martes, 19 de enero de 2016

DE LA EXPOSICIÓN DE INGRES A LA DE KANDINSKY

El caso fue que me pareció conmovedora (quiero decir, me movió el alma) la exposición del pintor francés, en tanto en cuanto sus retratos supieron traerme al presente actual aquel pasado que representaban. Es decir, componían el presente del pasado, algo que solo se puede hacer con lenguaje poético. Ingres, pinta a los hombres de la burguesía emergente sin ocultar sus acusados rasgos prepotentes y perdonavidas. Fue, tal vez, la última vez que los poderosos se dejaron pintar así. Luego, con al avance del siglo XX, empezaron a convertirse en sombras impenetrables. Ingres pinta también a sus mujeres, que lo protegen y lo adulan, destacando lo terso y pulido de lo que dejan ver de sus cuerpos y los minuciosos detalles de sus vestidos y complementos. Son cuadros que se hacen presente en lo bello digital de hoy. Los cuadros de Ingres forman parte de una tradición pictórica que sigue imitando la obra de Dios, hombres y mujeres incluidos, adaptados al tiempo en el que vivieron. Y, por tanto, cuando un espectador actual los mira no puede por menos de emocionarse, a favor o en contra, pues la realidad que estos le ofrecen es una realidad reconocible y compartida en el fondo del alma del propio espectador. Porque Ingres sigue pintando desde esa misma alma común del mundo. Uno ve al señor Bertin y ve a un tipo del siglo XIX, pero siente su mirada como la de quien detenta el poder en cualquier tiempo y lugar. ¿Quiere decir eso que cuando los vanguardistas y revolucionarios de principios del siglo XX dieron por muerto a Dios, éste se escondió hábilmente en sus adentros? ¿Cómo pudieron creer en semejante osadía si a Dios no lo habían visto nunca, únicamente a sus representaciones? Son preguntas a las que nosotros, los herederos del todos aquellos disparates, no nos hemos atrevido a responder todavía, pero que a medida que nos alejamos de aquellas fechas fatídicas, hace ahora cien años, se hace más apremiante que lo hagamos, pues el runrún de lo que habite en nuestro interior no sólo no cesa, sino que aumenta cada día.


Sin embargo, los cuadros y composiciones geométricas de Kandinsky sencillamente me dejaron en el mismo sitio, pues me mostraron, sin variación distinguible desde la ultima vez que los vi, el pasado pictórico que antecedió al presente actual. Es decir, registraban notarialmente el pasado del presente, lo cual solo se puede hacer mediante le lenguaje histórico. Kandisky, aún con un alma  y una fe atormentada, decide probar a pintar sus círculos, cuadrados, triángulos y sus manchas de colores desde la Diosa Razón exclusivamente Humana del momento histórico en el que vive, a ver si así se curaba de sus crisis de fe, con una voluntad decidida a hacer como artista lo que le venga en gana. La composición inobjetiva de los colores en los cuadros de Kandinsky fue lo que me hizo verlos no como acontecimientos artísticos, sino como un gesto histórico de una voluntad datado a principios del siglo XX, que fue el inicio de lo que luego se ha llamado arte abstracto: liberar a los colores de toda esclavitud objetual, es decir, que el verde no dependa de la hoja de parra que lo soporta, y que se manifestara de forma autónoma con todo su poderío y esplendor. Como dijo Kasimir Malevich - artista soviético, con quien el artista ruso Kandisky se reunió en las primeras horas de la revolución soviética, en las que todo fue posible incluso el certificado oficial de la defunción de Dios por decreto revolucionario - en la hoja de parra y en las figuras humanas de la pintura burguesa se veían indefectiblemente la figura del Dios Creador. La Revolución Soviética no podía tolerar eso. Los pintores abstractos creyeron, entonces, que era hora de cumplir, porque era superior, una misión 
histórica, antes que conseguir la visión artística que por oficio les correspondía. 

¿Hay progreso en las composiciones de Kandinsky respecto a los cuadros de Ingres? 

A Ingres su fiebre iconográfica le llevó por caminos variados, que van desde la mitología griega a los retratos de los prohombres y las mujeres de su tiempo. Un tiempo biográfico longevo que le permitió vivir gran parte de los avatares del cambio de rumbo de la humanidad, que propiciaron las revoluciones burguesas del siglo XIX. A Kandinsky su arrebato de iconoclastia no lo alejó, sin embargo, de la poesía, que escribió primero en forma de libro: "De lo espiritual en el arte". Pero si abrió los caminos para las nuevas formas de pintar, que aplicaría obsesivamente Picasso: yo no pienso lo que veo, sino lo que pienso. El ojo que piensa.

sábado, 16 de enero de 2016

LEAMOS Y ESCRIBAMOS PARA GANAR NUESTRA VIDA

propósito de un debate sobre qué era la literatura, leí hace tiempo que una alumna de un instituto de secundaria respondió a la pregunta de la siguiente manera: “Ya sé lo que significa leer y escribir. Leo y escribo no para ganarme la vida, sino para ganar mi vida.”

Todos tenemos una vida. Unos la vivimos ya en el tercio final. Otros la están comenzando a vivir en el tercio primero. Unos nos la seguimos ganando a veces como queremos. Otros siempre como nos dejan. Para los que ahora empiezan a ganarse la vida no creo que vaya a ser muy diferente en un futuro inmediato. Sin embargo, tanto alrededor del último tercio de la vida como del primero, existe de forma sombría y misteriosa, de forma más o menos explícita una común y única pregunta: ¿cómo me estoy ganando mi vida? Una pregunta que, si nos fijamos con atención, achica, hasta hacerla insignificante, la diferencia de edad abismal antes aludida. 


Este es el campo de diálogo que propongo para los Amigos Literarios, el lugar de uso y de significación de las palabras, de todas las palabras.

viernes, 15 de enero de 2016

AMIGOS LITERARIOS

Frente a la escasez o la rareza o la estulticia de los amigos sociales o familiares habituales: los amigos literariosUna nueva forma de amistad para tiempos de cansancio. Del cansancio de pertenecer a una sociedad obligatoriamente positiva y optimista. Y, como no, estresantemente amable y amistosa.

Los amigos literarios trataríamos de entender, mediante nuestras lecturas y escrituras compartidas, la creciente complejidad del mundo humano. Comprobando la irreductible ambigüedad que afecta a las respuestas pretenciosamente simples e innecesariamente dogmáticas, que demasiadas veces tenemos que padecer cuando nos encontramos escuchando a aquellos otros amigos. 

Nuestro deseo común sería, al fin, aprender a volar a nuestro aire en una atmósfera de libertad, sin dejarnos vencer por el miedo ni por la supuesta obligación de seguir rutas perfectamente marcadas, y a confiar en que, aunque no podamos encontrar respuestas definitivas para casi ninguna de las preguntas que más nos interesan, podamos seguir confiando en las palabras honestas de quien nos cuenta lo que lee, mejor dicho, lo que siente y hace con lo que lee. Lo que le parece el mundo. Si conseguimos acercarnos a esto, también podemos decir que vendrán días felices.

jueves, 14 de enero de 2016

IDA, película de Pawel Pawlikowski

Así acaba la reseña de la película, "Ida", que leí en una revista de cine: 
“Con reminiscencias, al menos en sus aspectos formales, del cine de Bergman o del de Dreyer, ‘Ida’ llega a ser  un contundente análisis de la fe, entendida  en su sentido mas amplio y no solo el religioso. Es esta profunda convicción y respeto por los sentimientos íntimos y la capacidad de transmisión de sus imágenes, reduciendo el texto a la mínima expresión, la que confiere una grandeza inesperada a la obra y que nos emociona no obstante el frío aparente de unas imágenes casi estáticas y ascéticas, pero que permiten apreciar los pliegues del corazón y adivinar cada uno sus latidos."  

A los latidos de mi corazón, tan incontestables en su aspecto biológico como misteriosos si me atengo a sus razones emocionales o sentimentales, le convendría más que la película se hubiese titulado ,“Una tumba”, en consonancia con esa ambigüedad e incertidumbre. Pues una tumba es ese lugar donde todo se desliza hacia la nada, bajo la mirada desconcertada y melancólica de quienes esperan temerosos y callados su turno, aunque en realidad en esa escena - eternamente la misma y siempre diferente – se despliegan toda la potencia de las horas vividas, de los recuerdos que emergen desde el fondo magmático del tiempo. En esa tumba, la presencia fantasmal de los huesos de sus moradores (Roza y su familia) se une, como en un ensalmo, a la vida presente de su asesino y de sus deudoras sentimentales (Wanda e Ida). Es delante de esa tumba donde todos dan fe del itinerario de sus destinos. Es esa tumba la única que los emulsiona. Donde se evocan las pérdidas, se convocan sus duelos y se imaginan sus consuelos. Y, también, la venganza.

Sin embargo, la fe de Ida y el nihilismo de Wanda no emulsionan por el solo hecho de que la segunda busque a la primera, mas bien se amontonan o se acumulan en su peripecia conjunta. No sé muy bien que hacer con ello. Soy incapaz de ver con claridad a través de ellas. Me cuesta entender porque el nihilismo suicida de Wanda busca la fe inocente de Ida. Un personaje roto junto a otro que no se puede romper: ¿la fe es lo único que nos salva? ¿Ese es su contundente análisis a que alude la reseña del principio? No digo que la fe y el nihilismo me sean ajenos. Podría ser por qué, ¿Ida - el ángel postrero de Wanda - sale del convento para tratar de salvarla? ¿Es que Wanda - cuando la conocemos es fiscal general del Estado polaco - no tenía fuerza y poder para llegar por si sola a la tumba desconocida de su hermana y su hijo, que es lo que quería? ¿Necesita Wanda - ella que tiene las manos manchadas de todo - la fuerza y el olor de la fe limpia de su sobrina Ida, para acometer la empresa que desea: enterrar como es debido a sus seres queridos? ¿Explica todo ello su salto por la ventana lanzándose al vacío?

Me complació ese aire, en la tertulia posterior, de no tener prisa para alcanzar algún tipo de claridad por parte de los comensales. Como en todas las tertulias, a esas horas, el menú fue el único relato convincente y fiable. De lo único que de verdad sabíamos. Me gustó esa trajín cruzado de silencios y de miradas, que invitaban a colocarse pacientemente delante de lo que cada uno estaba pensando con lo que acaba de ver: pensando en lo que no sabíamos. Eludiendo hacer un recuento - punteando, como se hace con la lista de la compra, lo que ya sabemos que hemos comprado - de lo que nos había mostrado Pawlikowski o lo que nos decía la reseña. He dicho una tumba porque de todo lo que se nos mostró me pareció el lugar, que desde lejos, mejor nos convocaba a todos. Seamos polacos o no. Seamos creyentes o no. Una tumba es el centro simbólico desde donde se debería haber narrado, a mi entender, la película. 

Respecto a la excelente fotografía y planificación de la película, ¡cómo negarlas! ¡cómo estar en su contra! Pero son aspectos técnicos que no me predisponen, por si solos, a encontrarme con Wanda e Ida. Propician, eso sí, la exuberante e indiscutible exaltación de los escritos de algunos críticos, que al leerlos inducen a pensar - al igual que con la reseña que aludo al principio - que quienes los han escrito han encontrado soluciones definitivas para los aspectos de las experiencias humanas que nos cuentan, tratando de incitar al espectador a ver desde ahí la película. Pero, ¿qué hago yo al lado de tanta algarabía sabelotodo? Si no consigue acercarme al latido oculto de las almas de Wanda e Ida, que es lo que está pidiendo la soledad silenciosa de la mía al atreverse a salir al mundo.

miércoles, 13 de enero de 2016

ADVERTIRNOS Y PONERNOS A PRUEBA

Lo que le sienta mejor a la historia de Ian McEwan es advertencia y prueba. "Amsterdam" es una advertencia y una prueba para los lectores demasiado crédulos, todavía. Yo mismo. Se puede creer en el mundo como algo que tiene sentido, y que son una panda de desalmados los que se lo quitan. Se puede creer que el mundo tiene sentido en sí mismo, y antes de que nosotros mismos existiéramos. Pero eso no deja de ser nuestra visión del mundo, no el mundo. Pero, también, puede uno atreverse a ver el mundo tal y como es, sin esta pálida fe que nos queda del romanticismo de hace doscientos años. Esa fe o cualquiera otra, claro está. Entonces, ante ese atrevimiento, ¿cual es la verdad del mundo, y cuanta necesitamos o estamos dispuestos a soportar? Al leer "Amsterdam" no estamos ante una vision psicológica, sociológica, artística o politica, sino ante una visión donde las pasiones, deseos o intereses de sus protagonistas son un conjunto de fuerzas, uno mas dentro de la naturaleza, que se desatan, sin origen ni control, sobre la sociedad y sobre ellos mismos. Y sobre los lectores que estén ahí, entre ellos. Un conjunto de fuerzas chocando unas contra otras, pugnado como alimañas por imponerse las unas sobre las otras. Todo ello, eso sí, aderazado de forma muy educada, calculando al milímetro los tiempos y las distancias, que para eso son tipos civilizados (lease, como ejemplo, la extraordinaria conferencia de prensa de Rose Garmony). En fin, la forma de la vida actual, sin dejar de ser la vida sinsentido de siempre. Y su forma de representación mediante la literatura - no con la historia, la ciencia, la sociología o la psicología - como la mejor herramienta para aproximarse a su íntima verdad.

Los que narran desde la primera visión del mundo aludida se llaman moralistas, dicho este calificativo con el mayor respeto. Yo mismo, en mi vida diaria, no puedo dejar de serlo. Es más, para la buena convivencia hay que hacerlo bajo la influencia de una cierta moral compartida. Pero la moral creo que sólo es útil para sobrellevar la vida dentro de ese modelo de convivencia, no tanto para aproximarnos a su inabarcable misterio, que es mas propio, como digo, de la literatura. Se han ensayado muchas formas de moralidad a lo largo del tiempo. Alguien dijo que la moral que inspira la convivencia democrática, es la menos mala de entre todas las otras morales y formas de convivencia. En esas estamos, de momento. Los narradores adscritos a la segunda visión pertenecen por completo al ámbito de la literatura. El narrador de "Amsterdam" es uno de estos. Lo difícil, al leerlo, es despojarse de la moral con la que convivimos y entrar en su novela, digamos, "sin moral". Ser, durante sus casi doscientas páginas, como sus protagonistas, pero sin su pertinaz estulticia. 

Metidos ya en ese mundo "sin moral", ser estúpidos comporta no reconocer a los otros, contra quien estás luchando. Contra quien te estás jugándo la vida. Contra quien estás leyendo. Por eso también digo traición, como el principal motor del mundo. Los puristas nunca son capaces de mover nada, ni de llegar a ningún sitio. Solo se quejan, o en el extremo matan para defender su pureza. Pensemos porque hemos llegado a donde hemos llegado. Pensemos porque estamos vivos. Pensemos en las veces que hemos tragado con todo, cuantas veces nos hemos traicionado sin pretenderlo, y cuantas lo hemos hecho a cuenta de los demás. Sinceramente, muchas veces. Al menos por esta vez, por favor, pensemos en estas cosas tan humanas, tan nuestras. "Amsterdam" es una fábula sobre todo esto, escrita y protagonizada por tipos cultos y muy civilizados, que se creen miembros de lo mas selecto de la especie humana. "Amsterdam" es una fábula que hace que sus personajes se desvelen, ante la mirada  implacable y "sin moral" de la literatura, como lo que son, fuerzas que desarrollan y nos muestran algo que no queremos ver, ni aceptar: que toda cultura, incluso la mas refinada, engendra su propia barbarie. Hoy como ayer, y como mañana. Hincarle el diente, reconozco que tiene su dificultad. Obligados comos estamos a ser fieles a la idea que defendemos del mundo moral donde vivimos. Resistiéndonos a dejarnos interpelar por el mundo mismo de la novela, que ahí dentro se despliega con toda su fuerza y plenitud. Más que nada para sobreponernos al chantaje de la educación de los modales de sus personajes. Cuando nos falla la fuerza lectora, no es la lectura balsámica de la moral la que debe atenuar semejante vacío. Es la insistencia en recuperar la fuerza perdida. Esa fuerza que habita en el poder oculto de nuestra voluntad. 

El narrador de "Amsterdam" ha elegido hablar, los lectores elegimos entre escucharle o no escucharle. Pero si no le escuchamos muere, desaparece. El narrador de "Amsterdam" quiere hacernos sucumbir, por tanto, al poder de su persuasión, la única fuerza que lo mantiene vivo. Nosotros los lectores somos dueños del nuestro. De poder a poder. Este es el campo de batalla. No el de una visión moral contra otra. El narrador de "Amsterdam" no quiere darnos a conocer a sus personajes. No desea resaltar, como ya dije, la visión psicológica, social, artística o histórica que tiene de ellos. Sencillamente muestra lo que se imagina porque es lo mas conveniente para resaltar lo que pretende. Quiere advertirnos sobre la inconmensuble estupidez que habita en el corazón mismo del ser humano, aunque se autodenomine civilizado. Nos advierte, no tanto para prevenirlos, como para ponernos a prueba. 

En los capítulos que el narrador dedica a Clive Linley, lo vi inmerso en la creación de la parte final de la Sinfonía del Milenio que le han encargado. Son escenas que están teñidas por lo propio que destila un espiritu noble en su máximo afan creativo. Cuando las leí por primera vez pensé que eso era lo que en verdad pensaba Clive, narrador mediante. Y eso lo hizo grande y excelso ante mi mirada, si lo comparaba con el mezquino de su amigo Vernon, que lo conocí haciendo gala de su perfil mas obsceno y desconsiderado. Pero cuando acabé la novela me di cuenta de mi absoluta miopía, debido a las cataratas de mis prejuicios. ¿Desde donde había leído? Desde algún sitio, por supuesto equivocado, que me impedía sentir lo que contaba la novela. ¿Por qué habia leído así? Para confirmar que ese mundo, mas o menos moralizante, donde vivo y desde donde había leído, seguía ahí, no se había disuelto del todo. El arte y la música en lo mas alto (cada día menos). La política y el periodismo chapoteando a la limón en los albañales de la sociedad (cada día más). Y entre medias, el amor haciendo lo que unos y otros le dejan hacer (cada día mas flotante y menos fiable como sentimiento humano). Ataque de estrabismo al galope. Romanticismo en estado terminal. Una vez más, ciego ante el tiempo de la vida que corre. Hoy como ayer, y como mañana. ¿Pero era eso lo qué el narrador quería de mi? Fue después de la segunda lectura cuando me di cuenta de que no. De que se había puesto a narrar para advertirme y ponerme a prueba, de forma sarcástica y amable a la vez, contra mis propios autoengaños. Lo que yo hiciera con lo que me mostraba, sólo me mostraba, era ya responsabilidad mía.

martes, 12 de enero de 2016

CARTA ABIERTA A UN HABITANTE DE LA CIUDAD SITIADA POR LO EVIDENTE

Parafraseando a Peter Sloterdijk, en su libro "El desprecio de las masas":
Hasta ahora los filósofos, los políticos y comunicadores de distinto pelaje se han dedicado únicamente ha adular de manera diferente a la masa social, según el infantil estilo del flautista de Hamelin, y a voz en grito: "sígueme que te llevo al paraíso". Nunca han hecho pedagogía individual sobre la responsabilidad adulta que cada ciudadano tiene respecto a los problemas de la sociedad democrática común a la que dice pertenecer. Nunca lo han hecho porque siempre han imaginado una humanidad ideal y eterna, sin seres humanos imperfectos y finitos dentro. Ha llegado la hora, por tanto, de señalar con el dedo a ese individuo real, mayor de edad de jure, aunque hecho masa en la práctica, oculto y protegido como un niño detrás de las murallas de la ciudad sitiada por lo Evidente. Ha llegado la hora de decirle, susurrándole suavemente al oído, con respeto pero con determinación:

"No hay nada más irritante que verlo sentado en el trono de Lo Evidente. Cuando alguien tiene la valentía de acercarse a usted con sus dudas, con sus preguntas insensatas, usted pareces saberlo todo. Esa forma de saber que apuntala lo que ya sabe, que nunca se adentra en lo que ignora. Hay días que mueve alguna pestaña, o que su rostro parece sentir algún tipo de interés por las dudas de los otros, incluso puede llegar a decir que es interesante, que ya le gustaría a usted tener tiempo para poder pensar sobre eso, pero rápidamente me doy cuenta que nada de eso tiene hacia usted la más mínima capacidad persuasiva. Puede mejorar su comedia hasta el punto de decir que está de acuerdo con lo que le dicen, aunque compruebo en ello su verdadera impotencia, que no es otra que no sentir la experiencia con las palabras que dice. En ese momento es cuando mejor detecto la importancia que tiene para usted la fortaleza de Lo Evidente donde vive. Desde ahí dentro puede decir que lo que oye es muy interesante, aunque enseguida detecto que es un tipo de interés que no le afecta más allá del protocolo de la conversación misma. Son palabras que si le atravesaran harían tambalear los cimientos de Lo Evidente donde se refugia, hasta el punto de que si consiguiera que se alojasen dentro de usted debería de abandonar la fortaleza por la puerta de servicio. Teniendo que reconocer, a continuación, como ha podido perseverar en lo mismo durante tanto tiempo.
Sepa usted, aunque le parezca increíble, que aquello que experimenta al vivir ahí dentro no pertenece al mundo de su fortaleza. Una cosa es lo que hace y dice, y otra muy distinta que le hace a usted lo que hace y lo que dice. Todo lo cual constituye otro mundo, que responde a otras formas de orden y de desorden. Es un mundo de potencialidades, que ninguna obra empírica que usted se proponga poner en marcha ahí dentro podrá llevar a cabo. No es el mundo de Lo Evidente, pues entre sus cuatros paredes no puede haber experiencia propiamente dicha, sino sumisión al dictado de sus leyes. Las experiencias de la vida (y de la lectura) tienden a ser irrepetibles y únicas, y, por tanto, no evidentes. Evidentemente usted mantiene una imagen bastante estable ante los demás. Es el personaje que se ha creado para vivir en sociedad. Pero dese cuenta que lo que lo sostiene a usted en vilo - solo visible extramuros de la ciudad sitiada de Lo Evidente - es una turbulencia constante de sensaciones y sentimientos a punto de desbordarse, que desmienten tozudamente ese arrobamiento que manifiesta con su vida para que sea tal y como la disfraza. Justo lo contrario de esas estatuas de personajes conocidos, que usted me dice aparecen en su deambular turístico por las ciudades que visita. Fíjese bien, frente a la nula significación de los viandantes que se encuentra, esas formas de piedra o bronce la tienen toda. Paradójicamente, la piedra o el bronce "inanimado" son el efecto de la ficción sobre una humanidad, que deshumanizada por el cerco de Lo Evidente ha desaparecido, hecha rebaño andante y parlante, de la vida que pasa a su lado.
Por lo demás, ante este año recién estrenado, que se prevé lleno de turbulencias varias, le deseo de corazón que sea para usted su primer año de lucidez plena. Al fin fuera de la ciudad sitiada por Lo Evidente."

lunes, 11 de enero de 2016

LA VERDAD DE LAS PALABRAS DEL NARRADOR

Un colega lector me confesó que había leído dos veces la novela, “Amsterdam”. ¿Por qué?, le pregunté. Sin dilación me contestó, por orgullo. Piénsalo de nuevo, le sugerí. El orgullo, el amor propio, o como queramos llamar a ese impulso vital, es la fuerza que nos ha animado a volver a leer la novela de Ian McEwan. La pregunta, sin embargp, continua, ¿por qué volviste a leer “Amsterdan”? Yo volví a leer la novela, le dije, por una única razón, por saber qué verdad había en ella, qué verdad había en las palabras de su narrador. Que quede claro que he dicho: saber qué verdad había en las palabras del narrador, no que sus palabras dijeran LA VERDAD. Al acabar de leerla por primera vez renové la venia que le había dado cuando decidí acompañarlo en mi lectura, a pesar de la frustración que me produjo que mis espectativas no se cumplieran, tal y como las habia imaginado. Eso no me impidió sentir que la exposición de sus palabras desprendían fuerza, y detectar que esa fuerza tenía que aguantar y dar forma a algo que sabía era verdadero, aunque no sabía cómo. Volví a leer la novela ya que quería saber el por qué. Veamos.

Todo este preámbulo me lleva a formular, una vez más, algunas preguntas esenciales. ¿Por qué tenemos esa necesidad de leer, de escuchar historias imaginadas? ¿De dónde viene nuestra necesidad de la ficción? En fin, ¿por qué decidimos abrir un libro? Aunque parezcan fáciles las respuestas, porque está en todas las bocas mediáticas, lo cierto es que tenemos notables dificultades para enfrentarnos a ellas sin remordimientos. El hecho mismo de sugerir la verdad que esconden, como he podido comprobar, pone las uñas de los presentes en estado de alerta, y su serenidad en suspenso. Nadie quiere estar muy alejado de esta sacrosanta palabra, verdad, que certifica nuestra presencia en el mundo. Pero, ¿qué significa? ¿De qué estamos hablando cuando la invocamos y la evocamos? Pocos son, sin embargo, los que quieren pensar sobre ella. La mayoría prefiere quitársela al vecino, en lugar de pensar sobre qué verdad hay en las palabras del propio vecino. Sin entender que justo es para eso para lo que vale leer, para escuchar a un narrador. Esa es su valiosa aplicabilidad después en la vida, para escuchar al vecino. Para escuchar al otro. Para dejar de escucharnos a nosotros mismos, atreviéndonos a entrar en el misterio de nuestra existencia. El mundo del otro.

Por ello pienso que muchos lectores sienten que conspiran contra su verdad si se detienen a pensar, mientras leen, en qué verdad hay en las palabras del narrador. Es como si dijeran para sus adentros: ya he leído el libro pasado, que no ha estado nada mal, por cierto, pero ahora a lo mío, y a lo de los míos. Es decir, a cultivar y engordar mi verdad. Y, sin embargo, nadie puede desmentir que esa verdad existe. Lo que ocurre es que se parece mucho a la de todos los otros lectores, y a la del vecino. La verdad de qué ahí está nuestra vida, cómo está y para qué está ahí es evidente. Es común a todos, y es demostrable mediante la razón empírica o práctica. El por qué está ahí, no. La verdad del por qué de la vida de cada uno la mueven impulsos ocultos, únicos e irrepetibles. Tiende a hacerse ininteligible, dentro de cada persona, a medida que va viviendo. Y tiene que ver con nuestra honda presencia y nuestra finita residencia sobre la faz de la tierra. Todo lo cual la hace inevitablemente propicia para ser explicable en forma de ficción narrativa. Para eso vale leer, para que el lector piense en qué verdad hay en las palabras del narrador. Para pensar sobre lo que tiene de ininteligible la vida propia, que tiene que ver con el por qué de la del vecino. Con la del otro. 

Acabo con una pregunta y una obscura premonición. ¿Qué ofrecen los narradores y los personajes de las novelas que leemos, capaces de provocar una necesidad precisamente en aquellos lectores que mejor pueden prescindir de pensar en qué verdad hay en sus palabras, negando también toda posible relación o aplicabilidad en su vida cotidiana - como así lo dicen abiertamente -, por estar firmemente asentados en su verdad familiar, social, psicológica, política, económica,...? El poder aprender y entretenerse, si fuera el caso, con ellos, dicen. Quizá, pero hemos de reconocer que se trata de una forma de aprender y entretenerse muy extrañas. Muy extrañas si las comparamos con la cantidad de entretenimientos y aprendizajes que el mundo de hoy nos ofrece, todos mas descansados, mas sociables y mas útiles empíricamente que tener que escuchar la voz obscura y ambigüa de los narradores de los que vengo hablando. Parece, entonces, que el probable camino de aquella larga pregunta no está a la vista, ni debe gozar del priviliegio de lo que está ya firmemente asentado como verdad en la vida de todos y cada uno de los lectores.