajo", se oponga drásticamente al propósito anunciado al principio: "Nueva York fue tramándose en mi vida a ritmo de caminata" o "Las tardes que volvía del hospital con tiempo, solía mirar por la ventana, como quien busca augurios, esperando ver el milagro se la migración natural". Réplica o ninguna decisión frente a trenzado o augurios. Qué lejos todo eso de la complejidad campanuda de su trabajo en el hospital como nunca antes la había tenido. Ocio y negocio, ganarse su vida y ganarse la vida, comienzan a ser parte de lo mismo, cuando el narrador recuerda, es decir, cuando el narrador imagina. Ese otro cúmulo de sensaciones y sentimientos que nos invita a descubrir a su lado, mientras leemos. ¡Y todo ello en cinco páginas escasas!
Los lectores y paseantes más literalistas no se abrumen tratando de descifrar el sentido simbólico que atraviesa y ordena, desde mi punto de vista, todo el relato. Lo leo así y así lo escribo. Sencillamente disfruten del paseo acompañando a Julius. Y a ver que pasa. Seguir la regla del mejor vagabundeo: no busquen, gocen con lo que encuentren. Los pecios poéticos que llevamos dentro pueden surgir, cuando menos nos lo esperemos, a la vuelta de la calle 57 o en Central Park, o en cualquier anden de metro. Escuchando a Mahler o el jazz. Al fin y al cabo, estamos leyendo y paseando por una ciudad abierta.
Por tanto, con un puñado de palabras el narrador nos ha dicho cual es su ocio (caminar), cual es su negocio (hospital), cual es su propósito (trenzar el ocio con el negocio, teniendo en cuenta, al fin, sus presentimientos). Y una frase perturbadora que acompañará desde el principio a todo ese empeño de buscar algo nuevo: la muerte es una perfección del ojo. Dos o tres páginas más adelante, remata la faena de presentación como narrador de una forma eminente. "Las caminatas satisfacían una necesidad: eran un desahogo de la estrecha regulación del medio mental del trabajo y, no bien descubrí su calidad terapeútica, se volvieron cosa normal y olvidé cómo había sido la vida antes de empezar a andar. El trabajo era un régimen de perfección y competencia, ninguna de las cuales permitía improvisaciones ni toleraba errores (¡¡atención de nuevo al título de esta entrada!!). Por interesante que fuese mi proyecto de investigación - llevaba a cabo un estudio clínico de trastornos afectivos en personas mayores -, el grado de detalle que demandaba era de una complejidad que excedía todo lo que había hecho hasta entonces. De modo que las calles constituían una bienvenida réplica a las horas de trabajo. Ninguna decisión - donde doblar a la izquierda, cuánto quedarse absorto frente a un edificio abandonado, ver el sol poniéndose en Nueva Jersey o bajar por la penumbra del East Side mirando hacia Queens - tenía consecuencias, y por eso mismo cada una era un recordatorio de libertad".
La pregunta es inevitable, ¿qué ha descubierto el narrador en sus caminatas para qué este ultimo párrafo, o la frase "las calles constituían una bienvenida réplica a las horas de trabajo", se oponga drásticamente al propósito anunciado al principio: "Nueva York fue tramándose en mi vida a ritmo de caminata" o "Las tardes que volvía del hospital con tiempo, solía mirar por la ventana, como quien busca augurios, esperando ver el milagro se la migración natural". Réplica o ninguna decisión frente a trenzado o augurios. Qué lejos todo eso de la complejidad campanuda de su trabajo en el hospital como nunca antes la había tenido. Ocio y negocio, ganarse su vida y ganarse la vida, comienzan a ser parte de lo mismo, cuando el narrador recuerda, es decir, cuando el narrador imagina. Ese otro cúmulo de sensaciones y sentimientos que nos invita a descubrir a su lado, mientras leemos. ¡Y todo ello en cinco páginas escasas!
Los lectores y paseantes más literalistas no se abrumen tratando de descifrar el sentido simbólico que atraviesa y ordena, desde mi punto de vista, todo el relato. Lo leo así y así lo escribo. Sencillamente disfruten del paseo acompañando a Julius. Y a ver que pasa. Seguir la regla del mejor vagabundeo: no busquen, gocen con lo que encuentren. Los pecios poéticos que llevamos dentro pueden surgir, cuando menos nos lo esperemos, a la vuelta de la calle 57 o en Central Park, o en cualquier anden de metro. Escuchando a Mahler o el jazz. Al fin y al cabo, estamos leyendo y paseando por una ciudad abierta.
sábado, 11 de junio de 2016
LO QUE JULIUS ESPERA DE SUS LECTORES
El Narrador No Identificado es una voz cuyo único interés es demostrar que puede contar lo que cuenta. Decide entrar en la historia para exponerla. Veracidad y eficacia son conceptos estrechamente ligados a sus intenciones. El Narrador Identificado, por el contrario, tiene otros intereses: los elementos que configuran su narración salen no sólo de su necesidad de contar unos hechos, sino de contar lo que a él le pasa con esos hechos. Entra en la historia, más que para exponerla, para apropiarse de ella. También pretenderá ser eficaz, pero su eficacia no consistirá solamente en demostrar que es capaz de contar lo que cuenta, sino que estará condicionada por las intenciones personales que lo hayan impulsado a narrar y, en este sentido, podría ser sospechoso de manipulación, algo que nunca puede achacársele a un Narrador No Identificado.
Al hablar de manipulación no quiero decir, evidentemente, que un Narrador Identificado no esté diciendo la verdad. En última instancia ¿qué medios tiene el lector de contrastar aquello que le están contando? Con ello me refiero al manejo que hace de todos los elementos narrativos para presentarlos según una intención propia y personal ligada a los sucesos que cuenta. Al Narrador Identificado le creemos, pues, porque hemos decidido creerle o porque no podemos hacer otra cosa que creerle. No tiene en su esencia una de las garantías que ofrece el Narrador No Identificado: la de no formar parte de la acción, la de no tener una conciencia ligada al desarrollo de la narración. Pero, aunque no dudemos de su veracidad, conviene no olvidarse de que lo que narra es su verdad y, a pesar de que estemos dispuestos a creerle, su certeza no tiene necesariamente que coincidir con la nuestra, con la del lector. En el uso que hace de las palabras, o en su modo de organizar el discurso podríamos descubrir, por ejemplo, que lo que dice va más allá de lo que cree decir (o simplemente tiene poco que ver con ello), lo sepa él mismo o no lo sepa. Todos sabemos que las palabras casi siempre nos delatan más allá de los niveles conscientes de la personalidad y dicen más de lo que pensamos que dicen. La dificultad que entraña para el autor la creación de una voz narrativa de estas características es evidente, aunque no es menos cierto que ese tipo de voz dota a la narración de una complejidad que la enriquece.
Tratar con un Narrador Identificado en la literatura se parece bastante a la relación que tenemos diariamente en la vida con las personas que queremos o aborrecemos, o con las que nos resultan indiferentes. Igualmente estamos expuestos a los efectos de la manipulación que vienen de sus palabras y sus actos. Igualmente estamos dispuestos a creerles, aunque sepamos que su certeza no tiene nada que ver con la nuestra. Igualmente estamos dispuestos a no hacerles caso, incluso a traicionarlos, aunque nos demos cuenta de que tienen razón. Igualmente, en fin, estamos dispuestos a seguir amándolos aunque ya sepamos que no nos entenderemos nunca. Es lo que nos enseña la vida y es lo que llamamos amor, amistad y odio adultos. Y eso es así porque, misteriosamente, en la vida hay algo más que palabras. Y aquí surge la diferencia fundamental con la literatura, y que tanto nos cuesta asimilar.
Al empezar a leer la novela de “Ciudad abierta”, lo primero que uno se da cuenta es que el aprendiz de psiquiatra que nos cuenta la historia, es cualquier cosa menos “trigo limpio”. Como cualquiera de nosotros. Pero es que, como nosotros, ¿puede ser otra cosa? Lo deja claro desde las primeras páginas. Viene a decir: yo soy así y así te lo cuento. Y te lo cuento de esta manera. No de otra, por ejemplo, dejando la historia en manos de una persona desconocida. O en alguno de los profesores del centro donde realiza su estudio clínico de los trastornos afectivos en las personas mayores. Igualmente que nosotros lleva el fardo del misterio sobre las espaldas, pero a diferencia de nosotros no lo puede ocultar, ni disimular. Con premura lo anuncia. No tiene los recursos no verbales de una persona de carne y hueso para “engañar o manipular” a sus interlocutores. Julius es un personaje construido enteramente con palabras, con sus palabras. Y a ellas y al riesgo de su misterio nos debemos atener, sin más remedio, desde la primera frase, aún a sabiendas de que nos está “manipulando”. Si no lo hacemos así, si nos dejamos seducir sólo por la aparente condición de “buena persona” que traspira su voz y el aire limpio y de libertad que acompaña a sus paseos, nos estaremos, esta vez literalmente, engañando. Es decir, leyéndonos una vez más a nosotros mismos. Y ya les puedo decir, por lo que dice, que no es eso lo que espera de los lectores. Dicho de otra manera, no se ha puesto a escribir para buscar nuestra cómoda aquiescencia. Tampoco para amargar con sus palabras nuestra lectura. Al contrario.
Al hablar de manipulación no quiero decir, evidentemente, que un Narrador Identificado no esté diciendo la verdad. En última instancia ¿qué medios tiene el lector de contrastar aquello que le están contando? Con ello me refiero al manejo que hace de todos los elementos narrativos para presentarlos según una intención propia y personal ligada a los sucesos que cuenta. Al Narrador Identificado le creemos, pues, porque hemos decidido creerle o porque no podemos hacer otra cosa que creerle. No tiene en su esencia una de las garantías que ofrece el Narrador No Identificado: la de no formar parte de la acción, la de no tener una conciencia ligada al desarrollo de la narración. Pero, aunque no dudemos de su veracidad, conviene no olvidarse de que lo que narra es su verdad y, a pesar de que estemos dispuestos a creerle, su certeza no tiene necesariamente que coincidir con la nuestra, con la del lector. En el uso que hace de las palabras, o en su modo de organizar el discurso podríamos descubrir, por ejemplo, que lo que dice va más allá de lo que cree decir (o simplemente tiene poco que ver con ello), lo sepa él mismo o no lo sepa. Todos sabemos que las palabras casi siempre nos delatan más allá de los niveles conscientes de la personalidad y dicen más de lo que pensamos que dicen. La dificultad que entraña para el autor la creación de una voz narrativa de estas características es evidente, aunque no es menos cierto que ese tipo de voz dota a la narración de una complejidad que la enriquece.
Tratar con un Narrador Identificado en la literatura se parece bastante a la relación que tenemos diariamente en la vida con las personas que queremos o aborrecemos, o con las que nos resultan indiferentes. Igualmente estamos expuestos a los efectos de la manipulación que vienen de sus palabras y sus actos. Igualmente estamos dispuestos a creerles, aunque sepamos que su certeza no tiene nada que ver con la nuestra. Igualmente estamos dispuestos a no hacerles caso, incluso a traicionarlos, aunque nos demos cuenta de que tienen razón. Igualmente, en fin, estamos dispuestos a seguir amándolos aunque ya sepamos que no nos entenderemos nunca. Es lo que nos enseña la vida y es lo que llamamos amor, amistad y odio adultos. Y eso es así porque, misteriosamente, en la vida hay algo más que palabras. Y aquí surge la diferencia fundamental con la literatura, y que tanto nos cuesta asimilar.
Al empezar a leer la novela de “Ciudad abierta”, lo primero que uno se da cuenta es que el aprendiz de psiquiatra que nos cuenta la historia, es cualquier cosa menos “trigo limpio”. Como cualquiera de nosotros. Pero es que, como nosotros, ¿puede ser otra cosa? Lo deja claro desde las primeras páginas. Viene a decir: yo soy así y así te lo cuento. Y te lo cuento de esta manera. No de otra, por ejemplo, dejando la historia en manos de una persona desconocida. O en alguno de los profesores del centro donde realiza su estudio clínico de los trastornos afectivos en las personas mayores. Igualmente que nosotros lleva el fardo del misterio sobre las espaldas, pero a diferencia de nosotros no lo puede ocultar, ni disimular. Con premura lo anuncia. No tiene los recursos no verbales de una persona de carne y hueso para “engañar o manipular” a sus interlocutores. Julius es un personaje construido enteramente con palabras, con sus palabras. Y a ellas y al riesgo de su misterio nos debemos atener, sin más remedio, desde la primera frase, aún a sabiendas de que nos está “manipulando”. Si no lo hacemos así, si nos dejamos seducir sólo por la aparente condición de “buena persona” que traspira su voz y el aire limpio y de libertad que acompaña a sus paseos, nos estaremos, esta vez literalmente, engañando. Es decir, leyéndonos una vez más a nosotros mismos. Y ya les puedo decir, por lo que dice, que no es eso lo que espera de los lectores. Dicho de otra manera, no se ha puesto a escribir para buscar nuestra cómoda aquiescencia. Tampoco para amargar con sus palabras nuestra lectura. Al contrario.
viernes, 10 de junio de 2016
LEER EN VOZ ALTA
Cuando he leído al narrador de 'Ciudad abierta' decir, “la verdad, es muy extraño – se me ocurre ahora, como se me ocurrió entonces – que podamos comprender las palabras sin decirlas. Para Agustín, el peso y la vida interior de las frases se experimentaba mejor en voz alta, pero desde entonces nuestra idea de la lectura ha cambiado mucho”, me vinieron a la cabeza los tiempos en que iba en el metro en los años ochenta. Me fijaba entonces, entre otras cosas, en los que iban leyendo, que todavía no eran muchos. Aunque invariablemente no faltaba el albañil con las manos llenas de cemento, sujetando una novela de Lafuente Estefanía que lo tenía literalmente absorto. Ahora ha aumentado considerablemente el número y la variedad de lectores, y de anuncios que promocionan el hábito de la lectura. Luego intentaba hacer todo lo posible para averiguar que estaba leyendo, a riesgo de que me acusara de entrometido. Para acabar preguntándole que le parecía lo que estaba leyendo. Bueno, a esto último no me atreví jamás. Por prudencia. O por timidez. No sé, nunca he sabido distinguir la una de la otra. El caso es que deseaba fervientemente escucharlo hablar en voz alta, sacándolo de su ensimismamiento.
Seguramente, como dice el narrador, desde Agustín de Hipona la idea de la lectura haya cambiado mucho. La imprenta mediante. Pero sigue inalterable, creo yo, la idea de que el peso de la vida interior de las frases cristaliza mejor, no tanto en voz alta, eso que hoy entendido de forma literal se ha convertido en el ruido espantoso de la palabrería que padecemos, como en el ámbito de lo que puede ser común. Leer en voz alta, romper el silencio y la soledad que envuelve a lo que uno está leyendo ayuda, como no. Pero escuchárselo decir a otro con una voz, digamos normal, pero ordenada y respetuosa, con el ánimo de compartir una lectura común, ayuda definitivamente. Descubrir la voz del otro, en esos términos, fija la propia en la lectura y, lo más importante, en el mundo. Cumpliéndose así, en este ámbito de la lectura lleno de dudas e indecisiones, el único precepto o idea que es trasladable y válido para la vida, y que está avalado, ahora sí, por la certidumbre: que el otro puede que tenga razón.
Seguramente, como dice el narrador, desde Agustín de Hipona la idea de la lectura haya cambiado mucho. La imprenta mediante. Pero sigue inalterable, creo yo, la idea de que el peso de la vida interior de las frases cristaliza mejor, no tanto en voz alta, eso que hoy entendido de forma literal se ha convertido en el ruido espantoso de la palabrería que padecemos, como en el ámbito de lo que puede ser común. Leer en voz alta, romper el silencio y la soledad que envuelve a lo que uno está leyendo ayuda, como no. Pero escuchárselo decir a otro con una voz, digamos normal, pero ordenada y respetuosa, con el ánimo de compartir una lectura común, ayuda definitivamente. Descubrir la voz del otro, en esos términos, fija la propia en la lectura y, lo más importante, en el mundo. Cumpliéndose así, en este ámbito de la lectura lleno de dudas e indecisiones, el único precepto o idea que es trasladable y válido para la vida, y que está avalado, ahora sí, por la certidumbre: que el otro puede que tenga razón.
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