martes, 15 de diciembre de 2015

LA CRIPTA DE INVIERNO, novela de Anne Michaels

“Nos convertimos en nosotros mismos cuando algo nos es concedido o cuando algo nos es arrebatado”.

Cuando cayó la novela “La cripta de invierno” en mis manos, esta fue la primera frase que leí. Está en lo más alto de la cotraportada del libro. Allí, sobre fondo negro, se me apareció majestuosa, inequívoca, misteriosa. Antes que invitarme a leer me pareció que me advertía de que tuviera cuidado de cómo iba a hacerlo, si es que al final me decidía a abrir el libro. 

Me quedé, sin embargo, dando vueltas al asunto. Imaginé esta posible escena: la frase es una argucia publicitaria de la editorial para que el lector se anime, sobre todo, a comprar la novela, mientras la hojea en la librería. Sin lugar a dudas esto podía ser así si me ceñía a la primera parte de la frase: “Nos convertimos en nosotros mismos cuando algo nos es concedido”. Pero al añadirle la segunda parte: “o cuando algo nos es arrebatado”, ya no me parecía que la intención de quien había decidido poner toda la frase en la contraportada de la novela, fuese exclusivamente comercial. A parte de la industria funeraria, en un mundo dominado por el psicologismo positivista mas obligatorio, nadie se atreve a hacer negocios con el sentimiento de la pérdida. Y menos equiparándolo con el sentimiento de la propiedad, ofreciendo con todo ello una visión ilusionante de la existencia.

¿Quien puede decir esta frase? ¿Para qué? ¿A quien va dirigida? Todavía sin abrir el libro, una sola frase había puesto delante de mí la tríada inmisericorde de preguntas con que todo lector debe hacerse acompañar en su lectura. Intuí que esa frase daba cuenta con rigor, al final, de las trescientas y pico páginas precedentes. Nacer o morir valen para lo mismo, para convertirnos en nosotros mismos. Nacemos para aprender a morir. Morimos para que los vivos mantengan en alto la memoria. La felicidad es poder ver juntos ese dolor y esa dicha. Es la visión necesaria de lo que nunca debemos separar. La misma que el ingeniero Avery heredó de su padre. Años después, lo recuerda así delante de su mujer, Jean: “No hay dos hechos lo bastante separados como para que no puedan unirse”.

Antes de leer las primeras palabras del primer capítulo de “La cripta de invierno”, oigamos estas otras - también deben ser del mismo narrador - que nos interpelan hoy, desde tiempos difusamente remotos, y que nos invitan a entrar en el mundo que protagonizan Avery y Jean. 

“Tal vez pintamos sobre nuestra propia piel, con ocre y carbón, mucho antes de pintar sobre piedra. Pero hace cuarenta mil años, en todo caso, dejamos huellas de manos pintadas en las paredes de las cuevas de Lascaux, de Ardennes, de Chauvet.
El pigmento negro utilizado para pintar los animales de Lascaux estaba compuesto de dióxido de manganeso y cuarzo molido, y casi la mitad de la mezcla era fosfato de calcio. Para hacer fosfato hay que calentar huesos a cuatrocientos grados centígrados, y luego molerlos.
Fabricábamos pintura con los huesos de los animales que pintábamos.
Ninguna imagen olvida ese origen.

El futuro proyecta su sombra sobre el pasado. Así, los primeros gestos lo contienen todo; son una especie de mapa. Los primeros días de una ocupación militar; la concepción de un hijo; semillas y tierra.
El dolor es la más pura destilación del deseo. Con la primera tumba, con esa primera siembra de un nombre en la tierra, se inventó la memoria.
Ninguna palabra olvida ese origen.”

lunes, 14 de diciembre de 2015

SOBRE SUCESOS DIARIOS Y ACONTECIMIENTOS LITERARIOS

"Llega un momento que
te das cuenta que todo es un sueño
y que sólo lo que se preserva
en la escritura
tiene alguna posibilidad de ser real"
(James Salter, escritor norteamericano) 

La rosa que nace en su rosal es sin por qué. El jardinero que la cuida es un suceso que lo percibimos en la conciencia general que compartimos. Un poema sobre esa rosa y su jardinero es un acontecimiento irrepetible, que se percibe únicamente desde el acceso a la conciencia poética. Igualmente las palabras que intercambiamos en la oficina cada día suceden. La lectura de un relato sobre lo que nos decimos en la oficina es un acontecimiento narrativo. Nuestra vida está llena de sucesos. La literatura (y el arte en general) es el acontecimiento que da cuenta de uno de esos sucesos, que por acontecer así, y no de otra manera, que por ser narrado con una voz y no con otra, convierte al suceso rutinario en algo significativo. Único e irrepetible. Es decir, en una estrategia de comunicación. Los sucesos se suceden, sin más, uno detrás de otro. A veces fluyen como el agua, otras se nos aparecen con la movilidad de una roca o el musgo. Son actos puros de fe y de fuerza, más la ayuda técnica correspondiente. El acontecimiento literario es un acto de sentido y conocimiento mediante el poder de la voluntad. De, al menos, dos voluntades: el que narra y el que lee. Y un salto hacia ese sentido y conocimiento.  Digo que debe ser un salto, porque no me refiero al reino del conocimiento exacto y concluyente pertenecientes a nuestra conciencia en general, ese espacio común donde normalmente habitamos junto a nuestras obviedades y claridades aparentes. Es un salto, el que debe dar el lector pensante, desde donde le suceden los sucesos precisos, el mismo lo es, hasta donde se encuentra el conocimiento y la conciencia del narrador, que se dan sólo en el tiempo poético. Un conocimiento y una conciencia que ya no son exactos, ni son generales. Ese encuentro, cuando se produce, es la forma que adquiere el acontecimiento literario. Talmente, un poema, un cuento, una novela,...

A pesar de todo lo que se dice y se escribe sobre interactuación en la literatura (y las demás artes), yo creo que todo sigue más o menos igual que antes de Nietzsche, que fue el que reformuló las interrogaciones del hombre moderno, induciéndolo a asimilar un estado nuevo: verse pensando, verse leyendo, verse mirando, verse escuchando. Lejos de todo eso el lector medio actual (por ceñirme a la literatura) sigue leyendo, para entendernos y en el mejor de los casos, como leían los burgueses honrados en la época de Balzac o Dickens. Seguimos leyendo con la misma fe o cinismo, según los casos, que ponemos en la vida. 

Al respecto de esta opaca fatalidad nuestra, que la extendemos sin reparo al resto de la naturaleza tratando de domesticarla al servicio de nuestros fatales intereses, os dejo lo que dice el filósofo Víctor Gómez Pin:
"Teniendo como particularidad de su especie esas facultades que son el lenguaje y la razón, el animal humano se realiza cuando las despliega y fertiliza, por ejemplo forjando metáforas o sintetizando fórmulas. Mas entonces ¿por qué una persona puede llegar a sentir que el pensar no va con ella, qué sólo en la inercia, las costumbres, los hábitos y los elementales placeres a ellos asociados tiene sentido su vida? ¿Hay en el individuo humano una debilidad intrínseca que le mueve a ceder, a renunciar al esfuerzo que el pensamiento exige, repudiando así su propia condición específica? La hipótesis es más bien que esta astenia, este polo negativo en cada uno de nosotros, tiene raíz, cuando menos parcial, en una estructura social de la que todos somos partícipes, en un dispositivo creado por el hombre pero convertido en una máquina de deshumanización, en un generador de circunstancias que conducen a una situación mutiladora."

Hace falta algo más que fe, buenos propósitos y grandes titulares en las tribunas mediáticas y los suplementos culturales. Hace falta una organización social que desacralice nuestras bajas pasiones y nuestros hábitos zafios, los mismos que evitan que adquiramos la consciencia de nuestra corresponsabilidad en lo que nos sucede, echando la culpa al chivo expiatorio de turno. Para todo ello, empezando sin demora desde la escuela, hace falta la adquisición y el cultivo (no confundir con las últimas habilidades técnicas) de una mirada propia, hoy ausente en los usos académicos y en las disciplinas convencionales. Y también, como no podía ser de otra manera, ausente de los círculos oficiales de corrección social y política, donde es imposible dar un salto sin que vayas a caer de pie, si tienes suerte y contactos, en el mismo sitio. La construcción de una mirada propia que se presenta como la condición inicial para afrontar no sólo las obras de creación particular, sino también la toma de decisiones, la orientación del esfuerzo laboral, la significación del esfuerzo cotidiano y el entendimiento de contradicciones y ambigüedades a que nos vemos sometidos en el día a día. 

Por lo mismo que no puede haber creación sin conocimiento, tampoco hay conocimiento sin creación. En la práctica diaria, cuando estos fundamentos han sido convenientemente desarrollados, no cabe distinción entre ellos. Lo que posibilita que la creación individual pueda acontecer en el sitio menos esperado, o cuando sea necesario socialmente, siempre y cuando haya voluntades dispuestas a transformar los sucesos que forman el flujo o la rocosidad de la vida en un acontecer único y significativo. Lo cual también acaba con la idea romántica del artista como un tipo excepcional, hecho de una pasta diferente al común de los mortales, y bendecido de forma permanente por la gracia divina de las musas. 

sábado, 12 de diciembre de 2015

A NUESTRAS ALMAS EN PENA

Toda obra de arte y, por ende, toda obra literaria se precipita sobre esa zona obscura de quien lee que se llama alma. Me costó lo suyo, como casi todo, entender esto. Por eso lo repito. Pero tenía una necesidad imperiosa para hacerlo. Una necesidad ligada a una convicción: en toda actividad lectora la principal protagonista es el alma del lector. Todo lo que aparece en el libro está a servicio de que el alma se movilice. Se "desembarace" del cuerpo y se ponga en marcha. ¿Qué es el alma? Ese lugar de sombra que proyecta todo cuerpo en cuanto lo toca la luminosidad de la razón demostrativa o empírica. El alma es lo que no conocemos y tal vez no conoceremos nunca de nosotros mismos y de los demás. ¿Y el cuerpo? El cuerpo es esa especie de robocob biológico y mental donde habita el sujeto claro y absoluto que, también, somos. Aunque nos parezca increíble, toda tertulia literaria es una comparecencia de "almas en pena" atrapadas en las jaulas de esos robocobs, esos sujetos absolutos, encumbrados, altivos, cerrados, que se sitúan a si mismos en el centro de un mundo que, a su vez, los ignora. Una tertulia literaria sirve para aprender a manejar mediante una lectura compartida - no se me ocurre otra manera de hacerlo con mejor potencia y perspectiva - esa colosal paradoja que nos constituye. Y que nos desgarra o nos paraliza por dentro.

Hace ya tiempo que dejé de preocuparme por saber si, por ejemplo, "El Quijote" está mejor escrita que "La Cripta de invierno" o "Punto omega", por poner tres novelas que he leído o releído últimamente. Y si las tres piezas literarias están por debajo, o encima, en el ranking literario que "La Sombra del Viento". O al revés. Lo que si sé es que las tres primeras, como decía Faulkner, son cerillas que al encenderlas con mi lectura, no me dejan ver mejor. Son cerillas que me dejan ver la obscuridad de forma diferente. Sin embargo, al leer "La Sombra del Viento" me di cuenta de que era una cerilla con la pólvora mojada. Y es que dentro de la obscuridad de mi propia alma, soy incapaz de establecer las jerarquías a que me empuja robocob, o el sujeto absoluto y luminoso, con la tabarra que me sigue dando desde afuera. Bastante tengo con ver la obscuridad de mi alma, momentáneamente, mientras leo.

Deje de preocuparme de esa dicotomía porque después de repetir la misma cantinela durante muchos años no sabía que significaba. Todo lo más un latiguillo, una eslogan, como ser feliz o no serlo, ser buenos o malos, ser muy inteligente porque estudié matemáticas, o ser del montón porque estudié letras. En fin. Lo puedo seguir repitiendo hasta la saciedad, si quieren, y para quedar bien con mis iguales en las reuniones sociales a las que asisto o pudiera asistir, pero, insisto, honestamente, no se lo que significan. Lo dejé porque soy un lector que ha comprendido que en las tertulias de las "almas en pena" lo que manda es la significación. Y que nos reunimos precisamente porque no acabamos de encontrarla en las palabras que leemos. Nos reunimos bajo el palio de esa honestidad e ignorancia fundamentales y fundacionales. También nos reunimos porque somos diferentes y no queremos quedar bien entre nosotros. Que, por cierto, tampoco sé lo que significa, mas allá que ser educados y respetuosos. Pero eso tiene que ver con la urbanidad de los cuerpos, nada con la significación que reclaman las almas. En las otras reuniones sociales o políticas a donde asiste robocob, o el sujeto absoluto que nos atenaza, lo que prima es la lucha de intereses. Para entendernos, lo que prima es la lucha para tratar de imponer un interés al del vecino. Las tablas, o buenas maneras, sólo dan cuenta de la extenuación o el cansancio de los contendientes.

Soy, por tanto, un simple lector que tiene amigos lectores. Soy un simple lector que puedo interpelar a mis amigos lectores, como hacía Sócrates, no diciendo lo que tienen que hacer o pensar, no dándoles recetas o soluciones, sino sugiriéndoles con mis preguntas que lo que hacen y piensan puede que no sea del todo acertado. Y viceversa. En fin, soy un simple lector que proyecto sobre mis amigos lectores lo que el texto me ha metido previamente en esa zona obscura que llamamos alma: la duda. La pertinaz duda que nunca deja en paz al alma. Y que debido a ello siempre está en pena. Su estado natural. Buscando a otras almas igualmente afectadas por la pérdida y el dolor. Mejor dicho, afectadas por la falta de significación del dolor y la pérdida. Que es lo que produce la pena, o la indiferencia, dos caras, al fin y al cabo, de la misma moneda. La falta de sentido.

jueves, 10 de diciembre de 2015

PRIMERO FE Y DESPUES CONOCIMIENTO

O solo conocimiento. Sin fe. Constantemente descreídos. Zurrando con la Razón Analítica a todo lo que se mueva. Urgentemente. Angustiosamente. Dice Kierkegaard que a diferencia de los animales, que duran, los seres humanos existimos. Es decir, tenemos conciencia del tiempo, de sus altibajos y del destino de nuestra existencia. Como ya saben, no hay más colosal tragedia que el existir humano. 

El ser humano no está en condiciones de aceptar semejante destino. Construyámosle un pesebre y una cuna donde pueda pasar los años de su vida, venía a decir Hegel, el gran constructor moderno de Sistemas. Construyamos, por tanto, todo tipo de sistemas: económicos, familiares, educativos, judiciales, políticos, religiosos, laborales, de entretenimiento, y, como no, sistemas de pensiones. En fin. Construyamos canjilones donde meter y donde hacer de la existencia humana un eterno saltimbanqui de uno a otro. Y apliquemos un método: la lógica dialéctica. Es decir, esa liguilla mediante la que los diferentes sistemas compitan entre ellos hasta obtener el Sistema Perfecto. Y Único. Y, por tanto, el Sistema Supremo. En esa competición pretendemos seguir estando. Pero la existencia es tozuda y no se deja domeñar fácilmente. Tira al misterio, se mete en líos: por qué le pasa lo que le pasa, y por qué esta hecha de lo que esta hecha: tiempo y conciencia. Debido a ello, el contraataque infantil a todos los sistemas acaba, tarde o temprano, fracasando, y hundiéndose, con sus laboratorios, expertos, técnicos, ejecutores y oportunistas dentro. Pero yo sigo viendo tipos que existen angustiosamente, sin muchas oportunidades, ni lugares donde poder conocer el verdadero estado de su existencia. La visión del arte y de la cultura también ha fracasado en esta misión, al convertirse ellos mismos en respectivos sistemas, con sus expertos, técnicos, ejecutores, intermediarios y charlatanes a sueldo para su mantenimiento.

¿Tenía razón Hegel respecto a nuestra incapacidad para enfrentarnos cara a cara a nuestro trágico destino? ¿O la tenía Kierkegaard al reclamar para el individuo la libertad y la única responsabilidad del conocimiento de la fe de su existencia, angustia inevitable mediante? Ciento cincuenta años de aquella visión del escritor danés el dilema continúa. Sin embargo, arrastra un interrogante, que es una herida abierta que nunca se cierra, por donde sangra y se fuga la fe inquebrantable de los sistémicos en el bienestar que sienten dentro de su sistema. Si no dudan, ¿cómo saben que han de cambiar de chaqueta, perdón de sistema, cuando en el que viven ya no pueden respirar, ya que cerrado sobre sí mismo los ahoga, antes de que los devore?. Pero si dudan, ¿cómo pueden seguir hacia adelante dentro de su sistema? ¿Lo habrán dudado todo? ¿Qué significa eso?, se pregunta el escritor danés ¿Dónde los coloca su duda? ¿O se han corrompido del todo a fuerza de estar ahí siempre metidos?, me pregunto yo. Porque dudar es abrirse a nuestra naturaleza inacabada e imperfecta, que es la propia de toda existencia humana. Es abrirse a esa forma radical de dolor y angustia. Significa reconocer que la vida es una maravilla tanto como una mierda. Y que lo maravilloso y lo nauseabundo se dan al mismo tiempo, y uno junto al otro. Pero significa, sobre todo, que a pesar de ese reconocimiento vale la pena seguir existiendo para alcanzar el conocimiento de por qué estamos aquí. De la fe en nuestra existencia.

En un sistema se dura, no se existe. Existir nos angustia, cierto. Pero durar dentro de un sistema nos ahoga y nos enajena. Tal vez la mediación de la ficción sea el camino intermedio. De la mano de un narrador imaginado podemos abandonar por unas horas el sistema que nos protege y nos anula, sin que nos lacere con tanta virulencia la angustia y el dolor de la existencia. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

EL SUEÑO DE LA ALDEA DING, novela de Yan Lianke

Contra lo público o contra lo privado, por la izquierda o por la derecha, en el centro o en la periferia, hacia adelante o hacia atrás, entre ricos o manirotos, mas cansados que aburridos, o al revés, camino del norte o del sur, trepando a lo alto o hundiéndome en lo mas hondo, con la piel banca o negra, en versión yanki o piel roja, nos matamos en la Luna o en Marte,  etc. etc. Esas peleas de gallos en un Ok corral ya inexistente, y que mi obcecada forma de pensar occidental sigue empeñada en hacerlos existir de manera fatalmente irreconciliables. ¡Qué desaparezcan los bancos y que deje de haber hambrientos! ¿Cómo puede ser que, mientras camino por la aldea Ding, todavía me venga este eructo? ¿Cómo es que todavía tenga dispuesta en el disparedero de la boca, para estos casos, alguna de estas palabras tapadera: incoherente, insolidario, injusto, ...? ¿No será que no acepto, como siempre me dijo mi madre, que la enfermedad y sus pústulas son los auténticos emisarios de la muerte? ¿Y que la felicidad es un salto desesperado, dentro de un presente absoluto, hacia un futuro inexistente? En fin, esos "cuentos chinos" que nos contamos los occidentales: tirando de la vida de espaldas a la muerte, podemos. De verdad, ¿nosotros siempre podemos? Estamos tan acostumbrados a aceptar que nuestra vida solo puede llegar a ser como la disfracemos, que llegado el caso podemos. Pero ¿qué? Cumpliendo ese fatal precepto, podemos cambiar de disfraz. Únicamente. Eso es lo que hacemos mientras decimos que vivimos.

Con estos mimbres hechos pensamiento horroroso, endurecido hasta que el cerebro se ha hecho cráneo, ¿cómo se puede leer este sueño de la aldea Ding? ¿Puedo ser tan descarado como para pensar que el abuelo Ding ignora la racionalidad científica y empírica de la ciudad o menosprecia su eficacia? ¿O es que más bien le otorga un valor básicamente instrumental, por debajo de otras formas de racionalidad que son las que mueven esta novela de tan difícil acceso emocional para un lector occidental como yo? Muy limitado en este tipo de sentimentalidad, me cuesta mucho hacerme un hueco en la mía. Y ahí radica, sin embargo, todo el esfuerzo que debo hacer con mi lectura. Hacerle un hueco en mi cerebro y mi corazón al abuelo Ding y su parentela.

¿Por qué he de hacerlo? Porque el abuelo no es del mundo donde existo, pero si noto que es la fuerza, el valor y el coraje que falta a ese mundo. ¿Ausencia de algo y alguien, que en otro tiempo estuvieron? ¿O cómo algo o alguien que no existieron nunca? No lo sé. Fui de los que ya vivieron la juventud con una falta de respeto a la voz de la experiencia paterna. Lo viejuno se llama hoy a esta  conducta, en su fase mas espantosamente totalitaria. También es cierto que la doctrina del Vaticano, o las diferentes iglesias laicas occidentales, no son la de Confucio. Pero si pienso, mientras voy leyendo, que a mi mundo le sobran expertos y técnicos, que rápidamente se habrían personado en el lugar de los hechos dando soluciones y recetas, detrás de sus mascarillas y delante de las cámaras de TV. La salud es lo natural. La enfermedad es un error absurdo de una vida torcida, que hay que erradicar. Sin la presencia de los expertos y técnicos, sin las autoridades sanitarias vendiendo salud, he tenido que luchar contra mi insistente pregunta: ¿por qué no llega nadie del Ministerio chino del ramo? Al final he acabado aceptando que narrativamente es conveniente que no estén, y, lo mejor, que no hace falta que vengan. La aldea Ding acaba rehaciéndose sin su presencia. Lo que nos cuenta el narrador - muerto por envenenamiento, y enterrado detrás de la pared de la habitación de su abuelo - desde ese lugar tan extraño es otra cosa, y esos burócratas despiadados iban a desviar mi atención lectora contra el Partido Comunista Chino o la cantinela de la Injusticia en el Mundo. 


Me intento adaptar con dificultad a lo que se me muestra sin ningún tipo de aspavientos: que la enfermedad es una de las formas posibles de la vida. Y que la muerte no es su relevo definitivo. ¿Es ese lugar, ignoto para mi, desde donde cuenta el narrador y que garantiza su autoridad? O dicho de otra manera, ¿la muerte otorga a su mirada toda la verosimilitud y fuerza, que se nota en como dibuja a los diferentes personajes que aún están vivos? Entonces, ¿a qué llamo vida, y a que llamo yo muerte? Según nuestra civilización, definitivamente sin garantías de nada, tampoco las hay de que haya vida después de la muerte. De acuerdo. Pero de igual modo, ¿hay garantías de que haya vida antes de la muerte? ¿Qué es eso del Vacío o la Nada? ¿Antes de morir o después de que se acabe la vida? Lo que hoy llamamos seres humanos vivos, ¿no habitan muchos de ellos dentro de un ataúd? Que la muerte acaba con las posibilidades de la vida, ¿es una convención mas en este mundo occidental sin garantías? Frente a este dilema, me cuesta mucho discernir de donde le viene al narrador la autoridad que tiene sobre lo que me cuenta. Pero siento que la tiene, aunque no me llegue con todo su poderío y firmeza. Pero la tensión que me produce tal carencia si me vale para descartar definitivamente de mi horizonte lector la presencia de los expertos y los técnicos, de los vendedores de salud. Ya es algo. Estoy frente a una voz fuera de la vida con autoridad para construir un espacio narrativo habitable dentro de la vida. Un espacio y una voz que me sugiere que una casa es ese lugar donde nos morimos todos los días, y que un ataúd es el lugar donde nos mudamos después de que hemos muerto el último día, ¿aunque no para siempre? Por tanto, una casa es semejante a un ataúd, al igual que su ornamentación interior. Un espacio y una voz que me habla del amor como el relevo del dolor. Y viceversa. Como la noche releva al día, y la primavera al invierno. Sin aspavientos publicitarios. Si no tengo garantías de que haya vida después de la muerte, ni vida antes de la muerte, ¿quien soy yo para sospechar de lo que me cuenta este narrador? Todas las garantías de que su voz tiene autoridad para contar las vidas que cuenta, frente a una actitud lectora como la mía, sin garantías de mi propia vida.

El caso es que después  de arrastrarme por la aldea Ding con mis opuestos irreconciliables a cuestas, con ese saber condicionado por su lenguaje y la forma de pensar occidental, que no me sirve para nada entre los Ding, se me echa encima, sin previo aviso, la escena del estacazo final que el abuelo le sacude a su hijo, dejándolo muerto en el acto encima de un charco de sangre. Una iluminación impremeditada sobre todo lo que había leído hasta ese momento. Un impulso que consigue, cuando ya había perdido toda esperanza, elevarme sobre el polvo reseco de la aldea, sobre sus vivos con sus póstulas y sobre sus muertos y sus ataúdes. Un estacazo que simboliza y resume el ámbito de lo que podemos experimentar de la vida si le quitamos de encima las toneladas de retórica que le hemos ido poniendo encima. Un estacazo que hace descansar al abuelo, y al lector aceptar al final su compañía.

sábado, 5 de diciembre de 2015

LA APARIENCIA BONITA

Con todo, lo peor de que la conciencia adulta consienta en ser engañada por la realidad, haciéndole creer que es también la verdad, es tener que aguantar durante toda la vida la apariencia bonita que hace una segunda piel en cada uno de nosotros, ocultando así semejante estafa. La irritabilidad que producen estas apariencias bonitas, construidas a fuerza de enajenar a su percha, tiene que ver con la tiranía de una técnica que acepta sin rubor la conciencia, con tal de no querer aceptar ese dolor que es mirar a la verdad de frente.

Nunca como ahora, creo yo, esta falta de honradez en que se convierte aquel consentimiento en la relación con lo creativo - sobre todo en lo referente a la creación audiovisual, más vulnerable que la creación verbal - ha afectado de forma tan directa y maliciosa a la narratividad en nuestras relaciones interpersonales, más sensibles a la imagen que a la palabra. La ausencia de problemas relevantes entre la clase media a la que pertenecemos y su entrega sin contención a la acumulación del poder que le proporciona el totalitarismo tecnológico, hacen imposible, de momento, la renovación de esa narratividad, es decir, la búsqueda de la verdad entre nosotros. Pues verdad y realidad se hacen una e indisoluble en la conciencia de este Homo Digital que todo lo puede y que se constituye como única realidad visible, bonita antes que verdadera. ¿Nostalgia? ¿Desesperación? ¿Quien recompondrá el orden natural del mundo que determina lo visible y lo que no podremos ver nunca, lo que entendemos y no entenderemos jamás. ¿Quien restaurará la narratividad que toda civilización necesita, para poder llevar con honor ese nombre, y que nace de esa brecha "sangrante" entre lo visible y lo invisible? En las condiciones ambientales de apariencia bonita generalizada en que vivimos es imposible saberlo. Lo que los romanos llamaban Pan y Circo ha existido siempre. Pero nunca como ahora lo visible ha sido igual a lo no visible. Y así como antaño a nadie se le hubiera ocurrido decir en voz alta que dios (lo invisible) no existía, hoy está bien visto que cualquiera pueda contratar a un técnico que le arregle el desajuste imaginativo que le impide hacer coincidir lo visible con lo invisible, que es lo que debe de ser. Hoy la conciencia se ha aliado con la técnica para hacer frente al engaño, que decía Goethe, a que la sometían la realidad y la verdad.


Y, sin embargo, no podemos decir, al contrario que aquellos feroces inquisidores de antaño, que quienes nos ofrecen su implacable y armónica apariencia, en todo momento y lugar, no sean gente bondadosa. Lo son. Nada en su forma de utilizar el lenguaje permite acusarles de la malignidad que acompaña a esa apariencia bonita. Ni puede hacerles ver el daño y el malestar que producen a su alrededor. El lenguaje para ellos es una herramienta más, como el coche o el ordenador, esa es toda su consistencia, y nadie acusa de maligno a quien usa "inocentemente" un chisme de esos. En fin, el lenguaje, no es para ellos eso que los hace tener la forma que aparentan, pero mediante el que, aunque no lo sepan, también pueden desocultar el qué y el por qué de esa apariencia. Lo cual hace que sea esa ignorancia narcisista la principal aportadora de malestar en nuestra sociedad del bienestar.

Pero tampoco podemos negar el derecho que todo ser humano tiene a no desvelar sus secretos y mantener a salvo su intimidad. Aunque la verdad no tenga nada que ver con eso. La verdad tiene que ver con lo que niega su apariencia bonita. Una apariencia que se hace roca cuando se acerca a su lado la voz de alguien que no conoce. Invocan entonces, los de la apariencia bonita, maneras de la buena educación o de la eficiente pedagogía para apartar de su lado ese estorbo. Pues todo lo que pueda salir de su boca está bendecido por un sano criterio y una voluntad intachable en su propósito, difícilmente denunciables. Sin embargo, la apariencia no tiene demasiado sentido cuando todo el mundo pretende que sea bonita. O lo que es lo mismo, teñida por la firme creencia de que siempre es posible volver a empezar. Es esa noria donde da vueltas el aburrimiento de los dioses, y de los seres humanos que aparentan obsesivamente ser inmortales.

La realidad es que somos nuestro deseo ilimitado e insatisfecho, pero la verdad es que su satisfacción exige riesgos que hacen temblar a nuestra apariencia bonita. Queremos más, sin poner en peligro donde ya estamos y todo lo que tenemos. La desproporción entre un hecho y sus consecuencias, como temía Kafka, se ha hecho en nuestros días inexperimentable. Y, por tanto, fatalmente inexplicable. No se si somos conscientes y responsables de lo que decimos, del uso que hacemos de nuestro lenguaje. Yo creo que nuestra apariencia bonita nos lo impide. Es una de las conductas que más irrita, por la injusticia que arrastra sin hacer mella en los interlocutores. Sin convocar de urgencia a los tribunales. Quienes son así, temerariamente injustos, no quieren ver que las historias y los personajes "feos" los ponen delante de todo lo que oculta su apariencia bonita. Que lo auténtico es contemplar al mismo tiempo la apariencia bonita y toda la "fealdad" que oculta. Y que eso solo lo puede hacer la ficción. Pero cuando la irritación un día se hace incontrolable, los injustos hablan de un cambio en la pedagogía o de que se han equivocado de sitio. Y de nada vale que se les diga que si no ha habido previamente un mínimo esfuerzo con el pensamiento, lo normal es que al hablar no salgan nada más que sandeces por la boca. Todo el mundo está amenazado por este peligro. Y de lo que son responsables quienes así se comportan es que un número indeterminado de esas sandeces callejeen como pordioseras sin rumbo ni destino por las ciudades, sin asidero significativo a que acogerse. Al final, lo de la injusticia queda para momentos de mejor ánimo moral, y la irritabilidad acaba callejeando también sin destino por las calles de la ciudad, produciendo con las sandeces la falta de vergüenza que hay en eso que llamamos contaminación verbal e icónica. Pero lo peor es arrastrar durante días el sentimiento de culpa y desamparo. No sé si por este orden. Culpa por pensar que intentar mostrar lo invisible a la apariencia decente y bonita, no deja de ser un asunto propio de villanos. Desamparo porque no hay con quien desahogarse. Vulnerar la armonía de una apariencia bonita convierte a quien lo intente en un tipo fuera de la ley, al que no detienen nunca.

viernes, 4 de diciembre de 2015

¿COMO SE CUENTA LO IMPENSABLE, ES DECIR, LO INIMAGINABLE?

¿Para qué necesita una sociedad hipertecnologizada y nihilista como la nuestra un lenguaje creativo? La sociedad de hoy ni necesita a Dios, ni la Razón, ni necesita un lenguaje de este tipo para gestionar su aburrimiento y su cansancio. Nostalgia y enfermedad, eso es lo que son Dios, la Razón occidental y sus  lenguajes creativos. Eso es lo que se hizo humo en Auschwitz, Gulag, Hiroshima y Nagasaki. Ni Hegel, ni Marx, ni Jefferson pudieron imaginar que su ideario iba a acabar así en manos de sus aplicados y aventajados alumnos, Hitler, Stalin y Truman. Y es que no advirtieron que sus palabras fundacionales se debían interpretar como una sonoridad que resonara en la armonía interior del hombre público, no un libro de instrucciones para llevar literalmente a la práctica. No nos advirtieron que sus palabras solo las escribieron para ser oídas, no para formar parte de un programa político de exterminio. La sociedad de hoy no necesita transcender, ni religarse. Su cansancio y aburrimiento se parece mucho a la eternidad,  es decir, a la muerte. Donde nunca pasa nada, ni nadie amenaza ni se enamora de nadie. En fin, donde no hay nada que imaginar. Eso que si era propio de la tradición de nostalgia y enfermedad del espíritu de las sociedades anteriores a la Experiencia Universal de los Desastres, que desaparecieron para siempre hace 70 años.


Levi, Semprún, Friedman, Solcheneisin, y tantos otros, han dejado su testimonio del paso por los campos de extermino nazi y soviético, y los horrores de la primera bomba atómica. Pero al hacerlo sus palabras todavía rezuman fe en la recuperación de esa tradición nostálgica y enfermiza que representan Dios o la Razón occidental. Todavía creen en el valor y la capacidad de discernimiento de Dios, la Razón occidental y sus lenguajes creativos para desvelar el misterio de la vida humana. Escriben para que entendamos lo que, por otra parte, ellos mismos no dejan de nombrar como incomprensible. Isaac Blumenfeld no. Bumenfled enumera los hechos a ritmo de los saltos del tiempo bíblico, para que nadie se pueda hacer ilusiones razonables y en tiempo real, literales, respecto a lo que pasó. Para volver, de paso, al origen. Y como perspicaz judío, para sugerir volver a leer de nuevo el mundo. Aquello pasó y lo que dejó a su paso fue un mundo sin cláusula de garantía. El mundo que heredaron nuestros padres y en el que hoy vivimos. Eso es lo más importante que nos quiere contar con lo que nos dice y con la forma como nos lo dice. Un mundo sin la garantía que Dios y la Razón - cómplices necesarios de aquella barbarie impensable - nos habían proporcionado de forma inintenrrumpida hasta entonces. Una falta de garantía que no nos condena irremediablemente a mirar el mundo a ras del suelo, parece sugerirnos al mismo tiempo el sentido del humor con que envuelve el relato. Sus chistes me recuerdan constantemente al genial Gila.

Para los lectores adultos que leemos hoy "El Pentateuco de Isaac",  al fin y al cabo, no deja de ser una "visión positiva" del horror que anida desde siempre en las personas y las cosas. Eso es todo. Que mas queremos para comprender mejor lo que significan las chimeneas y su humo, los hongos letales de la bomba atómica, Siberia y sus trabajos forzados, el cansancio y el aburrimiento hiper-tecnológico. En fin, lo que significan la ausencia de Dios, de la Razón y sus lenguajes.