martes, 29 de noviembre de 2016

CHARADAS, cuento de Lorrie Moore

Nota: Charadas forma parte del libro de cuentos de Lorrie Moore titulado, Pájaros de América, ed. Narrativa Salamandra, Barcelona 2003

Tengo la impresión de que quien haya leído con atención el cuento de Lorrie Moore, puede que le sea mas difícil celebrar la próxima Navidad con la aparente naturalidad o confianza o malestar con las que lo ha venido haciendo hasta ahora. Y es que este año tendrá un invitado imprevisto, la figura del narrador de Charadas. Esa portentosa voz, que nos cuenta la historia de la familia de Therese, es la que siempre falta en toda reunión navideña que se precie. También en las nuestras. Mejor dicho, está siempre presente pero, al mismo tiempo, siempre está oculta para que según sus palabras, nada más comenzar el cuento, se acabe celebrando lo inevitable, verificar un año más que estamos todos juntos, es decir, que estamos todos vivos como cuando empezamos la andadura de la vida (lo que vale también para los que lo odian, pues no hay nada que más una que el odio), por lo que "probablemente sea apropiado que una fiesta que es un juego haya aparecido y se haya introducido literalmente bajo el disfraz de una tradición festiva (que no lo es). Resumiendo, lo normal es que nadie en la familia de Therese exprese sentimientos muy genuinos; todo el mundo quiere, en cambio (¡aunque sea un juego!), hacer una buena representación".

Dicho de otra manera, no podría haber fiesta de Navidad, ni de ningún otro tipo, en fin, no podría haber vida familiar, ni de ningún otro tipo, si las palabras del narrador se hicieran explícitas en la boca de cada uno de los actores que participan en el juego o en la fiesta o en la vida. Por tanto, ese es, pienso yo, el valor de uso del cuento de Moore. Darnos una visión plena y panorámica de lo que sucede realmente, de lo que hay, en este tipo de ceremonias, de lo que sucede y de lo que hay en la vida que vivimos, sin oscurecerlo o tergiversarlo con disquisiciones de tipo psicologistas o sociológicas o economicistas o historicistas, etc. La familia cambia y la vida cambia según los ámbitos y costumbres que demanda quien mueve los hilos de la psicología o la sociología o la economía o la historia, etc., pero en todo tiempo y lugar "es propio de la Navidad (y de la vida) que se reduzca a esto, a sus propios huesos pelados".

Esa condición de huesos pelados en que la Navidad (y por extensión cualquier celebración de la vida) convierte, o hace sentir, a los que participan en sus fastos - bien estén a favor o en contra o simplemente por estar sobreviviendo ahí bajo su influencia  (a tales efectos os recomiendo que la próxima Navidad veáis la peli "Christmas, Again", de Charles Poekel) - a base de encarnar paradójicamente sobre ellos una sobredosis de ilusión, nos deja ver la intención del narrador. A saber, que nos concentremos y prestemos atención, porque el ajetreo de la vida nos lo impide, en lo que la propia fiesta o el propio juego o la propia representación del cuento (que lo es de la propia vida) ocultan o desechan bajo esa encarnadura o encantamiento. Nuestro invitado no lo hace, pienso yo, para amargar la vida a nadie o para ser un aguafiestas, sino para advertir a los lectores contra, por un lado, el exceso de encarnadura encantada e ilusionante con que rebozamos nuestras fiestas o nuestros juegos (y nuestras vidas) y, por otro y al mismo tiempo, contra el peligroso abandono de nuestros huesos pelados ante ese horizonte de tristeza y mortalidad que siempre aparece en estas fiestas o en estos juegos o en las cosas buenas que hacemos en la vida. Una intemperie pelada a la no hay porque enfrentarse con más encantamiento o ilusión si cabe, ni acabar cayendo ante tal desengaño en un resentimiento tan nihilista como destructor. Habiendo llegados vivos hasta aquí, tanto da que lo hayamos hecho juntos o por separado, es a otra forma de pensar a la que nos convocan estos juegos o estas representaciones o estas fiestas , y esos horizontes que siempre aparecen. Es decir, es a otra forma de mirar y de comprender y de encarnar nuestro origen, a la que el narrador de Charadas nos invita.

Respecto al simbolismo que tiene la elección de la Navidad como "madre" de todas las fiestas, o de todos los juegos, o de todas las representaciones, teniendo en cuenta su raíz religiosa y medieval inequívoca, reconocer la audacia de nuestro imprevisto invitado, el narrador, al enfrentar a los lectores actuales a la dudosa e incierta posición que mantiene la modernidad laica a la que estamos subscritos - cuyo principio fundacional de progreso ilimitado muestra claros síntomas de agotamiento -, en relación con nuestro pasado medieval teocrático, cada vez más reconocido como un pasado esplendoroso, al que tal vez convendría empezar a volver nuestra mirada. Es decir, un pasado al que convendría, no dar por concluido, sino aprender a escuchar de forma distinta a la que hemos hecho hasta ahora.


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