miércoles, 28 de octubre de 2015

TERESA DE ÁVILA, MAESTRA DE LA ORACIÓN

¿Por qué pienso que le sienta bien al estado actual de la fe en nuestro laicismo republicano la exposición sacra de Teresa de Ávila? Para comprobar la vigencia y vitalidad de esa fe laica, tan querida por nosotros. Para contrastarla, nada menos, que con la fe de una de las creyentes mas intrépidas e inteligentes que ha dado el catolicismo. La fe en el Estado Moderno compartiendo y dialogando unas horas con la fe en el Dios Antiguo. Dicho esto es como no decir nada, si a continuación no individualizamos a los creyentes.

Pienso que es interesante la exposición de Teresa de Ávila, porque esta mujer se atrevió a pensar, y a dejar por escrito su pensamiento, en un tiempo donde hacerlo era jugarse la vida. Se atrevió a algo, a mi entender, sumamente difícil: no quedarse ciega verbalmente debido a los efectos colaterales de su fe irrenunciable en Dios. Sino que a partir de ese colosal impulso, mantuvo vivo y afilado su pensamiento. Desarrollando otra fe de similar rango: su fe en el poder de su palabra escrita. Y su convicción de que sus palabras pertenecían a algo mas grande como era la Palabra de Dios, que era la que diseñaba un mundo que no acababa de ver. Teresa escribió, como no podía ser de otra manera, para saber. Para entender porque los hombres que la rodeaban, ensombrecían y afeaban con sus palabras el mundo luminoso y hermoso que prometían las Palabras de Dios.

Ahora si, ahora Teresa de Ávila interpela directamente nuestra fe laica, quinientos años después de su nacimiento. La interpela invitándonos a hacerle una renovación, ya que podemos caer en la tentación de creer que nunca le ha hecho, ni le hará, falta. Podemos caer en la tentación de creer que nuestra actual vida laica es mejor, en términos individuales de fe y conocimiento, que la antigua vida religiosa. Equívoco que se desprende de confundir sistema con individuo. Como dijo Kierkegaard, ninguna vida humana puede ser entendida, ni compartida, si la reducimos a su pertenencia al sistema histórico de turno. Si confundimos, para entendernos, a Teresa de Ávila con el Antiguo Régimen. Si confundimos a Alice Munro o Anne Michaels con la Época Postmoderna actual. Por eso, pienso yo, el interés que tiene la exposición: "Teresa de Ávila, maestra de la oración". Aunque su imagen mas conocida siga estando dominada por los herederos de aquellos hombres sombríos y crueles del Vaticano del siglo XVI, que amargaron la vida de Teresa de Ávila. La vida, tal vez, pero no su pensamiento, reflejado en su poderosa y directa manera de escribir. Reflejado en muchas de sus palabras, salidas entre el trajín de los pucheros. 


¿Podemos decir con certeza, que la fe en nuestro laicismo republicano nos garantiza, al día de hoy, no quedar ciegos verbalmente, además sin jugarnos la vida, ante lo que sucede en nuestro entorno. Y no digamos un poco más allá de nuestro entorno. ¿Nos permite esa fe en el laicismo republicano decir en público, y sin arrobo?: "sin haber rezado nunca, siento mis lecturas como si fueran plegarias." ¿No es la verdadera lectura un acto supremo de concentración y atención hacia unas voces y unas palabras que nos son desconocidas y mas grandes que las palabras habituales que utilizamos, a ras de tierra, en el Ágora de la Res Pública o Privada? Unas palabras que, aunque nazcan entre pucheros o en las oficinas de diseño, se alzan siempre a la busca de lo bello y lo sublime. Unas palabras que, como las nuestras, no provienen del orden del diccionario, sino que pertenecen a algo fuera del tic tac de nuestro tiempo histórico, - no llamémosle Dios, porque somos laicos republicanos - llamémosle la Memoria del Mundo. Palabras millones de veces dichas y oídas, que resuenan desde la noche de los tiempos en la que los seres llamados humanos empezaron a hablar. ¿No son Alice Munro o Anne Michaels, por ejemplo, las Teresas Modernas? ¿No son la Cripta de Invierno o la Vida de las Mujeres sendos Libros de la Vida? ¿No se hablan sus narradores, de tu a tu, en ese tiempo que habita la Memoria o Alma del Mundo?

En definitiva, la exposición "Teresa de Ávila, maestra de la oración" significa la posibilidad de poner al día la siempre conflictiva relación entre nuestra fe y nuestro conocimiento. Sobre todo en una época como la nuestra, no mejor que la de Teresa sino únicamente más cómoda. Una comodidad que nos hace inhibir la manifestación pública de lo que creemos, es decir, de lo que no sabemos, en favor del lenguaje que acompaña a los conocimientos que arrastra una tecnología desquiciada y apabullante, que pretende saberlo todo. Una comodidad que, al fin y al cabo, nos acaba cegando verbalmente frente al misterio del mundo en el que vivimos, que aparece ante nuestros ojos como inexistente al dejarnos acompañar, vía razón tecnológica, por la transparencia de un bienestar ajeno a los peligros y amenazas de su acabamiento. O lo que es lo mismo, un bienestar que nos instala, de forma permanente, en una minoría de edad que homóloga y construye un único relato, a partir sólo, y sin contención, del positivismo de nuestros deseos.

Teresa de Ávila es, por tanto, un ejemplo a tener en cuenta - verificable a través de la lectura de sus escritos - en nuestro presente, de cómo relacionarnos con aquel conflicto humano, demasiado humano, que no entiende de épocas ni fronteras. Ayer con la omnipresencia de Dios. Hoy con su calculada ausencia. Ayer con el Banco del Vaticano. Hoy con el Fondo Monetario Internacional. Ayer bendecidos con la tonsura de aquellos siniestros hombres de negro. Hoy con la sonrisa prestamista de estos "amables" hombres de gris.

martes, 27 de octubre de 2015

LA LITERATURA VA EN SERIO PORQUE LA VIDA NUNCA ES UNA BROMA

Quizá convenga recordar que la literatura es una experiencia del mundo en el territorio del lenguaje, también una forma de comunicación que abre las puertas al conocimiento. Conocimiento en sentido amplio, no solamente de códigos racionales, ni demostrativos. Me refiero al conocimiento de las semejanzas, de lo metafórico, de lo difícil, de lo que es hasta entonces obscuro para los lectores. Y que sin la capacidad de esos lectores de hacer preguntas a su experiencia y sin la necesidad de darle sentido mediante el lenguaje, creo que no hay posibilidad de la literatura así concebida. 

Si la literatura no es una investigación de lo experimentado por cada lector, creo entonces que no vale nada. Si pudiéramos explicar mediante significados precisos aquello que cuenta, entonces valdría con exponer esos significados sin necesidad de construir lo literario, que es más bien interrogativo que concluyente. La literatura sigue en esto a la vida, que me parece que es también interrogativa. Ahí radica la seriedad a la que aludo en el título. Si la literatura fuera demostrativa entonces no habría necesidad del lector individual e irrepetible, ni del diálogo que mantiene con el narrador. Se conformaría con los expertos que tienen respuestas y soluciones para todo, y con un público indiferenciado: ese conglomerado humano que aplaude o rechaza, pero que no interviene.

Insisto en ello porque me resisto a aceptar, aunque vaya a contracorriente, que leer y escribir sea una actividad sólo de profesionales de la literatura, o de iniciados que pertenezcan a alguna secta o congregación. Un día alguien que no estaba habituado a leer me lo resumió así: "si la vida va en serio, tal y como yo creo que va, intuyo que la literatura también, aunque no entienda del todo lo que me diga el narrador." Comprendí entonces que que ese era el significado de la seriedad de la vida y de la literatura. Porque la seriedad de la vida y de la literatura consiste en aceptar, debido a nuestra naturaleza imperfecta e inacabada, que no nos entendemos, pero que nunca debemos renunciar a intentarlo, si no queremos pagar un alto precio por ello. El precio de la locura o del infantilismo crónico, que son las dos caras de la misma moneda con que se trafica en el mundo actual.

Entendí que leer y escribir en compañía, de eso se trata. Pero también entendí que la vida y la literatura solo pueden ir en serio entre personas y lectores adultos. Traigo a colación lo que dice Richard Ford, en su libro "Flores en las grietas", sobre la literatura de Chéjov:

"Pese a su superficial sencillez y a su aparente accesibilidad y claridad, los cuentos de Chéjov - en particular los mejores - no son tan fáciles para un joven corriente. Al contrario, a mí Chéjov me parece un escritor para adultos, cuya obra es útil y también bella porque orienta la atención a los sentimientos adultos, las complejas reacciones humanas y los pequeños problemas de elección moral en el seno de dilemas mayores, dominantes, cualquiera de cuyos elementos, en caso de que se presentaran en nuestra complicada e impulsiva vida social, escaparía incluso a una observación sutil. El deseo de Chéjov es complicar y poner a prueba nuestra visión de personajes que erróneamente creeríamos capaces de comprender a simple vista. Además, casi siempre nos aborda con una gran dosis de seriedad centrada en algo que intenta hacer irreductible y accesible, y mediante esa concentración insiste en que nos tomemos la vida en serio. Esta indicación, por supuesto, no siempre es fácil de seguir cuando se es joven."

viernes, 23 de octubre de 2015

SOBRE APRENDER Y CRECER

¿Que se quiere contar cuando se dice que al leer lo que se pretende es aprender y crecer? Dando por hecho que quien escucha entiende lo que se quiere decir con ello. Digo esto porque quien así suele hablar, un lector adulto, es alguien al que se le supone “aprendido y crecido” cuando se dispone a entrar en un relato adulto. Yo pienso que son
expresiones que mas que abrirse a un mundo desconocido, como aparentan sugerir, apuntalan mas a quien las dice en el que ya se encuentra enraizado. Es chocante, además, en este galimatías que es la comunicación humana, que esta necesidad de aprender y crecer no esté en boca de quienes, simultáneamente, están comenzando la andadura de la vida. Muy al contrario, estos pipiolos presumen constantemente de estar de vuelta de todo aprendizaje y crecimiento. La vida es así de rara.

En relación con lo anterior me da por pensar que muchos lectores tienen una visión restrictiva del uso del lenguaje, el cual no va más allá de ser una mero instrumento para intercambiar información. Bien es verdad que sofisticada, si lo queremos comparar con el que utilizan los otros seres vivos con quienes compartimos el planeta. Es decir, leer a cambio de un poco más de información que poder sumar así al patrimonio ya atesorado, lo que inevitablemente redundará en un estirón en el bagaje interno del lector.

Este estilo mecanicista y acumulativo con el que muchos lectores entran en el universo poético de una novela, para entendernos: como un elefante en una cacharrería, domina el mundo actual, donde el lenguaje es un instrumento más a servicio de un único objetivo: que cuadre la cuenta de resultados. Conviene tenerlo en cuenta, porque todos
nosotros pertenecemos y sobrevivimos en ese mundo, y usamos diariamente ese tipo de lenguaje. Conviene tenerlo en cuenta, para saber cuales son las transformaciones que estamos dispuestos a experimentar como lectores, al entrar en el universo de una novela, en el que, por definición, su narrador esta obligado a expresarse mediante la invención de un mundo sensible y coherente, en absoluto
raro como la vida y ajeno a cualquier idea que tenga que ver con lo contante y sonante. Con lo medible. Un universo donde el narrador nunca sacrificará los sentidos y los sentimientos a ellos asociados, nunca "matará" la vida para acceder, mediante la información, al entendimiento de ideas y conceptos abstractos formulados de forma apriorística.

No se lee para aprender y crecer, sino para hacer algo con lo que se lee. Y esa acción inevitable, 
que es hacer un camino, no es otra que la escritura. Hay que hacerla y recorrerla. Hay que escribir. Y entonces, sólo entonces, el lector podrá comprobar lo que ha aprendido y crecido. Y para qué y en qué dirección. En fin, podrá comprobar que es lo que ha entendido y lo que le queda por entender, que es de lo que se trata.

miércoles, 21 de octubre de 2015

SOMOS INFERIORES A NUESTROS SUEÑOS

Tal vez sea la explicación de por qué se nos amontonan en el paladar (sin atrevernos a sacarlas fuera) las palabras que no forman parte del modo como soñamos, sino del modo como nos trata la vida, de como nos tratamos con ella. Así como nuestros sueños son diferentes, lo que hace imposible pensar maneras para compartirlos (como los gustos, cada uno tiene los sueños que le peta, y ya está), el trato con la vida nos hace muy semejantes, lo que hace más factible, y necesario, imaginar espacios y tiempos donde tomar parte reciproca en sus asuntos. Donde decir, al fin, las palabras que, apelmazadas en el paladar, tienen que ver con todo ello. Pero lo mas dramático – cierro los ojos con fuerza al decirlo - es que aunque la vida nos trate cruelmente, no nos otorga por ello, como compensación, la capacidad inmediata de mirarla de frente con todo el rigor y la atención que exige su constante y feroz apabullamiento, la capacidad de saber elegir las palabras mas convenientes en cada momento. Hay que aprenderlo. Y, sin embargo, es imposible escapar a su presencia, que acaba por ser mas fuerte y determinante que la de las palabras que sostienen nuestros sueños. Inevitablemente destinadas a su disgregación.

Es ésta una intuición que se me acrecienta, en su aspecto mas crudamente emocional, cuando me siento a contemplar una playa en invierno. Aunque, paradójicamente, la razono con mas lucidez, y en todos sus recovecos, en los meses en que el calor mas aprieta, cuando las playas parecen enormes parrillas ahítas de carne a la brasa.

martes, 20 de octubre de 2015

CRIMEN Y CASTIGO, novela de Fiodor Dostoievski

Lo mejor de la novela "Crimen y castigo", de Fiodor Dostoievski, es que su narrador muestra su historia, directamente y  sin tapujos, para que el lector adulto actual, o el venidero, le dé cabida en su imagen del mundo y en su sensibilidad. No la muestra para que hagamos una comprobación histórica o una tasación ideología o profesional, ya que el lenguaje que utiliza lo impide. Sin embargo, lo difícilmente aceptable, leído el relato poniendo los sentimientos adultos en cada página, es descubrir que ahí dentro no hay nada memorable. O mejor dicho hay asco, resentimiento, miseria, babas, dolor, envidia, falta de coraje, traición, avaricia, cinismo, incompetencia, ambición desmedida. Y el remate final de bondad y amor de Sonia, que redime al protagonista Rodia Raskolnikov a siete años vista. En fin, hay todo eso que impulsa la lenta aniquilación de quien ha decido prescindir de Dios tratando vanamente de ocupar su lugar. Así Rodia Raskolnikov, un asesino sin sueldo, que nos señala el destino del alma humana moderna, cuya sensibilidad es únicamente nihilista. Es decir, un alma que se sabe sola y desterrada en el propio universo, definitivamente fuera del paraíso, víctima y verdugo de ese colosal y lacerante abandono y destierro. Un alma que, desde la Moral de Aristóteles, no ha hecho otra cosa que especular con los valores y comerciar con ellos. Un alma que después de ese largo recorrido está hoy agotada y a punto de acabamiento, pero que sus tenues rescoldos sirven todavía como foco de nuestra actual sensibilidad nihilista y transparente. Nos hemos quedado sin ética, sin política, en fin, nos hemos quedado sin mundo. Como individuos, entonces, todo dependerá de lo que nos encontremos por la calle. Y de lo que seamos capaces de hacer al comunicarnos con ello. Eso es todo. Que aunque nos parezca poco es mucho, porque desde Caín, el primer asesino sin sueldo, es lo de siempre. Lo que pasa es que como ya no podemos soñar como dioses, lo de pensar como pordioseros, por efecto de ese colosal vacío, nos cuesta aceptarlo. Pero tenemos la vida que nos queda por delante. Esa es nuestra única esperanza. Ahora sí, humana, irreductiblemente humana.

Y si no hay nada memorable, ¿cómo constituirnos como lectores para adentrarnos en esta catedral del nihilismo que es "Crimen y castigo"? Así como nos sigue interesando y asombrando entrar en el otro gran monumento a la inutilidad humana, las catedrales góticas - será por la melancolía que nos produce saber que toda aquella fastuosidad, todo aquel homenaje a la luz, se hizo para honrar la gloria de dios, que es lo mismo que honrar la gracia que les otorgaba a nuestros antepasados y que se alojaba dentro de ellos - entrar en este otro monumento a la nada absoluta, a la muerte, es tan estremecedor, tan difícil, lo que no le resta un ápice a su necesidad lectora. Porque el mundo que habitamos cada día está hecho con esos mimbres, no con los de las grandes construcciones medievales. ¡Qué más quisiéramos nosotros, doloridas y angustiadas almas!

¿Por qué seguimos vivos, y por qué vivimos tantos años?, me pregunté después de oír al narrador de "Crimen y castigo". Porque somos capaces, como Rodia, de aguantarlo todo, de traicionarlo todo. Porque, aunque nihilistas como Rodia, todavía seguimos como corderos la condena divina ancestral de mantenernos vivos, incapaces de seguir el precepto de la rebelión del Lucifer triunfante: pensar por qué estamos vivos. Un vivir ovino llevado a cabo mediante las cambiantes formas oníricas de las religiones laicas (política, ecología, deporte, economía, educación,...) y de las de siempre, y también con la nueva religión de la artisticidad de masas. Formas "religiosas" que desde Rodia viene adoptando el nihilismo que siguió a la muerte de Dios, y que permite a sus seguidores poder practicar unas actividades con la fe del más conspicuo y arrebatado de los creyentes antiguos. ¿Cuánta crueldad, cuanta malignidad, cuánto cinismo hay en la fe de estas modernas andaduras? Kafka remató con sus escritos lo que sugirió Dostoieviski con los suyos, mostrando toda la extrañeza y desamparo que se dan entre los seres humanos de nuestro tiempo. Los del checo ya no son catedrales, son bocetos inacabados, que devienen en monstruos reconocibles, de una civilización a punto de su aniquilamiento. Después de la Luz incuestionable y omnipresente de Dios, solo nos queda la Ley Implacable y oscura de no se sabe quien. El ser humano no puede hacer nada fuera de su imperativa omnipresencia. Y dentro sabe que está condenado a ser un Don Nadie. Es decir, positivamente transparente en su total falta de fe.

En un momento de la tertulia se puso el énfasis en la bondad de Sonia, que es también la diferida redención de Rodia. Una bondad que se pretende, in extremis, como la última esperanza de salvarnos. Una bondad que en nuestra época nihilista nombramos, como a todo su campo semántico, bajo el rótulo de Lo Positivo: "hay que ser positivo, porque sino estamos condenados". Me parece que todo ello tiene que ver con la melancolía que nos acogota y que proviene de cuando estábamos tocados por la gracia de dios, y que inexplicablemente sigue habitando dentro de nuestro nihilismo. Seguimos sin aceptar que desde Rodia eso ya no es posible. La bondad como la maldad, como todo lo Positivo y lo Negativo, no existen en si mismos, ni ocupan un lugar determinado donde acudir a proveernos a la carta. La bondad y la maldad son únicamente un producto de la comunicación humana, que es lo que nos diferencia de los animales. Ya no hay gracia divina que bendiga o condene nuestros actos buenos o malos. Ni receptores de la misma, pertenecientes a una congregación de elegidos. ¿No lo quiere así nuestro pensamiento y nuestra sensibilidad al prescindir de la imagen de Dios? No podemos hacer nada contra el imperio omnipresente de la Ley implacable y oscura, cierto, solo podemos hacer algo con esa impotencia y la incompetencia existencial que produce. Hacer algo y decírselo a los otros. Somos impotentes e incompetentes frente al misterio de la existencia, no otra cosa significa esa Ley opaca que nos sale al paso poco antes de despeñarnos en el abismo. Pero no somos mudos, ni estamos quietos, y nuestra soledad esta rodeada de otras soledades igualmente extrañas y desamparadas. De nosotros depende el cómo, el para qué y el con quién queramos sentirnos acompañados. Propongo que estemos juntos para habitar y sentir nuestra incompetencia frente al por qué. Al fin y al cabo, los seguidores del "hay que ser positivos" no pueden eludir, tarde o temprano, tener que enfrentarse a la pregunta de Kafka: ¿dónde he de colocarme para saber de la vida?: fuera de la Ley o dentro de la Ley. A los que seguimos los pasos de Josef K, el protagonista de "el Proceso", no nos sorprende del todo la pregunta. Como tampoco las decisiones de su pariente protagonista anterior, Rodia. Me parece estimulante pensar que la lectura de "Crimen y castigo" pueda llegar a ser para los militantes de Lo Positivo y la Transparencia una storytelling negativa, y que encuentren su verdadera salvación en los efectos colaterales remotos e imprevisibles. Como la salvación de Rodia lo será siete años más tarde, cuando se libre de los grilletes de la prisión, gracias al amor de la bondadosa y paciente Sonia.

Sea como fuere, el caso es que hay que leer "Crimen y castigo". ¿Cómo hacerlo,sobreponiéndonos a la tentación de los intercambios o poses psíquicas, historicistas, sociológicas, políticas, etc? ¿Cómo hacerlo desde la humildad de los humillados, la crueldad de los crueles, la nada gris como sustancia espiritual de la mayoría, la mansedumbre de los mansos? No se me ocurre nada científico que recomendarles. "Crimen y castigo", 150 años después de su publicación, debería ser uno de nuestros libros de cabecera. Pero me parece que no hemos avanzado tanto, o, mejor dicho, creyendo avanzar reculamos sin sentido y a toda velocidad, tan espantados estamos. No sé. Al leerlo si les sugiero que no se tapen la nariz, ni miren para otro lado, ni juzguen con sus principios ideológicos o morales de quita y pon, ni traten de encubrir lo que mas les repele, ni de buscar consuelo de inmediato. Simplemente pongan toda la atención de que sean capaces sobre las palabras del narrador y de sus protagonistas. Son palabras de siempre y de cada día. Nada del otro mundo, ya lo verán. Son palabras del mundo que habitamos. Aunque sentirán moverse el malestar que les produce, y todo la podredumbre que las acompaña, desde la punta de sus pies hasta su cerebro. Y viceversa. Como lo hace el mercurio cuando le aprieta la calor o el frío. Es el malestar y la podredumbre de cada día, dichos con acorde y sentido, y sin efectos especiales. Entonces comprobarán que Rodia es uno de los nuestros. No se espanten. Bienvenidos a la vida sin aliño, ni edulcoración. Escuchen a través de la impagable representación de este enorme protagonista su verdadero rugido. Como en la selva de nuestro presente, a veces lo oímos cerca, a veces lejos. A veces mata, otras es solo intimidatorio, pero a veces es acogedor. Aunque siempre firme e inequívoco en el mensaje: quien manda es ella. La vida a secas, sin adjetivos. Es inútil oponerse. Lo que es una conclusión, ahora sí, que proporciona un merecido consuelo, si es que todavía decidimos seguir vivos.

martes, 6 de octubre de 2015

LA MUCHACHA EMBUSTERA, cuento de Autor Anónimo

Érase una hermosa tarde de otoño cuando un grupo de lectores, de diferentes edades y con desiguales entusiasmos,  se reunieron alrededor de una mesa larga para hablar de un cuento corto: “la muchacha embustera”.  Los lectores eran de verdad, pero el cuento era de mentira y, además, como dice el título, trataba sobre las peripecias de una muchacha embustera que vivió hace muchos años en un país muy lejano e irreconocible para los lectores de hoy en día. 
Toda tertulia literaria empieza así, se constituye así: la verdad de unas vidas humanas delante de la mentira de un relato. Toda lectura y toda tertulia de lectores es, por tanto, un “duelo” entre el lector, que atesora como oro en paño su verdad, y el narrador del relato que muestra con todo su descaro la mentira de su historia.  Un duelo entre una mentira que quiere alcanzar la categoría de verdad y una verdad que no quiere degradarse en mentira. 
En los prolegómenos de la tertulia todo me pareció normal. No verdadero, normal. Fue después de la primera ronda de intervenciones cuando empecé a sentir que la normalidad, con que cada lector protegemos el tesoro de nuestra íntima verdad, empezó a tambalearse, y que la Virgen, la gran mentira del cuento, empezaba a ocupar, de forma incomprensible, el sitial que le correspondía como Gran Señora Verdadera, que le pedía, a su vez, a la niña reina que dijera la verdad. Fue este “no saber que hacer” con esta aparición celestial impremeditada lo mas interesante, y me atrevería a decir lo mas conmovedor, de estos primeros momentos. No podíamos decir, como la niña: sí, sácame de aquí virgencita, que no quiero quedarme más donde estoy, y no quiero ser nunca más como soy. Y también era de mal gusto, o una falta de respeto a los otros lectores, decir: leer esta chorrada es una pérdida de tiempo, me voy. Cabe también la posibilidad - y de eso me di cuenta sólo al final - que los lectores intuyéramos de forma más o menos consciente que el buen gusto atenta directamente contra la creatividad. Bien fuera porque somos gente educada, o porque somos intuitivos y creativos, o porque somos todo a la vez en una mezcla desconocida para nosotros mismos, el caso fue que nadie abandonó su silla cuando apareció la Virgen. Y fue a partir de la segunda ronda de intervenciones cuando comenzó mi disfrute de la tertulia. La normalidad del principio se desvaneció por completo, y empezó a aparecer tímidamente la verdad que todos guardamos dentro. Y lo que se encontró esa verdad del lector, que se atrevió asomar la nariz al mundo, fue algo tan desconcertante que a algunas de esas verdades, me dio la impresión, le dieron ganas de retirarse de nuevo a sus cálidos y seguros aposentos: la Virgen de la Cristiandad dueña absoluta del relato, y una humilde niña, hecha en dos líneas mujer y reina, - ¡qué es esto! - compitiendo a brazo partido contra esa poderosa majestuosidad con la única fuerza que dispone el débil frente al fuerte, el niño frente al adulto, el humano frente a los dioses: la verdad de su mentira. Te pongas como te pongas te digo y te repito, querida y amantísima Virgen, que no he entrado en la habitación prohibida. ¿Arrogancia? ¿Tozudez? ¿Falta de pragmatismo? ¿Heroicidad? ¿Rebeldía? ¿Valentía? ¿Lucidez? 
Vamos a lo importante. Mientras tanto, ¿qué hizo nuestra verdad, recién liberada del corsé de la normalidad que la protege? ¿Qué hace, días después de conocer a la niña reina y a la Virgen? ¿Nos hemos olvidado ya, y nos hemos vuelto a rodear de esa apabullante normalidad cotidiana? Es decir, ¿hemos vuelto a las labores propias de nuestra supervivencia? ¿Seremos capaces de hipotecar el reino de nuestra querida normalidad, conseguido a base de mentir sobre nuestra verdadera identidad (una cosa es lo que somos y otra lo que aparentamos ser, una cosa es ser hija de labrador y otra es ser reina), y no dar nuestro brazo a torcer frente a quien nos ha aupado hasta ahí? Pero, ¿quién nos ha aupado hasta donde hoy estamos? Definitivamente sin Virgen benefactora que se nos aparezca y nos aúpe, ¿basta con decir: el hombre o la mujer hoy se hacen así mismos?  Lo que quiero preguntar es, ¿cómo manejamos y “corrompemos” nuestros sueños? O de otra manera, ¿cómo mentimos para llegar a conseguir nuestros anhelos, para llegar a ser “reyes o reinas”? ¿Qué va quedando de aquella verdad, mientras transcurre la vida, que hemos querido tener a salvo, y que hemos ocultado con ahínco a la mirada externa? ¿Qué queremos ser al final de todo: seguir siendo una niña humilde, aspirar a ser una reina altiva pero mentirosa, o salir de los líos donde nuestra ambición nos mete como una madre oportunista? ¿O lo qué de verdad no podemos evitar, aunque lo queramos, es saber que no sabemos quienes somos? En fin. 
Sólo habíamos bebido un te al principio, pero tres horas y media después, caída ya la noche, tuve la impresión de que las palabras que habíamos intercambiado los lectores asistentes a la tertulia - unas dichas con afán y otras con escaso entusiasmo, unas mas atadas a la literalidad de las palabras y otras mas imaginativas elevándose con la fuerza de su simbolismo, pero todas sabiendo entrelazarse entre ellas hasta alcanzar un considerable grado de lucidez -,  habían conseguido que nos viéramos como seres humanos un poco mas de mentira. Sin embargo, los embustes de la muchacha reina, construidos sólo con las palabras del narrador, avanzaban con determinación hacia un tipo de verdad desconocida. Enigmática, apuntó con acierto uno de los lectores. Menos mal que alguien se dio cuenta de la deriva que había cogido la tertulia y empezó a poner sobre la mesa larga las viandas y el vino. Así todos volvimos a recuperar algo de “la normalidad” con que habíamos empezado la tarde.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

MIEDOS DE OTOÑO

Encuentro al librero del barrio ansioso. Yo diría que a punto de entrar en una recesión. Debería decir depresión, pero recesión me parece mas adecuada. Voy a consultar con él los títulos de unos libros y me recibe entre un montón de facturas que no le cuadran. No se si llegaré a final de año, me confiesa apesadumbrado, no me salen las cuentas. Con la confianza que nos hemos dado después de hablar y hablar sobre la conveniencia de unos libros y no de otros, intento animarle diciéndole que el tiempo no existe, que es la representación que hacemos de las cosas lo que produce la sensación de lo pasado antes, lo que ahora esta pasando y lo que pasará mañana.Tampoco existen los números, a los que se les dio la categoría de realidad primera a causa del equívoco o de la pereza, vaya usted a saber, de que entender el mundo es lo mismo que medirlo, que todo es una cuestión de sumas y restas.

No lo hago para aleccionarlo, ya que es un firme convencido de todo eso que le digo, sino para refrescarle la memoria, para recordarle lo que tantas veces me ha dicho: que es librero a pesar de lo que digan, y cuando lo digan, las estadísticas. “Mira que lo hemos discutido veces”, estoy a punto de espetarle, pero no me atrevo tan averiado lo veo. Doy fe de que no es una forma de resistencia ni de un romanticismo trasnochado. Es librero porque piensa que las palabras, esas otras formas de la inexistencia, se aproximan con más acierto y perspectiva a lo que somos. Eso es todo.

Sea por lo que fuere, lo cierto es que el librero del barrio está atrapado en la misma tela de araña que lo pueda estar un broker de bolsa o un vendedor de automóviles. A la deriva en un mundo flotante y cambiante de inexistencias, está a punto de perder lo que más ama. La profesión que le da la vida. Su propia existencia.