Esta vez un amigo, no un colega, es quien me escribe esta nota, que le muestro por si fuera de su interés.
La mala educación y la insaciable corrupción nos va a atar al furgón de cola europea durante lo que queda de siglo. Por lo tanto, gente como tu y como yo no tenemos nada que hacer en este país. Conviene aceptar esto desde ya mismo. Llegado un momento, que suele coincidir entre los cuarenta y los cincuenta, hay que empezar a buscar ese lugar, esa habitación propia, de amplios ventanales abiertos al mundo, pero lo suficientemente gruesos para que no nos afecte el ruido y el olor de su pestilente ambiente.
Sea cual fuere el talento, gente como tu y como yo han existido siempre y cuando llega esa edad nos entra el síndrome de la cabaña. Ese lugar a donde irte con la mujer de tu vida para cumplir con una única misión: escuchar y entender de una vez el mundo. La ciudad, la gran ciudad, de repente, ha dejado de tener sentido para nosotros. Metidos en el seno de sus servidumbres y torbellinos económicos, sociales y políticas ya no nos explica nada. Los amigos y conocidos no son cómo antes, ya que siguen hablando de la misma manera distraidos con mil tareas para ahogar el malestar de estar obligados a tener que decir siempre lo mismo, cuando a nosotros nada mas nos interesa una tarea y sus múltiples formas expresivas. Los familiares, que se puede decir de los familiares, pues que son siempre e indefectiblemente los familiares, con sus liturgias y ritos de siempre, siempre acogedores pero siempre iguales así mismos, porque sino no serian los familiares, y tal. Las hijas, ay las hijas, se van a ir, se están marchando y pronto habrá que llamarles por teléfono a Berlín o a Boston para decirles que cuando vienen a vernos. Y todo eso. A ellas, casi seguro, les molara mas ir a ver a los papis a una cabaña que a la casa de siempre.
Por carácter, biografía o por lo que sea, ha ido creciendo dentro de nosotros un runrún que pide silencio, atención, concentración y tiempo. Un runrún al que se la pela lo contingente del día a día, ya que lo que quiere escuchar es la música y la letra de lo que esta sucediendo desde siempre. A semejante súplica por compartir esa perspectiva afectiva no responderá nada ni nadie de quienes nos rodean. Abandonados a nosotros mismos, solo podremos encontrar consuelo y esperanza de escuchar y ser escuchados en la literatura, el cine, la música, etc... Dentro de la cabaña de grandes ventanales abiertos al mundo, pero de cristales lo suficientemente gruesos....
domingo, 12 de febrero de 2012
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