lunes, 20 de junio de 2011

LA VIDA ES UN MILAGRO, de Emir Kusturica


LA VIDA ES LO QUE TIENES CUANDO ELIGES

Desde el punto de vista material, la vida de los seres humanos representa poca cosa en el universo. Las cifras están consolidadas en las enciclopedias. Es inútil insistir sobre ellas, nada más sirven para espantar a los sentimientos y a la razón que los ordena, y para producir dolor de cabeza. Después de todo, para unos la vida sigue siendo cosa de los dioses y para otros un cruce de azar y necesidad. Que así siga siendo.

Pero hay un tipo que se llama Emir Kusturica, de profesión director de cine, que es capaz de comprimir todas esa cifras en dos horas y media, en una especie de asteroide de luz, color y sonido, que te lo lanza desde la pantalla a la cara con la intención de ponerte contra las cuerdas. Y lo consigue. Como prueba de cargo ahí está su película “La vida es un milagro”, que he vuelto a ver bajo la influencia de la indignación masiva de todos estos días, en uno de los cuales, además, han detenido al carnicero de Srebrenica, Ratko Mladic.

Respeto total, tanto para los que rezan mirando el cielo como para los que calculan mirando la tierra. Pero, sobretodo, respeto y admiración para Kusturica, que, situado como un titán entre el cielo i la tierra, reza y calcula a partes iguales.

En el mundo balcánico (como en el ibérico), proclive al rumor desesperanzado, a la amenaza sin rostro y a evitar por todos los medios el conocimiento riguroso de lo actual, reina lo que los meteorólogos llaman la tormenta perfecta, esa confabulación de elementos naturales que hace que todo sea imprescindible a la vez que huracanado. Kusturica es el mejor encantador de rayos y truenos que produce la manera de ser volcánica de esas tierras. No examina la vida sino la existencia. Y la existencia no es ya lo que ha ocurrido, la existencia es el campo de les posibilidades humanas, todo lo que los seres humanos pueden llegar a ser, todo de lo que son capaces. Las cifras están en las enciclopedias, el límite lo pone la imaginación consecuente (no desbordada) de cada uno. Kusturica rasca hasta la extenuación sobre lo que tiene cerca. Con la paciencia del labrador y con el instinto depredador de las fieras. El mundo balcánico es así y en un mundo así pasan estas cosas, viene a decir.

Un técnico de ferrocarriles serbio vive y trabaja para conseguir conectar su pequeño pueblo con el ferrocarril, cosa que lo convertirá en un pequeño paraíso turístico. Hasta aquí pura flema británica. Pero los rumores de la guerra son cada vez menos rumores y más una realidad en forma de bombas y francotiradores. El ingeniero va a lo suyo, su mujer se va con un músico a cantar arias de ópera, su hijo se va a la guerra y una mujer musulmana viene y se enamora de él. Cuando se meten en la cama para certificar su amor, solo les acompaña el ruido demoledor de los cañones. Pero, Kusturica sabe que no hay elementos que le hagan pensar que está llegando el final de la vida a los Balcanes.

Los suicidios parciales que significan estas guerras, mediante las que sus paisanos se enemistan con frecuencia, no inflingen nada más que una modesta sangría, incapaces de comprometer su exultante vitalidad.